Larga batalla por una esposa. 9
La carpeta apareció sin aviso, pero el video contenía a mi esposa desnuda, besando a otra mujer con una pasión que yo nunca había visto. No era solo sexo; era un juego de poder donde ella entregaba su cuerpo y su vergüenza a cambio de un placer que yo no podía darle.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 9.
También consiguió entonces atraer mi atención otra carpeta, justo porque se titulaba “Artes minor”, y con fecha septiembre de 2018. Se ha quedado en mi recuerdo, porque me pareció muy relevante, por más que entonces no supiera hasta dónde en verdad llegaría la realidad de lo que aquí ya empecé a sospechar.
De nuevo fotografías y un video. El lugar, otra vez Barcelona pero en una habitación del Hotel Arts, inconfundible, con un amplio ventanal desde donde la vista de la playa y la ciudad condal son formidables. Una gran cama, dos butacas y una mesita redonda. Beatriz vestida con su falda corta, blusa, medias y tacones, de pie, justo delante del ventanal y mirando a la cámara, sonriente, posando. A renglón seguido mismo lugar y actitud, pero ahora está en braguitas y sujetador, estilo retro, todo en azul de encaje. La ultima lanza un beso con su mano al objetivo, divertida. El siguiente grupo de instantáneas incluye a las dos mujeres. Beatriz como he descrito y Joana solo con un culote de lycra liso, color carne, entrelazando sus lenguas y sus manos.
Casi sin querer, abrí la grabación. Estaba tomada desde un trípode, sin duda. Ya están las dos completamente desnudas, recostadas en los almohadones de la “king” y miran al objetivo. La que habla es Joana y parece expresar un mensaje para su marido, que evidentemente no está presente:
—Cariño, espero que no te aburras… mira, nosotras te echamos de menos pero vamos a darte este espectáculo, para que también tu nos eches de menos a nosotras…
Lo hace con una risita y tono insinuante. Dirigiéndose ahora a mi mujer dice:
— Cielo, háblale tú…
Raquel respondió con una sonrisa nerviosa, se la notaba algo incómoda.
— Hola Rubén, aquí estamos, una pena que te haya tocado todo el día con esos pesados del laboratorio, qué penita!
Joana cobra, como siempre, el mando.
— Bueno, hoy vas a darme a mi placer, en solitario! Espero de ti todo, y me portaré entonces bien contigo… ya sabes que si me enfado y no está Rubén, que siempre te saca las castañas del fuego, puedo ser muy cruel…
Apenas terminada la enigmática frase se abalanzó sobre ella besándola con pasión, mordisqueando sus labios y las aureolas mamarias, donde se entretuvo bastante rato. Luego pasó a observar de cerca su vulva y empezó a jugar con ella. Introdujo un dedo, luego dos y finalmente casi los cinco, hasta los nudillos metacarpo-falángicos, empujando progresivamente y luego manteniendo un suave vaivén. Mi mujer gemía, pero nada parecido a lo que había visto cuando la poseía Rubén.
Después, con autoridad, arrastró hacia abajo todo el cuerpo de Beatriz, para con decisión sentarse, literalmente, sobre su cara, de frente a la cámara, permitiendo así verlo todo con bastante claridad. Mi mujer comenzó a lamer ese coño que no estaba depilado, una mata negra en triangulo coronaba el monte de Venus. Pude advertir el escaso pecho que tenía esa hembra, al punto que si no fuera por el resto bien podría decirse que era un varón. Ciertamente Joana disfrutaba, se balanceaba sobre el rostro de mi esposa, de modo que cuando recibía caricias linguales en su coño, en el periné y también en el mismísimo ano. De echo esa maniobra era la que aparentemente más le gustaba, porque una y otra vez volvía a ella. Curiosamente, o no tanto, nunca bajó para hacer un cunnilingus a mi mujer, se limitaba a, con sus manos de largas uñas, amasar los senos de Beatriz y torturar, así podría definirse, los pezones. La acción se mantuvo muchos minutos y los jadeos de Joana fueron en aumento. También hablaba, dando indicaciones.
— ¡Así, así, sigue muñeca, sigue! ¡Me encanta sentir esa lengua en mi culo, lámelo! ¡Bien, muñeca, bien! ¡No pares! ¡Besa mi coño, bésalo como si fuera la boca de Rubén! ¡Yo no te voy a dar semen, pero te voy a llenar la boca de flujo, trágalo también!
Llegó el momento en el que Joana imprimió un movimiento rápido, restregaba todo el área perineal por el rostro de mi esposa, luego aplastó su vulva sobre la boca de Beatriz y comenzó a orgasmar, casi sin emitir sonido alguno, contrayéndose sobre si misma para finalmente caer con la cabeza entre los pies de aquella hembra que le estaba dando semejante placer.
Tardó un buen rato en poder moverse, pero cuando lo hizo demostró que todavía le quedaban bastantes cosas por hacer. Mi mujer seguía boca arriba y Joana le abrió las piernas, doblando también las rodillas. Un cojín bajo los riñones la colocó en esa postura de fácil acceso a los orificios naturales de la cintura. En ese momento me di cuenta que sobre la mesita había unos juguetes sexuales, un gran consolador (con genuina anatomía humana) de llamativo color negro, y otro instrumento que nunca había visto, pero que luego he sabido es lo que llaman un “plug anal”. Introdujo primero este último en su ubicación, el ano, y sin pausa hizo lo propio con el otro en la vagina. Ambos entraron rápido y apenas mi mujer exhaló un leve quejido en ambos casos.
— ¿Preferirías que fuera el de Rubén, verdad muñeca?
Mi mujer no contestaba, simplemente ronroneaba con el movimiento de entrada/salida que Joana estaba imprimiendo a ese pene oscuro de plástico. Ciertamente la hembra varonil no era capaz de imitar el ritmo que su marido sabía imprimir, pero no por ello dejaba de conseguir efecto. La fue llevando poco a poco hasta el clímax, que en cualquier caso no fue tan intenso como los que ya la había visto disfrutar con Rubén.
— Muy bien muñeca, ya has tenido el sucedáneo. Mañana llegará Rubén y te dará lo que verdaderamente necesitas. Pero te has portado bastante bien y por eso te voy a tratar con dulzura…
No lo entendí hasta que pude ver que también encontraba en la otra mesita unas singulares “esposas acolchadas”, con las que aprisionó las manos de mi mujer, a la espalda, y después una especie de collar (ya he podido saber que son “pinzas para pezones con cadenas”), procediendo a insertarla precisamente en esas delicadas prominencias. Me sorprendió advertir que mi mujer apenas emitió un suspiro, cerrando los ojos y extendiendo la cabeza. A renglón seguido sobrevino un estiramiento de pezones que pensé le iban a provocar un arrancamiento, al traccionar Joana con firmeza hacia arriba de ese diabólico instrumento. Ciertamente ahora sí, Beatriz emitió varios gritos, con sordina, pero signo inequívoco de dolor.
— Bien, ahora sí hablarás… mira a la cámara y dile a Rubén que le deseas, que eres suya y que quieres que venga, ya…
Mi mujer levantó la cabeza y con sus ojos azules por donde se escapaban unas lágrimas exclamó:
— Sí, Rubén, ven pronto, sabes que te deseo y soy tuya…
Joana dio entonces un salto, saliendo de la cama para aproximarse a la cámara y decir (evidentemente dirigiéndose a Rubén, en la distancia):
— Hoy voy a ser magnánima, no te preocupes cariño, mañana la tendrás enterita, sana y salva… guiñando un ojo y cortando la grabación.
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