Salvando a Livia: Capítulos(6 y 7)
La prensa ha destrozado su reputación, pero el peligro real acaba de irrumpir en la mansión. Entre el sexo en el escritorio y las balas cruzadas, Montiel y Lola descubren que salvar a Aníbal podría costarles la vida.
6. ESTRATEGIAS
DIARIO EL REGIOMONTANO
Monterrey Nuevo León
Domingo 4 de junio
#ÚLTIMAHORA
ANÍBAL ABASCAL ACUSADO DE ASESINATO, CORRUPCIÓN, Y NEXOS CON EL CRIMEN ORGANIZADO.
Tras los recientes acontecimientos sucedidos el día de ayer durante la convención final en la Torre de La Sede del partido conservador Alianza Por México, donde el candidato a la presidencia municipal de Monterrey Nuevo León, el doctor y ex coronel Aníbal Augusto Abascal y Bárcenas, fue exhibido como amante de diversas mujeres reconocidas de la socialité regiomontana, entre las que destaca Livia Aldama, la prometida de su hijo putativo Jorge Enrique Soto Galvin, (y ella quien fungiera como su asesora principal de prensa) ha trascendido que también fue señalado de ser miembro fundador de una supuesta Logia llamada “Los Baroneses”, aunado a una grave acusación de corrupción, de intento de asesinato contra su esposa doña Raquel Soto de Abascal, además de implicársele con la muerte de nuestro periodista Gilberto Serrano, y de un tal Felipe N, así como de tener presuntos nexos con grupos delictivos (el Cártel de Los Rojos, liderado por el Tártaro).
Ante este escándalo que se ha vuelto mediático durante las últimas horas, el departamento de prensa del partido ha anunciado la destitución y expulsión inmediata del Candidato, y han dado a conocer, a través de un comunicado, que se ha iniciado una carpeta de investigación para deslinde de responsabilidades.
La Comisión Estatal Electoral de Nuevo León ha aceptado el recurso de reemplazo, para que la doctora Olga María Erdinia Estrada asuma la candidatura en las elecciones que se están llevando a cabo el día de hoy, aun si el nombre del acusado continuará apareciendo en la boleta.
Se sabe que se ha interpuesto una denuncia penal por los delitos antes mencionados contra Aníbal Abascal, ante la fiscalía del Estado de Nuevo León, y se espera que sea detenido en las próximas horas.
Por su parte, el equipo de defensoría del doctor Abascal ha negado todos los señalamientos, y ha adelantado que impondrá una denuncia por difamación y daño moral ante quien resulte responsable.
Asimismo, la madrugada de este domingo se ha reportado un incendio que ha derruido la mansión Soto, la famosa finca centenaria que databa de finales del siglo XIX.
Aún no hay una postura oficial sobre el atentado terrorista ocurrido esta mañana en las inmediaciones de la Torre de La Sede, sólo se sabe que se ha desplegado a la Guardia Nacional para evitar un sabotaje durante las accidentadas elecciones de hoy.
Y siguiendo la misma línea de información; fuentes fidedignas han afirmado a nuestra redacción la presunta desaparición de Jorge Soto y de la señorita Renata de Valadez.
El equipo de redacción de El Diario Regiomontano, envía sus más sentidas condolencias a la familia Abascal Soto, por el sensible fallecimiento de la señorita Ximena Abascal, cuyos funerales se están llevando a cabo en privado en la Capilla de Santa Clara en la Mansión Abascal.
Seguiremos informando.
MONTERREY, NUEVO LEÓN
Domingo 4 de junio
El hombre de traje negro, que no debía rebasar los cuarenta años de edad, ingresó con pasos férreos a la antigua sala de cabildo del Palacio de Gobierno, donde ya lo esperaba el Secretario General de Nuevo León, don Alfredo Fuentes, un hombre gordo, grande, y de ojos pequeños que había estado a la expectativa de su llegada.
El hombre de traje negro, erguido, alto, complexión mediana y formal, se presentó como «Miguel Montiel, abogado y apoderado legal del doctor Abascal» y se arrellanó en una de las poltronas vacías de la mesa redonda en la que se hallaban dos importantes Secretarios de Estado más; el Secretario de Finanzas y Tesorería General del Estado, Marco Antonio Mendoza y el General de la Fiscalía General de Justicia, don Luis Sepúlveda.
Los secretarios de estado en otros países son llamados «Ministros», y el segundo en importancia en esa mesa era don Alfredo Fuentes, quien disculpó la ausencia del Gobernador por no estar presente.
Hablaron durante mucho tiempo sobre un tema en particular que el abogado de Aníbal Abascal, Miguel Montiel, puso sobre la mesa. Los secretarios hacían anotaciones en sus libretas, y de vez en cuando miraban, irresolutos, al abogado de Abascal, que exponía de manera perentoria la necesidad de impedir que su cliente pisara la cárcel bajo ninguna circunstancia.
La tensión del salón se hizo evidente cuando el Secretario General indicó, con eufemismos, que en el gobierno actual del Estado de Nuevo León, no había cabida a la corrupción, ni preferencias a los aristócratas de Monterrey ni mucho menos influyentismos, argumento que Montiel tomó como ofensivo.
Al mediodía, el abogado Montiel se reunió con Lola en una cafetería del paseo Santa Lucía, cerca de un lago cristalino, en cuyos botes pasaban algunas familias. La mujer apareció vestida con un traje negro tipo ejecutivo que estilizaba su figura. Montiel y ella se dieron dos besos en las mejillas y luego se sentaron uno frente al otro.
Los nubarrones veraniegos seguían inundando los confines del cielo, y la atmósfera incendiaria en un día de votaciones para la Presidencia de Monterrey, se dejaba entrever por donde quiera.
—¿Cómo te fue, Montiel? —quiso saber Lola, pidiendo al camarero una infusión de manzanilla.
Inquieta, expectante, nerviosa. A cada instante miraba con su espejo de mano la pulcritud del labial que barnizaba sus labios, y de tanto en tanto acomodaba dentro de su blusa escotada las dos sugerentes tetas que Aníbal le había hecho ponerse tiempo atrás.
—Como era de esperarse, Lola, el Gobernador no se presentó, en su lugar delegó la reunión a vulgares miembros importantes de su gabinete, los cuales se mostraron renuentes y pedantes. Me trasmitieron la preocupación del Gobernador en todo lo que ha ocurrido, y me dieron a entender que harán poco, y encima, a regañadientes —explicó Montiel, resoplando, pidiendo una botella de vino y sacando de su cajetilla un Marlboro—. Maldita pérdida de tiempo.
—Al grano, Montiel. ¿Nos ayudarán o no?
Lola permanecía en un estado de alerta ante cada movimiento extraño que pasaba a su alrededor.
Esa mañana había detonado una bomba a las afueras de La Sede, provocando grandes destrozos, aunque ninguna víctima mortal. La gente de Abascal pensaba que era una advertencia del cártel de Los Rojos que, al enterarse, por la información filtrada el día anterior, de los nexos de Aníbal con Heinrich Miller, habían pretendido enviar un mensaje amenazador.
Los Rojos eran enemigos naturales del afroamericano y su gente, y la revelación de que Aníbal tenía nexos con éstos la debían de haber tomado como una alta traición.
—De momento sí, Lola. Parece que nos ayudarán. Pero como te digo, yo no me fiaría del todo. Hay muchos intereses de por medio. No les convienen los escándalos. El Gobernador está en una posición de «cero tolerancia a la corrupción» y aun si Abascal ha sido un hombre respetable al menos en la opinión pública, sin un escándalo de esta naturaleza que le precediera, desde ayer su imagen se ha puesto en tela de juicio.
—¿Qué significa eso, Montiel?
—Significa que tenemos que implementar el «plan b», Lola, o al menos tenerlo a la mano para cualquier urgencia. Un plan de contingencia. Nuestras mejores amigas en estos momentos serán las estrategias extraordinarias que se habían pensado para una eventualidad de esta magnitud. Hay mucha gente involucrada en todo esto y el gobierno no quiere mancharse las manos. Creen que Aníbal caerá, y no quieren arriesgarse a ayudarlo y luego quedar como «cómplices de delincuentes.» Dudo que Abascal vaya a salir bien librado de esta si no somos inteligentes.
Lola sorbió otro largo trago a la manzanilla y entrecerró los ojos, preocupada. Montiel miró los senos de la amante de Abascal e imaginó la sensación que debería sentirse tener su polla aplastada entre ellos.
—Montiel, recuerda que si Abascal cae, nosotros también caeremos con él.
Montiel lo sabía, no había necesidad de que nadie se lo dijera. Abrió la botella de vino con un semblante tenso en su rostro. Todo se complicaba en grandes proporciones. La ansiedad los agobiaba. Nada estaba saliendo como querían.
—Lo sé, por eso es imperativo que hagamos lo que esté en nuestras manos para salir victoriosos. Se tramitó un amparo y muchas frenos judiciales, pero habrá que ver qué tanta influencia tenemos. De momento ya está lista la casa de seguridad allá, en la Sierra Madre Occidental. Abascal estará completamente aislado en la fortaleza. Incluso los helicópteros y las dos avionetas se encuentran preparadas para cualquier imprevisto, solo están terminando de bloquear los radares para evitar rastreos.
”Esta mañana el Tamayo y Dumbela se encargaron de contratar a veinte sicarios adicionales de confianza, los cuales ya se encuentran en capacitación. También está en proceso una adquisición de armamento de uso militar, la recogerán mañana en la frontera, en El Paso Texas. Pero Lola, todo esto está costando mucho dinero, y si congelan las cuentas de Abascal, todo se irá a la mierda.
—Por eso ya se está trabajando en eso, Montiel, para vaciar sus cuentas a la brevedad.
—Ya incluso hemos barajado la posibilidad de pedir ayuda a Domenico Ricci; el líder de un poderosa familia italiana que opera desde Sicilia. Aníbal y él tienen una historia de años.
—¿Y Los Romano? —preguntó Lola—. Oí que también habían pensado en aliarse con Nerón.
—No. Si Los Romano entran a territorio norteño, se arma una guerra infernal. No hay que provocar al Tártaro más de lo que ya no lo hemos provocado.
—Pero no queda de otra. Como digo, si Aníbal no se hubiera metido con esa puta nada de esto estuviera pasando —renegó Lola con un gesto de impotencia, apretando los dientes, volviéndose acomodar los senos color canela dentro de la blusa.
Montiel suspiró.
—Si no hubiera sido por esa muchacha, de todos modos Aníbal habría caído gracias a la cagada de tu marido, Lola, que al parecer fue una de las cabecillas en su caía en desgracia. ¿Cómo pudiste ser tan estúpida para no haberte dado cuenta de que te había descubierto? Pero si hasta Aníbal se acostaba contigo estando tu marido a metros de distancia, ¿de veras piensas que Ezequiel, con sus credenciales, era tan imbécil para no advertirlo? Fueron unos verdaderos pendejos, los dos. Al final resultó que Valentino tenía razón cuando desconfiaba de él. Y, hablando del Lobo, ¿se ha sabido algo de él?
—Nada. El grandioso Lobo debe de estar escondido, el cobarde. Y ahora que ha salido a la luz toda esta mierda, Valentino se meterá en la alcantarilla más profunda, como la rata que es.
—El que debe de esconderse en la alcantarilla más profunda que encuentre es el cornudo de tu marido, Lola, porque lo que hizo no se exculpa así como así.
—¡Ya no me hables de Ezequiel, que me aterra que Aníbal le haga algo!
—¿Qué esperas que haga con tu marido?, ¿que lo guarde en una cajita musical y que lo ponga a bailar cada vez que la abra? Ezequiel se metió con el hombre equivocado, Lola, y cuando tú te metiste con Abascal sabías a lo que te estabas exponiendo.
”De momento tu marido tiene suerte de que Aníbal esté incapacitado anímicamente, por este duelo que vive por lo de su hija, o te aseguro que ahora mismo sus vísceras ya estuvieran esparcidas por todo Monterrey. Aun así, toma en cuenta que el sufrimiento de Aníbal no será para siempre. Se erguirá de nuevo y tendremos todos a un verdadero león, dispuesto a convertirse en la peor bestia que hayas conocido. Dispuesto a cobrar venganza.
Lola volvió a gimotear, estremeciéndose, desesperada.
—Aníbal tiene que cambiar a través de esta terrible experiencia que está viviendo —dijo esperanzada—, toda esta mierda que le ha ocurrido tiene que haberle servido de algo. Ha perdido a su hija más amada, Montiel. Si esto no lo hace mejor persona, entonces yo no sé qué lo hará.
El apoderado de Aníbal, Miguel Montiel, dio una calada a su cigarrillo, dejó un mensaje de whatsapp a su esposa Alicia, que había sido elegida para funcionaria de casilla, y respondió a Lola:
—Aníbal es un hombre vengativo. Se ha muerto su hija, quien era todo para él. La otra lo ha rechazado como su padre públicamente, y su esposa no tarda en ponerle una denuncia penal por intento de asesinato. No, Lola. Él no se conformará. Buscará culpables, y tu marido es uno de los principales. Cuando todo esto haya pasado, se desquitará. Mejor que se esconda Ezequiel debajo del culo de un elefante, y que con él se lleve a todo lo que le quede de familia. A todos, excepto a ti, que si sigues con Aníbal significa que ya elegiste bando.
Lola resolló.
—Ezequiel no es de los que se esconde, Montiel, por eso me da miedo. Tampoco aceptará nada de lo que yo le diga. Está muy emputado conmigo, con justa razón, y no me quiere tocar ni con guantes. No, Montiel, Ezequiel se enfrentará a Aníbal Abascal, porque es un hombre con dignidad.
—Pues tendrá que meterse la dignidad por el fundillo si no quiere terminar como sustento de gusanos.
—¡Ezequiel sólo se vengó de lo que le hicimos, Montiel! Ni más ni menos. —La desesperación de Lola era evidente—. ¡Lo engañé con su jefe, con nuestro jefe, con el marido de mi mejor amiga! Me revolqué con Aníbal y lo humillamos de formas terribles. ¡Intenté seducir a su propio hijo para que me preñara! ¿Es que no lo entiendes?
—Yo sí lo entiendo, María Dolores, pero tu jefe no.
A Montiel le daba morbo todo lo que estaba escuchando. Ni en sus peores fantasías se habría podido imaginar que una esposa recta, abnegada y respetable como solía ser Lola al menos públicamente, hubiera terminado siendo la puta de Aníbal.
Caras vemos, corazones no sabemos.
—Y pese a que él es el ofendido, sólo me falta que además de cornudo también termine apaleado.
—Apaleado no, Lola, desmembrado sí. Sus cuernos van a quedar ensartados por el culo.
—¡Ya no me asustes más, Montiel, que de solo pensarlo me dan agruras! No sólo le he sido infiel, sino que ahora también, si no persuado a Aníbal, seré la responsable de su muerte. Ezequiel mereces aspirar a tener una vida mejor.
—A lo único que puede aspirar tu marido es a un sombrero con mangas.
—¿Un sombrero con mangas?
—Para que le salgan los cuernos.
Lola le dio un manotazo y Montiel, riéndose, dio otra calada al cigarrillo. Luego vio una gotita de sudor que resbalaba entre el canalillo de esas dos inmensas tetazas que tenía delante y exhaló.
—¡Ezequiel no puede morir así!
—Eso hubieras pensado antes de andar de zorra y abrirle las piernas a Aníbal.
—Tampoco te voy a permitir que me faltes al respeto, que tú tampoco eres trigo limpio, bien que has servido todo este tiempo para andar de tapadera de las perversiones de Abascal. Ya bastante tengo con que Ezequiel me haya pedido el divorcio.
—Date de santos que no te mató, porque lo que le hiciste tampoco es muy diferente de lo que Livia hizo al señorito Soto.
—No somos iguales esa estúpida y yo.
—Claro que no. La principal diferencia radica en que tú sí estabas casada, y Livia, además de haber sido una chica soltera, debe de tener algunos 15 años menos que tú, ¿o me equivoco?
Montiel se echó a reír. Alicia respondió al mensaje, diciendo a su marido que el ambiente era tenso, porque el ejército mexicano estaba deambulando por toda la ciudad con las armas al aire, después de que los medios de comunicación afirmaran que la explosión en La Sede, había sido un atentado terrorista para sabotear las elecciones municipales.
—A ver, Lola, quiero que estés tranquila, que entre nosotros no somos enemigos. Te recuerdo que estamos en el mismo barco, que dicho sea de paso, se está hundiendo. La prioridad en este momento es salvar nuestro culo, y eso sólo se logrará si nuestro jefe sale bien librado. Mejor dime qué novedades hay en la mansión Abascal.
Lola suspiró, apoyó sus codos sobre la mesa y se acarició las mejillas. Sus pechos sobresalieron en su blusita, se abombaron, aparecieron las costuras de encaje de su sostén negro, y Montiel, cachondo, pensó que la tela se miraba tan tensa, que podría romperse en cualquier momento y sus tetas desparramarse en la mesa.
—La madre de la zorrita esa, una tal Olivia Aldama, quiere ver con urgencia a Aníbal. Ha estado más insistente que tú y tus intentos por entrevistarte con el gobernador. Se lo hemos negado, desde luego. Aníbal sigue muy mal.
—¿Y qué querrá la madre de Livia con Abascal?
—¿Tú que crees que querrá? Es evidente que con la noticia de ayer, la mujer se enteró de que su hijita se ha estado revolcando con uno de los hombres más poderosos de Nuevo León. Mejor hubiera criado bien a su hija y se habría evitado estos disgustos.
Montiel caviló, dio un trago a la copa y concluyó:
—Es lógico que quiera verlo, pero… a estas alturas ¿para qué? Ya la imagen de su hijita está más quemada que Mia Khalifa.
—Le urge verlo para reclamarle o para sacar algún provecho de la situación —sugirió Lola—, ¡yo qué sé!
—¿O sea que la madre se presentó en plan desafiante?
—¿Desafiante, dices, Montiel? Si hasta quería tumbar la puerta la muy atrevida. Tuvo suerte de que los escoltas de la mansión Abascal estén en los servicios funerarios, o la habrían sacado a balazos.
—Esto era lo único que nos faltaba —gruñó Montiel, dando un puñetazo a la mesa que hizo que los codos de Lola se testerearan y, a su vez, que sus dos bolas de carne bambolearan dentro de su blusita—. Y por cierto, María Dolores, ¿dónde mierdas está metida esa muchacha?
—¿Livia? ¿Que dónde está? Yo no sé ni me importa. Si se la tragó la tierra mejor, porque si la veo le saco los ojos.
Montiel sonrió, se acomodó el bulto en sus pantalones, atestiguó cómo el calor infernal, pese a los nubarrones, secretaban los pechos de Lola, resbalando el sudor entre su canalillo y le pidió que fueran a su despacho, por la documentación que entregarían a la Fiscalía de Nuevo León como defensa de Abascal.
—Supongo que viste en los noticieros que han reportado la desaparición de Jorge y Renata —le dijo Montiel durante el trayecto en su volvo negro.
Los muslos de Lola brillaban por el calor entre su faldita negra. Montiel no pudo evitar excitarse.
—¿De qué hablas, Montiel? —preguntó ella sorprendida, ya sin el saco puesto, quedando su pequeña blusa a merced de los ojos del abogado—. Imposible que estén desaparecidos. Raquel estaría loca, o incluso los Valadez ya estuvieran con la Guardia Nacional o el FBI buscándola por toda América.
—Raquel ya está loca, de por sí, lo extraño sería la actitud tan pasiva de los Valadez. —Montiel se encogió de hombros, y luego dijo—: Pero me parece raro que Jorge no se haya presentado en el velatorio. Estuve allí buena parte de la noche y no lo vi, y con lo que amaba a Ximena no es lógico que estuviera ausente, mucho menos ahora que su hermana lo necesita tanto.
Lola hizo memoria y dijo a Montiel:
—La última vez que lo vieron estaba con su gato, y llevaba una maleta consigo, así que después de lo que hizo, es lógico que se haya ido, antes de que Aníbal lo haga pedacitos y lo culpe por la muerte de Ximena.
—Se fue o se quemó en el incendio —propuso Montiel.
—¿Cuál incendio, Miguel Montiel?
El abogado miró en lateral y vio que el cinturón de seguridad le aplastaba el pecho derecho a su copilota, y que el otro sobresalía, hinchado, redondo, brillante, por la blusita.
—¿Dónde tienes la cabeza, Lola? En toda la metrópoli de Monterrey no se habla de otra cosa: el escándalo que provocó Jorge ayer en La Sede, las denuncias sobre Aníbal… la muerte de su hija, la explosión de la bomba a las afueras de La Sede, y el incendio de la Mansión Soto. Nuestra gente me ha informado que se tienen noticias de que Jorge incendió la mansión. En las cámaras de seguridad del vecindario se le ve entrar, pero no salir. Todo es una puta locura. Ni siquiera las elecciones han tomado la relevancia que deberían de tener por culpa de toda esta mierda.
—Por Dios… ¿crees que Jorge estuviera allí dentro? —Lola se mostraba mortificada—. Dios quiera que no… Jorge no merece tanta crueldad para su vida. Ya ha tenido suficiente el pobrecito con lo que Aníbal y esa malnacida le han hecho. A Jorgito lo conozco desde que era un niño.
”Siempre ha sido un muchacho amable, inteligente, bondadoso, buena persona en general. Hasta me extraña que no se haya envilecido el desdichado después de haber sido criado por la tóxica de Raquel y el perverso de Aníbal. Pero es que por fortuna él heredó más el carácter de Minerva, su madre, y no el del pérfido de Enrique, su padre, que quienes lo conocimos, damos cuenta de su ruindad. No, no, Jorge es un buen muchacho, y no puede estar muerto, no lo acepto.
—Te digo que los reportes dicen que lo vieron entrar a la mansión con garrafas de gasolina, pero nadie lo vio salir. Ya están haciendo las pruebas periciales correspondientes.
—¡De ser así Raquel estaría histérica!
—A lo mejor ni cuenta se ha dado de nada, con lo desquiciada que está —apuntó Montiel.
—¿Y el gato? —preguntó Lola de repente.
—¿Qué mierdas tiene que ver el gato con todo esto, mujer?
—Últimamente lo cargaba para todos lados. Parecía que amaba más a Bacteria (así se llama, hazme el maldito favor) que a la propia puta que tenía por prometida. Ahora que lo pienso creo que… tu teoría podría ser cierta. Pero yo no creo que hubiera arriesgado a su gato en el incendio. Además… si se hubiera marchado de la ciudad, se lo habría llevado, te digo que ambos se volvieron una especie de uña y mugre, y resulta que el felino está paseándose muy campante por toda la mansión. Así que… me temo que, muy a mi pesar, Jorge… ay por Dios… pero ¿…y las maletas? Ya no entiendo nada.
—Pues lo mejor sería que haya muerto achicharrado —comentó Montiel quitado de la pena—, entre otras cosas, para que ya no sufra, y se libre de la vergüenza de haber quedado públicamente como el cornudo de Monterrey, que entre tu maridito y él, ya no se sabe quién se lleva los cuernos de oro.
—No digas idioteces, Mario, por favor…
—Ninguna idiotez, Lola, por el contrario. Creo que ahora mismo nos conviene un distractor que aleje los reflectores de Aníbal. La trágica muerte del trágico novio que se suicida el mismo día en que se llevaría a cabo su trágica boda, al descubrir que su trágica novia le ponía los cuernos con su trágico cuñado.
Lola puso los ojos en blanco y carraspeó.
—Mejor métete tu trágica idea en tu trágico culo, Montiel. ¿Crees que la muerte de Jorge Soto haría alguna diferencia? Todo lo contrario; la opinión pública ahora sí lincharía a Aníbal Abascal, y los que aún creen en él, lo terminarían por odiar. En esta sociedad se perdona todo, incluso la corrupción, pero no un pleito por líos de faldas. No la traición filial. Se tomaría la muerte de Jorge como un suicidio instigado por los desmadres que hicieron Livia y Aníbal. Pero no me hagas mencionar el nombre de esa zorra, que te digo que desde que apareció en la vida de Aníbal todo se desmadró.
—Es que tampoco culpo a Aníbal, Lola, de haberse vuelto loco por esa niña. Es que tiene un cuerpazo que ¡ave maría purísima! Tienes que reconocer que la señorita Aldama, ¡ufff!, menudas tetazas y menudo culonón.
—¡Hombres idiotas que sólo piensan con la cabeza de abajo! Por eso les pasa lo que les pasa.
Montiel se echó a reír, para variar, pensando en voz alta:
—Tan guapita y tan santita que se veía esa Livia, ¿eh?
—Esas son las peores, Montiel, esas son las peores.
—¿Lo dices por experiencia, Lola? —Se echó a reír el abogado—. Porque yo a ti también te tenía por una mujer decente, y mira ayer lo que pasó, totalmente expuesta ante la sociedad regiomontana como una de las que le daban filo al sable de carne del patrón. Dios santo, de lo que se viene a enterar uno. En mis tiempos las mujeres no eran tan descaradas —ironizó.
—Mejor que cierres el puto hocico, Montiel, o te rompo los dientes. A mí me respetas, porque aunque lo dudes, yo soy una dama respetable.
7. UN NUEVO ATENTADO
Domingo 4 de junio
Oficina del Despacho de Miguel Montiel
Monterrey, Nuevo León.
Veinte minutos después, la «dama respetable» se hallaba abierta de piernas al filo del escritorio del solitario despacho de Miguel Montiel.
Su braguita negra colgaba del tacón izquierdo; su falda enroscada a la altura de sus sudorosas caderas, y su blusa desabotonada, con las copas de su sostén restiradas hacia abajo, sirviendo de pedestal de sus dos gloriosas tetas, que se agitaban y bamboleaban, con los oscuros pezones erectos apuntando en círculos a diferentes direcciones cada vez que el firme falo del abogado se hundía en su encharcado coño.
—¡Aaah! ¡Aaaah! —entonaba Lola, libidinosa, cánticos profanos, recibiendo el miembro del abogado, cuyas embestidas intentaban ablandar a la fiera.
—¿Estos gritos pegabas cuando te cogía Abascal, Lola? —le instigaba Montiel, agitado, acometiéndola—. Mierda, Lola, ¿y con tu marido afuera, esperándolos? Imposible que no te escuchara, reina, con lo gritona que eres.
—¡Cállate, cabrón y dame duro… que estoy… es…tresadí….simaaaa…!
El escritorio temblaba, los lapiceros rodaban sobre la superficie y las hojas de los folders salían volando ante cada inclemente penetración.
—¡Dame cabrón! ¡Dame más fuerte…! —imploraba Lola, abandonada a la firme polla que devoraba por su boca inferior, pringosa y dilatada.
El golpeteo de los testículos del abogado chocando contra los muslos de la madurita, trasmitía a la atmósfera una sensación de vicio y vileza.
No era decente que Lola estuviese follando con el abogado de Abascal, mientras éste padecía la pena de pérdida de su primogénita, la gemela a quien él tanto amaba.
Lola pensaba en su falta de escrúpulos mientras se bajaba del escritorio, se daba la vuelta, se acomodaba sobre la superficie nuevamente, apoyándose con los antebrazos, empinando el culo a dirección del falo erecto de su infractor, y en espera de que éste le abriera las nalgas para volvérsela a meter por el agujero.
—¡Ay cabróoon! —gritó Lola, aplastando sus pechos contra la superficie del escritorio, al sentir que su empapada vagina era rellenada por un fibroso pedazo de carne caliente, palpitante, que se restregaba entre sus caldosos pliegues y rugosidades—. ¡Ay que ricoooo…!
En alguna parte del despacho, el teléfono de Montiel sonaba desde hacía rato, pero la follada era mucho más importante que atender el celular. Lo merecían. Habían pasado últimamente por un estrés permanente.
—Mira lo preocupada que estás, cabrona, por la suerte que le viene a tu cornudo… —se bufoneaba Montiel, estrujándole las nalgas en cada embestida.
—¡No es nin…gúncornu…dooo!
La mesa se sacudía. Los muslos de Lola se blandían en el aire. Los pechos sacudiéndose en el escritorio y desparramándose sobre la madera. Los pezones duros, puntiagudos, comprimiéndose en la superficie.
—No, claro que no… lo convertiste en un parásito al pobre imbécil…
—¡Déjalo en paz…!
—En “¡Paz!” “¡PAz!” “¡Paz!” Lo dejará Abascal cuando le agujere el culo a balazos, por traidor.
Risotadas de Montiel. Lola bramando. La abría de nalgas, para que el trozo se hundiera con mayor profundidad. Ella jadeaba, impía.
—¡Yaaaa! ¡Bastaaa! ¡Ufff… que ricooo!¡Bastaaaa!
—¡Aprieta, puta, aprieta…!
—¡Puta tu madre! ¡Aaaahhh, sí, sí, sí…! ¡Me mataaaas!
A Montiel le excitaban ver, por la lateral, los pechos de Lola bamboleándose en círculos como si fuesen flanes de carne cada vez que la cogía del cabello y la obligaba a levantar su torso.
—Al que van a matar es a tu cornudito, Lolita. ¿Te pone que lo vayan a fusilar gracias a que anduviste de putona con Aníbal? ¡Y mira lo mortificada que estás, menuda zorra, con el culo en pompa y yo fornicándote!
—¡Cálla…te infe…liz…! ¡Ay, Di…os, qué deli…ciaaa!
—Y tienes que reconocer que al final Aníbal te hará un favor, Lola… ya que en lugar de divorciada quedarás viuda.
—¡Que te calles, te digoooo! ¡Ooohhh! ¡AaaaAAah!
El teléfono seguía sonando. Los gritos procaces de la esposa de Ezequiel ante cada golpeteo de huevos en sus muslos ensordecían a Montiel.
—¡Me corro, me corro! —anunciaba el Abogado.
Lola se giró, lo rodeó de las caderas con sus piernas. Se recostó completamente sobre al escritorio y los senos se desbordaron por sus laterales, al tiempo que el falo del abogado de Abascal explotaba dentro de su enardecido coño, rezumando líquido espeso, ardiente que cosquillaba en las entrañas de la hembra.
—¡Oooh Diosss! —se complacía ella.
—¡Traga todo, zorra… traga todo…!
Montiel exhaló. Extrajo el pene del coñito de Lola y esta se pellizcó los pezones, estremeciéndose de placer sobre el escritorio.
—¡Uffff! —bramó Montiel, reculando—. Que rica cogida.
Mientras las goteras de semen resbalaban por el perineo de Lola, Montiel estiró su brazo, contestó una nueva llamada entrante y se tumbó en el sofá que quedaba frente al escritorio.
—¿Qué carajos quieres, Samuel? —preguntó Montiel agitado, con la cabeza caliente y su polla aun estilando semen.
—¡¿Dónde carajos te metes, imbécil?! —dijo el interlocutor—.¡Un comando armado ha irrumpido en la mansión Abascal, y se ha armado una balacera a lo grande!
Montiel por poco se va de boca.
—¡Puta madre,…! ¿Por qué no me avisaste antes?
—¡Te llevo hablando desde hace casi una puta hora, cabrón! ¿Qué es tan importante que estabas haciendo que no respondías?
Montiel miró a Lola, que seguía con las piernas obscenamente abiertas, apoyando sus talones en cada lado del escritorio, limpiándose los restos de lefa que aún rezumaban de su dilatada vagina, y no respondió a la pregunta.
—¿Los repelieron nuestros hombres? —preguntó Montiel, limpiándose el sudor con la corbata—. ¿Ingresaron a la capilla y al velatorio?
Lola pestañeó. No sabía lo que pasaba, pero algo intuía por el gesto pavoroso del abogado.
—¡Faltó poco para que nos hicieran mierda. Afortunadamente los hicimos recular con la poderosa ofensiva que les lanzamos! Lo que sí es que todos en el velatorio tuvieron una crisis nerviosa.
—¡No es para menos! ¿Y el Tamayo? ¿Dónde mierdas estaba el Tamayo? ¿A caso no es uno de nuestros principales lugartenientes y el responsable de los halcones, quienes nos avisan de presencias de enemigos?
—El Tamayo apareció a las mil horas. Ya le daremos su respectiva calentadita.
—¿Y Aníbal?
—Muerto en vida, como está desde ayer. A ese le pueden balacear el culo y no se entera.
—Bien. Vigilen la zona. Vamos para allá.
—¿Vamos quiénes?
—Lola y yo.
—¿Qué mierdas haces con Lola, Montiel?
—Si te cuento te cagas. Anda, manda reforzar la vigilancia.
Samuel Cárdenas le informó las novedades de último minuto y quedaron de verse en breve.
Montiel seguía agitado, pensando que nada más terrible podría ocurrir, salvo que lo cagara una vaca voladora. Mientras tanto, Lola, que continuaba abierta, se metía los dedos en su coñito lefado y se los llevaba a su boca, impregnados de espermas, para tragárselos.
—Y tú, asistente pornógrafa, vístete rápido, que ya están llegando los federales. Toda la mansión está acordonada, y en poco tiempo habrá policías y militares por todos lados.
Montiel se puso en pie, se vistió, hizo una seña a Lola para que se apurara y ella le preguntó, mientras se alisaba la falda:
—¿Más problemas?
—Tú dirás si es problema o no: sicarios de Los Rojos intentaron ingresar al velatorio, lo que habría sido una carnicería.
—¡Santo Dios!
—Es evidente que el objetivo no era Aníbal, sino la capilla de la mansión, y matar a todos los presentes. Buscan darle un escarmiento. Saben que Aníbal los traicionó con la gente de Heinrich Miller.
Lola quedó horrorizada. Intentó recomponerse el pelo y sólo decía «Dios mío» «Lo único que nos faltaba» «Ay, por Dios… todo nos pasa a nosotros.»
—Anda, Lola, vamos, que precisamente lo que no quería ha sucedido. Y ahora tendremos a la policía acechando a Abascal.
Bajaron de prisa hasta el aparcadero. Ingresaron al vehículo y Montiel arrancó.
—Lola, mientras yo conduzco tú llama al Fiscal Monreal y asegúrate de que todavía no hayan interpuesto una orden de aprensión contra Aníbal. Raquel aún no lo ha demandado porque está en duelo, pero la puta de Cerdinia, ¡esa perra de Olga Erdinia, seguramente ya lo hizo! Y rézale a tus tetas para que aun no haya una orden de arresto, de lo contrario, nos va llevar la chingada.
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