Xtories

Infieles II

El pánico lo invadió al ver el video: su infidelidad ya no era un secreto, sino una moneda de cambio. Liliana no quería dinero, quería su cuerpo grabado. Y lo peor era que, mientras la culpa lo devoraba, su cuerpo respondía con una traición aún más profunda.

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Dudó un segundo… y decidió ignorarlo. “Si respondo, admito que vi el mensaje. No contestar es mi única defensa”. Guardó el celular, respiró profundo y arrancó rumbo a su departamento.

Mientras conducía, un recuerdo lo asaltó sin aviso, como si el pánico hubiera abierto una puerta vieja que llevaba años cerrada.

Joel se había quedado a dormir en la casa de Marcos después de una sesión larga de estudio y unas cervezas que se salieron de control. Fue a finales de segundo año, durante la carrera. Marcos le había preparado el sofá de la sala con una sábana y una almohada. Joel se despertó alrededor de las 3 de la mañana con sed. La casa estaba en silencio absoluto. Fue a la cocina por agua y, al regresar, se encontró con la televisión encendida en volumen bajo, la luz azulada bailando en las paredes.

Liliana estaba allí.

Tenía 18 años entonces, recién cumplidos, y ya era un peligro andante. Llevaba una pijama de algodón gris muy delgada, casi transparente bajo la luz de la pantalla: shorts cortísimos que apenas cubrían la mitad de sus nalgas redondas y respingonas, y una camiseta sin mangas tan ajustada que se pegaba a su piel. No llevaba sostén. Sus pechos firmes y altos se marcaban perfectamente: pezones oscuros y erectos presionando la tela fina, el contorno completo visible cada vez que respiraba. El cabello negro le caía suelto sobre los hombros, y su cara de niña buena contrastaba con la mirada traviesa que le dedicó cuando él se detuvo en la puerta.

—Hola —susurró con voz ronca de sueño—. No podía dormir. ¿Te molesta si veo tele un rato?

Él tragó saliva. Intentó no mirar, pero era imposible. Los pechos se movían ligeramente con cada respiración, los pezones duros como piedritas bajo la tela húmeda por el calor de la noche. Ella se sentó a los pies del sofá, justo donde estaban sus piernas, y cruzó las suyas de forma que la camiseta se levantó un poco más, dejando ver la curva inferior de sus nalgas.

—No… claro que no —murmuró él, sentándose de nuevo, el corazón latiéndole fuerte.

Liliana se recostó hacia atrás, apoyando la espalda contra sus piernas. El contacto fue eléctrico. Sus nalgas calientes presionaron contra sus muslos a través de la sábana fina. Ella fingía ver la película, pero cada tanto se movía para “acomodarse”, rozando deliberadamente contra su entrepierna.

Joel sintió cómo su polla se ponía dura casi de inmediato. Intentó disimular, cruzando las piernas, pero ella lo notó. Giró la cabeza y le sonrió con inocencia fingida.

—¿Estás incómodo? —preguntó bajito, y sin esperar respuesta, se levantó un poco y se acomodó encima de él, sentándose a horcajadas sobre su regazo como si fuera lo más normal del mundo.

Ahora sí estaba encima: sus nalgas redondas y firmes presionando directamente contra su erección. La tela del short era tan delgada que Joel podía sentir el calor de su coño a través de la ropa. Ella se movió despacio, como si estuviera ajustando posición para ver mejor la tele, pero cada movimiento era un roce calculado: subía un poco y bajaba, frotándose contra su polla dura.

Joel tenía las manos en el sofá, apretando la tela para no tocarla. Su respiración era agitada. Liliana se inclinó hacia atrás, apoyando la espalda contra su pecho, y dejó que su cabeza descansara en su hombro. Sus pechos se elevaron con la postura, los pezones rozando la camiseta y casi tocando su barbilla.

—Estás muy tenso —susurró ella, girando la cara para que sus labios quedaran a centímetros de los de él—. Relájate… solo estamos viendo la tele.

Sus caderas se movieron en círculos lentos, moliendo contra su erección. Joel sintió el calor húmedo filtrándose a través de la tela. Ella estaba mojada. Él podía oler su excitación sutil, dulce y prohibida. Sus manos subieron instintivamente a las caderas de ella, pero se detuvo a medio camino.

—No… Liliana… no puedo hacer esto—logró decir con voz ronca.

Ella rió bajito, un sonido que le erizó la piel.

—¿Hacer qué?

Se inclinó más y le rozó el cuello con los labios, un beso fantasma. Sus pechos se aplastaron contra su torso. Joel sintió los pezones duros rozando su camiseta. Su polla palpitaba dolorosamente contra el culo perfecto de ella.

En ese momento se oyó un ruido en el pasillo. Marcos saliendo de su cuarto, probablemente por agua o al baño.

Liliana se levantó de un salto, como si nada hubiera pasado. Le guiñó un ojo y se fue a su habitación sin decir más, dejando a Joel con la polla dura como piedra, el corazón desbocado y la culpa ya instalada.

El recuerdo se desvaneció cuando Joel llegó a su departamento casi a las cuatro de la tarde. Se duchó para quitarse el olor a Estefanía, pero no sirvió de nada: cada gota de agua le recordaba cómo la había poseído contra el lavabo. Se tiró en la cama, exhausto, con la culpa y la excitación aún latiéndole entre las piernas.

Entonces vibró el celular otra vez. El corazón le dio un vuelco.

Número desconocido: [Video reenviado]

Joel abrió el archivo. Era la cámara de seguridad del pasillo del restaurante: se veía claramente cómo él y Estefanía entraban al baño privado casi al mismo tiempo, la puerta se cerraba… y luego, minutos después, salía él primero, acomodándose la ropa. Otro mensaje: un emoticono de cara sonriendo con lentes de sol.

Joel sintió que el estómago se le revolvía. El pánico lo invadió como una ola fría. “Mierda… mierda… mierda”. Pensó en escribirle inmediatamente a Estefanía para que borrara el video del sistema, pero entonces vio el detalle que lo dejó helado: el mensaje decía “reenviado”. El número era desconocido. Alguien más ya lo tenía. Probablemente ya estaba circulando.

Un nuevo mensaje llegó justo después:

Liliana: “¿Vamos a la plaza Revolución mañana? Estoy libre a las 2pm. Me gusta el sushi de ahí” Seguido del emoticono de un beso. “Ok”, respondió Joel sin más y se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. No durmió esa noche.

Al día siguiente, a las 2:05 pm, Joel llegó a la plaza. Liliana estaba sentada en una mesa del foodcourt, con una falda cortísima de mezclilla que apenas cubría sus muslos y un top blanco ajustado sin sostén. Sus pechos perfectos (firmes, redondos, del tamaño ideal para caber en una mano) se marcaban descaradamente; los pezones se notaban a través de la tela. El cabello negro le caía sobre los hombros y su cara de ángel inocente contrastaba con la mirada peligrosa que le dedicó cuando lo vio llegar.

—Hola, cuñado postizo —dijo con voz dulce, cruzando las piernas y dejando que la falda subiera un poco más—. ¿Qué cuentas?.

Joel no la saludó y se sentó, tenso y molesto.

—¿A dónde quieres llegar con todo esto, Liliana?

—¿Yo?— Respondió entre risas fingidas.

—¿Qué quieres? —preguntó él en voz baja apretando los dientes.

Liliana sonrió.

—Necesito un par de favores y tú me los puedes hacer.

—¿Cuánto necesitas?

—No, no es dinero… El dinero es aburrido. Mira —hizo un pausa que a Joel le pareció una eternidad— tengo una página de contenido pero he perdido suscriptores últimamente. Necesito material nuevo porque necesito más dinero…

—Creí que el dinero era aburrido.

—Tú y yo vamos a grabar un videito para subirlo. Será algo corto, pero muy muy real.

—No. Olvidalo. ¿Por qué no grabas con Carlos?

—Porque él no sabe que tengo página. Yo nunca muestro la cara. Por eso usaremos máscaras. Nadie va a saber que somos tú y yo. Si me ayudas, borro el video del restaurante y como si nunca hubiera sucedido.

Joel sintió una mezcla de excitación y náusea. La idea de hacerlo con Liliana le parecía peligrosamente atractiva, pero lo que más lo inquietó fue la actitud indiferente frente a la infidelidad de su cuñada y la traición hacia su hermano.

—Estás loca. ¿Y si lo ve tu novio? Ese tipo está metido en…

—Carlos no se va a enterar —lo cortó ella—. Nunca lo ha sabido y tengo tiempo ya en eso. No se puede enterar, Joel.

Joel pensó en Estefanía. En lo que sentía por ella. En que si ese video llegaba a la familia de Marcos, todo se derrumbaría: su amistad, el matrimonio, la vida de Estefanía. No podía arriesgar tanto.

—Solo una vez y lo borras, Liliana, es en serio.

Liliana sonrió victoriosa.

—Perfecto. Motel El Paraíso, habitación 12, a las 10. Trae condones… o no, como quieras. Yo llevo la cámara.

Mientras hablaban, el celular de Joel no dejaba de vibrar con mensajes de Estefanía:

— Te extraño.—Seguido de una foto de su escote en el espejo del baño del local, con los pezones duros visiblemente bajo la tela.—¿Cuándo te voy a ver?

Joel estaba durísimo bajo la mesa, excitado por los mensajes de Estefanía y por la propuesta de Liliana al mismo tiempo: dos mujeres, dos peligros diferentes.

Desde su departamento hasta el motel, Joel vivió cada kilómetro como una cuenta regresiva que no sabía si quería que terminara.

En la plaza, cuando Liliana cruzó las piernas y dejó que la falda subiera lo suficiente para mostrar el borde de sus bragas blancas, Joel sintió el mismo tirón que había sentido años atrás: una atracción cruda, casi animal, que nunca había sido amor ni siquiera cariño, sino puro deseo físico. Recordaba las noches en que fantaseaba con ella después de aquella madrugada en la sala de Marcos: su culo respingón, sus pechos firmes que se marcaban sin esfuerzo, la forma en que se movía como si supiera exactamente el efecto que causaba. Siempre pensó que era algo prohibido: era la hermana menor de su mejor amigo. Y ahora, esa misma prohibición se había convertido en moneda de cambio. Liliana le estaba ofreciendo exactamente lo que una vez soñó despierto… pero con una cámara grabando y un chantaje de por medio. La excitación era real, pero venía envuelta en miedo.

Llegar al motel fue un martirio. El trayecto en carro se le hizo eterno. Tenía la polla medio dura desde la plaza, presionando contra el pantalón, y cada semáforo en rojo le daba tiempo para pensar en Estefanía: en cómo se contraía cuando la llenaba, en sus ojos aceituna llenos de hambre y culpa. Y sin embargo, aquí estaba, yendo a follarse a la hermana de Marcos porque no tenía otra salida. Nunca se había grabado con ninguna pareja. Tenía algunos videos que ex parejas le mandaron en su momento —clips cortos, íntimos, sin rostro—, pero siempre había sido él quien recibía, nunca quien actuaba para una lente. La idea de una cámara lo ponía nervioso. No era su estilo y además, le hacía sentir expuesto.

Cuando entró a la habitación 12, Liliana ya había preparado el “set”: luces suaves de dos lámparas de mesa, trípode con cámara profesional apuntando a la cama king size, sábanas negras nuevas. Llevaba una falda plisada cortísima de color negro que apenas le cubría el culo y una blusa blanca ajustadísima, con el ombligo al descubierto y los botones superiores abiertos lo suficiente para que se viera el valle entre sus pechos. Olía a un perfume dulce, empalagoso, de vainilla y caramelo quemado; el aroma llenaba la habitación y se le pegaba a la piel.

Liliana encendió la cámara. La luz roja parpadeó.

Se acostó en la cama boca arriba, apoyada en los codos, y abrió las piernas lentamente. La falda se subió sola, revelando que no llevaba bragas. Su coño depilado brillaba ligeramente bajo la luz; ya estaba húmeda. Con una mano se levantó la blusa hasta justo debajo de los pechos, dejando ver la curva inferior de ellos, y con la otra empezó a acariciarse sobre la tela de la falda. Primero círculos lentos sobre el monte de Venus, luego dedos que bajaban y subían por los labios externos, separándolos un poco para que la cámara captara el brillo rosado. Se mordió el labio inferior, miró directo a la lente y luego a Joel.

Él estaba de pie al pie de la cama, la respiración agitada, la erección ya completa y dolorosa contra el pantalón. Verla tocarse era como un sueño que se hacía realidad contra su voluntad: la fantasía que había enterrado durante años ahora se desplegaba frente a él, con todos los detalles que había imaginado y más. Liliana metió dos dedos dentro de sí misma, los sacó brillantes y los lamió despacio, sin dejar de mirarlo. Luego se abrió la blusa por completo, dejando los pechos al aire: firmes, altos, pezones rosados y duros. Los pellizcó con fuerza, arqueó la espalda y soltó un gemido bajo que resonó en la habitación silenciosa.

Con el dedo índice le hizo una seña: “ven”.

Joel se acercó como hipnotizado. Se quitó la camisa y los pantalones sin prisa, dejando que ella viera cómo su polla saltaba libre: gruesa, venosa, la cabeza ya húmeda de precum. Liliana se incorporó de rodillas en la cama y lo tomó con ambas manos. Lo masturbó lento, sintiendo cada pulso, cada vena. Luego abrió la boca y lo tragó hasta la garganta en una sola bajada profunda. Subió y bajó con ritmo constante, babeando profusamente, las mejillas hundidas, los ojos fijos en los de él. Joel gruñó, sujetándole el cabello sin apretar demasiado.

La tumbó boca arriba. Le abrió las piernas al máximo y hundió la cara entre sus muslos. Lamió con hambre: lengua plana desde el perineo hasta el clítoris, succionando el botón hinchado mientras metía dos dedos y los curvaba buscando su punto G. Liliana se retorcía, empujaba su coño contra su boca, los jugos chorreando por su barbilla. Se corrió rápido, contrayéndose violentamente, un chorrito caliente que Joel bebió sin apartarse.

La penetró en misionero primero: piernas de ella sobre sus hombros, entrada lenta y profunda hasta que estuvo completamente dentro. Sintió cómo su coño apretado lo envolvía, caliente y resbaladizo. Embestidas largas, casi saliendo por completo y volviendo a entrar hasta el fondo. Los pechos de Liliana rebotaban con cada golpe. Él los tomó, los amasó con fuerza, pellizcó los pezones hasta hacerla arquearse.

La giró en cuatro patas. Entró desde atrás, agarrando ese culo respingón con ambas manos y separándolo para ver cómo su polla desaparecía dentro de ella. Golpeaba fuerte, la piel chocando con sonidos húmedos y obscenos. Liliana empujaba hacia atrás, pidiendo más profundidad. Él le frotó el clítoris con los dedos mientras la follaba sin piedad. Ella se corrió otra vez, contrayéndose tan fuerte que casi lo sacó.

La puso de lado, una pierna levantada. Entró otra vez, lento y girando las caderas para rozar cada pared sensible. Le mordió el cuello, chupó sus pechos, le frotó el clítoris mientras la penetraba profundo. Liliana temblaba, gemía sin control.

Finalmente la montó a horcajadas. Ella cabalgó con furia: subía casi hasta sacarlo y bajaba de golpe, girando las caderas, sus pechos saltando frente a la cara de Joel. Él los chupó, los mordió suavemente, mientras ella lo ordeñaba con su coño.

—Voy a correrme… —gruñó él.

—Lléname, papi…

Joel se hundió hasta el fondo y eyaculó con fuerza: chorros espesos y calientes disparándose contra su útero, saliendo por los bordes mientras Liliana seguía moviéndose, ordeñándolo hasta la última gota. Ella se corrió con él, gritando, temblando, contrayéndose alrededor de la polla.

Liliana apagó la cámara con el control remoto. Se quitó la máscara y se recostó a su lado, desnuda, sudorosa, el cabello pegado a la frente. Le acarició el pecho con las yemas de los dedos.

—No fue tan difícil, ¿verdad? —susurró con una sonrisa satisfecha.

Joel la miró. Tenía una mezcla extraña en el pecho: molestia por el chantaje, satisfacción física brutal, y una excitación residual que no se apagaba. La culpa por Estefanía estaba ahí, pero en ese momento se sentía lejana.

—Borra el video, Lily. Por favor —dijo mirándola a los ojos, serio.

Ella asintió despacio.

—Lo haré. Te lo prometo.

Y entonces lo besó.

Al principio fue mecánico, casi forzado: labios contra labios sin mucha presión, como si fuera parte del trato. Pero Joel respondió, y algo cambió. El beso se profundizó. Lenguas que se encontraron con lentitud al principio, luego con hambre. Liliana se pegó más a él, un brazo alrededor de su cuello, el otro en su nuca. Joel le sujetó la cintura, atrayéndola. El beso duró mucho más de lo que ninguno esperaba: húmedo, profundo, respiraciones compartidas, dientes rozando labios, gemidos suaves que se escapaban sin querer. Ninguno de los dos quería terminarlo. Cuando finalmente se separaron, ambos estaban jadeando otra vez, mirándose con una confusión que ninguno se atrevió a nombrar.

Liliana sonrió, pero esta vez no era la sonrisa de chantajista.

—Duermete un rato si quieres —susurró—. Todavía no son las doce.

Joel no contestó. Cerró los ojos con el sabor de ella todavía en la boca, y se preguntó cómo carajos había llegado a esto… y por qué, a pesar de todo, una parte de él no quería irse.