Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 35)
Ella no lo esperaba, pero el mensaje llegó. No era una invitación, era una orden disfrazada de casualidad. Y mientras su marido leía la respuesta fría de su esposa, supo que esa noche nada volvería a ser igual.
CAPÍTULO 35
Al día siguiente miraba casi compulsivamente mi teléfono en el trabajo, pero Edu no reactivaba aquel chat que había nacido como algo macabro y había derivado en una especie de hilo conductor, o de guion anunciador, de las pretensiones de su creador.
Y no dejaba de ser extraño que no se regodease allí en su triunfo de haber elegido candidato y de que María hubiera aceptado. Que sí, que María había mostrado con Rubén su poder y que le había dejado fuera de combate en apenas cuatro minutos, pero no era menos cierto que aquel chico, elegido por Edu, había estado dentro del cuerpo inaccesible y orgulloso de María.
Llegó la noche y no me pude contener y le pregunté a María por Edu, y me dijo que no sabía nada de él, y la creí, y le pedí hasta por favor que si él contactaba con ella de forma privada me lo dijera.
Y transcurrían los días y yo no me podía creer su evanescencia, pero a la vez crecía de forma sutil mi optimismo, pues se acercaba el fin de semana y pensaba que quizás él se había marcado ese momento como el pragmático para volver a impulsarnos. Pero la noche del viernes avanzaba y seguía el plante, y volví a preguntarle a una María, que para colmo de pesadumbre yo notaba apagada, y me respondió, seca, que no sabía nada de él, ni de Rubén.
—¿Le has escrito a cualquiera de los dos? —pregunté, como si pidiera cuentas, pero era inquietud acumulada e insoportable.
—Nada desde el domingo —respondía ella, distante y haciéndose la despreocupada, pero yo notaba una aflicción soterrada.
Y es que ese fue otro problema que pasó de secundario a principal cuando llegó el sábado, pues ya no había la excusa del cansancio por el trabajo, una vez estuvimos inmersos en el fin de semana, y ella seguía con aquel poso de algo que ya podría definirse como frustración. Y no era algo claramente manifestado cara al exterior, pero yo sí podía verlo.
María cenó con sus amigas varias veces, fuimos a la playa, tomábamos alguna que otra cerveza en las terrazas de la ciudad… pero nuestros teléfonos no cobraban vida, ni ella tampoco, lo cual entrañaba golpes a mi ego y a nosotros como pareja, y yo no sabía si afrontar el problema o limitarme a esperar.
Y pasó otra semana y mis problemas pasaron a ser, no dos, sino tres, pues a la huida de Edu y a la frustración de María se sumó nuestra abstinencia; y no fue hasta entrado el mes de julio que, ya en la cama, en teoría en disposición de dormir, la ataqué, y no obtuve una negativa, sino algo mucho peor: una entrega fría de su cuerpo, como una obligación marital, como un trámite silencioso, que me decía además que aquello de que sí podía desearme en momentos de no tanta excitación era seguramente un autoengaño, quizás con buenas intenciones, pero un autoengaño al fin y al cabo.
Edu seguía ausente y a esos tres problemas se unió un cuarto, y eran los atardeceres y fines de semana en la playa, en donde María se lucía, sin querer, y yo me moría por verla, por ver cómo la miraban, y dudaba en atreverme a proponerle volver a aquella cala, pero estaba seguro de que sin Edu no accedería, que lo había hecho una vez, pero justo fue gracias a aquella vez que ella acabó por entenderse a sí misma. Y otro momento delicado eran las cenas de verano, solos o con amigos, en los que ella se vestía con vestidos veraniegos y nos emborrachábamos un poco, creándose un contexto sexual… pero las vueltas a casa eran siempre igual ásperas y decepcionantes.
Y fue una tarde de sábado, mientras nos bañábamos en el mar, tres semanas desde la última vez que habíamos visto a Edu, y con siete minutos de coito desganado mediante, que comencé a tantearla. Pero ella se cerraba, y hablaba de la boda, como si todo fuera bien, boda para la que faltaban dos meses, y que ella parecía usar para no pensar o para no hablar de lo que sucedía.
Y la intenté besar allí, con nuestros cuerpos cubiertos por el agua hasta el torso, y ella apenas respondió inapetente, y yo estallé y le pregunté sobre si aquello de que sí podíamos disfrutar del sexo en momentos de menos excitación había sido todo una mentira. Y ella me respondió, en feroz contraataque, que quizás seguía excitada, y que quizás llevaba todo aquel tiempo en aquel punto álgido, y yo no sabía ya qué creer.
Especialmente doloroso resultó lo vivido aquella misma noche, y es que ella me pidió, en una orden encubierta, tiempo y espacio de intimidad, y se fue a nuestro dormitorio. Y no sé si allí se bastó con sus recuerdos, con imaginación, o si hizo uso de mensajes antiguos con Edu, pero lo seguro es que encontró un clímax; quizás meramente relajante y liberador, o quizás opresivo y desgarrador… pero indudablemente angustioso para mí.
Y mi angustia mutó en recriminación y, cuando estuve seguro de que había terminado de entregarse a él en la distancia, irrumpí, calmoso, flemático, pero censor, con un reprobador “qué tal”, que acabó derivando en una conversación tensa, coronada por una pregunta con la que yo pretendía descubrir si había sido su primer orgasmo desde su exhibición con el condón de Rubén, y me dijo que no. Y me humilló confesando que la ducha, e incluso su despacho, habían sido emplazamientos puntuales en los que había necesitado calmarse, y yo me la imaginaba masturbándose… en la silla de su despacho, con sus piernas muy juntas… bajando sus dedos por dentro de sus bragas... con sus pechos marcando su camisa… con su boca entreabierta… en jadeos silenciosos… y pensando en él… y un torrente de excitación, y un extraño desgarro, me agitaban y me hacían estremecer.
A veces sopesaba la posibilidad de plantear otro hombre, alguien que pudiera calmar ese sofoco, pero en seguida lo descartaba. Y ella me hablaba de la boda y llegó un punto en el que cada vez que sacaba el tema pensaba que lo hacía para postponerla o incluso cancelarla. Pues no estábamos bien. Ella no estaba bien.
Y entonces todo volvió a saltar por los aires. Cuando Edu quiso.
Fue un jueves por la noche. De la nada y casi un mes más tarde desde el día de la playa, la pelirroja y Rubén, cuando Edu volvió a agitar nuestros teléfonos mientras estábamos cenando en una terraza.
Era una noche de verano, calurosísima y espesa. Los hombres, en su mayoría jóvenes e incluso muy jóvenes, solo tenían ojos para el vestido de ribetes florales de María, para sus piernas largas y para su tez morena, y ella no parecía ni darse cuenta. De nuevo ella no lucía afligida cara al exterior, pero yo sí notaba el poso. Y de golpe todo cambió, pero no fue alegría lo que sintió, ni tampoco desilusión, sino algo parecido al hastío por la materialización de lo presagiable.
Yo leí primero de mi teléfono, por lo que pude observar su gesto cuando lo hizo ella del suyo; aún nervioso por mí mismo me sumaba a la angustia de ella, reviviéndola en sus carnes.
—Mañana venid a cenar a mi casa. Estará Víctor —había escrito él.
Me sorprendí por lo que sucedió después, y es que María se disponía a responderle inmediatamente. Y lo hacía sin buscar complicidad, alianza, y ni mucho menos consentimiento en mí, y yo no sabía si su respuesta sería mi sentencia, la suya, la de los dos, o la de nadie, pero la de nadie sería a la vez, y revelando nuestro callejón sin salida, la de los dos.
Y entonces leí lo que María había escrito:
—No voy a hacer nada con Víctor.
Alcé la mirada y María apoyaba su teléfono junto a aquel tinto de verano que se calentaba como lo hacían, incluso a más velocidad, sus mejillas. Su melena caída contundente por un lado de su desasosegado semblante, tapando un pecho, y yo me fijaba en el otro, orgulloso y desatendido durante un mes entero, y después observaba su mirada, digna, pero inevitablemente inquieta. Y admiraba su belleza mientras esperaba la respuesta de Edu, y pensaba en que nadie de aquella terraza, de toda aquella plaza, podría imaginar que semejante mujer pudiera temer nada ni a nadie, y mucho menos la respuesta de alguien en su teléfono móvil. Todos allí creían saber que ella había nacido para elegir, para hacer sufrir y no para sufrir ella. Y entonces leímos la respuesta de Edu:
—Ni con Víctor ni conmigo. La cena es a las nueve.
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