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Isidora y el alquiler (Parte 2)

El alquiler vence y la desesperación llama a la puerta. Isidora sabe que su matrimonio es su salvavidas, pero el casero le ofrece una salida con un precio carnal. Esta noche, la deuda se paga con el cuerpo.

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Isidora y el alquiler (Parte 2)

Los días siguientes al encuentro con el Señor Martínez fueron un torbellino de emociones contradictorias para Isidora. Cada mañana, al abrir los ojos en la cama matrimonial -que ahora le parecía manchada por el secreto-, una oleada de culpa la invadía como una marea fría y asfixiante. Soy una puta, se repetía en silencio, mirando el techo mientras Alejandro roncaba a su lado, ajeno a todo. Recordaba el sabor metálico del semen del viejo en su lengua, el modo en que su verga gruesa la había estirado hasta el límite, y el orgasmo que la había hecho temblar como nunca. Aquel placer prohibido se colaba en sus pensamientos como un veneno dulce, despertando un calor traicionero entre sus piernas. Pero resistía. "No volveré a hacerlo", se juraba, apretando los puños bajo las sábanas.

—Fue un error, una debilidad causada por la desesperación y el alcohol… por el departamento, por mis estudios. No por él.

Sin embargo, en los momentos de soledad, cuando lavaba los platos o estudiaba sus apuntes de enfermería, su mente traidora regresaba a esa tarde: el olor rancio del casero mezclado con su propio sudor, sus manos flácidas pero firmes agarrando sus caderas, y esa verga venosa que la había hecho sentir viva, deseada de una forma animal que Alejandro nunca había logrado. La lujuria la aterrorizaba; era como un fuego que ardía bajo la superficie, amenazando con consumirla. No sabía cómo actuar: ¿confesar a Alejandro y arriesgarlo todo? ¿Ignorar las llamadas del casero y enfrentar el desalojo? La incertidumbre la mantenía despierta por las noches, tocándose furtivamente, pero deteniéndose antes de llegar al clímax, como castigo por su traición.

Con Alejandro, intentaba reconstruir la normalidad, aferrándose a su matrimonio como a un salvavidas. Una noche, después de una cena improvisada, lo besó con urgencia, empujándolo hacia la cama.

—Te necesito, amor —murmuró, quitándose la ropa con manos temblorosas.

Alejandro, sorprendido pero complacido, respondió con ternura, besando su cuello y acariciando sus senos con la familiaridad de siempre. Isidora se montó sobre él, guiando su pene dentro de ella, moviéndose con desesperación para recrear esa intensidad perdida. Pero era diferente. Su verga era más delgada, más suave; no la llenaba como la del casero, no presionaba contra sus paredes internas con esa rudeza deliciosa. Gemía, fingiendo placer, pero su cuerpo no respondía. El orgasmo se le escapaba, como un espejismo en el desierto.

—Vamos, Isi, ¿estás bien? —preguntó Alejandro, notando su frustración.

—Todo está bien —dijo Isi.

Ella forzó una sonrisa, besándolo para callarlo, pero en su mente comparaba: "No es lo mismo. Dios, ¿por qué no puedo sentirlo como con ese viejo repugnante?". Al final, fingió un clímax débil, jadeando contra su hombro, mientras lágrimas de vergüenza rodaban por sus mejillas. Alejandro se durmió satisfecho, pero Isidora se quedó mirando la oscuridad, atormentada. "¿Qué me ha hecho ese hombre? ¿Por qué mi cuerpo me traiciona?". La incapacidad de experimentar el orgasmo con su esposo la hacía sentir rota, infiel no solo en actos, sino en deseos. Intentó de nuevo al día siguiente, en la ducha, pero el resultado fue el mismo: un vacío frustrante que solo avivaba su anhelo prohibido.

Mientras tanto, el Señor Martínez anidaba su propia tormenta interna. En su apartamento al otro lado de la ciudad, rodeado de fotos amarillentas de su difunta esposa, revivía el encuentro con una mezcla de euforia y remordimiento. "Soy un hombre decente", se decía, ajustándose la corbata frente al espejo antes de salir a cobrar otros alquileres. Había sido un esposo fiel durante treinta años, un casero justo que ayudaba a inquilinos en apuros. Pero Isidora... ah, Isidora le recordaba a su joven esposa en sus días de gloria, con esas curvas generosas y ojos miel que prometían pasión. También evocaba a esas actrices de novelas que había deseado en secreto: mujeres voluptuosas e inalcanzables para un hombre como él, ya demasiado envejecido.

—Solo quería un striptease. Un baile de una mujer hermosa para mí —se justificaba, pero sus instintos primitivos habían tomado el control.

Recordaba su coño apretado, mojado y cálido, envolviendo su verga como un guante perfecto, y se masturbaba furiosamente en la soledad de su cama, gimiendo su nombre con adoración: Isidora. Pero cuando la calentura le ganaba, cuando el instinto le ganaba a su pobre educación, salía la bestia lasciva que había en él.

—Está casada, pero es una puta que hará cualquier cosa por aquel departamento… ahora la tengo en mis manos —decía.

Le había perdonado un mes de alquiler, era un buen gesto. Un mes más de gracia, pero no por bondad: era una inversión en más placer. Sabía que volvería; lo había visto en sus ojos vidriosos tras el orgasmo.

Por su parte, Alejandro notó el cambio en la situación de su departamento y el arriendo solo una semana y media después. Recibió una llamada del casero: "Señor, he decidido extender el plazo un mes más. Considérelo un gesto de buena voluntad".

Alejandro colgó, perplejo, y confrontó a Isidora esa noche.

—¿Sabes algo de esto, amor? El viejo Martínez nos da más tiempo. ¿Le dijiste algo? —preguntó a su esposa.

Isidora, con el corazón latiendo fuerte en la garganta, negó con la cabeza, fingiendo sorpresa mientras servía la cena.

—Sólo le dije lo de siempre, Alejo. Por teléfono —Isidora trataba de hilar algo coherente sobre la marcha—. Lloré un poco la última vez. Tal vez eso lo conmovió. O debe ser porque ve que nos estamos esforzando en nuestra situación.

En su mente, el pánico bullía: "Si supiera... me dejaría". No dijo nada más, tragándose la culpa como un veneno amargo.

Con la presión del desalojo aliviada temporalmente, lo siguientes días Isidora se sintió algo más tranquila. Sus notas en la universidad mejoraron; podía concentrarse en sus exámenes de geriatría y anatomía sin el peso constante de la ruina financiera. "Al menos sirvió para algo", pensaba, justificando su traición. Pero la lujuria latente la acechaba, un susurro constante en su subconsciente.

A medida que se aproximaba el fin del segundo mes, la tensión creció como una tormenta inminente. Isidora evitaba pensar en su casero, pero su cuerpo la traicionaba: sueños eróticos donde lo montaba salvajemente, despertando con las bragas húmedas. Y el sexo con Alejo no mejoraba. De hecho, era todo lo contrario. Isi había tenido que masturbarse cada vez más para alcanzar un orgasmo. Y casi siempre terminaba pensando en esa tarde con su casero.

Lo peor, era que los días pasaban. Cada vez más cerca de fin de mes, cada vez más cerca de tener que pagar el arriendo. Y Alejo aún saneando las cuentas de sus padres y las de ellos. Aún estaban lejos de estar en condiciones de pagar. A duras penas podían con todo el resto.

Finalmente, el teléfono sonó. Era él.

—Señora Novik, es hora de discutir el siguiente pago. ¿Paso por el departamento mañana?

Isidora dudó, el teléfono temblando en su mano. Alejo al día siguiente tenía un turno largo, empezaba a las cuatro, pues había tomado más horas para ganar más dinero y solventar de esa forma los problemas económicos.

—No sé... quizás encontremos otra forma —tartamudeó. Aunque en su interior, el deseo rugía.

—Si hay otra forma, discutiremos el asunto usted y yo, solos ¿le parece?

Isi no supo que más decir:

—Me parece.

—¿A qué hora le parece bien? —preguntó el viejo casero.

Alejo no le daba la paz que Isidora necesitaba. Necesitaba llegar a un acuerdo. "Necesito la tranquilidad... y la única persona capaz de dármela, ahora, es el señor Martínez".

—En la tarde, como a las cinco.

—Muy bien. Y recuerde: Business are business —dijo el casero.

Isidora pensó en corregirlo. Decirle que el dicho era Business is business. Pero que sentido tenía. Habían acordado verse de nuevo. Eso era lo fundamental.

Al día siguiente, ya antes de almorzar con Alejo, para armarse de valor, Isi bebió una copa de vino. Y una copa en el almuerzo, y otras dos sola en la cocina cuando su esposo se fue a trabajar al hospital. El alcohol le daba valor, pero calentando su sangre y disipando las inhibiciones. Se puso un vestido celeste de Spandex, muy ajustado, y unas sandalias bajas. Se perfumó, se peinó e incluso se puso maquillaje.

Martínez llegó puntual, con su aire de hombre decente: traje gastado, sonrisa amable. Pero sus ojos celestes brillaban con hambre primitiva al verla en un vestido ceñido que acentuaba sus curvas. Isidora lo hizo pasar, sirviéndose otra copa de vino para calmar los nervios.

—Señor Martínez, no estoy segura de esto.

Él se sentó en el sofá, desabrochando sutilmente su cinturón.

—Llámame Raúl, mi niña. Y no te preocupes; solo quiero que me alegres el día, como antes—dijo, muy casualmente.

—Eso es.

—Sólo baila para mí —dijo el viejo—. Muéstrame como te mueves, lo hermosa que eres. Si quieres darme más, sólo tú lo decides. Hazlo y no tendrán que pagar el alquiler de este mes. Les dejaré respirar. Nada de notificaciones, avisos o policías. Lo prometo.

Isidora se removió en su lugar, insegura. Pero estaba decidida a no desvivirse por el alquiler. Quería tranquilidad. Además, era un asunto temporal. Sólo hasta que Alejo solucionara los temas económicos de la familia. "Solo una vez más", se mintió. Se puso de pie, a solo un par de metros de aquel viejo pervertido.

—Muy bien, señor Martínez.

—En serio, mi nombre es Raúl. Llámame así. Yo te diré Isidora si no te molesta.

Isidora no dijo nada. Bebió un sorbo largo, sintiendo el vino bajar como fuego, avivando su decisión. Se paró frente a él, balanceándose lentamente, bailando como podía para aquel viejo verde. Martínez entonces puso música desde su celular. Una melodía clásica que le sonó conocida, pero que con los nervios no supo reconocer. Cerró los ojos para apartar la vergüenza. Se movió por la sala, lentamente. Bailando al ritmo de la música. Sin quererlo, empezó a dejarse llevar. Más y más. Movimientos más sensuales, menos temerosos. Sus manos de pronto estaban sobre sus senos, rozando sus pezones, bajando hasta sus caderas.

—Sigue así.

Isi abrió los ojos. El viejo casero estaba en el sillón, mirándola con toda su atención. Sin quererlo, ella notó el bulto firme en sus pantalones. Cerró los ojos. Pero ya era muy tarde. La inundó un calor. Siguió bailando, pero su mente y su imaginación habían quedado prendada con la visión de aquella entrepierna.

Continuó por vergüenza, por necesidad y por la música que parecía no querer acabarse. Mientras bailaba un nudo se iba desatando en su mente y en su cuerpo. La tensión se disipaba. Cuando volvió a escuchar la voz de ese viejo, Isidora simplemente reaccionó:

—Hace calor —dijo el viejo—. Yo al menos tengo calor al verte así. Quizás deberías quitarte algo de ropa. Y aprovechas de darme una alegría.

Abrió los ojos y lo miró. No sabía si furiosa, anhelante o desafiante. Se acercó a la mesa y se sirvió otra copa de vino, se la bebió de un sorbo. Después, empezó a quitarse el vestido con manos temblorosas. El vestido cayó al suelo. Quedó en ropa interior. El viejo, con una mano masajeando su entrepierna, le indicó que girara para verla. Isi siguió las instrucciones.

—Hermosa. Eres muy hermosa. Ahora, quítate el sujetador.

Las palabras del casero provocaron algo en Isi. Algo muy interno, muy ambiguo. Como un autómata, buscó el broche del sujetador y lo desató. Sus senos se liberaron, pesados y turgentes, pezones ya endurecidos. Raúl sacó su verga, masajeándola mientras la observaba.

—Eres como mi esposa en su juventud, pero más hermosa… y más caliente —aseveró el maduro casero—. Ven aquí".

Isidora caminó los tres o cuatro pasos que les separaban y se arrodilló, el alcohol nublando su resistencia. Tomó esa verga gruesa en la mano y luego la meneó antes de llevarla a su boca, lamiéndola con avidez, saboreando las venas pulsantes y el glande hinchado.

—Esto está mal, señor Martínez —masturbándolo con una mano mientras lo miraba a los ojos suplicante y caliente a la vez.

—Raúl. Mi nombre es Raul —repitió el viejo, disfrutando de las caricias de Isi.

—Raul —murmuró Isidora por primera vez, probando su nombre como un pecado delicioso. Probando otra vez la verga en su boca. Y metiéndola muy adentro.

Él gimió, enredando dedos en su cabello. Marcándole un ritmo a la mamada cada vez más intenso y profundo. Un ritmo que Isidora aguanto muy bien.

—Buena chica.

La levantó, besándola con rudeza, su lengua invadiendo su boca mientras manoseaba sus glúteos redondos.

—Te voy a liberar de toda tu deuda —dijo—. Solo tienes que ser buena conmigo, Isidora ¿Serás buena conmigo, Isi?

—Si, Raúl… —Isidora lo besó de nuevo mientras tomaba su verga posesivamente—. Seré buena contigo. Seré muy buena, lo verás.

Se besaron profundamente, con lengua y sonidos de succión; acariciándose los cuerpos. Ella estaba fuera de sí. La llevó a la cama, donde la abrió y le comió el coño un buen rato. Isi gemía y pedía más y más. Estuvieron largos minutos así.

Después, el viejo la puso en cuatro en la cama y la penetró desde atrás, embistiéndola con fuerza animal. Isidora gritaba, su coño apretando esa verga como si la necesitara para vivir. Sabía que aquella cama era la que compartía con su esposo, sabía que aquello era una traición. Pero en ese momento no le importaba. Quería eso que le daba, quería más, quería su orgasmo.

—Más, Raúl... fóllame más fuerte.

El orgasmo la golpeó como un rayo, su cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus muslos.

—¡Raúl! —clamó con veneración, como si pronunciara el nombre de un dios pagano, mientras él se corría dentro de ella, llenándola de semen caliente.

Raúl, sucumbiendo a sus instintos, la abrazó después, susurrando:

—Eres mía ahora, Isidora. Esto no termina aquí. Esto es sólo el comienzo.

Isidora no supo si el viejo casero se refería a la siguiente hora de sexo -y a los tres orgasmos adicionales- o a su futuro. Pero lo disfrutó.

Al final de la tarde, se despidió con un largo abrazo y un buen morreo de Raúl Martínez. Aquel viejo casero ahora quizás se había transformado en su amante. Isidora Novik, saciada pero culpable, deambulo ensoñadoramente por su hogar, su departamento. Estaba borracha y bebió el resto del vino hasta terminarlo, sabiendo que la tensión solo crecería. Se duchó y limpió la casa. Su esposo llegaría seguramente cuando ella estuviera durmiendo. El departamento estaba seguro por otro mes, pero su alma... eso era otra historia.