Xtories

El círculo. Cap.9 Los que no se mojan

En los pasillos de un hotel donde se decide el futuro político, Damián no busca solo votos, sino sumisión. Cuando la candidata que necesita llega a su habitación, el trato deja de ser solo verbal: ella se rinde, él toma el control, y ambos comprenden que en este juego, el placer es la moneda de cambio más peligrosa.

Ixchel Diaz M2.1K vistas9.1· 7 votos

La terraza del hotel sede se alzaba sobre la ciudad de Chihuahua como un monumento discreto, a salvo del ruido y la vulgaridad del mundo. Las montañas se dibujaban a lo lejos, entintadas por una bruma seca y amarilla, como si el sol se hubiese extinguido lentamente sobre el horizonte.

Damián estaba ahí, de pie, con una elegancia que parecía no pertenecer a ese lugar. Llevaba una guayabera blanca de lino, planchada con esmero, sin una sola arruga que delatara descuido o prisa. El cuello abierto dejaba entrever apenas el principio de su pecho liso, bronceado de forma natural. Sus pantalones beige parecían cortados a su medida, suaves, discretos, como si cada pliegue supiera exactamente qué revelar y qué esconder.

Sonreía con una calma estudiada, el tipo de sonrisa que usaba cuando escuchaba más de lo que decía. Dos hombres del partido de la Ciudad de México le hablaban animadamente, uno de ellos con una copa de vino blanco ya tibio entre los dedos; el otro, con voz nasal y frases ensayadas, le narraba las tensiones internas en la delegación Cuauhtémoc.

—...pero nadie quiere decirlo frente a él, claro. Todo mundo lo sabe, todo mundo lo niega —decía con una mueca cargada de ansiedad—. A veces siento que estamos en una obra de teatro, ¿no? Todos actuando papeles que detestamos.

Damián asentía, sin interrumpir, como un espejo que sólo devuelve lo necesario. Había una especie de placer frío en verlos vaciarse así. En provocar, sin hablar, la confesión.

Detrás de ellos, el murmullo del viento se deslizaba entre los vasos, las cortinas ligeras, los manteles blancos. El cielo se había puesto de un gris violento, y aunque aún era temprano, ya no quedaba luz verdadera.

A unos metros de distancia, en una mesa solitaria cerca del bar exterior, Teresa “Chikis” aguardaba. Su mirada iba del teléfono a la nada, atrapada en un gesto ambiguo entre la impaciencia y el desprecio. Llevaba un conjunto de mezclilla clara, ceñido a su figura. El pantalón ajustado le marcaba las curvas y la chamarra corta dejaba ver una blusa de encaje negro, con detalles florales apenas perceptibles. Llevaba botas de piel bordadas, elegantes, costosas. El cabello recogido en una cola alta parecía aún húmedo por el viaje. A pesar del clima seco, llevaba unos lentes de sol oscuros sobre la cabeza, como si se negara a mostrar los ojos del todo.

No hablaba con nadie. No tomaba nada. Ni una copa, ni una mirada ajena. A su alrededor, el bullicio comenzaba a crecer, pero ella parecía apartada, como una figura colocada en escena antes del primer acto. El resto de su equipo no había llegado. O tal vez no importaba.

A veces giraba el rostro, con movimientos breves, como si algo invisible la inquietara. Como si supiera, sin saber por qué, que alguien la observaba.

La tarde se hundía con lentitud. El evento aún no comenzaba, pero algo ya había empezado. En otra parte. Adentro.

Damián terminó su copa con un gesto suave, dejó que el hielo se deslizara por los bordes de cristal mientras fingía aún escuchar a los capitalinos. Luego se despidió con una excusa elegante —“me parece que debo saludar a alguien”— y caminó despacio hacia la mesa donde estaba Teresa Chikis.

Ella no lo vio llegar. Estaba demasiado absorta en su propio tedio. Damián lo sabía. La mente humana es más vulnerable cuando se aburre.

—Tu papá contaba una historia tremenda de los ochentas… —dijo, de pie junto a ella, sin pedir permiso, sin vacilar—. Lo detuvieron saliendo de una reunión en Tehuacán. Lo encerraron una semana. El MP de entonces le pidió disculpas llorando. Imagínate el nivel de poder que tenía el PRI como para quebrar al tipo que le había salvado la vida dos años antes.

Teresa levantó la cabeza. Sus ojos se afilaron con una mezcla de escepticismo y curiosidad.

—¿Cómo sabes eso?

—Te pareces a él cuando estás sola. Pero eso no es algo que cualquiera vea —respondió Damián, sonriendo con esa lentitud que raya en el cinismo. Se sentó frente a ella, sin preguntar.

Un breve silencio se instaló entre ellos. No era incómodo. Era como si el aire se tensara, expectante.

—No sabía que te interesaba la historia del partido. Pensé que eras más… coyuntural —dijo ella, tanteando el terreno.

—Todo lo coyuntural es efecto de una historia mal leída. Pero tú lo sabes. Solo que prefieres que se confundan.

Ella soltó una pequeña risa, más como un reflejo que como una respuesta.

—¿Y tú? ¿También vienes a la asamblea a hacer historia, o a fabricar efectos?

Damián se encogió de hombros.

—A veces lo mismo. A veces me basta con ver quién se equivoca antes.

Ella lo observó detenidamente. Algo en su expresión —esa mezcla de ironía y frialdad— la descolocaba. Le resultaba difícil clasificarlo.

—¿Qué opinas de Ávila, mi operador en zona norte? —preguntó de pronto, como retándolo.

Damián arqueó una ceja.

—¿Ávila? El que dice “gobernanza” como si fuera un conjuro y no una estrategia. Ese sujeto podría hacer que la corrupción suene aburrida.

Teresa soltó una carcajada espontánea. Abrió los labios como si fuera a decir algo más, pero luego se contuvo. Lo miró por unos segundos, y luego suspiró.

—Eres más divertido de lo que pensaba. O más venenoso.

—Lo uno nunca excluye lo otro.

El viento se levantó un poco, arrastrando una hoja suelta de papel de algún folder abandonado. Damián la atrapó con rapidez, y al pasarla a Teresa, sus dedos rozaron los de ella. Fue un contacto leve, sin ninguna torpeza. Pero ella no lo retiró de inmediato.

Hubo una pausa. Una mirada sostenida. Ella bajó los ojos primero. Reacomodó su chamarra. Su teléfono vibró con excesiva oportunidad.

—Bueno… creo que ya llegaron mis asesores. Tengo que fingir que los escucho.

Se levantó con elegancia. Antes de dar el primer paso, Damián se inclinó ligeramente hacia ella, lo justo para que sólo ella lo escuchara.

—Te subestiman porque les das miedo. Yo te admiro porque aprendes de todos y no le debes nada a nadie.

Ella no respondió. Pero al alejarse, sonreía. Una sonrisa leve, casi infantil. Confundida. Intrigada.

Damián la siguió con la mirada. No disimuló, puso atención a su redondo trasero, pero luego notó su sonrisa. Ya la había visto sonreír antes, en foros, en videos de campaña. Esa no era su sonrisa de siempre. Era otra cosa. Una grieta.

Se quedó solo. El cielo encima parecía un velo sucio, y la ciudad, abajo, una trampa abierta.

Ya quería verla desnuda. No por deseo, no del todo. Por control. Por saber qué escondía esa piel debajo de su coraza política. Cuántas máscaras más se caían cuando nadie miraba.

Porque Teresa Chikis era peligrosa. Y él, paciente.

__

La suite olía a cuero viejo, madera encerada y una pizca de desconfianza. En el rincón más sobrio, un bar revestido de granito oscuro y repisas de cristal con licores caros como promesas incumplidas. Julio Altamirano vertía su propio whisky. Un gesto mínimo, pero significativo. El poder también se mide en quién no necesita que lo atiendan.

Damián, en cambio, sostenía un vaso bajo con hielo y agua mineral. Tranquilo. Siempre tranquilo. Había elegido no beber, no para parecer sobrio, sino para mantener el filo agudo. Lo miraba como quien evalúa la trayectoria de una bala antes de dispararla.

—¿Sabes qué me preocupa de Lorenzo? —dijo Altamirano, sin mirarlo aún, girando el vaso entre los dedos como si le arrancara respuestas al ámbar espeso—. No que quiera poder. Que lo quiera como si fuera a vivir para siempre.

Damián sonrió. Una sonrisa tenue, apenas una vibración en la comisura de los labios.

—Lorenzo tiene la extraña costumbre de pensar que todos le deben algo. Hasta el tiempo.

—Y tú no. —Altamirano lo miró por fin, directo, como si atravesara una niebla—. Tú no esperas lealtad. Solo información.

—La lealtad se desgasta. La información, en cambio, se recicla.

Altamirano rió. Un sonido bajo, seco. Bebió.

—Me agradas, Damián. Nunca dices todo, pero cuando hablas, sé que debo escuchar.

Un silencio se instaló, tenso, pero útil. Damián se movió apenas, cruzando una pierna con la calma del que no tiene apuro.

—Mireya puede ser Puebla. Pero no como continuidad. Tiene que oler a ruptura. A renovación.

Altamirano asintió, sin sorpresa.

—La quieren limpia. Pero no virgen.

La frase cayó como un cubo de agua en aceite. Damián no pestañeó.

—No hay vírgenes en esta iglesia. Solo fieles que saben cuándo arrodillarse.

El gobernador soltó un resoplido. No era risa, no del todo. Más bien reconocimiento.

—Sabes que Lorenzo no ve bien a Mireya. Dice que le recuerda a su exesposa.

—Yo puedo convencerlo. Él necesita pensar que fue su idea.

—¿Y no lo fue?

Damián se tomó su tiempo antes de contestar. Dio un sorbo al agua, como si el hielo llevara siglos derritiéndose.

—Lorenzo todavía cree que el plan lo necesita a él. No al revés.

Altamirano lo observó, sopesando.

—¿Te acostaste con ella? —preguntó de pronto, sin cambiar el tono, como quien pregunta si ya vio cierta serie.

Damián lo miró a los ojos, sin gesto alguno.

—Me acuesto con las ideas. Mireya es una buena idea.

Altamirano sonrió, satisfecho.

—Eso es lo que me gusta de ti. Nadie sabe si estás siendo poético o estás mintiendo.

—A veces es lo mismo.

Un silencio volvió a tomar el lugar como un humo espeso. El gobernador se sirvió otro whisky, esta vez sin mirar. El gesto era sutil: seguir en control. Pero ya no estaba marcando el ritmo.

Era Damián.

Altamirano dejó el vaso a medio beber sobre la barra. El hielo ya se derretía, deshaciéndose como los escrúpulos. Caminó hacia una cómoda al fondo de la suite, abrió un cajón sin llave y extrajo un paquete envuelto en una bolsa negra de piel suave. No lo abrió. No lo explicó. Lo colocó sobre la mesa de centro, entre ambos, como si fuera una ofrenda o una advertencia.

—Eso es por tu paciencia. Por tu lealtad.

Damián no lo miró de inmediato. Observó el paquete como quien ve una caja con un animal dormido adentro. Luego lo tomó sin urgencia, sin codicia. Lo pesó en las manos. Era mucho. No necesitaba contar para saberlo. Los verdaderos jugadores no piden cifras: leen el lenguaje del silencio.

—¿Y si lo logramos? —preguntó, sin matices, como quien habla de cambiar el clima.

—Si Mireya es candidata, y aguanta… habrá más. No sólo dinero. Posiciones. Cargos. Poder real.

Damián asintió. Despacio. Como si esa palabra —real— se le quedara entre los dientes.

Se levantó sin decir más. Guardó el paquete dentro de su maletín negro, con un gesto casi ceremonial, y luego lo cerró con firmeza, como quien baja el telón de una escena ya resuelta.

Antes de irse, se acercó a la barra, limpió con una servilleta la gota de whisky que el gobernador había derramado sin darse cuenta.

—Lo importante no es el dinero, gobernador —dijo en voz baja, mientras depositaba el papel mojado en el basurero de acero—. Es aprender cuándo usarlo, y contra quién.

Altamirano lo miró con una mezcla de desconfianza y respeto. Ese era el equilibrio. Ese era el precio.

Damián salió sin apuro. El pasillo del hotel estaba en penumbra, iluminado por lámparas tenues que proyectaban sombras largas sobre la alfombra persa. Caminaba con el maletín colgando de su mano izquierda, como si fuera una herramienta de trabajo, no una fortuna en efectivo.

No se sentía sucio. Ni poderoso. Se sentía… lúcido.

Por primera vez, entendía que el poder no era un fin. Era una técnica. Una forma de abrir puertas que antes ni siquiera sabía que existían.

Y el dinero… el dinero no era recompensa. Era metralla. Algo que se dispara en el momento justo.

Antes de entrar al elevador, se detuvo frente a un espejo. Ajustó el cuello de su guayabera con una lentitud meticulosa. Lo miraba todo: sus ojos tranquilos, su postura controlada, su reflejo que no temblaba.

Damián no era ambicioso. Era paciente.

Y la paciencia —entendió esa noche— es el verdadero nombre del poder.

__

Sala Privada “Nogales” 09:11 a.m.

Las cortinas estaban corridas, las luces bajas. No por discreción, sino por hábito: los hombres que estaban allí llevaban décadas negociando en la penumbra. Afuera, en los salones principales, los delegados comenzaban a llenar las mesas, se escuchaban los murmullos rituales de un congreso en marcha, el eco de los discursos por venir. Pero en esta sala, el tiempo avanzaba de otra manera: más lento, más afilado.

Lorenzo encabezaba la mesa. No necesitaba levantar la voz. Su presencia bastaba. A su derecha estaba Serrano, el eterno número dos, con su voz nasal y sus manos grandes. A su izquierda, una figura nueva en ese espacio: Damián. Vestía unos pantalones color camello, y una camisa blanca desfajada, con las mangas dobladas por los antebrazos y dos botones sin abrochar. Había algo en la quietud de sus hombros, en la manera en que observaba sin pestañear, que lo hacía ver como si siempre hubiera estado allí.

A su alrededor, dos más: Núñez, un viejo cacique de Tlaxcala con voz rasposa y sonrisa falsamente campechana, y Barragán, un exalcalde de Hidalgo con fama de traidor pero memoria perfecta.

—Vamos a lo importante —dijo Lorenzo, dejando caer una carpeta manila sobre la mesa—. La línea es renovación, pero sin perder control. Los delegados del Edomex, Puebla y Tlaxcala tienen que hablar con una sola voz. Y esa voz es la nuestra.

—¿Y si se nos sale alguien por la izquierda? —preguntó Núñez, encendiendo un cigarro sin pedir permiso.

Serrano alzó una ceja.

—Para eso está Damián.

Todos voltearon a verlo. No con duda, sino con curiosidad. Como quien observa un cuchillo nuevo.

Damián no se inmutó. Tomó la palabra con la misma parsimonia con la que había servido su vaso de agua.

—Ya hablé con los operadores de los delegados de Texcoco y Zacatlán. Van a seguir la narrativa. Les ofrecimos lo mismo que a los demás: espacio, y margen. No cargos. Autonomía negociada. Si alguien rompe... no es por hambre, es por ego.

—¿Y Lorenzo? —preguntó Barragán con una sonrisa torcida—. No tú —se corrigió, mirando al jefe de la mesa—, el otro Lorenzo. El de Comunicación. Ese cabrón siempre quiere improvisar en el pleno.

—No va a improvisar —dijo Damián, sin apuro—. Ayer se acostó con una de las edecanes de Altamirano. Lo vamos a distraer toda la mañana con ella. Ya está armado.

Un silencio breve. Luego, una risa seca de Serrano.

—Eficiente.

Lorenzo asintió en silencio. Luego tomó una hoja y comenzó a leer. No había prisa. Lo que se pactaba en esa sala era más importante que cualquier votación.

En ese momento, Damián comprendió que ya no estaba "colaborando". Estaba dentro. Era parte del diseño. No sólo ejecutaba: interpretaba, afinaba, corregía.

No lo admiraban. No lo querían. Lo necesitaban.

La guerra interna del partido se estaba decidiendo en esa habitación. Y Damián ya empezaba a mover las piezas. Con precisión quirúrgica.

La sala privada quedó en silencio tras la salida de los demás. Solo Lorenzo permanecía sentado, hojeando sin mirar las hojas frente a él. Damián seguía de pie, con las manos cruzadas a la espalda, el rostro impasible. Afuera, el bullicio de la Asamblea sonaba lejano, irrelevante.

Lorenzo alzó la vista sin sonrisa, como si recién notara que no estaban solos.

—¿Sabes por qué estás aquí, Damián? —preguntó, sin tono paternal ni cálido—. No es por lealtad. No es por talento. Es porque entiendes el silencio. La pausa. Lo que no se dice.

Se sirvió un poco más de café, lentamente, con la delicadeza de quien ha aprendido que el poder no necesita apurarse.

—La política no se decide en los votos —continuó—. Eso es lo que les vendemos a los idiotas. La política real se decide en la agenda invisible. El que agenda, manda. Y tú… ya estás empezando a escribirla.

Damián asintió apenas, sus ojos oscuros fijos en los de Lorenzo, como si cada palabra estuviera perforando otra capa de su entendimiento.

Entonces, la puerta se abrió. La luz del pasillo se filtró brevemente como una ráfaga. Y ahí estaba ella. Helena. La esposa de Lorenzo.

No caminaba, flotaba. Como si el suelo mismo se doblara para no rozar sus tacones. Vestía de negro satinado, una falda entallada que marcaba sus caderas y una blusa de seda con un escote mínimo, pero letal. Su cabello, suelto, caía como una promesa. Sus ojos... no eran de este mundo.

—¿Interrumpo algo? —preguntó con una sonrisa apenas dibujada, y una voz que sonaba a terciopelo mojado.

—Siempre interrumpes —respondió Lorenzo con un dejo de resignación afectuosa, sin voltear.

Helena se acercó lentamente, como un animal que sabe su lugar en la cima de la cadena. Se apoyó en el respaldo de la silla de su esposo, y su mirada se clavó en Damián con un interés que no era solo político.

—La lealtad es como la ropa interior —dijo, jugando con una uña pulida—. Todos la traen… hasta que se mojan.

Lorenzo soltó una risa seca. Serrano, aún en la puerta, carcajeó. Incluso Núñez soltó un “¡jajaja, muy buena!” desde el pasillo.

Solo Damián no rió.

La observó. En silencio. Sosteniendo su mirada. Sintiendo algo que no era deseo, ni incomodidad, sino alarma. Helena no era una acompañante decorativa. Helena sabía. Jugaba. Medía. Y algo en su forma de hablar… de existir, incluso… le dejaba claro que dentro del matrimonio más influyente del círculo, no había solo uno que mandaba.

Había códigos. Había símbolos. Y había una reina en ese tablero. Una que no perdonaba miradas torpes.

—¿Ya viste cómo te mira? —murmuró Helena a su esposo, sin dejar de ver a Damián—. Como si te quisiera morder el corazón y comérselo en silencio.

Lorenzo sonrió, como quien ya no le teme a su propio infierno.

—Él no muerde. Él disecciona.

Damián bajó la mirada por primera vez. No por sumisión. Por cálculo. Helena había visto algo. No sabía qué, pero lo había olido.

Y las bestias olfatean el poder antes que nadie.

La reunión se había terminado. Pero no la partida. Damián, al salir de la sala, no pensaba en los discursos que vendrían. Pensaba en los códigos. En los ojos de Helena. Y en el sabor que tendría algún día... sentarse en la silla de Lorenzo.

__

El pasillo trasero del salón de convenciones estaba apenas iluminado, con el zumbido grave del aire acondicionado y el eco lejano de los discursos que continuaban al otro lado de las puertas dobles. En una mesita lateral, dos termos de café mal servidos humeaban tímidamente. Damián estaba ahí, sirviéndose en un vaso de cartón con movimientos precisos, casi ceremoniales.

El chasquido de unos pasos lentos, pesados y seguros, marcó su llegada.

—Te voy a decir algo —dijo Serrano, sin saludar, deteniéndose justo a su lado—: este café está igual que la Asamblea… amargo, recalentado y servido por becarios que creen que importan.

Damián sonrió apenas. No se volteó enseguida.

—Entonces está a la altura de tu nostalgia —respondió, levantando el vaso—. Aunque yo prefiero el agua.

Serrano soltó una carcajada seca, áspera, como si le costara salir de los pulmones.

—Tienes filo, Damián. Me gusta eso. Pero el filo corta… y los cuchillos nuevos suelen oxidarse rápido.

—O abrir caminos que otros no se atrevieron a cruzar.

Ahora sí se miraron. Dos generaciones enfrentadas, no por edad, sino por método. Serrano, con su traje a la medida, su peinado sin arrugas y el olor tenue de loción cara. Damián, con su rostro de estatua, su camisa abierta apenas en el cuello, sin prisa.

—¿Ya escribiste tu gran discurso para la tribuna? —preguntó Serrano, con voz pastosa—. O vas a seguir hablando entre líneas, como los que nunca se mojan.

Damián sostuvo la mirada con calma, sin rastro de provocación.

—No vine a mojarme, Serrano. Vine a mover la lluvia. Puebla necesita otra narrativa. Ya lo sabes, aunque te hagas pendejo.

Hubo una pausa.

Serrano se sirvió café, lo revolvió sin azúcar, sin necesidad real de hacerlo. Luego, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, apoyó una mano en el hombro de Damián. Una palmada. Firme. Amable en apariencia. Vacía de afecto.

—Eres brillante. Pero te falta una cosa —murmuró, bajando el tono—: saber cuándo detenerte.

Damián bajó la vista un segundo. Luego dio un paso atrás. Dejó el vaso de café intacto sobre la mesa.

—Y a ti te sobra una cosa, Serrano —respondió, bajando también la voz, pero con una precisión quirúrgica—: creer que los demás no aprenden.

Ambos sonrieron. Frías. Estudiadas. Políticas. Y luego se alejaron por caminos distintos del pasillo. Con sus espaldas erguidas. Y la certeza de haber escuchado una declaración de guerra.

__

La habitación del hotel estaba en penumbra. Solo una lámpara de lectura encendida proyectaba una luz cálida sobre el escritorio de madera oscura. El eco lejano del tránsito en la avenida aún vibraba a través de los ventanales gruesos. Damián estaba sentado, con la camisa desabotonada hasta el tercer botón, los zapatos fuera, un vaso de agua medio lleno en la mesa. Ojeras marcadas. Silencio.

El celular vibró. Valeria. Videollamada.

Tardó unos segundos en responder. Respiró hondo.

—Hola, mi amor.

La imagen apareció de inmediato: Valeria, cabello recogido, cejas fruncidas, sin maquillaje. Estaba en su cuarto, en penumbra, con esa luz azulada de los focos LED que tanto odiaba Damián. Se veía cansada… o harta.

—¿Ya acabaste con tus asambleas? —preguntó sin saludo.

—Sí… por hoy. ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu hermana?

Valeria se cruzó de brazos. Tenía esa expresión contenida que Damián reconocía muy bien: la de su madre.

—Mamá está triste, papá.

Damián tragó saliva.

—¿Por qué?

—¿De verdad me preguntas por qué? —dijo, y bajó la voz, como si hubiera más gente cerca—. Estás allá... sonriendo con tus amigos políticos o lo que sea. Y aquí mamá no quiere ni salir del cuarto.

—No estoy sonriendo —respondió él, suave, pero firme—. Estoy haciendo lo que tengo que hacer, Valeria. Esto también es por ustedes.

Ella soltó una risa breve, sin alegría. Lo miró directo a la cámara.

—Haz lo que quieras, papá. Ya lo estás haciendo, ¿no?

Hubo una pausa. Larga. Cargada.

—Val... yo te amo.

Ella asintió, sin emociones.

—Sí. Pero eso no siempre alcanza.

Y colgó. Sin decir adiós. Sin dudarlo.

Damián bajó el teléfono, dejó que su mano cayera sobre la cama. Miró el techo como si esperara que una grieta se abriera y se lo tragara. El mundo allá afuera temblaba por su voz, por sus movimientos. Pero ahí, en ese cuarto, solo quedaban los ecos del precio.

Y entonces, vibró de nuevo.

Ximena. Solo verla en la pantalla le alivió algo. Contestó de inmediato.

—¿Qué onda, pa? ¿Ya acabaste de jugar a la política o todavía sigues en tu asamblea secreta de los Avengers?

Damián soltó una risa cansada.

—Ya, ya... por hoy ya colgué la capa.

—¿Y la corbata de villano también?

—Esa nunca me la quito —bromeó, acomodándose en la cama—. ¿Qué haces, enana?

—Estudiando... más o menos. Pero me distraje porque mamá está medio histérica.

Damián se enderezó un poco.

—¿Otra vez?

—Sí, pero esta vez se lo tomó más personal. Te vio en una nota de no sé qué portal y se encerró. Estaba con Valeria, ya sabes cómo se ponen las dos... team “Papá nos falló”.

Él suspiró. Cerró los ojos un momento.

—No es tan fácil, Xime.

—Lo sé... pero tampoco es tan difícil hablar, pa. A veces siento que están todos fingiendo una peli de familia feliz que ya se acabó. Menos tú.

Damián bajó la mirada. Silencio.

—Yo no quería que esto pasara así...

—Lo sé. —Ximena se recargó en su almohada, con la cámara temblando un poco en sus manos—. Pero tampoco puedes vivir en dos mundos. Mamá se siente sola. Val está encabronada. Y yo... yo ya me estoy preparando por si se separan.

Damián la miró, serio.

—No digas eso, Ximena...

—No es que lo quiera. Pero si pasa... quiero vivir contigo, ¿ok?

Eso lo desarmó. Por dentro algo se rompió, suave. Como si una puerta se cerrara para siempre y otra, más fría, se abriera.

—¿Y por qué querrías eso?

—Porque contigo no tengo que actuar. Porque tú sí me escuchas. Porque... no sé. Eres el único que sigue siendo real en esta casa, aunque estés lejos.

Él tragó saliva. No dijo nada por unos segundos. Solo la miraba, con esa mezcla de orgullo, dolor y miedo.

—Gracias, hija. Te juro que todo esto... todo lo que estoy haciendo, tiene una razón. Aunque parezca que estoy lejos... estoy más cerca de ustedes de lo que crees.

—¿Sí? Pues aviéntate un conjuro político y haz que mamá deje de llorar, ¿no?

—No funciona así...

—Ya sé, papá. Solo cuídate, ¿va? No quiero que te pierdas en ese mundo. Se ve cabrón.

Damián sonrió, triste.

—Un poco.

—¿Mucho?

—Un chingo.

Ximena rió bajito.

—Te amo, pa.

—Yo te amo más.

—Y si te vuelves presidente, ¿puedo tener un Mustang?

—Si me vuelvo presidente, te lo compro en rosa con luces neón.

—Uf, me vendiste la campaña.

—Vete a dormir, loca.

—Ya casi. Bye.

Colgó. Y el cuarto volvió a quedar en silencio.

Damián se quedó viendo la pantalla en negro del celular. Luego se recostó sin apagar la luz, con el vaso de agua en la mano.

El silencio volvió. Pero ya no era el mismo.

En esa habitación de lujo, mientras afuera se tramaban candidaturas y traiciones, un hombre empezaba a comprender que el poder es también una forma de exilio.

Y que las cosas más importantes no hacen ruido al romperse.

Damián quedó con la mirada fija en el techo, sintiendo cómo su mundo cambiaba por dentro... sin hacer escándalo. Ya no era parte de la familia, no del todo. Pero tampoco lo era de su pasado.

Ahora habitaba ese espacio extraño entre el poder y el vacío, entre la gloria y la soledad.

Y aún así... no quería salir de ahí. Porque por primera vez en años, sentía que todo eso era real.

__

El whisky sabía a madera vieja. A silencio. A resentimiento mal digerido. Damián lo bebía sin prisa, sentado frente al ventanal del piso quince, viendo cómo las luces de la ciudad titilaban como luciérnagas enfermas. Una noche más lejos de su casa, aunque “casa” ya era un concepto vago. Irreal.

Damián tenía en la cabeza las palabras de días antes de Isabella, el cómo lo corrió, ese leve temblor en sus ojos… Él se había ido sin dar pelea. Sin prometer nada.

Ahora estaba ahí, solo, después de un día lleno de aplausos huecos, discursos escritos por becarios y sonrisas que olían a saliva rancia. En el espejo del minibar su reflejo parecía más viejo de lo habitual. Más cínico. Más real.

La pantalla del celular vibró en la mesa de noche. Era ella. Abril.

Abril: ¿Estás solo?

Damián: Sí.

Abril: ¿Y triste?

Damián: Un poco. Me hace falta tu boca.

No tardó más de veinte segundos en llegar la videollamada. Damián dudó. No por culpa. Por vacío. Pero contestó. Siempre contestaba cuando era ella.

Abril apareció envuelta en una luz cálida, tenue, como de lámpara vieja. Cabello suelto, piel desnuda de maquillaje, blusa de tirantes que parecía más decorativa que útil. Lo miró con esos ojos verdes que lo hacían sentir joven, poderoso, irrepetible.

—Te ves cansado, —susurró.

—Lo estoy. Son un dolor de huevos los delegados.

Ella no indagó más. Solo sonrió.

—Es el precio de no llevarme.

Damián sonrió sin alegría. Bajó la intensidad de la lámpara y se recostó en la cama. La habitación era grande, silenciosa, demasiado impersonal para la intimidad que Abril traía consigo.

—¿Sabes qué fue lo peor? —dijo él.

—¿Que no te importó?

—Que me gustó.

Ella se mordió el labio. Esa manera suya de moverse, de respirar incluso, parecía diseñada para provocarlo. No necesitaba gritar deseo; lo respiraba.

—¿Quieres que te haga olvidar? —preguntó.

Damián no respondió. Solo se acomodó el teléfono sobre el abdomen. La imagen de Abril descendió. Mostró su clavícula, el escote, el tirante resbalando como si tuviera voluntad propia. Debajo, sus pechos redondos, turgentes, perfectos en su imperfección.

—Hoy pensé en ti todo el día, —dijo ella mientras deslizaba una mano entre sus piernas, fuera de cámara.

—En tu olor. En cómo me aprietas las boobies cuando te vienes.

El corazón de Damián latía con fuerza, pero su rostro seguía sereno. Frío. Como si observara una pintura perturbadora que no puede dejar de mirar.

—Hazlo, —ordenó.

Y ella obedeció.

La cámara bajó un poco. La puso en un lugar donde ella se viera por completo. El encuadre sugería más de lo que mostraba, pero era suficiente. Sus piernas se abrieron, el ritmo de su respiración cambió. Los dedos se movían como si conocieran un lenguaje secreto, uno que solo él entendía.

Damián metió la mano bajo el pantalón. No con urgencia. Con dominio. Como quien toca un arma.

—Pienso en cómo gemías ayer, —murmuró—. En cómo suplicabas sin decir una palabra.

Abril cerró los ojos. Su voz era un hilo.

—Lo haría mil veces más. Si tú me lo pides.

La masturbación fue lenta, sorda, como una ceremonia privada. Una confesión. Abril jadeaba apenas, rozando sus pezones duros como una piedra, tocándose con entrega, con hambre.

Damián se vino sin un solo sonido. Solo apretó la mandíbula y cerró los ojos. Cuando los abrió, ella lo miraba otra vez. Los pechos brillantes de sudor, los ojos húmedos de deseo o de algo más.

—Te amo, —dijo Abril. No lo pensó. Lo sintió.

Damián no respondió. Apagó la pantalla. Se quedó en silencio. Con la mano aún húmeda y el alma sucia de poder.

__

El cuarto olía a esperma tibio y whisky. Damián no se había movido. Seguía recostado en la cama, viendo el techo como si allí estuviera la respuesta a su vacío. La pantalla del teléfono seguía oscura, como una puerta recién cerrada. Abril. Te amo, había dicho.

Y él había colgado.

El zumbido del celular lo sacó de su trance. Un nuevo mensaje. Mireya. El nombre apareció en la pantalla como una punzada de otro tiempo. Otra piel. Otra versión de sí mismo.

Mireya Arévalo: ¿Ya sobreviviste tu reunión de delegados muertos vivientes?

La sonrisa le salió sola, torcida. Le respondía la piel más que la razón.

Damián: Apenas. Creo que mi alma se quedó atrapada en el elevador con el presidente del comité de ética.

Pasaron unos segundos. Luego, la trampa disfrazada de broma:

Mireya: Pobre. ¿Necesitas resucitar? Estoy en el 1187. Tengo vino. Y estoy húmeda.

Damián se frotó la cara. El cansancio pesaba como plomo, pero el mensaje era una descarga eléctrica.

Damián: ¿Así sin más? ¿Después de todo lo que me fumo porque seas candidata?

Mireya: Ven. No vengas. Me da igual. Pero si vienes, tráete tu sombra. Quiero que me pese.

Damián no contestó. Se levantó lentamente. El reflejo en el espejo lo miraba como si no fuera suyo.

El cuerpo había dejado de pertenecerle hacía tiempo. Ahora era herramienta. Moneda. Bandera. Abril lo amaba. Mireya lo necesitaba.

Y él, entre ambas, era solo un hombre que aprendió a fingir que manda, mientras se deshace en silencio.

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La habitación 1187 olía a perfume caro y algo más: la promesa de una noche sin culpa. Damián tocó la puerta con los nudillos, tres veces, como si golpeara sobre su propia conciencia.

Mireya abrió al instante. No llevaba nada más que un conjunto negro de encaje, diminuto, casi inútil, como si la ropa existiera solo para adornar el deseo. Las luces bajas del cuarto proyectaban sombras suaves sobre su piel tersa, canela tibia, y en sus ojos marrón oscuro brillaba algo más que lujuria: estrategia.

—Pensé que no vendrías —susurró, y sin darle tiempo a responder, lo rodeó con los brazos, lo jaló por el cuello de la camisa y le mordió suavemente la mandíbula—. No te vas a arrepentir de hacerme presidenta municipal.

La frase le perforó el oído como un conjuro. No tenía necesidad de fingir que aquello era casual. No con ella.

Mireya lo condujo adentro con la firmeza de quien se sabe deseada. Él la dejó. No había palabras en su garganta, solo ese calor espeso que lo ahogaba. Casi las once de la noche. Exhausto, sí, pero su cuerpo parecía haber olvidado eso. Tenía las manos encendidas, los ojos hundidos en sombra y el corazón bombeando como si algo urgente estuviera a punto de romperse.

Ella lo besó primero. Fue un beso que hablaba de noches anteriores y futuros pactos. Lo desnudó sin prisa pero sin pausa, con una eficiencia erótica que lo desarmó. La camisa voló al respaldo del sillón. Los pantalones, al suelo. Solo quedó él, piel y latido, y ella, envuelta en su encaje como una diosa decadente.

No tocaron el vino. No lo necesitaban.

La cama crujió apenas cuando ella lo empujó con suavidad sobre las sábanas. Lo montó como se monta una idea.

Damián, sin prisa, empezó a explorarla como si su cuerpo fuera un mapa recién descubierto. No había urgencia, solo precisión. Cada caricia era un trazo. Cada beso, una sentencia. Y Mireya vibraba. Gemía bajo el peso de sus manos, bajo la lengua que la dibujaba como si estuviera firmando un contrato en su piel.

Ella se entregaba con gozo, sí, pero también con cálculo. Y él lo sabía. Pero no le importaba. Porque en ese momento, el placer que le daba no era un arma, ni una transacción. Era un regalo. Y Damián, aunque no lo decía, empezaba a entender que el poder real también se tomaba así: desnudo, tembloroso, sudando sobre otro cuerpo que decía sí.

Mireya gritó su nombre al oído, una vez, luego otra.

Y Damián, con la mirada perdida en el techo, pensó en Abril. En su voz suave. En el te amo de hace una hora. No se vino. No necesitaba venirse. Eso era lo más aterrador.

Cambiar de posición era casi inevitable. Como si el cuerpo de Mireya se negara a conformarse con una sola forma de placer. Como si la política —igual que el deseo— exigiera variantes, giros, otra estrategia.

Él la sostuvo de espaldas un rato, tirando de sus caderas con ritmo lento, hondo, como si no existiera más que el sonido de su respiración. Luego ella lo cabalgó de nuevo, con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, con la cara descompuesta en un éxtasis que no necesitaba fingirse. Después, se enredaron de lado, como animales perezosos que no quieren soltar la presa, pero tampoco dejar de devorarse.

Finalmente, cuando Damián la montó por completo, con el cuerpo completamente suyo, ella gimió algo que no era palabra. Tenía las mejillas incendiadas, el cuello salpicado de sudor, y el temblor de sus piernas ya no era solo placer: era agotamiento.

—Ya... por favor... ya basta —dijo entre risas y jadeos, con la voz raspada por los gritos. Le apretó el pecho con una mano débil, como quien se rinde, como quien se entrega sin condiciones—. Me duele todo... no puedo más...

Y sonrió. Una sonrisa rota, feliz, empapada de derrota. Una sonrisa que no se ve en la calle, ni en los mítines, ni en las conferencias de prensa. Esa sonrisa era solo para él.

Entonces, como si supiera lo que él necesitaba, lo guió hacia su rostro. Le ofreció la boca. O quizá fue solo el gesto. Lo cierto es que Damián terminó en ella, en esa sumisión tranquila y sabia. Con un gruñido ahogado. Con la espalda tensa y las manos clavadas en las sábanas.

El orgasmo no fue solo físico. Fue una revelación: el poder también sabía a eso. A tener a una mujer con futuro político arrodillada, sudorosa, rendida. A verla cerrar los ojos con placer mientras aún saboreaba su semen.

Mireya durmió pronto, desnuda, extenuada, con las piernas aún abiertas, respirando profundo, con un hilo de sonrisa en la comisura de los labios y el sabor de Damián aún en la lengua.

Él se vistió en silencio. La camisa mal abotonada, el pantalón sin subir el cierre, el alma pesada. Luego, tomó la pequeña tanga de Mireya que descansaba en una esquina de la cama, sonrió de lado y la olió. Era poder. La guardó en su pantalón.

Regresó a su habitación sin prisa, con los pasillos alfombrados del hotel tragando el sonido de sus pasos. En su celular había aún el último mensaje de Abril: un corazón, un duerme bien, amor.

Pensó en ella. En sus hijas. En la puerta cerrándose en su casa. Pensó en el rostro de Mireya, satisfecho y vencido. Y se preguntó, mientras se dejaba caer en la cama vacía, si esa era la felicidad que tanto había buscado.

O solo otra forma de estar solo.