Xtories

El Profe - completo (cap. 13)

Nacho cree que te has acostado con su hija, pero la verdad es mucho más complicada. Mientras intentas manejar el caos, descubres que tu propia esposa te está usando para acceder a la casa de tu mejor amigo. Y cuando crees que has escapado, te encuentras con algo que no esperabas.

Abel Santos8K vistas9.4· 16 votos

—¿Griterío? —repliqué atragantándome con mi propia saliva.

—Sí, griterío… Y hace unos momentos parecían gemidos, ¿no estarías…?

La tripa empezó a soltárseme. Me estaba literalmente cagando de miedo.

—Venga, Nacho, Nachete, ¿no pensarás…?

—¡Joder…! —su cara se iba enrojeciendo por instantes—. Ahí dentro estáis solos Ari y tú… y cuando paso camino del baño de mi habitación oigo cosas raras… ¿Qué quieres que piense?

Me iba empequeñeciendo por segundos. Aquel día de celebración de la amistad iba a acabar en tragedia. Y Nacho me doblaba en altura y en músculos. La paliza que me iba a dar si se enteraba de que me había tirado a su hija iba a doler.

Y corría el peligro de que lo averiguase porque, además, mi silencio era más que elocuente.

—¿Me vas a decir qué pasaba ahí dentro hace un momento o voy a tener que entrar a preguntarle a Ari?

—No jodas, Nacho… —fue lo único que pude decir.

Mi amigo me hizo un quiebro y, cuando iba a coger la manilla de la puerta, esta se abrió desde dentro.

Cerré los ojos, esperando la primera bofetada. Pero en lugar de ello, una voz dulce detuvo la escena.

—Hola, Nacho, ¿qué tal…?

Aquella voz era la de Eva. Me giré y la vi, su cara enmarcada en la pequeña ranura que había abierto entre la puerta y el marco. Debía de haber estado escuchando nuestra conversación y había decidido intervenir… en mi favor, por suerte. Los botones desabrochados de su blusa y su pelo revuelto insinuaban algo que Nacho empezaba a intuir.

Mi amigo, sobrecogido por la sorpresa y, sin duda excitado, tragó saliva como yo unos segundos antes y balbuceó.

—Ho…hola… Eva… ¿puedo entrar para hablar con Ari?

Si aquel tipo entraba dentro de la habitación, tal vez no picaría el anzuelo y la verdad se destaparía. Fue lo que imaginé que estaría pensando Eva. Y acerté de pleno, porque ella volvió a improvisar.

—Uy, Ari no está aquí, señor director… —le dijo con picardía—. Se fue hace rato al baño y no ha vuelto. Y yo me estaba probando algunas faldas de tu hija… Estoy en braguitas, así que si entras me voy a poner muuuuyyyy colorada…

Los ojos de deseo de Nacho eran más que evidentes. Mi amigo estaba loco por aquella chica, y se le notaba de lejos. Menudo putero el muy cerdo.

—Ahora voy a cerrar, si no te importa, cariño… —concluyó Eva con una caída de ojos dignos de la mejor actriz.

—No… claro, claro…

Cuando la puerta se cerró, mi amigo tiró de mí y me llevó hasta su cuarto casi en volandas. Cuando pensé que me iba a echar la bronca del siglo, Nacho me sorprendió con una salida de las suyas.

—¡Qué cabrón! —soltó con una carcajada—. ¡Te has follado a Eva!

—Eh… yo… —tartamudeé.

—Venga, no me jodas, Carlitos… cabronazo… Te la has follado, pero bien… Menuda cara de gustazo se le nota a la muy zorra… ¡Si serás hijo de…! —hablaba más para sí que para mí—. Tú, el mosquita muerta, ¡te has follado al pibón del colegio! ¡Me cago en tus muelas…! Yo llevo detrás de ella desde que cumplió los veinte la muy puta y llegas tú y te la follas en semanas. Porque esta no es la primera vez, no seas cabrón… que a mí no me engañas… que te la estás tirando desde que llegaste al colegio… no te creas que soy tonto… ¡Hijo de tu madre…!

Y soltó otra carcajada que tuvo que oírse desde todos los rincones de la casa.

—Pero, joder, ¿no dices nada…? —insistió ante mi silencio.

—Bueno… yo… —balbuceé y, respirando profundo, intenté venirme arriba—. Pues sí, tío, me la he follado, lo reconozco…. —mentí de forma descarada—. Esta es la tercera vez… Pero es que no puedo aguantarme, la chavala está tan buena que me vuelve loco. Y ella es un zorrón de cuidado, así que cuando la pillo a solas, pues que me pongo burro y… que se la clavo… ¡Qué le voy a hacer! Soy así de cabronazo…

Mi amigo no paraba de reír. De vez en cuando me daba cachetadas en la espalda, código de ánimo entre machirulos.

—¿Y qué…? —me empujaba a darle explicaciones—. Cuenta, cuenta… ¿Tiene el coño apretadito…? ¿Y de jugoso va bien, no? Si se le ve que es muy puta la cabrona, por mucho que se haga la digna. Venga, dime, lo tiene calentito, ¿no?

—Hirviendo, Nacho, hirviendo… —respondí por no permanecer callado de nuevo.

De pronto se puso serio y cambió de tercio.

—Tienes que ayudarme —dijo con el gesto contraído, haciendo que el susto volviera a mi cuerpo.

Me arrugué más que cuando me descubrió ante la puerta de Ari y me hice el despistado.

*

—¿De qué… cojones hablas…? —farfullé.

—Pues de metérsela, ¿de qué va a ser, cabronazo…? —soltó el sinvergüenza—. Tienes que volver al cuarto de Ari y convencer a Eva de que me deje clavársela. Seguro que si se lo pides tú, me deja follarla como a la zorra que es…

—¿¡Qué!? —mis piernas ya no podían temblar más.

—Pues eso, tío… —insistía, y cuando Nacho insistía era como un ciclón—. Como tienes confianza con ella, le cuentas cualquier cuento y la convences para que se me abra de piernas. Llevo tanto tiempo pajeándome pensando en ella que voy a reventar. Te juro que te lo agradeceré de por vida. Palabra de amigo.

Le miré desconcertado.

—Pero… ¿cómo hago yo eso…? —me quejé—. ¿Qué coños le digo?

—No sé… tú eres el profesor… piensa en algo, yo qué sé… —cavilaba a toda prisa—. Le prometes un sobresaliente en el examen de mañana… O mejor en el final… lo que sea… A esa tía se le da tan mal tu asignatura que por un «sobre» seguro que hasta me regala las bragas. Ah, y le dices que yo follo como los ángeles, que la voy a despatarrar para una temporada de lo a gusto que se va a quedar… Ya sabes, lo que sea, esas cosas de tíos…

Las salidas se me iban cerrando. ¿Cómo iba a convencerle de que se dejara de chorradas? Tenía que decirle algo y por fin tuve una idea.

—Y… ¿Ari…? —como idea era una mierda, reconocía, pero fue lo único que se me ocurrió.

El muy salido, inasequible al desaliento, buscó la forma de esquivar mi excusa.

—Bueno, eso es fácil, la esperas a la puerta del baño y, cuando salga le cuentas otro cuento… Que la llama su madre o lo que se te ocurra… Tú eres un mago de las palabras. Solo el tiempo necesario para que me folle a su amiga aquí, en mi cuarto… No quiero deshacer la cama de mi hija y que se dé cuenta de que he puesto a su amiga con las piernas mirando al techo… jajaja.

¡Pedazo de asqueroso! El muy cerdo estaba convencido de que su plan era infalible. Me pedía que fuera a Eva y le dijera «anda, nena, vete a follar con Nacho que te lo vas a pasar en grande». Luego que fuera a su hija con el cuento de «mamá te llama», sin que la madre supiera de qué iba la vaina. El muy perro estaba tan caliente que ensartaba una gilipollez con otra y se creía lo que decía a pies juntillas.

Y a mí me temblaban cada vez más las canillas, y trataba de buscar salidas dialécticas para sus truculentas ideas.

Pero Nacho era un tío de ideas fijas y difícil de convencer. Mucho más con el calentón que llevaba. Así que cuando me tomó de un brazo y me sacó de la habitación para arrancar su plan, deseé que se me tragara la tierra.

Veía a cámara lenta el recorrido del pasillo que separaba la habitación principal del resto de la casa. Al final del mismo, se giraba hacia la derecha y se enfilaba hacia el corredor donde se encontraba la habitación de Ari. Sudaba como un pollo en el asador cuando nos plantamos ante la puerta del cuarto de la chica.

Recé a todos los santos conocidos. Aquello no podía estar pasando. Pero no había solución, estaba a punto de suceder. Y se iba a liar una gorda. No sé qué le iba a decir a Eva, pero el follón estaba más que asegurado.

Nacho empuñó el pomo de la puerta para abrirla… pero una voz por la espalda le retuvo. Mis oraciones habían sido escuchadas.

—Hola, papá… —Ari caminaba semidesnuda y con los pies descalzos. Lo único que la separaba de mostrarse desnuda por completo era una gran toalla rodeando su cuerpo—. ¿Te importa si paso a mi cuarto?, me estoy cogiendo frío.

Suspiré aliviado. Miré a Nacho que había cambiado el gesto de lujuria por otro de congoja. «Se acabó, hermano», pensé, y esta vez fui yo quien le tomó a él del brazo.

—Gracias, papá… —dijo la rubita cuando aparté a su padre de delante de la puerta de la habitación. Luego se coló dentro, haciendo ruido al correr el pestillo de seguridad para que quedara claro que no admitiría injerencias.

El suspiro que lancé para mis adentros podría haber hecho temblar la casa.

Segundos más tarde, bajábamos las escaleras al unísono, mi brazo sobre sus hombros. No le decía nada, pero con el abrazo lo decía todo. «Tranquilo, hermano, si el Karma está de tu parte, terminarás tirándotela algún día».

Aunque en el fondo estaba seguro de que no lo conseguiría. Eva era mucha Eva. Y aunque las dos chicas parecían una pareja de zorritas, la que se llevaba la palma era Ari. Eva se mostraba como la chica más estrecha del colegio y no había manera de llevarla al huerto, por mucho que pareciera lo contrario.

Asuntos de Daddy

Al llegar a la planta baja, la mirada que me echó Paula era más que clara: «se hace tarde. Vámonos de aquí antes de que me enfade».

Unos minutos después, tras los parabienes y los abrazos de despedida, mi mujer y yo circulábamos en el Volvo camino de nuestra casa. No habíamos dicho una palabra desde que salimos del chalet de Nacho y Laura.

Hasta que Paula se decidió a hablar.

—¿Qué habéis hecho tanto tiempo en el cuarto de Ari? —dijo con aire de mosqueo—. Subiste para un rato y se os han ido casi dos horas.

Al parecer, no había sido solo Nacho el mosqueado por la tardanza. En este caso, sin embargo, tenía claro desde el inicio cómo escabullirme.

—Joder, no me hables… —puse voz de profesor devoto—. Es que estas chicas tienen el coco cerrado. Para hacerle entender algo hay que dedicarles horas. Y ni así…

—¿Cómo que «chicas»? —resaltó el plural y me miró de reojo—. ¿No estabas solo con Ari?

Ahora no me temblaba la voz como cuando tuve que disculparme ante Nacho.

—No, qué va… Estaban Ari y Eva, las dos… —mentí con seguridad—. Son inseparables, ya te habrán contado… Para lo bueno y, sobre todo, para lo cabezotas…

—¿Eva estaba con vosotros? —Paula frunció el ceño, parecía no creerlo.

—Sí, Eva… La chica ha llegado algo después, pero era la más peleona y la que peor entendía las explicaciones, ¿por qué?

Miraba a Paula por el rabillo del ojo intentando averiguar que se le pasaba por la cabeza.

—No sé… —replicó—. No la hemos visto llegar, al menos yo…

Mi respuesta fue la obvia:

—Bah, ya sabes… esas dos entran y salen de la casa sin dar los buenos días… Y lo mismo cuando Ari va a la casa de Eva… Seguro que se ha colado por el balcón y no ha dicho nada… Ni os habréis enterado.

—Sí, eso dice Laura —reconoció y solté un nuevo suspiro interior, llevaba varios aquella tarde—. Que son como hermanas gemelas… y que se mueven por la casa como fantasmas. Al único que consiguen controlar es a Chovi, el hermano de Eva, y no siempre… Están hartos de oírles follar en el cuarto y no saber ni por dónde ha entrado el chaval…

Solté una carcajada para descargar la tensión e intenté cambiar de tema.

—¿Quién le va a echar un polvito a mi princesa en cuanto lleguemos a casa? —propuse poniendo mi mano en su muslo y rogando para que ese día me pusiera una excusa; llevaba las pelotas vacías y las iba a pasar canutas si ella quería guerra. La edad no perdonaba.

—Mira, cielo… hoy estoy cansada —se disculpó y sonreí para mí. El Karma estaba conmigo—. Pero si tienes ganas te puedo hacer una mamadita… Así dormirás relajado.

Le solté una excusa tonta del tipo «si no disfrutamos los dos, me guardo el cartucho para cuando tengas ganas» y seguí conduciendo soñando con la paja que me iba a caer aquella noche recordando el polvazo que le había echado a la hija de mi mejor amigo. El sinvergüenza de Nacho.

*

El lunes pasó de largo sin mayores novedades.

Lo único reseñable fue que Ari y Eva entregaron sus exámenes en blanco sin ningún pudor. Blasfemando por lo bajo, rellené cuanto pude para justificar la nota prometida. Unos exámenes sin respuestas y con un notable alto podrían llamar la atención de cualquiera que los revisara.

Por la noche Paula seguía sin ganas de sexo. En el baño, mientras me duchaba, cayó la segunda paja del día pensando en Ari y en su coñito caliente. La tercera en realidad, si contábamos la que me había hecho por la mañana durante el recreo en un baño del colegio. Aunque esta se la había dedicado a otra de las amigas de las dos chicas, mintiéndome a mí mismo.

A la mañana siguiente, Paula me sorprendió durante el desayuno.

—El domingo me dejé el pareo en casa de Nacho y de Laura.

—¿Qué?

—Pues eso, hijo, que estás en la inopia —me había pillado pensando en Ari mientras desayunábamos—. Mi pareo, ese que me regaló mi madre y que le costó un ojo de la cara. Lo llevé el domingo para el día de piscina. Así que tenemos que recuperarlo antes de que vayamos a casa de mis padres con un pareo diferente y mi madre se dé cuenta.

—Bueno, no pasa nada, se lo pido a Nacho y que me lo traiga al colegio.

—Nacho está de vacaciones… —dijo mirándome como si fuera tonto—. Se ha cogido unos días que le debían y no vuelve hasta el lunes. Me lo ha dicho Laura. ¿No lo sabías?

—Ni idea…

—Los tíos siempre igual… Todo el día juntos y no os enteráis de nada.

—Oye… —me defendí—. Que yo no estoy todo el día con Nacho. Bastante tengo con aguantar a mis alumnos como para tener que estar detrás de él… Y, vale, si está de vacaciones, pues esperamos al lunes y ya está…

—Ni de coña, no me arriesgo a que se pierda. En esa casa entran jardineros y todo tipo de operarios sin control… Ni de coña dejo yo el pareo para que me lo roben.

—Joder, ¿y qué quieres que haga? —dije y comprobé que ya tenía prevista mi pregunta.

Al parecer, como buena fémina, lo había preparado todo, de modo que yo solo tenía que seguir sus órdenes.

—Es fácil —explicó con tono autoritario—. Lo he hablado con Laura y lo tiene localizado. El día que vayas a ir, por si tienen que salir, lo deja en una tumbona de la piscina. Tu solo tienes que entrar al jardín y cogerlo. No necesitas ni llamar.

—¿Y cómo entro al jardín? —aquello sonaba raro.

—Pues empujando la puerta de fuera. Nacho y Laura solo la cierran por la noche. Durante el día la tienen abierta para que entren y salgan los operarios del jardín, la piscina y todo ese rollo de nuevos ricos.

—Ah, vaya… —tuve que admitir que lo tenían todo pensado. Aun así, no quise darle la razón, necesitaba objetar algo, y así lo hice—. Pues yo hoy no puedo y mañana casi que tampoco…

—Pues el jueves… Ya hablo yo con Laura para que no saque el pareo ni hoy ni mañana…

Y no admitió contrarréplica.

*

El jueves por la tarde salí puntual tras sonar el timbre de final del día. Ari había pasado toda la clase distraída. Despreocupada por no tener problemas para aprobar, no se molestaba en disimular que emitía un directo de Tiktok mientras yo me desgañitaba con el resto de alumnos de ambos sexos.

Lo de Eva había sido incluso más descarado. Aquella tarde ni apareció por el aula. Y no era la primera vez. La muy idiota me lo iba a poner difícil para darle un notable a poco que el claustro de profesores notara sus ausencias durante mis clases. Pedazo de boba, de qué le valía ser la mayor de mis alumnos con sus veintidós añazos. De seguir así la iba a cagar y me iba a arrastrar con ella.

Subí a mi coche y me dirigí hacia la casa de Nacho y Laura. Me había hecho el sueco los dos días anteriores, pero ya no podía dar más largas a mi mujer. Entré en la urbanización del «super chalet» y aparqué en la acera a unos cien metros de la casa.

Me planté ante la puerta del jardín, que se hallaba entornada, y la empujé sin problemas. El vaticinio de mi mujer había sido correcto. La puerta de entrada al recinto estaba abierta y el pareo se veía sobre la espaldera de una de las hamacas junto a la piscina.

Me acerqué hacia ella y cogí la prenda. Mientras lo hacía miré hacia la casa. Imaginaba que no habría nadie en ella, pero descubrí una señal que me hizo pensar lo contrario. El viento había tirado de uno de los visillos y lo había hecho volar por fuera del ventanal del salón, así que estaba claro que se hallaba abierto.

De hecho, me había parecido ver a alguien moverse en el interior, a pesar de que el sol de la tarde convertía al ventanal en un espejo. En efecto, me dije, si la puerta del salón está abierta, por fuerza tiene que haber alguien en casa.

Así que me decidí a saludar.

Soñaba con tomarme un buen copazo del ron añejo de mi amigo Nacho. Ese sería el mejor relajante tras un largo día con los cabeza-dura de mis alumnos, ya fueran chicos o chicas.

*

Según cruzaba el jardín hacia la casa, una sombra volvió a moverse por el fondo del salón. Esta vez, sin embargo, creí apreciar a quien pertenecía.

Y me quedé petrificado.

¡Su puta madre!

Continuará...

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