Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulos 23 y 24)

Pensaban que habían cerrado el capítulo de las infidelidades y vuelto a la normalidad. Pero Edu no olvida, y esta vez no pide permiso: ordena. La noche que debían ser solo de ellos se convierte en una prueba de fuego que pone a prueba los límites de su relación.

Tanatos1212K vistas8.9· 14 votos

CAPÍTULO 23

Tras contemplar su cambio de actitud me puse en pie, de tal forma que mi miembro erecto y en horizontal apuntaba directamente a su cara. Y ahora era ella la que miraba hacia arriba… Y yo estaba excitado, excitadísimo, pero no estaba seguro de querer una felación desinteresada, mecánica… que me hiciera explotar, sí, pero que constituyera a su vez la victoria y humillación total y efectiva de Edu, no solo hacia mí, sino hacia los dos.

—No sé… Así es un poco raro… —susurraba yo… mirándola… mirando sus mejillas aún sonrojadas y sus pechos hinchados y palpitantes bajo las copas de su sujetador, mostrando un escote todavía brillante.

—Bueno, como quieras. Si no me voy a la ducha —dijo seria, como si ambas alternativas fueran meros trámites.

Su tono acabó por decidirme, y me retiré, y ella no insistió en absoluto y se ponía en pie, se bajaba la falda, se hacía con sus zapatos y sus bragas, y se marchaba por el pasillo.

Me dejé caer entonces sobre el otro sofá, completamente desnudo, y superado por la velocidad de los acontecimientos. Y por primera vez me planteaba seriamente parar, pararlo yo.

Vi entonces su teléfono, allí abandonado, y dudé en ir a investigar qué hablaría ella con Edu en privado, por qué Edu sabía que ella hoy iba en falda, qué hablaría con Rubén… si se estaría apoyando en alguna amiga… Y el sonido del agua de la ducha caer me quería convencer de que realizara mis pesquisas… pero decidí que no podía ser, que ya no, que teníamos que hablarlo, sin más mentiras y con toda la confianza, y que tenía que producirse ya una catársis absoluta, aquella misma noche.

La escuché ducharse, después la escuché ir al dormitorio, y quise valorar estar con ella otra vez, en mi casa, en nuestra casa… y opté yo también por ducharme, y después me puse unos pantalones cortos y una camiseta y llegué a la cocina, y María llevaba una camiseta amarilla de tiras, desgastada, habitual, casera, y me sentí aún más en casa que un rato atrás, y me sentí extrañamente feliz.

Me coloqué tras ella, y ella hacía una ensalada en un bol de cristal y me proponía compartirla.

Acepté, e hice mención a que viviendo solo cenaba bastante peor, pero ella no respondió.

Nos sentamos a la mesa. Uno en frente del otro. Y, apenas al tercer bocado en silencio, dijo:

—Vale. Empiezo. Begoña. ¿Sientes algo por ella?

—No —dije rápidamente.

—¿Sentiste algo al hacerlo?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Vale. Más. ¿La has vuelto a ver?

—No.

—Bueno. Vamos bien —decía ella, como si aquello fuera un check list a completar—. Al menos vamos mejor que la otra vez. Que, por cierto, sabrás que lo hizo contigo para joderme a mí. A eso llegarás.

Me eché un poco hacia atrás. No me gustaba cómo había empezado aquello. Y aún menos su último comentario. Resoplé, intentando serenarme, y que no se notara mi desagrado. Y ella prosiguió:

—Vamos, es que lo tengo clarísimo. Además, ya has escuchado a Edu lo que ha dicho sobre lo que ella le dijo que opina de ti. ¿Qué? ¿No hablas más que monosílabos?

Volví a resoplar. Solté el tenedor. Y dije:

—Pues yo al revés, creo que… no sé si hemos empezado bien… o has empezado demasiado bien, pero en fin. Creo que un buen punto de partida sería que le creyeras a Edu la mitad de la mitad.

María se llevó otro bocado a la boca. Comía con las piernas cruzadas, erguida, con la melena echada por completo hacia atrás. Parecía más joven, mucho más que con aquella ropa arreglada con la que había salido aquella tarde. Estaba realmente guapa y me extrañaba que no hubiera rebatido mi “no sé si hemos empezado bien”.

—Mira —dijo finalmente— vamos a ir avanzando, ¿vale? Vamos a cerrar lo de Begoña. Y te digo una cosa, una parte… que… no sé si buena… es que a veces creo que yo también me vuelvo loca… y es que… cuando me lo dijiste casi me muero, pero es cierto que después… no sé…

—¿Qué…? —preguntaba yo, más calmado, también porque notaba en ella un súbito cambio de tono.

—Pues como que… A ver, por un lado os imaginaba desnudos en la cama… y... ¡dios…! es que me muero… y es que la mato, y te mato a ti… pero también hay algo de no sé… de… como de… revalorizarte… No sé. No sé cómo decirlo.

—¿Revalorizarme? Quizás ponerme en valor, quieres decir.

—Sí, mejor —dijo ella.

—Pero sí según tu teoría lo hizo conmigo para joderte… ¿Cómo me pone en valor eso?

—No sé, Pablo. No sé cómo explicarlo.

Se hizo un silencio y me llegaba a plantear preguntarle si lo que me estaba pretendiendo decir es que quizás ella me ponía más en valor por haberlo hecho con una chica ciertamente guapa como Begoña, o si incluso imaginarme con ella le había despertado cierto tipo de… excitación, por pequeña que fuera, pero no me atreví a seguir ese camino.

—¿Hemos acabado con Begoña? —dije entonces.

—¿Te arrepientes? —preguntó, mirándome fijamente.

—Sí, claro.

Se hizo entonces otro silencio y yo creía haber aprobado con nota aquella batería de preguntas sobre Begoña, y no quise retrasar más lo inevitable:

—Bueno. Tema Edu —dije.

—Yo no me voy a justificar —dijo ella inmediatamente—. Espero que entiendas, ahora sí, por fin, que entiendas que los casos son diferentes. No volvamos otra vez a lo del viernes.

—No he dicho nada de justificar, ni estoy comparando ambos casos, María.

—Pues eso.

—Pues eso, ¿qué? Solo quiero que me digas qué pasa con él.

—Pues lo que pasa con él ya lo ves —espetó seria, en lo que había sido una escalada en el tono de ambos.

Ella se levantó entonces, y fue a por algo a la cocina, y yo volví a resoplar.

La esperé, comí un poco más, ciertamente desganado, como las últimas dos semanas, y pensaba que la huida de María hacia la cocina había sido para intentar no explotar o no decir cosas que no debería.

Volvió entonces con una botella de agua. Se sentó. Y yo volví a pensar en Begoña, e, intentando imponerme, a pesar de que la temía, dije:

—Antes de seguir hablando de Edu, porque ni hemos empezado, vuelvo yo a Begoña: es innegable que me empujabas hacia ella.

Tras un silencio espesísimo, durante el cual yo podía ver en los ojos de María su titubeo, dijo:

—Mira. Te voy a decir algo que quizás te duela, pero si alguna vez dudé de verdad de nosotros fue durante aquellas semanas con Carlos… y sí que me planteé algo con él, y creo que… me… aliviaba o me hacía sentir mejor que tú sintieras algo por Begoña.

Yo la escuchaba sorprendido y descubría que Begoña había clavado su teoría.

—También te digo —prosiguió— que ahora lo recuerdo y ni me creo que me hubiera planteado nada con ese… ni sé cómo llamarlo.

—¿Y eso por qué? ¿Te hizo algo?

—No, bueno. Aparte de… follarme como un psicópata… cosa que ya viste… no. Pero no me refiero a sexo, no sé… es que me da repelús siquiera recordarle.

Yo no entendía del todo su cambio de parecer acerca de Carlos, pero tampoco era extrañísimo en ella ese tipo de bandazos.

—¿Y con Edu no sentiste temor por lo nuestro?

—¿Que se acabara nuestra relación por él?

—Sí. Porque te gustara él.

—No. Te juro que no. A ver… Sobre Edu… Y ya metiéndonos a fondo en él… en él y el juego, ¿vale?— hablaba ahora muy conciliadora—… Sobre Edu tiene que ser él. En el fondo sabes como que siempre fue él, ya fuera de forma… cercana… o en la distancia.

—Ya… —respondí.

—Y que esto… ya ves que…

—¿El qué? —pregunté, y en ese momento el teléfono de ella, que estaba sobre la mesa, se iluminó, y yo pude ver cómo un nombre le escribía hasta tres frases, y el nombre era Rubén.

María miró la pantalla y yo no quise incomodarla y desvié la mirada.

—Pues que… —respondía ella— que no sé esto con Edu, o sea, de los tres, no sé lo que durará. Hasta que él se canse o nos cansemos nosotros, pero cuando eso pase no será un… cambio de cromos. O sea, quiero decir, que es él, y cuando se acabe, volvemos a la vida normal.

—¿Y entonces lo de Rubén?

—Rubén es un pesado. Es solo una chorrada para tener contento a Edu —dijo dándole la vuelta al teléfono—. Como lo del chat de los tres que tenemos en el móvil.

—¿Y seguro que no te engancharás a él?

—¿A Edu?

—Sí. Por ejemplo, en la playa… se os veía… en el paseo que distéis… los besos en la espalda… era como cariñoso… no sé…

—¿Cariñoso? —interrumpía ella—. Todo Edu es sexo —dijo y me impactó un poco—. Un beso en la espalda es sexo, un paseo es sexo… cenar… y… hablar de cualquier otra cosa con él… es sexo.

—¿Y todo lo que os escribís? Y me refiero a estos meses. A veces tengo la sensación de que apenas sé nada.

—Eso son chorradas, Pablo… Después de que me ha follado… tres o cuatro veces, con tu… consentimiento, por no decir… no sé… ¿goce? ¿disfrute?… ¿me vas a preguntar por las guarradas que me escribe? Mira, la única vez que realmente sí me sentí mal fue cuando volví de Madrid y quise aclarar las cosas con él, y después contigo, y que fui a su casa y nos acabamos besando. Lo que es… o sería… infidelidad… ha habido un beso, beso que corté inmediatamente… y no me hagas volver a lo que hiciste con Begoña para comparar.

—¿Y todo lo que hicisteis después de la noche con Carlos? ¿En su casa?

—Eso no te lo voy a contar ahora. Pero si tú me dejas tirada, tampoco veo que sean cuernos… igual que me dejaste tirada en casa de Álvaro.

—No es cuestión de cuernos o no cuernos…

—Ah, que ya quieres los pormenores. O sea, me acusas de medio cuernos y a la vez quieres los detalles.

—Que no te estoy acusando de nada, María. Siempre te pones a la defensiva.

Se hizo otro silencio. Tenía la sensación de que ambos queríamos que la conversación llegara a buen puerto, que ambos queríamos efectivamente el borrón y cuenta nueva, pero nos costaba, y, yo, entonces, no me pude controlar:

—Bueno. ¿Y entonces qué? ¿Edu te dice “hoy con este, mañana con el otro” y allá vamos los tres a que pase? —pregunté, arrepintiéndome al instante de no haberlo formulado de otra manera.

—Si lo dices por lo de la playa, eso fue una locura que surgió así, y también porque estaba cabreada contigo. Y, Pablo… No sé si es bueno ir por ese camino.

—¿Por qué camino? —me rebelaba, incapaz de recular.

—Por el que estás yendo.

—No. Solo te pregunto “y ahora qué”.

—Pues ahora está Edu. Bueno, siempre lo estuvo. Y que sí… que está… que es cierto que es un poco estresante, que nada es normal con él, pero está en Madrid... y que viene cada dos semanas, o lo que sea, o fin de semana... y podemos tener nuestra vida, porque yo te quiero Pablo, te quiero muchísimo, y podemos hacer nuestra vida casi todo el tiempo, y él si viene y jugamos a esta locura pues bien y sino también.

—¿Y el sexo entre nosotros? —pregunté, súbitamente complacido, pues rebotaba en mi cuerpo su confesión de que me quería.

—¿Qué le pasa?

—Pues… aquello de que… te atraigo… en épocas de menos excitación… No se si sigue... vigente.

—Pues mira... con las tres últimas semanas que llevamos… ni me acuerdo de estar en una situación normal. Por cierto, te acabo de decir que te quiero muchísimo, podrías haber dicho que tú también y después seguíamos.

—Ah, que no estás segura… —decía yo, con una falsa chulería que no sabía por qué me salía.

—Mira, Pablo, a veces creo que tú piensas que eres la víctima. Y mañana yo tengo que ver a Begoña, y Carlos viene a una reunión el martes… y ayer me la ha metido un niño… sin preservativo… que estoy haciendo la del avestruz para no pensar y no rayarme.

—Vale... vale…

—Vale, vale, qué.

—Que… si quieres ir a algún sitio… por eso… Voy contigo.

—No... Ya... Solo faltaba…

—¿Y tú qué has hablado con él? —cambié de tema.

—¿Con Edu?

—Sí.

—¿De qué?

—Pues de esto.

—Nada.

—¿Cómo nada? Si me dijiste el viernes que habías quedado con él para hablarlo.

—Pero si es imposible hablar con él. Él suelta sus burradas y no dice nada. Juega también a eso.

—Pues a mí sí me ha dicho.

—¿El qué? —preguntó intrigada.

—Me ha dicho que te pudo haber follado las veces que hubiera querido, pero que a la décima vez se habría aburrido, y por eso todo este juego.

—Bah, es un fantasma —dijo ella inmediatamente. Y yo no le quise decir que parecía creerle a Edu cuando le convenía y cuando no, no.

Se hizo otro silencio y yo recogí ambos platos y ella los vasos y el agua. Y, una vez los dos en la cocina, María, frente a la encimera, preguntó:

—¿Hay café para mañana?

Yo me coloqué tras ella, y le dije:

—¿Tú sabrás…? Yo llevo quince días… sin hogar…

—Eres bobo… —susurró, inclinando la jarra, comprobando si alcanzaría para dos cafés. Y dije yo entonces:

—Tiene razón Edu en lo de correrte.

—¿El qué? —respondía ella y yo pegaba mi pecho a su espalda, posaba mis manos en su cadera, olía de su melena, y me moría por abrazarla.

—Que al final hemos vivido el fin de semana más loco de todos los tiempos y no te has corrido —dije, en tono bajo, y es que sin saber por qué hablábamos de golpe casi en susurros.

—No soy una ninfómana, Pablo —dijo apartando mis manos de su cintura delicadamente.

—¿Qué?

—Que no soy una ninfómana… joder... —susurró, y su palabrota no le debió de gustar en ella pues apenas se escuchó—. Que, eso, que ahora me meto en la cama y me quedo frita. Así que… tranquilo que no voy… goteando por ahí.

—Bueno… No te enfades.

—No, no me enfado pero es que… tú también… —susurraba ella, y se giraba, y quedábamos frente a frente.

—Vale, vale, perdona —dije volviendo mis manos a su cintura.

Nos mirábamos. La veía guapísima. Tenía la sensación de que nunca había creído realmente que la había perdido, pues de haberlo hecho habría muerto en vida.

—Te quiero mucho —le dije, con un sentimiento y una verdad inmensas.

—Ya lo sé.

Solo se escuchaba el silencio. Nos mirábamos otra vez. Yo la quería besar. Y ella dijo entonces:

—¿Estamos bien?

—Yo creo que sí —respondí.

—¿No me das un beso? —preguntó.

—No, no me apetece nada —dije irónico.

—Ah, vale muy bien —sonrió.

Yo esperaba su beso. Y ella me rodeó entonces con sus brazos y dijo:

—¿Te puedo contar una cosa que me pasó el otro día conduciendo? La gente está fatal. Después me cuentas tú… lo del apartamento ese…. y lo de tu vida... de soltero.

—¿Ahora? ¿Quieres contarme una banalidad? ¿Cómo si fuéramos una pareja normal? —pregunté.

—Mmm… sí. Eso es. Como una pareja normal —sonrió María.

CAPÍTULO 24

Siempre fui de los que piensan que la felicidad no radica tanto en los momentos puntuales, por exitosos o jubilosos que sean, como en las dinámicas repetidas, y la mañana del lunes siguiente confirmé mi parecer: sonó el despertador y María y yo comenzamos nuestros automatismos silenciosos de un día laborable, pero había control, había seguridad, y había ese poso de afecto intacto que solo se valora tras las reveladoras crisis.

Mientras desayunaba pensaba en si de verdad podríamos mantener el compartimento estanco de nuestra vida sexual, ahora con Edu absolutamente presente, y conservar el resto de elementos completamente intactos y a salvo. Y, consciente de las dificultades, concluía que sí podría ser posible. Si bien tenía presente que María había estado en lo cierto la noche anterior cuando me había dicho que mi situación era más sencilla que la suya, cosa que se hizo patente y de actualidad justo tras despedirme de ella, como siempre con un beso, pues ella se iba al despacho, y allí estaría Begoña, y allí al día siguiente Carlos, y ocupaba el puesto que había dejado Edu.

Mi trabajo sí era un oasis absoluto. Nadie de mi círculo sabía nada de nuestras locuras salvo mi amigo Germán, el cual no me había vuelto a preguntar, y yo no me había vuelto a ver en la necesidad de hablarlo con él, quizás hasta porque, de una extraña forma, Begoña había ocupado su lugar.

Yo miraba de vez en cuando el teléfono para comprobar sobre todo si Edu nos escribía a los dos, y el hecho de no hacerlo me hacía pensar que pudiera ser algo solo ceñido a los fines de semana que él viniera. Y lo cierto era que pensar eso me aliviaba, y también me hacía creer que la teoría de María pudiera ser acertada, y que podría ser verdad que no tenía apenas fisuras aquel plan de tener a Edu como amante y orquestador de situaciones. De hecho, realmente parecía que la única fisura era Edu en sí.

Esa noche de lunes vimos una película tumbados en el sofá, no estrictamente abrazados, pero sí acaramelados y hasta mimosos. Como si no hubiera pasado nada. Y yo, aun con obvia curiosidad por saber en qué punto sexual se encontraba ella con respecto a mí, no planteé nada, pues sabía que aún teníamos que rebajar los sentimientos de lo recientemente vivido. Tampoco le pregunté sobre lo sucedido en la casa de Edu, y lo que sí hice fue proponerle ir a cenar fuera, los dos, la noche siguiente.

—No Edu. No Begoña. No Carlos. No nada… —dijo María, en tono afable, y yo no solo acepté sus condiciones, sino que las secundaba al cien por cien.

Ese martes, después del trabajo, no la quise ir a buscar a su despacho, pues ya lo consideraba como una especie de terreno minado. Quedamos directamente en el restaurante, que estaba en una azotea de un hotel, al aire libre.

Llegué antes que ella; las tardes eran largas, eternas, y aún planeaba la luz del sol a ras de los tejados mientras la esperaba. Y pensaba en que era tremendamente afortunado, pues sentía que no había parado de meterme palos en las ruedas, sin parar, durante los últimos quince meses, como si yo mismo hubiera trazado y ejecutado un plan consistente en que María se hartara de mí.

Apareció, con su melena voluminosa, un traje verdoso de pantalón y chaqueta, y una camiseta blanca de cuello redondo que creaba un relieve agradable de ver. Me puse en pie, nos dimos un beso, y dijo:

—Tu móvil. Dámelo.

Me alarmé inmediatamente. Temiendo que quisiera volver a aquello de Begoña.

—¿Y eso?

—Solo nosotros. Venga. Que a veces parecemos tontos, todo el día pendientes del dichoso teléfono.

Suspiré aliviado. Se lo di. Y ella metió ambos móviles en su bolso.

Lo que vino después fue una cena que me asustó, pues me llegó a intimidar lo que sentía por ella. Y me sentía otra vez dichoso y culpable. Hablamos de pasado. De futuro. Y no tuve ni la más mínima tentación de sacar nada respecto a Edu o al sexo.

Charlamos sobre la boda, que habíamos, o había ella, postpuesto hasta el junio siguiente, y entonces María empezó a plantear la idea de celebrarla antes. Y yo no es que no estuviera de acuerdo, pero sí sentía que ella buscaba con ese adelanto una muestra, o automuestra, de que todo era normal. Y no es que yo no confiara en que pudiera ser así, sino que sentía que cada decisión tomada o a tomar en esos días, estaba innegablemente vinculada a esa especie de nuevo plan de vida.

María no veía problema alguno en celebrarla en septiembre, ya que siempre había sido pensada como algo bastante íntimo y más o menos sencillo de organizar, y yo no era capaz de poner pegas a su razonamiento, porque no era un tema de precipitación, y las cábalas sobre sus posibles motivos me eran imposibles de explicar.

Hablamos de su trabajo, de su nuevo puesto. Hablamos del mío, y de mi familia, y de la suya, y yo la miraba, y de nuevo me sentía dichoso, y de golpe, a veces, llegaba a recordar y a alucinar con haberla entregado a otros hombres… y en seguida intentaba corregirme para no pensar en ello.

Esa noche, ya en casa, ya en la cama, tampoco quise plantear nada de sexo. Y, al día siguiente por la mañana, en la ducha, sentí una erección casual, y multitud de imágenes se cruzaron en mi mente… de María con Edu… con Carlos… con aquel chico de la playa… pero me negué, me negué a utilizar aquellas imágenes y aquellas vivencias… y decidí concienzudamente imaginar sexo puro, de ella y yo: me imaginé que, durante la cena de la noche anterior, ella se levantaba de su silla, venía hacia mí, se quitaba los pantalones, y me montaba a la vista de todos los comensales. Imaginaba a los camareros, quietos, petrificados e impactados, ante aquella mujer que se follaba a su prometido… Se lo follaba… me follaba… en presencia de toda esa gente que observaba, atónita y excitándose... por ver a aquella mujer moviéndose, orgullosa, plena… en un sexo sentido, y hasta amoroso… y yo me aferraba a ella, y ella me abrazaba mientras movía su cadera adelante y atrás… y yo pronto eyaculaba en la ducha… en un orgasmo que no era tan explosivo como si hubiera usado imágenes vividas con María y aquellos otros hombres… pero que conseguía así no sentir culpa tras acabar.

Y aquel miércoles transcurrió con normalidad a excepción de que, mientras cenábamos, pude ver cómo Rubén le escribía y ella le respondía desganada, y apenas un par de frases. Y yo entendía que le ofrecía lo justo para cubrirse en caso de que Edu le preguntara por Rubén.

Y fue la tarde siguiente. Sin previo aviso. Sin nada que pudiera prepararme para ello… cuando todo explotó:

Estaba en una reunión y mi chaqueta comenzó a vibrar en impactos cortos, cerca de mi corazón, pero mi corazón no se alteró, no hasta que vi que Edu había decidido anticipar el fin de semana.

Silencié mi teléfono y estuve en una intranquilidad absoluta, deseando que aquella reunión acabara cuanto antes, para así poder ver a qué se debía su nueva incursión.

Escuchaba a mis compañeros hablar y, como siempre, y a pesar de decirme a mí mismo que estaba viviendo unos días en los que quería que todo fuera más despacio, comencé a sentir que había una importante parte de mí que quería todo lo contrario.

La reunión terminó, me fui a mi mesa, cogí aire, saqué el teléfono de mi chaqueta… y leí, sin querer, la última frase. Y, cuando la leí, mi mano apenas pudo sujetar el móvil, y mis dedos apenas me obedecían en su intento de subir hasta llegar al origen de todo, y es que la última frase de la conversación, escrita por Edu, decía: “A las diez a follarte”.

Conseguí llegar al principio y vi cómo Edu abría fuego con el tema de Alberto otra vez, que ya sonaba a excusa, si bien él no parecía necesitar rodeos para plantear sus intenciones. Después, y sin anestesia previa, había escrito:

—Ya me he enterado de que hoy vas enseñando pierna.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntaba ella y yo hacía memoria hasta recordar que había salido de casa por la mañana en falda y camisa.

—Pues Víctor, quién si no.

—Ah, ya. Lo vi por ahí. Vino a instalar no sé qué a las dos becarias nuevas. En fin —respondía ella, más locuaz de lo acostumbrado.

—Por cierto —había escrito entonces Edu.

—Qué.

—Que Víctor va a ir a follarte esta noche. Está todo arreglado.

—¿Qué coño dices? —preguntaba María y a mí me temblaba la mano, y hasta la cabeza y el cuello. Y sentía que me faltaba el aire.

—Lo que oyes. Ya le he dicho que Pablo mirará y que, mientras mira, él te va a follar. Me tienes que dar tu dirección para que se la pase.

—¿Pero de qué coño vas? —se indignaba María, y yo veía que tras su frase había una nota de voz de Edu, de catorce segundos.

Infartado, rebuscaba en mis cajones en busca de unos auriculares. Mi corazón se me salía del pecho. Sentía la boca seca y me sudaban las manos. No me podía creer su desfachatez, su crudeza… y me sentía mal por María, porque tuviera que enfrentarse a él de aquella manera.

Finalmente no encontré auriculares así que bajé el volumen y me llevé el teléfono a mi oído, y escuché la voz de Edu decir:

—No voy de nada, María. Este fin de semana voy con la pelirroja, como tú la llamas… Bueno, vamos los dos a mi casa de ahí de la playa, así que estaremos ocupados… Cerca, pero ocupados. Y a Víctor le va su hijo de la universidad… Así que solo puede follarte hoy.

Yo no me lo podía creer. No entendía, por mucho que lo conociera ya, cómo podía ser así. Así con una María, además, que ya había claudicado mucho… Y es que, en aquella propuesta, u orden, no había morbo, no había juego. Solo había saña.

Leí entonces lo que le había respondido María:

—No me lo estás diciendo en serio. No puedes estar tan mal de la cabeza. Espera, te llamo.

—No, no. No me llames. No hay nada de qué hablar. Escríbeme tu dirección exacta y más o menos a las diez va a follarte.

No había nada más escrito. Y yo dudé en escribirle a María, y vi que no se había conectado desde el momento justo de la última frase de Edu.

Y entonces la llamé. Una. Dos. Tres veces. Pero no respondía a mis llamadas.