La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 6)
La casa está llena de ruido, pero el silencio entre los muros grita más fuerte. Cuando la ventana se convierte en un escenario y la ropa se vuelve innecesaria, el narrador descubre que la tentación no llega de su esposa, sino de quien nunca imaginó que miraría.
CAPÍTULO 6
Miércoles, 4 de agosto.
09:24 de la mañana.
Bajar a desayunar en aquella casa siempre conllevaba un componente de intriga e incertidumbre. Tanto te podías encontrar con una mesa llena de gente, untando mantequillas y pescando cereales, como la más absoluta soledad, o incluso, alguna vez, a algún desconocido, alguien al que saludabas aún medio dormido y ni siquiera le preguntabas el nombre ni la causa.
Esa mañana, la mesa alargada de madera, que ocupaba una estancia de acceso al jardín a través de ventanales de puerta corredera, estaba bastante ocupada, pues de los cinco que éramos aquellos días solo faltaba Belén.
—¿Salimos hoy? —preguntó mi cuñado nada más verme y refiriéndose al velero. Mientras, yo miraba con desconfianza a la jarra de café, y confirmaba en seguida que me tocaba a mí hacer más.
—No, iré al pueblo. Acabo de escribirle a… un amigo… para tomar algo en el puerto —le respondí, pudiendo haberle ofrecido que se uniera, pues era un conocido común, pero necesitaba oxigenarme.
Se oía la televisión de fondo, sonido que partía del salón contiguo, lo justo como para saber que estaban con un programa de política; y yo podía sentir que David, siempre con oídos en todas partes, estaba medio con nosotros medio con la televisión.
Una vez conseguí todo lo necesario para accionar la cafetera me volteé y revisé la mesa: la joven pareja desayunando, retraída, uno al lado del otro. Lucía, en camiseta y con un pantalón cortísimo, revisando el teléfono, que posaba sobre la mesa, mientras finiquitaba una tostada. Albert, tan solo vestido con un bañador, se ocultaba tras un bol de cereales. Frente a ellos un David, grande, con una taza contundente de café, les miraba, y se le veía inquieto, como si necesitara que alguien le diera conversación.
Hizo un carraspeo entonces. Miró hacia el salón, como si por hacerlo pudiera escuchar mejor, y después volvió su mirada a los chicos y dijo:
—¿Tú a quién votas, Alberto? Votas ya, ¿no?
El chico levantó la vista de su desayuno, suplicando inconscientemente, con sus ojos, que la tortura no durara mucho. Y después susurró:
—No… No me interesa mucho.
—Voy a ducharme y vamos —dijo Lucía entonces, levantándose y con evidentes ganas de escapar de su cuñado.
—¿Vais a la playa? —preguntó precisamente David.
—Sí —respondió ella, seca, yéndose, y llevando los restos de su desayuno a la cocina.
—No te interesa la política entonces —insistía aquel hombre corpulento, mientras se escuchaba cómo Lucía se perdía escaleras arriba, dejando a su novio solo ante el peligro.
—No —apuraba sus últimos cereales Albert, que apenas levantaba la cabeza. Y yo, de pie, les miraba a veces y a veces miraba cómo caía el café, o miraba por la cristalera, comprobando que el cielo estaba aún bastante nublado.
—A ver. Igual es que no tienes ni puta idea. En ese caso mejor que no votes —provocó David —. Siempre he dicho que deberían hacer un test de inteligencia y uno de cultura general para poder votar. ¿No crees?
Albert tragó saliva. Yo me volteé y volví a mirarles.
—Sí, no sé. Puede ser —respondía él, sin darle cuerda, y se llevaba la cuchara a la boca, pero no podía disimular que se tensaba.
Pero mi cuñado no se detenía:
—Oye, mañana cuando bajes a desayunar, o a comer… pero dentro de la casa… estate con la camiseta puesta, eh. Que ya sabemos que tienes un cuerpo cojonudo, yo también lo tenía, pero si me veía mi querida suegra sin camiseta me metía una hostia.
—Sí, vale perdón —se incomodaba de manera tremenda el pobre crío.
—Entonces no tienes idea de política, ¿tienes idea de algo?
—Bueno. Ya. David —protesté.
—Qué. Tenemos que conocernos. ¿A qué te dedicas? ¿De qué vives?
—Estudio.
—¿Qué estudias?
—Un ciclo.
—¿Qué ciclo? ¿El ciclo de la vida?
—Venga, David. No jodas más —dije y Albert aprovechó mi auxilio y se puso en pie, cabizbajo. Y después se llevaba el bol a la cocina.
Se hizo un silencio. Si el chico era listo no volvería al comedor, subiría directamente las escaleras sin mayor despedida, como había hecho Lucía.
—¿Se puede saber qué coño te pasa? —le espeté, exagerando un poco mi desaprobación.
—Me pasa que quiero ser un gilipollas para él.
—Joder, pues lo estás clavando —le dije, volviendo mi mirada a un café que en seguida me podría servir.
—¿Sabes para qué? —preguntó.
—Sorpréndeme.
—Para que se folle a Belén con más ganas —zanjó mi cuñado.
Miércoles, 4 de agosto.
16:22 de la tarde.
Me obligué a no darle ni media vuelta a las locuras de David. Pero sentía que no tenía la suerte de Ana. Pues yo no lo odiaba. Ni siquiera conseguía que me cayera mal. Era como era, y a mí, locuras mediante, no me producía rechazo.
Había disfrutado enormemente de mi mañana en el pueblo. A mi conocido se habían unido sus primos. Habíamos tomado unas cervezas. Uno de ellos me había enseñado su pequeña chalana. Comimos en una tasca familiar. Me presentaron a su encantadora cocinera la cual me había hablado de Ana: “Me acuerdo de cuando era así”, me había dicho poniendo su mano a un metro del suelo.
Después me senté en una terraza, solo, a tomar café, y cogí mi teléfono y conseguí que un monitor de campamento me pasara con mi hijo, el cual, casi siempre cariñoso, sentí inquieto y con prisa; apenas se había extendido en contarme demasiado pues al parecer sus amigos le esperaban. Sentí entonces que su adolescencia se acercaba hacia su madre y hacia mí como un tren imparable.
El día estaba caluroso, pesado y húmedo. Parecía que iba a romper en tormenta en cualquier momento. Y yo llegaba a mi dormitorio con el anhelo de echarme una buena siesta. Me desnudé para meterme en la cama y revisé mi teléfono antes de disponerme a dormir, y vi que Ana me había escrito. Le dije que había hablado con Javier, nuestro hijo, y después me puse a pensar en él, pero en él vinculado a lo que me había dicho David. Si bien no tenía duda de que Javi era lo mejor que nos había pasado en nuestra vida, no dejaba de ser cierto que aquella… lujuria… aquella… locura de inicio de relación, había durado demasiado poco.
Desnudo. Boca arriba. Recordé aquellos inicios. Ana era, y es, una mujer que llama la atención. Por tener unos rasgos tan marcados, por ser tan mujer, atractiva, por su lenguaje corporal, por su forma de ser, por su forma de llevar con tanta personalidad desde la ropa más informal hasta la más elegante. Y aquel pensamiento me llevó a cuando llevábamos unas semanas de novios, y ella había encontrado trabajo en una consultoría; no éramos más que unos críos de veinticuatro años, y yo la había acompañado a comprar ropa un poco más formal para sus primeros días de trabajo… y habíamos acabado follando en los probadores de un Centro Comercial.
Pensé que quizás aquello había sido nuestra última y casi única locura. Y habían pasado más de diez años.
Miércoles, 4 de agosto.
17:01 de la tarde.
Tumbado sobre la cama. Mirando al techo. No conseguía dormir. Quizás no tuviera el sueño necesario, o el café de sobremesa no había sido buena idea. Lo cierto era que tampoco ayudaba el hecho de escuchar de fondo la voz de David, y de forma más tenue la de Lucía, los cuales ubicaba en la piscina o en el jardín.
No descartaba seguir intentando conciliar el sueño, pero tuve la necesidad de saber qué estaban haciendo, como un perro pastor aletargado, pero observando de tanto en cuando a su rebaño.
Completamente desnudo, me puse en pie sabedor de que aunque me vieran desde fuera no verían nada relevante, pues la ventana se encontraba a la altura de mi vientre. Así es que descorrí ligeramente la cortina, cual vecino cotilla, y primero observé con calma, y después llegué a degustar el placer de ver algo que me costaba entender que estuviera sucediendo.
Y lo que me sorprendía no era ver a David a remojo, con su vello corporal cubriendo pecho y espalda, ni siquiera que Lucía aceptara su compañía, cosa no demasiado común, sino lo que sucedía más allá, en el jardín.
Vi instalada la red desmontable de bádminton, a la cual le dábamos bastante uso cada verano, y allí jugaban Albert y Belén. Y no era el juego en sí, sino… algo, que de nuevo podía ser todo o nada: las medias sonrisas, la tontería en la discusión de si la pluma caía dentro o fuera, el cuerpo mojado de un Albert que vestía tan solo un bañador, el lenguaje corporal incitador de una Belén que llevaba puesta una camiseta blanca, sin mangas, y que llevaría braga de bikini, pero desde luego, y claramente, no la parte de arriba.
Aquella mujer, casada, otrora formal y prudente, y que superaba los cuarenta, decía acalorada: “¡doce, ocho!”, indicando un marcador, pero lo que se marcaba realmente allí eran sus pezones y sus pechos bajo la camiseta de algodón; y Albert, liberado por tener a David suficientemente lejos, flirteaba y exageraba sus golpes de revés, sin perder detalle de aquel cuerpo, de aquella mujer, también con el pelo mojado, que permitía la visión de sus tetas agitarse libres cada vez que devolvía un saque, o cada vez que se agachaba a recoger la pluma. Yo, pasmado por el descaro, sentí precisamente el impacto de ver esa caída de pechos libres en un momento en el que ella se agachó con especial exhibicionismo, y un impacto aún mayor, cuando ella alzó la mirada y me vio.
Me aparté inmediatamente de la ventana. Y tras hacerlo me maldije: “¿Por qué?”,“¿por qué lo había hecho?”. Yo no estaba haciendo nada. La infractora era ella…
Y me volví a la cama, molesto, conmigo mismo, y sobre todo con ellos. Y pensé, ya no tenía duda, que Belén estaba en el ajo. Aquella mirada, tan directa hacia mi ventana, me revelaba que ella también estaba jugando conmigo.
—Están pirados. Los dos —me dije, e intenté dormirme de una vez.
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