Xtories

En los brazos de su hermano

Alberto creía conocer a su esposa, pero cada verdad descubierta es un golpe más duro que el anterior. Cuando la investigación lo lleva a la puerta de la antigua amante de Marta, la línea entre la venganza, la curiosidad y la degradación se desvanece.

AlbertoXL21K vistas9.4· 18 votos

Este relato es continuación de “Después de la primera mentira”.

13 de junio

Cuando las personas se enfrentan con el mundo con valor, el mundo sólo los puede doblegar matándolos. Y, naturalmente, los mata. El mundo quiebra a las personas, y a la mayoría de ellas se les forma una cicatriz en el lugar de la fractura. Sin embargo, a los que no están dispuestos de dejarse quebrar, a éstos, el mundo los mata. Mata indistintamente a los muy buenos, a los muy rebeldes, a los muy valientes… Y si uno no se cuenta entre éstos da igual, el mundo también lo matará, pero en ese caso se tomará algo más de tiempo.

Aquella noche, en nuestra habitación, comprendí que sería imposible que mi relación con Marta tuviera un final feliz. El simulado equilibrio de la estancia era sólo un decorado, nuestras zapatillas de estar por casa, la maravillosa alfombra del suelo, todo. Fuera llovía contra los cristales; en la habitación, una luz suave y agradable. Con la luz apagada, la voluptuosa finura de las sábanas cubría el cuerpo de esa extraña. Me sentía solo y entonces me desperté en medio de la noche para sorprenderme con que Marta no se hubiera marchado, creyendo que ella no era real.

28 de mayo

Ávila es una ciudad rodeada de murallas medievales en pleno siglo XXI, y esta paradoja hace aún más encantador al pequeño municipio castellano. Sin embargo, Alberto no estaba de ánimo para fijarse en esos detalles. Cuando entraron en aquel gimnasio para preguntar por Sergio Sotomayor, su corazón latía desbocado. Intuía que ese día descubriría muchas cosas sobre la vida de Marta. Quizá no averiguaría toda la verdad, pero sí lo suficiente como para dar luz a una vida llena de penumbras.

En seguida apareció ante ellos un individuo rozando la cuarentena, peculiar, con todo el cuerpo repleto de tatuajes, un pendiente en la oreja izquierda y piercing en la ceja. Era alto, moreno, musculoso y su gesto sombrío resultaba intimidante. Alberto no podía creer que una mujer con la clase de Marta se hubiera liado con aquel tipo. Después de las presentaciones, les condujo a un pequeño despacho del primer piso, donde les ofreció un café y refrescos. Allí el ambiente estaba si cabe más cargado que en la zona de abajo. Olía a humedad, a sudor, a rancio.

— Pues ya me diréis —les tuteó, nada más repantigarse en una de las butacas— Como ya te dije por teléfono, yo no tengo ningún problema en responder —dijo, dirigiéndose a Samuel— Pero la información es oro, y más la de esa clase de personas. Ya me entiendes…

— Por supuesto... —contestó el detective, sacándose dos sobres del bolsillo interior de su chaqueta— Pero no toda la información tiene el mismo valor.

Samuel le entregó al tipo uno de los sobres.

— Okey —dijo, tras examinar el contenido— ¿Qué queréis saber?

— ¿Qué tipo de relación tuviste con Marta? —prorrumpió Alberto.

— ¿Qué eres...su marido?

— Eso a ti no te importa.

— No, la verdad es que no —dijo con gesto burlón— Pero me da que ninguno de los dos tiene ni idea de en qué os estáis metiendo. Yo no he vuelto a verla desde que salí del talego, pero andaros con ojo.

— ¿Con Marta? —inquirió Alberto, incrédulo.

— No, joder. Con Marta, no… Con su hermano.

— ¿Con Gonzalo o con Alexis? —intervino, Samuel.

El coloso le lanzó una mirada maligna, y sonrió. En silencio, se llevó el dedo índice debajo de la oreja izquierda y, con calma, lo deslizó por su cuello dejando claro que esa información podría costarle la vida.

— Yo sólo les puedo hablar de Marta, amigos. Esos no sé quiénes son —mintió sin ningún disimulo.

— Está bien —respondió el detective— Continúa.

— De acuerdo. Vamos a ver —dijo el interpelado— La conocí cuando yo todavía trabajaba como guarda jurado y frecuentaba un gimnasio allá por el barrio de Prosperidad. ¡Joder, la tía estaba buenísima! Como para no fijarse… Las primeras veces pasaba de mí, hasta que un día me sonrió y decidí entrarle. Parecía maja la tía. En fin que, bromeando entre máquina y máquina, quedamos a tomar una caña.

Abatido, Alberto resopló. Sus peores presentimientos parecían a punto de caer sobre él como la pesada losa de un sepulcro.

— En esa primera cita no pasó nada, pero bueno… Llegué al pub y la vi enseguida. La muy cabrona estaba platicando, como decía ella, con un pimpollo de universidad. Total, que me pongo al lado del imbécil ese y le suelto: “Que, ¿te gusta mi novia?” ¡Ja! ¡Ja! ¡Le faltó tiempo para largarse!

Alberto frunció los labios y pensó en aquella noche, no tan lejana, cuando él permitió que Marta se divirtiera bailando con todos aquellos muchachos.

— Llevaba un vestido azul que apenas tapaba su arsenal. ¡Qué buena estaba la tía! Se notaba que yo también le gustaba porque no dejaba de reírse de mis bromas, y mira que no debí decir más que tonterías. Aún así, yo me mantuve a distancia, pues suponía que Marta era de las que en la primera cita quieren guardar las apariencias, cuando va ella y… ¡pufff! ¡Me pega un morreo que lo flipas! Lo siento, tío —se disculpó con Alberto— ¡Pero te juro que me metió la lengua hasta la campanilla!

Sergio Sotomayor aprovechó para dar un pequeño sorbo a su refresco antes de proseguir con su relato sobre lo sucedido aquella noche.

— Fue en un pub de Alonso Martínez. Estuvimos allí todo el rato, bailando, comiéndonos la boca y metiéndonos mano como adolescentes. Marta se dejó sobar, pero ya os digo, esa noche no hubo tema. No, la muy cabrona me dejó el rabo más tieso que un puntal. Llegué a mi casa como si me hubiera tocado la lotería, aunque para poder dormir me la tuve que menear en su honor.

— ¿Volvisteis a quedar?

— Sí, claro, pero no me lo puso fácil, que conste. A los pocos días volvimos a coincidir en el gimnasio, y entonces va la tía y ni me saluda. ¡Os lo juro, como si no me conociera! No me hizo ni puto caso, así que me dije: “Ésta ha empezado con el periodo”. En fin, una semana o dos después, ya no me acuerdo, Marta se me acerca y me saluda con un par de besos, como si tal cosa. La verdad es que eso lo hacía siempre. Un día súper simpática y tal y, al otro, ni te miraba. Vaya, que de cuerpo estaba muy bien, pero de la cabeza no tanto, ya me entendéis. Marta era una de esas locas a las que es mejor no acercarse, pero claro…

— Sí —suspiró Alberto, apesadumbrado. A él le había ocurrido exactamente lo mismo.

— Entonces pasó lo de la ducha. Marta había estado otra temporada sin ir al gimnasio, hasta que al final apareció. Fue un sábado, lo recuerdo perfectamente. Yo estaba corriendo tranquilamente en la cinta cuando la tía se puso a correr a mi lado. Nos saludamos y cambiamos un par de frases, ese día estaba receptiva. Como ya era bastante tarde, enseguida me fui para la ducha —Sergio hizo una pausa aquí, irguiéndose en la silla— Lo que viene ahora es bastante fuerte, ¿Estáis seguros que queréis oírlo?

—Para eso hemos venido —zanjó Samuel.

—Perfecto… Yo estaba en la ducha cuando oí a los colegas dar voces en el vestuario. “¡Oye, tía! ¡De qué vas!”. Pensé que alguna novata se habría equivocado, cuando de pronto ella entró donde las duchas. Estaba imponente, llevaba un top con mucho escote y unas mallas ajustadísimas, y yo allí en pelotas, imagínense… —continuó Sergio tras dar un nuevo sorbo a su bebida— Marta se quedó mirándome cruzada de brazos mientras yo intentaba taparme las vergüenzas y, entonces, va y me dice: “¿A que estoy buena?”.

Aquella loca hizo que me pusiera colorado, estábamos en un sitio público. Además, yo no sabía qué carajo pretendía. Pensé que se iba a desnudar. Sé que había mucho ruido: las duchas, los chavales dando voces… Pero mientras Marta y yo nos mirábamos tuve la impresión de que se hacía un silencio absoluto, que no había nada más. Entonces Marta dijo algo increíble, tan increíble que fingí no haberla oído. Marta no me lo repitió. Se acercó, me cogió de una mano y dijo: “Vamos”.

Algunas cosas que pasaron aquel verano son como si las hubiera soñado y no como si las hubiera vivido. Lo que pasó a continuación fue una de ellas. Marta me cogió de la mano y me arrastró fuera de las duchas. ¡Menos mal que pude coger una toalla! Sin soltarme en ningún momento, Marta me hizo entrar en el vestuario de mujeres. Eran idénticos a los de hombres. Había un largo pasillo con un gran espejo en la pared, frente al que se alineaban las cabinas de los retretes. Estaban casi vacíos, pero había un par de chicas secándose el pelo frente al espejo y, cuando Marta y yo entramos, las chicas nos miraron, pero no dijeron nada. Marta abrió la puerta de la primera cabina y me indicó que pasara. “¿De qué vas?”, pregunté. “Entra”, contestó. Desconcertado, miré a las dos chicas, que seguían mirándonos. “¡Qué pasa!”, les espetó Marta de mala manera. “¿Tengo monos en la cara?” Dando un respingo, las chicas se volvieron otra vez hacia el espejo. Marta me empujó dentro de la cabina, entró y cerró la puerta con el pestillo.

Aquel sitio era un espacio minúsculo donde sólo cabía el retrete. El suelo era de baldosa antideslizantes y las paredes se cortaban antes de llegar al suelo. “Quítate la toalla”, me ordenó. Yo me quedé inmóvil, mirándola, y entonces Marta me besó en la boca: un beso largo, denso y húmedo, con su lengua caracoleando contra la mía. No era ni mucho menos la primera vez que me besaba una mujer, pero ese beso jamás lo olvidaré.

“¡Que te la quites, coño!”, repitió, arrebatándome ella misma la toalla de un manotazo, y entonces sonrió, me cogió la verga, y dijo: “Ahora fíjate bien, grandullón”.

Tanto Samuel como Alberto escuchaban absortos aquel inaudito testimonio. Por mucho que el esposo de Marta sospechase que ésta había tenido una sexualidad intensa durante su juventud, escucharlo de primera mano resultaba tormentoso. Él la amaba con toda su alma, había perdido la cabeza por esa mujer. Cuando no la tenía delante, no podía dejar de pensar en ella y, cuando estaba con ella, casi no podía pensar.

— Marta se puso en cuclillas y empezó a chupar —siguió narrando el corpulento individuo— Siguiendo sus instrucciones, observé como cubría mi glande de besos. Después Marta empezó a lamer toda mi verga, empezando abajo y subiendo hasta la punta, una y otra vez. Se notaba que, a pesar de su juventud, tenía muchísima experiencia. No, Marta no era de las que se ponen a mamar sin más. Primero lamió toda mi polla hasta cubrirla de babas y después de eso, empezó a chuparme el glande como si fuera un helado.

El jugueteo de su lengua era tan demencial que en tres minutos ya me tenía a punto de reventar. La muy golfa murmuraba de placer cada vez que mi miembro entraba y salía de su boca. Disfrutaba con lo que estaba haciendo, y no le preocupaba lo más mínimo que se notase.

Al contrario de lo que yo había pensado, Marta resultó ser la muchacha más glotona que yo hubiera conocido. Estaba gozando de lo lindo, pero de pronto comenzó a cabecear más vigorosamente. Chupaba y chupaba, mirándome con ojos de loca y decidida a hacerme eyacular. Así que eché la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y, bueno… ya os podéis imaginar.

En ese punto del interrogatorio, Sergio se dio cuenta de que había acabado su refresco y, con una sola mano, estrujó la lata como si hubiera sido de papel.

— A otra cosa no, pero a eyacular no hay quien me gane. Y no lo digo yo, que conste, lo dicen las tías. Como no me masturbo casi nunca, lanzo cinco o seis chorros buenos y luego otros cuantos más flojillos. De modo que, si me corro en la boca de una mujer, ésta tiene dos opciones: o se lo traga o deja que se le salga todo de la boca, porque yo nunca la saco antes de terminar. Bueno, pues Marta no escupió, y cuando la muy cabrona me besó en los labios, el aliento le olía a semen mogollón.

Todavía sostenía mi miembro en la mano cuando me preguntó si me había gustado. Naturalmente balbuceé que sí, que me había encantado, pero entonces le devolví la pregunta. Esbozando una sonrisa, se pasó la lengua por los labios y dijo que mi lechita era deliciosa.

“Mañana te espero aquí”, añadió entonces, entregándome una tarjeta con la dirección de uno de esos pisos de putas camuflados como centro de masajes. Ni que decir tiene que al día siguiente acudí allí más feliz que una perdiz.

Al oír aquello, Alberto abrió los ojos con incredulidad. Una cosa era que te dijeran que tu esposa había llevado una vida mundana y disoluta, y otra muy distinta que había ejercido la prostitución.

— ¡Sí, amigo! ¡Yo también aluciné! Pero allí estaba Marta, con otras cuantas chicas. Todas estaban buenísimas, y entonces comprendí por qué Marta hacía tanto deporte. Se percibía la rivalidad, saben. Debían lucir mejor que las demás si querían ganarse a los clientes.

No me lo pensé mucho, pagué a la madame y seguí a Marta a una de las habitaciones. Llevaba una bata de seda y estaba más irresistible que nunca. Sé que no hice lo correcto, pero me prometí que sólo lo haría esa vez y así fue.

En la habitación, Marta volvió a arrodillarse para saborear mi Chupachups. Nunca me la han chupado igual. Era alucinante como lograba llevarte al límite con la boca. Mientras ella me la ponía dura como el acero, yo le magreaba las tetas, pero en algún momento debí hacerle daño, pues me atizó una cachetada en el muslo que resonó aún más de lo que dolió. Con todo, yo no estaba para bromas, así que la cogí del pelo e hice que se levantara. Cuando le saqué el sujetador aparecieron unos melones brutales y me tiré de cabeza a comérselos. Marta tenía unos pezones muy oscuros, tiesos y erguidos como pitones, de manera que no pude resistir a morderlos de nuevo.

Luego, cuando la eché sobre la camilla de masajes, la tía rió y chilló de alegría. Se había quedado con el culo en pompa, así que le bajé el tanga del tirón y... ¡Joder! ¡Tenía un culazo alucinante! Pero en cuanto le dije que se lo iba a follar, dijo que ni hablar, que su culo tenía dueño y más me valía respetarlo si no quería que me cortasen los huevos.

Me puse tan furioso que me calcé la goma y se la clavé de golpe hasta el fondo. Martita pegó un berrido que casi se viene abajo la casa, le entró hasta el alma. Como ella misma me había hecho eyacular el día anterior, la empotré una y otra vez hasta hacerla alcanzar un orgasmo tan espectacular como toda ella. De todas formas, la avisé de que no pararía de follarla hasta que chorreara de gusto. Aticé su grupa con todas mis fuerzas, haciéndola resollar como a una auténtica yegua, y el segundo orgasmo no se hizo esperar.

Sin embargo, después Marta se quedó como muerta, como si ese par de orgasmos la hubiera noqueado. Yo no paraba de metérsela, pero ella ya no gemía. Entonces… No sé como me atreví a hacer lo que hice. No sé si sería la frustración de verla tan inmóvil o de que me hubiera prohibido follarla por el culo, quizá ambas cosas. El caso es que me chupé un par de dedos y, sin pensármelo dos veces, se los introduje a Marta por el culo. Malparido creo que me llamó, pero me dio igual con tal de que hubiera resucitado. Aguanté ahí como un campeón, follándola con fuerza, haciéndola chorrear hasta que se estremeció. Nunca he visto nada igual, fue increíble, convulsionó como si estuviera poseída por el diablo.

Alberto negaba con la cabeza, como si aquello fuese demasiado burdo y retorcido para ser verdad.

— Y ahí no acabó la cosa —prosiguió el tipo sin escatimar ni un solo detalle— Yo pensaba que aquello sería una despedida, y correrme en un condón me parecía demasiado frío después de lo que Marta me había hecho pasar. De manera que, rodeando la camilla, me saqué el condón y lo arrojé con rabia contra la pared. Sólo tuve que ponerle la polla delante de las narices para que ella abriera la boca, pero eso fue lo único que hizo, ofrecer sus labios para que me aliviase y la dejase en paz…

No aguanté gran cosa, la verdad. En un par de minutos ya estábamos brindando —Sergio hizo aquí una nueva pausa, mudando el gesto— Lo malo fue que me largué de allí con los huevos secos, pero la cabeza llena de pájaros. Tardé mucho en olvidarme de ella. Tuvieron que pasar semanas para que dejara de preguntar a los colegas del gimnasio si la habían visto, para que dejara de preguntarme por qué se prostituía, para que dejara de buscarla entre la gente y todo eso…

Marta volvió a dejar de ir al gimnasio durante unos días, pero al final regresó. Yo estaba totalmente atontado por ella, y cuando una tarde reuní el suficiente valor para declararme, ella se rió y me dijo que era muy halagador, pero que no podía ser… No quería nada serio y no había más que hablar.

— Pero si no recuerdo mal, dijiste que ella ya tenía una relación cuando os enrollasteis —puntualizó Samuel.

— Bueno, sí, pero eso yo lo supe después. Un día, al salir de casa se me acercó un tío con cara de panoli diciendo que era el novio de Marta. Al parecer, se había enterado que me habían visto con ella y quería saber qué demonios ocurría. ¡Tenía cojones la cosa! Encima que ella pasaba de mí, tener que aguantar a aquel desgraciado. Aquello me terminó de convencer de que esa tía no estaba bien de la cabeza. Decidí contarle la verdad, y gratis. Le conté que Marta ejercía la prostitución y que estaba rodeada de gente muy chunga. Aquel cornudo se quedó muy tocado, pero creo que tomó la decisión correcta: alejarse de ella.

— Otra cosa —agregó el detective— ¿Llegaste a descubrir qué hacía Marta cuando desaparecía?

— No, pero imagino que Alexis estará encantado de contároslo antes de pegaros un tiro —sonrió con malicia.

— ¿No volviste a salir con ella? —inquirió entonces Alberto.

— Un día la vi en Cibeles. Estaba esperando el autobús vestida de azafata. La seguí, no sé por qué, o sí lo sé pero no es asunto suyo. Marta se dirigió al piso de la calle Huertas. Me quedé esperando en el bar de enfrente hasta las diez de la noche, más o menos. A esa hora, Marta salió del portal con un grupo de chicas. Se fueron a cenar a un VIPS, y luego a un pub cerca de allí. Y ahora viene lo bueno. En el pub, Marta se enrolló con una rubia bastante alta. Se pusieron a comerse la boca, no con pasión, sino con delicadeza y amor, y claro, acabaron la fiesta en su casa. Ya no quise saber nada más de ella, como se podrán imaginar.

Samuel conducía de vuelta a Madrid con un nudo en la garganta. Todavía seguía conmocionado. Le dolía la cabeza y tenía el estómago revuelto a pesar de no haber comido. Se mantenía a base de caramelos de miel, y si él estaba mal, no quería ni pensar en cómo se encontraría Alberto. Las confesiones del tatuado habían sido demasiado explícitas y detalladas, demasiado crudas… Lo miró de reojo. Iba con los ojos cerrados, simulando descansar, pero su gesto era hosco. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja. Desde su salida de Ávila, la única frase que había pronunciado había sido la orden de ir a la calle Huertas. Y desde entonces, nada, ni una palabra. Así transcurrió una hora y media sumergidos en ese silencio espeso, incómodo. Al cruzar la sierra de Guadarrama, Samuel divisó Madrid en el horizonte a salvo bajo la espesa cubierta de contaminación, iluminada por el sol vespertino, y respiró aliviado.

Mientras la impaciencia corroía las entrañas de Alberto, su dolor se hacía más puro. Del estupor había pasado a la indignación y de ahí a una aflicción devastadora. Percibía nítidamente como su felicidad, un edificio que él creía sólido y duradero, comenzaba a caerse a pedazos. La persona a quien había entregado todo su amor, todo su afecto y confianza, le había traicionado. Se sentía engañado, decepcionado, y, sobre todo, un completo imbécil.

Sin embargo, Alberto seguía aferrándose a una última esperanza: que la declaración de Sergio Sotomayor pertenecieran al pasado; que Marta hubiera cambiado desde que estaba con él. Por eso iban a la calle Huertas, para mantener viva esa esperanza a la que se aferraba como un náufrago a un salvavidas, deseaba que todo fuese cosa del pasado, y no esa pesadilla.

Al llegar a la gran urbe, se mezclaron en el caos circulatorio e invirtieron una eternidad para poder llegar la calle Huertas. Fue entonces, al bajar del coche, cuando Samuel le comentó a Alberto que no era buena idea que subiera al piso. Le explicó que iba a ser una entrevista mucho más tensa y delicada que la que habían mantenido en Ávila. Necesitaban confirmar que Marta se había prostituido y saber si seguía haciéndolo, pero sobre todo, tenían que averiguar quién era el tal Alexis, en qué andaba metido y, a tenor de las advertencias del gallito del gimnasio, eso debía hacerse con cautela.

Samuel subió solo a la primera planta. Al fondo de un pasillo vio una puerta coronada por una placa que indicaba: Masajes terapéuticos. Tocó el timbre y oyó ruido de tacones acercándose. Una elegante sesentona de belleza marchita abrió la puerta y le invitó a entrar:

— Buenas tardes, señor. ¿Qué desea? —le saludó servicialmente, por encima de las risas juveniles que procedían de una habitación contigua.

— He llamado hace un par de horas por teléfono.

— ¡Ah, sí! ¡Claro! ¡Claro! —recordó la mujer que, sorprendida miró su reloj— Llega un poco pronto, aún falta media hora para que comience la partida. Alexis no ha llegado todavía. Pero acompáñenme, por favor.

Samuel comprendió que la mujer le había confundido con uno de los participantes de una timba de póker. Esta le condujo hasta un cuarto amplio y mal iluminado, a excepción de la mesa redonda tapizada en verde que había en el centro de la sala. Todo parecía nuevo y recién pintado, como si acabaran de reformar. En la ventana, un elegante estor no prevenía de miradas indiscretas, sino que disimulaba una ventana cuya persiana debía estar bajada.

La mujer le ofreció tomar una bebida y, con una sonrisa encantadora, le recomendó relajarse con una de las chicas antes de que llegara el resto de participantes.

— Es bueno relajarse antes de jugar —bromeó.

Samuel la desengañó al instante, le mostró una foto de Marta y le preguntó si estaba allí. El rostro de la dama se descompuso.

— ¿Es usted policía? —preguntó con estupor.

— No, no lo soy, señora, por suerte para usted. Aunque suelo colaborar con las fuerzas de Seguridad bastante a menudo, soy detective privado —respondió Samuel mostrando sus credenciales— ¿Trabaja aquí esta mujer?

Desconfiada, la madame quiso saber quién le había contratado, de modo que Samuel le indicó que para alguien que refería ser novio de la chica. Sin embargo, después del desliz sobre la timba ilegal que iba a tener lugar, la mujer se negó a darle ningún tipo de información.

— Ni las chicas ni yo estamos cometiendo ningún delito. Este negocio es completamente legal.

— Seguro que lo es —exageró el detective— Pero el caso es que eso a mí me da igual, no sé si no me habré explicado con la suficiente claridad. No me importa si las chicas no tienen contrato de trabajo, ni si las estás explotando sexualmente, y menos todavía si cometen delitos contra la Hacienda Pública. Yo lo único que deseo saber si le tengo que decir al novio de esta señorita si sigue trabajando aquí. ¿Me entiende ahora?

— No voy a hablar sin la presencia de un abogado —arguyó la madame, con arrogancia.

— ¡Válgame el Señor! —se lamentó el viejo detective, tapándose la cara con la mano en señal de frustración— No está usted detenida, señora. ¡Vamos a ver! ¿Desde cuándo trabaja aquí?

— Desde hace 26 años —afirmó— Primero como trabajadora, después como dueña, y desde que Alexis me compró el negocio sólo soy la encargada del gallinero.

— Perfecto. Pues yo sólo quiero saber si esta mujer sigue trabajando aquí, nada más — Samuel le mostró una foto de nuevo.

— No puedo proporcionarle esa información. Aquí no sólo respetamos la privacidad de los clientes... ¡también de las chicas!

— Señora, de verdad, no compliquemos más las cosas…

— Trabajaba —señaló finalmente la madame— Aquí la llamábamos Laura, pero dejó el negocio hace unos meses, cuando su hermano vino de Colombia. Y no pienso decirle nada más, así que márchese, por favor.

— ¿Y eso? —inquirió Samuel de todas formas— ¿Por qué lo dejó cuando él se vino de Colombia?

— Ya se lo dije. Alexis me compró el negocio y pagó la reforma —dijo la madame como si fuese una obviedad— Y lo hizo por su hermana. Para que saliera de ésto.

El detective bajó a la calle muy apesadumbrado, pensando cómo demonios contarle a Alberto que su mujer había continuado prostituyéndose cuando él y ella ya estaban juntos. Por desgracia, él no era sólo un buen cliente, era su amigo, y a Samuel nada le tocaba más los cojones que dar malas noticias a los amigos.

— ¿Qué ha pasado ahí arriba?

— Sí —dijo Samuel, escuetamente.

— ¿Sí, qué?

— Marta estuvo trabajando aquí, la llamaban Laura. La señora que lo regenta me ha dado la dirección de una chica que era muy amiga suya. Supongo que es esa a la que Sergio Sotomayor vio enrollándose con Marta.

— Deberíamos hacerle una visita —inquirió Alberto, pensativo— Quiero saber todo lo que ha estado haciendo... esa embustera —Rectificó en el último momento. De pronto le costaba llamarla esposa.

— No, esa chica también trabajó aquí, pero ahora está casada. Es demasiado tarde para molestarla, Alberto, estará acostando a sus hijas.

Dentro del coche, Samuel se lo explicó todo. Al final, había sido el tal Alexis quién había logrado que Marta dejase de prostituirse, y es que resultaba que el tipo era aquel hermano que no había visto durante años y que había venido de Colombia. El tipo era realmente inquietante. Distaba de ser el clásico sicario de poca monta, aunque, estando donde estaba, lo más probable era que lo hubiera sido hasta ganarse el favor del patrón, allá en Colombia. Ahora, el hermano de Marta era un mafioso de altos vuelos, de los que diversifican sus inversiones para minimizar riesgos y aumentar beneficios: prostitución, timbas ilegales de póker y narcotráfico, eso seguro. Era el holding habitual.

Dentro del coche Samuel comenzó a informar a Alberto de cuanto había averiguado, pero éste apenas sí se inmutó. Habían sido demasiadas emociones para un solo día, tantas que habían hundido al enérgico empresario en el asiento del copiloto. Samuel terminó su exposición sin que el otro abriera la boca.

— No quiero ir a casa —susurró— Tengo dos llamadas perdidas de Marta y no sé qué hacer —reconoció.

Y entonces la vio. Llevaba puesto un vestido corto y súper sexy, y desde luego no parecía preocupada por su desaparición. A pesar de los tacones, Marta se aproximaba a buen paso por la acera de enfrente, de modo que enseguida se metió en el portal del Centro de masajes.

Alberto abrió la puerta del coche, pero Samuel lo retuvo agarrándolo del brazo.

— ¿A dónde vas, imbécil?

— A jugar al póker.

— ¿Sabes jugar? —preguntó el detective, desconcertado.

— Sé jugar al estilo Texas y al Omaha —afirmó Alberto, categórico— Perdía kilos de garbanzos jugando con mi primo cada verano.

Samuel se quedó mirando a Alberto.

— No es lo mismo jugar con garbanzos que con dinero, te lo advierto

— Ahora tengo más dinero que garbanzos —bromeó éste.

— Alberto, en estas partidas no admiten a nadie sin referencias. Son ilegales. Te tienen que invitar —dijo Samuel en tono serio, antes de arrancar el motor y zanjar el asunto.

— ¿Cómo podemos enterarnos de cuándo es la próxima?

— Haré un par de llamadas. Ahora me voy a casa, me están esperando.

De camino, Samuel le cuenta que lleva algún tiempo sin intimar con su amiga Paloma, y años sin entrar en ambientes de juego. Algunos de los locales habrían desaparecido, pero otros no, como el chalet al lado de Alberto Alcocer en el que suelen jugar futbolistas, actores, empresarios… Ese es el ambiente más elitista, ahí no hay cosas raras y es muy caro acceder. La gente acude, juega y paga sus deudas. Es muy extraño que haya movidas: alguna cazafortunas y poco más.

Esas son partidas de gente que sabe, de profesionales que se presentan a torneos. De vez en cuando despluman a un pringado, pero suelen ser partidas tranquilas. En cambio, por el barrio de Tetuán están las timbas peligrosas: pisos como el de Alexis a los que van los más enviciados, con prestamistas que embaucan a los jugadores para seguir jugando cuando han terminado con sus fondos.

— Habrás oído historias de gente que se ha jugado el piso, la empresa o hasta la esposa. Yo nunca lo he visto, pero si ocurre en algún lugar, es en pisos como éste. Así que mira, yo te llevo a un hotel, cenas, te tomas un somnífero y descansas, que tienes un aspecto horrible. No llames a Marta ahora, mándala un mensaje con cualquier excusa y mañana será otro día.

— Y pensar que todo comenzó por una multa de tráfico… —se lamentó Alberto con amargura.

Media hora más tarde, Samuel lo dejó en un hotel céntrico y se marchó a su casa exhausto. Se estaba haciendo viejo para su oficio.

Alberto le envió un Whatsapp a Marta diciendo que había problemas con una operación y que se iba a quedar a dormir en un hotel para no tener que madrugar al día siguiente. Ella le llamó un rato más tarde, pero como Alberto no contestó la llamada, le mandó un mensaje: “No te creo, mentiroso”, seguido de varios emoticonos rojos enfurecidos. A punto estuvo de perder los nervios, de llamarla y escupirle todo lo que había descubierto sobre ella. Pero no lo hizo, no quería decirle por teléfono que ya no quería seguir con ella. Se dejó caer sobre la cama sin quitarse la ropa y, sin darse cuenta, comenzó a repasar uno a uno cada momento de felicidad con su esposa y por fin, en la absoluta soledad de una habitación de hotel, comenzó a llorar. Fue un llanto silencioso, discreto, como era él. Sintió un vacío infinito. La evocación de Marta le torturaba dolorosamente. Alberto sabía que ella era la única mujer a la que había amado de verdad. Por eso nadie le había causado nunca un dolor tan atroz como el que sentía en ese momento. En su cabeza martilleaba una y otra vez la misma pregunta sin respuesta: “¿Qué he hecho mal?.

Aquellas fueron las peores horas de su vida, pero finalmente Alberto aceptó que Marta nunca le había amado, que lo que la había seducido había sido su dinero, el nivel de vida y los lujos que él le ofrecía. Ahora comprendía por qué se obstinaba en no casarse ni tener hijos todavía. A ella sólo le importaba el placer y disfrutar de la vida, y eso es algo imposible cuando has de preocuparte y sacrificarte por tus hijos. ¡Qué ciego había estado! Se había casado con una persona tóxica, manipuladora y con un ego monstruoso… Esa era la triste verdad, como recompensa a su amor y devoción por Marta sólo había recibido mentiras. No significaba nada para ella, era tan sólo el medio para vivir con esa opulencia y mundanidad que la hacía tan feliz.

Fue entonces cuando se acordó de su madre, y de como ésta lo había prevenido sobre aquella mujer de exótica belleza que le había encandilado. Sí, ella le había confesado que Marta no le merecía confianza y él había respondido internándola en una residencia de mayores. A la vergüenza le siguió el arrepentimiento, y a éste, el sueño.

14 de junio.

A la mañana siguiente, las primeras luces del amanecer le sorprendieron en aquella cama extraña. Lo primero que hizo fue llamar a su socio para avisarle de que tampoco iría por la oficina ese día. Ante la cólera de Javier, Alberto optó por contarle la verdad. Aunque el asunto de la OPA era fundamental para ellos, los problemas con su esposa lo tenían completamente abrumado. En esa situación, Alberto sólo sería un estorbo en la oficina.

El propio Javier se quedó perplejo tras el dramático informe que le hizo Alberto. Tenía un especial cariño por la pareja y, en el fondo, siempre les había envidiado. Parecían tan felices.

De todas formas, Javier insistió en los asuntos del trabajo y le comunicó a Alberto que, al fin, el despacho había desvelado la identidad del “caballero blanco”. Se trataba de una empresa farmacéutica alemana con interés en implantarse en España. Ahora todo el departamento mercantil aguardaba con impaciencia sus instrucciones. Cansado, pero consciente de su responsabilidad, Alberto ordenó a Javier que se pusiera en contacto con dos personas. La primera, un político relevante y muy próximo al Gobierno; la otra, un miembro de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. Que les llamara para quedar con ellos de forma separada, esa misma tarde. Que les explicara bien el asunto de la OPA y resaltara que esa compra por la empresa alemana, provocaría una concentración en el sector que sería contraria a la Ley de la Defensa de la Competencia. Y, sobre todo, que les recalcara que era hora de devolver los favores a Alberto Piñeiro. Ambos lo entenderían.

De forma simultanea, otros miembros del departamento debían ponerse en contacto con determinados periodistas especializados que dieran publicidad al asunto y atacaran a los alemanes y presionaran a las instituciones y a la Comisión Nacional, aseverando que dicha operación sería perjudicial para el sector y para el empleo. Había que moverse rápido, adelantarse a cualquier acuerdo de compra era crucial.

Cuando Alberto colgó el auricular, se sorprendió mirando su reflejo en el cristal de la ventana. Las ojeras pesaban en sus ojos y llevaba dos días sin afeitarse. Tenía un aspecto deplorable, pero mantenía el instinto.

Después de ducharse, desayunó algo más de lo habitual, pues había estado un día y medio sin probar bocado. A las diez, el viejo sabueso apareció en el hall del hotel.

Carla, la amiga de Marta, vivía ahora en un chalet ubicado en la exclusiva zona de Galapagar. Alberto supuso que esa chica se había casado con un imbécil con dinero, igual que Marta. Una voz femenina les habló a través del video-portero y Samuel se identificó como detective privado. Tras un breve titubeo, sonó el zumbido que les franqueaba la puerta. Enfilaron por un sendero que cruzaba el precioso jardín, y que los dirigió a la puerta de la vivienda. Allí les aguardaba una belleza rubia, alta y voluptuosa, pero vestida con una sencilla camiseta y unas mallas muy, muy cortas.

— Ustedes dirán, señores —preguntó. Su meloso acento portugués contrastaba con el afilado tono de su voz.

— ¿Carla Gomes?

— Sí, soy yo.

— Venimos a preguntar por una amiga suya, Marta Vallejo.

Al oír ese nombre, Carla enarcó las cejas, sorprendida. A pesar del bótox de sus labios y de la cirugía estética, seguía siendo una hermosa mujer de rasgos nórdicos.

— Hace mucho tiempo que no sé nada de ella —afirmó la rubia— ¿Le ha pasado algo?

— No, no. Soy Alberto Piñeiro, el marido de Marta —se presentó— Lamento abordarla de esta manera, pero es urgente. Me gustaría, o mejor dicho, necesito saber qué tipo de relación hubo entre ustedes.

— ¿Y por qué no se lo pregunta a ella? —repuso la mujer, encrespándose de repente.

— Porque he descubierto que me ha estado engañando, y también lo del piso de la calle Huertas. Ya no me fío de ella.

Carla abrió mucho los ojos al oír lo del piso y, tras un elocuente resoplido, les invitó a entrar. La casa era bastante grande y disponía de cristaleras que daban al bonito jardín, pero en lugar de entrar, Carla les invitó a sentarse en la terraza. En la mesa estaban aún las cosas del desayuno y un libro sobre literatura española de la Edad Media.

— Lamento el desorden —dijo la mujer, poniendo fin al incómodo silencio— Estoy de exámenes. Filología Hispánica —dijo, señalando el libro— ¿De verdad es usted el esposo de Marta?

— Sí —respondió Alberto y, para disipar cualquier duda, sacó su teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta y le mostró a la rubia un par de fotos de ambos.

— Vaya sorpresa, pensaba que Marta nunca se casaría, pero cómo han sabido que yo fui amiga de Marta.

— Soy detective, señora —se apresuró a contestar Samuel, haciéndole ver cuán inocente había sido la pregunta— Pero, dígame. Tengo entendido que ustedes eran algo más que amigas. ¿Es eso cierto?

La mujer negó con la cabeza y suspiró nuevamente. Sin duda, aquello no era algo que le apeteciera recordar.

— A Marta la conocí en la calle Huertas. Yo ya trabajaba allí cuando ella se unió al gallinero, como lo solíamos llamar. Su llegada hizo que el ambiente se crispara un poco. Era algo que pasaba siempre que llegaba una nueva, sobre todo si era joven y guapa, como fue el caso. Si estaba libre, todos los clientes la elegían. Pero poco a poco, como suele ocurrir, Marta dejó de ser la novedad y todo volvió a la normalidad. Sin embargo, su esposa siempre tuvo algo especial, no sé cómo llamarlo. De una u otra manera, Marta siempre se las arreglaba para que no le faltara faena.

— Qué bien —farfulló Alberto, con ironía.

— Es curioso, pero al principio yo recelé bastante de ella. Había algo… No sé, le gustaba destacar, llevar la voz cantante y que las demás la siguiésemos, y a mí eso no me gustaba. La verdad es que tenía tanta seguridad en sí misma y tanta personalidad que costaba no dejarse arrastrar por ella. Por eso la llamábamos Miss Party.

— Y si no le caía bien, cómo es que las vieron besándose —quiso saber el detective.

— Yo no he dicho que no me cayera bien, sólo que tenía demasiado carácter para mi gusto.

— Había tenido relaciones con personas de su mismo sexo con anterioridad.

— Eso no es asunto suyo, señor —rezongo la mujer, tajante— Lo mío con Marta empezó por casualidad. Un día, uno de mis clientes habituales me sorprendió cuando nos eligió a ambas para una sesión. Me extrañó, ya que era un señor mayor que nunca había demostrado ser muy imaginativo, pero esa tarde quiso vernos juntas. Ya me entiende… en rollo lesbianas y tal. En Huertas, algunos caballeros morbosos solicitaban ese servicio que, evidentemente, costaba el doble de lo habitual. En fin, que no, Marta no era ni mucho menos la primera chica con la que había estado antes. El cliente se sentó en un sillón con su whisky en la mano mientras Marta y yo nos mirábamos preguntándonos cuál de las dos llevaría la iniciativa. Como la vi un poco cortada, me aproximé a ella y besé sus labios con suavidad. Tenía una boca irresistible, de labios carnosos y sensuales. Al principio, Marta se quedó un poco parada, por lo que aproveché para echar a un lado su espesa melena y darle pequeños besitos a lo largo del cuello. Eso la hizo gemir y abrirse como una flor —dijo la rubia, con orgullo— Mientras mi lengua profundizaba en su dulce boquita, mis manos la despojaron de la bata de seda, dejando al descubierto su exuberante cuerpazo. Hasta ese momento yo no la había visto desnuda. Marta llevaba un tanga de color rosa clarito que le quedaba divino. Era la mujer más hermosa y exótica con la que me hubiera acostado hasta entonces.

No la interrumpieron con preguntas. Tanto Samuel como Alberto percibieron como la rubia se emocionaba con aquellos perturbadores recuerdos. Conscientes de la trascendencia que podría tener que se excitara, la dejaron hablar.

— La llevé contra una de las paredes y me recreé chupando sus oscuros pezones. Debían ser muy sensibles, porque se pusieron duros en un momento. Obviamente, no nos olvidamos del cliente, pero eso era lo de menos. Marta sabía como besar y ponerme caliente con sus dedos al mismo tiempo, que para algo era mujer.

El veterano detective notó una incipiente erección cogiendo forma bajo su pantalón, y enrojeció al momento. Si su señora se enterara…

— Generalmente, en la casa las relaciones lésbicas eran más una actuación que otra cosa. Había que dramatizar, pero sin exagerar, porque lo que les pone a los hombres es que te vean gozar como una buscona. Así que debe resultar creíble, y aquella tarde los dedos de Marta salieron chorreando de mi sexo.

Alberto se fijó de pronto en el modo en que la rubia sonreía a Samuel, y entonces vio como éste se sobaba la verga. ¡No podía creerlo!

— Entonces, Marta sonrió —prosiguió Carla, mirando maliciosamente al maduro detective— y por fin me di cuenta de que había estado haciéndose la tonta todo el tiempo. Me había engañado por completo. Era yo la que estaba más caliente que un ascua, y no ella. Marta se había apoderado simultáneamente de mi boca y de mi sexo, poniéndolos a cada cual más babeante y pringoso. La muy bruja me dejó sin respiración, tanto con la lengua como con los dedos, que entraban y salían sin piedad de mi pobre coñito. Me sentía como una gata en celo sin macho que la consolara.

Carla no dudó. Se hizo hacia delante y posó la palma de su mano sobre la entrepierna del detective.

— Necesitaba desesperadamente un hombre, y ambos lo sabían. Fue la zorra de Marta la que se echó en la cama, pero antes de que me hiciera meter la cara entre sus piernas pude ver a mi cliente acercarse. Se estaba desabotonando la camisa, pero ya llevaba fuera la verga. El condenado tenía un buen cacharro, pero yo nunca lo había visto así.

Las caricias de la rubia pronto se tornaron en un explícito sobeteo sobre el miembro del detective que, a juzgar por el contorno, tampoco debía andar mal dotado.

— Marta me sujetó la cabeza entre sus muslos mientras el otro se acoplaba detrás de mí y me ensartaba todo aquello de un solo arreón.

Con total naturalidad, la rubia se deslizó de su asiento, hincando una rodilla sobre las baldosas de la terraza. Acto seguido, en una coreografía mil veces ensayada, la madura estudiante de Filología le bajó la cremallera a Samuel y extrajo hábilmente un miembro viril de un tamaño tal, que la pobre se mordió el labio con impaciencia.

— Yo hubiera preferido comerle la polla a él, pero Marta no me dejó opción. Además, el cliente se puso a follarme con todas sus fuerzas, restregándome la cara contra el coño de Marta al mismo tiempo que devastaba mi inocencia a pollazos. Pero sabes qué…

— No —contestó, Samuel con gesto severo.

— A mí me hubiera encantado mamarle la polla —dijo la rubia mientras se humedecía los labios con la punta de la lengua— Mi entrenador de natación fue quién me enseñó. En realidad, él me lo enseñó todo, pero siempre me hacía acabar con la boca. Ahora lo pienso y me da rabia, pero la verdad es que por aquel entonces a mí me encantaba que me llenara la boca de leche.

Carla hizo otra breve pausa y, con vicio, besó el rampante miembro del detective. A pesar de la edad, Samuel parecía estar en plena forma. Por supuesto también debía hacer tiempo que una hembra tan joven y guapa se ofrecía a hacerle una mamada.

— Así que, mientras las demás tonteaban con adolescentes sin cerebro, yo volvía a casa con temblor de piernas de los repasos que me daba aquel hombre. Y cuando decidió que ya era suficientemente madura para follarme el culo, aún fue peor. Imagínese, tenía diecisiete recién cumplidos. Esa tarde tuvo que ir mi madre a recogerme.

— ¡Calla de una vez y empieza a chupar! —le increpó, impaciente, el detective— Y agárrame la polla con la otra mano, que quiero ver tu alianza, tesoro.

A Carla se le encendieron las mejillas al oír aquello, pero hizo lo que le habían ordenado. No vaciló. Tomó el pollón del maduro con la mano que revelaba cual era su estado civil y tiró de la fina piel hacia abajo, descubriendo un glande violáceo y majestuoso. Percibió el deseo de metérselo en la boca, y su propio impulso la escandalizó.

— ¿Si soy buena, promete no contarle nada a mi esposo?

— Señora Hoffman, soy un profesional —dijo el detective— Pero seré yo quien decida si ha sido buena o no.

La rubia se sintió impresionada por el carácter que mostraba aquel hombre, y también por su miembro viril, por qué no decirlo. Estaba duro, y Carla se excitó al imaginarlo entre sus piernas, turbulento, demasiado grande en apariencia, llenándola de placer hasta someterla. Su instinto la empujaba a chupar el falo de aquel hombre, y no sólo para comprar su silencio. Era odioso, pero no podía hacer nada al respecto. Lo llevaba en los genes, era una XX, una cazadora.

Se recordó a sí misma con dieciséis años, maravillada por el miembro de su entrenador. Era un hombre muy atractivo, con unos ojos capaces de arrastrar a cualquier mujer a su vestuario. Era un secreto a voces. Al igual que sus compañeras, Carla había escuchado sollozar a aquellas señoras en más de una ocasión. Había sido allí, en las duchas, donde había aprendido a masturbarse, tan muerta de envidia como todas las demás. Y luego él la había elegido entre todas las chicas del club de natación, la había elegido a ella.

Aquel hombre formidable la había desvirgado, pero había sido su propio placer lo que la había dejado paralizada, no el tamaño de su erección ni su dureza. Jamás hubiera imaginado que pudiera existir tanto placer dentro de ella. “Y ahora, Carla. ¿Sabes lo que quiero?”, le había preguntado su rey con voz varonil, al tiempo que su mano le acariciaba cariñosamente la mejilla y le echaba el pelo hacia atrás.

Ella se moría de ganas, le encantaba cuando él le ordenaba que lo mirara a los ojos. Deseaba tanto a aquel hombre que a veces eso la asustaba, aunque luego fuera maravilloso admirarlo: su expresión, aquel rostro hermoso y casi delicado, y aquellos ojos negros que parecían no concebir la negativa de una mujer.

“No, pero haré lo que…”, empezó ella.

“Sí que lo sabes”, la cortó. “Y lo estás deseando, pero bueno, si prefieres que te lo ordene… Metetelá en la boca, y frótala con la lengua”.

Carla se escandalizó. Nunca había imaginado algo así. ¡El pene de un hombre en su boca!. Cruelmente, se dijo que ella siempre había sido una buena chica, una chica decente. A punto estuvo de salir corriendo, pero entonces recordó como él la había lamido a ella la semana anterior, justo antes de penetrarla. Así que, cerró los ojos y, a cámara lenta, se metió el miembro de su entrenador en la boca, sintiendo su enorme tamaño y dureza.

Siguiendo las indicaciones de su mentor, Carla comenzó a empujar la boca adelante y atrás. El pene le tocaba ligeramente la parte posterior de la garganta al hacerlo. Resultaba evidente que su boca no estaba hecha a la medida de aquel órgano, pero su sabor era delicioso. Literalmente, no podía parar de chupar, y eso aún la enloqueció más.

Carla se centró en aquel glande henchido y desafiante. Lo chupó y relamió con devoción, rozando con sus suaves labios la tensa superficie y jugando con el pequeño agujerito con la punta de su lengua. Sin embargo, él le demandó que retomara el cabeceo y, poco a poco, sus movimientos se fueron volviendo más contundentes. A pesar de su juventud, Carla sintió que su cuerpo estaba dominado por un deseo innato, común a todas las mujeres. Un deseo que también la empujó a buscar su propio clítoris al tiempo que mamaba aquella delicia. Pero de pronto tuvo la impresión de que unas gotitas saladas brotaban del pequeño orificio del glande y expandían su sabor por toda su boca, y entonces él dijo que era suficiente y la obligó a detenerse.

“Lo has hecho muy bien, Carla”, la elogió.

El pelo había vuelto a cubrirle los hombros, pero él se lo apartó. Luego tomó sus pezones entre el índice y el pulgar de cada mano. Se los pellizcó con fuerza y los utilizó para alzar sus pechos.

“Aguanta”, exigió él.

Una especie de tensión se acumuló por todo su ser. Era lujuria, aunque eso ella aún no lo sabía. Lo que Carla sí supo fue lo qué debía hacer cuando él le soltó los pezones y dejó que sus senos cayeran por su propio peso: asir su verga y comenzar a mamarla como loca. Al mismo tiempo, la espabilada muchacha no dejó de frotar enérgicamente su propia intimidad. Carla notó como se le encendían las mejillas, pero no podía parar. Su entrenador le estaba ofreciendo aquel grueso falo que tanto había temido y deseado. Además, los pezones le palpitaban, y tenía el clítoris tan lleno que parecía a punto de explotar. Entonces, todo su ser se estremeció y Carla apretó las piernas con la inmensa fuerza del clímax.

Al verla claudicar, su entrenador tomó el relevo. Empujó las caderas de forma tan vigorosa que su erección estuvo a punto de pasar entre sus amígdalas y entrar en la garganta. Pero, súbitamente, Carla experimentó como los fluidos calientes de ese hombre le llenaban la boca. En un principio, la muchacha gimió a causa de la sorpresa, pero, a medida que la cantidad de líquido aumentaba, saboreó con curiosidad. Aquello tenía que ser esperma, el jugo con que él aplacaría su sed. Comenzó a ingerir, eufórica, murmurando con deleite sin darse cuenta de ello.

Carla estaba entusiasmada, nunca habría imaginado que el esperma tuviera aquel sabor tan fuerte y viril. La inocente muchacha pensó que jamás se cansaría de aquella delicia. Claro que por aquel entonces no sabía que acabaría ejerciendo la prostitución de alto standing y tragando el esperma de empresarios y sindicalistas, de mafiosos y políticos, y hasta de un par de joviales obispos hasta las trancas de coca y viagra.

— ¡Pare, por favor! —clamó el detective al ver que la señora Hoffman no pensaba dejar de mamar— ¡Se ha comportado usted maravillosamente, señora! ¡Su secreto está a salvo por lo que respecta a nosotros!

¡Desde luego que lo había hecho! Hacía rato que Samuel había acabado de eyacular y, aún así, la diligente esposa seguía dale que dale, chupando con delicadeza. Él la había obsequiado con una corrida que, a juzgar por la expresión de la mujer, debía haber sido muy generosa, pero eso ya no había modo de saberlo. Tanto Alberto como él se habían quedado pasmados al ver aquellos carnosos labios, henchidos de bótox, atrapar el escaso esperma que había quedado adherido al falo de Samuel, o el modo con que la rubia se había relamido el semen de las comisuras de la boca. Y a pesar de ello, aquella formidable mujer casada no dejaba de jugar con el miembro del detective, impidiéndole volver a la normalidad.

Haciendo caso omiso de su petición, Carla continuó besando el glande de Samuel y sonriendo como una niña traviesa. Él la miró ceñudo, pero no así Alberto, que apartando a un lado la costura del pantaloncito, contempló el cenagoso estado en que se hallaba la entrepierna de la señora Hoffman. Al notarlo, Carla volvió la cabeza y, excitada, se mordió el labio inferior. Ahora era el marido de su amiga quien le clavaba las uñas en las nalgas mientras, con un dedo, sondeaba la puerta de atrás. Ofuscada, Carla se contorsionó para besar a Alberto con toda su alma. Sabía que le dejaría hacer todo lo que quisiera, sobre todo lo que estaba pensando.

Como mujer casada siempre había opinado que, para ser aceptable, el adulterio debía implicar cierto sacrificio. En consecuencia, hasta entonces solamente había sido infiel a su esposo en una ocasión, y de aquel fatídico domingo habían pasado casi dos años. Por eso Carla se regocijó al palpar con su mano el miembro del esposo de su antaño mejor amiga, aquel hombre le iba a infligir el martirio que tanto merecía y anhelaba.

CONTINUA Y TERMINA CON EL RELATO: “El valor de sus bragas”, ya publicado.

Referencias:

“Adiós a las armas”, Ernest Heminway.

“Después de la primera mentira”, de portarthur.

“Las leyes de la frontera”, de Javier Cercas.

“El camino de dagas”, La rueda del tiempo 8, de Robert Jordan

“Llámalo deseo”, de Jose Luis Rodríguez del Corral.

“Pan de limón con semillas de amapola”, de Cristina Campos.