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La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 9)

La noche anterior fue distinta, extraña, y el silencio del coche por la mañana pesa más que las palabras. Mientras el sol ilumina la carretera, Ana empieza a desvelar fragmentos de un deseo que creía enterrado, obligándolo a confrontar la realidad de lo que realmente sienten el uno por el otro.

Tanatos125.5K vistas9.1· 14 votos

CAPÍTULO 9

Jueves, 5 de agosto.

06:47 de la mañana.

—Que sí. Que te llevo. Que me da igual.

—Que no. Que no seas bobo, anda… —susurraba Ana, en tono muy bajo, por la hora intempestiva; y apurada, mirando su reloj, poniéndose la chaqueta del traje y mirándose en el espejo del dormitorio.

—Que no me cuesta nada. Así duermes un rato en el coche.

—Si no voy a dormir, que me acabo de tomar un café —respondía ella, la cual, efectivamente, venía de la planta de abajo, de haber desayunado en el comedor.

—Pues descansas. Yo total como si duermo toda la tarde.

—Sí, toda la tarde… después de haberte pasado toda la mañana conduciendo. Que no, venga.

Ella se negaba, pero gané yo. Me vestí con rapidez, aún con legañas en los ojos, sin peinar y sin desayunar nada, y me dispuse a llevarla al trabajo.

—Más bobo y no naces… de verdad… —terminaba por resignarse ella y salíamos de la casa, y subíamos al coche.

Nos conocíamos. Los dos sabíamos que estábamos bien, pero que a su vez había un poso de rareza. Lo de la noche anterior no había sido normal. Estábamos tan sorprendidos de nosotros mismos como de la otra parte.

Conducía en silencio. No hablábamos. La radio apagada. Tampoco había música que destrabase el ambiente.

Amanecía, en una luminiscencia que se alargaba, y que creaba un resplandor y unas sorprendentes ganas de vivir, y de madrugar otras mañanas; vieja cábala que nunca se producía si no era por obligación. Casi nadie más en la carretera.

—A las ocho… y media… o así llamamos a Javi, ¿te parece? —preguntó.

—¿A las ocho? Si eso a las nueve. Justo cuando lleguemos. Y ya me parece bastante temprano.

—Los levantan pronto, eh —decía ella, y yo la miraba como diciéndole que no había tanta prisa.

Y otro silencio. Y los dos sabíamos que lo de la noche anterior tenía que hablarse, pero ella no decía nada, y yo pensé en Javi, y en nuestra vida a raíz de él.

Y nuestro mutismo era espeso, así es que acabé por romperlo, pero sin decirle el por qué de mis pensamientos, que no era otro que aquella reflexión de David. Y le hablé de lo fugaz que había sido nuestro noviazgo, y de lo poco que había durado nuestro periodo de mayor intensidad… física.

Ana, con su pelo algo recogido, con sus pestañas largas y densas, con las piernas cruzadas y cubiertas por su fino pantalón gris, y con su busto delineando camisa y chaqueta, escuchaba paciente y miraba hacia adelante.

—¿Recuerdas lo de los probadores? —pregunté.

—¿El qué? No.

—Cómo que no. Al poco de… empezar a salir… que habías encontrado trabajo…

—Ah… ya. Sí —respondió ella.

Me quedé un instante callado, para ver si ella continuaba. Y así fue:

—Pero, a ver… No te sigo. ¿Lo echas de menos o qué? ¿O es una proposición para… hacer ese tipo de cosas…?

—No, no. Si yo estoy bien… No es…

—La vida son etapas… —me interrumpía—. Y es… No sé. Qué quieres que te diga. Una cama es más cómoda… —sonrió.

—Bueno, no es cuestión del sitio, no sé. Es solo la idea de que aquella época seguramente duró demasiado poco.

Se hizo otro silencio. Pero yo la sentía… Sentía que le daba vueltas a aquello. O a todo.

—Oye… —dijo Ana.

—Qué.

—A ver… Lo de ayer… dentro de todo lo peculiar que fue de por sí la noche… Aquello de… Aquello de… vamos, que pretendías hacerlo de pie… ¿fue por eso?

—Qué. No. No sé. Se me ocurrió. Sin más.

—Estás muy creativo… —sonrió, obsequiándome después con una mirada dulce y con una caricia en la mejilla, con el dorso de su mano.

—Sí… puede ser —respondí, y agradecí aquel contacto, y pude sentirla, olerla, y me hice con su mano, mano que besé, de una forma extraña.

Y se hizo otro silencio. Y seguía sintiendo que ambos teníamos cosas que decirnos, a pesar de que apenas había pasado nada especial.

Cinco minutos más de mutismo, en los que yo pensaba en David y en Belén, cuando fue ella de nuevo la que habló:

—Por cierto… Echaste… mogollón ayer… —susurró, refiriéndose a los siete u ocho chorros que había lanzado al suelo de nuestro dormitorio.

—Ya…

—¿Tanto te pone? —preguntó.

—¿El qué?

—Pues lo del novio de Luci y yo.

—Sí. No sé. Un poco todo. Y todo el lío de estos —respondí, casi excusándome.

—Estos nada. Hazme caso. Lo de Belén con otros es una chorrada de David. Es todo de David. No tiene más historia.

—Pero si te conté lo que le había escrito Belén…

—Me da igual. Estaría de coña. No hay nada. Si… además… anoche te pareció que yo tonteaba con Albert… te pudo haber parecido lo mismo con Belén.

Yo la miré entonces e hice una mueca de desaprobación.

—Hazme caso, es mi hermana, la conozco mejor —insistía.

—No sé… Puede ser… —respondí, casi claudicando, sabedor de que, en el fondo, lo lógico sí era que todo fuera una patraña de mi cuñado.

—Pues eso… —decía Ana, llenándose de razón.

—¿Sabes que se enfadó David? —la advertí entonces.

—¿Por qué?

—Pues por… digamos que… Le pareció mal que… taparas el protagonismo de Belén.

—Qué protagonismo… Qué chorrada… De verdad… —protestaba algo más airada.

—Eres presumida, Ana, no pasa nada.

—No soy presumida. Me lo has dicho ya otras veces. Y eso además qué tendría que ver.

—Pues eso —le dije, copiando su frase.

—Eso nada. No tengo ningún interés en convertirme en… no sé… en gustarle al crío ese. Solo me faltaba.

Mi mujer resoplaba, y a mí me parecía que fingía su indignación o, como mínimo, la exageraba. Pero sí se acaloraba. Y se hacía otro silencio. Y después se peleaba un poco con el cinturón de seguridad, que oprimía su torso y arrugaba su ropa, y se inclinaba hacia adelante para encender el climatizador.

Tras su movimiento. Y más calmada. Volvió a su posición anterior, con el cinturón casi encajado entre sus pechos y prosiguió:

—Lo que sí. No… fuimos muy listos.

—¿Por?

—Tendríamos que haber subido directamente desde la cena… y… ver desde la ventana del dormitorio si de verdad David y Belén hacían el tonto con Albert.

—Pues sí, la verdad.

—Pero vamos, que no… Que no habríamos visto nada. Que no hay nada —zanjaba Ana, si bien había sido ella misma la que había vuelto a soltar la sombra de la duda.

Íbamos consumiendo kilómetros. El sol iba ganando protagonismo. Pero no acabábamos de cerrar ningún tema. Y yo, más allá de Belén y de David. Más allá de lo de imaginarla con Albert… había algo que me rondaba en la cabeza.

Y, al ver que ella cogía su teléfono, como dando por finalizada nuestra errática y salteada conversación, le espeté:

—Ana… ¿alguna vez… te ha gustado alguien? ¿En todos estos años? ¿O has fantaseado con alguien?

—Qué. No. Para nada.

—¿Seguro?

—Sí. ¿Y tú?

—No, no creo —respondí.

—¿Cómo que no crees? —dijo, olvidándose de su teléfono y dándole la vuelta al interrogatorio.

—No. Que no. ¿Y tú? ¿Luís? —pregunté, mencionando a su compañero de oficina.

—¿Luís? Qué va.

—Pues no sé. Alguien —insistí, pero sabía que no diría nada.

Y más silencio. Y ella miraba por la ventanilla. Y parecía dudar si quitarse la chaqueta o no. Y se recolocaba el pelo, dudando también si soltarlo o si mantenerlo recogido.

Y, de golpe, escuché:

—No sé… A ver… El año pasado… Sí me pasó algo… No sé. Algo… raro —susurró pensativa.

Continúa en