Xtories

El Invitado - Segunda Parte

Laura no sabe que los ojos de Andrés la observan desde la penumbra de la biblioteca. Mientras sus labios rodean a Roberto, la presencia silenciosa de su esposo transforma el acto en una confesión muda. Nadie habla, pero todos saben que nada volverá a ser igual.

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La mañana del sábado fue normal. Andrés hizo huevos revueltos, Roberto puso el café, Laura llegó con el cabello húmedo y tomó su taza sin decir mucho. Hablaron del partido de la tarde, de que había que cambiar el bombillo del baño, de nada. Nadie mencionó el viernes. Nadie evitó a nadie. Pero algo había cambiado y los tres lo sabían. No era incómodo. Era más bien como cuando uno mueve un mueble de lugar y por unos días sigue esquivando el espacio donde estaba, aunque ya no esté. El fin de semana pasó sin más. El lunes en la oficina todo normal, los tres en sus puestos, correos, reuniones, el almuerzo ejecutivo de siempre.

Lo que sigue pasó el lunes en la noche.

Cenaron los tres, Roberto había traído arepas de un sitio que había descubierto caminando, Andrés puso algo en la televisión que ninguno siguió de verdad. A las diez y media Andrés dejó la cerveza a medias en la mesa y dijo que tenía llamada a las siete. Le dio un beso a Laura en la sien, a Roberto le dijo buenas noches desde la biblioteca, y desapareció al otro lado.

Laura y Roberto quedaron en silencio con la televisión de fondo. Ella tenía las piernas recogidas en el sofá, el vaso entre las manos, mirando la pantalla sin verla. Pasaron unos minutos así. Luego, sin decir nada, sin mirarlo, Laura extendió la mano y la puso en el muslo de Roberto.

Quieta. Sin presión. Solo ahí.

Roberto no la quitó.

Laura esperó unos segundos, sintiendo el calor de su pierna bajo la palma, y cuando confirmó que él no se movía giró la cabeza hacia él. Él ya la estaba mirando. Ella le sostuvo la mirada y deslizó la mano despacio hacia adentro del muslo, apenas unos centímetros, suficientes para que los dos supieran lo que estaba pasando.

Roberto siguió sin moverse. Sin apartar los ojos de los suyos.

Laura se bajó del sofá al suelo. De rodillas frente a él, le desabrochó el pantalón con calma, sin afán, con la misma naturalidad con que uno abre algo que ya sabe lo que contiene. Roberto la dejó hacer, los codos en las rodillas, mirándola desde arriba.

Cuando lo sacó lo tuvo en las manos y se detuvo un momento. Era la segunda vez que lo veía así, de cerca, con luz y sin alcohol de por medio, y aun así la dimensión lo imponía. Laura había estado con dos hombres antes de Andrés. Ninguno memorable en ese sentido, todos dentro de lo que uno esperaría, nada que obligara a recalibrar nada. Andrés tampoco era distinto. Era lo conocido, lo cómodo, lo suficiente. Esto era otra cosa. Las venas gruesas bajo la palma, el peso que hacía que los dedos no se tocaran al rodearlo, la piel tensa irradiando calor. Lo acarició despacio de la base a la punta, lo vio endurecerse del todo entre sus manos, y pensó en Andrés al otro lado de la biblioteca y no sintió culpa sino otra cosa, algo más parecido al hambre.

Bajó la cabeza.

Lo tomó en la boca despacio, abriendo la mandíbula más de lo que el cuerpo pide por instinto. La cabeza sola ya era un esfuerzo, ancha y caliente contra la lengua. Avanzó poco a poco, sintiendo las venas deslizarse contra el paladar, ese relieve que con ninguno de los anteriores había existido. Llegó hasta donde pudo y se retiró lento. Sobrio era completamente distinto. Sin alcohol ni música fuerte ni nada que tapara los bordes, cada sensación llegaba directa y sin filtro. El sabor limpio de su piel, ligeramente salado, con algo más abajo que no se parecía a nada conocido. La textura de las venas contra la lengua mientras lo recorría de arriba abajo. El peso de él apoyado en su labio inferior cuando lo sostenía quieto un momento antes de volver a tomarlo.

Estableció un ritmo. Lento al principio, profundo, las dos manos en la base moviéndose con la boca porque la boca sola no alcanzaba. Roberto tenía una mano en su cabello, sin empujar, solo sintiendo el movimiento. Su respiración había cambiado, más lenta y más honda, ese ritmo de quien está completamente presente en una sola cosa. Laura cerró los ojos y se concentró en él. En el calor que aumentaba con cada pasada, en las venas que pulsaban contra la lengua con más fuerza que al principio, en el sabor que iba cambiando gradualmente, volviéndose más denso, más salado, anunciando algo. Apretó los labios y succionó con más intención y lo escuchó contener el aliento.

Al otro lado de la biblioteca, silencio. Demasiado silencio.

Roberto levantó la vista despacio. Entre los lomos de los libros, en la penumbra, estaba Andrés. De pie, una mano en el borde de la estantería. Completamente quieto. No era la postura de alguien que se levantó a tomar agua. Era la postura de alguien que llegó a ver lo que sabía que iba a encontrar. Roberto no apartó los ojos de él. En la cara de Andrés, lo poco que se leía en esa luz, no había furia. Había algo más difícil de nombrar. Roberto le sostuvo la mirada un momento largo, luego bajó la vista hacia Laura y le puso la mano en el cabello con un poco más de peso. Solo un poco. Una afirmación tranquila, sin exhibicionismo ni crueldad. Laura respondió yendo más profundo, los labios apretados, las mejillas hundidas con cada succión, sin saber que Andrés estaba ahí viendo todo.

Roberto volvió a mirar hacia la biblioteca. Andrés seguía ahí. Siguió ahí hasta el final, hasta que Roberto sintió que no había más margen y dejó que su cuerpo respondiera. La leche llegó de golpe, el primer chorro directo contra la garganta de Laura, caliente y abundante, y ella no se apartó. Tragó rápido y recibió el siguiente, y el siguiente, bebiendo todo sin desperdiciar nada, los labios apretados alrededor de él mientras los pulsos se iban espaciando. Lo mantuvo en la boca hasta el final, succionando suave, pasando la lengua por las venas que todavía pulsaban despacio, extrayendo las últimas gotas con una paciencia que a Roberto le resultó casi insoportable. Lo soltó. Se limpió la comisura con el pulgar y se lo chupó. Se sentó en el sofá con el cabello ligeramente revuelto y esa calma suya, como si acabara de terminar el café de las mañanas.

Roberto miró hacia la biblioteca. Andrés ya no estaba. Había vuelto a la cama en silencio sin que Laura lo viera, pero Roberto lo había visto irse, y sabía que Andrés sabía que él lo había visto. Eso era un mensaje. No de los que se escriben ni de los que se dicen. De los otros.

Laura lo miró. —¿Qué? —Nada —dijo Roberto. Tomó su cerveza. Ella tomó la suya. La televisión seguía prendida con el volumen bajo. El apartamento era pequeño y Andrés estaba al otro lado de los libros y ninguno de los tres iba a dormir muy bien esa noche, cada uno por sus propias razones.