La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 4)
Desde la sombra de la noche, la mirada del narrador se clava en la piscina donde la discreción se quema. No es solo una infidelidad; es un espectáculo calculado donde cada susurro es una invitación y cada gesto, una provocación. ¿Qué secretos se cocinan tras la cortina del dormitorio mientras el mundo duerme?
CAPÍTULO 4
Belén. Seria. Sobria. Incluso fría en muchas ocasiones. Quizás fuera por eso que aquello no me encajaba. Si bien, en esencia, en hechos, realmente nada especial sucedía: una mujer que decidía bajar a darse un baño en su piscina antes de dormir. Pero era sobre todo su lenguaje gestual lo que me decía que algo ocurría.
Terminó por captar la atención de Albert, el cual detuvo sus brazadas, y Belén descendió hasta que el agua le cubrió hasta la altura del pecho, exclamando un “qué fría…” y algo más, que desde la distancia no alcancé a comprender.
Y comenzaron a hablar, uno frente al otro, en susurros y como si no estuviéramos. Y yo esperaba la frase de David, el regodeo de que todo iba según él me había anunciado, y el ataque a mi falta de fe, pero no decía nada, se mantenía tan expectante como yo.
Una leve frase de ella. Un leve cuchicheo de él. Los pechos a remojo de ella, transparentando el bañador. La espalda limpia, joven y empapada de él. Y de golpe un movimiento, exagerado, de Belén, doblando su torso y mojándose el pelo, la cabeza, para después volver a la posición vertical, frente a él, pero con el pelo empapado y echado atrás, y con los pezones duros y hacia adelante.
Tragué saliva. Lo veíamos con suficiente nitidez. Comenzaba a ser escandaloso. Nunca había visto a Belén de aquella manera, tan sexual. Era atractiva, siempre lo había sido, pero nunca me había fijado en ella así, no de aquel modo. Fugazmente se cruzó en mi mente su cara, su gesto, alterado… por un hombre. Mi cuñada se exhibía y yo me la imaginé… gritando un orgasmo… sudada, con la boca entre abierta… follada… Y por primera vez sentí una súbita erección que la tenía a ella como causante.
David se recolocó en la silla, quizás inquieto, y al instante Albert se acercó más a su mujer, y yo pensé que quizás el chico no era tan inocente.
Y yo estaba dividido en tres. Primero pensaba que quizás no estaba sucediendo allí absolutamente nada. En segundo lugar pensaba que quizás mi cuñado me había contado toda la verdad. Y en tercer lugar pensaba que quizás una Belén aburrida se había compinchado por una vez con su marido para tomarme el pelo.
—Mira, mira… —susurró entonces David, y yo los vi, pegados, pegadísimos. Con sus rostros frente a frente, y con sus manos bajo el agua. Y no podía saber qué pasaba. Y ella le dijo entonces algo en el oído, y yo intentaba entender aquel susurro, y llegué a pensar para mis adentros: “¿Y si le está diciendo que tiene vía libre? ¿Y si le ha susurrado que es toda suya si él quiere?”.
Y él, llamativo, rubio, esculpido, no retrocedía. También la buscaba. En frases esbozadas casi labio con labio. No era el acoso de una mujer madura a un chico joven. Era un flirteo mutuo. Una tensión agobiante.
Y de golpe ella se apartó un poco, y miró hacia abajo, con descaro, y David susurró:
—Lo tiene empalmado como a un burro…
Y mi cuñado, por una vez, no lo decía como chascarrillo, sino con una agitación soterrada.
Y otra vez un contoneo de Belén. Y después algo en el oído de él. Y después se apartó de nuevo. Y después buscó la escalerilla para salir. Y yo esperaba la queja de mi cuñado, pero no dijo nada.
Albert se quedaba solo en la piscina, y yo pensaba que aquello quedaría así, pero el chico demostró de nuevo que no era de esos que desaprovechan oportunidades, así es que salió en seguida y con rapidez, siempre como si David y yo no existiéramos, y se acercó a su toalla, y se la ofreció a Belén.
—Espabilado el chico… —susurraba de nuevo mi cuñado, mientras su mujer se secaba las piernas, los pechos, el pelo… y le devolvía la toalla a Albert, el cual se secaba también y le decía algo, y después entraban juntos en la casa.
—Joder… —musité yo.
—Qué —dijo David, y bebió, tenso, de una copa que era solo hielo.
Me quedé en silencio. Nadie hablaba. Allí, quietos. Yo aún impactado. Me repetía cómo era aquello posible y me repetía que aquello se lo tenía que contar urgentemente a Ana. Y en esas cavilaciones estaba cuando vi con claridad cómo se encendía la luz de la ventana del dormitorio de Belén.
—No jodas… ¿En serio? —dije, girando mi rostro hacia mi cuñado.
—Nah. Hoy no follan. Se lo está cocinando. Hay que pensar en Lucía también.
—¿Lucía? ¿Cocinando? Yo creo que ya está cocinado —susurré, sobrepasado, al tiempo que me pareció ver no una, sino dos sombras pasando al trasluz de la cortina de la habitación de Belén.
—¿Qué? ¿Ya me crees? —sonrió, mientras me sorprendía y se ponía en pie, grande, torpe, algo afectado por el alcohol —. Voy a tomarme la última dentro.
—¿En el salón? —pregunté.
—Sí, ¿vienes?
—No, no. Me voy a dormir ya —dije, y él siguió su camino, errante, pesado, asomando una ligera barriga bajo su camiseta gris.
Y bordeaba aquella piscina, y entraba en la casa, por la puerta del salón, y parecía absolutamente seguro de que no habría función alguna en el piso de arriba.
Yo, sin embargo, necesitaba saber qué estaba sucediendo en aquel dormitorio.
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