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La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 8)

Sabe que su esposo la mira con celos, pero esta noche decide no esconderse. Le propone un juego peligroso: imaginarla en brazos de otro mientras él la toca. La frontera entre la realidad y la fantasía se desdibuja en la oscuridad del dormitorio.

Tanatos127K vistas8.6· 14 votos

CAPÍTULO 8

Miércoles, 4 de agosto.

21:47 de la noche.

Ana apuraba su postre, un flan que bailaba en su plato cada vez que ella captaba un pequeño trozo con su cucharilla. Éramos los más rezagados, los demás ya habían terminado y charlaban en el salón adyacente al comedor.

Yo alcé la mirada, y la vi, con la ropa de Belén, con aquellos shorts y aquella camiseta fucsia, con el pelo, aún mojado por el mar, echado hacia atrás. Y me di cuenta de que me estaba observando.

—Qué miras.

—A ti, bobo.

—Ah, qué bien —respondí, y se hizo un silencio, y ella me escudriñaba, fijándose mucho.

—Estás guapo —dijo sin más.

— Ah, ¿sí? —dije escéptico.

—Sí, te ha cogido el sol estos días.

—Pues sería hoy. Ayer me veía blanquísimo —dije, y ella frunció de repente el ceño, y exteriorizó un curioso gesto de intriga, y se llevó un dedo a los labios, como haciéndome la señal de que guardara silencio.

En seguida me di cuenta de que pretendía escuchar lo que se hablaba en el salón. Agudicé el oído al tiempo que ella comía su flan con un sigilo impecable, y pude escuchar cómo Belén, mucho más agitada y dicharachera de lo que en ella era usual, pretendía convencer a los allí presentes de darse un baño en la piscina.

—¿David está ahí? —me preguntó entonces Ana, en un susurro.

—No, está en su silla, en el jardín.

—En su trono de todos los años —matizó.

—Eso es —susurré, mientras se abría un debate en el salón, y se le escuchaba a Lucía decir:

—Yo tengo frío, no sé cómo aguantáis. Y si voy y no me baño me matan los mosquitos.

Y, para mi sorpresa, y quizás también la de Ana, Albert se sumaba a la propuesta de Belén, sin importarle demasiado que su novia no pretendiera unirse.

Mi mujer ponía cara de extrañeza y acababa su postre mientras oíamos el sonido de unas chanclas resonar por el salón y a Belén y a Albert hablar.

—Otro show… —susurré.

—Qué show ni qué show —susurró Ana, recostándose un poco, llevando su espalda al respaldo de su silla.

—Ya verás.

—No voy a ver nada. Me voy a ir a acostar —dijo, mirando su reloj, y se podía escuchar como su hermana mayor y el novio de su hermana pequeña se iban hacia el jardín.

Nos quedamos en silencio. Ella estaba imponente. Me miraba fijamente. La conocía, sabía que estaba cansada y que tenía que irse a dormir para trabajar decentemente al día siguiente, pero que a la vez no quería acostarse tan pronto.

—Qué miras —dijo ella entonces, copiando mi frase.

—A ti.

—¿Y qué ves? —sonrió.

—Más que ver, recuerdo.

—¿Y qué recuerdas?

—Recuerdo… esta tarde en la playa…

Ella se encogió de hombros y me miró extrañada.

—Recuerdo —proseguí— ese bikini. El que llevas puesto… —dije, observando cómo se marcaban los triángulos azules bajo la camiseta fucsia.

—Qué le pasa.

—Que efectivamente… te quedaba… y te queda… pequeño. Se te… salían las tetas por todas partes.

—A todas se le salen las tetas por todas partes últimamente… —resopló, mostrando falso hastío.

—Y cómo te miraba David —insistí a pesar de su parquedad. Y entonces ella no dijo nada. Solo me miraba. En silencio.

—Quítate la camiseta —susurré.

—¿Qué? ¿Para qué?

—No sé… —respondí.

—Estás muy tonto. Y muy salido, eh —susurraba ella.

Otro silencio. Más largo. Y ella terminó por volver a resoplar. Pero como si su resoplido la exonerase de culpa, y es que finalmente sí me quiso dar el gusto, sin saber yo bien por qué, y se llevó las manos a su camiseta. Y se la sacó, por la cabeza, y sus pechos se agitaron, a pesar de su aprisionamiento contra aquella tela azul. Sus pezones se marcaban; aquellos triángulos apenas tapaban algo más que las areolas. Era casi obsceno. La cantidad de piel, de teta, al descubierto, era una incitación al pecado.

—¿Contento? —dijo, recostada, como si tal cosa.

—Vamos a la piscina —solté.

—Que no —dijo, casi sin dejarme terminar la frase.

Y otro silencio. Nos mirábamos. Ella quería irse a dormir, pero yo sabía que a la vez no quería que fuera jueves por la mañana.

Yo me fijaba en su pecho palpitar, en las tiras del bikini completamente tensas, haciendo unos esfuerzos exagerados por contener aquello. Aquel bikini no estaba hecho ni estaba acostumbrado a cubrir y vencer los rotundos pechos de mi mujer.

—Si… vamos a la piscina… mañana te llevo yo en coche al trabajo —propuse.

—Qué dices… Que no.

—Me da igual. Venga.

—Pero cómo te va a dar igual conducir… dos horas de ida y dos horas de vuelta. Además, si me llevas y vuelves me dejas sin coche.

—Dejaría el coche en tu trabajo. Y… cogería allí… un taxi a la estación… y volvería en bus.

—Bus y taxi. Bueno, taxi, bus y taxi. Estás loco —rebatía ella.

Tras otro silencio. Yo insistí:

—Venga…

—Pero a ver. ¿Qué se supone que va a pasar en la piscina? ¿Por qué tienes tanto interés?

—Pues… que vas a ver… lo que sea que traman estos. Aunque igual si estás tú no hacen nada.

—Ah, perdona, centro del universo —sonrió.

—Qué.

—Nada, que están compinchados para vacilarte, porque eres importantísimo.

—No digo eso, pero igual si estás tú se cortan.

Ana negaba con la cabeza y miraba de nuevo el reloj.

—Venga. Total, yendo a dormir ahora… Vamos, aunque sea diez minutos.

—Cinco —dijo ella.

Yo la miraba de nuevo. Sus ojos oscuros, su pelo, apelmazado, medio liso medio rizado, sus labios gruesos.

—Cinco y mañana no me llevas, que es una locura —dijo, levantándose de su silla y recogiendo su plato.

Miércoles, 4 de agosto.

22:08 de la noche.

Tan pronto habíamos accedido al jardín y llegado a la piscina habíamos visto a Belén y a Albert en el agua, a la deriva, ella sustentada por una especie de flotador alargado, él agarrado a una pelota suficientemente grande. Y hablaban, tranquilos, bajo la observación perenne de un David que no solo bebía, como era costumbre, sino que también fumaba.

Aproveché que Ana se detenía en el borde de la piscina y le preguntaba a Belén si el agua estaba muy fría, para alejarme e ir a buscar yo mi aposento, al lado de David, intentando así conseguir que nuestra visita se prolongase más que los cinco minutos pactados.

Mi cuñado me miró de soslayo, pero no me dijo nada. Su habitual olor a alcohol se mezclaba con el del tabaco, y yo no sabía muy bien qué esperar de lo que allí podría pasar.

Ana se sentó entonces en el bordillo e introdujo sus piernas en el agua, mientras Belén y Albert seguían navegando erráticos. El silencio era casi absoluto, la luz tenue y blanquecina, que partía de los focos sumergidos de la piscina, les iluminaba a los tres.

Y entonces una frase de Albert a Ana. Y un carraspeo de David. Y una Belén que fluía, se deslizaba, con un bikini granate, alejándose de la conversación.

Aquella noche, sentado al lado de mi cuñado, no me acordé de observar las estrellas, y, mientras miraba hacia la piscina, me daba cuenta de que habíamos ido allí sin estrategia alguna, y que, si queríamos descubrir o al menos observar el hipotético plan de Belén y de David, deberíamos darle espacio a Belén. Así es que era necesario que Ana se alejase, pero yo miraba a mi alrededor y no había silla alguna y no llegaba a proceder que mi mujer se tumbara en el césped a las diez de la noche.

Y Ana se dejaba entretener por aquel chico, y yo sabía lo que él tenía que estar viendo, lo que había visto yo en la playa, lo que había visto yo en el comedor instantes atrás, y quizás por eso aquel chico se había olvidado por completo de la existencia de Belén. Y yo, entonces, en aquel preciso instante en el que mi mujer soltó una media sonrisa, amenizada por Albert, dudé si lo que yo mismo había instigado había pretendido el desenmascaramiento de Belén y David… o había buscado precisamente lo que se estaba produciendo, el acercamiento de Albert a mi mujer.

Una mirada de Belén a David. Un acomodamiento de mi cuñado en su silla. Otra media sonrisa de Ana. Un Albert a la deriva, pero frente y cada vez más cerca de Ana. Y la visión que él tenía que tener, la de aquel torso ligeramente echado hacia atrás y aquellos pechos marcando dos montañas espléndidas y retenidas, con unos pezones que coronaban y marcaban aquellos triángulos azules de manera incesante.

Belén había desaparecido del radar de Albert, y yo me sentía incómodo, y sentía cómo mi cuñado protestaba, en miradas directas e indirectas, y yo no quería mirarle.

Mi corazón palpitaba con fuerza. Disfrutaba y a la vez me incomodaba aquello. No entendía a Ana, o quizás sí, quizás fuera simplemente su necesidad intrínseca de ser la adorada; pequeño defecto que yo había asumido desde el primer día. O quizás quería demostrarme que no había nada especial en charlar con un chico en la piscina de su casa.

Y de golpe algo que ella dijo, y la respuesta de Albert, que no fue de palabra, sino física, y es que el crío usó su mano como si fuera una pala, y la salpicó, mojando todo aquel torso, en un juego amistoso, y ella se quejaba, pidiendo que no la mojara más, al tiempo que mi cuñado pronunció:

—Qué bien, eh. Eres un puto bocazas.

Yo entonces sí le miré. Estaba iracundo. Y su mujer salía de la piscina. Al tiempo que Ana se dejaba escurrir desde el bordillo, y entraba en el agua.

—Qué dices. Yo no he dicho nada —mentí.

—Ya… —respondía él, y bebía, viendo como su mujer se marchaba, exteriorizando una extraña derrota, que era más derrota aún cuando se confirmaba que Albert ni reparaba en su retirada.

David se levantó entonces: pesado, tosco, malhumorado. Y yo, tenso por su acusación y algo molesto por Ana, veía cómo se alejaba, dejando a su paso el jardín y aquella piscina en la que una hermana había sustituido a otra.

Y diez, veinte, treinta segundos, en los que yo observaba cómo hablaban, con el agua cubriéndoles hasta el cuello. Y cuchicheaban, entre susurros. Y a mi mujer se la veía especialmente guapa, con la cara mojada, con el pelo empapado, y a él pendiente de ella, casi cercándola, como si aquella piscina fuera un cuadrilátero y quisiera llevarla siempre a las cuerdas.

Y él acabó por pegarse mucho a ella. Y yo, por primera vez en mi vida, disfruté de una especie de acoso a mi mujer. Y era absurdo, pues nada iba a pasar, pero había un regustillo extraño, de morbo, y también de orgullo, por lo que ella despertaba.

Quizás aquel descaro de Albert había producido en Ana el rechazo, o quizás simplemente era el frío, o que ella daba por zanjada sin más aquella visita, pero el hecho era que, instantes después del insolente acercamiento, mi mujer subía por la escalerilla, dejando al chico solo, pero siempre pendiente de aquel cuerpo: no disimuló y vio con nitidez aquel culo y aquellas piernas escapando escaleras arriba.

Me levanté de mi asiento con una sensación extraña, por un lado sentía un cierto regusto, de morbo, por lo que acababa de presenciar, pero por otro casi reprobaba la actitud de Ana, y sentía que de alguna forma había perturbado y roto nuestra paz.

Ella me esperaba, cubriéndose con una toalla, en el porche de la casa, y yo pensé súbitamente en David y en su queja, y no me afectaba su sospecha, si bien llegaba a comprenderlo, sintiendo que yo en su lugar seguramente hubiera reaccionado de manera similar.

Subíamos las escaleras de la casa. En silencio. Y después llegamos a nuestro dormitorio. Cerré la puerta tras de mí, y ella se pavoneó un poco, allí, en el medio del dormitorio, y dándome la espalda, y quizás fuera ese inocente movimiento lo que me hizo decir:

—Te has quedado a gusto, ¿no?

—¿Qué? ¿De qué hablas? —se revolvió, de palabra y de gesto, y nos quedamos frente a frente.

—Hombre… la idea era ver a Belén con el chico… no a ti.

—¿A mí de qué? —dijo, tirando la toalla al suelo con enfado.

—Ana, fue un escándalo. Hasta David me dijo si estábamos de coña.

—¿Pero qué coño dices? —alzó la voz—. Primero, no he hecho absolutamente nada. Segundo, por la tarde me dices que quieres que me quede en la piscina mamoneando con el crío y ahora te parece mal, porque tú crees que eso, entiendo, es lo que ha pasado. Tercero, tú y David os podéis ir a tomar viento.

—No te pongas así. No me hagas la del contraataque de siempre.

—¿Pero qué dices de contraataque?

—Sí. Que me da igual. Que es cierto que lo planteé por la tarde. Pero no niegues que… has… entrado en un pique con tu hermana para poner cachondo al chico.

—¿Qué? ¿Pero qué? —se indignaba—. Mira, Sergio. Estás muy mal de la cabeza —protestaba, casi encarándose—. ¿Sabes lo qué pasa? Que por lo que sea… estás… no sé… salido o algo, porque ves cosas donde no las hay. Belén de golpe está buena…

—Que no… —la interrumpí.

—Que sí… que Belén de golpe está buena. Que Belén se tira a desconocidos con David delante… Que a mí se me salen las tetas del bikini… que a Belén también… Que Albert… que es el novio de Lucia, ¡te recuerdo!, nos… nos quiere follar a todas… que yo calent…

—Que no, Ana —volví a interrumpir.

—Pero mírate, si estás empalmado, joder —susurró, casi con repulsa, mirando a mi entrepierna.

Nos quedamos en silencio. Allí, frente a frente, plantados en el medio del dormitorio. Su ira no podía ocultar su potente y sensual cuerpo. Mi desencanto no podía aplacar una pequeña excitación. Su cuerpo mojado, su bikini empapado, sus pechos, su rostro, hasta su actitud desprendía cierta lujuria.

—¿Y si estoy empalmado, qué?

Ana resopló entonces, mostrando aún más desesperación y hartura.

—Pues que llevas tres días… pensando con la polla, ¿vale?

—No es verdad.

—Mira. Vamos a hacer una cosa. Y acabamos con el tema. Si quieres follar, follamos. Ahora. Si quieres hacerte una paja, te la haces. O te la hago yo. Y en quince minutos yo estoy durmiendo y tú no me vuelves a sacar el tema este… de Belén… y su... sexo con otros… ni David… ni el chico y yo… ni más chorradas.

—Vale, muy bien. Date la vuelta —dije, con un enfado que ya pudiera hasta superar el suyo.

—¿Que me dé la vuelta de qué?

—Sí, date la vuelta. Y te follo aquí. Y descargo… Y ya está. Es lo que dices.

—¿Que me dé la vuelta aquí de pie? ¿Me quieres follar como a una fulana? Vete a la mierda, Sergio —me espetó, y se fue hacia la cama.

Yo, con un sofoco y una ira que solo era comparable a mi deseo, observaba cómo se alejaba de mí, y me deshice de mi camiseta, y después me bajé el bañador.

Completamente desnudo, asistía a cómo ella, con el pelo y el bikini empapados, se tumbaba, boca arriba, sobre la cama.

—¿Que te vas a hacer? ¿Una paja ahí de pie? —me provocaba, hiriente.

—Pues sí —dije, usando mi mano para agarrar mi miembro y comprobar una dureza suficiente y un tamaño adecuado para comenzar.

—Estás muy mal, Sergio.

—Desnúdate —le pedí y comencé a masturbarme.

—No.

—Eres una cabrona… —protesté, si bien sentí una pequeña conexión al mirarla a los ojos.

—No soy una cabrona… Tú estás muy salido…

—… Las dos cosas… —dije, resoplando, masturbándome, mirándola, mirando sus piernas esbeltas, la braga de su bikini húmedo, aquellos pechos desbordándolo todo… y su mirada agresiva.

Se hizo entonces un silencio. Ella me miraba fijamente. Quizás para provocar mi explosión. Y yo me daba un placer, que era más alivio que gusto. Y le aguantaba la mirada.

—¿Qué miras? —terminé por decir, sin un ápice de vergüenza porque me viera así.

—Que… estás haciendo el ridículo… pero que… vaya polla tienes… —susurró.

—Suerte la tuya —respondí.

—Por cierto… se la rocé… sin querer… en el agua.

—Qué dices… —casi jadeé, sintiendo el grosor y el calor de mi miembro en mi mano.

—Sí…

—¿Cuándo?

—Pues en el agua… nos rozamos sin querer… Bastante durilla… —provocó mi mujer.

—Vete a la mierda… —resoplaba yo, escéptico, y me acercaba a ella.

—Qué. Es verdad.

Y se hizo un silencio. Y solo se escuchaba el sonido de mi paja. Y yo no me reconocía. Si bien tampoco la reconocía demasiado a ella.

Y Ana miraba a mi polla, cómo mi mano la exhibía y la escondía. Y mi glande, rosado, gordo, brillaba. Y sentía que explotaba. La sentía durísima. Y la miraba. Y ella miró entonces su reloj, y dijo:

—Venga, córrete ya.

—¿Dónde…? —jadeé.

—En mi barriga, si quieres —dijo y yo di el par de pasos necesarios para sacudirme encima de su cuerpo que yacía tendido y provocador.

—¿Y en qué pienso mientras me corro? —tanteé, y mi miembro repuntó al escucharme.

—Piensa… que me follas… —susurró.

—¿Solo eso? —me quejé.

—Sí. ¿No te llega?

—No… —protesté de nuevo… y llevé mi cabeza hacia atrás, mientras seguía masturbándome y seguía escuchándose el “cliq, cliq” húmedo de la piel de mi miembro rozándose, yendo y viniendo.

—Pues piensa… imagina… o cree… que estoy segura de que Albert cree que le he tocado la polla a propósito.

Y yo abrí los ojos. Y ella se incorporó un poco. Y alargó su mano, y la llevó hacia mi miembro. Y yo me soltaba, la dejaba a ella, y ella me la agarraba; sentía el repentino frío de su mano, y cómo me la apretaba. Y después ella hacía por girarme un poco, y me susurró:

—Venga, córrete en el suelo. Mientras… imaginas que ese crío… me folla en la piscina.

Y de golpe todo cambió. Ella, sentada sobre la cama, agitaba mi polla con decisión, pero a la vez con una extraña candidez. Y yo cerraba los ojos y me dejaba hacer, en sus manos, sintiendo el placer de su mano apretando… y sacudiendo… adelante y atrás. Y todo cambió porque yo dejaba de culparla por su necesidad de ser siempre la deseada, y ella parecía dejar de culparme por todas las fantasías que me alteraban de repente. Y, sentada a mi lado, se acercaba más, y me acariciaba una nalga desnuda, y después llegó a posar sus labios allí, y me besó allí… con una inusual ternura, y me pajeaba, implacable. Y el beso en mi nalga sonó nítido… y, tras el extraño beso, ella, desconocida, extravagante, como nunca la había visto, susurró:

—Imagina… que me folla… en el agua… Y tú nos miras…

Y yo la sentía… cómo me masturbaba, y cómo mi piel se erizaba, y mi miembro lagrimeaba… y noté que me acariciaba los huevos, como si me ordeñase… en un favor dulce, marital, aceptando mi repentina ofuscación… y yo imaginaba… a Ana… rodeando a Albert con sus piernas… y él embistiéndola, de pie, en el medio de la piscina, con el agua a la altura de su vientre… y la cara de mi mujer, desencajada por el placer… e imaginaba que ambos me miraban… y que Ana negaba con la cabeza mientras me miraba… como diciéndome que no podía evitarlo… que no podía disimular aquel goce… aquel gusto… aquella satisfacción de tener el miembro de aquel crío dentro.

—Joder… la tienes durísima… —susurró mi mujer, sorprendida, y sacudiéndome entonces con un poco más de rudeza, hasta con un poso de rabia… y yo gimoteé un “Ohh-hh…” y después ella, leyéndome, detuvo su mano por completo, y yo sentí un clímax impactante, brutal, que salía de lo más profundo de mí; y sentí un torrente, que partía de los huevos que ella me agarraba, y recorría mi miembro… hasta brotar, en un disparo nítido y salvaje. Y resoplé otro “¡OHHH!” que solapó un “Jo-der…” de mi mujer, que se sorprendía de la densidad y crudeza de aquel latigazo espeso, y mis piernas temblaban, y ella me exprimía, y otro, y otro chorro… Mi mujer me vaciaba mientras yo me imaginaba aquellas embestidas de Albert… su polla, bajo el agua, penetrando a mi mujer… y ella retorciéndose del gusto… Y se escuchaban los chorros caer al suelo… mis gimoteos… y a mi mujer afectada, susurrando:

—Madre… mía… Sergio…

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