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Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 2

Samuel sabe que algo no está bien, pero el paraíso caribeño y la sonrisa de su esposa intentan silenciar sus miedos. Mientras exploran ruinas y playas, una sombra de infidelidad pasada y una presencia extraña en el presente amenazan con revelar que la felicidad que buscan tiene un precio demasiado alto.

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CAPÍTULO 2

La mañana siguiente, los primeros rayos del sol se filtraron por las cortinas de la suite, y un suave murmullo del mar me despertó. Me giré para ver a Esperanza, todavía dormida, con una expresión de tranquilidad que hacía tiempo no le veía. Su cabello caía en suaves ondas sobre la almohada, y por un momento me permití admirarla. Aún después de tantos años, ella seguía siendo la mujer más hermosa que había conocido.

Decidí levantarme en silencio para no despertarla. Me puse la bata del hotel y salí al balcón. La vista era impresionante: el océano se extendía hasta donde alcanzaban mis ojos, y la playa empezaba a llenarse de turistas madrugadores. Con una taza de café en mano, reflexioné sobre lo mucho que había cambiado nuestra vida en los últimos meses. El esfuerzo por planear este viaje, el préstamo, las mentiras piadosas... todo había sido por ella, por nosotros. Y ahora que finalmente estábamos aquí, me preguntaba si realmente sería suficiente.

Esperanza salió poco después, envuelta en una bata similar. Me sonrió mientras se acercaba y me dio un beso en la mejilla.

—Gracias por esto, Samuel. Es perfecto— dijo con sinceridad.

Yo sentí un nudo en la garganta. Quise decirle que todo lo hacía por ella, que la amaba más de lo que las palabras podían expresar, pero me detuve. En lugar de eso, simplemente la abracé y dejé que el momento hablara por sí mismo.

Trazamos los planes del día, queríamos explorar Cancún. Visitar las ruinas mayas, pasear por mercados locales y el probar comida local nos despertó una expectativa tremenda. Cada momento era una oportunidad para reconectar, para volver a ser esa pareja que había sido tan feliz. Pero mientras ella reía y se maravillaba con todo a su alrededor, yo no podía ignorar la sensación persistente de que algo no estaba del todo bien.

Mientras ella desayunaba, me atreví a preguntar.

—¿Eres feliz, Esperanza? —mi voz sonó más insegura de lo que esperaba.

Ella dejó el tenedor sobre el plato y me miró fijamente. Sus ojos, que siempre habían sido un libro abierto para mí, parecían ahora esconder algo.

—Claro que lo soy, Samuel. Este viaje es todo lo que podría haber deseado — respondió con aparente firmeza.

Pero había una vacilación en su voz, tal vez podría pasar desapercibida en otro momento, ahora estaba muy al pendiente y no pasé por alto ese altibajo.

Asentí, fingiendo conformarme con su respuesta. Pero mientras los minutos avanzaban, no pude evitar pensar que esa vacilación era una grieta en la fachada perfecta de nuestro viaje. Algo estaba cambiando, y yo necesitaba descubrir qué era antes de que fuera demasiado tarde.

Estaba de pie junto a la barandilla del balcón del hotel, observándola mientras se arreglaba frente al espejo. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, como si cada gesto fuera parte de una rutina sin alma. Me dolía verla así, tan distante. Quise acercarme, abrazarla desde atrás y decirle lo mucho que la amaba, pero algo en mí se detuvo. Quizá fue miedo. Miedo de que ella no respondiera de la manera que yo deseaba.

—¿Estás listo? —me preguntó de pronto, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Sí, claro —le respondí, devolviéndole una sonrisa que también me pareció forzada.

Me acerqué a ella y tomé su mano. Su piel seguía siendo suave, pero el contacto fue breve; ella se apartó con delicadeza para buscar su bolso. Esa frialdad me destrozaba, pero no podía culparla. Quizá yo había fallado en mostrarle cuánto la necesitaba.

Nuestra relación había cambiado tanto. Mis padres se divorciaron cuando yo era niño, y crecí con la resolución firme de que nunca permitiría que mi matrimonio se desmoronara. Por eso, a pesar de las señales, me aferraba a ella. Me aferraba porque la amaba, porque sin ella mi vida perdería el sentido.

Esperanza se emocionó cuando vio las aguas turquesas, así que decidimos visitarlo. Cuando llegamos al muelle nos ofrecieron abordar un catamarán, emocionados aceptamos la propuesta.

Intenté romper el hielo con una conversación que esperaba la hiciera recordar mejores tiempos.

—¿Recuerdas nuestra luna de miel? Estuvimos en un lugar parecido a este.

—Sí, en Punta Cana —dijo, mirando por la ventana. Su voz era suave, pero no había calidez en ella.

—En República Dominicana, fuiste tú quien insistió en hacer snorkel aquel día, aunque yo no quería. Al final terminamos nadando con peces por horas. ¡Incluso me quemé los hombros!

Ella sonrió, una sonrisa fugaz que casi me hizo llorar. Esa pequeña chispa de alegría me devolvió un poco de ilusión. Pero su sonrisa desapareció rápido, como si recordara algo que no quería compartir.

Subimos al catamarán, y el día comenzó bien. Los guías eran amigables, la brisa salada era refrescante y el horizonte infinito era un recordatorio de que, quizá, todavía podíamos encontrar nuestro camino. Mientras ajustaba las gafas de snorkel de Esperanza, me perdí en su rostro por un momento. A pesar de todo, seguía siendo la mujer que amaba, y daría cualquier cosa por volver a verla feliz.

Pero entonces lo noté. Un hombre en el grupo, de sonrisa confiada y mirada insistente, no dejaba de observarla. Ella también lo había notado o quizás no, pero parecía apartar la mirada rápidamente cada vez que sus ojos se encontraban. Mi corazón se encogió. Intenté decirme a mí mismo que estaba exagerando, entendía que mi esposa era atractiva, que en estos momentos estaba hecha una bomba y era injusto para ella juzgarla, tal vez solo era mi inseguridad hablando. A continuación, ella comenzó a reír con más soltura, su rostro se iluminaba como un espejo en un día soleado, y no podía distinguir bien sus facciones, daría que lo fuese por entrar en su mente y leer sus pensamientos, eso me ayudaría mucho, pero las condiciones actuales eran otras y eso me atormentaba.

Mi amor por Esperanza era tan profundo que dolía, y en ese momento, mientras la veía reír por algo que un desconocido había dicho, sentí que el mundo se tambaleaba bajo mis pies. Me prometí luchar, como siempre lo había hecho, pero una pregunta comenzaba a rondar mi mente: ¿y si mi amor no era suficiente para mantenernos unidos?

Entramos por última vez al mar, fue hermoso ver bajo el agua. Peces en arrecifes y diferentes tipos de algas decoraban el lugar.

Al salir, me puse una bata mientras me secaba y salí en búsqueda de Esperanza que aún no emergía. La vista desde el catamarán era impresionante: el océano se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y la playa podía distinguirse a lo lejos. Con una bebida de frutas en la mano, traté de buscarla, pero no la encontré. Seguramente debía seguir en el mar, pensé.

Esperanza salió poco después, envuelta en una bata similar. Me sonrió mientras se acercaba y me dio un beso en la mejilla.

—Gracias por esto, Samuel. Fue una experiencia increíble —dijo con sinceridad, era bastante educada y nunca se olvidaba de gratificar.

Pasamos el resto del día explorando Cancún. Visitamos ruinas mayas, recorrimos los vestigios y fue como adentrarnos en otro mundo. Esperanza escuchaba atentamente al guía mientras explicaba las historias detrás de las piedras antiguas. De vez en cuando, me tomaba de la mano y señalaba algo que le llamaba la atención, su entusiasmo era contagioso. Caminamos entre los vestigios de una civilización perdida, y por un momento, me permití creer que nosotros también podríamos reconstruir lo nuestro.

En el mercado local, los colores y aromas eran una explosión para los sentidos. Ella se detuvo en cada puesto, examinando telas, joyería artesanal y especias. Compramos algunos recuerdos para los niños, y yo aproveché para admirarla mientras regateaba con los vendedores. Había algo en su voz, en su forma de moverse, que hacía que todo alrededor se desvaneciera.

Finalmente, nos sentamos a probar la comida local en un pequeño restaurante que el guía nos había recomendado. Los sabores eran intensos, como una fiesta en el paladar, y verla disfrutar de cada bocado me llenó de una extraña mezcla de alegría y melancolía. Quería congelar ese momento, esa imagen de ella feliz y relajada.

—Te veo muy contenta —mi voz sonó muy perdularia.

—Y lo estoy —respondió—. Todo es perfecto, el lugar, la comida y la gente.

—Sabía que te gustaría, sé que este tipo de lugares son de tus gustos.

Me fijé en el pequeño restaurante, estaba en un rincón apartado de Cancún que parecía detenido en el tiempo. El lugar, decorado con coloridas guirnaldas de papel y fotografías en blanco y negro de celebraciones mexicanas, exudaba autenticidad. El aroma del maíz tostado, las especias y el chile inundaba el aire, invitándonos a un festín que prometía ser inolvidable.

—Diste en el clavo —dijo Esperanza para luego pasar a una mirada cuestionadora—. Aún estoy agradecida por la importancia que me das, gastar el dinero de la herencia en mí, debió de ser una decisión difícil para ti.

—Ya te lo dije antes —respondí con premura—. Haría lo que fuera por verte feliz.

Esperanza estaba radiante. Su risa llenaba el espacio cada vez que el mesero le describía los platillos con acento marcadamente local. Se inclinaba hacia adelante, mostrando un interés genuino, mientras yo la observaba, encantado por su entusiasmo.

—¡Mira esto, Samuel! —dijo señalando un plato de cochinita pibil que acababan de servirnos—. Es como un regalo envuelto, pero en hoja de plátano. ¿No es hermoso?

Sonreí, contagiado por su alegría. La comida era deliciosa, con sabores intensos que bailaban en mi paladar. Pero lo que realmente hacía especial ese momento era verla así, tan viva, tan llena de curiosidad.

Entre bocado y bocado, comenzamos a hablar de nuestras experiencias pasadas. Recordamos nuestra primera luna de miel en Punta Cana, cuando éramos más jóvenes y todo parecía posible.

—¿Te acuerdas de aquel paseo en catamarán? —pregunté, mientras partía una tortilla de maíz caliente.

Ella río suavemente. Llevó los iris de los ojos hacia arriba como recordando el momento.

—Claro que sí. Nunca olvidaré cómo insististe en bailar merengue en la cubierta, aunque no sabías los pasos. Fue adorable.

Sonreí, sintiéndome atrapado en un torbellino de nostalgia.

—Y tú, ¿recuerdas cómo te encantaba desaparecer en las fiestas del hotel?

El aire pareció volverse más pesado de repente. Esperanza dejó el tenedor en su plato y me miró con una expresión que no supe interpretar del todo.

—Samuel… —dijo con un tono que parecía a la vez cauteloso y arrepentido—. Punta Cana fue… complicado.

La curiosidad y una punzada de inquietud me empujaron a indagar más.

—¿Complicado cómo?

Ella suspiró, y por un momento pensé que no iba a responder. Finalmente, alzó la mirada y me enfrentó con una honestidad que me tomó por sorpresa.

—Había muchas cosas en mi cabeza en ese entonces, Samuel. Estaba confundida… no contigo, sino conmigo misma.

Sus palabras golpearon algo dentro de mí. Había algo que no me estaba contando, algo que sentí que estaba oculto entre las grietas de su explicación.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté, mi voz más tranquila de lo que esperaba.

—Porque pensé que no importaba. Creí que lo había dejado atrás, pero ahora me doy cuenta de que quizá no lo hice del todo.

La conversación quedó suspendida en el aire, mientras nuestras miradas permanecían conectadas, como si tratáramos de leernos el alma.

El mesero interrumpió el momento, trayendo una jarra de agua fresca con rodajas de limón y un plato de churros crujientes con chocolate caliente. Agradecí la pausa, aunque sabía que esa conversación estaba lejos de terminar.

Esperanza intentó cambiar de tema, hablando de lo deliciosos que se veían los churros, pero mi mente seguía atrapada en sus palabras. Algo de nuestro pasado seguía pesando sobre nosotros, y ahora, más que nunca, sentí la urgencia de desentrañar ese misterio.

Esa noche, mientras caminábamos de regreso al hotel bajo un cielo estrellado, la tenue luz de las farolas reflejaba las emociones que cada uno intentaba ocultar. Su risa aún estaba allí, pero detrás de ella, podía sentir la sombra de algo más.

Y aunque no dije nada, mi corazón sabía que la verdad, fuera cual fuera, estaba a punto de salir a la luz.

Llegamos al hotel entrada la noche, agotados por la jornada. Habíamos caminado tanto y hecho tantas cosas que ambos necesitábamos descansar. Nuestra suite seguía igual de acogedora que el día anterior, con la cama perfectamente tendida y la brisa marina entrando por el balcón abierto.

Esperanza se dejó caer sobre la cama con un suspiro de cansancio.

—Creo que he caminado más hoy que en todo el último mes— dijo con una sonrisa.

—Fue un día increíble —respondí, quitándome los zapatos y acomodándome a su lado.

—Sí que lo fue… —murmuró, y pude notar cómo sus párpados comenzaban a cerrarse.

Por un instante, pensé en acercarme a ella, en intentar prolongar la magia del día con un momento íntimo, pero algo me detuvo. Tal vez era el cansancio, o tal vez esa sombra de incertidumbre que no había dejado de seguirme. En lugar de insistir, la arropé con la sábana y apagué la luz principal, dejando solo la lámpara tenue junto a la cama.

Ella se quedó dormida rápidamente, respirando de manera tranquila y constante. Yo, en cambio, no pude pegar ojo. Me quedé mirando el techo, perdido en mis pensamientos. La imagen de Esperanza riendo en las ruinas mayas o negociando con los vendedores locales llenaba mi mente, pero siempre terminaba volviendo a algo más oscuro: nuestra primera luna de miel en Punta Cana.

Recordé las noches en las que ella parecía tan lejana, ausente, y cómo a veces desaparecía en las fiestas del hotel. En aquel entonces no quise hacer preguntas, pensando que quizá solo necesitaba su espacio. Pero ahora, con la distancia de los años, no podía evitar preguntarme si había algo más detrás de su comportamiento.

La brisa que entraba por el balcón parecía más fría de lo normal, o quizá era mi mente la que añadía un tinte lúgubre a todo. Miré a Esperanza, su figura envuelta en la luz suave de la lámpara. Ella seguía siendo mi mundo, pero esa noche no pude evitar sentir que ese mundo tenía secretos que aún no conocía.

Cerré los ojos, tratando de acallar mis pensamientos, pero el sueño no llegó fácilmente. Algo en mi interior me decía que las respuestas que buscaba no tardarían en aparecer, y que cuando lo hicieran, nada volvería a ser igual.

El suave sonido de las olas rompiendo en la distancia me despertó, acompañado por el aroma inconfundible de café recién hecho. Me giré instintivamente hacia el otro lado de la cama, pero el lugar de Esperanza estaba vacío. Su lado de la cama aún estaba tibio, lo que indicaba que no había salido hacía mucho tiempo. Mi corazón dio un pequeño salto, y una sensación de alarma comenzó a instalarse en mi pecho.

—¿Esperanza? —llamé, con mi voz resonando suavemente en la suite.

Ninguna respuesta apareció en el ambiente. Solo el sonido del mar se escuchaba como respuesta.

Me levanté rápidamente, el sueño aun pesaba en mis ojos mientras inspeccionaba la habitación. La puerta del baño estaba abierta y la ducha seca. Miré hacia el balcón, pero tampoco estaba allí. Mi mente empezó a formular escenarios: ¿había salido sin decirme nada? ¿Por qué no me despertó?

La preocupación se mezcló con una extraña sensación de vulnerabilidad. Era como si mi mente estuviera intentando atar cabos que aún no existían. Salí de la habitación con pasos apresurados, recorriendo el pasillo alfombrado del hotel. Mi respiración se aceleró hasta que, al girar la esquina hacia el área del restaurante, la vi.

Estaba de pie junto a una mesa, hablando con un mesero. Su cabello recogido en un moño desordenado y el vestido ligero que llevaba la hacían lucir como una visión. En sus manos sostenía un pequeño menú mientras señalaba algo con entusiasmo. Su risa suave llegó hasta mí, calmando instantáneamente el torbellino en mi cabeza.

Me acerqué despacio, observándola sin que ella se diera cuenta. Había algo en su energía que me resultaba encantadoramente familiar, como si estuviera viendo a la Esperanza que conocí años atrás. Finalmente, levantó la mirada y me vio. Sus ojos se iluminaron, y una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

—¡Buenos días, dormilón! —dijo, girándose hacia mí mientras señalaba la bandeja que el mesero estaba preparando—. Pensé en pedir desayuno para los dos. No podía resistirme a probar más comida mexicana.

Suspiré aliviado, una sonrisa curvando mis labios.

—Me asustaste por un momento. Creí que habías desaparecido.

Ella rio, acercándose para tomar mi mano.

—¿Desaparecer? Samuel, estoy justo aquí. No seas tan dramático.

—No puedo evitar preocuparme por ti, ¿sabes? —respondí mientras le daba un suave apretón en los dedos.

El mesero interrumpió nuestra conversación para confirmar el pedido: café de olla, chilaquiles rojos con pollo, tamales de dulce y un surtido de frutas tropicales.

—Esto será suficiente para un festín —bromeé mientras ella asentía entusiasmada.

—No podía decidirme —dijo con una sonrisa cómplice—. Además, hoy tenemos un día lleno de aventuras, y necesitamos energía.

Cuando volvimos a la habitación, cargados con bandejas de desayuno, la atmósfera había cambiado. La calidez de su entusiasmo y la simpleza de ese gesto me devolvieron algo de la tranquilidad que había perdido la noche anterior.

Pusimos el desayuno sobre la pequeña mesa del balcón de nuestra suite. Los colores vibrantes de la comida mexicana contrastaban con el azul infinito del océano que se extendía frente a nosotros. El café de olla soltaba un aroma dulce con notas de canela, y los chilaquiles rojos lucían irresistibles. Esperanza parecía fascinada con cada detalle, desde los tamales envueltos cuidadosamente hasta las frutas tropicales cortadas en formas artísticas.

—Esto es un banquete —dije mientras me sentaba frente a ella, levantando mi taza de café para un primer sorbo.

Ella sonrió, sirviendo un poco de salsa extra sobre sus chilaquiles.

—No podía decidirme por un solo plato —dijo bastante entusiasmada—. ¿Te das cuenta de lo increíble que es esta comida? No sé si podré volver a nuestras aburridas tostadas y cereales después de esto.

Me reí, disfrutando de verla tan entusiasmada. Había algo en su energía que me hacía olvidar, al menos por un momento, las dudas que habían estado rondando mi mente. Mientras comíamos, comenzamos a hablar sobre el día que teníamos por delante.

—Podríamos visitar Isla Mujeres —sugirió Esperanza, cortando un trozo de tamal de dulce—. He leído que es un lugar precioso, y podríamos nadar o hacer snorkel.

—Suena bien. Pero también podríamos explorar algunos cenotes —propuse—. Siempre he querido ver esas maravillas naturales.

—¿Y por qué no hacemos ambas cosas? —preguntó, con su tono ligero y juguetón.

Asentí, sonriendo.

—Esa es una buena idea. Pero no podemos olvidarnos de cenar algo especial esta noche. Prometí que te consentiría en este viaje.

—Oh, entonces quiero mariscos frescos. Nada de opciones aburridas —respondió con una risa, su entusiasmo iluminó el momento.

Mientras la conversación fluía, me encontré pensando en algo que había rondado mi mente desde la noche anterior. Había querido preguntarle, pero no había encontrado el momento adecuado. Ahora, con el desayuno casi terminado y la atmósfera tranquila entre nosotros, decidí aventurarme.

—¿Sabes, Esperanza? He estado pensando en nuestra primera luna de miel en Punta Cana —dije, colocando mi taza de café sobre el platillo.

Ella alzó la mirada, claramente interesada.

—¿Sí? Fue hace tanto tiempo… Éramos unos niños, prácticamente.

—Sí, éramos jóvenes e inexpertos —respondí, sonriendo un poco antes de continuar—. Pero hay algo que siempre me quedó rondando la cabeza. En ese viaje, solías irte sola a las fiestas del hotel. Me preguntaba por qué lo hacías.

Ella dejó el tenedor a un lado, pensativa, antes de responder.

—Siempre me ha gustado divertirme, Samuel. Me encanta bailar, socializar, conocer gente nueva. En ese entonces, sentía que necesitaba un poco de eso, un escape, quizá.

Asentí, tratando de comprenderla.

—Lo entiendo. Pero, en ese momento, me dolió un poco. Supongo que no sabía cómo decírtelo, y preferí no preguntar. Éramos tan jóvenes… Ahora las cosas son diferentes, ¿no crees? Somos adultos, tenemos hijos, responsabilidades.

—Lo sé —dijo suavemente, con una expresión que parecía mezcla de nostalgia y arrepentimiento—. No fue mi intención herirte. Creo que simplemente no sabía lo que quería en ese entonces. O tal vez no sabía cómo comunicarlo. Pero te aseguro que nunca dejé de amarte, Samuel. Nunca.

Su sinceridad me tomó por sorpresa. Sentí que un peso invisible se aligeraba de mis hombros. La conversación, aunque incómoda en ciertos momentos, era necesaria. Había cosas del pasado que necesitaban ser dichas, heridas que requerían ser sanadas.

Tomé su mano sobre la mesa, mirándola directamente a los ojos.

—Lo sé, Esperanza. Y yo tampoco dejé de amarte, ni siquiera por un segundo. Estoy aquí porque quiero que esto funcione, porque tú sigues siendo la mujer de mi vida.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer. Me apretó la mano con fuerza y sonrió.

—Gracias, Samuel. Por todo esto, por el esfuerzo… por amarme incluso cuando no he sido perfecta.

—Nadie es perfecto, cariño. Pero juntos podemos ser mejores —respondí, con una calidez que llenó el aire entre nosotros.

Terminamos el desayuno entre sonrisas y pequeñas bromas. Aunque aún quedaban dudas y sombras, algo en mí sabía que habíamos dado un paso importante esa mañana. El sol se alzaba más alto en el cielo, prometiendo un día lleno de aventuras. Y mientras recogíamos nuestras cosas para salir, me sentí más esperanzado de lo que había estado en mucho tiempo.

—Samuel, gracias por traerme aquí —dijo de repente, interrumpiendo el silencio cómodo que se había instalado entre nosotros. Su voz era suave, pero había sinceridad en cada palabra—. Esto significa más de lo que puedo decir.

—Lo único que quiero es verte feliz —respondí, con mi voz cargada de emociones.

Ella inclinó la cabeza, mirándome con esos ojos que parecían ver directamente a mi alma.

—Soy feliz, contigo.

En ese momento, no necesitaba más. Aunque una parte de mí seguía albergando dudas y miedos, decidí que, por ahora, ese instante de paz era suficiente. Pero en lo profundo de mi ser, sabía que las respuestas que tanto buscaba estaban acechando, esperando el momento adecuado para salir a la luz.

Continuará...

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