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Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 3

Samuel llega a Isla Mujeres con la esperanza de salvar su matrimonio, pero cada mirada ajena a su esposa es un recordatorio de su propia inseguridad. Mientras él miente para proteger su ego, ella coquetea con el peligro, y la línea entre la lealtad y la tentación comienza a difuminarse bajo el sol caribeño.

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CAPÍTULO 3

El sol brillaba alto en el cielo cuando llegamos a Isla Mujeres. La travesía en ferry fue rápida, pero suficiente para disfrutar del azul profundo del mar y sentir el viento cálido en el rostro. Apenas tocamos tierra, el lugar nos envolvió con su belleza. Las playas de arena blanca parecían sacadas de un sueño, y el agua cristalina invitaba a sumergirse de inmediato.

Esperanza estaba radiante, con un bikini que destacaba su figura. Mientras caminábamos hacia el lugar donde practicaríamos snorkel, no pude evitar notar las miradas de los hombres a nuestro alrededor. Algunos turistas, particularmente un grupo de extranjeros que hablaban un idioma que no entendí, parecían especialmente atentos. Sus risas y gestos hacia mi esposa encendieron algo en mí, una mezcla de celos e inseguridad.

Traté de no darle demasiada importancia, enfocándome en el tiempo que pasaríamos juntos. Nos pusimos las máscaras y los chalecos, y nos sumergimos en el agua. La experiencia bajo el mar fue mágica: peces de colores nadaban a nuestro alrededor, y el arrecife era un espectáculo vivo. Por momentos, lograba olvidar todo lo demás y concentrarme en compartir esa maravilla con ella.

—Esto es extraordinario, Samuel —dijo Esperanza mientras salíamos del agua. Sus ojos resplandecían de emoción, y por un instante, recordé por qué había organizado este viaje.

—Lo es —respondí con una sonrisa, aunque una parte de mí seguía inquieta por las miradas que la rodeaban.

Almorzamos en un pequeño restaurante cerca de la playa. Los platillos eran frescos y deliciosos, pero mi atención estaba dividida. A cada momento, sentía que alguien observaba a Esperanza. Incluso cuando ella reía o hablaba conmigo, notaba que algunos hombres la seguían con los ojos. Aquello comenzó a irritarme más de lo que quise admitir.

El lugar era pintoresco, con mesas al aire libre y un techo de palapa que dejaba pasar la brisa marina. El aroma del pescado fresco y las especias flotaba en el aire, y aunque el lugar era encantador, mi mente seguía atada a las miradas que Esperanza atraía sin esfuerzo.

Mientras ella observaba el menú, noté a dos hombres en una mesa cercana que no le quitaban los ojos de encima. Parecían de algún lugar del este de Europa, uno de ellos le dijo algo al otro en un idioma que no entendí, pero sus risas y expresiones me hicieron apretar los dientes.

Esperanza parecía ajena a todo, concentrada en elegir su platillo. Cuando llegó el mesero, pidió con una sonrisa despreocupada.

—Yo quiero los camarones al ajillo con arroz y frijoles. Y un agua fresca de guanábana, por favor.

—Para mí, el pescado a la talla y una cerveza —dije, mi tono más seco de lo habitual.

Ella notó mi cambio de ánimo y me observó con curiosidad.

—¿Está todo bien? —preguntó mientras acomodaba su servilleta en el regazo.

—Sí, todo bien —mentí, aunque mi expresión seguramente decía lo contrario.

Esperanza apoyó los codos sobre la mesa y me miró directamente a los ojos. Me conocía bastante bien, por lo que sus ojos me escrudiñaban con una intensidad sorprendente.

—Samuel, dime qué te pasa. Te noto incómodo desde que llegamos aquí.

Suspiré, sabiendo que no tenía sentido guardármelo.

—Es solo… las miradas, Esperanza. No dejo de notar cómo todos te observan —bajé la cabeza por un momento y la levanté para continuar—. Es como si no pudiera disfrutar del momento porque siempre hay alguien admirándote.

Ella frunció el ceño por un instante, pero luego una sonrisa cálida suavizó su expresión.

—¿De verdad te molesta tanto? Samuel, sabes que siempre serás mi esposo —me agarró de las manos—. ¿Verdad? Esas miradas no significan nada para mí.

—Lo sé, pero no puedo evitar sentirme incómodo. No me gusta que te miren como si… bueno, como si fueras algo más que mi esposa.

Esperanza extendió su otra mano y la colocó sobre la mía, apretándola suavemente.

—Escúchame, Samuel. Entiendo cómo te sientes, de verdad. Pero tienes que saber que esas miradas no cambian lo que siento por ti —pausó un momento para continuar con vehemencia—. Tú eres mi marido, el hombre con quien decidí compartir mi vida, y eso no va a cambiar.

Asentí, aunque las palabras no terminaban de calmarme del todo.

—Es fácil decirlo, pero a veces siento que… no sé, que ya no te merezco. Mírate, Esperanza. Eres hermosa, y todos lo saben.

Ella rio, se hizo un sonido ligero que parecía disipar un poco la tensión.

—¿Y crees que eso es nuevo? Samuel, siempre he sido hermosa, pero tú siempre me hiciste sentir más que eso. Me hiciste sentir amada, valorada. Eso es lo que importa, no las miradas de unos extraños.

Quise responder, pero en ese momento llegó el mesero con nuestros platillos. Nos sirvió con rapidez, y pronto estábamos disfrutando de los sabores intensos de la comida local.

Mientras comíamos, Esperanza retomó la conversación con un tono más ligero.

—Además, deberías sentirte orgulloso, ¿no? Si otros me miran, es porque tengo algo especial… algo que tú ya tienes.

No pude evitar reírme ante su lógica.

—Supongo que, visto de esa forma, tienes razón.

—Claro que la tengo, —dijo con una sonrisa traviesa, levantando su vaso de agua fresca para brindar. —Por nosotros y por este viaje maravilloso que tú planeaste.

Levanté mi cerveza y choqué mi vaso contra el suyo.

—Por nosotros.

Por un momento, todo pareció más sencillo, más ligero. Las dudas y los celos se desvanecieron temporalmente, reemplazados por la risa de Esperanza y el placer de compartir esa comida juntos. Sin embargo, sabía que aún tenía mucho que procesar, tanto dentro de mí como en nuestra relación.

Tras el almuerzo, decidimos seguir con nuestro plan y explorar algunos cenotes cercanos. El trayecto fue breve, y al llegar, el entorno era espectacular. Rodeados de vegetación exuberante, los cenotes parecían portales a otro mundo. Nos cambiamos rápidamente para aprovechar la tarde. Mientras Esperanza se ajustaba el bikini, escuché la risa de un grupo de extranjeras que también se preparaban para nadar.

La tranquilidad de los cenotes contrastaba con el bullicio de las playas de Isla Mujeres. Las aguas cristalinas rodeadas de vegetación exuberante ofrecían un escape perfecto. Mientras Esperanza y yo nos preparábamos para nadar, un par de mujeres extranjeras, claramente turistas, se acercaron a nosotros.

—Excuse me, —dijo una de ellas, una mujer de cabello rubio platinado y ojos claros, mientras sostenía un bolso en sus manos— ¿Could you help us for a moment?

Me giré hacia ellas, tratando de entender lo que querían. Ambas llevaban bikinis diminutos que dejaban poco a la imaginación, y sus sonrisas eran exageradamente coquetas.

—Sure —respondí, manteniendo un tono neutral mientras tomaba el bolso que la mujer me extendía.

—Thank you so much —exclamó la otra, una pelirroja de piel pecosa, mientras se inclinaba hacia mí para colocarse mejor el sombrero que llevaba. El movimiento dejó su escote directamente a mi vista.

—No problem —respondí rápidamente, desviando la mirada hacia el bolso para no hacer evidente mi incomodidad.

Esperanza, que estaba ajustándose las gafas de snorkel a unos pasos de distancia, nos miró con curiosidad y se acercó.

—¿Qué pasa? —preguntó, notando la cercanía de las dos mujeres.

Antes de que pudiera responder, la rubia habló de nuevo, dirigiéndose a Esperanza con un marcado acento extranjero.

—¡Oh, hi! You’re so beautiful. Your swimsuit is amazing!

Esperanza, aunque no entendía del todo el inglés, sonrió educadamente.

—Gracias.

—Solo están pidiendo ayuda —le dije a Esperanza en español, tratando de suavizar el momento.

—¿Ayuda con qué? —me preguntó, mientras sus ojos recorrían a las dos mujeres con cierto recelo.

—Son lesbianas, cariño. Solo querían ayuda con el bolso, —mentí, con una sonrisa tranquila.

Esperanza frunció el ceño por un instante, pero luego suspiró aliviada.

—Ah, bueno… de todas formas, ten cuidado. Estas cosas siempre terminan siendo extrañas, —dijo, mirándome con advertencia.

—Lo sé, no te preocupes, —respondí, tratando de que mi tono sonara despreocupado.

Las extranjeras no parecían captar la conversación en español, pero seguían sonriendo y manteniendo una cercanía que comenzaba a incomodarme.

—Thank you so much again —dijo la pelirroja, tocándome brevemente el brazo mientras recuperaba el bolso—. You’re such a gentleman.

—Well, enjoy your swim —añadió la rubia con una sonrisa amplia, antes de hacer un gesto para que ambas se marcharan.

Cuando se alejaron, Esperanza me miró con una mezcla de fastidio y resignación.

—¿Por qué siempre te buscan a ti? ¿Tengo un cartel en la frente que dice "mujer de un hombre que atrae problemas"?

No pude evitar reírme un poco.

—No tengo idea, pero al menos parecen agradables.

—Sí, claro… agradables y muy “sutiles”, —dijo, imitando sarcásticamente los movimientos exagerados de las extranjeras—. Pero bueno, si son lesbianas, supongo que no hay problema.

Le sonreí, aliviado de que hubiera aceptado mi versión.

—Así es, no hay nada de qué preocuparse.

—Igual, mantén las distancias, ¿eh? —advirtió, mirándome con los ojos entrecerrados, pero sin perder el humor.

—Siempre, cariño —respondí, tomándola de la mano y guiándola hacia el agua.

A pesar del momento incómodo, logramos disfrutar de los cenotes, aunque la tensión entre nosotros parecía flotar como un eco sutil en el aire. Sabía que las palabras de Esperanza eran más que un comentario casual; detrás de su tono ligero había una advertencia, un recordatorio de que la confianza no debía tomarse a la ligera.

Cuando volví la vista hacia Esperanza, noté que su expresión había cambiado. Su sonrisa habitual se había desvanecido, y sus ojos transmitían algo más: una mezcla de descontento y celos.

—¿Todo bien? —le pregunté al acercarme.

—Perfecto —respondió, pero su tono decía lo contrario.

Decidí dejar el tema de lado y nos enfocamos en el cenote. La experiencia era refrescante y emocionante. El agua fresca aliviaba el calor del día, y la luz que se filtraba entre las rocas creaba un ambiente casi místico.

Los cenotes eran un espectáculo natural impresionante, pero mi atención estaba dividida. Pude percatarme que las mujeres con las que había interactuado hace poco no estaban muy lejos, solo tenía que girar la cabeza para divisarlas, recordé el incidente y suspiré. Debo admitir que aún me rondaba en mi cabeza la mentira que le dije a mi esposa para que esté tranquila, aunque había intentado dejarlo atrás.

Esperanza nadaba a unos metros de distancia, disfrutando del agua fresca y cristalina. De repente, un movimiento inusual llamó mi atención: su sujetador flotaba a su lado, y ella parecía incómoda tratando de cubrirse.

Antes de que pudiera acercarme, un hombre, de contextura atlética y piel bronceada, nadó hacia ella rápidamente. Sostenía el sujetador en su mano y se lo ofreció con una sonrisa.

—Perdón, señorita, creo que esto es suyo —dijo en un español con ligero acento extranjero, aunque perfectamente entendible.

Esperanza rio nerviosa, mientras se cubría con la mano, aun así, creo que aquel hombre podía divisar sus protuberancias. Ella respondía cordialmente, separando ligeramente los labios, pero su sonrisa tenía un matiz coqueto que me hizo sentir un nudo en el estómago.

—Ay, gracias. No sé cómo pasó esto —respondió mientras tomaba el sujetador de su mano.

—No se preocupe, sucede a veces en el agua. Aunque, debo decir, no creo que nadie aquí se esté quejando —añadió el hombre con una sonrisa amplia y un tono que rozaba lo insolente.

Ella rio suavemente, mirándolo de reojo mientras comenzaba a colocarse el sujetador. Lo hacía con movimientos lentos, ajustando las tiras mientras se sumergía parcialmente en el agua. El hombre no apartaba la vista, claramente encantado con lo que veía.

—¿Vienes seguido a estos lugares? —preguntó él, manteniendo la conversación.

—No, es mi primera vez aquí. Estoy de vacaciones con mi esposo —respondió, enfatizando la última palabra, pero sin perder su tono amable.

—Qué afortunado su esposo —replicó él, todavía con una sonrisa.

En ese momento, decidí acercarme un poco más, manteniéndome lo suficientemente lejos para no interrumpir directamente, pero lo bastante cerca para que ambos supieran que estaba presente.

—Bueno, creo que ya está —dijo Esperanza mientras terminaba de ajustar el sujetador. Su tono seguía siendo ligero, pero su mirada tenía un destello que me resultaba familiar, como si estuviera disfrutando de la atención.

El hombre intentó avanzar un paso más.

—¿Tal vez podríamos tomarnos una foto juntos? Es raro encontrar a alguien tan encantadora en un lugar tan remoto.

Ella lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión, y negó con suavidad.

—Gracias, pero no creo que sea una buena idea. De todos modos, fue muy amable ayudándome.

—Bueno, la oferta sigue en pie por si cambia de opinión —dijo él, finalmente alejándose, pero no sin antes lanzarle una última mirada apreciativa.

Cuando pasó cerca de mí al nadar de regreso, noté su expresión: una mezcla de satisfacción y emoción contenida. Incluso era evidente que su entrepierna había reaccionado al encuentro, algo que me enfureció profundamente.

Volví mi atención a Esperanza, quien ahora nadaba hacia mí con una sonrisa tranquila.

—¿Todo bien? —pregunté, tratando de mantener la compostura.

—Sí, todo en orden, —respondió, como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo común.

—¿Quién era ese tipo? —inquirí, sin poder evitar que mi tono sonara más serio de lo que pretendía.

Ella rio ligeramente, restándole importancia.

—Solo alguien amable que me ayudó. No seas tan celoso.

—¿Amable? Parecía demasiado interesado en ayudarte.

Esperanza suspiró, su sonrisa ahora se mostró más defensiva.

—Samuel, no exageres. Además, ¿no estabas hace un rato con esas extranjeras? Si yo no dije nada, tú tampoco deberías hacerlo.

La referencia a las turistas me hizo sentir incómodo, pero no respondí de inmediato. En cambio, observé cómo ella nadaba hacia una parte más profunda del cenote, dejando claro que no quería continuar la conversación. No la seguí.

La brisa fresca del cenote acariciaba mi piel mientras me apoyaba en una roca cercana al borde del agua. Esperanza aún no regresaba, y el ambiente, a pesar de ser tranquilo, parecía más pesado con cada minuto que pasaba. De pronto, las dos extranjeras que había conocido antes aparecieron de nuevo, sonriendo de manera radiante y caminando con pasos seguros hacia mí.

—¡Hey, there you are! We thought we lost you —dijo una de ellas, una rubia de ojos azules y piel de porcelana, que ahora supe que se llamaba Alice.

—Yeah, we were just talking about how rare it is to find someone who can understand us here —añadió su amiga, una pelirroja de sonrisa encantadora llamada Sophie.

Sonreí de forma educada.

—Well, I guess I'm lucky to be around when you need help —respondí, tratando de mantener un tono neutral.

Ellas rieron. Alice se inclinó hacia mí, como si fuera a compartir un secreto. El escote de su bikini se hizo evidente, y sus movimientos parecían deliberados.

—We were wondering… since you’re so nice and helpful, could we maybe exchange numbers? It’d be great to have someone we can rely on if we get lost or something.

Me sorprendió la petición, pero intenté disimular.

—Sure, why not?

Sophie sacó su teléfono y me lo tendió para que escribiera mi número. Mientras lo hacía, noté que ambas me observaban con una atención que me puso algo incómodo, pero que también alimentó un poco mi ego.

—So, are you staying nearby? —pregunté, intentando cambiar el tema.

Alice asintió emocionada.

—Yes! At that beautiful five-star hotel near the beach. What about you?

Mi corazón dio un vuelco. Resultaba que estaban alojadas en el mismo hotel que nosotros. Tragué saliva antes de responder.

—Oh, what a coincidence. We’re staying there too.

—That’s perfect! Maybe we can meet up later —sugirió Sophie, su tono era tan casual como sus intenciones parecían lo opuesto.

La curiosidad me pudo, y lancé una pregunta con aparente inocencia.

—By the way, earlier I thought maybe you were… you know, lesbians.

Ambas estallaron en carcajadas. Alice negó con la cabeza, todavía riendo.

—Oh no, not at all. Why would you think that?

—Well, I don’t know… —dije, encogiéndome de hombros.

Aunque el verdadero motivo era para tranquilizarme después de la mentira que le había contado a Esperanza antes. Sophie me miró directamente, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.

—We’re definitely not lesbians.

En ese momento, una voz conocida irrumpió en la escena.

—Vaya, qué reunión tan animada —dijo Esperanza con un tono cargado de ironía.

Apareció detrás de mí, con el cabello húmedo y el rostro serio, aunque forzaba una sonrisa.

Me giré rápidamente, sintiendo un leve calor en las mejillas.

—Ah, cariño, aquí estás.

Esperanza cruzó los brazos, observando a Alice y Sophie.

—Parece que te estabas divirtiendo mientras yo no estaba.

Alice, sin entender el idioma, sonrió educadamente y saludó con un leve movimiento de mano. Sophie imitó el gesto, pero también me lanzó una mirada cómplice.

—Ellas solo necesitaban algo de ayuda, no hablan español —expliqué rápidamente.

Esperanza levantó una ceja.

—Ah, qué conveniente. Siempre tan servicial, Samuel.

—No eres la única que puede disfrutar un rato a solas, ¿no? —respondí, tratando de sonar despreocupado, pero mi tono llevaba un matiz defensivo.

Esperanza suspiró y forzó una sonrisa más amplia, ahora dirigiéndose a las extranjeras.

—Espero que mi esposo haya sido útil. Es bueno ayudando, ¿no creen?

Alice miró a Sophie, confundida por las palabras en español, y Sophie le respondió en voz baja en inglés. Ambas rieron un poco, y aunque no entendían exactamente lo que pasaba, parecían captar el ambiente tenso.

—Well, we should probably get going. Thank you so much for everything, Samuel. Maybe we’ll see you around —dijo Alice, con una última mirada hacia mí antes de darse la vuelta.

—Sure, take care —respondí, tratando de sonar natural.

Cuando se alejaron, Esperanza me miró fijamente.

—¿Qué tan útil fuiste exactamente?

—Ellas solo necesitaban ayuda con el idioma —respondí, pero ella no parecía completamente convencida.

—¿Y por qué parecían tan cómodas contigo? —insistió, su tono mezclaba curiosidad y algo de reproche.

—Mira, solo estaban perdidas, les di mi número por si necesitan algo en el hotel. No pasa nada —dije, tratando de calmar las aguas.

Ella suspiró, cruzando los brazos de nuevo.

—Espero que tengas razón. Porque si tú puedes divertirte ayudando, supongo que yo también puedo hacerlo.

Sus palabras quedaron flotando en el aire mientras se alejaba hacia el área donde habíamos dejado nuestras cosas. Me quedé allí unos segundos, sintiendo cómo se intensificaban las tensiones entre nosotros, y preguntándome si este viaje realmente estaba ayudando a sanar nuestras heridas o simplemente abriendo otras nuevas.

El resto del tiempo en el agua transcurrió en silencio, pero mi mente estaba llena de pensamientos. No podía ignorar lo que había pasado, ni la sensación de que algo en nuestra dinámica estaba cambiando. Y aunque intenté no hacer una escena, la inquietud seguía creciendo dentro de mí.

Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba. Intenté calmarme, pero no pude evitar que una oleada de enojo se apoderara de mí. Mientras nadábamos de regreso, mis pensamientos eran un torbellino. No era solo el incidente con el sujetador, sino todo el día: las miradas, los comentarios, la atención que ella recibía… y cómo parecía disfrutarlo.

De regreso al hotel, el silencio entre nosotros era palpable. Mientras ella desempacaba algunas cosas, no pude contenerme más.

—¿Te importa si hablamos de lo que pasó hoy? —pregunté, tratando de sonar tranquilo.

Ella se giró hacia mí, cruzando los brazos.

—¿Hablar de qué?

—De cómo parecías disfrutar toda la atención masculina. Desde Isla Mujeres hasta el cenote, parecía que te encantaba que todos te miraran.

Esperanza frunció el ceño, claramente ofendida.

—¿De verdad estás diciendo eso, Samuel? Porque yo también noté cómo ayudaste a esas chicas con su bolso. ¿Te gustó? Porque ellas parecían muy agradecidas contigo.

—Solo estaba siendo amable. No había ninguna intención detrás de eso —repliqué, sintiendo cómo la conversación comenzaba a escalar.

—¿Y crees que yo tengo intención detrás de que alguien me ayude o me mire? —dijo con voz firme—. Samuel, no puedo controlar cómo me ven los demás, y tampoco pienso disculparme por algo que ni siquiera hice.

—No es solo eso, Esperanza. Es cómo reaccionaste. Te reíste, coqueteaste… como si no te importara cómo me sentiría.

Ella suspiró, pasando una mano por su cabello.

—¿Y tú? Has estado pendiente de cada mujer que pasa a tu lado. ¿Crees que no lo noto? Samuel, estamos en un lugar turístico. ¿De verdad vamos a dejar que esto arruine nuestro viaje?

Las palabras se quedaron flotando entre nosotros, pesadas y llenas de significado. Sabía que no era justo culparla de todo, pero no podía ignorar lo que sentía. Al final, ninguno de los dos quiso seguir discutiendo. Nos limitamos a prepararnos para la noche, cada uno en su propio silencio, dejando que la tensión se asentara como una nube sobre nosotros.

Continuará...

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