Xtories

El círculo. Cap.14 El día de la elección

Mireya sabe que no tiene futuro con él, pero necesita sentirse viva en un cuarto sin testigos. Damián sabe que ella es su debilidad, pero su lealtad está con la estructura. Esta noche, Puebla decide su destino, y en la oscuridad, sus cuerpos deciden lo que sus palabras no pueden.

Ixchel Diaz M1.7K vistas9.1· 9 votos

Ixchel: Muchas gracias por leerme. Espero les guste esta parte de la historia. Espero siga siendo erótica para ustedes, y que les resulte interesante. Gracias a todos por sus comentarios y espero poder avanzar en la trama. Besos.

La hacienda restaurada olía a madera vieja y a sábanas planchadas. Había sido propiedad de un general revolucionario—nadie recordaba su nombre exacto, pero todos sabían que había muerto traicionado, envenenado por su mujer o por su segundo al mando. Ahora era territorio neutral, un refugio cerrado, sin celulares ni prensa, donde sólo hablaba la voz de la estructura.

Esa noche, en el salón principal, el techo alto crujía como si el tiempo respirara lento. La luz era tenue, dorada y cálida, rebotando sobre la larga mesa de parota donde estaban sentados diecisiete candidatos: hombres en su mayoría, algunos con las manos aún temblando por la ansiedad del cierre de campaña; otros con sonrisas fingidas, gestos contenidos, trajes planchados pero mal ajustados.

Y al centro, como una reina cansada que aún reina con puño de terciopelo y uñas limpias, estaba Abril.

Llevaba un vestido negro de satín, ajustado, que dejaba ver el escote generoso, su piel nívea, casi brillante llamaba la atención, pero en su rostro había señales claras de cansancio, de desgaste natural por giras, traiciones y madrugadas en carretera. Sus piernas cruzadas bajo la mesa terminaban en tacones beige perfectamente lustrados. La tela de su vestido brillaba como aceite en luz de lámpara. Su cabello castaño con ondas suaves le caía por un hombro.

Lo que más imponía eran sus ojos: verdes, grandes, fijos. No pestañeaban si no lo necesitaban.

Nadie comía. Nadie bebía. Nadie hablaba.

—Ya está hecho —dijo Abril, con voz firme pero baja, como quien reza una oración o recita una orden de ejecución—. Ya no es momento de convencer. Ya no es momento de sumar.

Hubo un silencio.

—A partir de ahora sólo se gana con lo que ya se tiene: con estructura, con presencia, con control. Con miedo, si hace falta.

Su mirada recorrió la mesa. Uno por uno. Les conocía los secretos, las debilidades, las fortalezas. Ella los había elegido, los había financiado, había limpiado sus escándalos y escondido sus cadáveres (metafóricos, casi siempre).

—Esta elección se gana porque la trabajamos desde hace meses. No vamos a improvisar. No vamos a reaccionar. Cada urna ya tiene dueño, cada acta ya tiene línea.

Al fondo, Marco Rivera—candidato en Izúcar y viejo operador del partido—se recargó discretamente hacia atrás, asintiendo con una sonrisa breve. Abril lo ignoró.

—Aquí nadie vino a perder. Aquí nadie va a dudar. Si dudan ahora, están muertos.

Y entonces cambió el tono. Su voz bajó aún más, hasta volverse íntima.

—Esta elección no se gana con encuestas ni con likes, se gana con miedo, con hambre, con esperanza administrada. Ustedes son los administradores. Los patrones de una nueva miseria.

Hubo una vibración invisible en la mesa. Los hombres la miraban sin poder evitar recorrerla con los ojos. Pero ninguno pensaba en sexo. Pensaban en poder. Porque eso era Abril: más poderosa que inteligente, y más inteligente que hermosa. Y aun así, era hermosísima.

—Si alguien se quiebra, me avisa antes. No voy a improvisar el lunes con sus pendejadas. Aquí ya no hay espacio para egos. Si ganamos, todos ganan. Si uno pierde, yo pierdo. Y yo —hizo una pausa— no pierdo.

Su escote parecía una trampa de terciopelo. Pero sus palabras eran cuchillos.

—Y tú, Rodrigo, —dijo de pronto Abril, con la voz tan templada como una hoja de acero— ¿me vas a resolver lo del corredor de Chiautla o te vas a esperar a que te lo levanten en la madrugada de la jornada?

Rodrigo Urrutia, el candidato de Tepexco, tragó saliva. Era joven, más joven que Abril incluso, con la barba mal delineada y una sonrisa de esas que sólo sirven en los brindis. Llevaba un traje beige que le colgaba un poco en los hombros.

—Ya mandé a hablar con “El Cuate”, Abril. Ya me confirmó que se va a alinear.

—¿Te confirmó por teléfono o en persona? —replicó ella sin parpadear.

—Por teléfono... pero fue claro.

—Claro es cuando te lo dice en corto, con los ojos encima. Si se lo dijiste por teléfono, todavía está negociando con la gente del PRD. Yo lo sé.

Rodrigo agachó la cabeza.

—Mañana lo veo. A primera hora.

—Lo ves hoy. Lo que no esté resuelto antes de que se meta el sol, ya no se resuelve.

En ese momento, uno de sus asistentes—un muchacho de camisa blanca y peinado impecable llamado Matías—se acercó con discreción, con el rostro tenso y la mirada baja. Le extendió el teléfono sin decir palabra.

Abril lo tomó sin emoción. Miró la pantalla un segundo. Damián. Un destello de algo... ¿deseo?¿nostalgia? cruzó por su rostro antes de apagarse por completo. Con un movimiento seco, puso el celular boca abajo sobre la mesa.

—Dile que estoy en reunión.

Matías asintió y desapareció. Nadie dijo nada. Pero uno de los candidatos, un tipo de voz gruesa y camisa azul cielo con el logo del partido aún mal planchado, soltó un comentario con tono condescendiente:

—Pues que ahora sí ya ni se aparece Damián... vino dos veces en toda la campaña, y eso que él era el de Gobernación, ¿no? Ya ni la burla perdona.

Algunos rieron bajo. Un murmullo cómplice, ese tipo de comentario que quiere sonar a queja, pero huele a insidia.

Abril se incorporó lentamente en su silla, sin levantar la voz.

—Damián hizo su parte. La operación territorial era mía. ¿O acaso ustedes querían que viniera a cargar las cajas, a pagar en efectivo, a sentarse con los halcones?

El silencio fue inmediato.

—Porque si eso querían, se equivocaron de partido.

Miró directo al hombre que había hablado, cuyo rostro se tornó pálido al instante.

—Y tú, Luis Eduardo, me pediste un millón más hace tres semanas porque decías que te iban a comer vivo en Chietla. Lo tienes. ¿O quieres que venga Damián a ayudarte a entregar las despensas también?

Él bajó la mirada. Abril sostuvo el silencio unos segundos más. Luego sonrió. Pero era una sonrisa sin suavidad, como un bisturí limpio.

—Yo aprendí de Damián a mirar, a oler, a distinguir entre lealtad y costumbre. Pero lo que hago, lo hago mejor. Él fue el arquitecto, pero yo soy el martillo. Y ustedes están aquí sentados porque ya entendieron que sin mí no hay obra terminada.

La mayoría asintió sin decir palabra. Algunos con devoción, otros con miedo. Todos con respeto.

La joven delegada se recargó hacia atrás, el escote amplio y preciso de su vestido brillando sutilmente bajo la luz antigua del candelabro. Nadie se atrevía a mirar directamente, no por respeto, sino por miedo. Mirar a Abril con deseo era como desear a la tormenta: tan inevitable como peligroso.

Había llegado sola, sin pedir permiso, con una carpeta bajo el brazo y una estructura de hombres hechos pedazos por dentro. Los había ordenado como piezas rotas en un ajedrez sucio. Ahora estaban ahí, sentados, obedientes, como perros entrenados que aún ladran, pero sólo cuando se les ordena.

La noche se tragaba los murmullos. Afuera, en los campos secos de Izúcar, comenzaba a soplar el aire espeso de la jornada que se avecinaba.

Abril tomó el celular otra vez. Miró el nombre de Damián que aún brillaba como una herida mal cerrada. Lo apagó.

Y entonces habló de nuevo, con esa mezcla de ternura violenta que sólo dominan los verdaderos operadores:

—Ahora sí, a comer.

Y nadie dudó de que, en ese cuarto, el poder tenía nombre de mujer.

__

Lo primero que olía al cruzar la puerta de la habitación era el perfume caro con el que Mireya siempre empapaba su ropa interior. Notas florales con algo sintético, venenoso, como si Chanel hubiese aprendido a cocinar metanfetamina. El cuarto era amplio, sin ventanas, decorado con una mezcla de madera oscura, espejos falsos y tapices que querían parecer antiguos. Hotel de paso, sí, pero de esos que se rentan por seis horas y se pagan en efectivo con la cabeza gacha y las gafas puestas. Nada de cámaras. Nada de preguntas. Todo lujo encapsulado.

Ella había llegado quince minutos antes, como siempre. Condujo un auto prestado, se cubrió con unos lentes enormes Ray-Ban que no le pertenecían. Traía un vestido negro de lino, suelto, sin escote, con mangas tres cuartos y unas sandalias planas. Nada en ella gritaba atención, excepto sus piernas perfectas y la forma en que fumaba, como si en vez de nicotina absorbiera pecado.

En la habitación, se había quitado la ropa lentamente. Se dejó puesta la lencería: un conjunto azul oscuro con bordados, elegante y caro, que contrastaba con el lugar. Encendió la luz indirecta del cabecero y se recostó sobre el respaldo, cruzando las piernas. Sacó un cigarrillo del estuche dorado que sólo usaba con él, y lo encendió con un encendedor Zippo. Mientras exhalaba el humo al techo falso, pensó en lo mucho que le gustaba esa rutina peligrosa. Lo prohibido, sí. Pero más que eso, la forma en que Damián la miraba, como si ella fuera una pausa brutal en su agenda infernal.

Él llegó puntual, como siempre. Dejó el coche de campaña estacionado tres cuadras antes y entró a pie por la puerta lateral. Llevaba un pantalón de lino gris y una camisa blanca de algodón, bien planchada, sin corbata. Sus zapatos estaban pulcros. El saco azul marino lo cargaba en la mano. Ni escoltas, ni teléfono encendido. Como si la entrada al cuarto fuera la única cosa real en toda su semana.

Al verla, sonrió de lado. Una sonrisa que parecía construida para disolver tensiones, pero que no disolvía nada.

—¿Cuánto llevas esperándome? —preguntó, cerrando la puerta sin soltar la cerradura.

—El tiempo justo para olvidarte.

—Qué peligrosa estás hoy.

—Hoy nada más —respondió, dándole otra calada al cigarro—. ¿Tú traes ese aroma a gasolina o es mi imaginación?

Él se acercó despacio. Ella dejó caer el cigarro en el cenicero como si apagara una promesa.

—Es el miedo. Huele así cuando uno se acerca a ti.

Mireya sonrió, esa sonrisa que no tenía ni una pizca de ternura.

—Entonces acércate más.

No se tocaron de inmediato. Ese era el juego. Se gustaban, sí. Se deseaban como dos amantes que sabían que no tenían futuro, pero también sabían que no necesitaban uno.

Él se sentó en el borde de la cama. Ella se inclinó hacia él, sin tocarlo todavía, dejándole ver apenas el escote que había ocultado bajo la discreción.

—¿Cómo va todo allá en el sur, señor operador? —preguntó con un dejo burlón.

—Cansado. Abril está en control. Muy en control.

—¿Y tú, mi amor? ¿Estás en control?

—Aquí no.

Se besaron sin aviso. De golpe. Como si alguien hubiera jalado una palanca interna. Él le tomó la cara con una mano firme, la otra fue directo a su muslo. Ella se montó en él, como si lo hubiera hecho mil veces, como si ese momento fuera lo único que importaba.

Las bocas se mordían, se buscaban. El ritmo era oscuro, lento. Damián desabotonó con destreza la parte trasera del brassiere mientras ella le deslizaba la camisa por los hombros.

—No hables de Abril —murmuró ella, bajando al cuello—. No la traigas a este cuarto.

—Tú empezaste.

—Y tú vas a terminarme.

El cuarto se llenó del sonido de los besos húmedos y la fricción de las sabanas. Afuera, el mundo seguía girando. Los paquetes electorales dormían bajo vigilancia y los nombres de los candidatos se repartían como armas. Pero en ese instante, sólo importaban ellos dos. Amantes sin perdón, cuerpos bien entrenados para pecar sin testigos.

Damián la contempló un instante, sonrió viéndola a los ojos.

—Te ves cabronamente perfecta —susurró Damián.

Y ella, antes de arrancarle el cinturón, dijo:

—Lo soy.

Y también soy lo peor que te ha pasado. Pensó, pero no lo dijo en voz alta. Todavía no.

El aire del cuarto estaba contenido, como si también el espacio hubiera aprendido a guardar secretos. Las cortinas gruesas, los muros insonorizados, el leve zumbido del aire acondicionado, todo parecía hecho para cubrir pecados bien administrados. Mireya se dejaba besar como si fuera una religión. No cerraba los ojos, no del todo. Observaba con medio párpado entreabierto, como si quisiera memorizar cada sombra de Damián, cada arruga en su frente, cada gesto de un hombre que nunca fue suyo pero al que ya conocía de memoria.

Él la levantó con facilidad, con una torpeza que no era falta de práctica sino hambre contenida. No hablaron. No hacía falta. Sus cuerpos se sabían el camino.

Los besos se volvieron más densos, más profundos, como si buscaran algo más allá del deseo. Damián deslizó los dedos por la espalda de Mireya, bajando con una lentitud tan medida que dolía. Su índice y medio se posaron, sin presionar, sin empujar, en la entrada de el apretado ano de Mireya, como sintiendo el calor que su cuerpo irradiaba. Ella respondió con un leve suspiro, no rendido, sino orgulloso. Le gustaba entregarse a él porque sabía que no le pertenecía. No le exigía nada. No le cobraba ternura. En esa dinámica sin promesas estaba su libertad.

Los pantalones cayeron sin ceremonia. Las manos se buscaron, se hundieron en el cuerpo del otro con una certeza vieja. Se conocían en ese terreno, como dos espías que han ensayado una fuga mil veces.

Ella se acomodó poniendo una almohada bajo sus caderas, quedando a una altura demasiado conveniente. El se acercó, con una erección como una roca sonriendo, viéndola a los ojos. Cuando él entró en ella, no fue sorpresivo, ni ceremonial. Fue una continuidad inevitable.

El ritmo fue al principio lento, casi meditativo, como si Damián intentara adivinar algo en la respiración de Mireya. Pero luego se aceleró, y con cada vaivén parecía que las paredes vibraban junto a ellos. Se perdieron la mirada. Ella giró la cabeza hacia un lado, confiada, expuesta. Su expresión era un sueño, apretaba la frente y sacaba los labios, como besando el placer. Él bajó el rostro, besó su nuca, olió su cabello.

Luego cambiaron, sin decir nada, solo gimiendo y sonriendo. Besándose a instantes, sintiéndose completos, plenos. Ella se acomodó en 4 frente a él. Damián se agachó un poco para volver a entrar en ella. La vista de Mireya así, con las caderas redondas, su pequeño ano expuesto y su mirada de devoción, de entrega por encima del hombro, lo hacían sentir poder. El tatuaje en medio de su nalga derecha, ese círculo apenas visible, lo tocó con la yema del dedo pulgar como si fuera un botón secreto. Un código. Un sello de que estaban solos, otra vez, en ese mundo pequeño donde nada tenía consecuencias.

Ella se vino sin pedir permiso, sin avisar. El grosor del pene de Damián la excitaba y la llenaba por completo. Se vino varias veces, sin que el baja el ritmo o la profundidad, como si el no le tuviera ningún tipo de contemplación. A ella le volvía loca ese pequeño detalle. Como si su cuerpo supiera de antemano que eso era todo lo que recibiría. Él se dejó llevar después, con fuerza, con rabia contenida, sin decir palabra. Aquel último empuje fue más un rugido interno que un clímax.

Terminaron jadeantes, como si hubieran corrido por sus vidas. Damián permaneció dentro de ella unos segundos más, quieto, respirando su cuello. Mireya no dijo nada. Sabía que ya se iba.

Sus cuerpos estaban desnudos, enredados, pero ninguno buscaba abrazar. Solo recuperaban el aliento, dejando que el sudor se enfriara. Afuera, el estado seguía en pausa electoral. Adentro, la guerra entre dos cuerpos había dejado un campo arrasado y silencioso.

Damián la observó con esa media sonrisa torcida que usaba cuando no estaba seguro si algo lo divertía o lo excitaba. Tenía el brazo detrás de la cabeza, el torso aún erguido, y desde esa perspectiva veía todo el cuerpo de Mireya, extendido sobre las sábanas como una ofrenda desordenada. El sudor hacía que su piel brillara bajo la luz tenue, con esa textura real que no tienen las fantasías. No era perfecta, pero era exactamente el tipo de mujer que lo perdía: controlada por fuera, devota del abismo por dentro.

—Así como estás... —murmuró él— podrías incendiar un país.

Ella se rió suave, sin abrir del todo los ojos, como si el halago fuera viejo pero aún útil. Luego se giró de costado, apoyando un codo, dejando que su pubis perfectamente delineado, depilado con la precisión de alguien que entiende la importancia del detalle, quedara a su alcance.

Damián extendió una mano, la rozó con la yema de los dedos, no con ternura, sino con una calma deliberada. Como quien activa un interruptor que ya conoce. Acarició con cuidado el clítoris aun hinchado de ella. Mireya solo sonrió y apartó su cuerpo, como si no pudiera con más placer.

—Eso que hiciste al principio —dijo Mireya con voz baja, aún ronca—, cuando me tomaste así... sin esperar... me encantó.

Damián sonrió de lado, y chasqueó la lengua como si analizara una jugada de ajedrez recién terminada.

—Me pareció buena idea. A veces las decisiones apresuradas son las más lúcidas... como casarse joven o votar en caliente.

Ella rió. No por cortesía, sino porque le gustaba esa forma suya de convertir la obscenidad en escepticismo. Se incorporó lentamente, sin cubrirse, sin pudor, como si el cuerpo desnudo fuera parte de su uniforme. Caminó hasta donde había dejado el vestido. Lo alzó y se lo fue poniendo sin prisa, sin ropa interior, como si ese detalle no fuera descuido sino estrategia.

—Si tu hija se entera de esto —dijo mientras ajustaba la cremallera—, yo no la voy a detener. Tú sabrás.

La frase quedó flotando como una cuerda floja entre los dos. Él la observó un segundo más, midiendo. No por miedo, sino por cálculo. Mireya tenía esa forma exacta de desafiar sin romper, de tensar sin declarar guerra. Damián se sentó en la cama, bajó la vista a sus manos, luego la alzó con una sonrisa.

—Valeria aún cree que el monstruo se esconde bajo la cama. No ha entendido que el verdadero monstruo a veces se acuesta en ella.

Mireya entrecerró los ojos, complacida. Sabía lo que acababa de lograr: un roce más en esa danza peligrosa que los mantenía atados. No era amor. Ni siquiera pasión. Era algo más sofisticado. Más afilado.

Ella se inclinó, lo besó en la mejilla y salió del cuarto sin volver la vista. Damián se quedó un momento solo, aún desnudo, con la piel enfriándose, mirando hacia la lencería de Mireya, que descansaba en el piso. Luego se recostó otra vez, cruzó las manos tras la nuca y cerró los ojos.

Sabía que todo tenía un costo. Solo esperaba que el suyo aún no estuviera vencido.

__

La casa estaba en silencio, como si también ella se hubiera tomado la noche libre. Afuera se escuchaban algunos grillos, alguna risa lejana, pero adentro sólo el ruido del sartén y el cuchillo al chocar con la tabla rompían la quietud.

Damián cocinaba algo sencillo: pasta con jitomate, ajo y albahaca, como su abuela lo hacía. El vino tinto descansaba en la mesa, ya servido en dos copas. Tenía la camisa remangada hasta los codos, y el cabello ligeramente revuelto, como si esa noche quisiera ser un hombre sin peso, sin estrategias, sin secretarios.

Ximena lo observaba desde la barra, con las piernas cruzadas sobre el banco y la cara ligeramente ladeada, como si tratara de leerlo más allá de los gestos. Su papá hablaba poco en casa, pero cuando cocinaba, se soltaba. Esa noche no hablaba tampoco. Solo sonreía en silencio mientras la salsa comenzaba a espesar.

—¿A ti sí te gustaría ser gobernador? —preguntó de pronto, con una voz suave pero cargada de esa valentía que solo tienen los hijos cuando ya saben la respuesta.

Damián no se giró. Le dio un par de vueltas a la pasta, apagó el fuego y tomó dos platos de loza blanca. Sirvió con precisión. La pregunta no lo había incomodado, pero le exigía una pausa. Luego, como si respondiera algo que había ensayado cientos de veces en su cabeza, dijo:

—No sé si me gustaría... —volteó a verla, con esa sonrisa medio irónica que usaba cuando se mostraba demasiado humano—, pero sé que podría.

Ella se levantó y lo rodeó por la espalda, lo abrazó con firmeza y apoyó la frente en su espalda. Damián cerró los ojos un instante. El calor de su hija era un ancla que no lo jalaba hacia abajo, sino hacia dentro. No era redención. Era pertenencia.

—Mañana tú te encargas del live —dijo él con voz baja, aún sin moverse—. Quiero que sea sencillo, sin cortes. Lo que pase, que se vea.

—Ya sabía —dijo ella, sonriendo contra su espalda—. Ya tengo el tripié y el estabilizador.

Se sentaron a la mesa. Comieron en silencio los primeros minutos. Luego Ximena empezó a contar una anécdota del colegio, algo sobre un profesor que hablaba como si dictara sentencias. Damián la escuchaba con atención, pero no solo por el relato. La observaba moverse, usar las manos, entrecerrar los ojos cuando imitaba voces. Era su madre en los gestos. Era él en los silencios.

En algún momento, mientras ella reía, él la miró con una ternura que le sorprendió. Pensó en lo que tenía armado para el día siguiente. Las casillas cubiertas, las rutas de movilización, los números pactados con dos partidos satélite, los silencios comprados, los escándalos dormidos en carpetas. Y también pensó en la otra vida. La que nadie vería. La que tenía una risa como la de Ximena y una copa de vino sin cámaras.

Cuando terminaron de cenar, ella recogió los platos sin que él lo pidiera. Puso música desde su celular —algo suave, instrumental, que él no conocía— y puso a calentar leche para los dos. Damián se quedó en la mesa, mirando el vapor de su copa. No sabía si quería gobernar un estado. No sabía si alguien como él aún podía querer algo. Pero sí sabía que, si llegaba ahí, sería por su capacidad de ver la red completa... y por esa noche, donde lo único que necesitaba era el abrazo silencioso de su hija.

Esa noche, Damián durmió con la sensación rara de haber hecho algo puro.

Y eso, en su mundo, era casi como rezar.

__

El cielo apenas respiraba luz. La madrugada era aún dueña del camino, con un tono azul pizarra que hacía parecer a la carretera una vena dormida. El coche de Damián avanzaba en silencio, con el motor ronroneando suave. Ximena iba en el asiento trasero, con las piernas recogidas y una sudadera cubriéndole la cabeza. Dormía con la paz de quien confía.

Damián mantenía la vista al frente. El tablero marcaba 5:03 AM. A lo lejos, una gasolinera solitaria emergía de la bruma como una estación de penitencia. Se desvió con suavidad y frenó frente a las bombas vacías.

—No tardo —dijo sin mirar atrás, su voz como un soplo.

Ximena no respondió, solo murmuró algo incomprensible entre sueños. Damián tomó la mochila negra del asiento del copiloto. No era grande, pero pesaba con el cuerpo compacto de algo que no se debía mencionar.

Bajó del coche y caminó hacia un restaurante para traileros junto a la gasolinera. El letrero parpadeaba con fatiga: Café y Comida 24 hrs. El aire olía a diésel y grasa recalentada. La puerta sonó con un timbre metálico. Nadie levantó la vista. Solo un hombre en la última mesa, con un saco beige sobre una camisa demasiado limpia para ese lugar, levantó la ceja.

Damián se sentó sin saludar. Puso la mochila en el piso, junto a su pierna.

—Ya están las rutas cubiertas —dijo, sin emociones—. Las 17.

El hombre asintió, tomando un sorbo de café aguado.

—Los otros van con el azul, pero no les alcanza. Ya están inflados. Tú solo necesitas evitar el ruido.

—¿Dónde está el ruido? —preguntó Damián.

El otro sonrió, con los labios secos.

—En los lugares que nadie ve. La Costa, el Istmo, ese barrio nuevo donde no llegan ni los candidatos ni los reporteros.

Damián se inclinó, bajó la voz.

—¿Y los datos?

—Te llegan antes del mediodía. Mientras no haya sobresaltos, todo va a fluir.

—¿Seguro?

—Lo único seguro es que ya estás aquí.

Hubo una pausa. Damián empujó la mochila con el pie. El hombre la tomó sin mirarla y la cubrió con su abrigo.

—¿Cómo se llama hoy? —preguntó Damián.

—Hoy soy Alfredo Ríos. Empresario. Vengo a invertir en innovación agrícola.

—Buena suerte.

—No hace falta. Ya nos bendijeron —dijo, con una sonrisa hueca—. A ti te toca que no se caiga el altar.

Damián se levantó. Salió sin mirar atrás.

Ya en el exterior, marcó un número. Esperó solo dos tonos.

—¿Listo? —preguntó Lorenzo.

—Sí.

Del otro lado, silencio breve, luego la voz de Lorenzo, más baja, más seca que nunca:

—Nada de esto se gana limpio, don Damián. Solo se gana.

La llamada se cortó.

Damián regresó al coche. Al abrir la puerta, el aire frío chocó con el aliento cálido del interior. Ximena seguía dormida, con la cabeza inclinada hacia la ventana, una línea de luz azul dibujándole la mejilla. Parecía más pequeña. Como cuando era niña y él la llevaba a la primaria, medio dormida, con el uniforme arrugado.

Cerró la puerta con cuidado. Encendió el motor.

El tablero marcaba 5:19 AM.

La elección apenas comenzaba.

__

La ciudad aún estaba dormida cuando el coche negro cruzó la reja automática del edificio sin letrero. Una antigua oficina de seguros en la colonia La Paz, reacondicionada para parecer un centro de operaciones del futuro. Por fuera, insignificante. Por dentro, una máquina silenciosa.

Eran las 6:02 de la mañana.

Damián bajó primero, con el saco al brazo, el cuello ligeramente desabotonado, la mirada limpia pero filosa. Ximena lo siguió, atándose el cabello en una coleta baja, con su mochila al hombro. Iba con jeans, tenis blancos y una camiseta de Radiohead, aún medio dormida pero emocionada.

La puerta de acceso tenía lector biométrico. Damián puso su pulgar. Un pitido, un chasquido eléctrico, y entraron.

Adentro, el war room parecía una colmena sin alas: seis estaciones de monitoreo digital con pantallas curvas, una mesa larga con laptops abiertas, dos pizarras blancas llenas de horarios y códigos, y una pantalla gigante en la pared donde giraban mapas interactivos, gráficas en rojo y azul, barras de intención de voto, nombres de secciones. En la esquina, una mesa de café, pan dulce, termos y jugos. Todo olía a ansiedad y a electricidad.

—¡Jefe! —dijo una voz juvenil desde la mesa central.

Damián levantó la mano. Su entrada no fue dramática. Fue precisa. Natural, como si el lugar existiera porque él había entrado. Al menos cinco personas se levantaron a saludarlo: analistas, coordinadores, un par de asesores legales. Todos con ojeras de meses, pero firmes.

—Buenos días —dijo él, en voz alta pero tranquila—. Hoy no se gana. Hoy se sostiene lo que ya ganamos. Hoy evitamos errores, improvisaciones, estupideces. No es día de héroes, es día de soldados. Ustedes son mi frente más fuerte. No lo olviden. Si alguien aquí se cae, se cae todo.

Una pausa. Todos lo miraban, como si esas palabras tuvieran peso físico.

—Nos están viendo —añadió, más bajo—. Eso es lo único que quiero que recuerden.

El silencio duró medio segundo, hasta que comenzaron los saludos más personales. Palmadas, sonrisas tensas, actualizaciones rápidas.

Damián giró hacia Ximena, que se había quedado justo detrás de él, seria y un poco intimidada.

—Les presento a mi hija. Va a estar en monitoreo de redes, sección juvenil. Es muy buena. Mejor que todos nosotros. Pero no la fastidien —sonrió—. Tiene mejor carácter que yo, y eso es mucho decir.

Ximena rió nerviosa, saludó con la mano, y caminó hasta un rincón con una mesita libre. Abrió su laptop y conectó sus audifonos. El fondo de pantalla tenía un dibujo digital: una mujer guerrera de fuego. Se sintió importante. Un poco fuera de lugar. Pero también orgullosa.

Desde su asiento, miraba a su papá moverse como si estuviera en casa. Hablaba con un operador, luego con alguien del equipo legal. Hacía preguntas cortas, y escuchaba aún más en silencio. Nunca subía el tono. Pero dejaba claro que cada minuto le pertenecía.

En la zona del café, Damián se sirvió él mismo. Negro, sin azúcar. Agarró un pan de elote y se sentó brevemente junto a Carla, su coordinadora de campo, que tenía el rostro hundido en una hoja de cálculo.

—¿Ya te dormiste algo? —preguntó él.

—Tres horas. En la oficina de al lado. ¿Y tú?

—No me acuerdo. Pero estoy bien. Ya casi.

—¿Viste lo del distrito 11?

—Sí. Ya lo mandé cerrar. Nos van a querer armar ruido ahí. Déjalos. Está controlado.

Carla lo miró un segundo, como si quisiera decir algo más. Luego asintió. Había aprendido que Damián rara vez improvisaba.

—¿Y la niña?

—Feliz. Aunque no lo diga.

La pantalla central cambió. Empezaron a aparecer los primeros movimientos en las casillas. Los íconos verdes eran sus voluntarios. Los naranjas, "observadores". Los pocos rojos, zonas de tensión. Damián se levantó con el café en la mano. Dio un último vistazo general al equipo.

Estaba listo.

Desde su rincón, Ximena lo observaba con los ojos entrecerrados, en parte porque aún no se despertaba del todo. Pero también por otra cosa. Por el asombro de verlo en su mundo. Tan diferente al padre que cocinaba pasta con queso la noche anterior.

Allí, él no era solo su papá. Era algo más grande. Más oscuro. Más brillante también.

Y ella, aunque no lo entendiera del todo, se sintió afortunada de estar ahí.

__

A las 6:42, alguien al fondo del war room conectó un cable HDMI a la pantalla principal. Un par de clics, un salto de señal, y de pronto apareció una imagen de estudio: el logotipo rojo y blanco de "Pulso Electoral Puebla 2025", el noticiero especial de TV13, uno de los canales con mayor audiencia en el estado. La imagen se estabilizó justo cuando un dron mostraba una toma aérea del zócalo de Puebla, aún en penumbra pero ya con movimiento.

—Bienvenidos a esta cobertura especial de Pulso Electoral Puebla. Soy Carolina Medel, y estamos transmitiendo en vivo desde nuestras instalaciones en San Andrés Cholula y con reporteros en todo el estado. Hoy, Puebla elige...

En la pantalla, pasaban imágenes de personas formadas en casillas: adultos mayores con sombreros de palma, mujeres con niños dormidos al hombro, jóvenes con mochilas. El tono era solemne, casi patriótico. Uno de los reporteros señalaba que en Teziutlán ya había filas desde antes de las cinco y media. Otro hablaba desde Atlixco: "La gente quiere votar, y eso se nota. Se espera una jornada con alta participación."

—Bajen el volumen —dijo Damián desde la mesa central, sin levantar la voz.

El joven que operaba la conexión obedeció. El noticiero quedó de fondo, sin audio, como una especie de llama votiva en la pantalla.

Damián se paró frente al grupo. Sin papeles. Solo con su taza de café.

—Vamos a trabajar por regiones. Norte, Centro, Sur. Quiero un canal de reporte directo para cada zona. Me mandan información cada quince minutos. No quiero interpretaciones, no quiero opiniones: solo hechos. ¿Se abrió? ¿No se abrió? ¿Hay incidentes? ¿No los hay? Eso es lo único que me sirve ahora.

Un murmullo de "sí, licenciado" recorrió la sala como una oleada de respeto. Cada quien volvió a su lugar. Se escucharon clics, voces que saludaban a operadores por radio o por Zoom. En cuestión de segundos, el war room tomó forma como un organismo vivo. El café en los vasos desechables se enfriaba sobre las mesas mientras las pantallas se iluminaban con hojas de cálculo, mapas de calor, y gráficas de actualización automática.

Damián se sirvió un poco más de café. Su tercer taza. Se acercó a Ximena, que ya estaba instalada en una esquina del cuarto, junto a una mesita improvisada con su laptop abierta. En pantalla tenía TweetDeck, una hoja de cálculo y un PDF con el manual interno del monitoreo de crisis.

—¿Cómo vas? —le preguntó sin tono paternalista.

—Todo bien —dijo ella, sin levantar la vista—. Hay unos bots raros hablando de boletas clonadas en la Sierra, pero creo que es reciclado de hace tres años.

—Perfecto. Ignóralos. Solo márcalos por si escalan.

Ella asintió. Damián no dijo más. Pero en su gesto había algo que solo ella pudo notar: un leve asentimiento, un orgullo no verbalizado. A su modo, ese era un “bien hecho”.

En la pantalla del war room, el reportero en campo mostraba una casilla rural abriendo con puntualidad. Una mujer con un chal se santiguaba antes de votar. Los primeros rayos del sol tocaban la entrada del plantel escolar.

Damián aprovechó un respiro para sacar su celular. Marcó. Abril contestó en la segunda timbrada.

—¿Damián? —su voz venía envuelta en ruido, agitada, casi al borde del llanto—. ¡Se están tardando con las boletas en Huauchinango! Y hay un cabrón grabando con dron afuera de una casilla, dice que es prensa pero no trae gafete. ¡No sé qué hacer!

—Abril —dijo él, suave pero firme—, escucha. No te vas a volver loca hoy. Todo lo que pase, lo pasas por el filtro de siempre: si hay evidencia, lo escalas; si no, te lo tragas. Así de fácil. Y en la noche celebramos.

—Si sobrevivo a la noche —respondió ella, sin humor.

—Prometo darte respiración de boca a boca si te ahogas —replicó Damián con una sonrisa torcida.

Ella soltó una risa seca y colgó.

Antes de volver al centro, una asistente se acercó y dijo:

—Licenciado, lo buscan del noticiero de TV13. Video llamada para una declaración rápida. ¿Tomamos desde aquí?

—Vamos —dijo él.

Caminó hasta el área de conferencias, se paró frente a la cámara. En pantalla, el rostro sonriente de Carolina Medel.

—Estamos en vivo con Damián Ortega, representante del partido en Puebla —dijo ella—. Licenciado, ¿qué esperan de la jornada de hoy?

Damián sonrió sin dientes. Lo tenía ensayado.

—Esperamos una jornada participativa, en paz, y que la ciudadanía ejerza su derecho a decidir. Confiamos en las instituciones y confiamos en que Puebla dará ejemplo. A todas las personas que nos escuchan: salgan a votar. Hoy vale la pena.

—¿Confía en que su partido ganará?

—Confío en que vamos a dar la batalla hasta el último minuto. Como siempre —dijo, y colgó con cortesía medida.

Al volver a su lugar, las tres regiones ya estaban activas. Norte reportaba apertura en 97% de las casillas. Centro, 92%. Sur, 89%. Todo dentro del margen previsto.

Damián vio a su hija cruzar una pierna sobre la otra, escribiendo algo en su Excel. La luz de la pantalla le daba un brillo azul tenue en el rostro. Él respiró hondo.

Un monstruo de cálculo, sí.

Pero esa mañana, lo único que lo anclaba a tierra era ella.

__

El war room se había llenado de una luz blanca y fuerte, esa que solo ocurre cuando el sol ya pasó el punto más alto. Afuera, el calor rebotaba en el pavimento. Adentro, el aire acondicionado zumbaba constante, como un corazón mecánico. Sobre las mesas, botellas de agua medio vacías, tazas de café olvidadas, y bolsas con pan dulce aplastado que ya nadie recordaba haber pedido.

Las pantallas mostraban gráficas de votación, mapas con actualizaciones en tiempo real, y monitores con noticieros regionales. Uno de ellos sintonizaba "Pulso Puebla", el especial electoral de Canal 6. Un reportero, de pie frente a una casilla en el municipio de Acajete, narraba con dramatismo:

—…una patrulla sin placas fue vista rondando cerca de una casilla, bajaron dos hombres que amenazaron a la gente. No hubo disparos, pero el temor ya provocó una baja momentánea en la afluencia…

Una de las asistentes volteó hacia Damián, que estaba de pie, con las mangas arremangadas, revisando mensajes en tres grupos de Telegram a la vez. Apenas parpadeó.

—Quiten los coches —dijo sin levantar la voz—. Pónganlos a votar rápido. Y manden comida al distrito 15. No quiero que se nos cansen.

En otra esquina, una colaboradora gritó desde su laptop:

—Están publicando en redes que estamos comprando votos en el mercado de Atlixco.

Damián caminó sin prisa hasta su mesa, tomó un cuaderno, hizo una anotación rápida.

—Usen las cuentas locales para negarlo. No desde el nacional. Y bloqueen a quien lo repita más de tres veces, aunque no insulten.

Ximena, en su rincón, lo miró de reojo. Sus ojos estaban fijos en él desde hacía unos minutos. Abandonó un hilo de Twitter sobre boletas supuestamente extraviadas y levantó la voz, apenas audible.

—¿Todo está bien?

Él la miró un instante. No sonrió, no frunció el ceño. Solo dijo:

—Todo está según lo planeado.

Ximena tragó saliva y bajó la vista.

En la parte norte del war room, un operador de barba descuidada y camisa sudada levantó la mano.

—Licenciado, ya tenemos el resultado de las encuestas de salida preliminares. Son de las zonas con mayor afluencia. Región Centro y parte del Sur.

Damián caminó hasta el monitor como si cruzara un salón vacío. Todos se hicieron a un lado.

En la pantalla, los números se desplegaban como oráculos:

"Intención confirmada de voto" Partido A — 51.3% Partido B — 27.8% Otros — 20.9%

Damián se inclinó un poco, observó la tabla comparativa con los registros de 2022. Sus dedos tamborilearon la mesa. A su derecha, una gráfica de barras mostraba distritos ganados en verde.

Sonrió.

No dijo nada.

Pero todos lo vieron.

La sonrisa de Damián Figueroa era como la de un hombre que está viendo, desde la cima, cómo el río se dobla exactamente como él lo diseñó.

Un silencio eléctrico recorrió el cuarto. Luego, cada quien volvió a lo suyo. Teclados, radios, llamadas. La tensión no se había ido: se había transformado en una expectativa contenida. En ese tipo de euforia que nadie se atreve a nombrar antes de tiempo.

Él se giró hacia el fondo. Vio a su hija apretando el mouse con fuerza, concentrada, con una expresión entre preocupación y orgullo. Damián volvió a su mesa. Sirvió más café. Lo bebió como si fuera vino viejo.

Y volvió a trabajar.

__

La tarde había caído sobre Puebla como un trapo húmedo y caliente. En el war room, la luz se había vuelto más amarillenta, sucia, filtrada por persianas que nadie se había molestado en abrir del todo. Afuera, el cielo estaba quieto y sin pájaros. Adentro, flotaba un olor mezcla de guisado recalentado, café y desodorante vencido.

La comida había llegado hacía una hora: paquetes apilados de arroz rojo, pechugas empanizadas, frijoles con queso y tortillas envueltas en papel aluminio. Una hielera con latas de refresco tibio. Nadie comió con hambre, sino por sistema. Por no desmayarse. Algunos comieron de pie, otros en las esquinas, algunos frente a sus pantallas, masticando sin mirar el tenedor.

Damián no se sentó. Caminaba en círculos. Su plato medio lleno seguía sobre una mesa al fondo. Había probado dos bocados y luego se había quedado mirando fijamente el mole sobre el arroz como si le hablara en código.

—Ya —dijo, con tono firme, como quien sella algo—. Háblenle a los operadores. A todos. Que salgan ahora mismo. Que saquen a votar a los últimos. Tienen dos horas. Dos.

Nadie discutió. En segundos, los teléfonos comenzaron a marcar. Se abrieron chats. Voces rápidas, listas. Nombres y códigos. “Región norte”, “El Carmen”, “Distrito 9”, “patio trasero”, “tres camionetas”, “no hay señal pero ya van”. La maquinaria de última hora.

Él no perdía detalle. De pie en el centro, con las manos en los bolsillos, los ojos afilados como bisturí. No parpadeaba. No sonreía. No sudaba.

Su celular vibró. Lo sacó sin apuro. Vio el nombre y respondió:

—¿Lorenzo?

—Sí, don Damián. Solo para que esté enterado: vamos bien. Flujo sostenido. Hay algo... curioso. Detuvieron a un operador del PRP en Cuautlancingo. Traía dos millones de pesos en efectivo. En el asiento trasero. Fajos con ligas.

Damián no reaccionó de inmediato. Observó una pantalla con el mapa del centro del estado. Luego habló, despacio, como si no quisiera que sus palabras se salieran de control:

—Eso no es un error. Es desesperación.

(Una pausa).

—No hay que moverlo nosotros. Que lo difundan otros. Con cuidado. Si lo usamos demasiado, nos puede rebotar. Pero asegúrense de que lo vea la candidata.

—¿Ella? ¿Por?

—Porque le va a dar paz. Esa gente solo saca dinero cuando va perdiendo.

—Entendido.

Cuelga.

Sin soltar el teléfono, marcó otro número. Valeria. Esta vez tardaron en contestar. Finalmente, una voz joven, algo acelerada, respondió:

—¿Papá?

—Hola, mi amor. ¿Cómo van allá?

—Psss... —Valeria sonaba agotada—. Aquí todo normal, pero Mireya está nerviosísima. Dice que nadie le ha pasado datos, que no sabe cómo vamos, que siente que estamos perdiendo.

Damián se llevó la mano a la nuca, respiró por la nariz. Caminó hacia una esquina más silenciosa del war room, junto a una planta marchita y un ventilador apagado.

—La elección está cerrada, hija. Muy cerrada. Pero eso significa que podemos ganar. Dile a Mireya que no se descontrole, que no es hora para perder la cabeza.

—Ya se lo dije, pero no escucha. Está a punto de llorar. Yo tampoco tengo números...

—Lo sé. No se los den. Mejor así. Que se concentren en aguantar. Y escucha: cuando cierren las casillas, vente para acá. Vamos a dar tacos de cena.

Hubo un breve silencio. Valeria soltó una risita nerviosa.

—Imposible, papá. Si perdemos, no voy a tener ni ganas de hablar. Y si ganamos… voy a estar celebrando. ¿O qué, quieres que vaya a comer tacos contigo y con Ximena?

—Ximena se come los míos si no vengo. Pero tú verás.

Valeria rió de nuevo, más tranquila.

—Te quiero, papá.

—También yo. Ahora concéntrate. Y que no se note el miedo.

Cortó.

Volvió a la sala. Todos estaban ya en sus lugares. Las luces eran más tenues. Los ventiladores de las computadoras zumbaban como enjambres contenidos. En la pantalla principal, una periodista narraba el cierre parcial de casillas en el sur del estado, mientras abajo, en un cintillo, pasaban las palabras que nadie quería ver:

“Jornada electoral avanza con tensión en algunos municipios”

Damián entrecerró los ojos. Algo en su espalda se tensó. Sus dedos tamborileaban otra vez. Su mandíbula apenas se movía, como masticando un pensamiento.

Y entonces, sin que nadie le preguntara nada, murmuró:

—Todo está muy tranquilo.

Demasiado.

Pero no lo dijo en voz alta.

__

A las seis en punto, como un disparo contenido que por fin se suelta, la televisión escupió la frase que todos esperaban:

“Cerraron las casillas en todo el estado.”

En el war room, el murmullo de voces se disolvió como espuma, tragado por el silencio. Algunos se quedaron con la tortilla a medio doblar. Otros miraron el televisor con los labios entreabiertos. Las pantallas mostraban drones sobrevolando urnas, policías afuera de escuelas primarias convertidas en casillas, y luego el anuncio inevitable:

“Comienzan a revelarse resultados de las encuestas de salida.”

Ximena se acercó al rincón de redes. Se sentó en cuclillas frente a la pantalla del monitor, el rostro bañado en el reflejo azul de la cuenta de Twitter de MitografosMx, y murmuró:

—Ahí vienen.

Los primeros números pintaron el estado como un mosaico: rojo, rojo, rojo… rojo.

El partido de Lorenzo. El mapa se tiñó sin pudor. Las barras subieron. Una a una, las pantallas dentro del war room se alinearon con lo inevitable.

Hubo aplausos contenidos, risas nerviosas, palmadas en la espalda.

Uno gritó: —¡Chingamos!

Otro: —¡Esto ya se acabó!

Pero Damián no aplaudía. No se reía. No decía nada.

En la televisión, la analista con cara de mármol explicó:

—En la mayoría del estado, la coalición de gobierno retiene con ventaja. Solo dos excepciones: la elección en Ayutla, al sur, sigue cerrada, margen técnico. Y, sorprendentemente, la capital…

(Una pausa. Un efecto de tambor)

—…Puebla capital, se inclina —hasta ahora— hacia la oposición.

El silencio que cayó fue de hueso.

Ximena volteó con los ojos entrecerrados. Damián no pestañeó. Respiró profundo, lento, como quien guarda el aire para después. Sacó su celular, que ya estaba vibrando.

—Altamirano —leyó en voz baja.

Respondió con tono neutro:

—Gobernador.

La voz del gobernador se escuchaba ronca, como si ya llevara tres whiskies y cuatro llamadas con el centro:

—¿Qué pasó, carajo? Me están diciendo que perdimos Puebla. ¿Es cierto?

Damián giró sobre sus talones, mirando sin ver a los suyos. Caminó hacia una ventana cerrada. La persiana reflejaba su rostro fragmentado en líneas.

—No es definitivo. Los datos de Mitografos y C&E nos ponen abajo por dos. Pero yo tengo números con encuestas de salida: estamos seis puntos arriba. Casillas clave. En la zona norte, en los barrios que importan. La diferencia se cierra con los que no han computado.

Altamirano respiró del otro lado. Unos segundos largos.

—¿Confiables?

—De la red directa. No se metió ningún externo. Todo es nuestro.

—¿Y Mireya?

—Sólida. Aunque ahora mismo está colapsando.

—Entonces aviva a esa cabrona. No me puedes perder la capital, Damián. No ahora. No después de todo lo que hicimos.

—No la vamos a perder —respondió él, sin cambiar de tono.

—Más te vale.

La llamada se cortó.

Damián no se movió. Por un segundo, parecía otra figura atrapada en la persiana. Tensa. Contenida. Vieja.

Después, caminó derecho hacia uno de los cubículos del fondo. Cerró la puerta. Apagó la luz.

Marcó.

La voz de Mireya contestó con una especie de gemido suave, como alguien a punto de derrumbarse:

—¿Damián?

—Estoy aquí.

—No puedo, Damián. No puedo. Los de Teresa… los de Teresa Chikis jugaron para la otra campaña. Nos dejaron solos. Me están apuñalando. Tengo operadores llorando en la calle. Tengo miedo, Damián, tengo miedo de que esto ya valió…

—Mireya —la interrumpió él, con voz firme, sin alzarla—. Respira. Escúchame. No me importa si Teresa vendió su alma o su culo. A mí me importas tú. Y yo tengo otras cifras. Nuestras encuestas. Nuestros cortes. Vas arriba. Por poco, pero arriba. Y esto no se acaba hasta que se computen todas las actas. Así que quiero que aguantes. ¿Me escuchas?

Ella no respondió. Solo un suspiro tembloroso. Él apretó los dientes.

—Y si ganas, te voy a coger por el culito como te gusta.

Un segundo de silencio. Luego, una risa mojada.

—Eres un idiota.

—Aguanta. Ya casi.

Colgó.

Salió del cubículo. Nadie le preguntó nada, pero todos lo miraron. Era como si la sala entera lo esperara para respirar.

Él se paró al centro.

—Ahora viene la parte más importante —dijo, claro, seco, directo—. Tenemos hasta las nueve de la noche para capturar todas las actas. Quiero el cómputo adelantado. Quiero los resultados antes que el INE. Hubo un silencio.

—Todo lo que pasó hoy fue para esto. Nadie se me distrae.

Y el cuarto revivió. Pantallas encendidas. Llamadas. Exceles abriéndose. Gráficas por distrito. Mapas. Enlaces a chats encriptados. En la calle, en colonias, en cafés, en casas rentadas, en oficinas apagadas, su red de ojos y dedos comenzaba a teclear, a subir fotos, a llenar los vacíos antes de que lo hiciera el sistema oficial.

La última batalla era digital. Y Damián, en el centro, era un general con el corazón latiéndole en la garganta.

Damián se quedó mirando el vaso de agua helada como si ahí dentro pudiera encontrar una respuesta. Lo apretaba entre los dedos con tanta fuerza que un par de gotas resbalaron por los bordes y mojaron su camisa. Tragó con dificultad. Su garganta estaba seca, pero el agua no lo aliviaba; era un torbellino por dentro, un fuego contenido que lo consumía en silencio.

Caminó en círculos dentro del cubículo de vidrio esmerilado. Escuchaba el murmullo constante del war room detrás de las paredes, como una colmena eléctrica, con operadores hablando rápido, teclas golpeadas sin cesar, llamadas entrando y saliendo como latidos desesperados. Él estaba solo. Y pensaba.

¿Y si tengo casi todo el estado, pero pierdo la capital?

Era como ganar el cuerpo y perder el alma. Como tener la corona y no el trono. Como coger sin venirse.

Pensó en marcarle a Teresa Chikis. ¿Y si le hablo y confirmo que entregó la plaza? No. Sería admitir debilidad. Traición, además, aunque fuera un juego de espejos.

Apretó los labios. Respiró profundo. Se sirvió otro vaso de agua. La ansiedad le temblaba en las sienes.

Entonces, su celular vibró.

—Lorenzo– LLAMADA ENTRANTE

—¿Qué pasó en Puebla, Damián? —la voz era firme, seca, sin rodeos.

—Estamos en el margen. Tres puntos abajo según televisión. Pero tenemos el 80% de nuestras actas, todavía puede moverse.

—No me digas “puede”. ¿Tienes o no tienes el cómputo antes que el INE?

—Mi gente está trabajando. Las actas están fluyendo.

—El que tiene los números primero decide la narrativa. Apúralos. No dejes que te la ganen. —Y colgó.

Damián cerró los ojos un segundo. El que tiene los números primero… Decide la historia.

Salió del cubículo como si hubiera envejecido cinco años. Miró la pantalla grande en el centro del war room. Una lluvia de datos fluía: folios, distritos, porcentajes, márgenes de error. Uno de sus operadores, con ojeras marcadas y camisa sudada, le informó:

—87% capturado, jefe. Vamos tres puntos abajo.

—¿Qué casillas faltan?

—Las del norte del municipio.

Damián se inclinó sobre la mesa. La diferencia era de apenas dos mil votos. Se le heló el pecho. Las manos. La frente.

¿Y si no alcanza? ¿Y si pierdo Puebla Capital por dos mil votos?

Sintió los ojos de Ximena sobre él. Confusión, temor.

—¿Todo bien? —le preguntó.

—Sí —mintió. No estaba bien. Todo se jugaba ahí.

Una nueva llamada.Altamirano.

—¿Cómo va el cómputo, Damián?

—Llevamos 90%. Estamos abajo, pero dentro del margen.

—Ya valió madre, ¿verdad?

—Dame veinte minutos más. —Damián apretó los dientes.

—Veinte minutos, cabrón. Si no, me deslindo.

Colgó.

Afuera se escuchaban cohetes, risas, algunas caravanas que ya celebraban en municipios ganados. Pero a él no le importaban. Solo importaba Puebla.

La tensión era tangible, espesa.

A las 10:47 de la noche, comenzó a fluir el último bloque de actas. Damián no parpadeaba. Cada nueva captura era una descarga eléctrica.

—¡Distrito 11! ¡Capturado! —¡Distrito 9! ¡Listo!

A las 11:00 pm, la televisión corrigió:“Empate técnico en la capital poblana. El PREP aún no tiene suficientes datos para declarar victoria.”

En el war room nadie celebró. Era un silencio absoluto.

La maquinaria continuaba.

A la 1:03 de la madrugada, un grito seco rompió la tensión: —¡Cómputo completo!

Todos giraron hacia la pantalla.

Damián se acercó.

Resultado final según actas: Mireya gana por 2 puntos porcentuales.

2,716 votos arriba. Legítimo. Sólido. Listo.

Damián no sonrió. No podía. Estaba exhausto.Caminó despacio hacia el fondo de la sala, donde había menos luz, y sacó su teléfono.

Marcó.

—¿Bueno? —la voz de Mireya estaba ronca, húmeda.

—Ganaste.

Silencio. Un sollozo apenas contenido.

—¿De verdad?

—Según nuestras actas. Dos puntos arriba. No digas nada. No declares nada. Vente para el war room. Desde aquí vamos a dar los comunicados.

—Pensé que nos habían chingado, Damián... Pensé que...

—Tranquila.

—Gracias...

—Y te lo dije, ¿no? Si ganabas… —la voz de Damián se volvió más baja, casi un susurro—...te voy a coger por el culito.

Mireya soltó una risa nerviosa.

—Eres un idiota.

—Pero un idiota que sabe contar.

Colgó.

Volteó a ver a su equipo.

—Ahora sí, cabrones... ¡Vamos a escribir la historia antes que el INE!

Y el cuarto de guerra rugió como una bestia vieja que no quería morir.

Damián no celebró. No podía.

El cuarto de guerra estallaba en aplausos, palmadas, risas contenidas por horas de angustia. Pero él sentía un retorcijón agrio en el estómago, como si en lugar de victoria hubiese ingerido vidrio molido. Caminó con lentitud hacia el pasillo trasero, buscó señal y marcó.

—Altamirano – LLAMADA ENTRANTE

—¿Sí?

—Gobernador, ya tenemos el resultado. Mireya gana Puebla capital. Por dos puntos. Confirmado.

Hubo un silencio corto, eléctrico.

—Bien. ¿Están ya trabajando los abogados?

—Desde hace media hora. Van blindando las casillas que detectamos vulnerables.

—Perfecto, Damián. Te felicito. Esta fue una operación chingona. —El gobernador hizo una pausa—. Cuando terminen la conferencia, quiero ver a Mireya. En privado.

—Sí, señor. Yo se la llevo.

Damián colgó sin más palabras. Miró su reflejo en el vidrio de una puerta cerrada. Tenía los ojos hundidos, la barba crecida, la camisa arrugada. Parecía un boxeador que acaba de ganar un campeonato, pero sabe que tiene los riñones rotos. Marcó de nuevo.

—LORENZO – LLAMADA ENTRANTE

—Ganamos.

—¿Sí?

—Sí. Confirmado.

—Bien hecho, Damián. Ahora cuida a la candidata. No la dejes que explote. Está muy verde todavía. No la dejes hacer declaraciones que después tengamos que desmentir.

—Entiendo.

—Y te felicito, carajo. Estoy sorprendido. Te chingaste todo Puebla. —Y colgó.

Damián soltó un suspiro largo, grave, como si en él se fuera el peso de un elefante. No duró ni tres segundos. Ya había gente abriendo paso.

—¡Ya llegó! ¡Viene Mireya!

La pequeña sala de prensa se había llenado como una represa a punto de romperse. Reporteros de todos los medios, luces frías, cámaras, celulares en alto, tripiés mal colocados. El calor humano y los flashes le daban un tinte espectral al cuarto. Damián vio a Mireya entrar con un saco azul oscuro y la cara pálida.

La tomó del brazo.

La metió al cubículo de cristal.

Cerraron la puerta.

—Mira —le tendió las hojas impresas—. Este es el resultado oficial. Ganaste.

Ella miraba las cifras con los labios apretados, los ojos vibrando.

—Respira. —Damián se le acercó más—. Ahora vas a salir y te vas a declarar ganadora. Con fuerza, con control. El país te está viendo.

—Es que… yo… no puedo creerlo…

—¡Contrólate! —La voz de Damián fue un látigo breve.

Mireya lo miró con el orgullo herido. Asintió.

—Está bien. Lo haré bien.

—Esa es mi candidata.

Abrieron la puerta y salieron.

Los flashes cayeron como metralla. Damián la guió al frente. Se colocó a un lado, pero un paso atrás. Ella se paró frente a los micrófonos.

—Buenas noches. Soy Mireya Robles. Y esta noche quiero decirle algo a los poblanos: ¡Ganamos la capital!

(Estallido de cámaras, un murmullo eléctrico corre entre los reporteros).

—Agradezco a todos los que votaron. A quienes caminaron con nosotros, casa por casa. A quienes defendieron las urnas. A quienes creyeron.

(Pausa breve, mira el papel. Continúa).

—Hoy el cambio comienza desde la capital. Gobernaremos con honestidad, con firmeza y con amor por esta tierra.

(Levanta la vista).

—A quienes no votaron por nosotros: seremos su gobierno también. Puebla capital es de todos.

(Aplausos. Más flashes).

—Gracias a mi equipo. Gracias a quienes nunca dejaron de creer. Y gracias a Puebla por hacer historia.

(Se retira ligeramente. Damián se acerca, toma el micrófono).

—No responderemos preguntas esta noche. Les pedimos comprensión. Habrá espacio para todos los medios mañana. Esta noche, celebramos.

Mientras se retiraban, el celular de Damián vibró en su saco.

—Abril (2 LLAMADAS PERDIDAS)

La pantalla brillaba como una pregunta que prefería no contestar. La ignoró. Desactivó el sonido.

Ya en la trastienda, lejos de la prensa, alguien descorchó una botella. Otra más. Un aplauso reventó en una ola larga, incontenible. Algunos abrazaban a Mireya. Damián recibió un par de palmadas, pero no las sintió. Miró al techo. Solo quería dormir tres días.

Se sirvió un whisky. Lo tomó de golpe.

Entonces, vio a Mireya acercarse. Tenía los ojos húmedos y la sonrisa temblorosa.

—Gracias —le dijo.

Damián se acercó, le dio un beso en la mejilla.

—Te lo ganaste.

—¿Y ahora?

—Ahora… —miró el salón, el caos, los rostros manchados de emoción, de ambición, de miedo—...ahora empieza lo difícil.

Se quedó solo unos segundos más. El vaso en la mano. El ruido detrás.

Su celular vibró de nuevo. Lo ignoró otra vez. Caminó hacia la ventana más lejana y la abrió.

La madrugada de Puebla le golpeó la cara con su aliento húmedo y su cielo sucio. A lo lejos, estallaban cohetes. Victoria. Pero él solo pensaba en una cosa:

¿A qué precio?

Y ahí terminó el día en que ganó una elección, pero perdió un poco más de sí mismo.