Jugando con fuego (Libro 5, Capítulos 29 y 30)
Edu tiene el control, María tiene el cuerpo, y yo solo tengo los ojos. La casa se vacía de nuestras vidas para llenarse de la de él, y el silencio del ascensor pesa más que cualquier grito.
CAPÍTULO 29
Sonó aquel terrible claxon otra vez, y tuve que reiniciar la marcha, y no podía ver lo que María le escribía, pero sabía que lo hacía. Y me moría. Literalmente me moría por saber qué plasmaba ella, en aquella pantalla, con aquellos dedos errantes y nerviosos.
Ella dejó en seguida de escribir, y miraba su teléfono de vez en cuando, y yo no sabía qué decir, qué preguntar, y seguía impactado y bloqueado por cómo la había visto. Se me había quedado grabada en la mente la imagen de ella, con la boca entreabierta y aquella saliva colgando de su labio inferior… y su coño maltratado por sus dedos… y su braga de bikini exigida y vilipendiada… y sus pezones brillando y sus tetas hinchadas… moviéndose arriba y abajo, como todo su torso, por su respiración agitada… Y, mientras conducía, me preguntaba… “¿y ahora qué?”.
Se mantenía el silencio en aquel coche, silencio que rompí yo únicamente para preguntarle por qué Edu tenía el número teléfono de Rubén, y ella me contestó, seria, sin ganas de hablar, diciéndome que Edu se lo había pedido aquella misma noche, mientras yo había ido a nuestra casa a por ropa.
Y nada más. Yo la miraba y empezaba a pensar que era ella la que tenía que decirme lo que estaba pasando, que a poco que tuviera un poco de deferencia hacia mí debería hacerlo. A menos que aquella desconsideración formara parte del juego y de la escala de poder que se había creado.
Su sonrojo seguía intacto y sus pechos seguían atacando aquellos triángulos celestes, pero tras la parada y las órdenes de Edu, la saliva que había sido depositada en sus pezones transparentaba la tela azul, creando una imagen terriblemente impactante, con sus pechos hacia adelante, a ambos lados del cinturón de seguridad, y con aquel bikini mojado en la zona de sus pezones… los cuales se marcaban de una manera imponente y abusiva… y de nuevo aquella melena que caía espesa… con aquel flequillo que pretendía ocultar una vergüenza que no solo no se había ido, sino que había repuntado.
Llegamos al garaje y seguía mi martirio. Seguía aquella especie de castigo en cadena: de Edu a María y de María a mí, y yo pensaba que yo no lo merecía, y que María tampoco, pero después concluía que, merecido o no, algo dentro de nosotros lo deseaba.
Una vez allí, María se puso su camiseta y subimos en el ascensor. Y seguíamos en silencio. Y yo seguía sin saber nada. Y dudé en acercarme a ella, pero otra vez no me atreví. Ella no se miraba en el espejo, ni revisaba demasiado su teléfono… Parecía que lo que se hubiera acordado o desacordado estaba ya cerrado.
Entramos en casa y sus shorts vaqueros, tensos, como todo su cuerpo, pasaron por delante de mí, y supe que hacía escala en el cuarto de baño porque la escuché, pero no porque me dijera nada.
Me senté en el sofá y escuchaba el sonido de la ducha cuando mi bañador vibró y supe que era Edu, como si tuviera ya un sexto sentido que me indicaba cuando las cosas iban a reventar del todo.
Y no me equivoqué, y estaba tan nervioso por el silencio y el castigo de María que ni llegué a notar un incremento. Y vi que Edu nos enviaba una captura de pantalla de una conversación reciente con Rubén, y después él había escrito un texto. En el pantallazo se podía leer:
Edu: La tienes de ejecutiva, uniforme de colegio, o en plan cuero zorrón, con unos pantalones de cuero agujereados en el sitio preciso.
Rubén: ¿En serio?
Edu: Sí.
Rubén: Hostiás tío, lo estoy flipando. Espero que después no sea todo un puteo.
Edu: No lo es. Dime ya y le digo a ella.
Rubén: Joder, pues no sé si he entendido lo del cuero, pero bueno, el uniforme está bien.
Yo tragué saliva. Me llevé las manos a la cara. Su conversación terminaba ahí. Y me atreví a leer el texto de Edu, que decía: “María, ponte también el tanga azul que te dejé bien manchadito el otro día. Así cuando Rubén te lo quite piensas en mí”.
El sonido del agua de la ducha cesaba y ya solo escuchaba mi corazón latir. María estaba a segundos o escasos de minutos de leer la enésima tensada de cuerda de Edu. Y yo no sabía si ella aceptaba todo, nada, una parte, o ponía condiciones propias.
Y de nuevo mi mente iba a mí y a María, y me preguntaba qué querría María, y yo, como siempre, sentía que todo era a la vez maravilloso y una pesadilla, y quería que todo explotase tanto como que María apareciera tranquila, melosa, y que me dijera que estaba harta… y que solo quería que fuéramos ella y yo.
Tan pronto la escuché ir hacia el dormitorio me colé yo en el cuarto de baño, y, una vez allí, miraba el teléfono compulsivamente, ansioso por leer la respuesta de María, porque deducía que ya tenía que haberlo leído. Y uno, dos, tres minutos, allí, haciendo tiempo, bloqueando y desbloqueando el teléfono… y aquel chat no sufría variaciones, y sí lo hacía mi cuerpo… que sobrepasaba los límites conocidos de nerviosismo.
Comencé a escuchar entonces el sonido del secador de pelo de María, que provenía del dormitorio, y me decidí por fin a entrar en la ducha, y una vez allí el agua comenzó a intentar arrancarme el desasosiego, pero no lo conseguía, y miraba hacia abajo y mi miembro sí tenía las cosas más claras que yo, marcando una erección nerviosa que me resultó extrañamente desafiante, como si me dijera que dejara de intentar autoengañarme… que en el fondo sabía que quería la explosión total.
Salí de la ducha. Miré el teléfono. Y aquella conversación seguía intacta. Y era plenamente consciente de que yo solo manejaba aquella información, sabedor del pequeño porcentaje que seguramente constituía, pero era lo único que tenía.
Me secaba en silencio, pretendiendo así que los sonidos de María desvelaran sus intenciones, pero apenas escuché nada. Y, una vez la oí caminar por el pasillo hacia el salón, decidí ir yo al dormitorio. Y me daba cuenta de que evitaba la confrontación a la vez que no quería incomodar su decisión… Pues sabía que, fuera la que fuera, no habría sido sencilla de tomar.
Una vez en el dormitorio me vestí con unos calzoncillos y una camiseta, y notaba que mi erección había descendido un poco, pero no así el latir de mi corazón y una especie de calor y frío simultáneo que me hacía sentir pequeños temblores involuntarios.
Miré de nuevo el teléfono y no vi novedad alguna. Y resoplé una vez más antes de atreverme a ir hacia el salón.
Pronto caminaba por el pasillo, con mi teléfono en la mano, y entonces este se agitó solo, haciendo que todo mi cuerpo hiciera lo propio. Y me detuve, allí, en el medio, en la penumbra, descalzo… y vi que era Edu, en nuestro grupo de tres, y entonces comencé a leer… a leer a medida que reiniciaba la marcha y caminaba hacia donde estaba María. Y la luz del salón se iba haciendo cada vez más presente y cercana, mientras leía:
Edu: Ya me he enterado de que habéis arreglado cómo recibirle. Me parece una postura muy sugerente.
Acababa de leer su última palabra y entraba en el salón, y mis ojos se iban hacia ella rápidamente, angustiados, histéricos… y veían a María, subida al sofá, de rodillas, apoyada en el respaldo… Dando la espalda a todo menos a aquel respaldo y a la pared… Y yo veía su espalda cubierta por aquella camisa blanca del uniforme de la hija de Carlos, y aquella falda tableada azul marino, y los calcetines del mismo color hasta casi las rodillas, y la corbata, y hasta los mocasines negros… Y yo contemplaba exaltado… y excitándome… que la obediencia era absolutamente completa y total.
La melena de María caía compacta y voluminosa por su espalda… pero también caía solemne y hasta con dramatismo, como lo hacía su amor propio… Y yo, abrumado, contemplaba aquel derrumbamiento con una erección incipiente.
Ella, allí, en silencio, esperaba, en aquel sometimiento obediente, y yo casi podía escuchar su desasosiego y su culpa por la vergonzosa traición a sí misma.
Y yo, allí, petrificado… me preguntaba si debajo de aquella obediencia había una promesa de contraprestación por parte de Edu, o si en realidad a ella le excitaba aquella obediencia sumisa… Y quizás fuera lo segundo… O quizás las dos cosas…
Y entonces… sonó el timbre… y yo resoplé… y María tembló.
CAPÍTULO 30
Aquella angustia en cadena me asfixiaba a mí tanto como tenía que estar asfixiándola a ella. Pero al menos María tenía poder de decisión, con consecuencias en caso de que decidiera parar aquello, pero con decisión al fin y al cabo. Sin embargo yo lo único que podía hacer era caminar hacia el telefonillo.
Descolgué, nerviosísimo, tenso y aturdido, y escuché al otro lado del aparato voces y movimiento, y la puerta del portal cerrarse, por lo que deduje que algún vecino le habría ya abierto la puerta a Rubén. Y entonces abrí yo la puerta de nuestra casa, un poco, y no sé por qué comencé a pensar en lo que pasaría si ese vecino o vecina supiera lo que estaba pasando, si supiera a quién acababa de abrirle la puerta, y me estremecí, pues no lo podrían creer… no podrían ni imaginar que aquel corpulento hombre entraba en su edificio para… follarse… a esa chica… guapísima… e inalcanzable… que vive con su novio, con el que se va a casar… Esa abogada que baja en el ascensor, elegante, seria, algo engreída, y hasta seca en ocasiones… Y que, además… su novio mirará mientras la follan… y todo organizado por el antiguo jefe de ella y amante preferido. Y quizás, o seguramente, el vecino que le abrió se habría masturbado pensando en ella, o, de ser vecina, la habría envidiado y criticado.
Pensaba en eso mientras volvía al salón y al mundo real, y entonces volví a ver a María, sin moverse, allí, esperando, con aquel uniforme que la hacía parecer algo ridícula, pero no del todo, como si consiguiera llevarlo con una cierta dignidad, a pesar de ser aquello un verdadero disfraz, sobre todo para toda una mujer, en plenitud y exuberancia, como ella.
La miraba y quería que me dijera algo. Veía su espalda rígida, y entonces, no sé por qué, susurré:
—María…
No dije nada más, sin entender si por el mero hecho de pronunciar su nombre estaba demandando una explicación. Y entonces, ella, sin girarse, dijo:
—Apaga la luz de arriba y enciende la lámpara. Haz el favor.
Lo dijo con tal poso y solemnidad que me impactó. Y obedecí y comencé a escuchar unos pasos pesados y rápidos por las escaleras al tiempo que se creaba un resplandor tenue en aquel habitáculo agobiante, que no parecía en absoluto el salón de siempre, sino algo turbio, prohibido y opresivo.
Aquellos sonidos me indicaban que Rubén había descartado el ascensor y yo me dirigí a la puerta y una vez allí me lo encontré, de frente, pues él empujaba la puerta que yo atraía hacia mí.
Me pareció más grande y fuerte que la otra vez, con unos vaqueros claros y una camiseta blanca. Con su calva, su barba y sus ojos azules. Me pareció más joven que en el restaurante. Y alargó su mano para estrechármela, y me la apretó con fuerza, y noté sus manos frías, y vi sus ojos rojos, y pasó por delante de mí, oliendo a alcohol.
Su entrada era abrupta, errática y acelerada, y, tan pronto me sobrepasaba, esbozaba un “¿Por aquí?” arrastrado y nervioso.
Ambos llegamos al salón y apareció la pieza de caza, la entregada por Edu, antes por mí, o por los dos, o ya no sabía ni cómo verbalizarlo. Aquella pieza disfrazada y sometida, pero que quería mantener su dignidad a pesar de tener todos los elementos en contra.
Ella allí, quieta, obediente… y Rubén, a mi lado, no parecía saber qué hacer.
—¿Entonces tú eres su novio? ¿Siempre lo has sido? —preguntó él entonces, en un tono algo alto y accidentado. Nerviosísimo.
Antes de que yo dijera nada, él mismo continuó:
—Perdona, me ha dicho Eduardo que no preguntara mucho y es lo primero que he hecho.
La situación era extrañísima y tensa. Y entonces vi mi teléfono, que estaba sobre la mesa de centro, iluminarse, y fui a cogerlo, al tiempo que Rubén posaba allí su móvil y su cartera, y María no se movía y seguía dándonos la espalda.
El chico se decidió a acercarse a María al tiempo que yo leía que Edu me escribía. Yo, tensísimo, casi tanto o igual que Rubén, miraba mi pantalla mientras también controlaba como él se colocaba tras ella, sin saber cómo abordar semejante regalo.
—¿Cómo va? —leí en mi teléfono a un Edu impaciente, y me sentí extrañamente bien porque me escribiera de forma individual, y pidiendo información, como si aquello me diese algo de poder sobre él.
Rubén posaba sus manos, que se podrían ver temblar a veinte metros de distancia, sobre la cintura de María; parte sobre camisa y parte sobre falda, y yo podía sentir aquel tacto y sus nervios como si yo fuera él. Y entonces le escribí a Edu:
—Él está bastante nervioso.
—Es que tú no sabes quién es María —respondió Edu inmediatamente.
—Sí que lo sé —respondí yo al tiempo que Rubén pegaba su torso a la espalda de María y me llamaba más la atención su corpulencia.
Edu parecía no querer saber más, y Rubén comenzó a acariciar el culo de María, sobre la falda, con un cuidado exagerado, como si temiera romperla sin querer. Y entonces ella se movió por fin, llevando su mano a su melena para despejar un lado de su cuello, como incitándole a que besara allí, a que tocara piel por fin, y entonces él susurró un tembloroso y revelador: “Es que no me lo creo…”
Yo quise ver la cara de María, así que caminé despacio hasta ver sus ojos llorosos y entrecerrados. Parecía algo mecida, extraña, pues lucía calmada pero a la vez encendida, y entonces me miró, y él se atrevió a posar su aliento y sus labios en aquel cuello que María ofrecía… Y yo sentí una tremenda excitación y pude ver claramente el contorno de los pechos de María bajo la camisa blanca y hasta sus pezones marcando claramente la tela y la situación, y aquello me revelaba que no llevaba su sujetador y que su excitación no había descendido desde que había visto a Edu aquella tarde.
Aquel beso en su cuello se alargaba y derivaba en pequeños besos sonoros, y él cerraba los ojos y no se atrevía a tocar apenas nada… y su lenguaje corporal parecía mostrar que había soñado con aquello no una sino muchísimas veces. Y más besos aterrizaban en su cuello y sus manos seguían castas en la cintura de María y yo me lo imaginaba sirviéndole cafés todas aquellas mañanas… deseando que dieran las once o la hora que fuera para deleitarse con su belleza y con su porte… y que quizás hubiera suspirado por ver alguna mañana un botón desabrochado de más, o un poco más de pierna, o quizás algún día un centímetro del encaje de sus medias… o un milímetro de sus sujetador en un descuido… y que ahora… la tenía allí, de aquella forma, en su casa, entregada como un obsequio inesperado.
María me sacó de nuevo de mis ensoñaciones y susurró entonces, y mirándome, un “tranquilo…” que por primera vez no era para mí, y que nos revelaba que notaba el temblor de sus manos y de su cuerpo. Y él, entonces, como queriendo contraatacar y ocultar su nerviosismo, respondió con un “¿no te giras?” que volvió a sonar arrastrado y un poco ebrio.
Ella parecía aceptar y echaba una mano hacia atrás, como para apartarle un poco y poder maniobrar, y él se retiró y ella se volteó y se bajó del sofá hasta completar el movimiento, quedando ambos, de pie, frente a frente.
María le miraba, seria, y mandaba, a pesar del ridículo disfraz de colegiala, de aquella falda tableada y de aquella corbata. Y él, de nuevo, quiso hacerse valer, y llevó sus manos a su camiseta, como si exponer su torso pudiera darle seguridad, y se quitaba la prenda blanca… sacando a la luz unos pectorales extensos y un vientre hinchado, con unos abdominales prominentes pero no esculpidos, como si tuviera barriga y abdominales a la vez.
A su favor jugaban su cara suficientemente agraciada, su cuerpo y la obediencia de María a Edu, pero en su contra lo hacían su embriaguez, sus nervios y una veneración hacia ella que yo sabía era contraproducente.
Y, entonces, allí, frente a frente, con el imponente torso desnudo de él, y con los pezones de María marcando permanentemente la camisa de la hija de Carlos, Rubén dijo:
—Es que no sé qué tengo que hacer…
Y aquello sonó entregado y desbordado. Y yo creía que María pondría de su parte para que todo comenzase a fluir. Pero entonces dijo:
—¿Has tenido que emborracharte para atreverte a venir?
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