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Larga batalla por una esposa. 8

Siempre creyó conocerla. Pero al revisar los archivos ocultos, el hombre que creía ser su esposo descubre que ella ha sido absorbida por una dinámica de sumisión absoluta y control ajeno. La pregunta ya no es si lo engañó, sino quién es realmente la mujer que ama.

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 8.

A partir de ese momento, mi espíritu cambió. Nunca he sido ni celoso ni posesivo. Ni Beatriz ni yo tuvimos otra pareja anterior, nos conocimos siendo adolescentes y recuerdo muy bien la primera vez cuando la desvirgué, vaginalmente me refiero, en casa de unos tíos ausentes, en su 17 cumpleaños. Lo hice con infinita ternura, los dos temblando y rebosando amor. Tampoco percibí jamás en mi mujer actitud o acto que me permitiera sospechar que fuera infiel. Muy al contrario, quiero reiterar que la sensación era aquella de plena simbiosis, de que me amaba y respetaba. Tras esta maratón de imágenes, lo que se venía era una esquizofrenia, casi un fenómeno “doctor jekyll y mister hyde”, una persona desconocida que habitaba el mismo cuerpo de la que era mi compañera de vida.

Vinieron a mi mente muchos recuerdos. Cuando se iba de viaje, me llamaba cada día, todas las noches, y su tono era tan cariñoso y solícito como cabía esperar de una ausencia. A veces me traía un regalo y a menudo se quejaba de tener que salir fuera por ese trabajo, esperando poder dejar de hacerlo antes de jubilarse. Con frecuencia hablábamos del retiro, y ella insistía en que nos marcháramos al sur, mismamente alguna playa gaditana, donde habíamos pasado algunos veranos fantásticos cuando los hijos eran niños.

Sí, ciertamente, habíamos tenido planes y aún los teníamos. Venderlo todo y comprar o alquilar una casa en la costa donde vivir los últimos años, admirando las puestas de sol y el buen vino. Desconectar de obligaciones, cambiar de ambiente y renovar nuestra existencia dedicándonos a lo que realmente nos gusta, ella pintar y a mi escribir. Juraría que éramos confidentes, leales. Por supuesto estábamos en régimen de gananciales y cuanto poseíamos por igual era de ambos.

Pero, ¿quiénes eran esos personajes que habían abducido a mi esposa?... Lo cierto es que no sabía apenas lo justo de ellos. Me habló de ellos y bastante más tarde me los presentó, creo que en una exposición de material que había preparado Beatriz. Tampoco sabría decir cómo empezamos a quedar en alguna ocasión. Hubo alguna cena, que me resultó bastante tediosa, y también salidas a tomar alguna copa por la ciudad. En un par de ocasiones coincidimos los cuatro en Madrid, por asunto laboral, compartiendo cenas. Finalmente, había llegado esa época en la que nos invitaron a su chalet con piscina, de la que ya he hablado.

Casi como un autómata lo cierto es que no dejé de revisar los archivos. Ya no sabía ni qué pretendía encontrar, qué respuesta aún me quedaba por recibir. Pero algo me empujaba a más, tal vez confiaba aún en hallar el secreto del misterio, el núcleo de semejante despropósito y desgracia para mi vida. ¿Porqué? Es siempre la pregunta que se debe responder antes de pasar a la siguiente ¿qué hacer?

Repasando por alto los títulos me fijé en el que decía: “Ocaso en Andrach”… conocía bien ese lugar, lo recordaba porque hice mi servicio militar en la isla de Mallorca y pude admirar esos lugares, sus impresionantes vistas y la belleza del entorno. 27 de junio de 2018. Efectivamente, las fotografías mostraban un atardecer, en el ambiente de una villa con una pequeña piscina en forma de riñón, a la que daban sombra unos grandes pinos mediterráneos. En una instantánea tomada desde un piso superior, sin duda muy bien escogida, se veía a Rubén, acomodado en gran tumbona, gafas de sol y con un bañador muy ajustado que ponía de manifiesto sus atributos, observando el espectáculo de un mar azul turquesa, con la línea de rocas blancas y cipreses. Mi mujer estaba un poco más a adelante, apoyada de pie sobre un pretil, en top les, dirigiendo la vista en la misma dirección. En otra, ya estaban ambos acomodados en el mismo sillón de jardín, Rubén detrás y Beatriz acurrucada sobre él, mezcladas sus piernas. Los brazos del varón abarcaban los pechos de la hembra, cuyos pezones quedaban prendidos entre los dedos índice y medio, estirándolos aparentemente. Ella absorta en el paisaje, con expresión plácida. Él, como siempre, más bien impasible.

No iba a faltar lo perturbador o lo más perturbador, quiero decir. Estaba en el video correspondiente. No era largo, pero volvió a impactarme. Evidentemente estaba grabado por Joana, porque ella no sale en ningún momento aunque sí se la oye hablar, dar instrucciones más bien. Se iniciaba con Rubén espatarrado en dicha poltrona, los brazos sueltos, dejados caer, observando el magnífico panorama descrito, mientras Beatriz estaba arrodillada delante de él, rodillas sobre un cojín, sin haberse quitado la braguita del bañador, verde con lazos en los flancos. Procedía a realizarle una felación, como siempre de forma muy lenta, lamiendo esporádicamente el escroto y el periné, acariciando simultáneamente con sus manos la entrepierna y también esos mismos testículos. La luz se iba haciendo más tenue y la cámara llega a girar para mostrar el sol, un enorme disco casi rojo, sobre el horizonte marino. Cuando se enfoca de nuevo el acto en curso, la cabeza de mi esposa ha engullido totalmente el miembro viril y una de las poderosas manos del varón la sujeta con firmeza para que no se salga ni un centímetro. ¡Cariño, recibe ese licor delicioso!... era la voz de Joana, con su habitual énfasis dominante. Ciertamente los gruñidos de placer emitidos por Rubén eran audibles, levantando ligeramente la cadera como para introducir aún más el pene en la boca de esa mujer que le llevaba al éxtasis, con varios temblores que eran sin duda la expresión de las sucesivas descargas de semen. La mayor parte debió entrar directamente a la garganta. Mi mujer apenas llegó a emitir algunos gemidos, ahogados porque no soltó en ningún momento ese tremendo cilindro de carne. Y lo mantuvo dentro, no sabría decir el tiempo, pero minutos. El plano final, muy cercano, correspondía a los labios acogiendo un miembro ya totalmente flácido. Al soltarlo, por fin, la orden de Joana sonó militar, imposible de desobedecer. ¡Enséñame tu lengua y el manjar que has recibido! Los ojos de Beatriz, tan hermosos, miraron al objetivo y evidenciaban una total sumisión, casi enajenada. Así lo hizo, tras los blancos dientes, entre estos y el frenillo lingual se distinguía una especie de flema blanquecina, densa, los restos de lo que no había tragado. ¡Engúllelo y dame un beso! El ascenso y descenso del cuello dejó claro que cumplía lo mandado. Ubicando la cámara como una toma “selfie”, también pude ver ese ósculo entre las féminas que apuntaba terminar la ceremonia. Después, de nuevo una perspectiva hacia el mar, ya con la noche instalada.

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