La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 7)
Ana llega al hotel de Sergio con una excusa laboral, pero su presencia desnuda bajo la ropa formal y su mirada intensa revelan un deseo que va más allá del afecto conyugal. Mientras el mundo exterior insiste en que salgan a la playa, la habitación se convierte en un refugio de tentación donde cada caricia cuenta una historia prohibida.
CAPÍTULO 7
Miércoles, 3 de agosto.
17:48 de la tarde.
—Shhh… Dormilón… Qué —escuché, y abrí los ojos. Y solo vi el blanco de la almohada, y aquello que resonaba en mi cabeza era la voz de Ana. Y aquello no podía ser.
Noté algo en mi hombro desnudo. Un pequeño zarandeo. Y abrí más los ojos. Y me volteé. Y era Ana. Mi mujer, sentada a mi lado. Sonrió, disfrutando de la sorpresa.
—¡Qué! ¿Y tú… aquí? —pregunté, aún sin creérmelo. Y me acomodé, incorporándome un poco, y respaldándome contra los incómodos barrotes del cabecero de la cama.
—Me he escapado después de comer. Así, a lo loco. No estaba el jefe y me dijo Luís que me cubría. He venido del tirón.
Yo la escuchaba. Y la miraba. En traje de pantalón y chaqueta gris y camisa azul, elementos que le daban una elegancia sobria; y con sus ojos negros, sus labios ligeramente pintados y sus pendientes en forma de aros que le daban un aspecto más suelto, menos encorsetado, casi más salvaje.
—Ni maleta he traído —dijo deshaciéndose de su chaqueta y posándola sobre la cama, sin levantarse de mi lado. Y yo entonces me vi atraído de una forma que hacía tiempo que no me sucedía. Quizás fue por agradecimiento, por alegría, o por acumulación de experiencias en los últimos días, así es que llevé una de mis manos a su cintura y la quise atraer hacia mí, para besarla.
Noté su sorpresa, el movimiento había sido indudablemente brusco, pero conseguí que nuestros labios se juntasen, en un pico que no derivó en nada más, pero pude olerla, su perfume y el aroma de su densa melena larga y color azabache.
—Uy… —dijo, y se apartó ligeramente —… Cómo estamos… ¿no? —continuó, y sonrió.
—Te tengo que contar…
—Ya… ya… Ya me olía que sigues con el tema —respondió, y me miró; yo estaba completamente desnudo, cosa común en mí y perfectamente conocida por Ana desde aproximadamente junio hasta octubre, pero estaba tapado por una fina sábana que me cubría hasta el vientre.
—Bueno, es que han pasado muchas más cosas —le dije, mirándola, y de golpe mi miembro palpitó, libre, y se rozó con la sábana, y me di cuenta entonces de que tenía una pequeña erección, y sentí un absurdo rubor, pues era mi mujer, si bien no creía que se hubiera percatado.
Ella se quedó en silencio. No parecía muy atraída por lo que le pudiera contar.
—¿Pero has venido así? ¿No te asas? —pregunté.
—Pues claro que me aso —dijo y comenzó a arremangarse los puños de la camisa, hasta casi los codos, y yo la veía acalorarse, y lo disfrutaba, y después agitó un poco el escote de su camisa, aireando su pecho, en movimientos cortos, y mi miembro volvió a palpitar.
—¿Y cómo vas a ir a la piscina? ¿O a la playa? ¿Qué hora es? —pregunté, simultáneamente a mirar en el reloj de la mesilla que eran casi las seis de la tarde.
—Pues no sé qué ropa tengo aquí. Creo que nada. Sino Belén tendrá que prestarme algo. Que por cierto he estado con ella, con David, con Lucía y con… el otro. O sea, con todos, porque ya me han dicho que Marta sigue desaparecida. Y vamos, menudo recibimiento.
—¿Recibimiento? ¿A ti? ¿Por? ¿Bueno o malo?
—Pues, hombre… no sé. Como que pasando un poco, ¿sabes? Lucía, bueno, es Lucía, no esperaba ninguna emoción, pero Belén… poco más que “Eh, qué tal, ¿y tú aquí?”, poco más.
Yo la observaba. Los barrotes se me clavaban en la espalda. Pero no podía dejar de mirarla. Se quejaba de su hermana, cosa habitual, y gesticulaba, de forma tierna, suave… Yo le agradecía enormemente su visita, y tampoco es que hubiera dicho palabras muy diferentes a las de Belén, pero suponía que ella veía en mi cara mi alegría.
—Venga, adonis —dijo graciosa, mirando mi torso, y acariciando mi abdomen levemente—. Cuéntame, anda, que lo estás deseando.
Yo henchí mis pulmones. Ella no se movía. Sentada, de medio lado, hacia mí, con sus pechos marcando su camisa, con sus ojos grandes, con su melena otros días rizada, hoy alisada, cayendo por su espalda.
Y se lo conté. Bajando el tono, entre susurros. Le conté la confesión de David. Lo sucedido en la piscina. Aquello de “quiero caerle mal a Alberto para que se folle con más ganas a Belén”. Y finalmente lo del bádminton.
Ella me escuchaba pacientemente. Y no me ofrecía su expresión facial pista alguna de lo que estaba pensando. Hasta que finalmente, en tono bajo, idéntico al mío, dijo:
—Te está tomando el pelo. Ni Belén va a clubs… de intercambios o lo que sea. Ni está mamoneando con el chico, ni creo que jugara con él sin parte de arriba del bikini, ni nada de nada.
—Que te juro que se veía desde aquí… Y… bueno, más que a clubs… como que Belén se lo monta con tíos y David mira.
—Psss. Qué va —dijo convencida.
—A ver. Yo también creo que seguramente me toman el pelo. Pero creo que me lo toman los dos.
Y ella hizo entonces una mueca, y negó con la cabeza, dándome a entender que no creía que su hermana estuviera compinchada con David.
—Joder, Ana, —dije alzando mínimamente la voz —tendrías que haber visto a Belén en la piscina, con el crío. Fue un escándalo. Joder, que se le salían las tetas por los lados del bañador.
—¿Sí? Bueno… ¿No será que estás tú muy salido?
—Que no —protesté.
—¿Tetas por los lados? Jesús. Ni que tuviera tanto.
—Hombre, tienes tú más —le dije, y nos quedamos en silencio.
Había sido un improvisado, casual y sorprendente piropo. Y Ana no protestó.
Y mi miembro volvió a palpitar, indicándome que mi erección no había disminuido, y ese resorte sí me dio la impresión de que tenía que haber sido advertido por mi mujer. Pero ella no decía nada. Y yo entonces alargué una mano, y llevé las yemas de mis dedos a uno de sus pechos, sobre su delicada camisa azul. Y ella no solo no protestó, sino que entrecerró ligeramente sus ojos.
—Tienes… bastante más que ella… Está claro —susurré, y seguí dibujando caricias aleatorias sobre su camisa, buscando despertar su pezón… y es que quería notarlo, si bien era complicado que atravesase sujetador y camisa… Y mi miembro parecía querer pedirme que cambiase las caricias por algo más rudo, y volvía a repuntar, a rebotar, haciendo ondear la sábana.
—Venga, va… —susurró ella, queriendo cortarme, pero se seguía dejando acariciar, y hasta ladeaba ligeramente la cabeza—. Me ducho rápido… le pido ropa a Belén y salimos… que estamos aquí de antisociales.
Yo detuve mi caricia. Mi erección era evidente. Y deseaba con todas mis fuerzas que Ana apartase la sábana… pero no lo hacía… y dudaba en hacerlo yo.
—Venga, vístete… —ronroneó, mimosa, y se puso en pie. Y después me abandonaba, yendo hacia el cuarto de baño.
Y yo miraba su culo, embutido en sus pantalones, y resoplé… acalorado y con una excitación contenida. Y escuché cómo cerraba la puerta del aseo, y colé una de mis manos bajo la sábana y sujeté mi miembro. Aún sentía que podía oler su perfume y su melena. Aún podía sentir el tacto de su camisa, de su teta bajo las yemas de mis dedos.
Y después escuché el sonido del grifo de la ducha. E inmediatamente, tras ese sonido de agua caer, algo me sobresaltó:
Eran unos golpes, tenues, pero concisos, en la puerta del dormitorio.
—¡Ana! ¿Estás? ¿Puedo entrar? —escuché gritar a Belén, al otro lado de la puerta.
Escuché entonces cómo el grifo se cerró y cómo Ana le decía que iría en seguida.
A los pocos segundos mi mujer salió del aseo, agitada y tan solo con la camisa puesta, de la cual solo había cerrados dos o tres botones, y supuse que también las bragas aunque su camisa azul tapaba su culo. Y yo solté mi miembro al tiempo que ella le abría la puerta.
—Mira, tengo esto —escuché decir a Belén, si bien desde mi posición no podía verla.
—Justo te iba a pedir… porque creo que aquí no tengo nada. Que me lo había llevado todo —le decía mi mujer.
—Ya, ya. Por eso te he traído.
—A ver.
—Nada, esto —decía Belén, y yo escuchaba el sonido inconfundible de una bolsa de cartón agitarse —Esto… unos shorts, una camiseta y estos bikinis… que igual de arriba te irán pequeños.
—Bueno, me apaño. Gracias. No te preocupes —le respondía mi mujer, y después se despedían.
Ana cerró la puerta y vino hasta la cama donde yo no me había movido un ápice. Hizo a un lado su americana, abrió la bolsa, y posó sobre el espacio que dejaban mis piernas unas chanclas, unos shorts vaqueros, una camiseta fucsia, y unos bikinis azul marino y negro.
—Pues yo la vi maja —dije mientras ella observaba la ropa.
—Sí, ahora sí. Maja… y bien empitonada, por cierto.
—¿Sí?
—Sí. Ahí te doy la razón. Antes no me había fijado.
—Eso es que Albert la tiene a tope —tanteé.
—Ya, venga vístete —dijo, y miró la hora.
—¿No te ibas a duchar?
—No sé… —dudaba ella, de pie, al lado de la cama.
Yo me puse entonces en pie. Y no me avergoncé de mi erección. Mi miembro caía pesado e hinchado. Ella dudaba si ducharse o no, y yo dudaba si atacarla o no.
Me ubiqué frente a ella y vi en seguida que sí había bragas, pero que no había sujetador, pues su camisa no podía ocultar dos prominencias puntiagudas que coronaban sus pechos y marcaban la tela.
Me acerqué más. Cara a cara. Dejando que mi miembro, que crecía por su culpa, y que apuntaba casi al frente, topara con su cuerpo, en una provocación medida.
—No paras, eh… —susurró, graciosa, y yo llevé una de mis manos a su mejilla, y ella agradeció la caricia, torciendo el rostro hacia esa mano.
Y yo, envalentonado por su aceptación y excitado por aquellos pezones, llevé mi otra mano allí, y acaricié sutilmente aquel pecho, sobre su camisa, con una delicadeza extrema… y sentí su pezón en mi dedo pulgar… y hacía por endurecerlo, y ella apoyaba su rostro en mi mano, y nos mirábamos…
—¿Cómo estaba de empitonada Belén…? —susurré.
—Qué bobo eres… —musitó, achinando los ojos.
—¿Estaba así de empitonada o más? —preguntaba y apartaba mi mano de aquel pecho, y comprobaba que aquel pezón asomaba como un cristal puntiagudo, excitado, femenino, sexual… forzando la tela azul.
—Más… —respondió Ana.
—Es que este Albert… —dije, llevando mi mano entonces a su otro pecho.
—Qué…
—Que está bueno, ¿no? —le preguntaba mientras sobaba su otra teta sobre la camisa, sin centrarme tanto en el pezón como en acariciar toda aquella extensión, contundente en tamaño, lo cual hacía que cayese un poco, lo justo, pero que repuntaba hacia arriba de forma espléndida y vivaz; y tersa y suave de tacto.
—Que está… bueno… —ronroneaba— pues como todos los novios de Lucía.
—Este más.
—¿Quieres que te diga que sí…? —sonrió, siguiéndome el juego, por primera vez, pues nunca habíamos jugado a algo similar.
Yo la besé entonces. Sentí sus labios húmedos, carnosos… y estiraba su labio inferior al tiempo que me hacía con una de sus manos y la guiaba para que sujetase mi miembro. Y ella, al notar aquel tronco duro, lo agarró y su lengua despertó, vibró, y nos besamos, de forma casi soez. Y yo apreté su teta y ella apretó mi polla… Y nuestras lenguas jugaban… y después ella, sin soltar mi polla y sintiendo su teta agarrada, pegó su mejilla a la mía, y susurró en mi oído:
—Sí… Está muy bueno… Es un crío… pero está muy bueno.
—¡Ana! —se escuchó entonces, al otro lado de la puerta.
Nos separamos al instante, como dos adolescentes pillados in fraganti. Mi polla dura y lagrimeante. Los pezones de Ana marcando la camisa. Sus mejillas sonrojadísimas. Sus ojos como platos.
—Mierda… —susurró ella, al tiempo que yo maldecía el oportunismo de Belén.
—¡Ana! —insistía mi cuñada y mi mujer se aclaraba la voz y caminaba un par de pasos hacia la puerta.
—¿Qué? ¡Dime!
—¿Te va bien la ropa? ¿Te sirve?
—¡Sí! ¿Sí!
—¿Los bikinis también? ¿Seguro?
—Mmm… ¡Sí! ¡Gracias! —gritaba mi mujer, contenida, allí, en medio del dormitorio, a la misma distancia de aquella puerta cerrada que de mí, que, desnudo y con mi miembro apuntando a una Ana que me daba la espalda, suspiraba porque mi cuñada se marchara cuanto antes.
—¡Oye! —insistía Belén— ¡Vamos David y yo a la playa! ¿Venís?
Ana se volteó entonces hacia mí. Y miró a mi miembro tan duro como desvergonzado, y después a mi cabeza, que negaba con vehemencia.
—Mmm… ¡Igual en un rato! —le decía mi mujer, volviendo a voltearse hacia la puerta—. ¿A cual vais?
—¡A la pequeña!
—¡Vale! ¡Quizás vamos!
—Venga. Vale. ¡Oye! —insistía una Belén que pareciera que lo hacía a propósito.
—¿Qué? ¡Dime!
—Que Luci también se viene. ¡Albert se queda en la piscina! ¡Que el chico ni que se hubiera comprado un bono!
—¿Qué? —replicaba Ana.
—¡Nada, que Albert se queda en la piscina, pero Luci se viene!
—Ya. ¡Vale! ¡Casi seguro vamos a la playa en seguida!
—¡Valee! —respondía Belén, y por fin parecía que se iba.
Ana se giró entonces. Y me vio. Plantado, en el medio del dormitorio, completamente desnudo, y agarrado a mi miembro.
—Madre mía… Sergio… Cómo estás… eh.
—Qué…
—Y además te veo venir —dijo, acercándose hacia mí. Y si quería que yo me relajara no hacía bien en acercarse así, ofreciéndome la visión de sus pechos botando libres bajo su camisa.
—¿Qué ves venir?
—Veo venir que no voy a ir a la piscina… a mamonear con el novio de Lucía —dijo, verbalizando algo que estaba en mi mente, pero como algo no tan claro como ella pudiera pensar. De hecho no había pensado realmente en proponérselo.
—¿Por qué no?
—¿En serio eso te pondría? —preguntó, y se llevó las manos a la melena, atusándosela, como en una provocación cínicamente involuntaria, o eso me parecía a mí. Y no nos tocábamos, a pesar de la corta distancia, y a pesar de la tentación que mi miembro pudiera ocasionarle, ni a pesar de la tentación que sus pechos y pezones me producían.
—No sé si me pondría. Pero desde luego no lo descarto.
—Y yo que creía que venía aquí a… cómo era eso… de… desnudarme… y besarme en los lunares…
—Eso después.
—¿Después de qué? —preguntó altiva— Es que no entiendo… te pone de golpe fantasear con Albert y conmigo… te ponen… cómo era… “las tetas saliendo por los lados del bañador de Belén…”
—Ya… No te niego que un poco de lío sí que tengo…
—Pues déjate de líos, anda…
—Ya…
—Pues eso. Y solo te puedo poner yo. Y ya está —dijo entonces, sorprendiéndome un poco, y gustándose, de una forma un tanto exagerada.
Y después se volteó, y se encaminaba al aseo, mientras decía:
—Me ducho en un minuto y vamos a la playa. Venga, guárdate eso y ponte un bañador.
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- Relato #219662— title-regex: contiguous parts (6 -> 7)
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