Albast.Capítulo 9
Sabe que su misión es morir en silencio, pero el calor de sus manos en la oscuridad le recuerda que aún está viva. Esta noche, el peligro no está en las patrullas nazis, sino en la puerta de su habitación.
9
Marcus ya la estaba esperando cuando llegó al inicio del camino. Lucía imponente con los músculos tensando el fino tejido de algodón del chándal. El joven no dijo nada, pero su mirada hizo que todo su cuerpo se estremeciese. Abrió la boca para decir algo. El beso de la noche anterior aun ardía en sus labios. Deseaba abrazarlo y besarlo de nuevo, acariciar aquel cuerpo rocoso y ver como crecía aquel miembro entre sus manos... Luego pensó en su misión; El amor... Ni siquiera el sexo cabían ahora en su vida. Ya había asumido que no iba a vivir demasiado tiempo. Aquel trabajo era arriesgado y no pensaba salir viva de aquel nido de nazis, pero no quería arriesgar la vida de nadie más. Cuando la pillasen, cualquiera con el que tuviese la más mínima relación, sufriría las consecuencias. No podía hacerle eso a Marcus. Era un buen chico.
Así que hizo de tripas corazón y murmurando un buenos días apenas audible, se puso en marcha. Hilde tomó la iniciativa y avanzó por el camino. El tiempo había mejorado y las noches no eran ya tan frías. Aun así, un aire cortante, proveniente del glaciar, atravesaba el tejido de su chándal y su ropa interior y erizaba sus pezones... ¿O era pura imaginación? Atravesó un pequeño bosquecillo de alisos y saltó por encima de un pequeño riachuelo antes de retomar la carrera. En ese momento Marcus ya se había puesto a su altura sin aparentar ningún esfuerzo.
Hilde ocultó su nerviosismo aumentando el ritmo de sus zancadas. El camino se empinó y corrió entre los árboles, esquivando matojos y raíces hasta llegar a un pequeño claro entre los enormes abetos centenarios. En el centro del claro había un árbol enorme, derribado por una tormenta. Hilde no pudo más y se apoyó en el tronco derribado, jadeando.
En ese momento Marcus, sin mediar palabra la cogió entre sus brazos y la besó. Hilde quiso resistirse, pero el aroma de Marcus, mezcla de sudor y aftershave, la redujo a la impotencia. Hilde se colgó del cuello del oficial y se abandonó a las múltiples sensaciones que la abordaban. Le devolvió el beso con entusiasmo, mientras sentía como las manos de Marcus exploraban su culo y su pecho.
Sintió como su cuerpo se incendiaba y no pudo contener un suspiro de placer. Las manos del joven se deslizaron por debajo de la sudadera y acariciaron su vientre un instante antes de estrechar uno de sus pechos. Una ráfaga de placer, como una corriente eléctrica, la recorrió de arriba abajo, pero también despejó su mente un instante, lo suficiente para entrar en razón.
—No, por favor. Aquí no. Podría pasar una patrulla... —dijo separando a Marcus con un leve empujón.
Marcus se mantuvo quieto, con un gesto de confusión en la cara. Hilde observó la incipiente erección y se acercó de nuevo. Deseaba aquel hombre con toda su alma. Pero no allí. quería ser discreta.
—Aquí no. Pero esta noche no solo la puerta de mi habitación estará abierta para ti. —le dijo besando suavemente sus labios, a la vez que acariciaba aquel miembro duro como una piedra— Con un escalofrío se imaginó teniendo aquella arma dentro de ella apuñalándola sin misericordia...
La mañana transcurrió entre probetas y microscopios. Afortunadamente le estaba costando encontrar un virus que transmitiese la información necesaria entre las dos especies bacterianas. Sabía que era cuestión de tiempo, pero mientras tanto seguía haciendo pruebas. Después de experimentar con varios tipos de virus, se había quedado con los adenovirus. Parecían ser los más prometedores y no eran tan delicados de mantener. Aun así, le costaría tiempo.
Su ayudante se mostraba bastante envarado en su presencia. No parecía saber muy bien cómo tratarla, pero tenía que reconocer que sabía lo que hacía, era cuidadoso y tenía buena mano con los animales.
A mediodía tuvo una reunión con von Hula. Le informó de los avances y Ludwig se mostró bastante satisfecho, pero le pidió un mayor esfuerzo. Hilde se mostró de acuerdo. Sabía que aquello no eran una universidad y se exigían resultados. Prometió esforzarse mientras pensaba que tendría que reducir las visitas a los archivos. No se olvidó de darle un informe sobre una estimación de la merma del esfuerzo de guerra en la Primera Guerra Mundial, comparando el efecto de los gases letales y la artillería con los daños que ocasionó el tifus, la gripe española y la tuberculosis. No hizo falta que maquillase las cifras, hablaban por si solas. Von Hula le echó un vistazo rápido y le dijo que lo estudiaría.
Comió rápidamente un sándwich en la cantina para poder tener tiempo para husmear un rato en los archivos. Con el laboratorio a pleno rendimiento, el tiempo del que disponía para aquellas investigaciones, era mucho más limitado y aunque seguía recopilando documentación y pruebas, el ritmo había disminuido. Aquel día no descubrió nada de importancia. El encargado, después de varias visitas, ahora se limitaba a echarle un vistazo de arriba abajo como si fuese un delicioso estrudel y volvía a su ejemplar de Signal*. Hilde le saludó con una sonrisa y se internó en los estantes, pero apenas podía concentrarse. La perspectiva de una noche entre los brazos de Marcus, hacía que todo su cuerpo se estremeciese. A pesar de que se esforzaba en no pensar en ello, cuando salió de los archivos estaba ligeramente mareada y notaba la ropa íntima humedecida por el deseo.
Aquella noche no vio a Marcus en la cena, pero si se encontró con Lotte. Parecía un tanto desanimada. El baile la había desengañado con respecto a Marcus, pero parecía no guardarle rencor. En el fondo no la consideraba una rival y simplemente pensaba que ella no era su tipo, así que según ella estaba buscando otras opciones.
Más relajada ante la aptitud de la investigadora, intentó animarla y se dedicaron a inspeccionar y hacer comentarios sobre los hombres presentes en el comedor. Descartaron a la mayoría entre comentarios agudos y risas y se quedaron con un Obersturmführer joven y apuesto y un Haupsturmführer de mediana edad, al que le faltaba el dedo anular de la mano izquierda.
Intentando controlarse para no parecer apresurada, terminó de cenar y se dirigió a su habitación. Cuando llegó, hacía rato que se había puesto el sol. A toda prisa se duchó y se arregló el pelo mientras pensaba en que debía ponerse. Finalmente optó por un camisón de seda largo con tirantes. Una banda de tul, profusamente bordado, partía de su tirante derecho, corriendo en diagonal hasta su cadera izquierda y luego por el lateral de sus piernas hasta desaparecer, en el momento que la falda se abría con una profunda raja, que le llegaba a medio muslo. Aquella tenue banda, además de convertir el camisón en una bella pieza de lencería, permitía entrever su piel y uno de sus pechos. Consciente de la belleza de su cuerpo, optó por prescindir de la ropa interior, de forma que la seda se adaptaba a sus curvas y acariciaba con una líquida suavidad su piel, aumentando su excitación.
Terminó sus preparativos recogiendo su pelo en un apretado moño, dándose unos ligeros toques de maquillaje y perfumándose generosamente; cuello, muñecas, axilas e interior de los muslos con Channel. Se puso unas sandalias de tacón y una bata de seda a juego con el camisón y se dispuso a esperar.
Marcus no se apresuró. Hilde, mientras tanto, cambió varias veces de postura para recibirle. Primero se sentó en la cama con un libro, pero no le pareció suficientemente sexy. Luego a horcajadas en una silla apoyando la barbilla en el respaldo, como había visto en un Cabaré en Berlín, pero sin las bragas le pareció demasiado descarada... Finalmente optó por sentarse en el escritorio con la silla, ligeramente ladeada y las piernas cruzadas, dejando que la raja del camisón revelara una buena porción de su pierna. Así, mientras esperaba, podía adelantar algo de trabajo del día siguiente.
Enfrascada en el trabajo, no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que oyó el chasquido de un picaporte. Hilde respiró hondo mientras escuchaba pasos acercándose. Esperó unos instantes para que el oficial pudiera ver el reflejo de la luz de la luna en sus muslos, antes de levantase y encararse a él.
—Hola, mi Standartenführer. —le saludó mientras todo su cuerpo reaccionaba ante la intensa mirada de lujuria que el joven le lanzaba— Estoy a sus órdenes...
Marcus no contestó. La cogió entre sus brazos y la besó con la intensidad de un lobo hambriento. Todo el cuerpo de Hilde se incendió inmediatamente. Las manos del joven estrujaron su culo, mientras enterraba la cara en su cuello y le besaba la mandíbula, el cuello, la nuca y los hombros.
Antes de que pudiese hacer nada, le quitó la bata y la observó unos instantes, antes de volver al ataque. Los pezones erectos, haciendo protuberancia en el suave tejido, llamarón la atención del oficial y éste se lanzó sobre ellos, chupándolos y mordisqueándolos con suavidad. Hilde suspiró ahogadamente y hundió las manos en el pelo de Marcus, que continuó bajando con sus besos y caricias por su vientre y entre sus muslos. El tejido del camisón hacía que las caricias fuesen tan excitantes que, en pocos segundos, su sexo fue pasto de un incendio que solo su amante podía apagar. Cuando enterró la boca entre sus piernas y envolvió su sexo con ella, Hilde creyó que iba a reventar de placer. Enseguida su cuerpo fue víctima de incontrolables estremecimientos y su vagina chorreaba hambrienta de un miembro que devorar.
Marcus, a pesar de su evidente excitación, no se apresuró. Hilde tiró de la falda de su camisón mostrándole su pubis, apenas cubierto por una rala mata de pelo rubio, para provocarle. Pero él, con una sonrisa traviesa, se limitó a besarle la vulva y el pubis con suavidad, volviéndola loca de deseo.
Cuando pensó que aquella deliciosa tortura no iba a acabar nunca, Marcus se irguió y le dio la vuelta, poniéndola de cara al ventanal. Hilde esperó con las manos apoyadas en el marco de piedra y las piernas separadas, observando cómo la luna iluminaba el valle, varios cientos de metros más abajo, arrancando destellos plateados a la superficie del lago. A sus espaldas, sintió cómo Marcus se bajaba los pantalones y le levantaba el camisón hasta la cintura.
Un instante después, notó como algo grande, duro y caliente entraba suavemente en su vagina, colmándola de placer. Después de un primer tanteo, el joven descargó todo su deseo acumulado en una andanada de penetraciones rápidas y profundas, que la obligaron a clavar las uñas en el marco de la ventana para no caer. El placer fue tan intenso que tuvo que morderse los labios para no gritar, mientras Marcus bombeaba dentro de ella sin misericordia.
Segundos después, el joven se corrió. Hilde, a la vez halagada por superar el autocontrol de su amante y a la vez un poco decepcionada, se volvió para decirle alguna palabra de consuelo, pero Marcus la levantó en el aire y la penetró de nuevo. Su polla estaba tan dura y caliente como antes de la eyaculación. Más tranquilo, su joven amante la levantó y la dejó caer con suavidad sobre su polla, haciendo gala de su fuerza. Hilde se sujetó a sus brazos sintiendo aquel falo ardiente acuchillándola de placer e hincando las uñas en aquellos bíceps, duros como el acero Krupp.
Ahora fue ella la que, tras un intenso subir y bajar, se corrió. Todo su cuerpo se estremeció mientras oleadas de placer la envolvían hasta no ser consciente de dónde estaba. Finalmente se recuperó y se separó de Marcus. Deseaba ver aquel cuerpo totalmente desnudo. Fijarlo en sus retinas y hacerse a la idea de que aquello era real.
Con su sexo chorreando semen y flujos orgásmicos, fue desnudando poco a poco al oficial de las SS, quitándole armas y correajes hasta dejar solo al hombre, perfectamente desnudo y perfectamente erecto. Evitando sus manos se acercó y se dedicó a acariciar aquel cuerpo, que parecía esculpido con un cincel, besando y mordisqueando aquí y allá, para asegurarse que era real, antes de arrodillarse sobre la mullida alfombra y coger aquel portentoso miembro entre sus manos.
Era grande y recto como un misil y en sus manos finas parecía aun mayor. Un poco intimidada, acercó los labios a la punta del glande y lo besó. La polla de Marcus reaccionó inmediatamente con un espasmo. Satisfecha, abrió la boca y le dio un largo chupetón. Marcus soltó un quedo gemido y sus abdominales se tensaron un instante. Hilde apoyó las manos en su vientre y comenzó a chupar y lamer aquel enorme miembro, sintiendo como la sangre lo hinchaba cada vez más.
A punto de reventar de placer, su amante la irguió e intentó acercarla hacia sí, pero ella le eludió y le obligó a sentarse en el borde de la cama. A poco más de un metro de él, se quedó quieta un instante, antes de coger los tirantes del camisón y apartarlos dejando que la prenda cayese a sus pies. Para acentuar aun más el efecto, se deshizo el moño y una cascada de cabello rubio refulgió a la luz de la luna, haciendo que su torso quedase envuelto en una nube plateada.
Con paso lento se acercó a Marcus y se montó a horcajadas. Mirándole a los ojos se metió de nuevo aquella polla y comenzó a mecerse suavemente. Marcus la rodeó con sus brazos y mirándola a los ojos, la besó con ternura. Ahora no solo el placer la envolvía, también una tierna intimidad estaba enlazando los dos cuerpos.
Aceleró un poco los movimientos mientras su amante desplazaba las manos por su espalda y le cogía los pechos para llevárselos a la boca. La nube de placer que la envolvía se hizo más intensa. Con un empujón, Hilde obligó a Marcus a tumbarse y apoyando las manos en su pecho, comenzó a cabalgarle con todas sus fuerzas. Los músculos, acalambrados por el esfuerzo y el sudor corriendo entre sus pechos y haciéndole cosquillas en el vientre, eran sensaciones lejanas. Solo era consciente del placer que envolvía sus cuerpos y que los acercaba a ambos cada vez más al clímax, hasta que Marcus no aguantó más y se corrió entre violentos estremecimientos. Hilde hincó las uñas en su torso para poder mantener el equilibrio y siguió saltando sobre su amante, sintiendo como el calor abrasador de su semen desencadenaba un orgasmo tan intenso, que la dejó sin respiración por unos instantes.
Casi desmayada se tumbó sobre él, incapaz de pensar ni moverse, aun con aquel prodigioso miembro derritiéndose en sus entrañas...
Cuando Marcus se fue a su habitación, poco antes del amanecer, Hilde sentía como si un tren la hubiese pasado por encima. Aquel joven era insaciable. La había tomado otras tres veces a lo largo de la noche con la misma intensidad. Ella, en una nube de lujuria, había reaccionado con entusiasmo y ahora no había ninguna parte de su cuerpo que no estuviese magullada o irritada. Se levantó y fue directamente a la ducha, recordando con cada roce y aguijonazo, cada detalle de aquella noche de frenesí desatado.
—Buenos días. —saludó Martin colándose en su despacho sin llamar— ¿Hay novedades de vuestra chica?
Aquel Lord inglés era irritante. Se paseaba por el ala de inteligencia como Pedro por su casa y metía las narices en todos los asuntos, exhibiendo sus credenciales cada vez que alguien intentaba pararle los pies. Douglas había aprendido a tenerlo contento, dándole la información a cuentagotas. No dudaba de la buena voluntad de aquel hombre, pero no sabía hasta qué punto compartía esa información con otras personas. No terminaba de fiarse de aquel dandi de formas tan desenfadadas.
—Poca cosa. Básicamente esperando. Se acerca la próxima fiesta y estamos esperando un nuevo intercambio de mensajes con nuestro contacto...
—La contacto de los comunistas. —le interrumpió el coronel aderezándose el bigote— ¿Qué tal con la Reina Roja?
—¿La Reina Roja? —preguntó Douglas confuso.
—Nadia. En mi sección la llamamos así.
—¡Ah! Muy gracioso. —comentó Douglas sin terminar de comprender aquella manía de poner motes a todo el mundo y preguntándose cuál sería el suyo— De momento se está mostrando bastante civilizada. Veremos cuando la información comience a fluir. —contestó Douglas.
—De hecho, se ha mostrado más colaboradora de lo que esperábamos. —añadió Byron desde su mesa— Creo que el chico le gusta.
—Es una mujer interesante, pero apenas tenemos información de ella. —dijo el coronel inglés— Y cuando nos reunimos, se muestra tan eficaz como fría y distante. Os hemos visto en esa cervecería y parecéis mantener una buena sintonía.
—¿Nos estáis vigilando? —preguntó el Capitán un poco fastidiado por no haber notado el seguimiento, a pesar de haber tomado todas las precauciones posibles para la reunión.
—En realidad la seguimos a ella. Tú de momento no nos interesas. —respondió el coronel con una mueca burlona, mientras se sentaba frente a él y apoyaba sus botas de oficial del ejército inglés, hechas a mano— Bueno si te soy sincero, seguimos a los rusos que la siguen. No te imaginas al nivel de paranoia al que han llegado esos malditos comunistas. Así que, si intentas llevártela al catre, ten en cuenta que vas a tener que compartir las sábanas con un par de robustos hijos de la Madre Rusia.
Douglas soportó con filosofía las bromas, a las que se unió Byron con gusto, consciente de que, cuando recibiese los primeros resultados, el cachondeó acabaría. Dejó que sus compañeros siguieran haciendo bromas mientras pensaba en la oficial del NKVD. Aquella mujer le había impresionado. No solo era bella, también era inteligente. Era obvio que un abismo le separaba, pero cuando estaba con ella, todo parecía sencillo y fácil. Era una negociadora dura, pero podía ser flexible ante un beneficio mutuo. Lo que no entendía era cómo una persona que había demostrado su valía y su compromiso repetidas veces, estuviese siendo vigilada. ¿No se daban cuenta esos borricos que siguiéndola ponían su trabajo en peligro?
Cuando las bromas terminaron, Brighman bajó las piernas y se acercó a él.
—Ahora en serio. Aun no sabemos de qué va esa mujer. Ten mucho cuidado con ella. Por muy simpática que sea, sigue siendo una comunista. Recuerda que nos hemos aliado con Stalin solo porque delante tenemos un hijoputa mayor. Una vez que todo esto acabe, ya verás lo rápido que dejan de invitar esos tarugos a vodka.
—Lo tendré en cuenta. ¿Puedo hacer algo más por ti? —dijo Douglas intentando dar por terminada la conversación.
—En realidad sí que puedes hacer algo, si no es molestia. —respondió Brighman dejándose de rodeos por fin— Ya te he dicho que no sabemos casi nada de Nadia. Si no es molestia, nos gustaría que nos hicieses un informe de cualquier confidencia o comentario que te haga y que nos pueda resultar valioso, así como uno más General dentro de un tiempo, cuando la conozcas un poco mejor; ya sabes, sobre su carácter, sus aficiones y sus puntos débiles... si es que descubres alguno.
—No pienso poner en riesgo esta operación por obtener algún cotilleo, pero si me entero de algo que ella me cuente por propia voluntad o por despiste, te informaré. No lo dudes.
—Estupendo, estupendo. —dijo el coronel poniéndose en pie— Después de todo, aquí estamos para ayudarnos. Por cierto, en el comedor de oficiales hemos montado una pequeña fiesta, ya sabes... un poco de whisky, algo de música y las operadoras del radar que también se quedan hasta tarde... Si tenéis un rato, podéis pasaros.
—Gracias, Martin, pero no creo que podamos. Ya sabes que nuestros horarios son bastante inciertos. Pásatelo bien y toma una copa a nuestra salud.
—Así lo hare. Chao.
*Revista quincenal de propaganda nazi
Este nuevo libro consta de 28 capítulos que iré publicando semanalmente, como siempre, el que no pueda esperar, puede adquirir la historia completa en amazon. Si tenéis algún problema para conseguirla, podéis poneros en contacto conmigo y os facilitaré el enlace.
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