Larga batalla por una esposa. 7
Treinta años de matrimonio parecían perfectos hasta que la pantalla del portátil reveló la verdad. No era solo infidelidad; era una sumisión absoluta que él nunca imaginó. Ahora, el hombre debe decidir si ignora lo que sus ojos han visto o si acepta que su mundo se ha desmoronado.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 7.
Cuando terminé de ver la filmación de la suite en Paris, me quedé como ingrávido, desapareció la taquicardia, de la ansiedad y alerta pasé al bloqueo sensorial. Antes deseaba devorar más archivos, ahora ya no sabía bien qué hacer. Estaba amaneciendo y recuerdo mirar por la ventana, divisando a lo lejos el Duero y los coches de la gente que acudía a sus trabajos. ¿Qué es mejor, saber o ignorar? Mi mundo se acababa de venir abajo, ya no tenía un referente, el eje de mi vida resulta que no existía. Treinta años de matrimonio, que juzgaba un éxito, en todos los sentidos, se desmoronaban. Ardía mi existencia entera en la pira de un ordenador portátil, y sólo quedaban minúsculas cenizas o, con mayor precisión, nada.
Sabía que mi mujer era multiorgásmica. Desde chavales, cuando hicimos el amor por primera vez, fui consciente. Era genial, me provocaba una sensación inigualable de felicidad. Había escuchado, incluso de amigos, lo difícil que a veces era satisfacer a sus novias o esposas, algunas sin duda frígidas. Ciertamente, de jóvenes y hasta hacía algunos años (porque en los últimos tiempos era esporádico), habíamos tenido bastante sexo, pero jamás con la intensidad que había visto en esas estampas. Lo inaudito, lo más perturbador acaso, es que no habría nunca imaginado que ella había dejado de quererme. Juraría que me amaba, siempre fue, y seguía siendo, una excelente compañera, atenta a mis necesidades, ropa y aspecto incluidos. Una madre para nuestros dos hijos perfecta, cariñosa y servicial, hasta que ellos se hicieron independientes. Estaba totalmente convencido, sin sombra de duda, de que ella bebía los vientos por mi y que su existencia no tenía sentido sin nuestro matrimonio. Procuraba, en todo y para todo, complacerme.
Era una hembra aún muy atractiva, siempre lo fue. A veces rondando un poco el límite de peso, pero tremendamente femenina al viejo estilo, en cada detalle, desde lo externo hasta la mentalidad. Habían pasado los años y tenía alguna arruga periocular y quizás también en el cuello, la barriga ya no era tan plana y sus senos posiblemente necesitaban más del sujetador que antes. Pero continuaba advirtiendo como los hombres la miraban, con sus casi 60 años en ciernes. Además, y esto lo estimé un regalo del cielo, Beatriz jamás tenía una mala palabra, se plegaba a mis decisiones, de la índole que fueran, sin cuestionarlas. Planchaba y cocinaba de maravilla, mantenía la casa impóluta, en lista de revista permanente, sin ayuda de limpiadora o sirvienta ninguna. En los años pasados, a los niños los llevaba como pinceles, todo ternura y cuidados. Vestía elegante, perfumada, el pelo siempre arreglado, media melena con suaves ondas brillantes. Rubia platino de nacimiento, casi no se notaba que en gran medida sus cabellos ya eran canosos, y apenas tenía que teñirlos. Los ojos, azules celestes, destilaban hermosura y paz. Su boca con dientes perfectos y labios en justa medida, siempre pintados sutilmente. Los senos, que sobresalían y atraían las miradas por su tamaño, aún eran densos, con sus pezones muy largos y sensibles. Un introito vaginal holgado, con unos pliegues mayores prominentes y los menores apenas esbozados entre ellos. Ciertamente llevaba un tiempo rasurándose, pero antes una mata de vello sedoso y áureo lo coronaba.
Desde luego que había visto a mi esposa desnuda infinidad de veces, pero en aquel momento me parecía haberla redescubierto. Lo mismo que a sus amantes. Antes me eran indiferentes, dos seres insustanciales y lejanos, con quienes la conversación se tornaba aburrida, y que toleraba sobre todo porque no dejaban de ser los jefes de mi señora. En cualquier caso, parecían gente culta y respetuosa. Ambos eran muy altos, nos sacaban a Beatriz y a mi la cabeza. Joana era en verdad singular, muy delgada, piernas casi sin formas, brazos largos y manos huesudas, de larguísimas uñas, pintadas en colores que juzgaba estrambóticos. Rigurosamente con pelo muy corto, negro y ojos del mismo tono, mirada escrutadora y hasta desafiante. Debía ser muy inteligente, porque ocupaba/ocupa el mayor nivel en una empresa multinacional de primera línea. Su conversación era fluida y sabía rellenar los huecos de cualquier reunión entre nosotros. Rubén me había parecido un tipo escurridizo, de muy pocas palabras, amable en su justa medida. Fibroso, fuerte, ligeramente musculado, jugaba al tenis, al golf y hacia surf… actividades que yo jamás había desarrollado. Calvo, piel morena, iris marrones, tenía el aire que supongo propio de un señorito con prosapia. Sabía que ellos no tenían hijos y que nadaban en dinero.
Finalmente, la curiosidad pudo más que la desolación. Decidí abrir, ya con calma, alguna otra carpeta. Ahora iba a escoger. Una en particular parecía tener un título singular: “Primun ani”, con fecha 5 de febrero de 2018.
Se trataba de un conjunto de fotos y un video. Rodado en Madrid capital. Las primeras alternaban, Beatriz con Joana o con Rubén, de la mano, posando delante de la Puerta de Alcalá. Algunas correspondían a una cena, todos muy elegantes y en un restaurante de categoría. Otras tenían por escenario una discoteca, mi mujer espléndida, con un traje corto y medias negras, bailando sola, ora con el uno, ora con la otra.
Pasé al video y ahora entendí el título que habían escogido. Tremendo. Comienza con mi mujer en medias con liga, braga y sujetador negros, arrodillada en lo que parece la estancia de un saloncito de suite. Detrás de ella Joana, de pie y vestida, como parece ser su costumbre, pantalón y camisa beis. Rubén aparece en escena desnudo y se planta con sus genitales frente al rostro de Beatriz, que coge con sus manos el miembro, lo besa en el glande cubierto por el prepucio antes de iniciar una felación como ya había visto antes, muy lenta y suave, acariciando el escroto con suma delicadeza. Así pasan algunos minutos. Después mi mujer se incorpora y Joana le quita la ropa interior, antes de colocarla doblada y con el culo en pompa hacia Rubén, sobre un improvisado apoyo de varios gruesos cojines del propio tresillo, y con la cabeza contra el suelo. La postura es forzada, dejaba a mi mujer muy doblada, convexa hacia arriba y atrás. Joana sale de la escena y reaparece casi de inmediato con un tubo de algún producto en la mano, que pronto veo es lubricante. Se coloca sobre la espalda de mi esposa, sin apoyarse en ella, con sus piernas abiertas a cada lado, mientras invita con el gesto a su marido. Rubén aproxima el pene y entra en la vagina de Beatriz, comenzando el temible ritmo, ese que no podré olvidar jamás. Pero apenas está un minuto así. Se detiene y sale, con el miembro bien mojado por los flujos. Joana abre entonces con una mano la ranura entre las nalgas de mi mujer, mientras la otra sitúa el pene en la entrada de lo que evidentemente debía ser el ano, aunque no podía verse con claridad. Fue empujando suave y de inmediato la receptora empezó a quejarse y moverse, teniendo Joana que mantenerla suejeta con sus propias piernas. ¡Quieta, va a ser un segundo, luego te gustará!. Rubén continuó la presión y llegó el grito, ¡Por favor, no, no, por favor! La voz de Beatriz sonaba en verdad asustada. Hicieron caso omiso. Se notó perfectamente cuando todo el glande ya traspasó el esfínter anal, porque la tensión en el cuerpo femenino se relajó un instante antes de volver a tener la misma intensidad. ¡Por favor… no puedo, por favor! Mi mujer literalmente imploraba entre sollozos, era evidente la impotencia, el pánico y el dolor que estaba sintiendo. Joana echó entonces un chorretón del lubricante sobre el resto de miembro que quedaba por entrar. Y siguió el avance. Beatriz aumentaba instintivamente la contracción de su cuerpo, lo que seguramente le provocaba aún mayor suplicio. Joana ejercía como directora, ¡Relájate, ya casi está, relájate! Efectivamente, en ese momento había entrado todo, los testículos se apoyaban directamente en los enrojecidos glúteos femeninos. Estuvo un buen rato así, manteniendo esa tremenda pareja la presión para inmovilizar a Beatriz, una el torso y el otro las caderas. Poco a poco, Beatriz fue disminuyendo sus quejas, hasta quedar en silencio. Los dos esposos se miraban frente a frente, con mi mujer bajo ellos, y pude distinguir el guiño cómplice que Joana le lanzaba a Rubén, antes de que se fundieran en un larguísimo beso. Después juntaron las manos al modo de los jugadores de básquet y sonrieron, dibujando la hembra varonil con sus dedos el signo de la victoria. Quietos todos, parecía una escena surrealista, como un ejercicio de saltimbanquis circenses. Aunque tampoco hubo mucho cuartel. Rubén comenzó a intentar sacar, lo que provocó de nuevo el quejido desgarrador de Beatriz, debiendo Joana volver a retenerla con fuerza. Dio inicio el vaivén, muy despacio, parando cuando mi mujer no podía evitar lanzar algún lamento subido de volumen. Aquello se me hizo eterno a mi, no puedo imaginarme lo que debió ser para mi esposa. Creo que llegó un momento en que Beatriz se rindió, relajando todo su cuerpo, exhausta. Rubén lo notó y es cuando decidió sacarlo del todo y, apenas con otro chorretón de lubricante, volver de inmediato a meterlo, hasta hacer tope. Ya no hubo apenas quejido, solo un jadeo a cada embestida. El mete/saca cobró a partir de ese instante el ritmo, el ya para mi inolvidable ritmo del diablo. No menos de 10 minutos habrían de pasar antes de que ese hombre, resistente y férreo, comenzara a manifestar que se acercaba su orgasmo. Cerró los ojos, empujó hasta que era imposible ver su miembro fuera de mi mujer, se dobló ligeramente hacia delante y emitió el gruñido que le es tan propio al eyacular. Tras unos segundos así, Joana de nuevo se fundió en un largo beso con él, para ayudarle después a que se incorporara, saliendo del ano de mi esposa. Se derrengó sobre el sillón próximo, pati-abierto, colgando un hilo de grumoso semen desde su glande.
Joana no se quedó quieta, agarrando a Beatriz del pelo la hizo levantarse para inmediatamente empujarla a que se arrodillara entre las piernas de su marido. Mi mujer tomó el miembro babeante y se lo introdujo en la boca. De nuevo creo que recogía el esmegma y últimos trazos de semen que pudieran salir. Tras lamerlo, incluyendo los huevos y el periné, apoyaría su cabeza en el regazo de Rubén y se mantendría con el pene flácido atrapado entre sus labios. Ambos amantes tenían los ojos cerrados. Las manos del hombre revolviendo los rizos dorados de la recién desflorada. El video se cortaba y mi desaliento no puedo describirlo. No estaba cabreado ni triste, estaba simplemente destruido.
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