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Unos vecinos influencers 22. Viaje en coche

Armando creía controlar su vida, pero el silencio de su esposa y la arrogancia de su amigo Teddy lo arrastran hacia un abismo. Lo que creía un simple encuentro se convierte en una pesadilla cuando, al regresar a casa, encuentra la verdad detrás de su ventana: su mujer no solo lo traiciona, sino que se entrega a una perversión que él mismo no imaginaba.

LuzOscura907.1K vistas8.9· 20 votos

CAPÍTULO 22

VIAJE EN COCHE

" Los viajes en coche se hacen eternos cuando la música no acompaña y la mente no calla. No hay trayecto más largo que el que se hace pensando en todo lo que no quieres pensar."

Horas después, ya con la mochila preparada y el silencio de la casa envolviéndolo todo, me quedé solo en el salón. Clara se había encerrado en la habitación, o quizá simplemente se había ido a dormir sin hacer ruido. Como siempre, con ese modo suyo de estar y no estar.

Me senté en el sofá, abrí el móvil y, tras unos segundos de dudar si era demasiado tarde, le escribí a Teddy:

“Teddy, a primera hora no va a poder ser. Han llamado unos inversores y tengo que estar con ellos el viernes por la mañana. Nada más terminar, te aviso y salimos hacia tu casa en Galicia. Gracias por entender.”

Lo releí una vez. No sonaba ni frío ni demasiado explicativo. Solo lo justo. Lo envié.

Dejé el móvil boca abajo en el sofá. Afuera no se oía nada. Dentro, tampoco. Ni Clara, ni mis pensamientos. Solo ese extraño equilibrio que queda cuando has dicho lo que tenías que decir… pero sabes que aún queda mucho por hablar.

El móvil vibró. Un zumbido sordo y breve que resonó en el silencio como un disparo. No quise mirarlo de inmediato. Dejé que la expectativa se extendiera, que el veneno de la curiosidad hiciera su efecto. Cuando por fin lo di la vuelta, la pantalla iluminó su nombre.

La respuesta de Teddy era corta, como siempre. Demasiado directa para no ser leída entre líneas.

“Tranquilo, banquero. Las cosas claras. Avisa cuando salgas.”

No había un "no pasa nada", ni un "entiendo". Solo un "las cosas claras" que sonaba a reproche disfrazado de complicidad masculina. Y ese "banquero"... siempre ese "banquero" que usaba conmigo, que podía ser un halago o la forma más sutil de recordarme que, en su juego, yo nunca llevaría la voz cantante.

Avisa cuando salgas. Como si yo fuera un empleado pidiendo permiso. Como si él ya supiera que, al final, acabaría yendo.

Me acosté dándole vueltas, con la espalda contra el colchón como si fuera una losa, la mente envenenada por aquellas dos palabras y por la imagen de Clara abrochándose—y desabrochándose—la blusa ante sus ojos. El sueño fue un territorio hostil, poblado de risas que se cortaban en seco y miradas de complicidad que no me incluían.

Al despertar, el mal sabor seguía ahí. Encontré a Alex desayunando cereales a toda velocidad. —Cambio de planes, campeón —le solté, sin preámbulos—. Iremos a la casa de Teddy cuando termine de trabajar.

Vi cómo su rostro se caía. La emoción de la aventura, de madrugar y escapar, se le desinfló al instante. —¿Por qué? —protestó—. ¡Iba a ser lo mejor! —No se puede. Tengo un asunto urgente. —Bueno… —resopló, clavando la cuchara en el bol—. No tardes, ¿vale?

El día fue una maldita locura. Una carrera de obstáculos diseñada para sacarme de quicio. Los supuestos inversores eran unos capullos con corbata carísima y sonrisa de plástico que me hicieron explicarles la presentación mil veces, como si no supieran leer unas gráficas de mierda. Cada pregunta estúpida, cada duda infundada, era un clavo más en el ataúd de mi paciencia. Y luego, la guinda: la llamada del jefe a su despacho.

—Armando, entra.

Su tono era el de un verdugo. Me senté frente a él mientras soltaba su rollo, una bronca perfectamente estructurada. —Tus últimas decisiones han sido… cuestionables. El informe de Henderson estaba lleno de agujeros. Parece que tienes la cabeza en otro planeta.

Y lo peor es que podía tener razón. Estos últimos días, mi mente había estado en otros lugares. Mientras él hablaba, yo solo podía pensar en Clara y como Teddy había cambiado mi vida. El trabajo, mi carrera, se me escurría entre los dedos como arena fina.

Cuando me quise dar cuenta, el reloj marcaba las 18:30. Había perdido la noción del tiempo, sumido en esa niebla gris de frustración y culpa. Salí del edificio con la corbata deshecha y una urgencia repentina por escapar.

Al llegar a casa, todo fue demasiado rápido. Un torbellino. Entré como un huracán, acelerado, con el motor de la ansiedad aún rugiendo en el pecho. Clara estaba en el salón. Le di un beso fugaz, un roce de labios sin contacto real, más un gesto mecánico que un adiós. —Nos vamos —dije, sin detenerme.

Encontré a Alex con la mochila ya preparada, mirando por la ventana. —Vamos, campeón. —Se nos ha hecho un poco tarde, papá —murmuró, con decepción.

Agarrando las llaves del coche, le puse una mano en el hombro, intentando inyectarle algo de mi febril entusiasmo. —Tranquilo. Nos da tiempo a llegar y a pescar a medianoche. Con una linterna —le dije, forzando un tono aventurero—. Será lo mejor, ya verás. Pescar bajo las estrellas, sin nadie alrededor. Disfrutar de la noche.

Eran las mismas palabras con las que me había estado engañando a mí mismo todo el día. No era solo un viaje de pesca. Era una huida hacia delante. Una carrera para llegar a un lugar donde, intuía, me esperaba la misma tormenta que dejaba atrás, solo que con un escenario diferente.

Mi corazón latía con un ritmo acelerado y febril mientras cargaba las bolsas en el maletero del coche.

Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del teléfono, la pantalla se iluminó con un brillo culpable en la penumbra del garaje. Sin permitirme dudar, deslicé el pulgar y escribí el mensaje a Teddy. Cada letra era una caricia digital, un susurro cargado de intención.

«Ya estamos listos. Paso a por ti.»

La espera fue un latido largo y tenso. Entonces, la respuesta llegó. Fría. Cortante.

«Yo ya salí hace rato. Tardaste demasiado.»

Las palabras me golpearon en el estómago con la fuerza de un puñetazo. Tardaste demasiado. No era una queja, era un castigo. Una reprimenda deliberada. Él ya estaba en camino, habiendo tomado la delantera, dejándome a mí y a Alex para que le siguiéramos los pasos como dos cachorros rezagados. Mi mente, envenenada por los celos y una curiosidad malsana, inmediatamente pintó la imagen: Teddy conduciendo solo, quizá con la ventanilla bajada, tal vez sonriendo con esa superioridad que le caracterizaba.

—¿Papá? —la voz de Alex me sacó de mi ensoñación turbia—. ¿Vamos?

Agarrando el teléfono con fuerza, como si pudiera estrangular la pantalla, le mostré el mensaje a mi hijo. —Parece que Teddy no ha tenido paciencia —dije, con una voz que intentaba sonar calmada pero que delataba la tensión—. Se ha adelantado. Tendremos que alcanzarle.

El motor rugió con un gruñido de bestia domesticada cuando pisé el acelerador. La ciudad se desvaneció a nuestro alrededor, sus luces sangrando en la noche como heridas abiertas. Teddy. Su nombre era un latido obsesivo en mis sienes, una marca de fuego en mi mente. Me había dejado tirado.

Mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a manchar el parabrisas, el teléfono vibró sobre la consola central con un zumbido sordo, un eco del que me había enviado horas antes. Una notificación. Teddy. Un punto rojo en el mapa, solitario y distante. La ubicación de su casa. Mi corazón dio un vuelco salvaje. Él ya estaba allí. Había llegado. Y nosotros... nos quedaban horas. La distancia en la pantalla era una burla, una prolongación deliberada de la tensión. Era un maestro jugando conmigo, alargando el sufrimiento.

—Pon la ubicación, papá —la voz de Alex, ajena a la tormenta en mi cabeza, cortó el silencio. Sus dedos ágiles, dedicados normalmente a destrozar contrincantes en videojuegos, tomaron mi teléfono con una familiaridad que me resultó levemente irritante. En segundos, la pantalla del navegador se iluminó con la ruta, una línea azul que serpenteaba hacia la oscuridad, hacia él.

Luego, sin pedir permiso, Alex conectó su propio móvil al Bluetooth del coche. Y de repente, el espacio cerrado se llenó de un beat repetitivo y primal. El reguetón. Odio esa música. La detesto con cada fibra de mi ser. Esa cadencia animal, esos susurros guturales y letras cargadas de un morbo barato que me parecía tan vulgar... y que, sin embargo, en ese momento, se filtró bajo mi piel como un veneno afín. El bajo resonaba en el pecho, imitando el latir de mi propio corazón enfebrecido.

Dime, papi, ¿cómo quieres que lo haga?...canturreó una voz femenina, distorsionada por los altavoces.

Y entonces, Alex empezó a cantar. No a tararear, sino a cantar con todo el pulmón, con una felicidad despreocupada que me pareció de otro planeta. Su voz, aún con rastros de adolescencia, seguía el ritmo, ajeno por completo a la letra obscena, a la carga sexual que empapaba cada compás. Movía la cabeza, golpeaba la palma de su mano contra el muslo, completamente sumergido en su propio mundo de alegría simple.

Yo conduje. Mis ojos clavados en la carretera negra, iluminada solo por los faros que cortaban la noche como dos espadas. Pero mi mente no estaba en la carretera. Estaba en esa casa al final del mapa.

El viaje se me iba a hacer eterno. No por la distancia, sino por la tortura de esta espera, por esta música que me taladraba los oídos y despertaba algo primitivo en mí, y por la imagen de mi hijo, feliz e inocente en su crudeza, sentado a mi lado, completamente ajeno al juego perverso de poder, deseo y venganza al que su padre se dirigía, voluntariamente, como una polilla hacia una llama que prometía consumirlo.

—¡Oye, oye! ¡Para, papá, tenemos que dar la vuelta!

La ilusión se quebró. Un rugido sordo se formó en mi garganta. No. No, por favor, no ahora. Mi mente gritó en silencio. No podíamos volver. Llevábamos casi una hora de viaje, cada kilómetro había sido una lucha contra mi propia impaciencia.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, conteniendo la furia que quería estallar. Mi voz sonó ronca, extrañamente áspera.

Alex se retorcía en su asiento, la cara de felicidad remplazada por una máscara de genuino pánico. —¡Me he olvidado la caña de pescar! La nueva, la que me compraste para el viaje. ¡Está en el garaje!

Respiré hondo, intentando que el aire enfriara el fuego que me recorría las venas. Una caña. Una maldita caña de pescar.

—Bueno, hijo, no pasa nada —dije, forzando una calma que estaba a kilómetros de mí—. Allí, en el pueblo cercano, nos compramos un par de cañas. Mejores. Lo que quieras.

Pero él negó con vehemencia, sus ojos empezando a brillar con la amenaza de lágrimas. —¡Pero, papá…! ¡Yo quiero mi caña! —su voz se quebró, un sonido desgarradoramente infantil—. Tiene la empuñadura ajustada a mi mano… ¡y le puse ese señuelo especial que tanto me costó conseguir! No es lo mismo. No pescaré igual.

Lo miré por el rabillo del ojo. Su labio temblaba. La decepción en su rostro era un puñal. Y entonces, una idea retorcida, nacida de la misma fosa de mi excitación envenenada, se abrió paso. Dar la vuelta. Volver a la casa. A la casa donde Clara estaba.

La negativa de Alex no era solo el capricho de un niño. Era una prueba. Un movimiento más en el tablero. Y la perversa tentación de plegarme, de retrasar lo inevitable solo para saborear la anticipación, para tal vez obtener un vistazo de ella, fue demasiado poderosa.

Solté un juramento sordo, un sonido gutural que hizo que Alex se encogiera. —Joder, Alex… —suspiré, fingiendo una exasperación que enmascaraba mi propio y turbulento interés—. Está bien. Está bien.

Con un movimiento brusco, giré el volante. El coche hizo un amplio y peligroso giro en U en la carretera semidesierta, las ruedas chirriando ligeramente contra el asfalto húmedo. La línea azul del GPS se reconfiguró con un suspiro electrónico, apuntando ahora hacia atrás, hacia el lugar del que había estado tan desesperado por escapar.

—Pero será rápido —dije, y mi voz sonó como un latigazo en la intimidad del coche—. Entras, coges la caña y volvemos. No nos detenemos. ¿Entendido?

Alex asintió con energía, una sonrisa enorme y aliviada iluminando su rostro. "¡Sí, papá! ¡Lo prometo!"

Y así, conducíamos de vuelta. La música reguetón seguía sonando, pero ahora su ritmo parecía burlarse de mí, marcando el compás de mi propia decadencia.

El coche se detuvo con un suave chirrido junto al bordillo, bajo la tenue luz de una farola. No me molesté en entrar en el garaje. Cada segundo era un latido de ansiedad, un recordatorio de las dos horas perdidas, de la humillación que me esperaba ante Teddy por mi tardanza. "Tardaste demasiado". Su voz fantasma resonaba en mi cráneo, una fría reprimenda que hacía que mis manos se cerraran con fuerza.

Por un lado, un impulso primitivo me gritaba que entrara, que irrumpiera en la casa, que tomara a Clara por la cintura y le diera un beso posesivo, feroz, que me recordara a mí mismo que aún era su marido, que esa casa era mía. Cenar algo caliente, fingir normalidad por unos minutos... Pero no. No podía. La idea de parecer un idiota, de haber dado media vuelta como un niño regañado solo para luego entrar con la cola entre las piernas y pedir migajas de domesticidad... eso hería mi orgullo más profundamente que cualquier juego perverso de Teddy.

Fue esa herida en mi ego la que dictó mi siguiente movimiento. Un movimiento cobarde, furtivo.

—Vamos a entrar por el lateral —le dije a Alex, mi voz un susurro ronco en la quietud de la noche—. Así no entramos a casa. Vamos por detrás, entramos al garaje y cogemos las cañas rápido.

Alex me miró con una sonrisa pícara que iluminó su rostro, como si fuéramos dos ladrones a punto de cometer el crimen perfecto. —Vale —susurró, con un brillo de complicidad en los ojos—. Me parece perfecto.

La puerta del porche lateral cedió con un chasquido sordo. Cruzamos la zona de la piscina, las sombras de la noche envolviéndonos como cómplices. Mis sentidos estaban en alerta, cada nervio en tensión. Y entonces, al acercarnos a la parte trasera de la casa, lo vi: la luz del salón estaba encendida, derramando un cálido rectángulo dorado sobre el césped del jardín.

Mi corazón se aceleró de forma descontrolada. ¿Estaría ella allí? ¿Cenando en el salón, quizás reclinada en el sofá con ese modo suyo tan casual que resultaba tan erótico? ¿Viendo alguna película, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, llevando quizás solo esa blusa larga de seda que tanto me volvía loco y que se le abría cuando se movía?

La imagen se apoderó de mi mente con una claridad brutal. Podía casi verla: el tenue resplandor de la televisión iluminando sus curvas, la copa de vino en su mano, sus labios ligeramente humedecidos... ¿Estaría pensando en mí? ¿O, como era más probable, su mente estaría en otro lugar, en otra persona, en el hombre al que yo iba a reunirme, cuyo nombre sentía como un fuego en la piel?

Cada paso hacia el garaje era una tortura. Una parte de mí deseaba desviarme, acercarme sigilosamente a la ventana y espiar, confirmar mis fantasías más oscuras o mis peores temores. Pero otra parte, la herida, la llena de rabia, se aferraba a la farsa de este hurto rápido y silencioso. Iba a robar las cañas de mi propia casa como un extraño, alimentado por el morbo de saberla tan cerca, tan accesible y, sin embargo, tan deliberadamente fuera de mi alcance. El aire de la noche olía a jazmín y a traición, y yo lo respiraba hondo, intoxicándome con ello antes de sumergirme en la oscuridad del garaje.

La noche era una boca húmeda y oscura que nos envolvía. Alex y yo, dos sombras moviéndonos con sigilo hacia el garaje, éramos intrusos en nuestro propio territorio. El corazón me latía con un ritmo acelerado y culpable, cada latido un eco de la mentira que me llevaba de vuelta a casa. No podía evitar lanzar miradas furtivas hacia el rectángulo de luz dorada que se derramaba desde el salón. Necesitaba saber, necesitaba verla, aunque fuera un segundo.

"Rápido, por aquí", susurré a Alex, desviándome unos pasos hacia la ventana del salón, incapaz de resistir el impulso masoquista.

Nos agachamos, dos figuras encorvadas junto a los arbustos, y alzamos la vista hacia el interior.

Y entonces el mundo se detuvo.

Allí, en mi sofá, el sofá de terciopelo color hueso que elegimos juntos, por el que pagué una pequeña fortuna, estaba la imagen que mi mente más retorcida había fantaseado, pero que mi ser más íntimo nunca creyó que vería materializada.

Teddy.

No estaba en Galicia. Estaba aquí. En mi casa. En mi salón. Y estaba completamente desnudo, reclinado en los cojines con una arrogancia que me dejó sin aliento. Sus músculos abdominales estaban tensos, sus manos apoyadas a los lados como un rey en su trono. Tenía los ojos cerrados, una expresión de éxtasis concentrado en su rostro.

Y a sus pies, de rodillas sobre la alfombra persa, había una chica. Rubia. Con un culazo perfecto, redondo y firme, que se tensaba bajo la tenue luz mientras se movía con un ritmo hipnótico. No quería creerlo. Recurrí a cada neurona para convencerme de que era Lidia, o Carlota, o cualquier otra... pero no. Conocía ese cuerpo mejor que el mío propio. Conocía cada curva, cada lunar, la forma en que se estrechaba su cintura antes de expandirse en esas nalgas que ahora se balanceaban en el aire.

Era Clara. Mi Clara. Allí, de rodillas, con la cabeza hundida en el regazo de Teddy, dándole un mamada con una devoción que nunca, nunca, había mostrado conmigo.

La sangre se heló en mis venas. El aire escapó de mis pulmones. Alex y yo, paralizados, éramos estatuas de horror y fascinación. No podía apartar la mirada. Era un tren chocando en cámara lenta, una pesadilla en alta definición.

Fue Alex quien rompió el hechizo de horror, su voz un susurro ronco, cargado de una confusión brutal.

—Joder... ¿mamá? ¿... te la come así?

Su pregunta, cruda y adolescente, me atravesó como una lanza. No supe qué decir. Las palabras se habían convertido en ceniza en mi boca. Quería morirme. Quería que la tierra se abriera y nos tragara.

Mi cabeza era un campo de batalla. Una parte de mí, la parte enferma y morbosa que se había alimentado de los juegos de Teddy, había querido que esto pasara. Había fantaseado con esta humillación, con este descenso a los infiernos. Pero la otra parte, el marido, el padre, el hombre, se sentía como la mierda más vil que había pisado la tierra. ¿Cómo había permitido que llegara tan lejos? ¿Cómo no le había roto la cara a ese mocoso arrogante la primera vez que lo vi mirarla con esa lujuria descarada?

Ahora, viendo cómo los labios de mi mujer recorrían la piel de otro hombre en mi sofá, sabía la respuesta: porque en el fondo, me excitaba. Y ese conocimiento era el peor castigo de todos. Estaba cómplice de mi propia destrucción, y había arrastrado a mi hijo para que fuera testigo de ello. El gemido ahogado de Teddy, audible a través del cristal, fue la puntilla final. El sonido de mi derrota.

La escena nos tenía hipnotizados, clavados en la tierra fría del jardín. No podía respirar, no podía pensar. Solo podía ver. A mi lado, sentía la tensión en el cuerpo de Alex, igual de paralizado, igual de enfermo y fascinado.

Entonces, Teddy movió sus manos. Con una lentitud deliberada y cruel, entrelazó sus dedos en el pelo rubio de Clara y apretó. No fue un gesto de pasión, sino de dominio. La empujó hacia abajo, forzándola, metiéndole esa polla enorme hasta el fondo de la garganta.

Clara dejó escapar un sonido ahogado, un gorgoteo que nos llegó amortiguado a través del cristal. Sus brazos, antes apoyados en los muslos de Teddy, se balancearon en el aire, desesperados. Sus manos se abrieron y cerraron, buscando algo a lo que agarrarse. Se estaba ahogando. La estaba ahogando. Y Teddy no la soltaba.

Su rostro no mostraba placer, sino una concentración fría, psicópata. Sus ojos, fijos en la nuca de Clara, brillaban con un fulgor que me heló la sangre. Parecía que no iba a soltarla, que iba a mantenerla allí, ahogándose en él, hasta que su cuerpo cediera y cayera inconsciente a la alfombra.

Un grito se formó en mi garganta, pero estaba tan seco que no salió nada. Alex hizo un movimiento involuntario, como para levantarse, pero mi mano en su brazo lo mantuvo en su sitio. Era demasiado tarde. Demasiado horrible.

Finalmente, con un sonido húmedo y obsceno, Teddy la liberó.

Clara se desplazó hacia atrás, jadeando, escupiendo, con las manos en el cuello. Su cuerpo se giró ligeramente y pudimos ver sus tetas, pálidas y temblorosas bajo la luz, y su rostro. Su rostro. Estaba congestionado, de un color lila aterrador. Tragaba aire con grandes bocanadas, los ojos inyectados en sangre.

Por un instante, una fracción de segundo, vi su mirada fija en Teddy. Puro odio. Un destello de rabia salvaje y violenta que me dio una esperanza retorcida. Le estaba echando la bronca, sus labios se movían formando palabras mudas que seguro eran veneno.

Pero entonces, Teddy se rió. Una risa baja, triunfante, que no llegaba a sus ojos fríos.

Y Clara... Clara le sonrió.

No fue una sonrisa dulce. Fue una sonrisa torcida, desafiante, llena de una complicidad perversa. Una sonrisa que decía: "Has podido conmigo, y me ha gustado".

Esa sonrisa me mató más que todo lo anterior. El odio lo podía entender. La sumisión forzada, también. Pero esa sonrisa... esa era la prueba de que ya no era mía. De que pertenecía a su juego, a su oscuridad, y que yo solo era un espectador en mi propio infierno.

Teddy, con la brutalidad de un depredador, se abalanzó sobre Clara. No fue un beso, fue una toma de posesión. Le cogió la cara con ambas manos y le comió la boca con una ferocidad que era casi un ataque. Podía casi oír el crujido de sus labios, ver la fuerza con la que sus lenguas luchaban. Luego, separó su rostro unos centímetros, la miró fijamente con esos ojos de hielo, y con un desprecio absoluto, le escupió en la cara.

La saliva le resbaló por la mejilla, un brillo obsceno bajo la luz del salón. Clara ni siquiera parpadeó.

Antes de que pudiera reaccionar, su mano se alzó y le dio un manotazo seco en una teta. El golpe resonó en el silencio de la noche, un chasquido cruel que hizo que la carne palpitara y botara de una manera que me revolvió las entrañas. Era mi mujer, su cuerpo, siendo marcado, usado.

Pero lo peor estaba por llegar. Teddy la agarró entonces por la cintura con una fuerza bestial, como si fuera un trapo, y la lanzó contra el enorme ventanal del salón. El impacto fue violento, un golpe sordo y húmedo que hizo temblar el cristal. Las tetas de Clara se aplanaron contra la superficie fría, su rostro quedó aplastado, su aliento empañando el vidrio justo frente a nosotros. Sus ojos, de pronto, se abrieron de par en par.

Porque Teddy no se detuvo. Se colocó detrás de ella, su cuerpo musculoso encajando contra sus curvas. La agarró de las caderas con un agarre que prometía moretones y, con una embestida salvaje, empezó a follarla contra el cristal.

Cada embestida era un golpe. El cristal vibraba con el forcejeo. Podía ver la espalda de Teddy, los músculos tensos como cuerdas, el sudor brillando en su piel. Podía ver cómo sus nalgas se tensaban y se relajaban con el ritmo primal y violento de su empuje. Y podía ver a Clara, su cuerpo siendo sacudido una y otra vez contra el vidrio, sus pechos aplastándose con cada movimiento.

Y entonces, los sonidos. Los gemidos. No eran de dolor. Eran guturales, profundos, animales. Eran gemidos de un disfrute obsceno, de un éxtasis que nacía de la misma brutalidad. Su boca se abría contra el cristal, empañándolo más, y de su garganta escapaban esos quejidos que confirmaban la peor de mis pesadillas: no solo me traicionaba. Disfrutaba de ser destruida por él.

Cada gemido era una puñalada. Cada vibración del cristal, el tañido de la campana que anunciaba mi muerte como marido, como hombre. Yo había querido este fuego, lo había alimentado con mi morbosa curiosidad, y ahora me consumía por completo, con mi hijo como testigo de mi propia aniquilación.

La realidad se había desgarrado. El mundo era solo este ventanal, este acuario de perversión donde mi vida naufragaba. El sonido de sus cuerpos chocando, los gemidos guturales de Clara, la respiración jadeante de Teddy... era una sinfonía macabra que me dejaba paralizado, anclado en el jardín con el alma hecha trizas.

Entonces, la voz de Alex, un susurro ronco y cargado de una admiración sórdida que me heló la sangre, cortó la noche:

—Joder... con mamá... qué tetas tiene...

Lo dijo para sí, pero en voz alta. Un pensamiento escapado, crudo y visceral. Y yo lo oí. Lo oí y no pude hacer nada. No pude regañarle, no pudo gritarle, no pudo moverme. Estaba en shock, petrificado, con una mezcla de horror y una punzada de un morbo tan profundo y vergonzoso que me quería matar. Mi propio hijo, viendo a su madre... y excitándose. Y yo, viéndolo a él, viéndola a ella, y sintiendo cómo algo en mi interior se rompía para siempre.

Teddy, desde dentro, parecía un director de orquesta de esta pesadilla. Separó su boca del cuello de Clara y, con una lentitud deliberada, le lamió la oreja. Su lengua recorrió el contorno de su lóbulo antes de que sus labios se posaran junto a su oído y le susurrara algo. No podíamos oírlo, pero el efecto fue instantáneo. Un estremecimiento recorrió la espalda de Clara, una sumisión total.

Entonces, Teddy se separó y volvió a sentarse en el sofá, en mi sofá, con la arrogancia de un rey. Su mirada, cargada de lujuria y poder, se clavó en Clara.

Ella, obediente, nos dio la espalda. Su espalda, pálida y marcada por el rojo de sus dedos, era ahora todo lo que veíamos. Y entonces, con un movimiento fluido y sensual que me partió el alma, se subió encima de él. Se sentó a horcajadas sobre su regazo, encajándolo dentro de ella.

Ahora era ella quien llevaba el ritmo. Sus caderas subían y bajaban con una cadencia hipnótica y salvaje. Pero no era un movimiento cualquiera. Era un juego cruel, un espectáculo diseñado para él. Con cada salto hacia arriba, se elevaba lo justo para que sus pechos, pesados y palpitantes, se balancearan frente al rostro de Teddy. Y en el instante preciso, le metía una teta en la boca.

Teddy no esperaba a que se la diera. La devoraba. Su boca se cerraba alrededor del pezón con un hambre voraz, lamiéndola, chupándola, mordisqueándola con una devoción animal. Y entonces, Clara, con un movimiento brusco y juguetón, se la arrancaba de la boca, solo para volver a ofrecérsela en el siguiente ascenso, cambiando de seno, repitiendo el ciclo.

Era una danza de poder y sumisión, donde ella parecía llevar la iniciativa, pero solo para entregarle el placer en bandeja. Los gemidos de Clara ahora eran diferentes, más agudos, más cantarines, de un disfrute absoluto. Y los gruñidos de Teddy, ahogados contra su carne, eran la prueba de su sumisión a este juego que ella, mi Clara, dirigía con una maestría que no le conocía.

Alex y yo éramos solo espectadores. Espectadores de la destrucción de nuestra familia, de la transformación de Clara en una extraña, en una diosa lujuriosa que se entregaba a un dios oscuro en el altar de nuestro salón. Y yo, en el silencio de mi mente, solo podía pensar en una cosa: ¿Por qué nunca fue así conmigo?

El mundo se había reducido a un jadeo entrecortado y el sonido húmedo de sus cuerpos fundiéndose. Clara dejó de dar esos botes provocadores, hundiendo sus caderas contra las de Teddy, empalándose hasta el fondo, queriendo sentirle en cada rincón de su ser. Se quedaron quietos, unidos, respirando el mismo aire envenenado.

Entonces, Teddy inclinó la cabeza y empezó a comérsele la lengua. No fue un beso, fue una devoración lenta y profunda. Un acto de canibalismo íntimo que parecía robarle el alma a Clara. Ella se dejó hacer, sus manos agarrando con fuerza los hombros de él, sus dedos marcando lunares pálidos en su piel sudorosa. Se estuvieron así un rato eterno, perdidos en un universo que solo contenía sus bocas y el punto donde sus cuerpos se unían.

Finalmente, Teddy separó sus labios. Una sonrisa triunfal y cruel se dibujó en su rostro. Sin mediar palabra, con una fuerza que hacía parecer a Clara de porcelana, la cogió y la puso a cuatro patas sobre la mesa de centro del salón. La madera pulida crujió bajo su peso.

Ahora la teníamos de frente. A cuatro patas, con la espalda arqueada de un modo que era a la vez sumiso y una invitación. Y su cara... Dios, su cara. Aunque ella no podía vernos en la oscuridad, nosotros la veíamos a la perfección bajo la luz de la lámpara. No había rastro de la mujer que había compartido mi vida. Su rostro estaba transfigurado por una expresión de pura perversión. Los labios entreabiertos, los ojos semicerrados pero con una chispa de fuego lujurioso, las mejillas sonrojadas. Era la cara de alguien que solo pensaba en polla, en la polla que estaba a punto de poseerla de nuevo. Era excitante y devastador a partes iguales.

Teddy se colocó detrás de ella, su sombra envolviéndola. Agarró sus caderas con un gesto posesivo y, con un empuje lento e inexorable, se la volvió a meter por el coño. Clara abrió los ojos de par en par, un destello de blanco en su rostro extasiado, y un jadeo agudo, casi un quejido de dolor y placer mezclados, escapó de sus labios.

Y entonces empezó. A follársela. Ya no había juegos, ni provocaciones. Era el acto puro, primal. Cada embestida era un golpe sordo contra sus nalgas, un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Los gemidos de Clara no tardaron en aparecer, al principio contenidos, luego más altos, más desesperados, una sinfonía de rendición absoluta.

Y sus caras... sus caras de placer. La de Clara, una máscara de éxtasis doloroso, los ojos en blanco, la boca abierta en un grito mudo. La de Teddy, una concentración feroz, un gozo depredador en cada músculo de su rostro mientras observaba cómo destrozaba lo que una vez fue mío.

Era excitante. Lo admitía ante mí mismo en el pozo más oscuro de mi alma. Verlos, ver esa versión de Clara, tan salvaje, tan entregada, tan... lejos de mí, despertaba en mi interior una fascinación malsana que se enredaba con el dolor más desgarrador. Era la escena final de mi propia ejecución, y no podía apartar la mirada del hacha que caía, una y otra vez.

El ritmo de la cópula se aceleró hasta un crescendo brutal. Los gruñidos de Teddy se hicieron más guturales, más urgentes, y los gemidos de Clara se convirtieron en alaridos ahogados que resonaban en el silencio de la noche. De repente, Teddy gritó, una explosión ronca y poderosa:

—¡Me corro!

En ese instante, Clara hizo algo que me partió el alma en dos. Dio un salto, un movimiento fluido y decidido, y antes de que Teddy pudiera retirarse, se la metió entera en la boca. Se la tragó hasta la base, ahogando su propio grito con su carne.

Jamás había hecho eso conmigo. Nunca. Siempre se aseguraba de que me corriera fuera, en su vientre, en sus nalgas, a veces incluso en su espalda... pero nunca en su boca. Era una línea que, en nuestro matrimonio, nunca cruzó.

Y allí estaba, con él. Podíamos ver, con una claridad obscena, cómo la polla de Teddy palpitaba y se llenaba dentro de la boca de Clara. Notábamos, casi podíamos sentir, cómo se estaba vaciando en lo más profundo de su garganta. Teddy se dejó caer sobre el sofá, agotado, con una expresión de éxtasis absoluto en el rostro.

Fue entonces cuando Clara, con una lentitud teatral y perversa, se arrodilló frente a él. Lo miró directamente a los ojos, con un desafío ardiente, y abrió la boca.

Un hilo grueso y blanco de semen cayó primero, seguido de un torrente que cubrió sus tetas, pintándolas de un color nacarado y grotesco bajo la luz. Los ojos de Teddy se abrieron de par en par, con una incredulidad que debía ser un espejo de la mía. Era excitante, terriblemente excitante, ver cómo mi mujer se empapaba, se llenaba, se marcaba con la esencia de otro hombre.

Teddy soltó una risa baja, de triunfo y asombro. Se inclinó y, con sus propias manos, empezó a restregar su propio semen por todas sus tetas, untándola, posesionándose de cada centímetro de su piel de una manera que mi boda y mis años de matrimonio nunca habían logrado.

Luego, con dos dedos, cogió los restos que le quedaban en la palma y se los metió en la boca a Clara. Esta vez, no hubo asco, ni rechazo. Vimos con claridad cómo su garganta se movía al tragárselo. Todo.

Teddy musitó algo, sus labios se movieron. No lo oímos bien, pero por la forma de su boca y su sonrisa burlona, pudo ser: "Joder, menuda zorra..."

Y Clara, en lugar de ofenderse, se rió. Una risa libre, salvaje, que no le conocía. Se levantó, con sus tetas aún brillantes y pegajosas, y sin mirar atrás, empezó a subir la escalera hacia el piso de arriba. Hacia nuestro dormitorio.

Teddy la miró alejarse, la mirada fija en ese culo que aún se movía con el eco del placer. Permaneció sentado solo unos segundos, el tiempo justo para recuperar el aliento. Luego, con una sonrisa de lobo que ha cazado su presa, se levantó y salió tras ella.

El salón quedó vacío. Solo el sofá manchado, la mesa desordenada y el fantasma de lo que acabábamos de presenciar. Alex y yo nos quedamos en la oscuridad, mudos, rotos, habiendo sido testigos no solo de una infidelidad, sino de la aniquilación de todo lo que creíamos que era real. Y lo peor de todo era que, en algún lugar oscuro y prohibido de mi ser, una parte de mí seguía excitada, preguntándose cómo sería tener a esa nueva Clara, a esa zorra salvaje, para mí solo.

Continuará...