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La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 3)

David no deja de hablar. Dice que su esposa lo engaña, que Belén lo mira con hambre, que el deseo crece con la humillación. Sergio escucha, duda y observa, mientras la noche se calienta y las miradas se cruzan en la oscuridad.

Tanatos128K vistas8.3· 13 votos

CAPÍTULO 3

Martes, 3 de agosto.

01:52 de la madrugada.

Me asomé a la ventana de aquel dormitorio en el que recordaba haber morado algún otro verano tiempo atrás; en otros, había caído en los de la otra parte de la casa. Y desde aquella primera planta veía las dos sillas de playa, sobre la hierba, ahora vacías. Como vacío estaba el césped que se extendía hasta unos cuarenta metros más atrás, dibujando una finca holgada y rectangular. Y vacía estaba ya la piscina, pues Albert y Lucía se habían ido a acostar, y David ahora estaría ocupando todo el sofá, y todo el salón, con su presencia y corpulencia, y estaría viendo lo que él solía llamar “pelea” o “velada”, según se quisiera sentir más o menos purista.

Apenas corrí un poco las cortinas, no sin antes abrir ligeramente la ventana, pues quería pasar la noche así, sintiendo la brisa y escuchando las ramas de las árboles agitándose por el tímido viento de verano; era un placer que compensaba la desdicha de ser despertado por la luz y por el cántico machacante de las tórtolas que me esperarían a la mañana siguiente.

Pero el silencio hacia dentro, en la casa, era absoluto. En la habitación contigua una Belén que dormía. Encima el desván. Debajo la cocina. El resto de dormitorios dispersos por la planta baja y por otras partes del pasillo, en una suerte de caos, en la que uno no sabía casi de quién era cada dormitorio, y mucho menos el origen de cada mueble, de cada cama, de cada jarrón, de cada cuadro, en un compendio de retales en los que nada encajaba, pero a la vez todo lo hacía.

Me tumbé en la cama y cogí mi teléfono, sabedor de que quería y debía responder el mensaje de Ana, pero lo que me rondaba en la cabeza no era la creatividad necesaria para la respuesta de amor, sino la confesión sexual de mi cuñado. Tanto era así que dudé en informar de lo segundo y dejar para el día siguiente lo primero.

Pero qué decir. Además era un secreto. Y seguramente ni siquiera fuera cierto del todo… si bien comenzaba a tener un pálpito de que al menos algo tenía que haber de verdad.

Finalmente le escribí a mi mujer un párrafo elaborado, meritorio teniendo en cuenta mi cansancio, en el que le describía el por qué de mi amor por ella, basado en momentos casuales, y rematé escribiendo algo que me hizo sentir cierto bochorno y vergüenza, mencionando las ganas que tenía de que estuviera conmigo en aquella cama, desnuda, y relajada, para así yo poder contar sus lunares, posando un beso en cada uno de ellos, hasta que se quedara dormida.

Martes, 3 de agosto.

02:28 de la madrugada.

No era la primera vez que me sucedía, y lo achacaba al pensamiento, quizás absurdo, de estar demasiado cansado como para poder dormir. Pero en el fondo sabía que había muchas posibilidades de que esta vez fuera diferente, y que la causa no fuera el cansancio, sino el barrunte.

Opté por sacarme aquello de encima, así es que extraje el ordenador portátil de la maleta y desde la propia cama le escribí a Ana un correo electrónico, cosa que no era infrecuente entre nosotros.

Así todos ganábamos: habría el mensaje bonito en su teléfono, para gracia de los dos, y tendría información de lo sucedido con David, para desahogo mío y quién sabe si perplejidad, sorna o directamente incredulidad suya.

Quise disimular, no me sentía a gusto del todo con aquel tema, así es que adorné la confesión nuclear con una descripción, a modo cotilleo, de Albert, y después le conté cómo había visto a Lucía y a Belén, para después sí, y con todas las letras, narrar la confesión de David.

Martes, 3 de agosto.

11:22 de la mañana.

Efectivamente un mar tranquilo había permitido que David y yo pudiéramos salir con el velero de nuestros suegros. Unos suegros que siempre iban al revés de todo el mundo, buscando la ciudad en verano y el pueblo en invierno.

Mi cuñado, yendo de un lado a otro del barco, como si aquel pequeño navío necesitara la atención de un galeón para mantener el rumbo, me contaba sobre la velada; al parecer en el combate estrella de la noche un boxeador le había pegado sin querer un cabezazo al otro, le había abierto la ceja y se había suspendido la pelea.

—Lo estaba matando con el jab. Y el muy idiota cabeceando como una cabra montesa hasta que la acabó jodiendo. Y lo tenía ganado —repetía David, indignadísimo.

Yo le escuchaba mientras me tomaba una cerveza y dejaba que la brisa del mar golpease la piel de una cara que necesitaba color. Y él se enfrascaba en sus tres aficiones: la vela, el boxeo y la cháchara, mientras yo sentía en el bolsillo de mi bañador que alguien me requería, y en seguida pude comprobar que Ana me había escrito.

Pensé que respondería a mi mensaje meloso, que de responder a lo de David lo haría por email. Pero tras mi línea ñoña sobre sus lunares apareció escrito:

—¡Pero si es un farsante! No le creas nada a ese idiota. Vamos, es que ni de coña Belén hace eso.

Tras su frase un emoticono que yo no usaba jamás, pero que era común en ella: el de una cara sonriente, pero boca abajo.

—¿No se lo habrás contado a Ana? —me sorprendió de golpe David, casi como si tuviera súper poderes.

—¿El qué? —dije apartando el teléfono, mientras él pasaba por delante de mí y se iba hacia la proa.

—Coño pues mi añito con Belén. Por cierto. Hoy los pillé en la cocina.

—¿A quiénes?

—A Alberto y a Belén. Desayunando… Belén es la hostia. Te juro que no le dije nada más. Que ni le saqué el tema. Pero la cabrona parece que lo había consultado con la almohada y vamos, que lo tiene claro.

Me quedé un instante en silencio. El hecho de que hubiera sacado el tema tan repentinamente, y sobrio, me hacía sospechar que Ana estaba en lo cierto y que era todo una tomadura de pelo.

David se hizo entonces con una cerveza, se sentó a mi lado, y yo temí que echara más leña al fuego en su intento de captar mi atención. Para mi desgracia en seguida comprobé que no iba desencaminado:

—Sergio, tú sabes lo que es que un maromo… un cretinazo muchas veces, que nos caiga bien es lo de menos… Tú sabes lo que es que un tío se folle a tu mujer en toda tu cara…

—Mmm… Pues no. Y tampoco te creas que me atrae… un evento semejante —respondí, más escéptico que afectado por el grosor de sus palabras.

—Nah, no tienes ni idea. Qué vas a saber. ¿Y sabes lo curioso? —decía y bebía en tragos cortos, y a veces negaba con la cabeza y achinaba los ojos, como si reviviera momentos —que la quieres más en ese momento… que… que nunca. O sea. Imagínate el momento en el que más has querido a Ana.

—Vale —respondí comenzando a sentirme ya un poco incómodo.

—Vale, no. Párate y piénsalo un poco —me atosigaba, sentado a mi lado.

—Está bien, está bien… —dije desganado—. Es que hay muchos.

—Pues bien por ti. Vamos, piensa —dijo y dio un trago largo a su botellín.

—Vale. Lo tengo —dije rememorando un viaje que habíamos hecho a los Pirineos, con una autocaravana, y la recordé de pie, de espaldas a mí, frente a un lago, y el sentimiento de amor que me había embriagado en aquel momento.

—¿Lo tienes? ¿Seguro?

—Sí.

—Vale, pues lo que la querrías mientras ves cómo un tío se la mete es el triple.

Tras escuchar aquello no sabía si reírme, tirarme por la borda, o tirarlo a él. Pero mi cuñado no se reía, y yo alucinaba con que aquella frase le hubiera podido sonar siquiera medianamente seria.

Bebí de mi cerveza. Él también. Y a pesar de la incomodidad por sus palabras algo me atraía de su conversación, como una curiosidad infundada, pues no le creía, pero aún así le pregunté:

—¿Pero por qué la iba a querer más por eso? Es que no tiene puto sentido.

—Yo qué sé, pero es así —respondía, mirando a la nada, como si su confesión comprendiera esencialmente un desahogo.

—Además, ella no lo hace como un favor a ti. Deduzco que lo disfruta —proseguí.

—Qué dices de favores. Una relación no consiste en dar y devolver favores.

—Por eso te digo.

—Pues claro que lo disfruta. No soy un psicópata. Lo disfrutamos los dos, y el tercero en discordia también.

Y tras decir eso se levantó y tiró su botellín vacío en una bolsa de plástico. Y siguió con su ritual de idas y venidas, de proa a popa y de babor a estribor, sobre el cuidado velero de nuestros suegros.

Martes, 3 de agosto.

23:31 de la noche.

No ubicaba desde mi silla de playa apenas ninguna estrella, así que me entretenía viendo pasar las nubes que las cubrían. Se escuchaban los grillos, no así las chicharras, y es que no hacía tanto calor como la noche anterior. Lo que sí era similar a casi veinticuatro horas atrás era mi compañero de césped, un David que iba por su segundo gin-tonic, lo cual, sumado a las cervezas de la tarde, me hacía dudar si tendría un pequeño problema.

Aquella noche estaba ligeramente más callado, y aquello me permitía coger mi teléfono y escribirme con Ana. Apenas le había dado más vueltas a las confesiones de mi cuñado, pero mi mujer, junto con el anuncio de que se iba ya a acostar, había retomado el tema:

—… Y no le creas nada a ese. ¿Recuerdas lo de la cojera? Es un pirado. No le creas nada.

Tras su frase le di las buenas noches y bloqueé el teléfono al tiempo que el sonido de unos pasos me alteró. Alcé la vista y vi a Albert acercándose a la piscina, y entonces escuché la voz ronca y arrastrada de David, el cual parecía molesto por lo mismo:

—¿Y este por qué arrastra los pies? Odio a la gente que arrastra los pies —susurró, allí, a mi lado, vigilante en la penumbra como una lechuza.

Albert, que esta vez venía solo, colgaba la toalla sobre la verja que delimitaba la piscina, se quitaba la camiseta, nos saludaba levemente, y se disponía a meterse en el agua.

—¡Oye, Alberto! —casi gritó mi cuñado, pero sin moverse un ápice de su trono y sin soltar su copa.

El chico detuvo entonces su descenso por las escaleras de la piscina y le miró, tenso.

—¿Y Lucía? —le preguntó David.

—Está viendo una serie… En el portátil… Arriba.

—¿Una serie? ¿Está boba o qué?

—¿Qué? —respondía Albert, alucinado, y asustado siempre por la siguiente frase que pudiera soltar David.

—Que si está tontita hoy. ¿O es que tiene la regla?

—¿Qué? ¿La qué? Ah, no, no. No tiene la regla —respondía Albert, a unos diez metros de nosotros, allí clavado, con los pies en la escalera, a remojo hasta los tobillos.

—Eso lo sabes seguro, ¿no? Está a pleno rendimiento… —le espetaba David, y bebía, y Albert, que le miraba perplejo, se encogía de hombros —Qué jodío… —farfulló mi cuñado entonces, y el chico aprovechaba que él daba otro trago y no le preguntaba más para huir, metiéndose en el agua.

Y de golpe el único sonido que emanaba a nuestro alrededor era el que partía de aquel agua apartada por Albert en cada brazada. Y yo volví a intentar buscar estrellas sin éxito. Y después otro sonido, el de David tecleando en su teléfono.

Y tras el tecleo, silencio. Y tras no más de tres minutos vimos cómo Belén salía de la casa, vestida tan solo con un bañador entero y rosado. Y bordeó la piscina. Y se paseaba. En una exageración. En un contoneo que me sorprendía. Y no nos miró. No nos saludó. Miraba hacia al agua y hacia aquel nadador, el cual no era consciente de que una morena que le doblaba la edad, vestida con un bañador que se le pegaba al cuerpo, marcando, a pesar de las quejas de su marido, bastante teta y pezón, y sobre todo un duro y redondísimo culo, le observaba.

—Bueno… Empieza la fiesta… —susurró entonces David, y finiquitó su copa, e hizo contonear después los hielos con una gracia y un salero solo comparable al de su mujer sentándose al borde de la piscina, metiendo sus pies en el agua y colocando su media melena rizada tras sus orejas.

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