Xtories

No se puede ser más cornudo y patético

Pedro no es solo el marido de Laura; es su sirviente, su banquero y su espejo roto. Cada mañana se levanta para servir a la mujer que lo humilla, y cada noche sueña con ser el hombre que ella nunca será. Pero esta vez, la humillación no se queda en casa: la calle, el trabajo y hasta su propia familia son el escenario de su aniquilación.

stahl7922K vistas8.2· 17 votos

Nota preliminar del autor: He aquí un relato sobre el cornudo más grande que he sido capaz de concebir. Aviso a los lectores y lectoras a los que les desagrada leer sobre consentidores patéticos que no son capaces de tomar las riendas de su vida: mejor que no leáis esto.

Si por el contrario, os apetece un relato lleno de humillación e infidelidad hasta extremos casi paródicos, espero que lo disfrutéis.

-------

Me llamo Pedro, pero todo el mundo me conoce como "el cornudo", podéis llamarme así vosotros y vosotras también. Estoy acostumbrado ya. Sinceramente, no creo que haya ningún marido en el mundo más humillado que yo. Os contaré mi día a día y algunas anécdotas para juzguéis.

Llevo casado doce años. Al principio mi matrimonio era bastante normal, pero al cabo de dos años, Laura, mi esposa, empezó a salir "con sus amigas" cada vez más a menudo. Soy cornudo, pero no tonto. Tardé poco en descubrir el pastel. Laura tenía una líbido totalmente descontrolada y, tras unas cuantas averiguaciones por mi parte, ella misma me confesó que me ponía los cuernos.

Hace ya más de ocho años que no tengo sexo con ella de ningún tipo, pero cuando aún lo hacíamos, Laura no podía contener sus fantasías de infidelidad y me las contaba mientras follábamos. Inexplicablemente, aquello me excitaba y ella fue volviéndose cada vez más cruel en su charla sucia y pronto comenzó a contarme sus experiencias reales con amantes cuando salía por ahí.

Desde entonces, se estableció una rutina y unas dinámicas entre los dos en las que se han ido añadiendo progresivamente más y más tareas humillantes para mí.

Me levanto a las 6:30 de la mañana para preparar el desayuno de mis tres "hijos". Lo pongo entre comillas porque, naturalmente, ninguno es mío, Laura los ha tenido con alguno de sus amantes, pero es mi obligación criarlos y cuidarlos para dejarle a ella todo el tiempo libre que necesite para salir de fiesta y follar por ahí. Uno de mis hijos, el más pequeño, es mulato. Siendo tanto mi esposa como yo blancos, su propia existencia es una demostración manifiesta de mis cuernos.

Sin embargo, a veces incluso tengo que levantarme de la cama de madrugada, a cualquier hora, porque Laura me ha llamado para que la recoja en el coche, normalmente porque su amante de esa noche no tiene ganas de llevarla a casa.

En cualquier caso, una vez que los niños han desayunado y se han vestido, los llevo al colegio e inmediatamente me voy a la oficina. Trabajo mucho y a un ritmo atroz porque necesito ganar todo el dinero que pueda. A Laura le gusta vestir siempre muy bien, estar deslumbrante para cualquier hombre que se le cruce en su camino y todos sus modelitos los pago yo, claro. También le doy dinero para que invite a cenar a sus amantes.

La verdad es que soy muy diligente y eficaz en mi trabajo, hace años que podría haber ascendido si no fuera por Miguel, el amante favorito de Laura. Si tuviera que designar a una persona en el mundo como mi archienemigo ese sería Miguel. Entró en mi empresa hace aproximadamente un año, empezó como mi subordinado, pero en muy pocos meses su personalidad triunfadora le hizo adelantarme por la derecha y subir como la espuma en el organigrama hasta dejarme muy atrás.

Miguel es todo lo que no soy yo, tiene todo lo que me gustaría tener y, tras una fiesta en el trabajo en la que traje a Laura, también tiene a mi mujer, que no pudo resistirse a su magnetismo y virilidad. Flirteó con él descaradamente delante de todo el mundo y, naturalmente, esa noche volví solo a casa.

A él le gusta recordarme constantemente, cada vez que nos cruzamos en los pasillos, que mi mujer es una princesa para mí, pero que para él solo es una puta. La primera vez que me lo dijo fue hace unos ocho meses. En aquel entonces yo aún tenía algo de amor propio y le contesté que ella ya se daría cuenta de eso y le abandonaría.

Él entonces se rio con ganas, sacó el móvil y llamó a mi mujer allí mismo, delante de mí. Le dijo:

-Laura, zorrita, escucha, estoy aquí con el cornudo y creo que hay una cosa que le deberías dejar clara. Dile lo que eres para mí, anda...

Y acto seguido me pasó el móvil. Temiéndome lo peor, me lo acerqué a la oreja y escuché a mi querida esposa decirme:

-Pedrito, cariño, yo soy la puta de Miguel y me encanta serlo. Aprovecharé todo el tiempo que él quiera usarme como un trozo de carne hasta que se canse de mí y me cambie por otra más joven. ¿Pedro? ¿Estás ahí, cornudito? No te quedes tan callado.

Contesté un "sí" con dificultad por el nudo en la garganta que tenía y entonces ella empezó a reírse y, entre carcajada y carcajada se despidió de mí hasta esa noche.

A partir de ese momento, ya me quedó totalmente claro que Laura era una sádica que disfrutaba con mi humillación. Y, por alguna razón retorcida, yo también. Cuando le devolví el móvil a Miguel, mi pantalón apenas podía contener la erección. Ël entonces se despidió de mí con una palmada en el antebrazo y me dijo:

-Por cierto, me he enterado que aspiras a ser jefe provincial de ventas. Se rumorea que el director general está debatiéndose entre tú y yo para ese puesto. Mucha suerte, Pedrito...

Era cierto que deseaba ese puesto. Significaría tener un despacho para mí solo y un salario mucho mejor. Y tenía bastantes esperanzas de lograrlo. En la entrevista con el director, causé una impresión inmejorable. Prácticamente el puesto era mío, pero me causó inquietud que Miguel también estuviera interesado.

A los pocos días, esa inquietud se vio confirmada. El director me llamó para decirme que, sintiéndolo mucho, había decidido elegir a Miguel. Desolado, ese día volví a casa cabizbajo y al cruzar la puerta me llevé la sorpresa de encontrarme a Laura allí, algo poco habitual. Con una sonrisilla enigmática, me preguntó qué tal había ido la jornada. Tras contarle mi decepción por no haber obtenido el ascenso, ella dijo con un tono de indignación claramente fingido:

-Pero si tú eres el más apto para ese puesto...

Le contesté que se lo habían dado a Miguel y entonces ella ya no pudo aguantar más la risa y me soltó:

-Claro que se lo dieron a él, cariño. Miguel me pidió ayer que le chupara la polla a tu director a cambio de que le dieran el ascenso a él.

Mientras mis ojos casi se salían de sus órbitas y mi boca se abría de puro shock, ella prosiguió:

-Fue duro de pelar, no creas. No se conformó con una mamada. Me exigió que fuera su puta durante una semana, en la que podrá follarme como quiera en su despacho ¿No es genial? Durante siete días iremos juntos a tu oficina y, mientras trabajas en tu cubículo, yo estaré recibiendo polla de tu director toda la mañana.

Laura hizo una pausa dramática para asestar el golpe final:

-Eso sí, yo también he puesto una condición. Aceptaría solo si movían tu cubículo para que esté justo al lado de la pared de su despacho. Así me podrás escuchar gemir como una perra mientras trabajas.

Contra todo pronóstico, acerté a contestar algo, en medio de mi vergüenza:

-Pe-pe-pero yo pensaba que tú querías que obtuviera el ascenso, así tendría más dinero para darte...

-Ya, no te creas que no pensé en eso. Fue una decisión difícil, pero al final ganó más mi deseo de obedecer a Miguel.

Pero me estoy desviando. Todo esto pasó hace ya ocho meses, como dije, y estaba intentando contar como es un día normal para mí en la actualidad.

Durante la pausa de mediodía me apresuro para volver al colegio, recoger a los niños, llevarlos a casa, prepararles la comida y esperar a que venga la asistenta que se encargará de ellos durante la tarde, mientras yo sigo en la oficina unas horas más. En un principio, era Laura quien se quedaba en casa con los niños, pero, después de un tiempo escuchando las historias que mis "hijos" me contaban sobre los hombres que visitaban a su mamá en casa, para encerrarse ambos en nuestro dormitorio y hacer "ruidos raros", decidí que era preferible dedicar parte de mi sueldo a pagar a una asistenta y dejar que Laura saliera por ahí a zorrear.

Ese día empecé a sospechar sobre la vena sádica de mi mujer. Su depravación era tal que no le importaban sus propios hijos. Sacando la poca dignidad que me quedaba, la enfrenté:

-Laura, como bien sabes, he aceptado de buena gana todas tus infidelidades, que salgas por ahí a emborracharte, drogarte y llenarte de semen de desconocidos. He de reconocer que me pone todo eso. Pero no pienso consentir que descuides a tus hijos y te comportes como una puta delante de ellos. Apenas les ves y cuando estás en casa, no les haces ni puñetero caso. Es como si no les quisieras, incluso los insultas y humillas a veces, me lo han contado.

Para mi sorpresa, mientras yo soltaba mi discurso, ella se llevó una mano a la entrepierna y otra a los pechos y empezó a gemir.

-¿Qué estás haciendo? ¿Te pone cachonda que te diga que eres una mala madre?

-Pedrito, ya deberías conocerme, hace años que... ufff... no te oculto ningún rasgo de mi personalidad... aaahhh... supongo que estás tan enamorado de mí que has estado ciego...

-¿A qué te refieres?

-A que me pone ser mala, me pone la crueldad, la degradación y la corrupción. Esos tres hijos de puta me importan una mierda. Solo los tuve porque quiero verte criar la descendencia de otros hombres...ooohhhh... me voy a correr pensando en que crecerán en un entorno totalmente perverso... aaahhh... en el que las mujeres follamos como perras en celo y nuestros maridos son humillados como los hombrecillos patéticos que son.

-Laura, yo... no creo que...

-¿Sabes con lo que fantaseo? Con que cuando sean mayores, esos tres mocosos estúpidos se conviertan en unos cornudos como tú. Que trabajen como mulos para mantener a sus esposas y se la pelen en el baño imaginándolas a ellas en un callejón con tres pollas dentro y una cola de hombres esperando su turno.

-No me lo puedo creer, no puedes ser tan cabrona. Esto es lo peor que te oído decir nunca...

-Ahhhh... estoy a punto de correrme, Pedro... sácate la polla, sé que la tienes dura ahora mismo.

No sé por qué, quizá debido a largos años de obedecer todos y cada uno de los caprichos de Laura, me saqué la polla (que efectivamente, estaba ya muy empalmada) y me pajeé mirando a mi mujer dedeándose y corriéndose, manteniendo un metro de distancia con ella, como era mi deber, y tratando de permanecer en silencio, para que los niños, que jugaban en sus habitaciones, no oyeran nada.

Para su satisfacción, eyaculé en apenas un minuto, dejando caer todo el semen sobre el suelo del salón. "Ya sabes lo que hacer, cornudito", dijo ella, colocándose la ropa en su sitio y saliendo de casa acto seguido. Claro que sabía lo que tenía que hacer ahora. Me arrodillé y lamí las baldosas hasta dejarlas limpias y sin rastro de lefa. Mientras lo hacía, pensaba en que ella ya había salido, no me podía ver, podría haber cogido un trapo y limpiar el suelo de otro modo. Pero aún así realicé aquella tarea repugnante porque, en el fondo, me gustaba. Realmente no sabía quién de los dos era más pervertido.

Me he vuelto a ir por las ramas y, tendréis que perdonarme, pero mientras escribía todo esto, estaba tocándome. Pero debo contenerme o nunca terminaré este relato. Estábamos en que a media tarde vuelvo a casa tras mi jornada laboral.

Llego extenuado, aunque me esfuerzo en pasar un rato con los niños, pero suelo dividir mi atención entre sus juegos y otra de mis tareas diarias: usar Tinder con uno de los móviles de Laura y concertar citas con hombres haciéndome pasar por ella. Así, Laura queda libre del tedio de tener que seducirlos y puede concentrarse en quedar con ellos directamente y follar.

Al principio, elegía para ella los pretendientes que yo consideraba más atractivos, creyendo erróneamente que ello le agradaría. Pero a los pocos días, Laura me aclaró que no quería tener amantes guapos, interesantes, musculosos o ricos. O al menos, no exclusivamente ellos. Quería follar también con hombres viejos, gordos, feos, desagradables o insulsos.

Su intención era dejarme claro que la razón por la que me era infiel no era porque buscaba hombres más atractivos o mejores que yo. No se trataba de la típica situación del cornudo feo y con la polla pequeña, de hecho me considero bien parecido y mi pene funciona correctamente y tiene un tamaño respetable. Lo que excitaba a Laura era la idea de ser la puta de hombres inferiores a mí en todos los sentidos. Laura quería ponerme los cuernos no por insatisfacción, despecho o falta de atención, sino por la propia idea de ponérmelos. Le pone la infidelidad por la infidelidad misma. La humillación absoluta de su marido. Mi total anulación como persona.

De alguna manera retorcida eso me hace sentir importante para ella. Laura me necesita para ser feliz. Por eso no se divorcia de mí. No es una mujer con una sexualidad enorme y desatada, es una sádica que disfruta traicionando, inventando cada poco tiempo nuevas maneras de humillarme.

Por supuesto, después de doce años de matrimonio, a veces se queda sin ideas. Así que otra de mis tareas últimamente es devanarme los sesos ideando creativas y depravadas formas de ser más cornudo. Cuando vuelve a casa bien entrada la noche y recién follada, las discutimos y elegimos las mejores.

Algunas de las que estoy más "orgulloso":

-Salir a la calle los dos, yo vestido con una camiseta ancha y poco favorecedora con el siguiente texto: "Mi mujer es tu puta", mientras ella lleva un top precioso, muy ceñido y que deja sus hombros fuera, con otra frase serigrafiada: "Mi marido es un cornudo". La hemos puesto en práctica dos veces por ahora, en bares del centro de la ciudad y en ambas ocasiones provocó situaciones muy morbosas y humillantes, con ella bailando en el centro de la pista, zorreando y rozándose con varios hombres, mientras yo espero en la barra y pago las consumiciones de todos.

-Dejar a los niños con mis padres y que ella se traiga a algún amante a casa, mientras yo permanezco escondido en la cocina preparándoles la cena y los postres, esforzándome al máximo para que sea una noche muy agradable y especial para ellos. Esta la hemos llevado a cabo cuatro o cinco veces. En cada una de ellas, Laura y sus amantes follaron en nuestra cama de matrimonio y ella se empeñó siempre en que ellos se corrieran sobre mi almohada, la cual yo estaba obligado a usar sin limpiarla para dormir esa noche, naturalmente.

-Poner un anuncio en el que Laura ofrezca sus servicios como prostituta, ejerciendo en nuestra propia casa. Mi trabajo consistiría en gestionar las citas, recibir a los clientes en el salón, ofrecerles una bebida y conducirles hacia el dormitorio, donde ella espera bellísima, con lencería sexy, muy maquillada y reclinada en la cama. Ella propuso un giro especialmente cruel: no nos quedaríamos nada del dinero recaudado. En cambio, todas las ganancias serían ofrecidas a Miguel o algún otro de sus amantes favoritos con la condición de que se lo gastaran en ir de putas.

Laura, ya completamente perdida en su sadismo y su misoginia, me explicó que la excitaba la idea de contribuir al negocio de la prostitución por partida doble: prostituyéndose ella y facilitando que más hombres recurran a esos servicios.

Le expresé mis dudas sobre esta idea, argumentando que me parecía muy degradante para la mujer, pero no había nada que hacer. Laura quería ver el mundo arder y así sería. De momento solo hemos realizado esta idea una vez, por la dificultad de disponer de nuestra casa toda una noche para nosotros solos, pero Laura está deseando repetirlo.

Aunque la idea que se ha convertido ya en algo cotidiano es que Laura me ponga los cuernos con mi propio padre. Yo sabía que él la miraba libidinosamente desde que éramos novios y mi relación con él siempre ha sido cordial pero tirante y fría. Para Laura fue pan comido seducirlo. Actualmente, mi padre es su segundo amante favorito, solo por detrás de Miguel y ha llegado a chuparle la polla en el baño durante la cena familiar de Navidad, mientras mi madre y yo compartíamos el más incómodo de los silencios en la mesa.

Hace unos cuatro meses, Laura volvió a alcanzar nuevas cotas de humillación para mí, cuando me pidió que le pagara una operación de aumento de pecho porque a mi padre le gustan las mujeres muy tetonas. Hasta ese momento, ella nunca había mostrado ningún deseo de ponerse implantes. De hecho, incluso se había expresado varias veces en contra de ello. Siempre había estado muy orgullosa de sus tetas naturales. Pero, una vez más, su depravación ganó la partida. La idea de modificar su físico para poder ser la puta de un hombre la volvió loca. Y, por supuesto, que fuera yo quien costeara la operación era un concepto que casi la hacía correrse solo de pensarlo.

Por mi parte, con mis más de ocho años de abstinencia sexual, ya no era capaz de pensar con claridad. Podría soportar no tener sexo si este estuviera totalmente ausente de mi vida. El problema es que, casado con Laura, el sexo me rodea completamente. Todas y cada una de las horas de mi día giran en torno al sexo. El de Laura, claro. Pero sigue siendo sexo, no puedo quitármelo de la cabeza.

La semana pasada, en un extraño y engañoso momento de empatía, Laura me sugirió que follara con Sandra, una de sus amigas, que, según dijo, siempre se había sentido atraída por mí. Después de varias negativas por mi parte, finalmente me convenció. Sorprendentemente solícita de repente, Laura me arregló una cita con ella. Yo, vencidas mis reticencias iniciales, empecé a ilusionarme con la idea de follar por fin, aunque solo fuera una vez. Realmente necesitaba sentir un cuerpo femenino pegado al mío. Gemir y hacer gemir a alguien. Darle algún uso a mi pene, más allá de masturbarme pensando en Laura a cuatro patas y con tres pollas desconocidas en cada uno de sus agujeros.

Me vestí lo mejor que supe, me corté el pelo y me arreglé la barba. Laura me sonreía y me decía lo guapo que estaba ¡Me sentía por fin un semental! ¡Iba a follar de nuevo! ¿Quién sabe lo que pasaría luego? Tal vez mi matrimonio entraría en una nueva etapa en la que tanto mi esposa como yo disfrutaríamos del sexo sin ataduras. Puede que incluso se reavivara la llama y, Laura, viendo que yo aún era un macho activo, aceptara follar conmigo de vez en cuando.

Pero al llegar al bar donde había quedado con Sandra, noté al instante un ambiente raro. Ella se mostraba simpática e incluso receptiva a mis avances, pero no paraba de mirar el móvil y mandar mensajes a alguien. Intenté no darle importancia y continuar con la cita, pero al cabo de una media hora, ella recibió otro mensaje y dijo: "Joder, menos mal, ya están aquí".

Me quedé callado, preguntándome a quiénes se refería. Pero no tardé en descubrirlo. Sandra se levantó dejándome con la palabra en la boca y se dirigió a la puerta del bar, por donde ya entraban Laura, Miguel y mi padre.

Sin tiempo para procesar lo que estaba ocurriendo, Sandra se besó en la boca con los tres, miraron hacia donde estaba yo sentado, se rieron y se largaron de allí. Con todas mis ilusiones completamente rotas, me terminé la bebida, mientras miraba hacia la pared como un idiota. Cuando terminé, pedí la cuenta. Descubrí que Sandra había pedido el plato y la bebida más caras de local.

Mientras volvía a casa caminando arrastrando los pies, recibí una serie de mensajes. Eran fotos. Laura y Sandra chupaban las pollas de Miguel y de mi padre. Llegué a casa, me tumbé en el sofá y me masturbé hasta quedarme dormido. Al día siguiente, encendí el PC y empecé a escribir este relato.