La sombra de las estrellas (IX)
Lana siempre supo que Archie no podía dejarla ir. Ahora, entre el aroma del café y el frío de la madrugada, la actriz que fingió no conocerlo lo atrae hacia la sombra, donde la verdad y el deseo se vuelven indistinguibles.
IX
…Y ACCIÓN
Todo fue muy rápido. Las imágenes se sucedieron ante mis ojos a una velocidad vertiginosa; un «fast forward» de esos que acaban con la luz de la cámara quemando el último fotograma de celuloide antes de que la bobina, se desprenda de la pinza y comience a dar vueltas como una carretilla de fuegos artificiales.
Primero la visión de la novicia cuando se dio la vuelta y me miró con los ojos aterrorizados. La vestimenta enrollada en la cintura. Un pene en declarada erección, apuntándome. Una cara, bellamente andrógina, desencajada por el miedo. Se le escapaba del tocado unos mechones rubios, acentuando el desorden de la escena. Mi sorpresa alcanzando cotas de un esperpéntico realismo mágico.
Después, Cary Epson, inconsciente, en el suelo. El labio partido de mala forma sangraba con esa manera alarmante que tiene la sangre al derramarse. El impacto con la pared, le había reventado una ceja. Más sangre. Más alarma.
Luego yo, que estaba sin estar. Sin entender un carajo y con la sensación de quien despierta de un sueño en un lugar completamente ajeno. El andrógino chillaba de una forma tan aguda, que mis oídos, sin oírlo, parecían a punto de estallar.
Fuera, más alboroto ininteligible. Una cacofonía de voces y de actitudes desordenadas y erráticas. La masa del tío vestido de cazador de leones, interponiéndose en el umbral para impedir que alguien viera el interior. Un minuto después, o diez años, se apartó para dejar entrar a tres gorilas vestidos de azul, con correajes negros y Colts al cinto. El trío plantado ante mí, valorando que cantidad de fuerza tenían que emplear para domeñarme; si empleaban solo la uña, o requerirían todo el dedo meñique. Vistazo rápido a las placas que brillaban en sus uniformes: Agencia Pinkerton. Seguridad. Estaba jodido. Depuse mi actitud belicosa como un globo cuando se deshincha. Ellos, al verlo, relajaron un ápice su ímpetu.
Entró un cuarto hombre. El tío hosco pluriempleado como telefonista con acento germánico. El rojo iracundo con el que entró, se volvió blanco sorpresa: me había reconocido. Estaba muy jodido. Tras mirar la escena a mi espalda, hizo una leve señal con la bola de billar que tenía por cabeza. Dos de los Pinkerton me agarraron de los brazos, levantándome del suelo como si fuera un papel de fumar. El tercero se paró frente a mí y soltó su puño contra mi estómago; asegurándose, imagino, que mi cuerpo era de carne y no algún ectoplasma fantasmal que pudiera atravesar. Poco le faltó. El aire escapó de mi cuerpo, y la sensación de ahogo fue de experiencia cercana a la muerte. Me vi fuera del cuerpo, sobrevolando la escena. «¡Qué feliz sería!» pensé, estúpidamente, al borde la anoxia. Otro puñetazo, este cayendo a lo martillo pilón desde arriba, me estalló en la cara. El fundido a negro fue tan breve como instantáneo.
Note cómo me llevaban a algún lado, cogido por los brazos y arrastrando los pies. Una imagen antes de volver a la inconsciencia: Molly mirándome desde el soliviantado público, con una cara de las que hacían época, a caballo entre la sorpresa más absoluta y la decepción. Estaba jodidísimo.
Unas voces en el exterior me devolvieron al mundo de la consciencia. La cara me ardía. El estómago me ardía. Qué coño, ¡la culpa me ardía! Me incorporé del camastro donde me hallaba postrado. Estaba en una especie de vestuario, abarrotado de burros con prendas de época colgadas de ellos. Las voces cesaron y la puerta se abrió, tras un chasquido de cerradura.
—Cinco minutos, encanto—dijo una voz rasposa—. Ni uno más, que me juego el puesto.
Una figura menuda entró en la habitación con los brazos cruzados y la puerta volvió a cerrarse.
—Estarás contento—suspiró Molly—. Ya has conseguido lo que querías. Por cierto, ¿qué querías?¿Arruinar la película, o arruinarme a mí?
Tenía la boca seca, estropajosa. Las palabras se resistían a abandonar mi cuerpo, en parte porque no las tenía.
—Ninguna de las dos cosas, Molly—conseguí pronunciar, en tono cadavérico—Estoy aquí por…
—Me importa una mierda por lo que estés aquí, Archie. Te has pasado tres pueblos, y todo por qué ¿Por celos? Por tu culpa van a tener que detener el rodaje. Le has destrozado la cara. Se lo han llevado al hospital.
—De verdad que lamento mi reacción—dije, cansado—. Os vi a los dos y luego, bueno…yo creí que…
—¡¿Qué, Archie?!¡Qué creíste?¿Qué me estaba follando?¿Esa es la opinión que tienes de mí?¿Qué hago todo esto por acostarme con él?
Molly descruzó los brazos y se acercó más a mí. Se movía diferente, miraba diferente; con más aplomo, con más seguridad, con más sensualidad.
—Entérate de una vez. Esto lo hago por mí. Lo hago porque quiero tocar las estrellas, porque quiero ser una de ellas ¿Entiendes eso? Me hace sentirme bien, mejor de lo que me he sentido nunca. Pero tú, no crees en mí, ¿verdad? Tú crees que no valgo para esto.
—Yo nunca he pensado eso, Molly. Aquí está pasando…
—¡Di la verdad!—me interrumpió. Iba a lo suyo. Yo no tenía excusa para mi bochornosa actuación, y ella no la quería—. Crees que no valgo. Que no soy suficientemente buena.
—¡Qué demonios dices, Molly!—estallé—. Estoy preocupado por lo que te pueda pasar. Y, sí, también celoso. Pero, que yo esté aquí, nada tiene que ver con eso, tiene que ver con tu seguridad y la de…
—¡Ya no soy una niña, joder! ¡Ni tú mi padre! El doctor Fassbender tiene razón. Los machotes que primero pegan y después preguntan, os creéis que tenéis algún derecho sobre nosotras. Que nos tenéis que proteger. Pues no, Archie, no. Esta es mi vida ahora, me han abierto los ojos de lo que soy y lo que puedo llegar a ser. Antes me conformaba con la vida que tenía, pero eso, ha cambiado. Puedo llegar a ser alguien, y ni tú ni nadie me lo puede impedir con su condescendencia barata.
Estaba a cuadros. La iracunda parrafada de Molly, aquel resentimiento, nunca lo hubiera esperado. No sé si porque no estaba antes o porque yo no había querido verlo.
—Mira, Archie—bajó el tono, resoplando—, después de esto, yo, ya no sé si quiero estar contigo. No eres lo que ahora me conviene. Necesito hacer las cosas por mí misma, sin tener a nadie que se crea con el derecho de intervenir en mi vida como tú lo has hecho. Cuando acabe el rodaje, hablaremos. Pero, hasta entonces, no te quiero volver a ver por aquí. Necesito centrarme, no estar pendiente de un niño y de sus inseguridades.
Me dolió, para que voy a decir otra cosa. Me había caído con todo el equipo y me merecía la reprimenda. De lo que ya no estaba tan seguro, era de recibir «aquella» reprimenda. Volví a pensar lo mismo. Molly jamás había hablado así, pero, ¿no lo había hecho porque antes no estaba ahí? o, ¿era culpa mía que se sintiera así?
—Molly—empecé una última intentona—, en este rodaje están pasando cosas que deberías saber para poder decidir sobre todo eso que dices. Una actriz que…
—¡¿Quieres dejarlo ya?!—explotó—No quiero oír ninguna excusa. Quiero que respetes mi decisión. ¿Es tan difícil?
Terminó su pregunta con el picaporte ya en la mano. Sí, coño, claro que era tan difícil. Si mis suposiciones eran ciertas, ¿cómo dejar a Molly allí? Lo que estaba claro con su nueva actitud, era que no atendería a razones. Tenía que obtener pruebas, y con ellas…
—Adiós, Archie—cortó de cuajo mi pensamiento—. Y recuerda lo que te he pedido, por favor.
Y con eso salió, cerrando la puerta y cualquier posible explicación. Jodidísimo, no. Lo siguiente.
***
Yo era un burro más en aquel depósito. De mi no colgaba ropa, pero sí un sambenito de la vergüenza. Sacar a pasear el instinto, es como una recaída en una de esas adicciones perniciosas. Cuando parece que has dejado atrás el máster en violencia que nos regaló la guerra, aflora a la primera de cambio. Mi padre, muy aristotélico el hombre, siempre decía lo de aquel griego: el hombre es animal social, pero animal al fin y al cabo. Muchas luces, mucha etiqueta, mucha palabrería, pero, al final, sacamos los dientes cuando no toca. Ea, si el viejo viviera me hubiera pegado con los siete tomos de la «Política», para después, hacerme leer a Kierkegaard, como castigo.
Así, entre la filosofía de la culpa y la responsabilidad, estuve encerrado hasta que vinieron los asistentes de la oficia del sheriff del condado. Los Pinkerton me entregaron como a James Cagney en «Enemigo público», después de explicarles—sin dar detalles—mi ofensa.
En la oficina me esperaba el sheriff Vernon. Un tipo alto, de cara alargada con un poblado bigote blanco por encima de una perenne sonrisa irónica en sus labios. Delgado y con constitución de piedra, parecía el arquetipo del pistolero del salvaje oeste. Para acentuar esta impresión, Vernon, aguardaba descansando tras su escritorio, con las botas sobre la mesa, el sombrero de ala ancha terciado sobre su rostro y la culata de una «Peacemaker» sobresaliendo de la cartuchera. En ese momento, me alegré de no llevar tres o cuatro ases escondidos en las mangas. Era el jodido «Doc» Hollyday, echando una siesta
Se levantó cuando entramos. Me repasó como un comprador de esclavos y ordenó a sus hombres que me registraran. Cuando uno de ellos, el más joven, encontró los botes en mi calcetín, la sonrisa de Vernon, se acentuó.
—Vaya, vaya—habló por primera vez, con una voz profunda que parecía sacada del principio de los tiempos—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Eres uno de esos adictos que empiezan a poblar las ciudades? O, ¿al menos eres un poco listo y solo las robas para venderlas?
El otro asistente, mientras tanto, encontró mi cartera. Cuando la abrió, su gesto cambió. En silencio, se la mostró al sheriff, quien apartó ligeramente su penetrante mirada de mí, para atender el documento. Su cara apenas si reflejó sorpresa, no así sus ojos que volvieron a mí con un destello de interés inesperado.
—¿Es usted detective?—cambió de tratamiento—¡Qué diablos hace usted robando drogas y aporreando estrellas, señor…—miró de nuevo el carné—Carradine?
—Es una larga historia, sheriff—hablé por primera vez—Y las dos cosas no están relacionadas. El mamporro…
El sheriff, de súbito, empezó a reírse.
—Si le digo la verdad—dijo, cómplice, cuando se le acabó la hilaridad—, y extraoficialmente, si le ha caído una buena hostia al petimetre ese, no me apena demasiado. Dios es testigo de que mi santa mujer me lleva frito con el tal Epson. Nunca vi alguien tan digno de ser vapuleado.
Volvió a reír.
—Pero la ley es la ley, amigo—continuó, con su mueca irónica—. Y de pasar la noche en mi humilde calabozo, hasta que se presenten los de la fiscalía con los cargos, no le libra ni el cayado de Moisés.
—Entiendo, sheriff—aproveché la curiosa sintonía—. Pero quisiera pedirle un favor.
—Si está en mi mano…
—Lo está. Necesito que esos viales lleguen inmediatamente al sargento Donovan. Homicidios de la comisaría de Hollywood norte. También, que me deje escribirle una nota.
Vernon me miró, interesado. Luego, cambió la mirada a sus subalternos.
—Charly—dijo, al menos joven—, prepárate para salir. Te vas a la ciudad.
El sheriff alcanzó del escritorio papel y pluma y me liberó de las esposas.
—Escriba. Y si puede contarme algo mientras cenamos, me consideraría pagado. Por aquí todo es muy aburrido.
El sheriff Paul Vernon resultó un conversador de lo más ameno. La charla se volvió verdaderamente amistosa cuando tocamos el tema de la guerra. Él, había servido en el frente japonés. Servicio Destacado en Iwo Jima y Gudalcanal; Corazón Púrpura en Okinawa. Todo un héroe, vaya. Nos bebimos una botella de whisky de centeno a la salud de los caídos y coincidimos en que el daño interno que causan los traumas allí adquiridos, iba a marcar el futuro del país de una forma irremediable. Los aliados habían ganado la guerra, pero el precio social que habíamos pagado, era pírrica. Hiroshima y Nagasaki podrían significar el principio del fin.
De esa guisa, medio borrachos y medio hermanos, nos encontró Lana Schwann cuando entró en la oficina.
Estaba enfadada. Estaba bellísima.
El sheriff Vernon se levantó del sillón que había puesto al lado de la celda donde me encontraba recluido como mero formalismo, pues la puerta seguía abierta. Ese detalle, no le pasó por alto a la actriz, que suavizó su enojo, perceptiblemente. Traía un papel con ella que ofreció a Vernon. Éste, en lugar de coger el documento, le tomó la mano para llevársela a los labios. Aquel gesto, derramaba una rancia elegancia sureña digna de ser enmarcada en un fotograma de cartelera.
—Señorita Schwann—saludó Vernon, aún con la leve inclinación del beso—, es un placer enorme.
Lana, visiblemente sorprendida por aquel inusitado saludo, recogió su mano y volvió a presentarle el papel que traía. Habló de forma algo cortada, como quien tiene que cambiar el discurso que traía preparado de antemano.
—Mi abogado me ha comunicado que no hay cargos contra el señor Carradine, y que por tanto es libre de marchar. Por supuesto pagaré la fianza que considere necesaria para tal trámite.
—No hay tal, señorita. Una llamada hubiera sido suficiente. Solo estábamos hablando de sueños rotos.
Lana dirigió una mirada amable a Vernon y otra enfadada a mi persona. El cambio de registro era impresionante. No me extraña que estuviera considerada como una de las mejores actrices del momento.
—Señor Carradine—anunció, pomposamente, Vernon—, los ángeles acuden en su ayuda para llevarle a su ciudad. No les haga esperar.
Me levanté del camastro, notando todo el cansancio acumulado de aquel día nefasto, hasta en el último pelo de mis cejas. Me despedí del sheriff ofreciéndole la mano, él, me la estrechó con fuerza.
—Semper fidelis, compañero—se despidió—. Señorita Schwann, con su presencia, ha hecho usted feliz a un pobre viejo.
Lana sonrió ante la exageración de Vernon; regalándole, con una mirada apreciativa al cuerpo del sheriff, el mejor cumplido a su galantería.
El Hudson púrpura llevaba ya varios kilómetros de marcha, de vuelta a Los Ángeles, cuando ella me dirigió las primeras palabras de la noche.
—Haces amigos hasta en el infierno—comentó, Lana, con enfado.
—Es dónde más falta hacen.
Mi lacónica respuesta se perdió en mi cabeza junto con los dolores corporales y morales. El cansancio, el whisky y las pastillas que me había recetado el sheriff, hicieron de lecho donde perder la consciencia.
***
Salí de la ducha envuelto en una toalla y con otra alrededor del cuello. El aroma de café recién hecho me guió hasta la salita donde se encontraba. Lana estaba recostada sobre el ancho alfeizar acolchado del ventanal. Tenía el pelo recogido desordenadamente; un amplio jersey escondía casi toda su anatomía, dejando libre sus piernas por debajo de las rodillas. Las primeras luces del amanecer bañaban su rostro y daban a sus ojos ese tono grisáceo de los días de tormenta. Ella volvió la cara hacia mí cuando entré en la estancia. Indicándome, con un gesto de mentón, dónde me quería. Me encaminé al lugar indicado, con la cabeza baja.
Un servicio completo de café y material de primeros auxilios ocupaba la superficie de la mesa baja que estaba entre el sofá y la chimenea. Me acomodé en uno de los extremos. Ella se levantó de su sitio, estiró los brazos en alto, desperezándose, y se reunió conmigo en el sofá. Mientras me servía una taza de la cafetera, Lana, comenzó a embadurnar unas gasas con agua oxigenada.
—Esto se está convirtiendo en una costumbre—dije, para romper el hielo que escarchaba el ambiente—; cada vez que vengo a tu casa, terminas curándome.
Ella no respondió, pero, al aplicarme la torunda empapada sobre la brecha de la frente, se quedó mirándome a los ojos y una leve sonrisa levantó la comisura izquierda de sus labios. Me sorprendió, mi comentario no era para aquel tipo de gesto. A cada roce del abrasivo tenía que contener las ganas de bramar en etrusco, pensando, a que venía aquella sonrisita. Entonces caí.
—Tú ya lo sabías, ¿verdad?
Lana dejó de aplicar el apósito y me miró, alternando un ojo y otro.
—Sí—reconoció en voz baja.
—Podías habérmelo dicho.
—Es un tema de índole personal. No tenía ningún derecho a airear un secreto que tan poca gente sabe.
—¿No estás enfadada?
Acentuó la sonrisa. La palabra alemana «Schatz» me vino a la mente.
—No eres el primero que se siente amenazado por los alardes de Don Juan de Cary. Es su papel, y lo interpreta mejor que sus protagonistas. Pero sí que eres el primero en partirle la cara. Tanto va el cántaro a la fuente…
—Entonces, tú y él…
—Ya te lo dije, Archie. Él y yo nada. Solo somos un producto de márquetin. Pero eso no quita para que yo tenga que airear sus preferencias sexuales. Él es como es, y para los estudios eso es una desgracia. Imagina la publicidad si se supiera. El mayor galán de Hollywood es gay. Su carrera acabaría y los ingresos que produce, con ella. Eso es un precio que no están dispuestos a pagar. Le dejan que lleve a su novio a las producciones, vestido de chica, siempre y cuando él cumpla con el papel de seductor. Sam, que así se llama su novio…
—¿Sam?
—Samantha para el público—aclaró—, Samuel en su intimidad. Como digo, Sam, puede pasar por mujer, ya has tenido ocasión de…conocerle…
La sonrisa volvió a aflorar en sus labios. No entendía qué demonios le hacia tanta gracia.
—Es un secreto—siguió, aplicando la torunda del infierno—que sabe muy poca gente. Zimmermann, un par de productores y yo. Me tuve que enterar cuando nos obligaron a representar la pantomima del compromiso.
—¿Os obligaron?
Lana bajó los brazos y cambió el equipo médico por el paquete de cigarrillos. Encendió dos; se quedó con uno y me puso el otro en la boca.
—Nos obligan a muchas cosas, Archie.
El tono, el cansancio, cierta hartura en el timbre de su voz, me preocupo. La imagen de Espada me atravesó como si su nombre se hubiera transmutado en materia.
—Espada.
Ella asintió, bajando la cabeza. El desaliñado moño cedió con el movimiento y una cascada de pelo le ocultó el rostro. Hice un amago de levantarme, pero ella me lo impidió sujetándome del brazo y pegando su cuerpo al mío.
—No, Archie, por favor. Déjame explicarme, luego, si quieres, te vas.
Acepté el trato tácitamente, sin decir nada, pero poniendo algo de distancia. Ella lo asumió con pena.
—Sé lo que pensaste la otra noche—empezó intentando mantener la voz—, y eso me mató.
—¿Por qué?—pregunté, sorprendido—¿Qué te importa…?
—Déjame hablar, Archie—me cortó—. De este trabajo solo se ven los resultados. Lo que la gente paga cuando va al cine, o compra las revistas o los productos que anunciamos en la radio y en las vallas publicitarias. Pero nadie de esa gente es consciente de la sombra que hay tras las estrellas. Es un negocio Archie, un negocio que mueve muchos millones de dólares, que facilita un nicho en el que florecen otros negocios como la publicidad, la construcción…hasta las relaciones internacionales. Es política, como casi todo; y, como en ella, la hipocresía es la moneda de cambio. Favores por dinero y dinero por favores, eso es todo.
»También esta la parte artística, claro. El séptimo Arte. El arte por el arte como dice el lema de la productora. El pasar a la posteridad, el contar historias y poner voces a situaciones que de otro modo no se conocerían; pero hasta eso tapan las sombras. La difusión del arte se transforma en propaganda. Convertir las películas en un altavoz de la moralidad, o del estilo de vida al que la gente debe aspirar. A como vestirse, a como actuar ante cada una de las situaciones de la vida…a fumar—señaló el cigarrillo medio consumido entre sus dedos—. Los actores somos eso, la personificación de los modos de vida que imperan en cada momento, hasta que se convierten en arquetipos. Somos la luz para que ellos puedan permanecer en las sombras. Nos desean, nos juzgan, nos sienten de su propiedad. Los estudios se aprovechan de eso para obtener sus prebendas, sus influencias…el dinero.
»A Cary le exigen que se muestre como galán, a mi…me exigen lo mismo. En esta película, el mayor accionista es el arzobispado. No es la única, el dinero de la iglesia va a muchas producciones, igual que el dinero de muchos departamentos del gobierno o las empresas en auge como los casinos y las constructoras. Hay muchos cantantes que pasan a ser actores para darse a conocer y luego pagar sus contratos con actuaciones privadas en los casinos o yendo donde las tropas están destinadas para levantar la moral de los soldados. Es igual. A mí, me exigieron cenar con Espada. Se que es una situación comprometida, y que me vieras en ella no te hará pensar nada bueno. Pero solo fue una cena; una actuación privada si quieres. Pero nada más. Sé que hay gente que lo hace, tanto actrices como actores, pero yo no soy así. Y, eso, es lo único en lo que te pido que me creas. El arzobispo no es diferente a cualquier hombre, siempre han estado con la élite y siempre lo estarán. No te voy a mentir y decirte que no intentó propasarse, pero sí que te puedo prometer que no pasó de ahí.
—Ya te he dicho que no me tienes que dar explicaciones.
—Sí, sí que te las tengo que dar. No quiero que pienses que soy…
—No lo pienso.
Ella fijó de nuevo su mirada en mí, valorando mi sinceridad. Me sentí bastante incómodo, la verdad. Aquel interés por lo que yo pudiera pensar de ella, abría una puerta que no tenía claro si la quería cruzar. Mentira. Querer, quería, pero deber…cambié de tema para poder respirar; en ese momento fui consciente de que no lo hacía desde hacía varios minutos. ¡Record de apnea en las profundidades del alma!
—Y, ¿a las sesiones con Fassbender?¿También os obligan?
Ella puso una expresión suspicaz por el cambio de tema. Aún con todo, respondió.
—Sí, bueno…no exactamente, al menos a mí.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que pese a que tengo que hacer cosas que no quiero, por contrato, sigo siendo la protagonista del la película. Tengo ciertas libertades.
—Eso quiere decir que los actores de reparto no las tienen, ¿no?
—Fassbender tiene una gran influencia sobre Zimmermann. El director se fía de él como si este fuera un seleccionador de recursos laborales. Fassbender elige de entre las candidatas las que son más adecuadas para verse sometidas a las exigencias psicológicas del director durante el rodaje. ¿Por qué, Archie? ¿A qué viene eso?
—Te drogaron, Lana. Para hacerte esas fotos, te tuvieron que drogar. Y creo que es en esas sesiones donde pasa todo.
Lana se llevó las manos a la boca y sus ojos se vidriaron.
Le conté desde mis suposiciones hasta lo que había podido leer en el diario de Fassbender, pasando por mi charla con Hernando y los viales que había mandado a Donovan. Coincidiendo con el inicio de mis explicaciones empezó a llover de forma torrencial. El agua golpeaba los cristales del ventanal, y el rugido de las olas, chocando contra los acantilados, nos llegaba como un rumor de batalla. Empezó a hacer frio y Lana se levantó para encender los troncos de la chimenea.
—Pero, entonces—dijo, cuando acabé el relato—¿Fassbender es quien intenta chantajearme?
Dudé. Era el punto flaco de mi teoría.
—No lo sé. Pero no lo creo. Creo que hay alguien más involucrado. Alguien que está jugando su propio juego. Por lo que me has contado de su papel, no veo la necesidad de tener que extorsionar a gente. Tiene suficiente información comprometida que vosotros mismos le dais. Por cierto, ¿cómo es una de sus sesiones?
Lana volvió a sentarse, encendió otro cigarrillo y miró ascender las volutas de humo, buscando en ellas los recuerdos.
—Pues…largas…
Hizo un gesto de extrañeza, como si fuera la primera vez que recordaba ese detalle. Su voz se aceleró.
—Solo fueron dos. En la primera hablamos de cosas generales, luego intentó ponerme en un trance suave, según lo llamaba él—volvió a meditar—. Era…no sé…relajante. La segunda sí fue más larga. Ahora lo recuerdo. Es curioso, no me había parado a pensar en ello.
—¿Te inyectaron algo?
—No. Solo tomé un té…que estaba bastante amargo.
—¿Estuviste consciente todo el tiempo?
—Te diría que sí. Pero, la verdad, ahora no lo tengo tan claro. Es como estar en un sueño; hay escenas inconexas, pero no tengo la sensación de haberme dormido. Sé que salí con una sensación agradable. Muy agradable. Como si contestar a sus preguntas fuera...liberador.
Me levanté y fui hacia la chimenea. Las llamas cogían brío y el calor comenzaba a extenderse. «Agradable. Muy agradable» las mismas palabras que había elegido Molly. Sentí cómo Lana se levantaba e iba a mi encuentro junto al fuego. Noté su mano por mi espalda, instándome a enfrentarme a ella.
—Estás pensando en ella, ¿verdad?
Asentí.
—¿La quieres?
Volví a asentir.
—¿Estás enamorado de ella?
Recordé las últimas palabras de Molly. Su petición de alejarme.
—…
Lana se alzó sobre las puntas de sus pies y me besó, de forma suave. Apenas un roce. Cuándo se separó, volvió a hablar:
—Y, ¿a mí?¿Me quieres?
Negué, casi imperceptiblemente.
—¿Estás enamorado de mí?
Sin esperar respuesta, volvió a pegarse a mí y atrapó mis labios entre los suyos.
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