La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 5)
La pared del dormitorio es fina y los susurros son nítidos. Sergio sabe que no debería escuchar, pero la curiosidad y el deseo se mezclan en una fantasía prohibida que decide enviarle a su esposa. ¿Qué pasará cuando Ana lea lo que él imaginó?
CAPÍTULO 5
Miércoles, 4 de agosto.
00:17 de la noche.
Me resistía a semejante locura. No pegaría la oreja a aquella puerta. No pegaría la oreja a la pared desde mi dormitorio. Eso me decía a mí mismo mientras subía los escalones hasta la primera planta.
Llegaba al pasillo. La penumbra. Y el silencio. No podía ser. Con Lucía en su habitación. Con David en el salón. Belén, la seria, la juiciosa, el contrapeso de su delirante marido. Imposible.
Entré en mi dormitorio. Chasquidos por mis pisadas sobre la madera. Encendí la bombilla torcida de la lámpara que presidía la mesilla. La brisa hacía ondear ligeramente la cortina.
Me tumbé en la cama y cogí mi teléfono móvil. Quería contárselo todo a Ana, dudé en coger el ordenador, pero me daba pereza escribir todo aquello. Y además escribir qué. Me diría que no había pasado nada, o que me estaban tomando el pelo. Y aquello era fundamentalmente lo que pensaba yo, que se habían compinchado para reírse de mí, para entretenerse. Y pensé que Belén, profesora de secundaria y que llevaba más de un mes ya allí, estaría aburrida y habría accedido por una vez a compartir tontería con David. Era cierto que siempre había sido más bien víctima, y además la veía demasiado madura como para entrar en aquel juego, pero su participación activa me hacía pensar que esta vez no podía ser solo obra de mi cuñado.
Mientras pensaba aquello me daba cuenta de que estaba haciendo esfuerzos por no hacer ruido; en el fondo quería saber, quería escuchar. Era absurdo, pero petrificado sobre la cama ni me movía por si algún sonido traspasaba la pared que tenía en frente.
Pero no. Silencio absoluto. Así es que tragué saliva y tecleé en mi teléfono:
—Vente mañana. Aunque solo sea para cenar y dormir.
Le escribí aquello a mi mujer, sin saber bien por qué, y sabía que era realmente absurdo, que trabajando hasta las ocho de la tarde y estando a dos horas de carretera era demasiado pedir. Sabía que no tenía sentido, pero se me hacía una montaña tener que esperar aún dos o tres días. Tampoco sabía si la requería para contarle aquello en persona, por mera necesidad de verla, o por otro tema más físico, netamente sexual, indudablemente encendido por el show de Belén.
Daba por hecho que no me respondería hasta la mañana siguiente, que ya dormiría, pero entonces la pantalla de mi teléfono se iluminó. Y aquella buena nueva se solapó en seguida con una mala, si bien lógica noticia: Ana me respondía que aquello era una locura, que llegaría tardísimo y que después tendría un madrugón terrible para volver al trabajo el jueves por la mañana.
—¿No le puedes pedir a Luís que te cubra? —insistí, si bien con escasa fe.
—¿En agosto? Imposible. Que no, Sergio. Intentaré ir el jueves.
Yo dudaba en qué decirle, si despedirme, insistir o aprovechar su desvele para adelantarle algo de lo que acababa de vivir. Y entonces recibí otra mensaje suyo:
—Además, ¿por qué tanta prisa? ¿No querías desconectar de todo… estar solo… etc?
—Pues estoy un poco aburrido aquí la verdad. No hacer nada no es tan divertido.
—Vete al pueblo mañana. Allí conoces gente del verano pasado.
Me quedé pensando. Era verdad que allí tenía un par de conocidos con los que podría entretenerme. Y lo cierto era que, sobre todo, no me venía mal desconectar un poco de mi cuñado.
Finalmente no la entretuve más. Nos despedimos y estando boca arriba y mirando hacia el techo, escuché el sonido de la puerta del dormitorio de Belén, y después el sonido de unos cuchicheos: las voces leves pero nítidas de mi cuñada y de Albert. Y me preguntaba cómo era posible… y qué podrían llevar haciendo diez o quince minutos allí. Y, mientras les escuchaba y los ubicaba bajo el marco de la puerta del dormitorio de ella, casi al lado de mi puerta, me vino de golpe la imagen del bañador de Belén, de ella allí, embutida, espléndida, asomando su teta, más blanca que el resto de su cuerpo, por el lateral, marcando también pezón a través de la elástica tela rosácea, y recordé su culo duro subiendo por la escalerilla de la piscina. Y, sin sentirme a gusto por ello, si bien tampoco culpable, me excité.
Y entonces un impulso me hizo bajar un poco mi bañador hasta la mitad de mis muslos. Y ese sonido se amontonó con el de una puerta cerrarse. Y después oí pasos. Y yo agarraba mi miembro, el cual ni duro ni blando no objetaba el manoseo, al tiempo que escuchaba ruido proveniente de las escaleras, y yo deducía que Albert descendía por ellas.
Aquello, el todo o la nada, seguramente la nada, finalizaba, pero yo quería que aquella tensión durase un poco más, así es que comencé a masturbarme, como si yo tuviera el poder y la competencia para cerrar aquella locura, aquella trampa o aquella ilusión. Y mi mente voló a la piscina. Y de pronto en mi imaginación Belén tonteaba con Albert. Y David no existía. Y Ana aparecía. Se acercaba a mí y yo la recibía, de pie, frente a aquella piscina en la que Albert se aventuraba a besar a Belén. Y ella aceptaba el beso, pero yo no me alteraba, simplemente disfrutaba al ver sus lenguas volar, y abrazarse, y juntarse, con el agua cubriendo hasta sus cuellos. Y Ana también les miraba, y cuando Belén se subía al chico y le rodeaba con sus piernas, mi mujer se encendía, me lo reconocía, y me besaba. Y tras el beso les criticaba, y me decía que su hermana era una guarra, que estaba casada y aún así se quería follar al crío… además novio de su otra hermana; y me pedía que me tumbase sobre la hierba. Y mi paja se aceleraba cuando imaginé a mi mujer, desnuda, montándome, pero dándome la espalda a mí, y frente a ellos… como enseñándoles que sus juegos de críos era romos y leves, que follar, el sexo, era lo que ella sabía hacer, que la sexualidad, la belleza, era ella, follándome.
Y me seguía masturbando, pero tuve la lucidez y el autocontrol como para posponer mi orgasmo, y con mi miembro durísimo, grande, goteando y cayendo pesado sobre mi vientre, lo escribí. Tecleé excitado, tembloroso, y le narré aquella fantasía a mi mujer, y se lo envié, sabedor de que ella no lo leería hasta el día siguiente. Y después sí, mientras lo leía, lo releía y lo imaginaba, me corrí.
Un estropicio en mi abdomen, gotas blancas que descendían queriendo manchar la cama. Yo intentando solucionar el desastre, yendo hasta el aseo que afortunadamente anexaba con el dormitorio. Después me di una ducha rápida, cogí aire, y resoplé, sintiendo que ese resoplido sí marcaba el fin de todo. Y reparé en algo que nunca había reparado, y era que me encantaba masturbarme pensando en Ana, que siempre era más placentero que con cualquier mujer imaginaria, conocida o video de internet.
Y después volví a la cama, revisé mi teléfono y vi que Ana me había escrito. Y algo me subió por el cuerpo. Otra vez. Y leí:
—Vaya, cómo estamos, ¿no? Ya veo yo porque quieres visita…
—Jaja… que no. No es eso —respondí.
—Es que lo veo imposible, Sergio. A ver si el jueves.
—Que sí, que sí. No te preocupes —le escribía yo, si bien en el fondo quería que ella me contase qué le había parecido la fantasía que le había escrito.
—Valee… Pues un beso —recibí en mi teléfono, y me frustré un poco.
—Un beso —le respondí.
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