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Unos vecinos influencers 26. La última cena

La cena estaba servida, pero el menú era la humillación. Mientras él servía el vino, ella y su amante se devoraban a tres metros de distancia, obligándolo a presenciar la demolición de su matrimonio. Esta noche no hay divorcio, solo un asiento de primera fila para el final de su vida.

LuzOscura904.9K vistas7.5· 12 votos

CAPÍTULO 26

La última cena

"La cena antes de morir tiene un silencio distinto: cada sabor parece tener memoria. El manjar que se elige no es para el cuerpo, sino para el alma que se despide; es un intento de aferrarse a la vida a través del gusto, de encontrar consuelo en lo que ya no volverá a repetirse."

La cena se desarrolló en una burbuja de surrealismo agonizante. Ellos se sentaron juntos en un lado de la mesa, sus sillas tan cerca que sus cuerpos se rozaban constantemente. Yo me senté enfrente, solo, como un espectador incómodo en la obra de mi propia vida.

Serví el vino con mano temblorosa, llenando las tres copas. Saqué los entrantes —unas brochetas de langostinos que había preparado con esmero— y los coloqué en el centro de la mesa. Ellos apenas me prestaron atención. Estaban sumergidos en su propio mundo, sus cabezas juntas, cuchicheando y riendo entre dientes. Aunque me hervía la sangre, una parte de mí, la más pragmática, sentía un alivio cobarde. Mejor que me ignoraran. No me sentía con fuerzas para mantener una conversación, para fingir una normalidad que se había quebrado horas atrás en el dormitorio.

Cogí un langostino y lo llevé a la boca. No sabía a nada. La textura era de goma, el sabor, a ceniza. Masticaba mecánicamente, mirando el plato, intentando no levantar la vista.

Fue entonces cuando el susurro cesó. Un silencio cargado me hizo alzar la mirada.

Se estaban comiendo la boca.

No era un beso rápido o furtivo. Era un beso profundo, lento, lujurioso. Los labios de Teddy se movían sobre los de Clara con una familiaridad que me partió el alma. Los ojos de ella estaban cerrados, sus pestañas reposando sobre sus mejillas, una mano en el cuello de él. Él tenía una mano en su mejilla, la otra en su muslo, bajo la mesa. Permanecieron así un buen rato, los segundos estirándose hasta la eternidad, el único sonido en la habitación el de sus respiraciones entrecortadas y el leve chasquido de sus labios.

Yo no dije nada. No hice nada. Me quedé inmóvil, con el tenedor a medio camino entre el plato y mi boca, paralizado, ahogándome en un mar de impotencia y de un dolor tan agudo que era casi físico. Era como si me hubieran clavado en la silla, forzándome a ser testigo mudo de esta nueva y descarada demostración de lo que ya no era mío.

Cuando finalmente se separaron, fue con un suspiro húmedo y satisfecho. Se miraron y se rieron, una risa baja y cómplice, como dos adolescentes que han hecho una travesura. Sin una palabra, sin una mirada hacia mí, como si no existiera, volvieron a sus platos y siguieron comiendo como si nada.

Yo bajé la vista a mi langostino, ahora frío y repulsivo. El espectáculo había comenzado, y yo ya estaba deseando que terminara, aunque supiera que el acto final sería infinitamente peor. Cada bocado que ellos tomaban, cada risa que compartían, era solo el aperitivo. Y yo, en mi lado de la mesa, ya estaba saciado de humillación.

Fue Teddy quien lo rompió, con la elegancia de un elefante en una cacharrería. Cogió su copa de vino y la alzó, con una sonrisa burlona dirigida directamente a mí.

—Brindo —anunció, con voz un poco más alta de lo necesario—. Por las veladas inolvidables. Por los tres.

Clara soltó una risita, llevándose la copa a los labios sin apartar los ojos de mí. Su mirada era un desafío, un "¿a qué no dices nada?".

—Sí, banquero —continuó Teddy, bajando la copa—. Esta noche promete. Creo que lo vamos a pasar... de puta madre los tres. ¿No crees?

Forcé los músculos de mi cara para intentar esbozar algo que se pareciera a una sonrisa. Debí de conseguir una mueca espantosa, porque Clara rió de nuevo, un sonido claro y cruel.

—Vamos, cariño —dijo ella, con un falso tono de condescendencia—. Relájate. Al fin y al cabo, es lo que siempre has querido, ¿no? Un poco de... emoción. De adrenalina.

—Sí, adrenalina —terció Teddy, mordisqueando un langostino—. La adrenalina de ver cómo otro hombre le da a tu mujer lo que tú no puedes. Es como un deporte de riesgo, ¿sabes? Desde la butaca. Totalmente seguro.

Cada palabra era una puñalada, pero lo peor era el tono de complicidad de Clara. Se reía, asentía. Formaba parte del juego. Su juego.

—Además —añadió ella, jugueteando con el tallo de su copa—, así aprenderás. Podrás tomar notas. A lo mejor hasta coges alguna idea para... bueno, para lo que sea.

Teddy soltó una carcajada.

—¡Eso! ¡Que tome notas! ¡Tú prepárate, banquero, que esta noche vas a asistir a un máster! —Su mirada se volvió lasciva—. Y tú, preciosa, ya estás lista para el examen práctico, ¿verdad?

Clara se mordió el labio inferior, fingiendo rubor, pero sus ojos seguían brillando con malicia.

—Calla, imbécil —dijo, dándole un golpe suave en el brazo.

Yo seguía sentado, sonriendo como un idiota, con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes. Asentí, un movimiento casi imperceptible de la cabeza. No podía hablar. Si abría la boca, solo saldría un grito o una súplica. Así que me limité a aguantar. A sonreír. A ser el hazmerreír de mi propia pesadilla, mientras ellos brindaban, riendo, por la noche de humillación que me tenían preparada y de la que, increíblemente, yo mismo me había convertido en el anfitrión voluntario.

En un momento dado, tras contar alguna anécdota vulgar que hizo reír a Clara, se llevó dos dedos a la boca y los lamió con exagerada lentitud, sin apartar la mirada de mí. Era un gesto obsceno, primario, diseñado para provocar. Y funcionó.

—Uy, se me ha escapado un poco de salsa —dijo con falsa inocencia, y antes de que nadie pudiera reaccionar, esa misma mano húmeda se coló directamente dentro del escote de Clara.

Ella pegó un respingo, pero no de enfado real. Una risa nerviosa, mezcla de sorpresa y complicidad, le escapó.

—¡Teddy, para! —protestó, intentando apartar su mano, pero sin demasiada convicción.

Él rió, un sonido gutural y triunfal, y retiró la mano lentamente, como si saliera de un frasco de galletas.

—Uy, lo siento, preciosa, no pude resistirme —se excusó, sin un ápice de arrepentimiento, y se lamió los dedos de nuevo, esta vez mirándome fijamente—. Está tan dulce...

Clara sacudió la cabeza, fingiendo un enfado que no llegaba a sus ojos, que brillaban con una excitación mal disimulada. Se ajustó el vestido, lanzándome una mirada rápida, como comprobando mi reacción.

La tensión en el comedor era tan espesa que se podía cortar con el cuchillo que aún agarraba con fuerza. El sonido de unos pasos cautelosos en las escaleras nos sobresaltó a todos. La puerta de la cocina se abrió y apareció Alex. Iba en pantalón corto y camiseta, con el pelo revuelto y una calculadora en la mano. Su mirada recorrió la escena: a su madre y a Teddy sentados juntos, demasiado cerca, con las copas de vino llenas; a mí, pálido y rígido al otro lado de la mesa, con el rostro contraído en una mueca de agonía.

Sus ojos se abrieron un instante, captando la electricidad malsana de la habitación.

—Uy, lo siento por molestar —murmuró, desviando la mirada hacia la alacena—. Solo bajaba a coger unas galletas. Estoy estudiando.

Se dirigió rápidamente al mueble, abrió un paquete y cogió un puñado. Era evidente que quería salir de allí lo antes posible. Él no era tonto. Conocía nuestro "secreto", había visto la dinámica en la piscina. Sabía exactamente lo que aquella cena representaba.

—Eh, tranquilo, campeón —dijo Teddy, con esa falsa bonhomía que tanto odiaba—. Siéntate. Cena con nosotros. Hay risotto de sobra, ¿verdad, banquero?

Clara, forzando una sonrisa demasiado brillante, secundó la idea.

—Sí, cariño, siéntate. Descansa un poco del estudio.

Alex se quedó paralizado, las galletas apretadas en su mano. Su mirada fue de Teddy a Clara, y luego se posó en mí. Yo no fui capaz de sostenerla. Bajé la cabeza, clavando la vista en el risotto frío de mi plato, muerto de vergüenza. Que mi hijo me viera así, presidiendo esta farsa, consintiéndola, era un nuevo nivel de humillación que no había previsto.

Él lo vio. Vio mi incapacidad para mirarlo, mi postura encogida. Vio la sonrisa triunfante de Teddy y la sonrisa tensa de su madre. Y con una lucidez aterradora para su edad, lo entendió todo. No era solo una cena incómoda. Era la ratificación de la nueva y grotesca normalidad.

—No, no, gracias —dijo, con una voz extrañamente firme—. Tengo que terminar. Los dejo.

Y sin esperar más, se giró y salió de la cocina, subiendo las escaleras de dos en dos. El sonido de sus pasos se perdió, dejando un silencio aún más pesado que antes. Su rechazo silencioso, su negativa a participar en el juego, había sido el juicio más condenatorio de todos. Teddy soltó un resoplido y Clara bebió un trago largo de vino, evitando ahora ella también mi mirada. El espectáculo continuaba, pero su público más importante, mi hijo, acababa de dar la espalda. Y yo, en el escenario, me sentía más solo y más vil que nunca.

La cena continuó su lento y agonizante descenso hacia el infierno. Los comentarios de Teddy se volvieron más lascivos, sus manos más atrevidas sobre Clara, que ya ni siquiera fingía protestar. Cada risa de ella era un clavo en mi ataúd. Yo era un fantasma en mi propia mesa, asintiendo mecánicamente, sonriendo cuando era obvio que debía hacerlo, bebiendo vino que no saboreaba.

Fue Teddy quien puso fin al suplicio. Dejó la servilleta sobre la mesa con un gesto definitivo. —Bueno, esto ha estado muy bien —dijo, pasando su brazo por los hombros de Clara y atrayéndola—. Pero yo creo que es hora del postre. ¿Nos retiramos a la habitación, preciosa?

Clara asintió, sus ojos brillando con una excitación que ya no disimulaba. Se levantaron. Yo me quedé sentado, paralizado.

—Vamos, banquero —me dijo Teddy, como si me estuviera invitando a salir de copas—. No te quedes ahí. La función está a punto de empezar.

Me levanté, las piernas como de gelatina. Subimos las escaleras en un silencio tenso, roto solo por la respiración un poco agitada de Clara. Al pasar por delante de la habitación de Alex, recé con todas mis fuerzas para que tuviera los auriculares puestos, para que estuviera profundamente dormido, para que no pudiera escuchar los sonidos que estaban a punto de profanar nuestra casa. Pero no estaba seguro. Nada de esto me daba seguridad.

Entramos en el dormitorio. Teddy cerró la puerta con un golpe seco que resonó como un disparo. El corazón se me aceleró, un tambor de pánico en mi pecho.

Fue Clara quien tomó el mando. Su mirada, fría y llena de maldad, se posó en mí. Señaló con la cabeza la butaca de terciopelo granate que estaba en un rincón, junto a la ventana.

—Ahí, banquero —ordenó, su voz un hilacho venenoso.

Y le hice caso. Como un perro obediente, crucé la habitación y me senté en la butaca donde tantas noches había leído o la había visto dormir. La tela, antes acogedora, ahora me pareció áspera y fría.

Al verme sentado, Clara sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto. Sin prisas, llevó sus manos a la nuca y comenzó a deshacer el pequeño nudo que sujetaba su vestido blanco. Con un susurro sedoso, la tela se desprendió y cayó en un círculo oscuro a sus pies, dejándola de pie, deslumbrante, con sólo un mini tanga blanco que era más sugerencia que prenda.

Teddy no perdió un segundo. Se lanzó sobre ella, capturando su boca con la suya en un beso voraz, devorador. Sus manos, grandes y toscas, se apoderaron de sus nalgas, apretando, masajeando, hundiéndose en la carne a través de la fina tela del tanga.

Y yo, desde mi butaca, presencié el inicio del espectáculo. El hombre que me había destrozado la vida se follaba a mi mujer a tres metros de distancia, y yo tenía un asiento de primera fila. El aire se me escapó de los pulmones. El viaje al fondo de la miseria humana había comenzado, y yo era un participante voluntario.

La escena se desarrollaba ante mí con la crudeza de una película snuff en la que yo era la víctima y, de alguna manera retorcida, también el público. Teddy, con movimientos bruscos y posesivos, agarró a Clara por las caderas y la lanzó sobre la cama como si fuera un saco. Ella cayó con un leve grito ahogado que se transformó en una risa nerviosa. Sin ningún miramiento, él le enganchó el mini tanga blanco con los dedos y se lo arrancó de un tirón, dejando su cuerpo completamente desnudo ante mis ojos.

Mi mente era un campo de batalla. Por un lado, un dolor desgarrador, la visión del amor de mi vida, la madre de mi hijo, entregada con abandono total a otro hombre, rompiendo nuestro matrimonio en mil pedazos ante mi propia mirada. Cada célula gritaba de agonía, de traición.

Pero por otro lado, surgía una excitación enfermiza, punzante, un calor vergonzoso que me recorría las entrañas. Verla así, en su estado más primal, tan deseada y tan entregada, despertaba en mí una lujuria oscura y culpable que luchaba a golpes con el dolor.

Teddy se arrodilló entre sus piernas y, sin preámbulos, hundió su rostro entre sus muslos. Clara arqueó la espalda de inmediato, un gemido largo y tembloroso escapando de sus labios. Pero sus ojos, brillantes y desafiantes, no se cerraron. Se clavaron en los míos desde la cama. Me miraba fijamente, buscando mi reacción mientras el hombre que no era su marido le comía el coño con una ferocidad animal.

—¿Lo ves, banquero? —logró jadear, mientras sus dedos se enredaban en el pelo de Teddy, empujando su cabeza con más fuerza contra ella—. ¿Ves cómo... ah... cómo lo hace? Así es... como se hace.

Teddy levantó la cabeza un instante, la barbilla brillante, y me miró con una sonrisa jadeante.

—Toma nota, colega —bufó—. A las mujeres les gusta que les recuerden... mierda, qué buena estás... que son putas. Putas muy buenas.

Clara gimió de nuevo, pero su mirada no se apartaba de mí. Era un desafío, una humillación calculada. Quería que viera cada espasmo de placer, cada sacudida, cada prueba de que él le daba algo que yo nunca le había dado. Y en lo más profundo de mi ser, en ese pozo negro de morbosidad que nos había llevado hasta aquí, una parte de mí no podía evitar sentirse electrificada por el espectáculo. Estaba viendo la destrucción de todo lo que amaba, y mi propio cuerpo, traicionero, respondía con una excitación que me llenaba de asco y de una fascinación imposible de negar. Era la contradicción más desgarradora: mi alma se partía en dos, mientras mi cuerpo observaba, hipnotizado y complaciente, el final de todo.

Clara, jadeando, hundió los dedos en el pelo de Teddy y le levantó la cabeza con fuerza, buscando su boca en un beso hambriento. Pero él la esquivó con un gruñido animal. No quería sus labios. Quería su carne. Se lanzó sobre sus pechos, enterrando su rostro entre ellos, chupando, mordisqueando, devorando cada centímetro de piel como un hombre poseído. Los sonidos húmedos y los quejidos de Clara llenaban la habitación.

Ella se reía, una risa entrecortada por el placer, y su mirada, borrosa pero consciente, se posó en mí otra vez.

—¿Ves, cariño? —logró decir, con voz jadeante—. Así es como se comen unas buenas tetas. Con hambre. No como tú, que siempre las trataste como si fueran de cristal.

Sus palabras me atravesaron. Era cierto. Yo la había venerado, la había tratado como a una diosa. Teddy la trataba como a un trozo de carne. Y a ella, en su demencia, le encantaba.

—Venga ya —susurró Clara, empujándole suavemente—. Quiero que me empotres. Ahora.

Teddy asintió, con los ojos inyectados en sangre. Con movimientos bruscos, la giró y la puso a cuatro patas, justo en el borde de la cama, tan cerca de mí que casi podía tocarla con la punta de los dedos si extendía la mano. Su espalda arqueada, sus nalgas pálidas y redondas, su sexo completamente expuesto y húmedo estaban a escasos centímetros de mis rodillas.

Él se colocó detrás, agarrando sus caderas con fuerza, y sin ningún preámbulo, la penetró de una sola embestida brutal.

Clara gritó, un sonido que era mitad dolor, mitad éxtasis, y se agarró a las sábanas. Teddy comenzó a moverse con un ritmo salvaje, cada embestida un golpe sordo que hacía crujir la cama. Y no me quitaba los ojos de encima. Su mirada era un desafío constante, un "¿lo ves? ¿lo ves cómo se lo hace?" mudo pero ensordecedor.

Yo estaba petrificado en la butaca. El dolor era un océano en el que me ahogaba, pero la excitación era un fuego que me quemaba las entrañas. Verla así, tan cerca, tan poseída, tan obscenamente expuesta para mi beneficio visual, despertaba en mí una lujuria retorcida que luchaba a muerte con el amor que aún sentía por ella. Era un tormento exquisito y vomitivo. Cada gemido de Clara era un latigazo, cada gruñido de Teddy una bofetada, y cada segundo que pasaba, mi propia moral se desintegraba un poco más, corroída por la contradicción de un corazón roto y un cuerpo que, traicioneramente, respondía al espectáculo de su propia destrucción.

La embestida de Teddy no amainaba. Era un ritmo mecánico, brutal, cada embestida un impacto seco que resonaba en la habitación y, estoy seguro, más allá de la puerta. De repente, levantó la mano abierta y la descargó con fuerza sobre una de las nalgas de Clara. El golpe, seco y cruento, hizo que ella pegara un grito agudo, un sonido que se mezclaba con el placer y un punto de dolor.

—¡Sí! ¡Así! —jadeó Teddy, y repitió el azote en la otra nalga, dejando la piel enrojecida y marcada.

Clara gimió, más fuerte esta vez. Enroscó su mano en su melena y tiró hacia atrás con fuerza, arqueando su espalda de manera forzada y levantando su rostro hacia el techo. Su cuello, tenso y vulnerable, quedó expuesto. Sus ojos, vidriosos, se encontraron con los míos por un instante antes de que ella los cerrara, entregada a la sensación.

—¿Lo ves, banquero? —rugió Teddy, sin dejar de bombear sobre ella, su respiración un fuelle roto—. ¿Ves? Así es como se folla una yegua como esta. ¡Con dureza! ¡Haciéndola ver quién manda!

Clara no protestó. Al contrario, un torrente de gemidos y gritos escapó de su garganta, sonidos guturales, animales, que nunca, en quince años, había dirigido hacia mí. Eran gemidos de una intensidad y una entrega que me resultaban ajenos y demoledores.

—¡Contigo nunca gemí así! —logró gritar entre jadeos, como si leyera mi pensamiento, su voz distorsionada por la posición y el éxtasis—. ¡Nunca!

Y era verdad. Era la verdad más hiriente de todas. Conmigo, Clara era contenida, comedida. Sus orgasmos eran suspiros, no estas explosiones vulgares y gloriosas. Teddy le estaba dando un polvo de una intensidad bestial, un nivel de empotramiento que yo ni siquiera había vislumbrado en las películas más explícitas. La estaba quebrando, física y emocionalmente, y a ella le estaba encantando.

Cada grito, cada azote, cada palabra soez, era un martillazo que destrozaba la imagen que tenía de mi mujer y de nuestro matrimonio. Y yo, desde mi butaca, era el testigo mudo de mi propia irrelevancia. El dolor era un puño de hielo apretándome el corazón, pero la excitación, enferma e incontrolable, seguía ahí, latiendo con cada embestida, con cada gemido, con cada muestra de la potencia animal que estaba reduciendo a la mujer que amaba a un simple objeto de placer. Estaba asistiendo al funeral de mi vida sexual con Clara, y mi propio cuerpo, en el acto supremo de la traición, parecía estar disfrutando del velatorio.

De repente, con una fuerza que no le conocía, Clara empujó a Teddy. Él, sorprendido, cayó de espaldas sobre el colchón. Con un movimiento fluido y salvaje, ella se montó encima, colocándose a horcajadas sobre sus caderas mientras él se incorporaba para sentarse en el borde de la cama, justo frente a mí.

—Ahora —jadeó Clara, con los ojos brillando con una luz frenética— me toca a mí llevar el ritmo.

Y comenzó a cabalgar. No con la ternura o el ritmo pausado que a veces había tenido conmigo. Esto era algo completamente distinto. Era un movimiento frenético, animal, un subir y bajar a una velocidad y con una fuerza que parecía querer traspasar a Teddy. Sus caderas se movían con una energía inagotable, sus senos botando con violencia. Parecía una actriz porno, una puta de lujo, cualquier cosa menos la mujer con la que me había casado. Yo la miraba, incapaz de reconocerla. ¿Dónde estaba la Clara tímida, la que a veces se avergonzaba con la luz encendida? Esta mujer era un torbellino de lujuria desatada.

Mientras su cuerpo subía y bajaba con ese ritmo diabólico, se inclinó hacia delante y capturó la boca de Teddy en un beso bestial. No era un beso de amor, ni siquiera de deseo. Era una lucha, un morderse y lamerse con una brutalidad que me dejó helado. Sus lenguas se enredaban, sus dientes chocaban. Era el beso de dos animales en celo.

Y entonces, en medio de ese frenesí, lo vi. La mano de Teddy, que agarraba su cadera, se deslizó por su espalda sudorosa, bajó por la grieta de sus nalgas, y sin ningún miramiento, introdujo un dedo en su culo.

Clara se puso tensa de inmediato. Un pequeño grito ahogado se le escapó en el beso. Sus ojos se abrieron de par en par por un instante, un destello de sorpresa y quizá de dolor. Pero no dijo nada. No le apartó. Al contrario, cerró los ojos de nuevo y, con un gruñido profundo, intensificó su ritmo, saltando sobre la polla de Teddy con una furia renovada, como si esa nueva intrusión, esa nueva frontera cruzada, fuera el combustible que necesitaba para alcanzar una cima aún más alta.

Yo no podía respirar. Cada jadeo, cada golpe de sus cuerpos, cada imagen de su intimidad profanada y disfrutada, era un nuevo nivel en mi descenso a los infiernos. Estaba viendo a un extraño poseer a otro extraño, y sin embargo, esos dos extraños eran mi mujer y el hombre que había destrozado mi vida. Y yo, en mi butaca, era el espectador privilegiado de mi propia aniquilación, atrapado entre la repulsión absoluta y una excitación tan profunda y vergonzosa que amenazaba con consumirme por completo.

La voz de Teddy, cargada de sarcasmo y sudor, cortó el aire pesado como un cuchillo.

—Vamos, banquero. —jadeó, sin dejar de mirar a Clara que cabalgaba sobre él con furia—Sácatela y hazte una paja. Ver a una hembra como ésta follar así... es normal que te dé para paja, ¿no? No te vamos a juzgar.

Clara, en su éxtasis, soltó una risa entrecortada, un sonido cruel y cómplice. —Sí, córrete. —añadió, con la voz distorsionada por el esfuerzo y el placer—Te dejamos. Míranos y mastúrbate. Es lo único que sabes hacer bien.

Sus palabras, su risa, eran el abismo. Un abismo de humillación en el que me invitaban a saltar. No dije nada. No me moví. No iba a caer tan bajo. No les daría ese último y grotesco triunfo.

Pero, Dios mío, cómo lo deseaba.

En lo más profundo de mi ser, una parte retorcida y enferma anhelaba hacer exactamente eso. Sacarme la polla y masturbarme allí mismo, viéndolos, dejándome llevar por el espectáculo obsceno, y correrme sobre las tetas de mi mujer, o en su rostro sudoroso, marcándola, reclamándola de la única manera miserable que me quedaba. La excitación era un fuego devorador que luchaba contra el nudo de dolor y rabia en mi estómago.

Clara siguió con su ritmo infernal, sus gemidos subiendo de tono, volviéndose más agudos, más urgentes. Estaba a punto de correrse. Se notaba en la tensión de su cuerpo, en la forma en que se agarraba a los hombros de Teddy.

—¡No, puta! —le espetó Teddy de repente, agarrándola de las caderas con fuerza para detenerla—. ¡No te corras todavía! ¡Aún tenemos que seguir follando!

Con un movimiento brusco, la levantó en peso. Clara gritó, sorprendida, y él la colocó de pie en la esquina de la cama, doblando su cuerpo por la cintura para que su barriga y sus tetas quedaran aplastadas contra el colchón, sus nalgas elevadas y expuestas hacia él. Era una posición de sumisión total.

—Así —gruñó Teddy, colocándose detrás de nuevo—. Ahora te voy a follar hasta que se te olvide tu nombre, y el de ese mierda que nos mira.

Y recomenzó, con una fuerza renovada, mientras yo seguía clavado en la butaca, atrapado entre el deseo visceral de tocarme y la última y débil brizna de dignidad que me quedaba, sabiendo que, ganara lo que ganara esa batalla interna, yo ya había perdido todo lo demás.

Teddy se colocó detrás de Clara, su cuerpo curvado sobre el suyo. Desde mi butaca, no podía ver exactamente lo que su boca le hacía, solo veía la espalda de él moviéndose y la cara de ella, enterrada en el colchón, que se transformaba con cada latido. Sus ojos estaban cerrados con fuerza, su boca entreabierta dejaba escapar suspiros profundos, cargados de una mezcla de incredulidad y éxtasis.

—Dios... —susurró, su voz ahogada por las sábanas—. ¿Por qué he tardado tantos años en disfrutar de esto?

Teddy dejó de lo que estuviera haciendo y levantó la cabeza. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro sudoroso.

—Porque estabas encerrada en la jaula del banquero, preciosa —le dijo, dándole un azote suave en una nalga—. Jugando a ser la esposa perfecta. Pero esto... esto es lo que eres en realidad.

Entonces, se colocó en posición detrás de ella. Agarró sus caderas con firmeza, y sin ningún aviso, sin preparación, sin un solo cuidado, se metió dentro de ella por detrás. Pero no por donde era habitual.

Fue por el culo.

Un grito agudo, desgarrado, salió de la boca de Clara. Su cuerpo se puso rígido como una tabla, sus dedos se aferraron a las sábanas con fuerza de garra. Su rostro era una máscara de shock y dolor puro, los ojos abiertos de par en par, mirando sin ver la pared frente a ella.

—Ufff... joder... —jadeó Teddy, y se quedó quieto un momento, permitiéndole adaptarse—. Vamos, nena, relájate... Ponte cómoda —susurró, con un tono que pretendía ser calmante pero que sonaba a burla—. Y disfruta. Te va a encantar. A todas las zorras como tú os encanta que os den por el culo.

Empezó a moverse entonces, con embestidas lentas pero profundas, cada una de ellas arrancando un quejido de Clara, un sonido que ya no era de placer, sino de una intensidad tan brutal que trascendía el dolor para convertirse en algo más primitivo, más animal. Su cuerpo comenzó a ceder, a adaptarse, y los quejidos se mezclaron con jadeos, con pequeños gritos ahogados. Su rostro ya no era solo de dolor, sino de una concentración feroz, de una entrega a una sensación tan extrema que rayaba en lo insoportable.

Yo no podía apartar la vista. Era la violación final de todos nuestros límites, de todo lo que habíamos sido. Él se la estaba follando por el culo en mi cama, y ella, después del shock inicial, parecía estar encontrando un placer retorcido en esa última y más íntima de las humillaciones. Y yo, desde mi rincón, era el testigo de cómo el hombre que había destruido mi vida conquistaba el último territorio virgen de la mujer que amaba, convirtiendo un acto de dolor en su triunfo definitivo.

La escena era de una crudeza que traspasaba lo físico para adentrarse en lo espiritual. Teddy, una vez superado el instante de tensión inicial, comenzó a moverse con más decisión. Ya no eran solo embestidas de conquista, sino un ritmo establecido, un metrónomo de posesión brutal.

Cada embestida era un golpe sordo y húmedo que hacía temblar el marco de la cama. Clara ya no gritaba. Emitía unos gemidos guturales, profundos, que parecían salir de las entrañas de la tierra. Tenía los puños apretados contra el colchón, los nudillos blancos, y su rostro estaba vuelto hacia un lado, la mejilla aplastada contra las sábanas sudorosas. Sus ojos, desenfocados, miraban hacia la nada, o quizá hacia mí, pero sin verme. Estaba en otra parte, en un lugar de sensaciones tan extremas que no dejaba espacio para el pensamiento.

Teddy la agarraba de las caderas con tanta fuerza que sus dedos se hundían en su carne, marcando futuros moretones. Su propio cuerpo, cubierto de un sudor brillante, se tensaba y se relajaba con el ritmo del coito. Jadeaba, gruñendo palabras sueltas, obscenidades que eran a la vez insultos y alabanzas.

—Toma... toma, zorra... —bufaba, con la voz ronca—. Así... así se siente una polla de verdad... ¿Verdad? ¿Verdad que nunca... joder... nunca habías sentido algo así?

Clara no respondía con palabras. Un gemido más agudo, un quejido que sonaba a rendición total, era su única respuesta. Su cuerpo, que al principio había resistido, ahora se arqueaba hacia atrás, encontrando el ángulo, buscando una profundidad aún mayor. Era una danza macabra de dolor transformado en placer, de sumisión que se convertía en éxtasis.

Teddy aceleró. El ritmo se volvió frenético, desesperado. Los golpes de sus caderas contra sus nalgas sonaban como palmadas secas y continuas. Clara empezó a gemir de forma incontrolable, un sonido continuo y vibrante que era la banda sonora de su propia destrucción y reconstrucción en algo nuevo, algo que ya no me pertenecía.

Yo observaba, hipnotizado y devastado. Era la imagen más íntima y a la vez más violenta que podría concebir. Ver cómo se la follaban por el culo no era solo presenciar un acto sexual tabú. Era ser testigo de la aniquilación de todos los vestigios de la mujer que había amado. Cada gemido, cada embestida. Y lo peor era que, en medio de la agonía, no podía evitar notar la belleza salvaje y terrible del espectáculo. Una verdad de la que yo era el único espectador, y de la que, de alguna manera retorcida, me había convertido en cómplice.

El ritmo de Teddy se volvió un huracán, un torbellino de carne y sudor que parecía a punto de desgarrar la realidad. Los gemidos de Clara, que habían sido guturales y quejumbrosos, se transformaron de repente en algo más agudo, más urgente. Un grito largo y tembloroso se le escapó de la garganta, un sonido que no era solo de placer, sino de liberación, de catarsis.

—¡Sí! ¡Sí, ahí! ¡No pares! —suplicó, su voz distorsionada, las palabras saliendo entre jadeos desesperados.

Su cuerpo comenzó a sacudirse con espasmos incontrolables. Se agarrotó, cada músculo en tensión, y luego un estremecimiento violento la recorrió de la cabeza a los pies. Fue un orgasmo brutal, físico, que la hizo gritar una y otra vez, un sonido crudo y animal que resonó en las paredes de la habitación. Su rostro era una máscara de éxtasis y agonía, los ojos en blanco, la boca abierta en un grito mudo por un instante antes de que el siguiente espasmo le arrancara otro sonido.

Teddy no se detuvo. Al contrario, al sentir cómo su interior se contraía alrededor de él, gruñó con ferocidad y redobló su esfuerzo, embistiéndola con una fuerza renovada, prolongando su orgasmo, exprimiéndole cada última gota de placer.

—¡Así me gusta, puta! ¡Córrete! ¡Córrete con mi polla en el culo! —rugió.

Pero él aún no había terminado. Con un movimiento brusco, se sacó de dentro de ella, dejándola jadeando y temblorosa, doblada sobre la cama. Agarró su polla, empapada y brillante, y se la acercó a la cara.

—Abre —ordenó, con voz ronca.

Clara, aún sumida en los ecos de su propio clímax, obedeció de inmediato, abriendo la boca como un pajarillo. Teddy se introdujo la punta entre los labios y, con unos pocos y profundos empujones finales, se corrió.

Un gruñido gutural, primitivo, salió de su pecho. Su cuerpo se tensó y luego se relajó en una sacudida. Clara cerró los ojos, y un pequeño gemido le vibró en la garganta mientras sentía el sabor y la textura de su semen. Tragó, o al menos eso pareció, y cuando Teddy se retiró, jadeante y victorioso, una pequeña hebra blanca escapó de la comisura de sus labios y cayó sobre el colchón.

Él se desplomó a su lado, exhausto. Clara se quedó donde estaba, temblando, con la respiración aún entrecortada, el rostro marcado por una expresión de agotamiento y de una satisfacción profunda y vacía.

Yo no me moví de la butaca. Había presenciado el acto final. No solo la habían follado. La habían quebrado, la habían hecho suya de la manera más íntima y humillante posible, y ella lo había aceptado, lo había deseado, lo había gritado. Y ahora, con su semen en la boca y el eco de sus propios gemidos en el aire, cualquier esperanza de recuperar lo que fuimos se esfumó para siempre. La mujer que amaba había muerto en esa cama, y en su lugar quedaba un extraño con el sabor de otro hombre en los labios.

Fue entonces cuando Clara se movió. Con movimientos lentos, agotados, se giró bajo él y se incorporó. Su rostro estaba congestionado, su mirada vidriosa. Y entonces, hizo lo inimaginable. Se llevó dos dedos a la boca, los introdujo y los sacó brillantes, con los restos blancos y viscosos del semen de Teddy.

Sus ojos, cargados de un desafío demencial, se clavaron en mí.

—Ven —ordenó, con una voz ronca por los gritos—. Me dijiste que ibas a hacer todo lo que quisiera. Ven y bésame.

Mi estómago se retorció. La náusea subió por mi garganta como una marea ácida. Pero mis piernas, traicioneras, me llevaron hacia ella. Cada paso era un suplicio. Me arrodillé frente a la cama, ante su rostro manchado de sudor y de lujuria.

—Vamos, banquero —la voz burlona de Teddy cortó el aire desde donde estaba recostado, observando el espectáculo con una sonrisa cínica— Cumple con tu parte.

Clara acercó sus dedos manchados a sus propios labios y se los pasó lentamente, abriendo luego la boca hacia mí, una invitación obscena.

Cerré los ojos un instante, buscando una fuerza que no tenía, y luego me incliné. Nuestros labios se encontraron. Su boca estaba caliente, salada, y el sabor… el sabor era inconfundible. Un sabor amargo, metálico, a semen. A su semen. El asco fue tan violento que casi me hizo retroceder, pero algo me mantuvo allí. La besé, con una mezcla de repulsión y de una sumisión total y enfermiza. Mi lengua encontró la suya, y el sabor se extendió por mi boca, impregnando cada papila gustativa.

Mientras lo hacía, noté, con un horror aún mayor, cómo mi propia polla, que había estado semierecta durante todo el suplicio, se ponía completamente dura, palpitable a través del pantalón del traje. La humillación, el asco, la traición… todo se convertía en un cóctel perverso que mi cuerpo interpretaba como excitación.

Teddy soltó una carcajada desde la cama.

—¡Joder, mira! —dijo, señalando mi entrepierna con el mentón— ¡Parece que le ha gustado más que a nosotros! ¡Se le ha puesto más dura que una piedra!

Clara separó sus labios de los míos. Una sonrisa cansada, triunfal y malvada, jugueteaba en sus labios. Yo me quedé allí, arrodillado, con el sabor a otro hombre en mi boca y una erección que me delataba, sintiéndome la persona más vil y degradada sobre la faz de la tierra.

—Sí —musitó Teddy, recostándose y cruzando los brazos detrás de la nuca— Esto hay que repetirlo otra noche.

Y yo, todavía arrodillado, con el sabor a semen grabado a fuego en mi paladar y la vergüenza ardiendo en mis mejillas, no pude hacer otra cosa que asentir lentamente, sabiendo que había cruzado un punto del que no habría regreso, y que mi lugar en aquella dinámica monstruosa estaba ya irrevocablemente fijado.

La tormenta finalmente amainó. Los gruñidos de Teddy se convirtieron en un último gemido ronco, un quejido prolongado de Clara, y luego, el silencio. Un silencio pesado, cargado del olor a sexo y sudor, roto solo por el jadeo sincronizado de sus cuerpos exhaustos.

Teddy se desplomó sobre ella, y luego, con un movimiento torpe, rodó hacia un lado. No hubo palabras. Solo el sonido de la respiración recuperando la normalidad. En cuestión de minutos, el agotamiento los venció. Teddy pasó un brazo sobre el torso de Clara, ella se encogió contra su pecho, y así se quedaron, entrelazados, desnudos y sudorosos, en el centro de la cama que durante quince años había sido solo nuestra.

Yo no me moví de la butaca. El éxtasis y la rabia que los había poseído se habían evaporado, dejando solo el vacío y el frío. Apagué la lámpara de lectura, sumiendo la habitación en una penumbra azulada, rota por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Iluminaba justo la cama, como un foco sobre el cuadro final de mi derrota.

Allí estaban. Dos cuerpos dormidos, fundidos en un abrazo que parecía de años, no de minutos. Clara tenía la cabeza anidada en el hueco de su brazo, una expresión de paz absoluta, casi de inocencia, en su rostro. Una paz que yo no le había proporcionado en mucho, mucho tiempo.

Me quedé en el sillón, acostado incómodamente, las piernas estiradas, mirando al techo. El silencio era ahora ensordecedor. Cada minuto que pasaba era una eternidad. No podía pegar ojo. Mi mente era un bucle de imágenes: el gemido en la piscina, la cena, los azotes, su cara de dolor y placer cuando él se la metió por el culo. Y luego, esta imagen final. Ellos, dormidos. Yo, desterrado a la butaca.

¿En qué me había convertido?

Ya no era un marido. Era un espectro en su propia casa. Un cornudo no solo consentidor, sino activo. Un facilitador. Había preparado la cena, había servido el vino, me había sentado en la butaca como un buen alumno y había asistido a la demolición de mi vida con una mezcla de horror y una excitación que ahora me avergonzaba hasta la médula.

Me había convertido en el guardián de su adulterio, en el testigo mudo de mi propia humillación, en el hombre que prefería compartir a su mujer antes que perderla del todo. O quizá, en el hombre que, en el fondo más oscuro de su ser, había descubierto que le excitaba verla ser poseída con una ferocidad que él nunca se atrevió a emplear.

El primer rayo del amanecer empezó a colorear el cielo fuera de la ventana. Ellos seguían abrazados, un cuadro perfecto de intimidad robada. Yo seguía en mi butaca, con los ojos secos y ardientes, preguntándome si algún día volvería a ser capaz de dormir en mi propia cama, o si, a partir de ahora, mi sitio sería siempre este: en las sombras, observando cómo la vida que una vez fue mía se le entregaba a otro entre sus sábanas. Y el hombre que era cuando empezó, ya no existía.

Continuará…