Un delicioso viaje de trabajo con mi jefa Alicia
El viaje de trabajo prometía ser una gira corporativa, pero la distancia y la noche tenían otros planes. Entre el mar y la luna, la Directora General dejó de ser una jefa para convertirse en una amante hambrienta, y él, el chófer que no sabía que estaba conduciendo hacia su propia perdición.
Me sentía orgulloso de haber conseguido ese puesto de Director de Marketing, para la cadena de centros de formación XXX. Aunque disponía de un buen curriculum a mis treinta y dos años, había habido una lucha feroz por ese puesto, con más de mil candidaturas recibidas, y tres finalistas. Mi experiencia como profesor invitado en la universidad de Ohio debió influir. Había publicado un libro sobre las nuevas tecnologías aplicadas a la formación.
Cuando solo llevaba una semana incorporado, Alicia Sánchez, la Directora General, me invitó a comer. Era una señora con mucha clase, que ya hacía algunos años que había cumplido los cincuenta, aunque su aspecto no lo reflejaba. Iba siempre exquisitamente vestida, con arreglo a su edad. No era alta ni baja, uno sesenta y algo. Ni delgada ni llena, unos sesenta kilos. Y una mirada brillante, directa, azul.
—Confío mucho en ti, espero que no nos defraudes. Me he implicado personalmente en tu contratación, y algún directivo querría que fracasaras para echármelo en cara.
—Yo también estoy muy ilusionado con este trabajo. Prometo no defraudarte.
Hablábamos casi todos los días, me dijo que me tomara un tiempo aprendiendo el negocio, antes de sentirme obligado a proponer una estrategia nueva. Aunque en la oficina se le tenía un cierto miedo, conmigo no podía ser más amable. Me preguntaba mi opinión sobre decisiones de todo tipo, incluso algunas ajenas a mi área de competencia.
La acompañé a un par de comidas de trabajo, una con su banquero, otra con funcionarios del Ministerio de educación. Me presentaba como el nuevo Responsable de Marketing del grupo. Cada vez me hacía más partícipe de la dirección, más como un director adjunto que como responsable de un área.
Cuando llevaba tres semanas con ellos, me llamó a su despacho.
—Pasa Alex. Voy a hacer esta semana una breve gira por los centros de Levante. He pensado que te vendría muy bien acompañarme. Podrías ayudarme a ver una visión más objetiva, más moderna.
—Me pillas de sorpresa. Si tú lo consideras conveniente.
—También serviría para conocernos mejor, sabes que espero mucho de ti
El miércoles por la tarde, después de dejar resueltos unos temas que retrasaron la salida, partimos para Albacete en su Lexus NX, una forma de SUV, de alta gama, que estaba contratado a través de un renting de empresa. Me pidió amablemente que condujera yo, para poder ir durante el trayecto reorganizando citas, trastocadas por el retraso al salir. La agenda incluía ver de seis a ocho centros y no solo había que coordinar con ellos, sino también los hoteles dependiendo de donde durmiéramos.
—Me alegro de que me hayas acompañado Alex. En tu brillante curriculum no destacaste tu habilidad como chófer. Eres un chollo.
—Confieso que estoy un poco nervioso de viajar con la Directora General, compartiendo tantas horas.
Para el viaje se había vestido más informal de lo que acostumbraba, sin dejar de estar elegante. Llevaba su melena rubia recogida en una coleta, que la hacía aún más joven.
—Te aseguro que soy una mujer absolutamente normal, aunque a veces tengo que adoptar papeles autoritarios, incluso agresivos. Soy una persona muy sociable fuera del entorno laboral. Espero que este viaje ayude a conocernos mejor.
Viajar juntos une o separa. Tenía la experiencia de mi novia, con la que casi siempre lograba pelearnos en los viajes, aunque hacíamos rápidamente las paces. Quizás por maduración, prefería ceder que enfadarme. Conocí a Sonia hacía tres años en el gimnasio del Palacio del Hielo, donde estuve acudiendo unos meses, para fortalecerme muscularmente. Era alto, uno ochenta, pero siempre hice deporte aérobico, y necesitaba cuadrarme un poco. Nos intercambiamos algunas miradas hasta que un día coincidimos en la cafetería, me sonrío, invitándome con su mirada, a que me acercara. Tuvimos una charla superficial pero agradable, y nos dimos los teléfonos.
Tenía tres años menos que yo, una imagen distraídamente cuidada, que aparentaba ligereza y despreocupación. Un cuerpo trabajado, un culito precioso en mallas, bajita, lo que no le impedía llevar habitualmente zapato sin tacón. Un pelo castaño precioso que le llegaba por encima de la cintura y que le exigía un cuidado diario. El primer día que quedamos fuera del gym dormimos juntos. Al mes, se trajo sus cosas a mi piso. Pero la pasión de aquellos días iniciales, había desaparecido. Ahora estaba demasiado integrada en el mundo empresarial, era responsable comercial de una empresa de tecnología, y muy ambiciosa.
—¿Como me presentarás en los centros? —pregunté para mantener conversación.
—Tenemos que hacerlo de lo más natural. Pero quiero evitar que te pongan en algún brete asumiendo que, por el hecho de ser el director de Marketing, tienes todas las respuestas. Voy a presentarte como un consultor que está haciendo un estudio sobre las necesidades de la cadena y aprovechas este viaje para conocer cómo funcionan los centros, lo que te permitirá preguntar cualquier cosa que consideres. Más adelante comunicaremos que te has incorporado ¿Te parece bien?
—Me parece estupendo. Procuraré quedarme en segundo plano.
—¡Pero con los ojos bien abiertos! Me interesa mucho tu opinión sincera sobre cualquier cosa que te llame la atención, positiva o negativa.
De entrada, lo que más llamaba mi atención, era lo bien que me hacía sentir esa mujer, que, por edad, podría ser mi madre, tan atenta siempre a todos los detalles.
Entramos en Albacete, aparcando en la puerta del hotel, hasta que nos abrieran el parking. Era media tarde y la calle estaba muy concurrida. Tras hacer el check in, dejamos el equipaje y sin dilación, fuimos paseando hasta lo que se supone que era la zona comercial de Albacete, de la que me sorprendieron algunas fachadas de estilo modernista. De camino a donde teníamos nuestro centro, pasamos por una calle peatonal que llaman el Pasaje con una cúpula de cristal, que parecía sacada de otra época.
Al centro, situado en una calle amplia, se accedía a través de una planta baja donde estaba la recepción y un par de salas, y a través del cual se llegaba a una entreplanta de quinientos metros. Tal como habíamos quedado, me presentó a la encargada del centro y me quedé en segundo plano sin interferir en su conversación.
Acabamos tarde. Albacete no es una ciudad que se caracterice por su ambiente. Le propuse tomar algo ligero en la cafetería del hotel. Me miró con ojos de resignación y encargamos unos sándwiches. La noche de julio invitaba a salir.
—En Madrid suelo salir a caminar, ¿te apetece dar un paseo? —me sugirió sin indicar orden en el tono.
Frente al hotel se extendía el mejor parque de la ciudad, el Abelardo Sanchez, el pequeño Retiro de Albacete.
—Generalmente se me hacen cuesta arriba estos viajes. Me alegro de no estar sola.
—Tienes razón. Yo también he sufrido el síndrome del viajero solitario. Mañana en Alicante podemos salir a cenar algún sitio agradable.
—¿Conoces la ciudad?
—Más o menos. Aunque mis sitios a lo mejor no son los que te gustan a ti.
— Los directores de centros siempre me llevan al mejor restaurante de la ciudad, que suelen estar llenos de gente aburrida. Seguro que los que tu elijas me van a encantar. Aunque pueda dar la nota por mi edad.
—Te aseguro que, si viera una mujer como tú, en los sitios a los que suelo ir, intentaría entrarle.
—Alguna vez me ha pasado, pero salvo que te sube un poco el ego, no me va. Mi ex tiene sesenta. Podría reciclarme, y aceptar un hombre de cincuenta, pero no menos.
—Vaya, has acabado con mis expectativas.
—Dejando aparte que tienes una novia joven, y que somos compañeros de trabajo, puedes aspirar a cualquier mujer, eres un chico inteligente y atractivo. Y estoy descubriendo, que muy agradable para conversar de temas ajenos al trabajo.
Me quedé pensando en ella antes de dormir. Alicia puede que me viera muy joven, pero yo no sentía la diferencia de edad. Quizás era mérito suyo.
A las 10:00 estábamos en carretera, con la intención de llegar a Almansa, hacer una gestión rápida, y continuar a Elda, donde podríamos comer. Le dije a Alicia que, por mi parte, cuando viajo por trabajo, prefería aprovechar el día y comer cualquier cosa de paso, y relajarnos durante la cena, que, en el caso de Alicante, a orillas del mar, sería ideal para mantener una conversación sobre lo visto por el día.
Le pareció genial, de hecho, se alegraba de que pensara así, porque ella actuaba de la misma forma. Paramos en Almansa, en su calle principal. Me percaté de que era la primera vez en mi vida que entraba en ese pueblo, y pensé en cuantos sitios hay en nuestro país que no conocemos. Mientras aguardábamos la llegada de la directora, decidí enfrentarme a mi wasap para poner orden en él. Mi madre controlando, quería saber de mí. Sonia, que la llamara esta noche. Mi amigo Alberto, que teníamos que quedar para hablar de mi nuevo trabajo.
En Elda comimos con la directora, un menú del día, mientras nos informaba de los problemas que detectaba en la actividad. La Consejería de la Generalidad Valenciana, dificultaba todos los expedientes y sería interesante hacer alguna gestión a nivel Consejería.
Llegamos a media tarde a Alicante, donde había reservado en el Porta Maris, en el Puerto, junto a la playa, aconsejado por mí. Ella solía ir al Gran Sol, desde dónde se divisa una vista panorámica de Alicante, pero yo le hablé de este hotel, eligiendo habitación con ventana dando al Postiguet y a la Albufereta, frente el mar.
Dejamos la visita al centro alicantino para el día siguiente. A última hora de la tarde los centros estaban en plena actividad, y los distraíamos. Ella iba a aprovechar para ir al Spa. Esperaba que la sorprendiera con el lugar elegido para cenar.
Conocía bien la zona, y en cuanto dejé la bolsa en el hotel, me puse unas zapatillas y un pantalón corto y cogí el tranvía hasta la playa San Juan. Es maravillosa la sensación de correr junto al mar. Llegué desde Cabo Huertas, hasta poco antes de Campello, a lo largo de un paseo marítimo muy concurrido. Regresé antes de lo que me habría gustado para evitar que Alicia se encontrara sola mucho tiempo. Habíamos quedado abajo del hotel antes de ir a cenar, y ya me esperaba sentada en una terracita frente al mar.
—¿Dónde me vas a llevar?
—Conozco más zonas de ambiente que buenos restaurantes. Vamos a ir a la zona del Teatro, un sitio agradable no de gourmet. Y si te apetece, luego se puede tomar una copa, en esa misma zona.
—¡Fantástico! Me permití ponerme estos vaqueros y este polo, recordando lo que dijiste en Albacete acerca de mi edad.
—¡Yo no dije nada! Todo lo contrario, puntualicé que destacarías en cualquier lugar.
Salimos paseando, dado que nos quedaba a escasos diez minutos a través de la Explanada, y apenas cruzando la Rambla. Reservé en el Bar Manero en un entorno privilegiado, con el espíritu de los bares españoles de mediados de siglo XX, donde intelectuales se reunían entre vinos y tapas.
—¡Me encanta Alex! Es ideal.
La decoración del sitio era perfecta, el nivel de ruido ambiental no llegaba a molestar, facilitando que pudiéramos hablar
—Dos copas de godello —pedí.
—¿Dos? ¡Una botella!
Le sugerí la tortilla con trufa, además de otras recomendaciones del camarero.
—¡Como me alegro de haberte invitado a acompañarme! No suelo disfrutar de estas cenas cuando salgo fuera.
—Pues me apunto a todos tus viajes, yo también estoy genial. Y aprendiendo mucho del funcionamiento de los centros.
—Me siento muy sola dirigiendo. Antes con Carlos, mi ex, compartíamos todo, peleas también, pero sentías un apoyo a tu lado. Ahora, todo recae sobre mí, y a veces me da miedo decidir.
—No es lo que transmites. En lo que pueda ayudarte, cuenta conmigo.
—Sé que doy la imagen de super Woman, pero soy una mujer sensible, que echa de menos la parte emocional de la vida, dormir abrazada, una caricia al despertar…
—En eso no puedo ayudarte…—me reí provocando su sonrisa.
Al regresar del baño, me pidió que la acompañara, para hacernos una foto en un fotomatón que había en la puerta del baño. Nos cogimos fuerte, para entrar en el objetivo. Sentí su olor a Chanel… y a hembra.
—Un recuerdo de este viaje.
Con la tercera copa de vino que acababa la botella, brindamos.
—Por una Alicia que estoy descubriendo.
—Por un Alex, que me está demostrando mi acierto en fijarme en él.
Al pedir el postre, nos invitaron si queríamos pasar a una zona privada para un pequeño concierto musical que se hizo muy agradable.
—¡Has tenido buen ojo con el sitio! Todo me ha encantado.
—Y tu también has encantado. Había unos chicos en una mesa cercana que no apartaban la mirada de nosotros.
—Pensarían que soy una madurita verde.
—Estás verde de joven, aún tienes que madurar —le dije sacándole una risa franca—. Pero yo les guiñé un ojo para confirmarles sus sucios pensamientos.
—Dime quienes son, para dedicarles una mirada lujuriosa.
—Si les provocas, podrás conseguir que esta noche disfruten a solas a tu salud.
Se rió afortunadamente, porque podría haberme dicho que era una grosería.
—Creo que me sobrevaloras, pero es agradable pensar que pueda tener ese poder.
Habíamos alcanzado en dos noches una complicidad preciosa. Regresamos paseando al hotel. La hice cruzar hasta el puerto, para bordear el mar. Nos llegaba el olor a gasóleo, y a sal. La luna se apuntó al paseo.
—¡Qué noche tan bonita he pasado! —exclamé
—Yo también, y las disfruto tan raras veces, que me da pena que se acabe.
Cuando llegamos frente a la entrada al puerto, donde se encontraba el hotel Meliá, previo al nuestro, me preguntó dudando.
—¿Te apetece seguir paseando? No quiero irme a dormir todavía.
Continuamos a lo largo de la playa del Postiguet, sin prisa, charlando de nosotros, de sus hijos que no se habían involucrado en el negocio, de la sensación de vacío que le dejó la marcha de Carlos, de la ilusión por ir este verano a Formentera, en barco con unas amigas.
—A mí no me hace ilusión este verano, de hecho, la mayor ilusión ahora es triunfar en este empleo. —y sin poder evitarlo, añadí—. Y disfrutar de más cenas como ésta.
Le cogí su mano sin dejar de pasear, y sin mirar si lo aprobaba o no. Ella siguió conversando de forma natural, sin rechazar mi gesto. En la puerta de las habitaciones, nos despedimos, con dos besos, alargados, perezosos de abandonar el uno, la cara del otro.
—Siento no cumplir las expectativas de esos chicos —le dije al oído mientras nos despedíamos, sin esperar a ver la reacción de su cara.
—Y yo espero que, aunque me recuerdes, no hagas lo que supones que harían ellos.
Al meterme en la cama, claro que la recordé, no solo pensé en ella. Me dormí pensando que se encontraba entre mis brazos desnuda. Nunca dejaría de ser un fantasioso.
Mientras desayunábamos, con una cara somnolienta, compartió el planning del día, sin hacer ninguna referencia a la noche anterior. Por la mañana Alicante, luego pasaríamos por Elche. Dormiríamos en Murcia, donde ya había ella hecho la reserva. Le propuse comer en Santa Pola que quedaba a quince minutos de Elche.
En Alicante el centro en la Rambla de Mendez Nuñez, una primera planta con vistas a un parque. El director llevaba solo dos meses, y su objetivo era levantar un centro que no respondía en alumnos al potencial de la ciudad. Alicia le ofreció que fuera un par de días a Madrid, a que pudiera reunirse con todos los directores.
—¿Te preocupa este centro, Alicia?
—Me preocupan todos, pero la zona de Levante está defendiéndose bien. Realmente me preocupa el Norte, el país vasco no arranca, y Navarra y Logroño solo cubren gastos.
Con la promesa de comer frente al mar, llegamos a Santa Pola, a las dos. Mientras degustábamos un arroz a banda, en la terraza del Batiste, con la isla de Tabarca en el horizonte, sentí que la conversación con Alicia había perdido el puntito de anoche. Quizás estaba arrepentida. Traté de distraerla, contándole que había veraneado en esa zona muchos años. Ahora iba al Norte, a San Sebastián, donde la familia de Sonia, que eran vascos, pasaba los veranos.
—Lo que tira una novia —dijo Alicia tratando de provocar una sonrisa.
—Sí, ella es muy familiar, y su familia es muy absorbente.
El rictus extraño de su cara, sin conocerla a fondo, me dio a entender que algo no le encajaba.
—¿Estás molesta por que te diera la mano teniendo novia? Lo siento.
—No, no es eso. Lo consideré un gesto afectivo, quizás llevado de mi confesión sobre mi carencia de mimos, y al tono cómplice que alcanzamos. Simplemente, al escucharte ahora, sentí algo parecido a celos, a envidia de pareja. Pero como acto instintivo, no te preocupes. Venga, vamos a ponernos en marcha. Perdóname.
El centro de Elche era quizás el que más facturaba de toda la zona. El local no era especialmente diferente, pero su equipo de profesores y su directora, eran muy eficientes. Nos pidieron apoyo en medios, y flexibilidad para contratar a profesores con contratos a tiempo parcial. Alicia prometió estudiarlo y los animó a continuar así.
Llegamos a Murcia un poco tarde. Nos quedamos en el 7 Coronas de Murcia, que ella conocía de haber estado otras veces. Se encontraba cansada, se iba a dar un baño de agua caliente.
—Anoche dormí muy poco. Prefiero no salir hoy, debe ser la edad.
—Hemos venido de trabajo, no a salir de cenas —respondí convencido de que pretendía evitar una situación similar a la vivida la noche anterior.
A la media hora, llamó por el teléfono del hotel, para pedirme que la acompañara a ver a la delegada que nos invitaba a cenar porque al día siguiente se marchaba de viaje. Quedamos en una zona cercana al hotel a la que llegamos andando, en la plaza de San Juan.
Mari Carmen, la delegada de Murcia, era una chica algo mayor que yo, activa, dinámica, que hablaba con mucho ímpetu y un acentillo característico de la tierra. Le pidió a Alicia apoyo en medios, ya que hay cadenas de la competencia muy agresivas que les hacen daño. Y que tenían que buscar otra sede, porque esa no daba buena imagen.
—Nuestro blog es muy flojo. El Facebook presenta una imagen carente de estética y apenas se actualiza dos veces al mes. La imagen de la página web está obsoleta.
—Estoy de acuerdo en todo Carmen, por eso hemos contratado los servicios de Alex. Él nos ayudará a detectar todos los problemas, y propondrá, a partir de vuestras peticiones, las mejoras, que habrá que desarrollar según el presupuesto que podamos dedicar.
Alicia me confirmó el presupuesto de inversión en campañas, prensa, radio, y realmente era bajo. En los centros locales seguían haciendo buzoneo o parabriseado local.
Como la conversación estaba siendo animada, nos invitó a tomar una copa en un lugar que me encantó. La Muralla, un pub de diseño ubicado en un sótano que había integrado los restos de un tramo de la muralla que durante siglos defendía Murcia de sus enemigos.
Ella se retiró pronto, porque madrugaba al día siguiente. Alicia me dijo que se había reanimado, y que le gustaría quedarse un rato más.
—El baño que me he dado me ha dejado nueva, y me alegro de se haya marchado, no me apetecía hablar de trabajo… ni compartirte con ella.
—Me alegro de verte animada, esta tarde pensé que ayer metí la pata, pero fue algo espontáneo.
—Fue natural, y me gustó. Mi comportamiento en la puerta de la habitación, fue el de una señora mayor. Porque tu sutil insinuación al oído, provocó que saltaran chispas en mí. En la cama estuve pensando, casi no pegué ojo. Ta has saltado todas mis líneas defensivas.
—Yo…
—Calla. ¡Vamos a bailar!
Comenzó a moverse en medio de la sala, junto a otros grupos. No era una discoteca, pero la gente bailaba desenfadadamente. Me uní a ella, reíamos los dos, con el segundo gin tonic, consideré abierta la veda. Se la notaba muy suelta, riéndome picarona. ¿Qué esperabas de mi Alicia? Si jugabas con fuego nos quemaríamos, porque estaba deseando follarte. Me cogía de la cabeza para acercarme a ella al hablar, contactando casi nuestras caras.
—Si esta noche veo algún chico mirarnos, les diré que era mi jefa, y que no hay nada de nada.
—¿Y por qué quitarles su ilusión? —añadió siguiéndome el juego—. A mí me agrada que lo piensen…
Me lancé. Sin dejar de bailar, entre risas, comenzamos a decirnos frases, «eres la tía más buena que hay en la sala, y ella, tú sí que estás bueno», «si no fueras mi jefa te tiraría los tejos, y ella, fuera del trabajo no hay jefes ni indios, sé tú mismo», «y fuera de Madrid, no hay ni novias, y ella, fuera de Madrid, no hay edades» y me tiré a la piscina con todo «me muero por follarte, y ella, ya estamos tardando en llegar al hotel»… no aguanté más, la cogí y mandé mis labios de avanzadilla al igual que ayer extendí mi mano. Me recibió con la misma hospitalidad que ayer, abrió los suyos, y me invitó a entrar. Metí mi lengua sin contención. Mordió mis labios, no por defensa, sino de puras ganas de besar.
Salimos de allí, y regresamos dando un paseo por los jardines que recorrían el cauce del Río, disfrutando de una temperatura tan agradable bajo una luna que iluminaba el escuálido flujo de ese rio que lo mismo se quedaba seco, que podía provocar las inundaciones más violentas que se puedan imaginar.
Cada una de las riadas más famosas llevaba el nombre del Santo del día. La de Santa Teresa a finales del Siglo XIX ha sido la peor que se recuerda desde los árabes. Yo me sentía víctima de la inundación de santa Alicia, porque me enamoraba esa mujer tan sensual, decidida a ser inundada por una riada de sexo.
Me cogió la mano con la naturalidad de ayer, pero apretándola con fuerza.
—No sé qué has visto mí, espero que no sea solo un polvo. Solo te pido una cosa, que seas cariñoso.
No veía un solo polvo, veía todos los polvos de una tierra de huerta, de siembra, de frutales. De sol y de agua. La luna vino a echarme una mano, iluminando la habitación de ternura bajo su manto protector. Como el sol activa la fotosíntesis de las plantas, la luna activa la fotosíntesis del amor. Se inclinó lentamente, no teníamos prisa, abracé sus abrazos, era el momento de la recolecta. Nos besamos en la boca, mi lengua entró en su boca recogiendo los primeros frutos de la cosecha. Mis manos se deslizaron por sus suaves muslos, invitándola a abrir sus rodillas. La fruta había madurado. Los rayos de luna iluminaron la flor que adornaba su entre pierna, señalándome el objetivo. Dispuse mi miembro en posición de avance y ella apretando sus rodillas contra mis caderas, a la manera que los jinetes ordenan que aceleren a sus monturas, me dijo…adelante.
El río Segura cuando desborda, no derrocha más agua en la huerta que la pasión que derrochamos esa noche, yo desbordando sus orillas y ella, como la madre tierra, absorbiendo la humedad, tras la larga sequía. Tras una noche recordando aquel lejano día de Santa Teresa, llegó la calma.
Al despertar, Alicia me miró. Su sonrisa anunciaba la aparición del arco iris de su voluntario celibato. Las noches solitarias habían terminado.
—Buenos días cielo. Me has dejado nueva.
Por la mañana, como habíamos avanzado la reunión la noche anterior, nos relajamos. Ella iba a dormir un poco más.
—Nos queda otra noche, y quiero estar descansada.
Yo me fui a correr por un camino paralelo al río que me habían recomendado en el hotel, por el que hice diez kms entre limoneros, olor a azahar, y cañas de río.
A las once la recogí, fresca y lozana, exultante de luz, «no hay nada que siente mejor que estar bien follada», y paseamos por la ciudad con la ayuda de un plano en el que nos señalaron sitios interesantes que ver, caminando por calles y plazas peatonales que me sorprendieron agradablemente. Nos sentamos en la plaza de Belluga, frente a la Catedral, a tomar un segundo café. Me recordaba a algunas plazas italianas que había visitado en Roma o Bolonia.
Hablé por teléfono con Sonia
—Estoy en Murcia. Ahora tenemos una visita al centro.
—Tengo ganas de verte. ¿Cuándo regresas?
—El domingo —Aunque la primera idea era regresar sábado, sin consultarlos con Alicia sabía que lo retrasaríamos, no teníamos ninguna gana de regresar.
Continuamos caminando a la plaza de Santo Domingo, Trapería, entramos a ver el Casino desde la planta de abajo. Sobre la una visitamos la oficina del centro, y efectivamente estaba en una calle estrecha, céntrica, pero de poca relevancia. Le pedimos una propuesta de sitios, precios, metros, y coste de dejar el local actual.
Para evitar conducir tras una comida, decidimos irnos a Cartagena, donde nos quedaba un centro que chequear. El aire acondicionado del coche fue un refugio. Mari Carmen nos había recomendado un restaurante en Cartagena, la Marquesita, en una placita pequeña, donde la orientación nos permitía resguardarnos de la ira del Sol que estaba en todo su esplendor.
El centro de Cartagena lo vimos deprisa y corriendo, deseábamos los dos llegar al hotel Príncipe Felipe a las afueras de Cartagena, camino de la Manga, cerquita del mar.
Admiramos el maravilloso anfiteatro romano, al nivel del de Mérida. Nos subimos en un ferry que recorría todo el puerto, llegando a la bahía de Escombreras.
—Te hacía ilusión navegar por Formentera con tus amigas, esto es un training —le dije.
—Me volvería loca hacer ese viaje contigo. Solos. No se me va de la cabeza la noche de ayer.
—Fue preciosa, espero que cumpliera tus expectativas de ternura.
—Las superaste. Hasta pienso si no fue un sueño. ¿Crees que se podrá repetir? —sonrió provocadora.
—A veces la realidad nos sorprende, mejorando los sueños.
Nuestro acercamiento iba a significar un ahorro de costes. En lugar de dos habitaciones, reservamos solo una. Pero quería sentirse una reina, y reservó una suite. Nos recomendaron ir a cenar a un restaurante que pertenecía al hotel, sobre el mar, que se llamaba la Cala, un marco ideal para nuestra última noche juntos. Un restaurante enclavado entre rocas, sobre una calita de arena rodeada de rocas, frente al mediterráneo, entre Cabo de Palos y Cartagena.
Hicimos un resumen del viaje, repasando los tres días desde el punto de vista del negocio. Se sentía satisfecha, estaba doblegando a quienes querían sublevarse, en el campo de los franquiciados. Y se había sentido muy respaldada por mi presencia. Yo le confesé que me ilusionaba trabajar con Alicia. Creí que podría ser una universidad práctica empresarial, y sexual.
—De sexo, creo que me enseñarás tú a mí.
Repetimos pedir botella de vino, esta vez de verdejo.
—Has llegado a mi vida como el principito, caído de aquel asteroide.
—Pero tú no serás la zorra, ¿verdad?
—Pasando por alto el significado peyorativo que para mí como mujer tiene ese término, el zorro del principito era un filósofo. Y un animal bueno. Y dejando de lado esa historia, esta noche es la última de estos dias preciosos. Me has tratado como una principita todo el viaje, tu forma de hacerme el amor no pudo ser más cariñosa. ¿Quieres conocer esta noche a la zorra?
—Seguirás siendo mi princesa en la cena, y si te apetece a ti, me presentarás a la zorra en la cama.
Los gin tonic la terminaron de soltar.
—Estaba anclada a una forma arcaica del amor. Hay otras maneras de vivirlo. Ayer te pedí ternura. Esta noche te pido sexo. Quiero que me folles sin necesidad de mimos.
Llegamos al hotel bromeando acerca de la noche que nos quedaba. La habitación tenía una terraza con vistas al campo de golf, desde la que se divisaba una enorme pradera compuesta de varios campos y se olía a césped recién regado.
Alicia estaba ligeramente ebria, lo que le permitía una desinhibición como nunca había experimentado en su vida, esa clase de embriaguez exaltada que llega después de una larga etapa de contención, y que la hacía verse como si se observara a otra mujer habitando su propio cuerpo. Estaba alegre, encantadora, ingeniosa, atrevida y deseando ser follada, todo al mismo tiempo
—Esta noche, el genio sexual te concede tres deseos —ofreció generosa.
—Pues… uno, que dejes tu mente volar y te sientas libre, dos, que nunca se olvide de tu memoria esta noche, y tres, que me des fuerza para no dejar de follarte hasta el amanecer.
—Por si acaso, te los concederé por orden inverso.
Se despojó del salto de cama, desabrochó su sujetador, se quitó su tanga, se subió a la cama y de rodillas, abriendo sus piernas sobre mi cuerpo, elevó su pelvis sobre mi boca y me invitó a deleitarme.
—Este es el cáliz del elixir mágico. Ni la pócima de los galos era más mágica. Bebe, emborráchate, y que la fuerza nos acompañe.
¿Se refería a la poción mágica de Panoramix, que iba a permitir que mi ariete empujara sin tregua para perforar las murallas de su campamento romano? Durante el día había sido una princesa francesa, llena de glamour, de clase, de educación, exquisita. Ahora quería ser una aldeana gala empalada durante la fiesta de celebración de una victoria.
En esa ciudad, Cartagena, considerada inexpugnable, Alicia, cogía el testigo de Emilia, la amada esposa de Publio Cornelio Escipión, el africano, o de Himilce, la esposa íbera de Aníbal, como cualquiera de ellas, esa noche quería ser la mujer de su conquistador. Y ese era yo, Alex, íbero nativo, emperador de nada, pero señor de mí mismo, que, con su pócima mágica, estaba conquistando la fortaleza inexpugnable de mi jefa.
Disfrutábamos del morbo de lo prohibido, las reglas de jefes, de edades y de novias, ya habían saltado por los aires. En un viaje lento y sensual, entre gemidos y suspiros, resbalando mi lengua por superficie firme y temblorosa de su cuerpo, ella repetía un «sí, sí» como una plegaria de puro placer. Cuando mi boca llegó hasta el destino de la peregrinación, quiso incorporarse a la ofrenda. Se giró ciento ochenta grados, y con su boca sobre mi polla, pidió su parte.
—Ahora déjame beber de ti también mi conquistador.
Y sin esperar autorización, mientras yo me comía los jugos maravillosos que su vagina dispensaba, ella hizo desaparecer mi polla por la comisura de sus labios, cerrando sus ojos, y disfrutando del postre que no pidió en la Cala. Era de letras, pero conocía bien como hacer un sesenta y nueve.
Solo la luna era testigo de ese momento mágico. Solo mis oídos eran testigo de ese coro de gemidos, que sonaban a música de valquirias, en la suite iluminada por la misma luna. Solo una diosa, habría superado esa noche la lujuria de Alicia, disfrutando de hacer lo prohibido
—¡Me matas! —susurró, abriendo sus piernas, como se abren las flores a la luz.
No le había sido fácil a Alicia llegar a ese punto conmigo. Había necesitado los diecinueve dias desde que entré a trabajar con ella, pero afortunadamente, muchas menos de las quinientas noches de Sabina, para abrir su alma. Su alma, se ablandó la primera noche, se abrió la segunda, y entregó la plaza a la tercera. Ya no era esclava de sus prejuicios ni de su edad, yo le entregué carta de ciudadana libre. Ahora que era una liberta, podría alejarse de mí, o disfrutar libremente del sexo conmigo.
Con pocas horas dormidas y muchas vividas, tras un copioso desayuno de buffet, en recepción contratamos dejar la habitación por la tarde, para disfrutar de un día de playa.
Aunque nos hablaron de las maravillas de un parque natural cercano, Calblanque, supimos de lo incómodo del acceso por tierra. Alicia tan previsora, no imaginó que terminaríamos el viaje en una playa, y no había traído bikini. Yo llevaba un pantalón de deporte con el que podría bañarme.
—En el parque hay playas donde no necesitará usar bañador—dijeron en recepción.
El hotel nos proporcionó el teléfono de un chico que te llevaba en una Zodiac y te recogía cuando le llamaras, por veinte euros, menos de lo que le costaría comprar bikini, en una de las boutiques del hotel.
Las playas eran salvajes, ese día hacía algo de viento y Paco, el chico de la zodiac, nos recomendó una calita dentro del parque, la playa del Negrete, a la que no accedían tantos visitantes, que aún así, debían hacerlo a través de un autobús, dejar su coche, y luego caminar un tramo.
Eran las doce, pensamos que un par de horas, porque no había ningún sitio donde tomar nada, solo una bolsa frigorífica que nos dejó Paco, conociéndose las características de esas playas.
—No he hecho nudismo en mi vida.
—Ni te has follado a un chico de treinta y dos años. Te quedan muchas cosas por descubrir.
—No me importa, pero ¡tan seguidas!
No tenía ningún problema en mostrarme a la luz del sol, el magnífico cuerpo que me ofreció anoche, viendo que no seríamos más de veinte personas en una playa de más de doscientos metros.
De despojó del vaquero, y de la camiseta de Dior, nada adecuada para ir de playa, pero era lo más sencillo que llevaba en la maleta. Dejó primero sus pechos al ritmo de los vientos, y sin esperar a pensarlo, se liberó de su preciosa braguita de encaje, mostrando al mundo el precioso coñito que me había follado anoche.
Tendí una de las toallas del hotel, para que se tumbara, y me desprendí de mi camiseta de correr, y de mi pantalón Nike, quedándome también por primera vez desnudo en público.
—¿Hay alguna forma de parar el tiempo, Alex? No quiero acabar este viaje.
—Imagino que no. Lo que tenemos que encontrar es una forma de burbuja donde podamos refugiarnos en medio de un día de tensiones, de reuniones críticas, o de llamadas de franquiciados insoportables.
—Me encantaría, pero puede que cuando necesite meterme en esa burbuja, tú no estés.
Me callé, tenía razón. Proponía algo idílico, sin renunciar a la estabilidad emocional, que me proporcionaba Sonia.
—Perdona no quería romper la magia que tenemos. Ya lo pensaremos. Pero es que, no sé si sabré llevar el papel de amante.
Nos quedamos en silencio, tumbados al sol. Le proporcioné crema por todas sus partes, las menos expuestas al sol habitualmente, con más atención. Puede que fuera efecto del sol, o quizás de la crema, pero su cuerpo empezó a moverse, temblando sutilmente, con ligeros espasmos pélvicos. No queriendo montar un número en público, por más ganas que tenía de montarla a ella, me tendí a su lado, recibiendo inmediatamente la visita de su mano, acariciando mi cintura, merodeando alrededor de una presa, hasta que la alcanzó y ya no la soltó. Asumimos que esa iba a ser la forma de disfrutarnos esa mañana, y adoptamos un ritmo mutuo de masajeo, que nos hacía ir alcanzando cotas más altas de placer, sin acelerar el momento. Solo oía el zumbido del aire, el grito lejano de unas gaviotas, y el jadeo majestuoso de Alicia.
Sin saber cuanto tiempo pasó, sentí acelerar la música de sus gemidos, y solo dije, por primera vez en minutos.
—Un poco más rápido cariño.
Uno tras otro, los dos caímos en ese estado post coital, en el que sientes la paz universal. Abrí los ojos y me encontré el perfil majestuoso de sus dos picos a modo de cordillera frente a mi vista, y bajando la mirada, al fondo de un valle entre dos piernas que simulaban un cañón, encontré su coñito brillando al sol, con el reflejo que el líquido que había fluido, producía al reflejarse.
Era la 1:30. Llamé a Paco para que nos recogiera. Decidimos pasear nuestro desnudo por esa protegida playa, ante la mirada indiferente de los pocos bañistas que había. En media hora, salpicando las olas en la zodiac, el marinero nos dejó en la Cala de nuevo, y tras comernos una ensalada césar, nos dirigimos al hotel, como epilogo del viaje.
Al salir de la ducha fresquita, me miró con tristeza, y pensé que merecíamos una despedida más romántica que masturbarnos mutuamente, en una playa nudista.
Me abrazó apretándome como si quisiera concentrarme y poder tenerme a su disposición. Cuando llegáramos a Madrid, ¿qué sería de nosotros?
Hicimos el amor como se hace de verdad, sin prisas, tardé media hora en penetrarla, sus caricias, sus besos, su sentimiento eran más sensuales, que todos los polvos del mundo. Probablemente fue el polvo más largo jamás vivido. ¿Quería renunciar a eso?
La vuelta a Madrid fue callada, apenas hablamos, abstraídos cada uno en nuestros propios pensamientos.
A modo de despedida, cuando entramos en la M40, esa increíble mujer, me dejó unos conocidos versos de Walt Whitman.
¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!,
nuestro maravilloso viaje ha terminado.
La nave ha salvado todos los escollos.
Hemos ganado el premio que anhelábamos. ([1])
Fui su grumete profesional, y su capitán sexual. Y ciertamente el viaje había sido maravilloso, y el premio mucho mejor que cualquiera anhelado. Pero me parecía poco.
—Creo saber cómo te sientes, yo también regreso jodido, no quiero que esto se acabe.
—Te creo Alex. Yo tampoco. Pero no creo que pueda aguantar mucho sintiéndome la amante, tu número dos.
—He pensado una cosa, y me gustaría compartirla contigo.
Cuando la sentí atenta a lo que quería contarle, continué.
—Tienes un problema en el Norte. Necesitas alguien de confianza y resolutivo, comercial.
—Lo sé. Hice una preselección, y no encontré a nadie.
—Sonia es muy comercial, muy trabajadora, y muy ambiciosa. Le encanta el Norte. Si le vendemos bien la película, se iría de delegada. Estoy convencido que sería positivo para la empresa, y… para nosotros. Tendría derecho a un viaje quincenal a Madrid.
Me miró fijamente, sonrió, y me dijo.
—Me parece que es la candidata perfecta. Gracias.
Al dejarme en casa, nos despedimos abrazándonos fuerte, y como solo ella sabía hacer, me susurró riendo picarona.
—Siento haberte dejado seco para esta noche. No hay más pócima.
[1] Los versos que Walt Whitman dirigió a Abraham Lincoln a su muerte. Se ha cambiado espantoso viaje, por maravilloso viaje. Se hicieron populares por la película «El club de los poetas muertos».
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