Xtories

El Profe - completo (cap. 11)

Eva empuja la puerta del baño y lo encuentra en una posición comprometida. Pero su juicio se transforma en complicidad cuando descubre que no es la única involucrada. Ahora, el profesor debe navegar entre el chantaje académico y el deseo prohibido, sabiendo que cada paso en falso podría destruir su reputación.

Abel Santos11K vistas9.3· 21 votos

—¡Ari!, ¿estás ahí?

La antipática Eva no había esperado a recibir una respuesta. Al mismo tiempo que soltaba la frase ya estaba empujando la puerta.

Ari se levantó de un salto y yo me subí el bañador lo más rápido que pude. No fue suficiente, el mal ya estaba hecho.

—Mecagüenlaleche, Ari… ¿¡Se puede saber lo que estás haciendo!?

La hija de mi amigo Nacho bajó la mirada como pillada en falta, al tiempo que se subía la toalla para taparse los pechos, avergonzada.

—Joder, Eva —exclamé—. ¿A ti no te han enseñado a llamar a las puertas?

En realidad estaba más enfadado conmigo mismo que con ella. Con el subidón que me había provocado la presencia de Ari al entrar en el baño, me había olvidado de asegurar la puerta con el pasador.

—Venga, Eva, no te enfades… —pidió la rubita—. Al fin y al cabo no ha llegado a pasar nada.

Pero para mí ese era el problema, que no había pasado nada. Menuda putada. Me sentí con derecho a protestar.

—No sé quién te crees tú que eres para darle órdenes a Ari todo el tiempo, ni que fueras su madre…

La cabeza de Eva pareció echar humo.

—¿Qué quién soy yo, profesor? —espetó airada y poniéndose en jarras—. Pues soy nada menos que la futura cuñada de esta zorrita. Y me jode un montón que a mi hermano le pongan los cuernos, ¿se entera? ¿Qué quiere, que vaya ahí abajo y le diga a sus padres lo que acabo de encontrarme, a ver qué les parece?

—Eva, no te pases, no fastidies… —suplicó Ari—. Que ya sabes que mi padre me mata…

La cara de espanto de Ari no era fingida. Pero menos lo era mi gesto de estupor.

—Mecagüentodo, Eva —le copié el exabrupto a la morena y me sonó bastante bien—. ¿Pero de qué vas? Te recuerdo que fuiste tú la que me pusiste a Ari en bandeja para que le hiciera guarradas. ¿Ahora te pones exquisita con lo que tú misma has provocado? ¿A qué venía todo el teatro del lavabo del colegio y de casa de tu abuela, si no? ¿Qué es lo que eres, una calientapollas que usa a sus amigas en lugar de hacerlo por sí misma? A ver, explícate, me gustaría saberlo…

Las dos chicas se miraron. Había temor en sus ojos. No decían nada, pero sus miradas hablaban algún código que solo ellas conocían.

—¿No le habrás contado nada? —le espetó Eva a la rubita—. No me jodas, Ari, ¿no se te habrá ocurrido…?

—¡Calla, joder…! —le increpó Ari. Y Eva se llevó las manos a la boca. Se había pasado de frenada.

No necesité más. Como había imaginado la historia entre Ari y yo, con el empujón de Eva, tenía un objetivo. Y el estómago comenzó a arrugárseme.

—¿Queréis chantajearme, verdad?

Las dos chicas negaban con la cabeza, pero eran incapaces de decir nada.

—Pues que sepáis que no os hacía falta —continué—. Que pensaba poneros buena nota a las dos en el examen final.

Me hacía el ofendido, pero lo que estaba era acojonado.

—No es eso, profe, te lo juro —consiguió decir Ari—. Además, no conseguimos grabar nada, las cámaras del salón no funcionaron.

¿¡Cámaras!? Ahora sí que habían conseguido ponerme al borde del infarto. Las dos chavalas me estaban complicando la vida y yo me estaba dejando como un imbécil.

—Joder… Así que es verdad, teníais cámaras… —bufé.

—Sí… —admitió Ari con la mirada baja—. Pero te juro que no se grabó nada, ya te lo he dicho.

Me sentí aliviado por la noticia, aunque no sabía si podía creerla. En cualquier caso, estaba atrapado. No me quedaba otra que jugarme el todo por el todo. Así que decidí huir hacia adelante.

—A ver, ¿qué nota queréis? ¿Un ocho, un nueve…?

Eva miraba a Ari desconcertada y esta se encogió de hombros. Al final se sobrepuso y fue la primera en hablar.

—A mí con un siete me vale, si no mis padres van a sospechar.

—Yo necesito un ocho —apuntó Eva—, tengo que subir la nota media si quiero tener vacaciones este año.

Tragué saliva. Era el momento de huir.

—Pues ya lo tenéis —dije con aire digno—. Y ahora me voy. Espero que todos cumplamos nuestra palabra.

Salí del baño dando un portazo. En pocos segundos me hallaba junto al resto de los adultos al borde de la piscina. Tuve que inventar una trola sobre un apretón de tripas para justificar el tiempo empleado, pero no observé sospechas por parte de nadie.

La comida y la sobremesa

Una vez sentados a la mesa, Laura llamó a su hija por el móvil. Enseguida aparecieron Ari y Eva trotando por la escalera. Asustado por la presencia de la morena, me sentí incómodo.

—¿Va a quedarse Eva a comer con nosotros? —pensé y me sobresalté al darme cuenta de que lo había dicho en alto.

—A saber… —respondió Laura—. Estas dos son imprevisibles. Hacen lo que les da la gana y cuando les apetece. Menuda juventud. Por mí si se quiere quedar, que se quede. Tenemos comida de sobra.

Afortunadamente, Eva se disculpó y tras despedirse desapareció por el ventanal del salón. Suspiré aliviado al verla marchar, aunque en ningún momento había dado motivos para pensar que pudiera delatarme.

Comimos en un ambiente de cordialidad. «Demasiada» cordialidad, me dije. Aquello no parecía una amistosa comida entre amigos, sino más bien una tirante reunión de compromiso. Notaba a Paula algo nerviosa y muy por la labor de que las conversaciones fluyeran por temas superficiales, como no queriendo entrar en asuntos personales.

La única que no habló durante la comida fue Ari, quien apartó la mitad de lo que su madre le había puesto en el plato —ahora entendía el motivo de su tipo perfecto—, y se pasó mirando hacia ninguna parte la media hora que compartió con nosotros. Entre bocado y bocado, parecía que le daba pereza tener que mover el brazo para llegar hasta el plato y luego llevar el tenedor a la boca. Aquella boca que sabía a arándanos con nata.

Yo la miraba de forma descarada, regodeándome en sus formas, en su pelo, en su piel… Aquella piel que había acariciado minutos antes, y aquella boca que había besado a placer y que me había comido la polla con estilo exquisito.

Era una pena que ese día Eva la hubiera interrumpido, que la cosa acabara así, sin sentir su aliento entre mis muslos. Me habría vuelto loco de placer al derramar mi semen por su carita de niña buena.

Y lo habría deseado más por su padre que por ella misma. Por aquel cerdo que se creía irresistible, y que había atacado a Paula con el total convencimiento de que mi mujer cedería a sus exigencias. Que se dejaría follar como una vulgar zorra. Maldito hijo de su madre…

Estos pensamientos se diluyeron en el mismo momento en que Ari se levantó y, excusándose como una jovencita educada, se perdió escaleras arriba hacia su habitación. Tenía la perfecta excusa de la necesidad de estudiar para el examen y no la desaprovechó. Yo era el único de los cuatro que sabía que aquella tarde no abriría un libro, segura como estaba de que aprobaría sin dar golpe.

Su sensual balanceo de caderas al subir las escalinatas iba dedicado a mí en exclusiva, de eso estaba seguro

*

Acabada la comida, Nacho propuso que pasáramos al salón. Allí tomaríamos el café y los gin-tonic que mi amigo se ofreció a preparar según su «fórmula especial».

Cuando los dos esposos se fueron hacia la cocina a preparar las bebidas, Paula y yo nos quedamos solos por primera vez en todo el día.

—¿Qué tal? —le dije para romper el hielo que notaba en su expresión—. ¿A qué no es para tanto?

—Mira, si tú eres feliz, pues bueno está —dijo entre dientes—. Pero no me pidas que esté a gusto. Está claro que entre nosotros ya no hay feeling. Así que te pido por favor que no alarguemos la tarde.

—No sé qué quieres que haga, no depende de mí —protesté suave para no enfadarla—. Tampoco es plan de tomarnos el café y la copa y salir a la carrera. Deja que ellos conduzcan la conversación, que nos enseñen fotos o lo que quieran. Tú hazte la loca y bebe un poco del gin-tonic, así te relajarás, ya lo verás. Cuando te quieras dar cuenta, ya estaremos saliendo por la puerta y se acabó.

Paula suspiró, no parecía muy convencida. De pronto cambió de tema.

—Una cosa… —se detuvo un segundo antes de continuar, lo que me puso en guardia—. ¿Esas chicas son dos de tus alumnas?

—Sí, ya lo sabes, te comenté que Ari es alumna mía.

—Sí, Ari ya lo sabía… ¿Pero la otra?

—También, son compañeras inseparables.

Carraspeó antes de proseguir.

—Es que… ¿No son… demasiado mayores para ir todavía al colegio?

Solté una risotada. Paula nunca había sido celosa, pero no me extrañó que se mostrara suspicaz al ver a aquellas chicas tan sexys. En cualquier caso, reconocí que no iba desencaminada.

—Estás fuera de juego, querida —le dije, intentando desviar su imaginación hacia asuntos menos… «eróticos»—. Hoy en día la FP está casi equiparada a la universidad. Al menos los grados medios y superiores. Los alumnos tienen unas edades que son cualquier cosa menos «colegiales».

—Y… —siguió con sus dudas—. ¿Tienes muchas alumnas como ellas?

De nuevo volví a carcajear. Le había dado a mi mujer un repente que no conocía de antes. Con lo caliente que andaba por haberme quedado a la mitad con Ari y con aquellos celos que me estaban excitando, aquella noche íbamos a tener fiesta en casa. Una fiesta con cohetes y traca final, de eso me encargaba yo.

—No fastidies, Paula, ¿tanto te preocupa que tenga alumnas guapas?

—No es que me preocupe, es mera curiosidad…

—Sí, ya…

Ahora era ella la que sonreía.

—¿Pero por qué no respondes? ¿Tienes algo que ocultar?

—Ah, vale, vas en serio… —me hice el ofendido—. Pues te diré que no todas las chicas son así. Las hay altas, bajitas, gorditas, guapas, feas… Y, además, también hay chicos. Y, bueno, yo de belleza masculina no entiendo mucho. Quizá te apetezca darte una vuelta por el colegio para darme tu opinión.

Iba a responder algo Paula cuando Laura y Nacho entraron por la puerta con sendas bandejas.

—¿De qué hablabais? —preguntó Nacho indiscreto tras repartir los gin-tonic.

Por supuesto que no me apetecía hablar de lo buena que estaba su hija y de lo celosa que se había puesto Paula por ello. Así que despejé lo más lejos que pude.

—Hablábamos de los grados de FP que impartimos en el colegio —dije serio y profesional—. Le estaba explicando cómo funciona actualmente la FP. Y también le comentaba que en nuestro centro impartimos casi veinte de esos grados.

—Vaya, igual tengo que derivarte al departamento de Marketing —replicó Nacho guasón y reímos todos la ocurrencia.

A partir de ese instante, la conversación derivó en monográfico por los derroteros de la formación profesional, tema en el que a mi amigo se le veía como pez en el agua, y los minutos comenzaron a desgranarse entre trago y trago.

Unos minutos después, sin que nadie lo esperara, una figura apareció por la escalera que comunicaba el salón con la planta superior. Alcé la vista y descubrí a Ari que nos miraba silenciosa, como temerosa de interrumpir. Tenía las manos entrelazadas por delante, en un ademán tímido e infantil.

Unos minishorts veraniegos y un top que siluetaba el perfil de sus impúberes pezones eran todo su atuendo, a excepción de unos calcetines rosa que le daban un toque tan sensual que no pude evitar empalmarme de golpe.

Tarde de estudio

Ari nos miraba desde la escalera con aire de niña que no ha roto un plato. Los cuatro adultos la observamos durante un minuto sin decir nada. Parecía que todos esperábamos que fuera ella la que hablara.

—¿Pasa algo, nena? —dijo al fin su madre al ver que no se arrancaba.

Ari tragó saliva y por fin se atrevió a hablar.

—Sí… bueno, no sé si debo… A lo mejor os interrumpo… —esta vez la chica no parecía haberse molestado por el apelativo infantil de su madre.

Nacho quiso hacerse el padre molón y la animó a pedir lo que fuera.

—Venga, cielo, dinos… ¿en qué podemos ayudarte?

Yo empecé a sospechar por donde iban los tiros y me ruboricé sin poder evitarlo. Desde que la había descubierto en la escalera me había colocado una servilleta sobre la entrepierna, pero más difícil iba a resultarme disimular la excitación que se había pintado en mi rostro.

Al cabo Ari se decidió a ir al grano.

—Es por unos ejercicios del examen… —musitó con tono avergonzado—. Por más vueltas que les doy no consigo entenderlos… Y he pensado que como esta mañana me dijisteis que le preguntara al profesor si no pillaba algo, pues…

Iba a poner alguna excusa. No podía volver a ausentarme y dejar sola a Paula con una pareja a la que no tragaba, a riesgo de que se terminara de cabrear del todo. Pero el padre de la chica se me adelantó.

—Pues, claro, cariño… —dijo cogiéndome de un brazo y animándome a ponerme en pie—. Mi amigo Carlos te ayudará a que entiendas esos problemas, ¿verdad, colega? Tranqui, peque, que tú mañana apruebas el examen porque vas a ser la mejor preparada de todos.

Me levanté sin muchas ganas y me dirigí hacia la escalera. Miré a Paula y me encogí de hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer? No podía decir que no a Nacho. La mirada de mi mujer advertía claramente: «No tardes».

No tenía ni idea de a qué iba a la habitación de Ari, porque a estudiar era claro que no. Así que lo que iba a pasar era para mí una incógnita. Una incógnita que hacía crecer el bulto dentro de mis pantalones.

Seguí a Ari escaleras arriba gozando de la vista de sus piernas y de lo que se podía atisbar por debajo del pantaloncito, que dejaba a la vista el nacimiento de sus redondeadas nalgas. Una visión celestial.

Me esperó bajo el marco de la puerta y en cuanto entré la cerró y le echó el pestillo interior. Una señal más de que algo no iba bien. O de que iba genial, según como se quisiera ver.

Me acerqué hacia su mesa de estudio, donde descansaban los libros y el ordenador, pero ella se subió a la cama y se cruzó de piernas al estilo indio en el borde inferior.

La miré estupefacto. Su descaro no tenía límites. Sabía que no me necesitaba como profesor, pero no sabía exactamente lo que buscaba. Y las palabras se me atragantaron. De nuevo, como horas antes en el baño, no sabía por dónde empezar. Y en esta ocasión, a diferencia de por la mañana, ella no me ayudaba.

—Bueno —dije cansado del silencio—. ¿Qué es lo que quieres que te explique?

Se lo pensó un instante, y su respuesta no me sorprendió.

—Pues… es que… en realidad no quiero que me expliques nada.

—Ah, ¿no? —dije yo de forma irónica—. Qué extraño… teniendo en cuenta de que ya estás aprobada de antemano…

Me moví hasta situarme delante de ella. Me quedé de pie, las manos en los bolsillos. Ella se había dado cuenta de que le miraba entre las piernas, donde el pantaloncito mostraba más de lo que tapaba. Con admiración creí distinguir que debajo del mini short no llevaba bragas.

Mi polla, que había renacido desde que la vi bajar por las escaleras, seguía su camino ascendente. Ella la miró igualmente y sonrió. En eso parecía que estuviéramos sincronizados.

—No, verás… —se explicó—, es que quería comentarte algo de lo que hemos hablado esta mañana, ¿recuerdas?

—No sé, esta mañana hemos hablado de muchas cosas… ¿A qué te refieres?

—Pues… a eso de las grabaciones… —hizo una mueca de niña buena—. Quería disculparme.

—Vale, te disculparé… pero solo cuando me lo hayas contado todo.

—¿Todo…?

—Todo.

—Vale…

—Pues venga, empieza por el principio.

—Verás…

Y comenzó a narrar una historia novelesca en la que se mezclaba la plataforma Only Fans, los vídeos de unas jovencitas juguetonas —Eva y ella misma— y la necesidad de dar un salto de «sensualidad» en sus publicaciones. Por fortuna, las cámaras habían fallado todas a la vez. Las estrenaban ese día y las habían configurado de forma equivocada, así que el video no había sido grabado. Cuando Ari terminó, yo alucinaba «en colores».

—¿Entonces yo era el protagonista masculino de la escena subida de tono?

—Sí, más o menos… Pero no se trataba de tener sexo, no te rayes. Solo tenía que dejarme magrear un poco y chupártela hasta que te corrieras en mi cara.

La mandíbula se me descolgó del todo.

—¿Eso no te parece sexo?

—Bueno, algo de cochinada sí que es… lo reconozco… —sonrió pícara—. Pero sexo, lo que se dice sexo, tampoco…

No deseaba entrar en una discusión sobre cómo veíamos el sexo dos personas de generaciones tan diferentes, pero me quedaba pasmado con la visión del asunto por parte de una chica de su edad. Por otro lado, ahora entendía por qué no había querido que hiciéramos «lo otro» en el salón, donde se suponía que había un montón de cámaras —tres, por lo visto—. Aunque «lo otro» tampoco le debía de parecer «sexo, sexo». ¿O tal vez sí? A saber…

Cabía la opción de que previera que iba a querer follármela y que ella no se iba a poder resistir, así que mejor que no quedara grabado.

—Me preocupa mucho lo que pudiera haber ocurrido con mi imagen —le recriminé—. ¿Te imaginas que alguien me reconoce en un video de esos? Estaría acabado.

—Ah, por eso no te preocupes —soltó desenfadada—. Los vídeos los solemos «capar», añadiendo zonas veladas en las caras de los chicos, cuando los hay. Además, no publicamos en España, solo en Latinoamérica. Tampoco a nosotras nos mola que nos pillen, a ver que te crees...

Iba a indagar sobre el asunto, pero Ari no me permitió seguir con las elucubraciones.

Su cambio de tercio fue brutal.

Continuará...

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