Caprichos de una dama
El marido la dejó sola y caliente en un hotel lejano. Pablo no era un amante cualquiera, era el hombre que sabía cómo desatar a la yegua que lleva dentro. Esta noche, Cenicienta no busca su zapatito de cristal, busca el castigo que la hará gritar.
CAPRICHOS DE UNA DAMA.
Este relato es continuación de Me encontré con una gata de charlines.
Estábamos desnudos en la ducha. Le miré. Me gustaba lo que veía: Un macho que sabia tratar a un hembra. Pablo era el semental, yo la yegua. Habíamos cogido como salvajes y yo quería más. Así que dije con una sonrisa perversa:
- ¿Por qué esperar a mañana para jugar?
Cuando le conocí, había mentido en parte, no sabía como lo iba a pasar cuando me propuso ir a su hotel, así que le conté que tenía que estar a la noche en casa. Estaba enfadada y muy caliente. Mi marido me había dejado sola durante dos días. Le había acompañado a Madrid en un viaje de trabajo para estar solos y resulta que se tenía un retiro de empresa preparando la salida del COVID y la guerra de Ucrania. Me había dejado compuesta y sin macho.
- ¿ No tenías que volver a casa como Cenicienta a la noche?
- Cenicienta ha encontrado un pié que le llena el zapatito de su concha. Si querés llamo y podemos estar hasta mañana.
- Gatita, llama y veo que hacemos.
Llamé a mi marido, le dije que me había encontrado con una amiga y que me quedaba a dormir con ella. Me preguntó si era lesbiana, le dije que sí, y me deseó un placentero encuentro. Sabe que soy bi, y le divierte y le pone. No iba a decirle que estaba con un hombre con el quería gozar sin freno.
- Ya está. Soy toda tuya.
- Te has portado como una gatita mala y te mereces una castigo.-
Le brillaban los ojos de deseo con un punto de maldad, que me excitó mas de lo que estaba. El Covid me ha sacado una vena de sumisa y Pablo quería jugar con ella.
- Sí, he sido una niña mentirosa.
- Ponte el albornoz.
Le obedecí, era blanco, grueso. Pablo, desnudo fue hasta donde había dejado su ropa y tiró del cinturón, lo tomo en la mano y vino hacia mí. Yo temblaba de miedo y de placer. Le di la espalda, me estiré, sabía lo que iba hacerme: Castigarme con unos buenos azotes.
Me dio el primer latigazo en las nalgas, fuerte, sentí picor y dolor. Luego me dio otro. Me di cuenta que debía quejarme, que le iba a excitar mas, y también a mí. Solté un ¡AAAAYYY!
- Así me gusta...que lo sientas. Quince azotes por ser una gata engañadora.
Los empezó a contar, yo gemía cuando me los daba. Lo sabía hacer. El culo, pero también la espalda y la cintura. Yo le veía por el espejo del baño, tenía la verga cada vez mas dura, yo cada vez más caliente, empapada. Cuando acabó yo jadeaba, necesitaba correrme.
- Date la vuelta y cierra bien la bata.
- Por favor, no me dejes marcas.
- No, cierra bien el albornoz.
Le obedecí. Le miraba suplicante, ansiosa, mis tetas querían ser golpeadas. Mis pezones duros cuando recibieron el primer azote ardieron y me hicieron gemir en placer. Fueron apenas cinco cinturonazos pero me dejaron a punto de venirme.
Cuando me ordenó que me abriera de piernas, sabía que no podría aguantar. Y no pude, fueron cuatro golpes suaves en mi chocho, sentir el cuero en mi concha chorreante y en clítoris endurecido hizo que tuviera un orgasmo salvaje, como un rayo que me derrumbó.
- ¡Me corrooooo!...¡ qué placer!...mi..macho.
Me deslicé hasta quedar arrodillada en el suelo. Pablo estaba con la polla en alto, yo me puse en cuatro, quería sentirla dentro. Me levantó el faldón del albornoz, mi trasero ardiendo, colorado por los azotes quedó para su goce. Se arrodilló tras mío, colocó el cipote en la puerta de mi ano y empujó. Se deslizó en mí. Y me enculó, lo hacía despacio tomando posesión de mi cuerpo, y así me sentía yo, entregada, dispuesta a ser usada por aquel hombre que sacaba mi lujuria al disfrute de mujer encelada.
Había follado ya antes, no tenía veinte años, tenía la picha como una piedra, pero no soltaba la leche. A mí, normalmente no me vuelve loca que me den por culo, pero...me estaba encantando. Me coloqué de modo que pudiera tocarme el coño, busqué mi clítoris y mientras su polla deslizaba en mi interior, yo me venía en oleadas, una y otra vez, mareada de placer. Y por fin largó su semen y la sacó. Nos quedamos tumbados en el suelo. No sé como nos abrazamos cómplices y nos besamos.
Éramos un hombre y una mujer que se encuentran y saben que tienen un tiempo limitado para gozarse. Cuando le miré a los ojos, me di cuenta que quería hacer cosas que no había pensado.
- Pablo...cariño...me gustaría... no sé como decírtelo...los hombres en los viajes de empresa a veces alquilan una puta para...- le besé mimosa y seguí – me gustaría ser eso para vos.
- Gatita. ¿Quieres jugar a ser una prostituta conmigo?...tipo la pretty woman…
- Sí. No soy tan guapa ni tan alta como la Julia, mas bien una putita delgada con curvas. No te cobraría...solo te aceptaría regalos para vestirme como vos quieras.
Pablo se echó a reír, me gustaba como había aceptado mi propuesta, como un juego perverso en el que podía usarme. El solo proponerlo me estaba calentando.
- Mariela...de acuerdo. Si quieres ser mi puta, vas a serlo...pero puede ser un poco fuerte para tí.
- Quiero vivir una aventura con vos. No me dejes marcas..solo eso y haré lo que que desees. Has sacado algo vicioso que tengo escondido dentro de mí y me apetece disfrutarlo y que me enseñes a disfrutarlo.
- Gatita...te voy a hacer una buena puta. Vamos a comprar algo de ropa y algún juguete...vístete y vamos.
Le obedecí y en unos minutos estábamos en un taxi, nos dejó enfrente de un local extraño donde entramos. Era algo mas que un sexshop. Pablo se adelantó mientras yo me quedaba mirando ropas sexys fijándome en mi talla. Habló con un hombre que parecía el encargado.
- Mariela. ¿ Qué talla usas?
- En corpiño uso 85- 90, lo demás soy S. ¿ Qué vas a comprarme?
- Lo elegiré yo. Lo verás al llegar al hotel. Ahora vas a entrar en una sala donde tras unos espajes hay hombres pagan para ver como masturbas.
Me tomó de la mano, me llevó dentro, entré en un pequeño vestuario.
- Quitate la ropa y tras esa puerta haces tu show...putita.
Lo había visto en cine y una vez había entrado en una cabina con mi marido, entonces novio, un día que me llevó a un sexshop con show y yo estaba en la edad de aprendizaje. Me quedé descalza con la blusa, era larga, llegaba justo para taparme el pubis. Empujé la puerta y entré.
Era una habitación pequeña hexagonal, si descontaba la puerta por la que yo había entrado tendía cinco espectadores. Había una silla de caño. Me acerqué, puse en mi mente la música de Summer Time, es la que mas me va para hacer striptease. Comencé a moverme, y muy muy despacio me fui abriendo la camisa. Los ventanales se abrieron, ya tenía mirones. La camisa, el corpiño, ya con las tetas al aire. Dejé que las vieran bien. Sé que mis pezones tipo tetina de biberón cuando están duros ponen las pollas duras. Jugué a acariciarlos, a poner saliva, a pellizcar los. El saber que había unos tipos masturbándose mirándome me excitaba. Yo ponía caritas de señora viciosa, que era como me sentía. Me bajé las bragas, fue una exhibición de culo al hacerlo, moviéndome de modo que todos pudieran disfrutar de mi coño rasurado al agacharme.
Ya estaba desnuda, pensé en sentarme, lo rechacé, me debía a mis clientes, y sentada no me podían ver todos bien. Eso de estar expuesta para mis mirones era fundamental, así que decidí pajearme parada. Dedos acariciando mi chocho, subir el monte de venus para que se destacara mi clítoris endurecido, tocarlo, acariciar las tetas. Ya llevaba unos minutos, era hora de acabar. Me di unas nalgadas, me retorcí los pezones con una mano mientras con la otra me masturbaba. Simulé un orgasmo y tras hacer que quedaba como atontada unos segundos, recogí la ropa y fui a la salida.
Allí en el vestuario estaba Pablo y el encargado del local. Besé a mi macho. Me había puesto a mil, y el controlarme me había excitado aun más, necesitaba que me cogieran. Así que me pegué bien a mi semental para que supiera que quería que me follara.
- Ya le dije que mi esposa es muy caliente. Le ha encantado perder la apuesta.
Me di cuenta que le había dicho que yo era su mujer y que habíamos jugado a ver si yo era capaz de hacer lo que había hecho.
- Cariño, a Luis y a mí nos has dejado muy cachondos. Creo que debes sacarnos la calentura.
- ¿ Cómo querés que haga?
- Siéntate en esa butaca, levanta las patas y ábrelas.
Obedecí, los dos hombre se quitaron los pantalones, tenían las pollas en alto, gordas, grandes, venosas. Pablo abrió un sobre y sacó un condón. Se lo puso, yo me tocaba el coño esperándoles. Necesitaba que me follaran. Pero mi macho quería que yo estuviera fuera de mí, ansiosa de verga. Me asusté con el forro que se había enfundado. Era negro y tenía un montón de bultos. Parecía un árbol a medio podar. Me mojé aun más al darme cuenta que me lo iba a meter en mi concha ansiosa.
Pablo colocado entre mis muslos, puso aquel cipote enorme en la puerta de mi sexo encharcado y empujó hasta meterla toda entera. El deslizarse por mi mas íntima feminidad aquel monstruo fue terrible y maravilloso, excitaba cada milímetro de mi vagina lubricada. Yo gemía. El encargado acariciaba mis tetas, yo le agarré la polla y comencé a hacerle una paja. No me podía concentrar en masturbarle, estaba tan fuera de mí que solo se la meneaba rápido. Soltó su leche sobre mis senos, mi macho iba acelerado, casi como se habían movido mis manos y yo con un:
- ¡CABRÓN….ME VOOOOOYYY...QUE LINDO!
Tuve un orgasmo salvaje. Pablo sacó la polla enfundada de mí. No se había corrido, había dominado la situación y a mí. Cuando se quitó el forro su polla seguía pétrea, se la metió dentro del pantalón, parecía una tienda de campaña. A mí me ponía saber que yo era un juguete para su lujuria.
- ¡ Cálzate. Ponte la blusa y la falda! Mete la ropa interior en una de las bolsas y vamos al hotel.
Cargando con dos bolsas grandes salimos, el semen del encargado, que me había mojado los pechos, hacía que la tela de la camisa se me pegara a la carne marcando los pezones como cimas de montañas. En la puerta paró un taxi y dio la dirección del hotel. Yo me sentía muy golfa, quería excitarle y que perdiera aquella frialdad perversa que tenía. Me abrí de piernas para que el taxista pudiera verme el coño depilado, creo que los nervios hicieron que el trayecto fuera rápido. El hombre no quería meterse en problemas.
Llegamos al hotel, pidió la llave, la encargada me miró con mezcla de envidia y desprecio. Entremos en el ascensor, yo cargaba los dos bolsas, iba entregada. Llegamos a la habitación, abrió y entramos.
. ¿ Has traído ropita y juguetes para tu putita?..Voy a hacer o que vos quieras...todo todo.
Sus ojos me recorrían lascivos como una lengua que lamía mi cuerpo caliente de deseo..
- Ahora vas a tener lo que andas buscando...zorra.
Continuará...eso espero.
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