Xtories

Zorras de despedida de soltera (1 de 4)

El alcohol, el calor y la ausencia de su marido encienden una chispa peligrosa. Cuando sus ojos se cruzan con los de un desconocido en un bar de Mallorca, Rebeca descubre que el pecado sabe a libertad. Esta noche, las reglas cambian.

XimIkrad24K vistas9.2· 27 votos

El taxi ya está esperando en la puerta, el motor encendido, el tiempo corriendo.

Me ajusto la correa de la maleta y miro a Mateo, que está ahí de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Se pasa la mano por la cabeza, recorriendo el escaso cabello que le queda. Lo hace siempre que está nervioso o inseguro.

Lo sé. Lo conozco. Demasiados años juntos.

—¿Estás segura de que es buena idea? —pregunta finalmente.

Ahí está. Sabía que lo diría.

—Cariño… —suspiro—. Es un fin de semana con mis amigas. Nada más.

Él me sostiene la mirada, no muy convencido.

—Ya, pero con Clara organizándolo… —hace un gesto con la mano—. Sabes cómo es.

Sus celos vuelven otra vez. Su fijación con mi mejor amiga es casi enfermiza. Vale que es un poco cabeza loca, y ligera de cascos también, pero debería de confiar más en su mujer.

Levanto la comisura de los labios y niego con la cabeza.

—Mira que eres malo. Nunca me ha fallado desde que la conocí en la universidad.

—No he dicho lo contrario —murmura, con ese tono de fastidio que le sale cuando algo le molesta pero no quiere discutir—. Pero no me digas que no es una mala influencia.

Lo dice con tanta seguridad, con tanta convicción, que me hace sonreír aún más.

—No te pases con ella. Clara es mucha mujer para la mayoría de los hombres, eso es todo.

Él bufa, arruga los morros y mira hacia la calle, donde el taxi sigue esperando.

—Solo… no os descontroléis mucho. En una semana es la boda de Paula, y no querrás que se cancele.

—Lo sé, es solo un fin de semana. El domingo por la tarde estaré de vuelta.

Mi marido levanta los ojos al cielo, en busca de paciencia donde solo hay un par de nubes distraídas.

—No entiendo por qué a todo el mundo le ha dado por organizar despedidas en el mismo maldito sitio —murmura para sí, negando con la cabeza. Después da un largo suspiro, resignado, y se acerca para abrazarme.

Su calor me envuelve, su olor a colonia y suavizante se mezcla con el aire de la tarde. Es familiar. Es seguro.

Llevamos juntos desde que acabamos la universidad, hace más de diez años.

—Te quiero, no lo olvides ¿vale? —dice en un fino hilo de voz contra mi cabello.

—Y yo a ti —respondo sin pensarlo demasiado.

Nos besamos. Un beso breve, tibio y rutinario. Me separo y me giro hacia el taxi.

—¡Vamos, mujerzuela, que el pecado nos espera! —grita Clara desde dentro.

Levanto un dedo hacia mis labios, en dirección a mi amiga, pidiéndole silencio con una sonrisa traviesa. Luego pongo los ojos en blanco mientras me río.

—Ya sabes cómo es. No le hagas ni caso —le digo a mi marido, como si eso bastara para explicar lo inexplicable.

Me doy la vuelta y me subo al coche. Paula me sonríe desde el asiento de al lado, tímida, como si también sintiera que estamos escapando de algo.

Cuando el taxi arranca, no puedo evitar mirar por el retrovisor.

Mateo sigue ahí, parado en la entrada, con los brazos cruzados y los ojos clavados en el suelo.

No sé por qué siempre se preocupa tanto... si sabe que puede confiar en mí.

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—¡Nos lo vamos a pasar de puta madre! —exclama Clara, alzando los brazos en el taxi como si estuviera en una montaña rusa.

Paula suelta una risita, aunque su expresión sigue siendo la de alguien que no está del todo convencida de a qué se ha metido.

Yo solo niego con la cabeza mientras me acomodo en el asiento del coche. Bueno, intento acomodarme.

El cinturón de seguridad parece haberse encogido desde la última vez que monté en un taxi. Me cuesta pasarlo por mis caderas anchas, y cuando finalmente lo abrocho, la tira queda ajustada entre mis pechos generosos, haciéndolo sentir aún más ajustado.

No es que esté gorda, pero mi cuerpo ha cambiado. Mis curvas son más pronunciadas, mis caderas más amplias, mi pecho más pesado. Definitivamente ya no tengo el cuerpo de cuando íbamos a la universidad… pero tampoco estoy segura de que eso sea algo malo.

Clara, en cambio, se abrocha el suyo con facilidad. Claro, su barriga hace de tope natural. Con su cuerpo rechoncho y esas gafas moradas enormes y estrafalarias, siempre ha sido un personaje en sí misma.

Y lo peor es que le encanta.

Y quizás eso es lo que más admiro de ella.

Porque Clara nunca ha intentado encajar en los estándares de nadie. Siempre ha sido así: descarada, exagerada e irreverente. La quiero con locura.

—¿Seguro que Mateo no ha llorado antes de dejarte ir? —pregunta simulando unos pucheros con los puños.

—Muy graciosa —respondo con rintintin.

—Si es que eres una mujer casada y responsable… —pone voz exagerada—. Te estamos llevando por el mal camino.

Paula, a su lado, suspira y se acomoda el pelo rizado detrás de la oreja. Siempre tan callada, tan modosita. Es un milagro que sea nuestra amiga, y más aún que lo sea de Clara.

—No será para tanto, ¿no? —dice la futura casada, como intentando convencerse a sí misma.

Clara la mira fijamente, afila los ojos y esboza una sonrisa pérfida, digna de una villana de Disney.

—Cariño, cuando nos bajemos del avión, dejarás de ser Paula y serás "la novia". —Le guiña un ojo, saboreando el momento—. Y vamos a hacer que te recuerden en toda la isla.

Paula arruga los labios, preocupada. Yo solo miro por la ventana, intentando aguantar las ganas de reír. Conociéndola, y habiéndolo organizado todo Clara, seguro que ha montado algo que no olvidaremos.

Cuando llegamos, el resto del grupo ya está esperando. Un caos de abrazos, grititos de emoción y el clásico repaso a quién ha engordado o envejecido más.

Hay un poco de todo: antiguas compañeras de universidad, excompañeras de piso, amigas del trabajo. Algunas apenas se conocen entre sí, pero eso no importa. En unas horas, todas estarán compartiendo chupitos y secretos inconfesables.

—¡Foto de grupo! —grita una de ellas, sacando el móvil.

Por supuesto. No se puede ir a ninguna parte sin documentarlo en redes.

El vuelo es rápido, apenas un suspiro entre la agitación del aeropuerto y la emoción del destino.

Clara insiste en que brindemos en el avión con los botellines en miniatura. Yo acepto uno, solo para que deje de insistir.

Paula, en cambio, lo rechaza. Qué sorpresa.

—Venga, mujer, si te casas en una semana. —Clara le da un codazo—. Tienes que practicar el trago, que en la boda no vas a poder decir que no.

Paula se ríe, pero sigue aferrada a su botellita de agua como si fuera su amuleto protector.

Yo miro por la ventanilla y dejo que las nubes pasen rápido bajo el ala del avión. Un fin de semana de escapada… No suena tan mal.

Aunque el cansancio del trabajo pesa sobre mí, trato de poner mi mejor cara.

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—¡Dios, qué bochorno! —se queja una de las chicas nada más salir del avión.

El aire caliente de Mallorca nos envuelve en cuanto salimos del aeropuerto, dejando en una suave brisa de verano el de la ciudad condal. El sol, abrasador incluso a última hora de la tarde, nos golpea sin piedad.

—¿Pero qué clase de infierno es este? —vuelve a quejarse la misma chica, abanicándose con la mano.

—Bienvenidas al paraíso, perras —declara Clara, extendiendo los brazos como si estuviera presentando un espectáculo.

Dos furgonetas negras esperan en la entrada, con los conductores apoyados en las puertas, mirándonos con la paciencia de quien está acostumbrado a lidiar con grupos de despedidas de soltera.

Nos subimos rápidamente, agradeciendo el aire acondicionado, y el trayecto se nos pasa entre risas y comentarios sobre quién ronca más fuerte y quién será la primera en acabar borracha esta noche.

—Paula, espero que hayas traído bien preparado el hígado, porque no te vamos a dejar respirar —bromea una de las chicas.

Paula se encoge de hombros y sonríe, con esa expresión que oscila entre la resignación y la emoción.

Cuando llegamos, el murmullo de conversaciones se apaga de golpe.

—Madre mía, esto es impresionante… —empieza a decir alguien.

La casa es enorme y preciosa. Una construcción de dos plantas, con paredes blancas y tejado de tejas rústicas, rodeada por un patio amplio de suelo de piedra. Y en el centro, una piscina azul cristalina que refleja el sol de la tarde como un espejo.

—Joder… —murmuro, bajando las gafas de sol para mirarla mejor—. Ahora entiendo por qué salió tan cara.

—Todo sea por nuestra querida Paula —dice Clara, palmeando a la novia en la espalda con una sonrisa traviesa—. Y esto no es la única sorpresa, chatas.

—¿Qué has hecho? —pregunto, entrecerrando los ojos.

—Nada, nada… ya lo veréis —tararea Clara, agarrando su maleta y entrando como si fuera la dueña de la casa.

Nos repartimos por las habitaciones. Hay suficientes para todas, aunque algunas deciden compartir. Yo me quedo con Clara y Paula, porque sé que si la dejo sola, Clara le hará alguna jugarreta durante la noche.

Después de dejar las maletas y cambiarnos de ropa, bajamos al pueblo para cenar algo y tomar unas primeras copas. Aún queda toda la noche por delante… y nuestra organizadora no ha dejado de sonreír desde que llegamos.

Algo trama.

Y lo peor es que, por primera vez en mucho tiempo, no me molesta no saber qué es.

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El bar está abarrotado. La música rebota contra las paredes de piedra y el aire es una mezcla pegajosa de perfume caro, ron sudado y cuerpos demasiado cerca. Un lugar turístico, lleno de gente que ríe demasiado alto y se bebe las copas como si fueran agua. Huele a verano sucio. A peligro.

Nos instalamos en una mesa grande, cerca de la barra, con buena vista del local. El primer brindis llega rápido.

—¡Por Paula, la última en caer! —grita Clara, alzando su vaso con teatralidad.

Brindamos entre risas. El tequila me arde bajando por la garganta, pero también me despierta un poco. El día ha sido largo. El viaje, eterno. Y sin embargo, ahora empiezo a sentirme más presente.

Mientras las chicas se pelean por pedir otra ronda, dejo que mi mirada vague por el bar, sin mucha intención. Y entonces, lo veo.

Está a solo unos metros. Sentado con una chica rubia despampanante encima. De esas que parecen haber nacido para posar. Pelo oxigenado hasta la raíz, pestañas imposibles, tetas como balones de silicona rebotando con cada risa exagerada. Se le cuelga al cuello con descaro, como si fuera su juguete personal.

Pero no es ella lo que me llama la atención. Es él.

Rubio platino, el pelo revuelto como si acabara de salir de la playa con resaca. Camisa abierta, bronceado perfecto, y un torso que apenas se insinúa… lo suficiente para que parezca que no le importa. Collarcito dorado. Postura de no tener prisa por nada. El típico malote.

Y me suena. No de conocerlo, o sí, parece… de otro tiempo. De otra vida.

De cuando tenía veinte años y me encantaban los imbéciles como él.

De los que sabes que te van a hacer daño, pero igual te dejas. Porque brillan fuerte. Porque queman. Porque son gasolina.

Pero ya no soy esa. He madurado. Estoy casada. Estoy bien. O eso me repito.

Entorno los ojos sin querer. Él tiene la mano sobre el muslo de la chica… y luego, sin el menor disimulo, le mete la mano por debajo de la falda. Ella suelta una risita aguda y se inclina hacia él, pero es evidente lo que está haciendo. La mano se mueve. El brazo, tenso. Ella abre las piernas un poco más. Nadie alrededor parece inmutarse.

Y es entonces cuando él levanta la vista.

Me mira. Directo. Como si ya supiera que lo estoy mirando. Como si supiera que soy una voyeur.

No aparta la mirada. Ni un segundo.

Me sostiene los ojos con descaro, como si me reconociera también. No como persona. Como tipo de mujer.

Sus pupilas, verdes, profundas, tienen algo depredador. No una invitación: una afirmación. Una provocación abierta. Como si su dedo dentro de esa chica fuera un mensaje para mí.

Como si dijera: “Esta también podrías ser tú.”

Y lo peor es que… mi cuerpo responde. Me arde la piel, de golpe. La incomodidad me atraviesa, caliente. No es deseo, quiero pensar. Es rabia. Desprecio. Asco.

Pero no aparto la vista. No todavía. Sonríe. Lento. Una de esas sonrisas que no se aprenden, se nacen con ellas. Y luego me guiña un ojo. Como si cerrara el círculo.

Ahí sí, giro la cara. Me escudo en la copa, avergonzada de mí misma. De mi cuerpo. De lo que me ha hecho sentir un completo desconocido que claramente no tiene escrúpulos.

—¿Rebe? —me dice Paula, frunciendo el ceño—. Te has quedado colgada.

—¿Qué? No, qué va… solo estaba mirando —miento, llevándome el vaso a los labios.

No es nada.

No es nada.

Pero sé que no es verdad.

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De vuelta en la casa, el silencio lo inunda todo, solo interrumpido por los pasos lentos de las chicas, alguna risa suelta y las puertas cerrándose una a una. Estoy agotada, con las piernas entumecidas del alcohol, pero algo en mí sigue despierto. No logro apagar el fuego que me recorre por dentro. Me tumbo en la cama, pero mi cuerpo no coopera: el calor me sube desde el vientre hasta los pezones, duros, sensibles bajo el pijama. La entrepierna palpita con una humedad incómoda.

No quiero admitirlo, pero me siento caliente.

Jodidamente caliente.

¿Será el alcohol? ¿Será la copa de más? Me digo que sí, aunque en el fondo sé que no es verdad. Cierro los ojos y la imagen del tipo del bar se cuela de nuevo. Ese chulo de mierda. Su sonrisa ladina. Su mano hundiéndose bajo la falda de la rubia como si el mundo entero le perteneciera. Me revuelvo, inquieta, con el pulso acelerado. No debería estar pensando en eso. Así que busco una distracción.

Marco a Mateo por videollamada.

—Hola, amor —responde al instante. Tiene la cara hundida en la almohada, despeinado, la voz pegajosa de sueño, y esa sonrisa blanda de siempre.

—¿Ya en la cama?

Asiente. Me cuenta algo del trabajo, de lo cansado que está, de lo mucho que me echa de menos. Yo lo escucho... pero no. Porque mientras habla, me desabrocho la parte de arriba del pijama. Bajo la tela con calma, dejando que uno de los tirantes caiga por el hombro.

Y cuando sus ojos bajan por la pantalla, lo sé. Su atención es mía.

—He bebido un poco… y me siento… como… acalorada —digo, en voz baja, como si fuera un secreto.

Sus pupilas se oscurecen al instante. Cambia el ritmo de su respiración. Ya no sonríe.

—¿Ah, sí?

—Sí… ya sabes cómo me pongo.

Deslizo los dedos por el escote. Me abro la camisa despacio, dejando ver uno de los pechos. La areola se marca, la piel se me eriza. Llevo la mano hasta la cinturilla del pantalón, meto los dedos apenas por debajo. Me rozo el clítoris con la yema.

—Rebeca…

—¿Te gustaría estar aquí?

—Joder, claro que sí…

Él ya jadea. Baja la cámara.

Su polla aparece en la pantalla. Está dura. Ansiosa. No es gran cosa, pero siempre me ha bastado. Como siempre que juego con él.

—Mira cómo estoy —susurro, apartando las braguitas con un dedo—. ¿Ves eso? Mojadita. Pero esta vez solo miras. Por desconfiado.

Me acaricio con dos dedos, lento, marcando cada movimiento. Paso por los labios, húmedos, resbaladizos, me toco el clítoris sintiendo el cosquilleo sobre el vello recién recortado, aún suave al tacto, lo aprieto. Luego me llevo los dedos a la boca. Chupo. Lo hago despacio, sin apartar la mirada de la cámara.

La frase le excita aún más. Gime. Se mueve con fuerza. Pero no dura mucho.

—¡Joder…! —jadea, y de pronto se le tensan las venas del cuello—. No puedo más…

Se corre. Se corre rápido. Mancha las sábanas y gime como un crío. La cámara se tambalea. Su cara no se ve. Me quedo quieta, la mano entre las piernas, a medio camino del placer.

Fuerzo una sonrisa vacía.

—No pasa nada, amor. Descansa.

—Perdón… estoy medio dormido.

—Tranquilo, sigue durmiendo.

Cuelgo. Y en cuanto la pantalla se apaga, me cae el alma al suelo. El calor sigue ahí. La humedad entre las piernas se ha vuelto insoportable. Me arden los muslos, me palpita la pepitilla.

Abro las piernas. Meto la mano dentro de las braguitas, viscosas como si me hubiera meado encima. Me froto el clítoris con movimientos circulares, con rabia, con desesperación. Cierro los ojos. Y no pienso en Mateo.

Pienso en el bar.

En él.

En esa sonrisa torcida. En su dedo colándose entre las piernas de la otra. En cómo me miraba mientras lo hacía. En cómo no apartaba los ojos de mí mientras la follaba con la mano.

Y de pronto, ya no soy yo.

Soy ella.

Estoy en esa silla.

Su mano sube por mi muslo, y entra sin preguntar. Dos dedos, tal vez tres, me abren sin esfuerzo, con ese gesto sucio y directo que no busca permiso, solo respuesta. Y la tiene. Siento cómo me hurga por dentro, cómo explora con movimientos decididos, profundos, como si supiera exactamente dónde tocar.

El ruido del chapoteo lo llena todo, húmedo, obsceno, amplificado por el silencio de la habitación. Mis caderas empiezan a moverse solas, se arquean buscando más, queriendo clavarse sus dedos aún más adentro. Me lo doy. Me empujo contra ellos, con hambre, con desesperación. Su mirada me perfora, y sé que le gusta verme así: abierta, empapada, temblando. Estoy segura.

Gimo. Fuerte. Un sonido roto, sin filtro. Me estremezco. El nudo en mi vientre se aprieta, cargado de electricidad. Está a punto de romperse. De arrastrarme con él.

Estoy a punto. Lo siento en la garganta, en las piernas, en el puto temblor de dlos dedos. Me rompo. Me rompo.

Pero…

¡La puerta se abre de golpe!

—¡Rebe! —Clara entra como un huracán, sin llamar, sin respeto, como si la intimidad fuera un mito inventado.

Doy un salto. Me aparto la mano como si me quemara. El cuerpo me tiembla, la respiración entrecortada, la humedad sigue pegada a mis dedos y a mi ropa interior como pegamento.

—¡Joder, tía! ¡¿Quieres llamar antes de entrar?! —le grito con el corazón atascado en la boca, tratando de recuperar el control, de taparme aunque ya da igual.

—Uy, perdona… —dice ella, con esa sonrisilla asquerosa que no es nada inocente—. ¿Estabas en modo “dedito mágico”?

—Clara, vete a la mierda —le espeto, roja, con la voz hecha trizas mientras intento recolocarme, aunque nada va a disimular lo que estaba haciendo.

Ella ni se inmuta. Se tira sobre la cama con el desparpajo de quien no ve nada raro en encontrar a su amiga a punto de correrse sola.

Agarra una almohada.

—Tranquila, reina. Solo digo que si vas a poner así la habitación… avisa. Para traer toallitas.

Le lanzo un cojín directo a la cara. Le da de lleno. Ella se ríe sin culpa, con los ojos brillando.

Yo me tumbo otra vez, de espaldas, deseando desaparecer en las sábanas. El clímax que no llegó me sigue punzando. Me duele. Como si me lo hubieran arrancado en seco.

Clara me mira de reojo mientras se levanta y suelta, con esa voz suya de canto afilado:

—Es bonito, ¿sabes? Ver a la Rebe de la uni otra vez.

—Lárgate ya —murmuro sin abrir los ojos, deseando que lo diga en broma, pero sabiendo que no.

Ella se ríe. Apaga la luz. Y se va como vino, sin disculpas.

Yo cierro los ojos. Pero dormir no es opción. No así. No con el cuerpo encendido, el pulso roto, el coño latiendo por un orgasmo robado.

Yo cierro los ojos.

Y todo por culpa de un cabrón sin nombre que todavía me arde entre las piernas.

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El sol ya golpea con fuerza cuando bajo a la cocina. El calor es sofocante, incluso dentro de la casa, donde las paredes gruesas apenas logran frenar el aire denso que se pega a la piel.

Las chicas están desperdigadas, medio dormidas, despeinadas, con camisetas holgadas y ojos hinchados. El ambiente huele a café, sudor y resaca.

Menos nuestra organizadora, claro.

—¡Buenos días, golfas! —canta con una alegría criminal.

Algunas gruñen, otras se ocultan bajo sus tazas. Paula directamente se arrastra hasta la mesa y apoya la cara sobre los brazos.

—Dios… —susurro, bebiendo un sorbo de café negro—. Esta mujer no tiene alma.

Clara desaparece por unos segundos y vuelve cargando un montón de camisetas blancas, enrolladas como panecillos.

—Atención, preciosas. Hora del uniforme.

Nos lanza una a cada una. Son diminutas. Blancas, ceñidas, con letras rosas en el pecho:

“Despedida de soltera”

Y justo en el centro, una caricatura de Paula con una corona y cara de borracha. Debajo, en una tipografía cursi, el mote de cada una bordado con vinilo brillante.

—Y aviso desde ya —añade Clara, levantando un dedo como si dictara sentencia—: está prohibido llevar sujetador. La tela es fina por algo. Que se note que estamos vivas, coño.

Las chicas sueltan risas, algunas más escandalizadas que otras. Yo me quedo mirando la camiseta con una ceja en alto.

—Estás enferma —murmura Paula, horrorizada.

—Y feliz —responde Clara, sacando de una bolsa unas orejitas de conejo, una banda con brillo y una varita con forma de polla—. Todo para la novia.

—¿Y los pantalones? —pregunta alguien.

Clara saca otro puñado de ropa y la lanza como si repartiera caramelos.

—Shorts vaqueros. Cortos. Apretados. Criminales.

Cuando me los pruebo en la habitación, casi me da un puto infarto.

La camiseta es blanca, fina como papel mojado. Me abraza el cuerpo como si quisiera tragárselo. Los pezones se marcan duros, descarados, tan tensos que parece que piden salir. El escote no enseña mucho, pero la tela lo compensa dejando a la vista todo lo demás: la forma de los pechos, la hendidura entre las costillas, la piel caliente pegándose al algodón.

Y los shorts… joder, los shorts.

Suben como si me los metiera con calzador. El vaquero me muerde la carne. No la cubre, la marca. Cada paso que doy me sube la tela más, hasta que siento el roce en el pliegue exacto, ese donde empieza la humedad cuando te calientas. El culo me rebota dentro como si tuviera vida propia, prieto, redondo, empujando contra la costura como si quisiera escapar.

Me miro en el espejo. El dibujo estampado en la camiseta me saca una mueca. Abajo pone: “Rebe”.

Genial. Como si no bastara con ir disfrazada de puta del infierno, ahora también llevo el nombre de pila en la teta.

Parezco una versión de mí misma después de cruzar tres fronteras y un club de striptease. Como si alguien hubiera cogido a la Rebeca de siempre y le hubiera puesto ganas de pecar.

Y lo peor es que… me miro. Y me gusto.

Bajo al salón con las piernas al aire y la espalda empapada de sudor. Clara me silba.

—¡Estás de muerte! Hoy sí que vas a romper cuellos.

—Eres idiota.

—Y tú estás buenísima. Vive con ello.

Salimos. El calor fuera es insoportable. El sol cae como plomo líquido. Cada paso es un castigo. La ropa se me pega al cuerpo como si me hubieran envuelto en papel film mojado. Caminamos por el puerto, nos sacamos fotos con sonrisas más grandes de lo normal, reímos demasiado alto. Pero cuando vemos un bar con aire acondicionado, casi corremos.

Nada más cruzar la puerta, una ráfaga de aire helado me corta el aliento. Me azota los muslos sudados, el cuello mojado, las ingles húmedas. Pero lo peor es el efecto en los pezones.

El frío me atraviesa el pecho como un cuchillo. Siento cómo se me endurecen al instante, rígidos y expuestos. La camiseta no oculta nada. Se marcan. Se notan. Se ofrecen.

Trago saliva. Nadie debería estar mirando. Nadie debería tener permiso. Pero cruzo los brazos. Instinto estúpido. No sirve de nada.

Me acerco a la barra sin pensar. Me hace falta una copa, un muro, algo que me salve del calor… y de mí. Pido lo primero que se me ocurre.

Y entonces…

—Ah, no… —dice Clara, mirando al fondo del local.

La sigo con la mirada.

Un grupo de chicos. Voces altas. Camisetas con frases absurdas de despedida de soltero. Sonrientes. Borrachos. El aire huele a ginebra, desodorante barato y testosterona flotando como gas venenoso.

—Clara, no. —Paula ya lo ve venir.

—Clara, sí.

Se sube a una silla, levanta su copa y golpea con una cuchara.

—¡Atención! ¡Colisión de despedidas!

El bar sube diez niveles de volumen. Las chicas chillan. Los chicos silban. Un jaleo delicioso.

—Nueva regla: cada una tiene que conseguir el número de uno de ellos. Si no… —saca una diadema con una polla gigante—. Esta es su corona. Por el resto del día.

Yo niego con la cabeza de inmediato.

—Ni loca.

—Entonces ya puedes coronarte, cariño.

Mierda.

Barro la sala con los ojos. Solo necesito un número. Cualquiera.

Uno de ellos. Apoyado contra la pared, copa en mano. Camisa negra abierta hasta el esternón. Piel dorada, sonrisa perezosa. Lo reconozco de inmediato.

El rubio platino.

El que ayer me miró como si supiera cómo huelo entre las piernas.

Y como si me hubiera olido de nuevo, levanta la vista.

Me ve, y se ríe. Empieza a caminar hacia mí. Con esa seguridad tatuada en sus facciones.

Yo me adelanto. Cuanto antes termine esto, mejor.

—Dame tu número.

Se planta frente a mí. Alto. Insolente. La piel del cuello brilla de sudor. Huele a calor y a algo que no sé cómo nombrar.

—¿Ya pidiéndome el número sin presentarnos? Me encantas.

—No estoy aquí para encantarte. Solo para cumplir la regla.

Su mirada recorre mi cuerpo como si me estuviera lamiendo con los ojos. Baja por mi escote, se desliza por la cintura, se clava en los muslos.

—Llevas esa camiseta como si te la hubieran cosido sobre la piel. ¿Sabes lo que pensé cuando te vi entrar?

—No quiero saberlo.

—Que si fueras mía, no saldrías vestida así de casa. O saldrías… pero volverías con las piernas temblando y las bragas en el bolso.

—¿Siempre eres así de idiota o solo cuando la sangre se te va al rabo?

—Solo cuando me apetece —sonríe, tranquilo, como si ya supiera que me está desarmando—. Y contigo me apetece.

—Mira, como te llames…

—Leo —me corta, dando un paso más. Me invade. Su voz baja justo cuando su aliento roza mi oreja—. Pero si te da el punto… esta noche puedes gritarme como quieras.

Mi estómago se encoge. El tono, el calor, la cercanía. Todo en su puta voz me provoca un escalofrío que me recorre la espalda.

Me aparto. Fría. O al menos lo intento.

—Perfecto. Pues mira, Leo —repito su nombre con veneno, como si al pronunciarlo pudiera expulsarlo de mi cuerpo—, esto es un juego. No quiero nada. No me interesas.

—No lo digo por mal. No quiero meterte en líos. Solo creo que podrías pasártelo de puta madre si dejaras de fingir.

—¿Fingir qué?

—Que no te gusto. —Su voz baja, más grave, más densa—. Que no te dan ganas de probar qué tan compatibles somos: tú con esas piernas interminables y ese culo que pide manos, y yo con esto —se agarra el paquete con descaro, apretando con los dedos sobre el pantalón. La forma se marca. Grande. Prometedora. Y sí, mis ojos se van un segundo antes de que pueda evitarlo—, ideal para volverte adicta.

Abro la boca, lista para soltarle algo. Pero no sale nada. Porque mi cuerpo no me acompaña. Porque él lo sabe. Y eso me jode más que todo.

No entiendo cómo este cabrón, este sinvergüenza absoluto, puede hablarme así y que yo no le cruce la cara de un guantazo.

No lo entiendo.

Pero tampoco me muevo.

—Te apunto el móvil —dice, estirando la mano como si tuviera todo el derecho.

Se lo paso. De mala gana. Pero se lo paso.

Y en menos de un segundo ya está marcando. La llamada suena. Sonríe mientras guarda el contacto.

—¿Qué haces? —le espeto, intentando arrebatárselo.

—Ya está —dice, devolviéndomelo—. Ahora también te tengo yo. Para cuando digas que no me recuerdas.

—¿Y quién coño te dio permiso para eso?

—No necesito pedirlo —responde sin inmutarse—. Tú me tienes. Yo te tengo. Y si de verdad te molesta, bórrame. Aunque sé que no lo vas a hacer.

Aprieto los labios. La ira me sube en oleadas, junto con algo que no debería estar ahí: calor entre las piernas.

No. No le voy a dar el gusto.

—No hace falta. Adiós —le escupo, girándome.

—Hasta luego, Rebe —pronuncia, alargando la “r” como si la saboreara. No intenta detenerme. Pero su voz me acaricia la espalda—. Me encanta cuando te haces la enfadada… se te marcan más los pómulos.

Camino con paso decidido, negándome a girarme, como si me resbalara todo. Pero siento su mirada clavada, abrasándome la espalda, bajando lento… deteniéndose justo donde la tela deja de tapar y empieza a insinuar.

Y yo… yo meneo las caderas con más descaro del que debería. Al principio sin querer. Luego… no tanto. Cada paso hace que el culo me rebote con fuerza, redondo y marcado, como si supiera que él lo está siguiendo con los ojos. La tela se tensa, se mete entre las nalgas, y me convierte en un espectáculo andante.

Una provocación sin palabras.

Antes de que llegue a mi mesa, lo oigo. Bajito. Soterrado bajo el ruido del bar. Como una promesa sucia e inevitable:

—Sigue caminando así… y verás.

No me detengo. No me giro. Ni siquiera le contesto.

Pero la frase me atraviesa como una descarga. Me eriza la espalda, me tensa el vientre, me pone duros los pezones bajo la tela fina. Y sin pensar, me ajusto los shorts, subiéndolos apenas con los pulgares, marcando aún más los glúteos con cada paso. Una respuesta muda. Una invitación negada en voz alta. Más quisieras tocarme tú.

Porque, aunque me fastidie, hay algo en sus palabras que me hace sonreír cuando ya estoy fuera de su vista.

Y lo peor es que me gusta demasiado esa maldita sensación.

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