Xtories

Albast.Capítulo 10

En la intimidad de la noche, Marcus le susurra secretos que podrían cambiar el curso de la guerra, pero al cruzar el umbral, Hilde se encuentra con la mirada fría de Greta. No es solo una visita de amor; es una misión donde cada roce puede ser una traición y cada secreto, una sentencia.

Alex Blame1.9K vistas9.2· 5 votos
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10

Los días habían pasado en una especie de nube. A pesar de que Marcus no estaba del todo conforme con la situación, había conseguido mantener la relación en secreto. Hilde había convencido a su amante de que, una relación con una mujer mayor que él y que además había enviudado recientemente, estaría mal vista.

A pesar de que el joven no lo veía así, por el día seguían con las mismas rutinas, mientras que por la noche follaban como bestias salvajes. Cada vez que hacían el amor, sentía como Marcus la colmaba con su energía y conseguía que el resto del día se lo pasase flotando a unos centímetros del suelo. Incluso el trabajo le parecía menos terrorífico.

Von Hula había leído el informe que le había dado y después de discutirlo con Greta, ambos habían aceptado la nueva línea de investigación y le habían pedido que modificase los trabajos iniciales y que se centrase más en la morbilidad y menos en la mortalidad, como ella había sugerido.

Durante el resto de la semana, había estado infectando con virus los primeros cultivos mixtos de bacterias con intención de realizar las primeras transferencias de genes. El tiempo se pasó tan rápido, que apenas se dio cuenta de que habían pasado ya quince días desde su primera fiesta en el castillo. Fue Marcus el que se lo recordó aquella noche, después de hacer el amor.

—¿Y cómo vamos a hacer mañana? —preguntó él mirando al techo con aire melancólico.

—No sé. Deberíamos comportarnos como siempre. —dijo Hilde— Al fin y al cabo, es una fiesta como otras a las que has ido. Baila, bebe, diviértete, pero no siempre conmigo. Haz un poco de caso a Lotte, es buena chica.

—¿Quieres que me acueste con ella? —preguntó él mirándola con una sonrisa socarrona.

—No, mi amor. —contestó Hilde— Es solo que me siento un poco culpable. Creo que un par de bailes contigo le mejorarán el humor, últimamente la veo un poco triste.

—Me pides mucho... Yo solo quiero estar contigo. Quiero gritar a todo el mundo lo hermosa, lo inteligente y lo dulce que eres...

—Lo sé y yo también. Pero esta comunidad es muy pequeña. Créeme, no es el momento de generar rencillas. Cuando la guerra termine, podremos hacer lo que queramos.

—Sí, cuando termine... —repitió Marcus mirando al techo de nuevo.

—¿Crees que esta matanza acabará pronto? —le tanteó Hilde.

—Si nuestros planes siguen a este ritmo, no durará mucho más.

—¿Lo crees de veras? —insistió ahogando un escalofrío— He visto lo que pueden hacer esas bestias, pero no creo que pueda hacerse a corto plazo un ejército disciplinado con ellas.

—Te entiendo y en parte tienes razón, pero esos bichos son parte de una estrategia global. Tenemos una serie de nuevos proyectos armamentísticos muy avanzados. Esos animales solo serán carne de cañón. Nuestras Waffen SS aprovecharán la distracción para flanquear al enemigo y destruirlo con unas armas como no se han visto en esta guerra.

—No creo que un arma pueda marcar tanta diferencia en una batalla... Ponme un ejemplo. —le desafió Hilde, esperando no llamar la atención.

—Por supuesto. —respondió él con candidez— Por ejemplo... ¿Te imaginas una compañía de carros de combate atacando en plena oscuridad? Ahora, mientras hablamos, están equipando varios Panther con un sistema de visión por infrarrojos, así como cámaras térmicas en aviones de reconocimiento para poder seguir los desplazamientos de tropas enemigas en la oscuridad.

Hilde hizo gesto de no estar totalmente convencida y Marcus insistió.

—Imagínate que, en pleno desplazamiento de tropas, un avión de reconocimiento guiase a un batallón o a un regimiento en la oscuridad y nuestros tanques, desplazándose y apuntando en la oscuridad como si fuese pleno día... No tendremos rival. Acabaremos con esa bazofia comunista en cuestión de unos pocos meses. —le explicó entusiasmado.

Hilde asintió. Esta vez fue ella la que miró pensativa al techo. No sabía mucho de ingeniería, por eso trató de memorizar toda aquella información antes de que se le escapase. Tal como presentaba aquella información, parecía cosa hecha. Hilde entendía poco de maniobras militares, pero a nadie se le escapaba que ver en la oscuridad era una gran ventaja. La victoria aliada se retrasaría inevitablemente y la gente seguiría sufriendo durante años. La doctora no se pudo reprimir:

—Es impresionante, pero... alguna vez me he planteado si deberíamos ganar esta guerra... Hemos causado tanto sufrimiento... —reflexionó en voz alta.

Marcus se giró y la miró con un gesto sorprendido. Era evidente que no se le había pasado por la cabeza ningún pensamiento similar.

—¿Y que los comunistas entren a sangre y fuego en nuestra patria, matando, violando y robando? —repuso él irritado.

—No me mires así. No me refiero a perder la guerra, —rectificó— me refiero a no ganarla, a dejar esa locura homicida contra los judíos, a volver a ser un país civilizado.

—No sé. No creo que los aliados estén por una paz negociada. Quieren ver la nación alemana de rodillas de nuevo. Además, no me imagino el futuro de este país sin nuestro Führer al mando.

—¿Crees que es un buen gobernante? —insistió ella mientras acariciaba el pecho de su amante.

—Se que tiene puntos oscuros, pero ha hecho mucho por este país. Le ha devuelto el orgullo y nos sacó de la profunda crisis en la que estábamos sumidos. Nos dio trabajo, nos devolvió el lugar en el mundo que merecíamos...

—Estoy de acuerdo contigo, pero a veces pienso que ese hombre nos ha exigido demasiado a cambio de todo eso. No me hagas caso, cariño. Supongo que perder a personas cercanas te hace pensar cosas raras.

Marcus relajó el gesto al oír sus palabras. Hilde se giró y se sentó sobre Marcus desnuda. El oficial no pareció dar importancia a sus palabras y acarició uno de sus pechos. Un relámpago de placer la recorrió y su pezón se erizó ante el suave contacto. La doctora miró a su amante a los ojos y no vio ningún gesto de duda o recriminación en ellos. No intentó valorar si aquello era bueno o malo, simplemente sintió alivio, además de un irreprimible deseo de follarse a Marcus hasta el amanecer, pero ya era tarde y debía volver a su habitación. Con la polla de Marcus rozando sus partes más sensibles, se inclinó y le dio un largo beso antes de separarse.

—Cuando estoy contigo, el resto del mundo me da igual. —le dijo a Marcus al oído.

—Por mí también se puede ir todo al infierno, mientras estemos los dos juntos retozando en él.

Marcus intentó retenerla un poco más, pero ella lo eludió con una sonrisa. Con un gesto apresurado, recogió su ropa interior y se puso la bata de seda. Salió al pasillo sin mirar y apenas había recorrido dos pasos, cuando Greta apareció súbitamente en el pasillo.

—Heil, Hitler. —se apresuró a saludar levantando el brazo, mientras que con la mano libre empujaba la ropa interior en el fondo del bolsillo de la bata.

—Un poco tarde para andar paseando por aquí. —dijo Greta inspeccionándola con ojo crítico.

—No podía dormir. Así que he decidido acercarme a la cocina para ver si podía robar algo y creo que no he sido la única con la misma idea. —replicó Hilde con sangre fría, señalando un par de migas en la solapa de la guerrera de la Sturmbannführer.

—Me has pillado. —dijo la mujer soltando una carcajada— De todas maneras, yo me pondría algo más. Abajo hace fresco y veo que vas un poco ligera de ropa.

Greta fijó la mirada en el relieve que hacían sobre la seda sus pezones aun erectos. Con un gesto indescifrable, acercó una mano y rozó uno de ellos con el dorso de su dedo corazón.

—Buenas noches, mi Sturmbannführer. Lo tendré en cuenta. —respondió Hilde manteniéndose firme mientras intentaba no temblar de asco y terror.

Greta la miró un instante, con una sonrisa de suficiencia y volvió a rozar su pezón antes de retirar la mano finalmente. Hilde ahogó un suspiro de alivio. Aquella mujer le ponía los pelos de punta. Mientras sostenía su mirada, no podía evitar recordar las terribles escenas de las que había sido testigo, hacía unas pocas noches.

—Buenas noches, Hilde. Descansa un poco, mañana será un día largo.

—Buenas noches. —se despidió Hilde continuando hacia el final del pasillo sin mirar atrás.

Estaba tan aterrada que ni siquiera se atrevió a esperar a que Greta desapareciese dentro de sus habitaciones. Siguió hasta el comedor y se coló en la cocina buscando algo que comer, aunque, como le había dicho la oficial, hacia bastante frío. Medio aterida cogió lo primero que vio; unas galletas de una caja recién abierta y con gesto ausente se las metió en el bolsillo. Volvió a su habitación mordisqueando una. No se encontró con nadie más hasta la mañana siguiente.

—Hemos recibido noticias de Hilde. —dijo Douglas mientras daba una cerveza a Nadia de las dos que acababa de traer de la barra— Mañana habrá una nueva fiesta en el castillo.

—Eso nos ha dicho Úrsula. Mañana a primera hora pasarán a recogerla a ella y a sus "amigas" de la BDM. ¿Necesitas enviar a Hilde alguna instrucción especifica? —le preguntó Nadia.

—De momento no. Esperemos a ver qué es lo que logra pasar a tu agente para guiarla luego en sus investigaciones. —respondió Douglas— Tengo mucha fe puesta en esta operación. Estoy seguro de que vamos a salir ambos muy beneficiados.

La coronel le miró con aquellos ojos grandes y levantó la jarra para beber un trago.

—Por el mutuo beneficio. —dijo Douglas levantando la jarra de cerveza a su vez.

—Por acabar para siempre con esos hijos de puta. —replicó ella dando un largo trago a su cerveza.

Bebieron en silencio aquel brebaje denso y aromático, disfrutando del sabor amargo y del anonimato que les proporcionaba la multitud y la ropa de paisano. De no ser por las portadas de los periódicos, con las victorias aliadas pegadas en la pared, podía haberse olvidado de la guerra y disfrutar de la compañía de una joven hermosa y una buena cerveza. Por un momento se permitió imaginarse paseando con Nadia por Hyde Park y comiendo unos bocadillos sentados a la orilla del lago. Inmediatamente sintió un pinchazo de culpa y miró instintivamente su alianza. Un parroquiano, le pidió fuego y le devolvió a la realidad. Douglas le prestó las cerillas y sacó un Lucky para él. Al ver los ojos de aquel hombre fijos en el paquete le dio un par de cigarrillos más. El hombre los recogió emocionado dándole las gracias.

—¿Quieres uno? —le ofreció a Nadia que inmediatamente negó con un gesto.

—¿Tienes miedo a que te vean cayendo en las tentaciones capitalistas? —le preguntó señalando a los hombres que probablemente la vigilaban fuera.

—¿Lo dices por los hombres que me siguen? —replicó ella— Me preguntaba cuánto tardarías en darte cuenta.

—¿No te resulta incómodo que los tuyos te sigan a todas partes? —le preguntó a bocajarro.

—Al final terminas por acostumbrarte. En realidad, solo ven lo que quiero que vean. Basta que diga que tengo una reunión con una fuente especialmente delicada y lo entienden. Se van a tomar unas pintas por ahí y luego quedamos en algún lugar cerca de la embajada.

—Ya veo. Supongo que lo importante es tener a los jefes contentos. Yo también hago de vez en cuando mis trampillas...

—¿Cómo utilizar una agente comunista como correo? ¿Seguro que saben que tenemos acceso a toda la información?

Douglas se rio. Aquella mujer era afilada como un bisturí. Cada vez le gustaba más y eso era un problema para tener una relación profesional. Esperaba que ella no se diera cuenta. No quería que aquel negocio terminase casi antes de empezar.

—¿Ya tienes una lista de lo que va a pasarnos tu agente? —preguntó ella.

—¿Eh? —Sí, claro que tengo una lista. —respondió él azorado. No le gustaba que le pillasen pensando en otra cosa— Espero que tu chica haya recibido instrucciones precisas de no quedarse con nada.

—¿En que estabas pensando?

—Mmm... No sé. En nada particular. —se defendió— Solo que odio este trabajo. Dejar que una mujer se juegue el tipo ante esos animales, mientras yo estoy aquí sin hacer nada... Es la primera vez que llevo un agente y es desesperante. ¿Cómo puedes soportarlo?

—Es curioso. No te creía de ese tipo de gente. —dijo ella pidiendo otra pinta de cerveza.

—¿A qué te refieres con ese tipo de gente?

—Pensé que vosotros los capitalistas no pensabais en nada más que los objetivos y el dinero. Suponía que te sería muy sencillo mientras la información fluyera.

—Supongo que son prejuicios. Yo también pienso de vosotros que sois fríos y que tratáis a la gente como si fueseis autómatas.

—¿Y quién dice que no lo soy? —preguntó ella.

La sorpresa se debió plasmar en su cara, porque Nadia se rio a gusto. Por un momento se había creído que era una comunista sin corazón.

—Está bien, me has pillado. —asintió Douglas con una sonrisa— Espero que nuestros jefes sean igual de tolerantes...

—No te engañes. A pesar de lo que puedas creer, estoy segura de que nuestros jefes saben exactamente lo que estamos haciendo, pero mientras obtengamos resultados, a ellos les da exactamente igual. —dijo levantando la jarra.

Con una sonrisa, Douglas entrechocó su jarra con la de su colega, mientras a más de dos mil kilómetros de distancia, dos mujeres hacían lo que un regimiento de aguerridos hombres del SAS no era capaz de hacer.

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