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El club (6): Epílogo

Carmen creía que ella controlaba el juego, pero Eva tenía otras intenciones. Ahora, la mejor amiga de su vida está en la cama de su esposo, y Carmen debe decidir si es víctima o verduga de su propia humillación.

Sylke and Friends17K vistas9.6· 26 votos

El club (6): Epílogo

Darneb & Sylke

Este relato es el epílogo de la serie “El Club”

Si no lo has leído antes: https://www.todorelatos.com/relato/193544/

EPÍLOGO

Desde aquella cena en el japonés y mi mensaje al club, todo había ido sucediendo de forma muy acelerada... casi vertiginosamente. Bárbara había vuelto al ruedo y más felina que nunca, además coincidió con la época del año que más viajes tengo, reuniones, ferias y eventos y lo mejor de todo es que “El Club” se adaptaba a mí como anillo al dedo.

Mi relación con Pablo había dado un salto increíble, pero para mejor y a cada momento... y cuanto más involucrada estaba con ese Club, mejor iba nuestro mundo íntimo, llevando nuestras fantasías a la realidad, unas veces solos los dos, dejándonos llevar a mundos desconocidos, atrevidos, locos... siendo más amantes que el aburrido matrimonio que habíamos dejado de ser... y otras, compartiendo con terceras personas, incluyendo a su íntimo amigo Adrián. Aun así, nunca le hablé a mi esposo de mi otra vida, ni tan siquiera que gran culpa de ello era gracias a su hermana. Y al final, ¿para qué? Habiendo recuperado definitivamente nuestro matrimonio no dejaba de preguntarme, ¿Eso seguía siendo deslealtad, infidelidad, traición...?

Tiempo para esparcirme y tiempo para echarse de menos y tomarse con más ganas, ese era nuestro acuerdo, sin preguntas ni respuestas... quizás Pablo lo sabía todo y callaba, como lo hacía yo.

Pasó el tiempo y mi segunda fase seguía sin llegar, al menos nada nuevo que ya no hubiera hecho, quería involucrarme más, ser más puta de lo que hasta entonces había sido, pero no me llegaban los mensajes para ir más allá de lo que ya consideraba “deslices tradicionales”. Lo primero que hice fue quedar con mi cuñada y no fue para tomar café precisamente, necesitaba una cena íntima con ella, quería todos los detalles de primera mano y comunicarle que yo también pasaba a esa segunda fase y a pesar de que hablar con otros miembros sobre el Club y sus actividades, estaba terminantemente prohibido, yo iba con intención de sonsacarle algo de ese nuevo juego y ¿por qué no decirlo?, en esa cena yo quería que Eva fuera el postre.

Me vestí para ello tanto por fuera como por dentro, desde aquel primer encuentro del masaje y mi sesión de fotos en la habitación del hotel. Habíamos tenido algún que otro juego compartido. Irnos de compras ya no significaba lo mismo, los probadores ya no era solo probadores, o por lo menos no solo de ropa, cada vez que salíamos de fiesta nuestras respectivas manos jugaban bajo la mesa e incluso acabábamos follando en un cubículo de unos baños en la discoteca de turno. Nuestra relación de “amigas o cuñadas”, se había convertido en otra cosa. Esa noche, sin embargo, la quería para mí sola. Necesitaba respuestas y sexo, mucho sexo para las dos... tenía canguro, no llevaba bragas, mi chico estaba de viaje, mi libido estaba disparada, ¿qué podía salir mal?

Eva con su habitual descaro comenzó a interrogarme antes de tener el primer vino delante, quería saberlo todo, sobre nuestras fechorías como pareja y ya no me resultaba nada violento lo de decirle todas las cosas que hacía con su hermano, con todo lujo de detalles, quien, y cuando habíamos metido en nuestra cama, no dejó ningún recoveco de mi vida sexual sin explorar, siempre le ha gustado saber, pero a mí me encantaba contárselo. Para cuando llegaron los entrantes ya estaba lista para abandonar la mesa e ir a cualquier sitio más íntimo. Yo intentaba dirigir la conversación a esa nueva fase, en la que yo me creía preparada, como lo estaba ella, dar el paso definitivo y salir a la calle, follarme a un desconocido, así, sin más, al azar... y ser “puta” pero con todas las letras. Soñaba con ese momento, pero Eva, siempre me esquivaba la pregunta y se limitaba a sacarme más de todo lo que hacía con Pablo.

- Bueno, veo que estás hecha una señora puta, casi en toda regla. - dijo ella con su sonrisa maléfica.

- ¿Casi? - mi pregunta me llevaba a querer saber qué es lo que me faltaba para serlo del todo.

- Veo muchos hombres, pero poca mujer.

- No sé a qué te refieres.

- Vamos, Carmen.

Una vez más me dejaba fuera de lugar, no me atrevía a preguntar, pero tampoco hizo falta, ella sola se contestó y parecía indicarme el camino hacía donde debía dirigir mis pasos.

- Carmen, hay que dártelo todo hecho. Con lo putilla que eres ya, yo creo que estás preparada para meter a una mujer en tu cama.

Me puse colorada tan solo en pensarlo... en imaginarlo, esa faceta quedaba tan solo para mí, acaso pretendía meterse ella en nuestra cama, y si no era ella yo no sabía ni por dónde empezar. Si por toda la conversación anterior tenía todos mis sentidos a flor de piel, ahora mi cuerpo lloraba por dentro. Hasta mi calenturienta mente llego a imaginar a Eva saboreando a su hermano mientras yo contemplaba o llegaba a ver cómo yo misma devoraba su sexo sin tregua mientras Pablo me empujaba con su pelvis hacia su húmeda cavidad, expuesta y desbocada. Mi cara me delató sin lugar a dudas.

- ¿Ves que eso es lo que en realidad necesitas? - insistió Eva.

- Pero yo...

- No me creo que no tengas ninguna amiga tan puta como tú. - ella no dejó que terminara la frase.

Por un momento reconozco que sentí alivio al saber que no era ella de quien hablábamos, pero por otro, me hubiera gustado que lo dijera, que se nombrara a ella misma en un trío con Pablo, por muy indecente que fuera su propuesta o ¿quizás quería que yo lo dijera directamente? Sin duda Eva me ponía a prueba y debía ser lo que me faltaba para desarrollar todo en mi segunda fase. Seguimos charlando sobre mis amigas y las posibles candidatas, pero yo solo veía su cara en cada escena de la que hablábamos, me era imposible pensar en otra. Y cuando más pensaba en ello, más cachonda me ponía. Algunas de mis amigas eran compartidas, pero sólo como amigas, claro, por lo que ella sabía tanto o más que yo sobre ellas, y si serían buenas candidatas.

Después de casi recorrer todo el santoral, coincidimos en Isabel, era divertida, lo suficiente informal y lo suficiente amiga, tenía las mejores cartas para jugar a este juego. ¿Lo malo? Que aparte de mi cuñada, Isabel era, sin lugar a dudas, mi mejor amiga.

No nos pedimos copa, seguimos trazando nuestro plan entre las sábanas de su apartamento, entre suspiro y suspiro ordenamos nuestras ideas y nuestros cuerpos. Mientras sus dedos me llenaban, su voz me contaba cómo debía ser esa tarde amigas, comida, compras y preliminares. Mi cuerpo se corría entre sus atenciones, pero la cara que yo veía en esos probadores no era la de Isabel, era la de mi cuñada. ¿Sería capaz de controlar esta obsesión? Por otro lado, me aterraba la idea de que Pablo pudiera comprender esa locura...

Sigo sin poder olvidar lo que sentí esa noche con Eva, más allá de nuestra conversación, involucrando a otra mujer, porque en mi mente sólo estaba ella. Y ahí estaba, esperando a Isabel para comer, nunca había estado tan nerviosa y ella cuando me vio en la puerta del restaurante, parecía más nerviosa que yo.

- Tengo que hablar contigo Carmen. - me dijo.

- Me asustas. - respondí cuando me agarró del brazo para llevarme a la mesa que teníamos reservada.

Se frotaba las manos, mientras el camarero nos traía la carta y yo seguía sin entender nada, no sabía lo que estaba suciediéndole... por un momento temí que ella supiera de mis intenciones, hasta que, cuando volvimos a quedarnos a solas, dijo algo que me hizo empezar a comprender.

- Carmen, he cometido una locura.

- ¿Qué has hecho, Isabel?

- He engañado a Juan, mi marido.

- ¿Qué?

- Sí, en un viaje este fin de semana, en una convención...

No me lo podía creer... Isabel me estaba contando lo mismo que yo misma le había ido contando a Eva, apenas unos meses atrás y ella estaba tan nerviosa como yo entonces. ¿Azar, casualidad, destino...? No sé por qué sonreí, casi hasta hacerlo risa y ella se sentió confusa, casi ofendida.

- ¿Carmen? - intentó ver en mi cara que iba en serio.

- Entonces, ¿estás hecha toda una puta? - lo solté así, a bocajarro en unas palabras que nunca le había dicho a mi amiga.

Isabel estaba completamente desconcertada, porque ella seguramente esperaba comprensión, apoyo y casi el perdón, pero no esto. Tomé su mano en la mía, y podía notar su tensión, me miró como un corderito degollado, temblando como una hoja. Dejé que mis ojos se clavaran en los suyos, podía notar casi su respiración en ellos. La tenía donde quería sin haber tenido que consumir recursos, su culpabilidad sería mi mejor aliada para conseguir mis fines. Mientras que mis ojos seguían rebuscando en los suyos, me venían a la mente como Eva me trató, pero no sólo ese momento en la estación, pude casi notar cuando en esa mesa de masajes me colmó, y como yo había pasado de señora que es devorada a señora que devora.

- Isabel, todas somos un poco putas, cariño. - Le dije acercándome - Se de lo que me hablas perfectamente.

Sin decir nada pude notar como todas sus barreras cayeron de golpe, solo necesitaba ser escuchada. Dejé que hablara ella misma sin imprimir demasiada presión, ni demandar demasiados detalles... pero funcionaba, Isabel se abría como una flor, revelando sus intimidades sin apenas pudor. Cuanto más contaba, más recordaba de ese encuentro, e inevitablemente eso la afectaba, ahora si era el momento de demandar detalles.

- Isabel, ya me imaginaba que eras un poco putilla, pero tanto... - Le dije con una sonrisa cómplice. - Seguro que te puso a cuatro patas como a una señora puta. - añadí con total descaro.

Se puso roja como un tomate, lo que no solo me dio la razón sobre el cómo fue, sino que además pude notar cómo en su retina se dibujaba esa imagen, ese casi desconocido tomándola desde atrás y sacándole esos gemidos de los que hablaba. Me confesó que no sólo eran gemidos, sino que de su boca salieron palabras que nunca había dicho junto a su marido. Aquello me llevó a recordar mis inicios con aquel Javier... casi como un “deja vu” la historia se repetía.

Para cuando terminamos de comer, sabía que sus bragas estaban igual de mojadas que las mías, ella por recordar y yo por visualizar cada momento de ese polvazo, casi idéntico a aquel primero mío. El hierro caliente es el que mejor se dobla, antes de salir del restaurante nos fuimos a empolvar la nariz al baño, a traición y con alevosía mis labios buscaron los suyos. Sé que Isabel no se lo esperaba, pero tampoco me paró en seco, tan solo cuando mi mano palpo su humedad fue cuando quiso poner terreno de por medio.

- ¡Carmen por Dios! - consiguió decir retirándome la mano pero sin ser categórica.

- Isabel, estas igual de mojada que yo. No te tortures... - le dije antes de plantarle el segundo beso.

Su resistencia duró dos vueltas de lengua, mis manos la buscaron, las suyas eran aún muy tímidas, su cuerpo se pegó al mío, nos olvidamos las dos por un momento donde estábamos y hasta quienes éramos. Flotando en una nube de nebulosa, salimos las dos del restaurante, con las hormonas disparadas, con nuestros pezones duros como piedras y con más dudas que certezas.

Hasta la tercera manzana no recuperamos el aliento, con el sabor de sus labios todavía en mi boca, tan solo quería más, mucho más. Si Eva durante estos meses me había enseñado algo, era como disfrutar y dónde disfrutar en mi ciudad. Tome su mano y sin esperar respuesta alguna me encamine hasta ese hamman, un lugar discreto y honesto, donde había vivido intensas tardes de placer.

Isabel no tuvo ninguna duda, tan solo me seguía, se dejó llevar, sin seguramente poder anticiparse al momento. Tan solo cuando nos encontramos frente a la puerta mostró cierto desconcierto.

- Tarde de chicas, nos merecemos un masaje. Dije sin darle importancia.

Ella había invitado a comer y yo pague el masaje, conocía perfectamente como había que pedir lo que yo quería pedir, nos dieron la llave. Lo que no sabía Isabel era que yo sería su masajista.

Abrí la puerta y recordé mi sensación cuando hace unos meses yo era esa Isabel guiada por Eva, usando prácticamente sus mismas palabras, exactamente las mismas que ella uso conmigo. Esas dos camillas ya eran muy amigas, este era el sitio en el que mi cuñada y yo nos desfogábamos y por el sólo hecho de recordarlo, aquello ya me tenía encendida.

- Isabel este sitio es muy especial, y el masaje aún más, tan solo quítate la ropa, ponte el antifaz y esas braguitas de papel, túmbate y déjate llevar. Yo estaré del otro lado del biombo.

Me miró con ternura, con cierto aire de expectación, como yo hice, inocente y cándida, pensando que sería como un masaje más. Yo recordaba haber estado infinitamente más nerviosa, aunque lo que no podía olvidar era como fue aquella primera vez con Eva, desde luego, no es lo mismo recordar que acometer. Retiré mi ropa, quedándome en ropa interior, esperé pacientemente mientras Isabel hacia lo mismo, hasta escuchar cómo se tumbaba en la camilla, mirando discretamente para ver si veía la goma de su antifaz, y... allí estaba, lista para mí.

Mi corazón latía a mil y lo cierto es que las imágenes volaban por mi cerebro, recordaba cada recomendación de Eva, no hables, “sé paciente”, “ve muy poco a poco, y la tendrás a tu merced”, “recuerda bien lo que tú sentiste”, esa frase me marco la que más.

Tomé su talón izquierdo entre mis manos, puse un poco de ese aceite y suavemente trabajé la planta de sus pies, sus dedos, su tobillo... notando cómo cada nuevo movimiento hacían un efecto relajante. Mis, aparentemente inocentes manos, fueron recorriendo sus pies, sus piernas, tímidamente sus glúteos, su espalda, sus hombros, con cada nueva incorporación notaba como su respiración y su piel eran cada vez menos indiferentes a mis caricias... no había dudas, estaba lista.

- ¡Uf! - la oí resoplar y eso erizó mis pezones.

Separé ligeramente sus piernas, y comencé a trabajar en el interior de sus muslos, sugerente sin intenciones aparentes, pero Isabel era muy sensible, noté al momento su reacción, su piel y su respiración la dejaron al descubierto. Mientras, mi mano izquierda seguía trabajando el interior de sus muslos, la derecha lo hacía en el cuello. En esos instantes volví a recordar lo que yo sentí y el escalofrió que me recorrió. Mi mano izquierda era cada vez más descarada, sin llegar a ser concreta, tan solo coqueteaba rozando su sexo aún cubierto por esa diminuta braga de papel.

- ¡Humm! - un nuevo ronroneo que salía de su garganta me alentaba.

Me costaba horrores no ser más explícita, mis manos, mi boca, mi cuerpo quería abalanzarse sobre ella, pero sabía que debía contenerme un poco más para poder llevarla a un punto de no retorno.

Me mordía los labios, mientras notaba como poco a poco esa braguita se impregnaba de los jugos de Isabel, era verdugo de mi amiga recordando cómo fue ser víctima. Suponía que las mismas imágenes que pasaron por mi cabeza eran las que recorrían la suya. Indefensa, boca abajo, excitada, casi desnuda, exhibida, e igual que a mí, todo eso, sin duda, le haría perder la cabeza y se entregaría al placer, esa era mi duda y lo que hacía aún más emocionante el momento, casi más peligroso... morboso y cachondo. Mi mano derecha partió al fin para dar cobertura a la izquierda, y cada mano con cada interior de sus muslos se fundieron, recorriéndolos, acariciándolos, con suavidad y firmeza, con cierto ritmo discontinuo que subía de tono sin apenas apreciarse. Las piernas un poco más abiertas, la braga un poco más subida, el sexo un poco más expuesto, las nalgas un poco más abiertas al paso de mis manos, la respiración un poco más intensa y entre sus preciosos muslos, notaba como esta flor se abría cada vez más. Recuerdo como estaba en ese momento yo misma en esa primera vez frente a las manos de Eva sin saberlo o cuando noté que mis piernas eran cerradas y las manos pasaron de mis glúteos a mis pies de nuevo, fue casi un vacío, una horrible sensación de final. Eso si, en mitad de esa sensación, fue cuando noté como esas bragas de papel me las quitaban, esa confusión completamente provocada, fue la que no me permitió ni hablar, ni protestar, ni impedir todo lo que después ocurrió. De esa misma forma la desarme yo, y con los mismos resultados, con mi corazón latiendo a mil y mi coño ardiendo de gusto.

Saqué esa braga de papel sin resistencia alguna, abrí sus piernas dejando lucir su brillante y húmedo sexo, y mis manos retomaron su tarea, eso si, esta vez mucho más directa. Sus suspiros ya no eran opacos, eran claros y cargados de sensualidad, sus caderas se entregaron, probablemente pensó lo que yo pensé, “me da igual que me escuche Eva, ella estará disfrutando como yo”. Sin duda, de la misma manera, ella debía estar pensando igual y de igual manera nunca se podría imaginar que esas manos que la estaban haciendo suya no eran las del masajista, y eso debía quedar así por el momento, no debía espantar a mi presa. Su cuerpo estaba en el punto de no retorno, entregada, doblegada, encamada. Por un lado quería que supiera que era yo quien la estaba conduciendo en ese placentero viaje, pero por otro no quería perderla por ansiedad. Pero cuantos más dedos jugaban con ella, más cuenta me daba que Isabel era una guarrilla por dentro y aburrida por fuera, yo no recuerdo haber buscado con tanta intensidad los dedos de Eva como ella buscaba los míos. No sé si Eva estaba mirando la cámara o lo vería más tarde, pero sabía que igual que había inmortalizado nuestro encuentro lo estaría haciendo con este y aparte de excitada, me sentí orgullosa de mi buen trabajo.

Isabel estaba intratable, sus caderas desatadas, su sexo absorbía mis dedos con total impunidad, si este no era el momento no se cuándo seria. Levanté ligeramente su pierna izquierda, para así tener mejor acceso y su nalga más a mano. Lo entendió tan bien que levanto las dos piernas, una primero y la otra después, colocándose en posición oferente, sus nalgas separadas, el culo hacia arriba lista para ser la putita de cualquiera. Mis dedos de la mano derecha retomaron el control jugando con todo su ser, mi mano izquierda fue hacia su cabeza despejándola de su antifaz, haciéndole ver muy claramente quien la había dejado en ese estado.

- ¡Carmen! - salió de su boca en forma de suspiro y tan sólo eso consiguió decir, con su voz invadida por el deseo y la lujuria.

La pobre se fundió en mis manos instantes más tarde, y tal y como Eva había hecho conmigo, repetí yo con ella, haciendo brotar de su interior los jugos del placer, inundando la camilla, pudiendo notar en su cara, en sus gestos y en su cuerpo lo que nunca antes había vivido a tenor de ese brutal orgasmo seguido de ese líquido caliente saliendo de su interior, escapando a su control y a su pudor.

- ¡Uf, Dios! - exclamaba cogiendo aire con la boca abierta y los ojos cerrados.

Aunque yo no había disfrutado como tal, estaba temblorosa, sabía que no era sencillo llevarlo a cabo, desde que Eva me lo hizo, hasta que lo conseguí, lo intente más de una y más de dos hasta poder conseguirlo y notar como de mi interior mamaba un rio de placer y lujuria. Pero conseguirlo con Isabel, me había satisfecho incluso más.

Tras dejarla reponerse de esa sesión, nos duchamos juntas en duchas contiguas, pero Isabel seguía con esa cara, la misma que se me quedo a mí, embobada, satisfecha, vulnerable.

- Carmen... - empezó a decir, pero sin acabar la frase me plantó un morreo.

Yo me dejé llevar por esos labios y esa lengua que abordaban los míos.

- Carmen, pídeme lo que quieras, lo que quieras... - repitió pronunciando y enfatizando cada una de las letras y aquello era casi como un orgasmo para mí.

Sin pronunciar ni una palabra más, las dos nos separamos a la salida, esta vez besando aparentemente nuestras mejillas, pero derrapando ligeramente sobre nuestros labios, unos besos casi castos pero cargados de intención. No había dado diez pasos y no me pude reprimir, estaba escribiendo a Eva y comentando mi éxito. Ella también estaba pendiente y no tardó nada en contestar:

- No esperaba menos de ti, mañana nos vemos y me cuentas con detalle.

De modo que... ¿Esa era la famosa segunda fase? Me pasé toda la noche y el día siguiente hecha un flan, no veía el momento de poder compartir mi hazaña, a última hora de la tarde habíamos quedado en su piso, yo ya había avisado en casa que llegaría tarde, sabía que eso no quedaría en un vino. De algún modo empecé a comprender lo que conllevaba entrar en esa nueva fase del club, sin duda, aquello superaba cualquier cosa, era la magia de haber entrado en otra dimensión... ya no sólo ser receptora de placer, incluso de dárselo a otros... sino que era capaz de guiar a nuevas almas descarriadas como la mía... Isabel, era la candidata perfecta.

- Mi hermano sigue sin saber nada del club - dijo Eva nada más sentarnos con el vino - Y supongo que de tus tonteos conmigo menos. - añadió.

No conseguí ni darle el primer trago a la copa, me esperaba muchas cosas de esta tarde pero este principio no me lo había visto venir por ningún lado. Eva siguió hablando y su tono era cada vez más intimidador, me estaba colocando frente a las cuerdas sin ningún miramiento. Lo tenía todo muy atado, lo que yo pensaba que había sido un logro se estaba convirtiendo en su arma definitiva para domarme a mí, me tenía enteramente a su merced. ¿Me estaba ayudando o me estaba chantajeando?

- No entiendo, Eva, ¿que quieres que haga ahora? - dije casi desesperada y acorralada.

- No te alteres, cuñadita, tampoco es tan complicado. Sólo quiero que entregues a tu amiga Isabel a mi hermano - sentenció tajantemente.

Me quedé helada, pretendía que le sirviese a Isabel en bandeja a mi marido, pero literalmente que fuese yo la que la desnudase, que fuese yo la que sujetara su polla mientras ella la engullía, que fuese yo la separase las piernas mientras se la follaba. ¡Era una auténtica locura!

- No sé por qué pones esa cara – dijo ella con una sonrisa malvada.

- ¿Te das cuenta lo que me estas pidiendo, Eva?

- Nada que no haya hecho él por ti, ¿no te parece? y seguro que más de una vez desde esa primera noche. No me digas que ahora te vienen los celos y los remordimientos -añadió y esta vez riéndose directamente.

No daba crédito a lo que me pedía y me decía, seguía sin comprender mi papel, Eva ya no sólo que fuese la putilla de su hermano, quería además, que fuese la cornuda y mamporrera, y con testigos de por medio. Me pareció una auténtica barbaridad.

- Eva... - comencé a decir, pero ella cortó tajante.

- ¿Carmen?

Ese tono me dejaba muy claro que no había opción, me tenía bien pillada.... o hacia cuanto me decía o le contaría todo a su hermano, desde mi primer fugaz encuentro con Javier, hasta cada una de las aventuras del club y conociendo a Eva, tenía claro que no iba de farol. Dejó muy claro que todo era todo, mi desliz primero, el club, ella, las fotos que su hermano vio e incluso las que no vio... me amenazó con decirle lo puta que era y había sido hasta límites insospechados y no sólo con él... me quedé muda, no sabía qué hacer. Yo que pensaba que me soltaría la melena esta noche viajando entre ondas de placer, y para nada.

- Carmen, todo esto es por tu bien. - me dijo sujetando mis manos entre las suyas... queriendo parecer condescendiente.

- ¡Eva! - protesté, alterada, asustada, engañada...

- Por vuestro bien... añadió a continuación dando por cerrada cualquier tipo de negociación.

Me fui a casa pronto, sin placer, y con un ultimátum.

El único freno que encontré a este chantaje fue decirle que no podría convencer a Isabel, a lo que me dijo que ese era mi problema no el suyo, tenía hasta el siguiente fin de semana para conseguirlo.

Me pase todo la semana dándole vueltas, y no sabía por dónde empezar, ni donde, ni cuando, más intentaba buscar una solución más en mi cabeza por lo menos se convertía en un problema. Los mensajes insistentes de mi cuñada tampoco ayudaban. Por un momento pensé que aquello era una locura y hasta qué punto podría afectarme no sólo que mi marido se acostase con otra, en este caso con mi mejor amiga sino que para colmo incitado, alentado y empujado por mí a hacerlo. ¿Todo eso estaba pasando realmente?

Aun así seguía trazando un plan, queriendo esconderme hasta de mí misma. Cómo conseguía meter a los tres juntos y revueltos sin que eso me explotase en la cara, y dónde. Estuve a punto de tirar la toalla varias veces y decirle a Eva que se lo contase, al fin y al cabo, ya era bastante locura, pero... al final el miedo me lo impedía. ¿Realmente Pablo me creería? y lo peor de todo ¿me perdonaría?

Lo más curioso de todo, es que dar el salto era loco pero al mismo tiempo ese vértigo era demasiado atrayente, pensando que incluso, como hasta ahora, eso podría llevarnos a ese mundo aún más loco, más excitante o quizás sentirme protegida de mis engaños, con más engaños, con rebuscadas traiciones, con absurdos planes, como el de meter a mi mejor amiga en mi cama... ¿de qué manera?

Estábamos a miércoles y aun no lo tenía, por otro lado Isabel no hacía más que mandarme mensajes para que nos viéramos, y decidí quedar para tomar un vino por la tarde, no sabía ni qué, ni cómo, ni si me atrevería a pedírselo. Isabel estaba guapísima con ese vestido de flores, corto, marcando sus curvas, sin duda mi amiga estaba muy buena y eso no sería un problema para ningún hombre, ni menos para Pablo, que siempre admiró su belleza, pero ¿tanto como para que ambos aceptasen esa propuesta...?

Me saludó cómo en nuestra última despedida, con mensajes visibles en sus ojos, pero con algo más intención en sus labios, no quise parecer distante ni mucho menos, pero la situación me tenía en esa posición y ella me lo notó enseguida.

- Carmen, lo del otro día... - dijo Isabel.

- Me encantó. - respondí cortando su frase.

Ella me miraba con preocupación e Intente primero quitarle hierro, luego de dar rodeos, estaba tan confundida, tan nerviosa, que cuanto más hablaba más me liaba. Ella no dejaba de insistir, como me podía ayudar, que estaba para lo que quisiese. No le podía contar que mi cuñada me tenía pillada y que me estaba haciendo chantaje, y que de hecho lo del masaje de la otra tarde lo tenía en video, todo era como un torbellino.

- Carmen por favor déjame ayudarte, sea lo que sea. - me dijo acariciando el dorso de mi mano.

No sé cómo, pero vi una luz, y me agarre a ella. Me lo invente todo, le dije que estaba pasando un mal momento con Pablo, en todos sentidos, que se había enterado que le había sido infiel, que no sabía qué hacer para que me perdonase. Lo debí de hacer fenomenal, Isabel me abrazo con mucho cariño y ella misma se había visto en esa situación por lo que se veía casi forzada a echarme un cable.

- ¿Sabes? Me ha dicho que solo hay una forma de que me perdone. - dije con una voz temblorosa, pero para nada fingida.

La suerte estaba echada, dejé un profundo e intencionado silencio para que Isabel me preguntara y así lo hizo. No sé como pero lo fui contando con todas letras, no sólo me costaba decírselo a ella, si no escucharlo yo misma. Le expliqué cuanto me exigió Eva, pero claro, poniéndolo en boca de Pablo, punto por punto, coma por coma, sin dejar detalle. Su cara de sorpresa fue tornándose en incredulidad, a pesar de cuanto estaba diciendo no me interrumpió, ni se marchó, fue escuchando cada detalle como cuando ella me conto su desliz, dejándome terminar sin interrumpirme en ningún momento.

Una vez que termine de explicarle la locura, me miró no sé si con pena, con cariño, como intentando entenderme, y se quedó en silencio. Sus ojos se clavaron en los míos, me miró y remiró una y otra vez sin cruzar palabra, mis ojos pedían ayuda, rogaban, casi se humillaban, hasta que por fin habló mirándome fijamente.

- Carmen, ¿Estás segura de que quieres que me tire a tu marido? ¿delante de ti?

Dicho por ella sonaba mucho peor, mi estómago se giró, estaba claro que eran celos, humillación e impotencia, pero sólo tenía una contestación posible. Ese “si” sonó en mi cabeza con un eco infinito. Ella en realidad, no me dijo que si a la primera, me puso condiciones, de momento no se negaba a hacerlo, incluso me pareció ver una sonrisa en sus labios, más que una cara de preocupación y parecía dispuesta a repetir aquel orgasmo del masaje pero no ofrecerse como moneda de cambio. Para sellar el acuerdo le di un emotivo beso sin límites.

Nos despedimos y de camino a casa pensé fríamente cómo le había dado las gracias y de qué manera, a mi mejor amiga y para que me hiciese cornuda, desde luego, ya nada tenía sentido. No dejé de pensar en mi esposo, pero sobre todo pensé en Isabel, que no se negó a ofrecerme esa extraña ayuda, pero ¿Ella lo haría porque deseaba a Pablo o me deseaba a mí? Llegué a pensar que me estaba volviendo absolutamente loca.

Convencer a Pablo para tener una noche para nosotros dos fue muy sencillo, ya que últimamente seguíamos poniendo muchas emociones y juegos a nuestros encuentros pero a lo que le daba mil vueltas era cómo dar ese paso. Lo primero que hice fue reservar en un hotel, estaba claro que no podría ser de otro modo. Con la excusa de ir a hacer unas compras dejé cuanto quería en la habitación, pedí una copia para Isabel y todo parecía salir según lo que tenía en mente. También había reservado cena en un restaurante cerca del hotel, así dejaríamos el coche en el parking, y luego después de las copas sería la mejor excusa para volver andando.

Hasta que no volví a casa no me di cuenta de lo nerviosa que estaba, al meterme en la ducha y verme desnuda frente al espejo no fui consciente de lo que me esperaba. Mientras me vestía, podía casi sentir como seria desnudada, como Isabel también lo seria, como su boca se adueñaría de la polla de Pablo, y de nuevo ese sentimiento de celos se apoderó de mí. ¿Me estaba metiendo en la boca del lobo? Lo que yo creía que era otra ayuda para salvar mi secreto y salvar mi matrimonio, ¿podría acabar con él? Camino al hotel me temblaba todo, pero Pablo parecía no darse cuenta y juro que por un momento estuve tentada de parar esta locura, pero el mensaje de Isabel me anunciaba que ya estaba en la habitación. Habíamos llegado pronto, por lo que las manos de Pablo me envolvieron con deseosas intenciones desde que entramos en el ascensor, yo estaba hecha un flan y no era por sus manoseos. Una vez en la habitación me tocó pararle, tragar aire y céntrame.

- Pablo sé un buen chico. - dije sentándolo en la cama.

- ¡Joder, Carmen! - protestó excitado.

- Si quieres jugar será con mis reglas. - añadí seria.

Sabía que esa parte seria sencilla, desde que empezó todo esto se había vuelto muy obediente y comía de mi mano, vendarle fue sencillo, hasta le gustó ese juego de las tinieblas, pero lo que más me costó fue ir a por Isabel, sabía que era una carretera de una sola dirección.

Fui al baño y allí estaba, totalmente desnuda y me pareció más guapa que nunca, sin duda la sorpresa era el sueño de cualquier hombre... tomé su mano sin mediar palabra, la mía temblaba más que la suya, y en silencio la coloqué frente a la cama. Mientras que yo hablaba, Isabel hacía, mientras que yo le conducía a la duda, ella certeramente lo hacía. Yo en primera persona podía comprobar como la polla de mi marido desaparecía en su boca, pero cada nuevo bocado que daba inexplicablemente cambiaba mis celos por excitación.

Nos compenetrábamos muy bien, éramos dos pero se nos percibía como a una, mientras que sus manos masturbaban la polla de mi marido, mis palabras subían de tono, cuando ella se la metía hasta el fondo de su garganta, me quedaba muda. Mi marido sentado en la cama, mi amiga engullendo su polla y yo desnudándome, cachonda, cornuda, salida, casi poseída. Antes de poder darme cuenta estaba tan solo con mis tacones, mis piernas abiertas y sus dedos jugando con mis labios mientras que con su otra mano subía y bajaba por la polla de mi marido, su mirada se clavaba en mi desafiante, buscando cada efluvio de placer que yo emanaba, sin pudor y con malicia. Mis pernas fueron bajando hasta que mis rodillas tocaron tierra, mientras que sus dedos seguían guiando mi sexo hacia el placer. Sin mediar palabra le dio una tregua a la polla de mi marido, lo inclino sobre la cama subió sus piernas dejándole ofrecido al mundo y hundió mi cara en el culo de Pablo. Me quede parada, nunca me había encontrado tan abajo, ni siquiera sabía si esto sería del agrado de Pablo.

- Ahora no te iras a hacer la remilgada conmigo, me susurro al oído, bien que me hundías a ahí tu lengua el otro día, un culo es un culo.

Sus palabras despertaron mi lado más voraz, mi animal sexual, mi puta interior, y sin tregua me lance a ese nuevo reto. Mi boca recorría la anatomía prohibida, mis manos separaban, mi lengua jugueteaba, todo mi cuerpo se despertaba ante ese apetito. Entregada a esa lujuria estaba inmersa en el placer, absorta, casi ausente, tan solo regrese a la consciencia cuando note algo en mi cuello. Por un momento deje mi quehacer y me encontré con la mirada de Isabel.

- Toda perra necesita su collar, me dijo dando un leve tirón del collar que me había colocado.

Un escalofrió me recorrió como si de un rayo se tratase, en menos de quince minutos había pasado de cachonda a cornuda y de cornuda a esclava, esa humillación me éxcito aún más. Note como todo ese calor de vergüenza se convertía en humedad en mi interior. Pero eso no acabo allí, Isabel incorporo a Pablo, le retiro la venda y le beso en la boca como si la vida le fuese en ello.

- Has visto el regalito que te trajo la perra de tu mujer - dijo Isabel al soltar los labios de mi marido.

Pablo me miró impresionado y luego a Isabel, ella desnuda, victoriosa, yo desnuda de rodillas, con mi collar a sus pies, Isabel correa en mano, giro su cabeza hacia ella y volvió a secuestrarlo con sus labios mientras tiraba de la correa para que mi boca hiciese lo que tenía que hacer una perra, chupar. Como una autómata me dedicaba a lo que me tenía que dedicar, sin tregua, sin rencor, tan solo guiada por mi lujuria. ¿Quién manejaba a quién?

Isabel no me dejo saciar mi ávido apetito, saco mi cabeza de esa espiral y me plantó un beso igual de profundo que el que dio a mi marido.

- No querrás que tu maridito se quede sin su premio, me dijo Isabel en un tono condescendiente. ¿Quien se lo va a follar?

De mi boca salió un tímido:

- Tú.

Isabel tomó el sitio de Pablo en la cama, dejando su sexo frente a mí.

- ¿Quien le va a ensañar a su marido lo bien que sabe comerse un coño? - dijo Isabel separando sus piernas y tirando de la correa.

La cara de Pablo era indescriptible, mezcla de asombro y excitación, yo me escondí entre esas piernas, esa mezcla de vergüenza y excitación no me permitía mirarle a los ojos.

- Mira a la perra de tu mujer como me va a devorar, pero no te creas que es la primera vez, ni que yo fui la primera, es una profesional. - decía Isabel dejándome aún más al descubierto.

Isabel se abrió todo lo que se puede abrir una mujer, sus rodillas casi detrás de mis orejas, su sexo y su ano estaban en primera persona esperándome.

Me asusté al notar las manos de Pablo en mi culo, mientras me susurraba al oido cómo le gustaba verme devorar a Isabel, sus palabras subían de tono con cada nueva caricia, y cada nueva caricia subía de tono con cada palabra.

- Crees que ya está lista para mí - dijo él metiéndome casi tres dedos en mí. ¿Esta tan mojada como tú?

Tan solo aparté mi boca del sexo de Isabel de modo instintivo, sin tener claro qué contestar, y al girarme la polla de Pablo tan solo se metió en mi boca, no era la primera vez ni mucho menos pero nunca fue así, estaba lubricando su polla en mi boca.

- Vamos sé la zorra que quieres ser y ayúdame - dijo sacando su polla de mi boca y dejándola para que fuese yo la que se la colocase.

No sé cómo explicar con palabras lo que pasaba por mi mente, sin darme cuenta me encontraba de rodillas frente a una cama, como mi amiga abierta y lista para ser penetrada por mi marido, yo habiendo devorado su coño para dejarla a punto, y lubricándole la polla para que entrase mejor, en una mano la polla y en la otra su vagina, convirtiéndome en una mamporrera, y a pesar de todo eso estaba cachonda perdida y deseando ver como Pablo cabalgaba esa potra, y como Isabel era montada.

Mi mano acompañó la polla de Pablo hasta Isabel, y mis ojos quedaron hipnotizados por ese vaivén, no podía dejar de mirar como la polla entraba y salía del coño de mi mejor amiga, era mecánicamente sensual, todo un arte. Estaba tan excitada que involuntariamente me estaba masturbando con esa visión, mis dedos simulaban ese vaivén pero en mí, los gemidos de Isabel sólo provocaban que mis dedos quisieran llegar más adentro. Creía que me iba a correr con esa visión pero Pablo se detuvo y sacó su duro miembro de esa cueva, me miro y lo introdujo de nuevo en mi boca... esa boca que se inundó de Isabel, de su sabor, de su humedad, de su lujuria hecha líquido.

- ¿Te gusta cómo sabe tu amiga? - dijo Pablo sacando su polla y creando un enorme vacío en mí.

Llevándome con la correa me levantó del suelo, y me llevo hasta la cama tumbándome boca arriba y dejando mi cabeza en el borde, desde donde veía como Isabel se sentaba en mi cara, esparciendo su sexo sobre mi boca. Sino hubiera sido yo la que la había traído a mi amiga a esa noria de sensaciones, pensaría que era yo la que me veia totalmente dominada en ella.

Ella, según se acomodaba encima mía, separaba mis piernas abriéndose paso para devorar mi sexo en un perfecto sesenta y nueve, con mi marido y su verga preparado para seguir taladrándola mientras ella me devorara. Mi lengua y la polla de mi marido luchaban por tener el control de su sexo, pero su polla fue ganando terreno y fue relegando mi lengua a su esfínter. Los dedos de Isabel castigaban mi sexo y mi ano sin tregua, mientras sus jugos bajaban hacia mi boca bombeados por el falo de mi marido que la taladraba de forma brutal. Mis gemidos se hicieron insostenibles, la pelvis de Pablo no daba descanso a esta ecuación sexual, las caderas de Isabel estaban desbocadas por las embestidas y los azotes de Pablo. Isabel se corrió encima de mí, inundándome con sus jugos, Pablo descargo en mi cara sin ningún pudor mientras que los dedos de Isabel me sacaban un orgasmo que me hacía perder el aliento. Las dos quedamos sin habla e inertes.

Isabel y yo, necesitábamos una ducha y lo hicimos juntas y aun podía notar el sabor de la polla de Pablo en mis labios, y el hecho de que ambos hubieran aceptado este juego loco, con tanta naturalidad, completamente entregados, la de unir yo misma a mi mejor amiga a mi esposo, curiosamente, me quitaba ese peso de encima. Ahora sé que no soy la única que quiere vivir experiencias al límite.

En ese instante, en plena ducha con mi amiga, sonó el timbre de la puerta.

- ¡Yo abro! - dijo Pablo gritando – es Eva, la he invitado a cenar.

Me dio un vuelco el corazón, no lo pude evitar, pero aparte de esa sensación de nervios, esperaba su malvada cabecita y ese morboso juego continuo, a saber a donde podría llevarme. ¿La presencia de Eva en casa, me dejaría en evidencia? La muy puta sabia que iba a venir a cenar en esa noche de locos, ¿a disfrutar viéndome la cara? ¿a jugar a hacerse la inocente con su hermano?

--- Pablo --

MIentras oía el agua de la ducha, en la que las dos mujeres debían estar juntas, fui a abrir la puerta.

- Hola guapa. - dije a mi hermana dándole dos besos.

- Hola hermanito, ¿cómo ha ido todo? - comentó ella entrando en casa sonriente y guiñándome un ojo

- Mejor de lo imaginable... ha sido tremendo, Eva. Todavía no me lo creo.

- Uf, estoy loca porque me lo cuente tu mujer.

- Eres perversa... muy perversa.

- ¿Más que tú?

La mirada de mi hermana denotaba que esta complicidad para elaborar el plan, casi todo idea suya, ha sido lo mejor que podría pasarme en mi vida. Nos dimos un abrazo y le dije:

- Hermanita, eres la mejor, tenías razón, era un error lo de divorciarme de Carmen, tu plan del club ha sido maestro.

- Ya te dije que confiaras en mí... que tu mujer era una bomba por explotar.

- ¿Quién lo hubiera dicho?

- Ya ves.

- Joder, Eva, no solo me has llevado a la cama la puta más puta, algo que nunca hubiera imaginado de Carmen, sino conseguir que sea ella misma la que meta a mi amante en nuestra cama, eso no tiene precio.

- Bueno, eso sí Pablo, la condición es jugar con ella cuando quiera, ese era el trato.

- Por supuesto, es toda tuya, cuando quieras, pero ¿Crees que es bueno seguir con este juego del club? ¿No hemos ido demasiado lejos con tantas mentiras?

- ¿En serio, Pablito?

- Las mentiras de ella, son tus mentiras, mis propias mentiras... - añadió Eva riendo - Desde luego, es mejor que ella no sepa nada, ¿no es más divertido? De otro modo este morboso plan se nos puede venir abajo.

- Eres la leche, hermanita.

- Disfruta esto a tope. ¿Acaso no es lo que tú deseas?

- Desde luego y tú también, hermanita, disfrútala cuanto quieras, yo también lo haré con Isabel y creo que volverá a ser Carmen quien meta mi polla en su coño. No veas la pasada que es...

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