Xtories

Albast.Capítulo 8

Hilde sabe que cada beso con Marcus es un paso más hacia el peligro, pero también hacia la única emoción que le queda. Entre la elegancia de la fiesta y la frialdad de la espionaje, la línea entre el placer y la traición se desvanece.

Alex Blame1.9K vistas9.7· 6 votos
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8

Más que enfadada estaba estupefacta... y muy frustrada. Había esperado aquella fiesta, se había preparado con extremo cuidado, segura de que llamaría la atención de aquel hombre. Pero se había equivocado... y no lo entendía. Viendo a la pareja bailar, una ola de resquemor la envolvía. Aquella mujer había simulado no tener ninguna intención con Marcus y ella se había abierto como una tonta. Todo aquel trabajo para nada.

Lotte se miró a uno de los espejos de la sala de baile. Aquella tarde, mientras se preparaba para la fiesta, le pareció una buena idea y se puso aquel corpiño malva, profusamente bordado, ceñido con lazos rosas para completar el vestido tirolés. Mientras se alisaba la falda de vuelo, justo por debajo de las rodillas, se colocaba las pequeñas mangas de la blusa y el escote, no se imaginaba como Marcus podía no fijarse en ella. Dio un pequeño saltito sobre sus sandalias de tacón y sus pechos ya de por si generosos, atrapados por el corsé, vibraron y se balancearon invitadores, mostrando un profundo canalillo.

Desde que había visto a Marcus, se había enamorado inmediatamente. Aquel era el representante perfecto de la raza aria y desde el primer momento se dijo que aquel hombre sería suyo. Fantaseó durante días, imaginándose a ambos casados y con hijos, cultivando una extensa propiedad en la fértil Ucrania, una vez acabase la guerra. Viviendo de la tierra y colonizando tierras salvajes...

Nunca se imaginó que pudiese tener una rival y menos que esta fuese la mujer con la que se había sincerado. Al ser mayor le había pedido consejo y Hilde, aparentemente, la había tratado con amabilidad y le había aconsejado. Cuando Marcus aparecía, Hilde la dejaba sola y Lotte trataba de iniciar una conversación con él, pero se sentía tonta y pronto perdía el hilo de sus palabras, sumergida en aquellos ojos oscuros. Así que había puesto sus esperanzas en aquella fiesta. El vestido, que resaltaba su generosa anatomía, el alcohol y la música, serían sus aliados.

Fue de las primeras en llegar, cogió una copa de champán de la bandeja que portaba un camarero con librea, para darse valor y esperó la llegada de Marcus. Él no tardó en llegar. Con su elegante traje de gala de oficial de las SS estaba arrebatador. Solo con verle sintió como su sexo se humedecía. Era el hombre más atractivo de la tierra.

Y entonces llegó ella. Llevaba un sencillo, pero elegante vestido de noche de color burdeos, de manga larga, pero con un profundo escote en uve y con una abertura en la falda larga que llegaba hasta el muslo. Al contrario que Lotte, la magia del vestido de Hilde estaba en lo que no enseñaba. Con cada paso, la suave tela del vestido resbalaba, dejando a la vista una porción de pierna que la investigadora controlaba con la longitud de su paso, mientras que sus pechos bailaban libres de la tiranía de un sujetador, vibrando con cada paso, haciendo protuberancia en el líquido tejido y asomando tímidamente por el profundo y estrecho escote. Aquella mujer era la viva imagen de la elegancia y a su lado ella parecía una burda campesina, con aquel vestido tan tradicional y aquel escote que no dejaba nada a la imaginación.

La vista de Marcus, que hasta ese momento había sido solo para ella, se desvió inmediatamente, siguiendo los cadenciosos movimientos de la mujer por la sala de baile. Hilde, ignorándolo, se acercó a ella y charlaron un rato mientras picaban comida del Bufé y bebían champán francés. La sala de baile se fue llenando de uniformes de gala y vestidos de fiesta. Las mujeres eran minoría y salvo Greta, que lucía su uniforme de faena de las SS, el resto se habían vestido dispuestas a no pasar desapercibidas. En cuanto terminó la cena, retiraron la mesa del bufé a uno de los laterales de la estancia y la música comenzó a sonar.

Lotte esperaba que Marcus se le acercase, pero él se aproximó a Hilde y cogiéndola por la cintura la llevó al centro de la sala. Hilde parecía realmente sorprendida, pero halagada, se dejó llevar, acunada por la música y los brazos de Marcus. Lotte los miró con rabia y rechazó a todos los que intentaron bailar con ella durante los dos primeros bailes. Cuando vio que Marcus no parecía dispuesto a cambiar de pareja, finalmente se rindió y aceptó la invitación de un maduro oficial, de rostro circunspecto y pequeño bigotillo al estilo del Führer.

El baile solo la ayudó a evadirse un rato, pero se cansó rápidamente. Afortunadamente la llegada de un grupo de jóvenes de las BDM de los alrededores le ayudó, desviando la atención de su persona de la mayoría masculina. Por fin pudo sentarse a pensar en su situación. Estaba decidida a valorar otros candidatos, cuando Hilde por fin se tomó un descanso. Una joven de las BDM se acercó a ella y se pusieron a charlar. Era el momento y Lotte estaba dispuesta a aprovechar la situación. No iba a esperar a que Marcus se acercase a ella. Cogió dos copas de champán y se acercó a él.

Hilde estaba sorprendida. Había elegido aquel vestido porque era la única prenda de noche que tenía y no esperaba la reacción de Marcus. Se sintió tremendamente halagada por la atención de un hombre varios años más joven que ella, atractivo y en la flor de la vida. En cuanto comenzó a bailar entre sus brazos, las imágenes del cuerpo desnudo de Marcus se le aparecían en la mente. Estaba tan excitada que ni siquiera se dio cuenta de cómo Lotte los observaba. Bailaron un buen rato. El champán y las evoluciones en la pista de baile, unido a la presencia de su compañero, hicieron que se sintiese mareada.

En ese momento llegó un grupo de jóvenes de las BDM y aprovechó para separarse de Marcus y tomarse un descanso. Cogió una copa de champán y se sentó en una silla. Los zapatos de tacón, elegantes, pero muy altos, comenzaban a molestarle.

Una joven que aparentaba poco más de diecisiete años, muy delgada y con tez pálida y pecosa, se acercó a ella.

—¡Qué fiesta más elegante! —exclamó la joven con una sonrisa— Y cuantos hombres... Mmm. ¡Uhh! Perdón, —se disculpó— es la primera vez que asisto a una fiesta como esta.

—En eso estamos empatadas. Es la primera vez para mí también. —replicó Hilde con una sonrisa.

—¿Llevas poco tiempo aquí? —preguntó la joven.

—Apenas unas semanas. —respondió ella.

—Así que estas adaptándote. Caras nuevas, vidas nuevas...

—Sí, a veces es un poco duro. —comentó Hilde poniendo cara de circunstancias.

—Que sepas que no estás sola. Douglas Caterham está siempre pendiente de ti y te da recuerdos. —le susurró al oído.

Hilde se puso rígida y miró a la desconocida. Aquella joven la miraba impávida. Aquello era sangre fría. Antes de que Hilde pudiese preguntarse nada, la joven desconocida se dirigió de nuevo a ella.

—Necesito arreglarme un poco. Llevo peleándome toda la noche con estas malditas trenzas. ¿Puedes guiarme al cuarto de baño?

Hilde recobró la compostura y con una sonrisa le dijo que la llevaría encantada. La joven la cogió de las manos con naturalidad y ambas se dirigieron por un pasillo estrecho hasta los servicios. Con una mirada nerviosa al pasillo, Hilde abrió la puerta del servicio de señoras y empujó a la joven, después de asegurarse de que no las seguía nadie.

El baño estaba tan desierto como el pasillo. Aun así, ambas comprobaron que no hubiese nadie. La joven desconocida sonrió tranquilizadoramente y se presentó.

—Hola, Hilde. Soy Úrsula Haas. —la joven había juntado las manos a la espalda y se presentaba como una colegiala, acentuando aun más su aspecto juvenil— Y me han designado como tu contacto para enviar y recoger información.

Hilde asintió observando a aquella joven. No debía tener mucho más de diecisiete años. El pelo rubio y los ojos grandes y de color castaño la observaban inquisitivos. Hilde tenía muchas preguntas. ¿Cómo diablos una chica tan joven se había hecho espía de los americanos? ¿Y cómo había conseguido colarse entre el selecto grupo de chicas de las BDM que entraban en el castillo? Pero todas aquellas preguntas debían de esperar, o incluso nunca llegarían a ser formuladas. En ningún momento se imaginó que aquello pudiese ser una trampa. Los nazis no eran tan originales.

—Hilde Werner. Encantada.

La joven no esperó y abrazó a Hilde. Estrechó aquel cuerpo alto y huesudo. Olía a jabón y a heno. Justo antes de separarse, Úrsula le pasó las manos por la espalda.

—Oh, que tela tan suave. ¿Es seda?

—Sí —respondió Hilde sorprendida.

—Este vestido te queda genial. Se ciñe a tus curvas como una segunda piel. —su nueva amiga recorrió su cuerpo acariciando y tanteando, haciendo que su cuerpo, ya de por sí excitado por el baile con Marcus, se encendiese aun más.

La joven sonrió al ver como los pezones de Hilde se erizaban y hacían protuberancia el tejido de su vestido. La chica sonrió y con un movimiento rápido, la giró de cara al espejo.

—Mírate... ¡Qué elegante...! Seguro que los hombres de ahí fuera sueñan todas las noches con tener una mujer semejante en sus brazos. —de nuevo la joven deslizó las manos por su cuerpo y de repente con un movimiento rápido coló una por su escote.

Hilde iba a retirar aquella mano intrusa con violencia, pero enseguida notó como deslizaba profundamente su mano hasta colar algo dentro de su faja.

Sin darle tiempo a recomponerse, Úrsula retiró la mano rápidamente y le recompuso el escote.

—Espera un par de minutos antes de salir. —dijo la joven con la eficiencia de alguien acostumbrado a aquellos encuentros clandestinos.

Hilde esperó obediente y se retocó el maquillaje. Cuando volvió a la sala de baile, Úrsula estaba charlando con Wust, con un perfecto gesto de jovencita inocente. Con un escalofrío, Hilde apartó la mirada y la fijó en Marcus, que ahora bailaba con Lotte. La joven investigadora intentaba por todos los medios llamar la atención del joven sobre sus pechos. Hilde los observó y tuvo que contener una sonrisa. Lotte le caía bien, era muy inteligente, pero bastante ingenua. Se notaba que era bastante inexperta a la hora de tratar con los hombres.

—Una velada agradable, ¿verdad? —su jefe se había acercado a saludarla. Su figura menuda resultaba un tanto chocante dentro del tenebroso uniforme de gala de oficial de las SS.

—¡Oh! desde luego, Ludwig. No viene mal un poco de esparcimiento después de tanto trabajo. Durante estas semanas, a veces me he sentido como una monja de clausura.

—¿Me concede este baile? —le preguntó Von Hula.

Hilde sonrió al notar un deje de nerviosismo en su voz y dejó que la llevase a la pista de baile. Al contrario de lo que esperaba, Ludwig se mostró como un notable bailarín. Bailaron un par de piezas y Hilde solo le tuvo que parar una vez cuando la mano de su jefe intentó bajar más allá de la cintura. Bastó una sola mirada. Ella simuló estar un poco turbada al explicarle que él era su jefe y que no le parecía adecuado.

Cuando terminaron, el hombrecillo se despidió con una inclinación y ella sonrió para darle a entender que el incidente había quedado olvidado. Se sentó en una silla y le vio acercarse a un grupo de colegialas de las BDM. Hilde se preguntó si habría hecho bien en rechazarlo. ¿Una espía profesional hubiese alentado a aquel hombre para usarlo como una fuente de información?

Lotte se sentó a su lado interrumpiendo sus pensamientos.

—¡Buff! ¿Cómo haces para pasar toda la noche encaramada a esos tacones? Yo no aguanto los míos. —dijo sin apartar la mirada de Marcus, que estaba debatiendo en una esquina de la sala, con otros dos oficiales de las SS.

—La verdad es que con la edad aprendes a aguantar el dolor y un buen masaje de pies al final de la velada, ayuda. —contestó ella jugando con una copa de champán.

Brindaron y se dedicaron a disfrutar de la música. La medianoche había quedado ya muy atrás y la fiesta comenzaba a decaer. A Lotte se le cerraban los ojos y Hilde fue la que sugirió que era una buena hora para retirarse.

Al levantarse, era evidente que la joven había bebido un poco de más. Hilde la sostuvo por un brazo.

—Lo siento. Estaba nerviosa. Creo que me he pasado con el champán.

—No pasa nada, te acompañaré a tu habitación.

En cuanto entraron en su habitación, la investigadora se dejó caer en la cama vestida y se quedó inmediatamente dormida. Hilde le quitó los zapatos y la arropó con una manta. Cuando salió, Lotte roncaba suavemente.

Cerró la puerta tras de sí y se dirigió a su habitación. Estaba a punto de entrar, cuando Marcus apareció.

—Una gran fiesta. —dijo Marcus al acercarse.

El aroma de su perfume la envolvió, provocando una intensa sensación de placer que recorrió todo su cuerpo. Deseó con toda su alma colgarse del cuello del hombre y ahogar aquella intensa comezón con sus besos.

—Sí. No esperaba que fuese tan animada... Acabó de dejar a Lotte en su habitación... Es una buena chica, pero se ha pasado un poco con la bebida...

—Sí, es una buena chica y muy guapa... —replicó él con aire ausente— Espero que tú no hayas bebido tanto. Mañana tenemos una cita...

—¿Cómo? —preguntó ella con voz temblorosa.

—Saldremos a correr como siempre. ¿No? —preguntó él satisfecho ante la reacción de Hilde.

A continuación, le cogió la mano y se la besó, dejando los labios pegados al dorso un par de segundos más de lo necesario. Ambos se miraron a los ojos. Marcus le cogió de nuevo la mano y esta vez se la llevó a los labios en vez de inclinarse. La besó de nuevo antes de acercarse a ella y besarle esta vez en los labios. Hilde le devolvió el beso. Sus lenguas se juntaron y una oleada de excitación recorrió su cuerpo. Marcus la abrazó y enlazándola por la cintura, la acercó a él. En ese momento sintió crujir el sobre que la joven enlace había deslizado dentro de su ropa interior y apartó a Marcus con un empeñón.

—Lo... Lo siento. —se disculpó Hilde intentando controlar su respiración— No... no puedo...

—¿He hecho algo mal?

—Oh, no. No es culpa tuya. —respondió Hilde poniendo las manos protectoramente delante de su vientre— Es solo que... no sé. Estoy confusa...

Marcus le cogió la mano y esta vez se la estrechó con un gesto de comprensión. Hilde no añadió nada y dejó que Marcus supusiese que estaba confundida. Finalmente quedó para salir a correr a la mañana siguiente y se despidió de ella, antes de dirigirse a su habitación.

Cuando Hilde entró en la habitación, suspiró. Aquel beso aun ardía en sus labios. Estaba segura de que, si no hubiese tenido la carta escondida en su ropa interior, hubiesen terminado en la cama. Hilde soltó el broche que cerraba el vestido y lo dejó caer a sus pies. Se acercó a la cama y se desnudó. Dejo el mensaje sobre la colcha y se fue al baño.

El agua tibia recorrió su cuerpo envolviéndola como un abrazo. Levantó la cara hacia el teléfono de la ducha y cerró los ojos. Sintió el agua golpear su rostro, correr entre sus pechos y escurrir por su vientre y su pubis. Las imágenes de Marcus, inclinándose sobre ella para besarla y acariciándose la polla mientras pensaba en ella, atravesaron su mente como relámpagos. Durante un instante se le pasó por la cabeza masturbarse, pero recordó que había dejado el sobre a la vista y se apresuró a cerrar el grifo y a coger la toalla.

Se sentó sobre la cama y cogió el sobre. Tenía un pequeño lacre. Recordó todo lo que Douglas le había enseñado en aquel cursillo acelerado a orillas del Báltico. Inspeccionó el sobre en busca de pequeños defectos y algún rastro de que hubiese sido manipulado, pero no encontró nada, salvo un pequeño rastro de grasa en uno de los bordes, probablemente por haber estado en contacto con su piel.

Lo abrió y sacó un par de cuartillas en las que venía una misiva con letra pequeña y apretada, como si Douglas hubiese intentado introducir la mayor cantidad de información en el menor espacio posible. La leyó un par de veces con atención:

Hola, Hilde:

Por fin puedo ponerme en contacto contigo. Lo primero que tengo que decirte que estoy... todos estamos alucinados con el éxito de tu infiltración. Sé que no lo haces por nosotros, pero estamos sumamente agradecidos.

A título personal, tengo que decirte que he estado muy preocupado por ti. Sabía cuándo te recluté, que el emisor era lo más adecuado, por su pequeño tamaño, pero el no poder guiarte cuando te infiltraste en esa macabra organización, me ha tenido de los nervios. Me he movido y he pedido favores a todo el mundo. Me ha llevado un tiempo, pero he conseguido por fin abrir un canal para mantener una línea de comunicación abierta.

Podremos responder tus preguntas y tú puedes enviarnos material que hayas recogido. Las pruebas son cruciales para poder apuntalar tus informes.

Úrsula es una buena chica. Al igual que tú, actúa por su propia voluntad, pero es joven y su trabajo es arriesgado y estresante. Si la capturan, podrían usarla como agente doble. Así que para asegurarnos de que toda la información que recibimos a través de ella es verídica y completa, siempre que hagas un envío nos tienes que radiar su contenido.

También quiero que me transcribas el contenido de esta carta en tu próxima a emisión, para asegurarme de que te ha llegado completa.

No tengo mucho espacio para escribir y de momento no tengo más instrucciones que las que te di al principio. Se prudente y no te arriesgues. Tu misión es crucial. Si el material que nos envías es tan bueno como parece, pronto enviaremos una misión especial para acabar con esa siniestra factoría.

Cuídate y confía en nosotros. No te fallaremos. Estoy muy orgulloso de ti.

Afectuosamente

Douglas.

Hilde releyó varias veces el mensaje. No era mucho, pero al menos se sentía más amparada. Sabía que su información estaba siendo útil y que entendían que aquella abominación debía ser destruida. Si necesitaban pruebas, las tendrían.

Guardó la carta con el resto de las pruebas que había recopilado en uno de los pasadizos, se descalzó y se tumbó en la cama. Los pies la estaban matando. Lo único que quería era dormir, pero en cuanto cerró los ojos la imagen de Marcus se materializó en su mente. Una hora después aun seguía quemando aquel beso en sus labios.

La rutina se había establecido con naturalidad y los parroquianos ahora los veían como una joven pareja que quedaba los jueves por la noche para tomar algo y dedicarse miradas acarameladas. Ambos se dedicaban a interpretar su papel mientras hablaban de trabajo. La verdad era que aquella mujer le había sorprendido. Una mirada superficial te daba la impresión de que Nadia era una joven hermosa, pero tan fría como la madre Rusia de la que procedía. Una pieza más de la maquinaria opresora de un régimen sanguinario y una oficial de la organización más siniestra del régimen más siniestro.

Pero no era la persona obtusa y brutal que se esperaba. Tras unas pocas veladas, su opinión sobre ella era totalmente distinta. Nadia había demostrado ser inteligente, comprensiva, una hábil negociadora y una persona cabal. A la hora de negociar, se mostraba dura, pero no inflexible y había demostrado que creía realmente en que el comunismo era el mejor sistema de gobierno y que tarde o temprano, sería la forma de gobierno que propiciaría la hermandad de todos los trabajadores del mundo.

Cuando Douglas le preguntaba qué opinaba de su dirigente supremo, era más cautelosa y decía que en tiempos de crisis había que tomar decisiones rigurosas y que Stalin era el hombre adecuado en aquella situación, con la fuerza de carácter suficiente para llevar a cabo esas decisiones, sin que le temblase la mano. Douglas asentía y fingía creerse aquel discurso, aunque en los ojos de Nadia, leía otra cosa muy distinta.

Aquel día apenas hablaron de trabajo. En realidad, Nadia no tenía mucho de que informar, salvo que su agente había tomado contacto con Hilde y habían intercambiado unas palabras en el baño.

Eso ya lo sabía porque la propia Hilde le había informado por radio del encuentro. También le había transcrito la misiva que le había enviado, para que supiese que los intermediarios no habían modificado ni una coma y le informó de que ya tenía material para entregar en la próxima fiesta.

Sin embargo, Úrsula sí que había informado de algo más valioso. Del estado anímico de la propia Hilde y el informe le tranquilizó bastante. Al parecer, su agente se había comportado con serenidad y frialdad y no había dudado a la hora de contactar con una desconocida. Además, Úrsula informaba de que Hilde se había integrado completamente en aquella comunidad y que había un ingeniero de armamento que parecía bastante interesado en ella. Si Hilde era tan buena como Douglas afirmaba, quizás pudiera convertirlo en su agente.

Douglas pensó en el asunto. Tendría que darle instrucciones sobre ello en el siguiente mensaje y no sabía si sería conveniente arriesgar a Hilde por obtener un poco más de información. Terminaron su cerveza y se levantaron. Fingiendo ser unos amantes especialmente tímidos, se limitaron a cogerse de la mano mientras salían del establecimiento. Fumaron un par de Luckys al abrigo de la niebla y en cuanto doblaron la esquina, sus manos se separaron y cada uno se fue en una dirección distinta. A mitad de la calle, Douglas se giró a tiempo de ver la silueta de Nadia desapareciendo en la perenne niebla de Londres.

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