Xtories

La Favorita

Emilio le prometió que ella era su favorita, pero la portada de una revista reveló que solo era su secreto sucio. Ahora, entre lágrimas y caricias en la oficina, Iris debe decidir si renuncia a su dignidad o se convierte en la mano derecha de un monstruo que la ama solo cuando la necesita.

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Emilio escuchó en incesante taconeo haciendo eco tras la puerta de su oficina. Se reclinó en su asiento, quitándose las gafas, se talló los ojos soltando un suspiro.

––Aquí vamos de nuevo.

Iris irrumpió en el lugar sin tocar, sus ojos centellando furia buscaron al candidato por toda la estancia y cuando lo encontró, lo hizo blanco de los más escandalosos reclamos.

––¿Me quieres explicar que chingados es esto? —le gritó azotándole una revista directamente al rostro.

Emilio se lo apartó y después de darle un vistazo a la portada, arrojó la publicación sobre su escritorio.

—Gordita, tu sabías que esto tarde o temprano iba a pasar. —le respondió, casi indiferente.

La mujer perdió el control y desquitó su coraje con una fuerte bofetada que casi logra que Emilio cayera de bruces al suelo. Tomándolo de la solapa de su lujoso saco Armani, lo zarandeó, al mismo tiempo que recogía la revista e intentaba restregársela en el rostro a aquel traidor.

—¿Qué tiene ella? ¿Qué tiene ella que no tenga yo? ¡Cómo fuiste capaz de hacerme esto!

Emilio se deshizo de la paciencia que siempre le había tenido y de un brusco empujón la apartó de su lado.

—¿En serio me preguntas eso Iris? ¿Ya te viste en un espejo?

Presa de la locura, su amante se le abalanzó, como un pesado felino dispuesto a derribar a su presa. Una sonora cachetada la detuvo en seco, por primera vez, Emilio la golpeaba en un contexto no sexual.

—No se te ocurra volver a ponerme la mano encima, pendeja. No olvides quien soy.

Ella derramó lágrimas puras y silenciosas.

—Renuncio Emilio, quédate con todo, quédate con esa puta. Yo me voy.

Iris se arrancó el gafete de Coordinadora de Campaña del candidato a Gobernador y se lo embarró en el rostro al segundo más hombre más importante del Estado, en esos momentos.

—No…no Iris, amor por favor…no. —Emilio pareció sollozar.

Ella no quiso saber más, dirigiéndose a la puerta, sintió como unos brazos la rodeaban por la cintura. El suave rostro de Emilio recorriendo su cuello, la hizo desistir de largarse de esa maldita relación en donde la que siempre salía perdiendo era ella.

—Perdóname mi amor, no quise lastimarte, pero tú me atacaste primero y…

Iris lloraba en silencio, amaba demasiado a ese desgraciado, cualquier palabra que el usara para justificar sus humillaciones era ley y verdad para ella.

—Ella… —le dijo mostrándole la portada de revista, donde aparecía el junto a una famosa actriz de telenovelas, anunciando su boda. — ella no es más que tú, pero entiéndeme…es un asunto de imagen y…

Iris se soltó de sus brazos, sabía que debía irse, pero una vez más no logró reunir fuerzas para renunciar a él.

—No me mientas más, no digas que tus asesores te dijeron que la eligieras a ella sobre mí por cuestión de imagen…tu nunca vas a elegirme y estoy harta de esperar.

Derrotada, se dirigió al espejo dorado que había en la lujosa oficina, contempló su abundante cuerpo, ese que tenía que cubrir con varios metros de tela para disimular sus varios kilos de más. Volvió a llorar, repitiéndose en su mente que de bajo de esos kilos de grasa había una mujer que valía mucho más que las migajas que por casi 10 años, Emilio Cortés le había ofrecido.

Se desató el peinado, para dejar sus rizos negros en libertad, acercándose aún más al espejo, contempló su rostro, 31 años bien disimulados, pero la tristeza en su mirada era algo imposible de ocultar. Emilio la observaba a través del espejo, sólo él sabía la verdad, y ésta era que en realidad la amaba, pero nunca se atrevería a aceptarlo públicamente.

La miró servirse un tequila, mismo que se bebió de golpe, para después mirarlo a través del reflejo.

—Me voy, ya no puedo soportar esto más.

Emilio se arrojó a sus brazos, no podía permitir que lo abandonara, independientemente de sus sentimientos para con ella, sabía que Iris era pieza clave para que él pudiera alcanzar la gubernatura. No solo era su mejor amiga, su socia, su coordinadora de campaña, era su amante y su mano derecha.

Todos en la política estatal sabían que Emilio Cortés no era más que un imbécil con mucho dinero, ningún partido había aceptado tener nada que ver con él, fue Iris, quien haciendo gala de su increíble inteligencia y estrategia logró conseguirle la candidatura independiente, echándose a la bolsa a jueces, magistrados, empresarios, deseosos de tratos nuevos.

Rosa Iris Vallejo, resultó incluso ser más capaz que su amante para llevar a cabo la nueva política, el puesto de mano derecha le quedaba muy chico, muchos opinaban que ella debía ocupar el lugar de Emilio, pero había un inconveniente: era mujer. Valiéndose de la fortuna del candidato, supo poner dinero en los bolsillos correctos, colocando a éste en la mira de todo el Estado, era el líder de las encuestas.

Emilio Cortés no podía darse el lujo de perderla, si todos lo respetaban era por ella, la sola imagen de él no era más que la de un títere al que todos iban a usar de forma indiscriminada. La presencia de su socia le garantizaría que se le respetaran sus derechos y acuerdos donde el saliera beneficiado.

—Mi amor tu no me puedes dejar, no puedes abandonarme ahora que es cuando más te necesito… —le susurró al oído mientras sus manos descendían a sus abultadas caderas, aprisionándole las nalgas. —Ese matrimonio es de mentira, he visto a esa vieja unas pocas veces, las suficientes para que la prensa nos crea este cuento. Es para lograr mayor cantidad de votos, mi cielo.

Iris no era estúpida, sabía que él mentía, pero a pesar de ser una mujer de carácter, estupenda estratega y una cabrona en lo que hacía, ante Emilio era débil, lo había amado desde niña y desde ese momento el no hizo otra cosa que no fuera aprovecharse de ese amor.

Ella quería escapar, pero las manos de su amante la anclaron a su cuerpo, ese que deseaba tanto tener no solo en la sombra sino a la luz del mundo entero. Emilio sabía lo que se tenía que hacer para bajarle la guardia, sus labios recorrieron le recorrieron el cuello, una mano colándose bajo su falda y la otra luchando por liberar una de sus tetas.

Iris suspiró, luchando internamente para no volver a caer, pero al sentir la húmeda lengua de Emilio en su pezón endurecido, mandó al demonio el raciocinio para entregarse a ese amor tan intenso que terminaría solo con su muerte.

—No me puedes dejar, gordita, yo te necesito, te amo…

—Deja de mentir y cógeme… —le ordenó.

Continuó lamiendo su pezón, mientras liberaba la otra teta, pellizcándola, restregando su rostro en sus enormes senos. Emilio no era de piedra, por más que le costara admitir, deseaba con locura ese cuerpo gordo, con Iris obtenía el verdadero placer, ese que ninguna modelo, actriz o mujer de belleza estandarizada podía proporcionarle.

Desesperado le dio la vuelta, reclinándole el cuerpo sobre el escritorio, alzándole la falda se encontró con su abundante trasero, ese en el que solía perderse tantas horas hasta casi desfallecer. Tenía puesta esa pantaleta negra trasparente, que tanto lo enloquecía, podía apreciarse la sensualidad de una piel de naranja, perfecta en toda su imperfección.

—¿Cómo crees que voy a poder vivir sin este culo? —dijo para después bajarle la ropa interior a la altura de las rodillas.

Ella se mordió los labios para no gritar, cuando sintió a Emilio hundir su rostro en medio de sus nalgas, como su ágil lengua se deslizaba desde su ano, saboreando sus pliegues, recorriendo el camino sagrado hasta llegar a su carnosa vagina.

Separando sus labios, buscando su punto G, ese que jamás lograba encontrar, pero al que cada día se acercaba más. Justo cuando creyó que al fin lo habría de acariciar, Emilio se bajó la cremallera, dispuesto a penetrarla sin más, ella trató de moverse, pero él se lo impidió, tomándola del cabello, atrayéndola hacia él, no tuvo más remedio que parar el culo, sintiendo como su verga acariciaba sus labios, abriéndola una vez más.

Tomándola fuerte por las nalgas, Emilio comenzó a embestirla, con la rudeza de siempre, sintiendo como la humedad de Iris le empapaba el pantalón, la jaló aún más del cabello, azotándose contra su cuerpo, sintiendo como su verga se hinchaba cada vez más en su interior. Ambos gemían a un volumen bajo, para que nadie fuera de esa oficina se enterara del idilio que ocurría al interior.

—Te amo, gordita, yo no puedo vivir sin ti…

Ella cerró los ojos, mientras las lágrimas acariciaron sus mejillas y se dejó llevar por esas mentiras, deseando con todas sus fuerzas que algún día se hicieran realidad. Motivada por la idea de ser suficiente para el hombre que amaba, Iris estuvo a nada de alcanzar el orgasmo, cuando un leve gruñido acompañado de una sensación tibia, le anunciaron que Emilio había terminado.

Enojada lo apartó, con violencia.

—Ya ni para coger sirves, cabrón.

—No te pongas así, es que no me pude aguantar.

—Llevas mucho sin poderme satisfacer, todas tus putas te quitan energía, ¡Me quitan lo que me pertenece!

Y estaban por enfrascarse en una nueva y acalorada discusión, pero Iris ya estaba cansada.

—Me voy.

—Si te vas ¿Quién va a ser mi Secretaria de Gobernación? —soltó Emilio a modo de patadas de ahogado.

—¿Qué dices? —preguntó incrédula.

—¿A caso crees que todo tu esfuerzo no rendiría frutos algún día?

Iris lo miró pensativa, nunca había ambicionado nada más que su amor y al parecer sería lo único que no tendría jamás.

—¿No ibas a poner a Uriarte en la segob? —le cuestionó, desconfiando.

—A él le voy a dar otra cosa, quiero que permanezcas a mi lado…eres importante para mí. No puedo hacer nada si no es junto a ti.

El corazón de Iris se encogió de dicha, no importaba a cuántas mujeres se llevara a la cama, ni con quien se casara, el lugar que Iris tenía en la vida de Emilio era aún más importante que cualquiera de sus rivales.

—Si te quedas a mi lado te juro que te doy ese puesto.

Iris intentó meditarlo, era una propuesta muy valiosa que al mismo tiempo le permitirían seguir acompañando a su amado, sin levantar sospechas. Una vez más creyó en las mentiras de ese hombre, confió en el por última vez.

Lo abrazó, se besaron perdiéndose en una pasión infinita, para Emilio era imposible no acariciarle las nalgas cada que la tenía tan cerca, no lo podía evitar, la deseaba tanto como ella a él.

—¿Qué va a pasar con nosotros? —preguntó ella tímidamente.

—Deja que pase el sexenio mi vida…

—¡No mames! —dijo ella, con desprecio, intentando apartarse de sus brazos.

—Shhh, tranquila bebé, existe el divorcio, no pasa nada. Es por el bien de todos.

Ella no tuvo mayor remedio que aceptar.

Se acomodó la ropa, dispuesta a abandonar la oficina, cuando entonces lo oyó decir:

—Iris, tengo otra condición para darte definitivamente la secretaría.

Ella entornó los ojos, después de diez años, pecaría de ingenuidad si seguía creyendo que con Emilio nada era así de fácil.

—Tengo a todos de mi lado, preciosa, todo eso gracias a ti, pero me falta un grupo en específico, uno al que todavía no hemos podido acceder. Ya sabes de quienes te hablo. —le dijo mirándola con seriedad.

—El Cártel Saavedra. —respondió Iris, con un cansado suspiro.

—Así es, mi amor. Conseguí al fin una línea que nos va a llevar a ellos, sé de muy buena fuente que están insatisfechos con sus tratos con el gobierno actual quieren cambiar de bando. Están interesados en platicar con nosotros y ver cómo podemos alinear intereses.

—¿Para eso también me necesitas? —preguntó altiva.

—Tu sabes lo que pienso de esa gentuza, no nos podemos reunir, es peligroso. —respondió su amante con orgullo.

—¡Ah! ¿Y yo sí?

—Mi amor, tu siempre has sabido cómo hacer el trabajo sucio… —le dijo besando su cuello.

—Eres un desgraciado…

—Shhh

Él la silenció con un beso, de esos que la hacían flaquear.

—Me dieron el contacto de Víctor Saavedra, el jefe de la plaza de nuestro hermoso Estado. Necesito que te reúnas con él y quiero que en mi nombre llegues a un acuerdo que nos beneficie a todos.

Iris sintió como sus gruesa piernas temblaron bajo su falda, se había enfrentado a políticos y empresarios, pero nunca a un capo de la mafia. ¿Sería capaz de arriesgar su propia vida por Emilio? Eso no había ni que cuestionarlo.

Como una niña buena, asintió con la cabeza, su amante sonrió orgulloso, la besó nuevamente en los labios a modo de agradecimiento.

—Gracias mi vida, por eso eres y siempre serás mi favorita.