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El Despertar de la Mojigata. Acto VI. (32-37)

Elena creía que solo venía a ayudar a curar una herida, pero Hugo tenía otras intenciones. Mientras el marido de Elena observa desde el salón, saboreando la humillación y el deseo, la joven esposa descubre que su propia casa se ha convertido en la trampa perfecta para sus fantasías más prohibidas.

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Capitulos Anteriores:

Acto I. (1-8): https://www.todorelatos.com/relato/253878/

Acto II. (9-18): https://www.todorelatos.com/relato/253944/

Acto III. (19-23): https://www.todorelatos.com/relato/254031/

Acto IV. (23-27): https://www.todorelatos.com/relato/254094/

Acto V. (28-32): https://www.todorelatos.com/relato/254095/

Capítulo 32: A la Altura de sus Ojos

Elena llegó al umbral de la puerta abrazando la toalla limpia contra su pecho. El cuarto de baño estaba saturado por el vapor y el sonido del agua cayendo. Hugo estaba de espaldas, terminando de enjuagarse, pero al sentir su presencia se giró lentamente.

Elena se quedó paralizada. No pudo evitar recrearse en cómo las gotas de agua resbalaban por los hombros anchos del chico, descendiendo por el abdomen marcado hasta perderse más abajo. Su mirada, desobedeciendo a cualquier atisbo de pudor, bajó directamente hacia su entrepierna. No estaba erecta, pero la pesadez de su anatomía era evidente; se veía gruesa, densa, descansando entre sus muslos con una rotundidad que le secó la garganta a Elena. Habiendo tenido el miembro de Álex en su propia mano hacía apenas unos minutos, no pudo evitar que su mente hiciera la comparación. ¿Cómo sería el tacto de esta? ¿Cuál de los dos sería más grande?

Las palabras de Hugo la arrancaron de golpe de sus fantasías pecaminosas.

—Elena, menos mal que llegaste —dijo él, cerrando el grifo—. ¿Puedes buscarme el botiquín o algo? Creo que me hice un pequeño corte en la pierna al trepar por el barranco.

Elena parpadeó, sacudiendo la cabeza para despejarse. —Sí, claro... toma la toalla. Voy a buscarlo, lo tenemos en el cajón del pasillo.

Se apresuró a salir, agradeciendo la excusa para tomar aire, y regresó en cuestión de segundos con la caja blanca de primeros auxilios. Cuando cruzó de nuevo la puerta, Hugo ya estaba fuera de la mampara, secándose el torso.

—¿Dónde te has cortado? —preguntó ella, dejando el botiquín sobre la tapa bajada del inodoro, justo al lado de él.

Hugo apartó la toalla de su cintura y señaló su muslo izquierdo, peligrosamente cerca de la ingle. Efectivamente, un hilo de sangre roja y brillante descendía por su piel bronceada, mezclándose con las últimas gotas de agua de la ducha. —Aquí. ¿Puedes echarle un vistazo, Elena? Me preocupa que sea profunda, con el barro y las ramas nunca se sabe.

Sin pensarlo dos veces, el instinto de ayuda superó al pudor. Elena se dejó caer de rodillas sobre las baldosas frías, quedando justo frente a él. Apoyó con extrema delicadeza los dedos índice y corazón a ambos lados de la pequeña herida para examinarla.

Pero la postura era una trampa mortal. Al estar arrodillada, el miembro de Hugo había quedado exactamente a la altura de su cara, a escasos centímetros de su nariz. El calor que desprendía la piel del chico la envolvía. Su mente, traicionándola de nuevo, proyectó una imagen clarísima y devastadora: se imaginó a sí misma abriendo la boca, inclinándose un poco más y tomando toda esa carne caliente entre sus labios.

«Céntrate, Elena, por Dios. Que esto es importante», se gritó a sí misma en su fuero interno, apretando los ojos un segundo.

—No parece muy profunda, pero hay que limpiarla bien —murmuró ella, con la voz temblorosa, obligándose a mirar solo el corte—. Tú que estudias medicina... ¿qué hago? Dame instrucciones.

—Tranquila. ¿Puedes buscar en el botiquín si hay alguna gasa? —pidió Hugo, mirándola desde arriba, observando cómo la respiración de la mujer agitaba el escote de su camisón.

—Sí, voy...

Elena despegó las manos del muslo firme del chico. Al girarse ligeramente para abrir la caja del botiquín que estaba a su lado, calculó mal el espacio. El dorso de su mano rozó, de forma lenta y cargada de electricidad, toda la longitud del miembro flácido de Hugo.

El contacto fue como encender una mecha empapada en gasolina. Hugo sintió un calambrazo brutal que le recorrió la espina dorsal. Su cuerpo, que llevaba todo el día al límite conteniendo el deseo, reaccionó de forma instantánea. Su pene se levantó como un resorte mecánico, expandiéndose con una violencia tal que la punta hinchada le dio un suave pero innegable latigazo en la mejilla a Elena mientras ella se agachaba hacia el botiquín.

Elena ahogó un grito, llevándose la mano a la cara, con los ojos abiertos de par en par. —Madre mía, Hugo... —susurró, con la voz rota, la cara ardiendo de vergüenza y excitación—. No pensaba que esa cosa se podía poner dura tan rápido.

Hugo apretó la mandíbula. Los músculos de su abdomen se tensaron al máximo. —Elena... no sabes lo que estoy aguantando por no dejarme llevar por mis impulsos y hacértelo aquí mismo.

La crudeza de la confesión hizo que a Elena le pitaran los oídos. Se ruborizó furiosamente, ahogándose en un mar de pensamientos prohibidos mientras sus manos, ahora temblorosas y torpes, rebuscaban dentro de la caja de plástico.

«Venga, Elena, tú puedes. Céntrate. No lo mires», se repitió como un mantra desesperado.

Cogió una gasa estéril con decisión, empapó una esquina con un poco de antiséptico y volvió a su posición. Colocó una mano firmemente en el muslo de Hugo para estabilizarse, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la piel, y con la otra comenzó a limpiar la sangre de la herida con toques suaves.

Pero era imposible ignorar al elefante en la habitación. No podía evitar mirar de reojo aquello que, ahora sí, estaba completamente erecto a escasos milímetros de su frente. Era enorme. Más grande y grueso que el de Álex. La carne estaba tensa, oscura, y daba pequeños respingos involuntarios de pura necesidad. Elena podía ver perfectamente cómo una gota espesa y transparente resbalaba por la corona, y cómo las venas marcadas como sogas bajo la piel empujaban la sangre a cada latido furioso que daba el corazón del chico.

El silencio en el baño era absoluto, roto solo por las respiraciones entrecortadas de ambos y el sonido ahogado de la lluvia en la ventana. La distancia entre los labios de Elena y la virilidad palpitante de Hugo era cuestión de un simple movimiento de cuello.

¿Sería capaz Elena de resistir la tentación?

Capítulo 33: El Sabor de la Tormenta

Carlos se había quedado petrificado en el sofá. Con la vista clavada en la rendija de la puerta del cuarto de baño, su mente era un campo de batalla donde el orgullo masculino estaba siendo masacrado por un morbo oscuro y devorador. La tela de su pantalón de chándal estaba húmeda por su propia excitación, atrapándolo en una cárcel de inmovilidad y deseo. Arriba, Elena seguía a solas con Hugo. Abajo, la tortura no había hecho más que empezar.

El sonido del agua cayendo en la bañera se mezcló con un chapoteo pesado, seguido de la voz de Marta, que resonó cristalina y perfectamente modulada para que llegara hasta el salón.

—Madre mía, Álex... esta cosa está viva —arrulló la rubia con fascinación—. ¿Está así por mí?

Un gemido sordo, grave y cargado de testosterona escapó de la garganta del universitario. Carlos cerró los ojos, apretando los puños.

—No te preocupes, Álex —continuó Marta, acompañando sus palabras con una risita suave y perversa—. Estoy segura de que Carlos no nos está escuchando.

Carlos tragó saliva, sintiendo que el corazón le golpeaba contra las costillas. Estaba al borde del abismo. Sentía unos celos furiosos al imaginar a otro hombre exhibiendo una virilidad incontrolable en su propia casa, pero al mismo tiempo, la sangre le hervía de excitación al ser el espectador ciego de esa profanación.

—Me encanta cómo tienes todo el cuerpo depilado... —susurró Marta, y Carlos pudo escuchar el sonido de la esponja deslizándose sobre la piel—. Sobre todo esta zona de aquí... está muy suave. Vaya... —una carcajada húmeda rebotó en los azulejos—. Parece que me está saludando.

El pecho de Carlos subía y bajaba con una rapidez insalubre. El aire del salón de repente parecía denso, asfixiante.

—Déjame la esponja, a ver esa espalda —ordenó Marta.

Se escuchó un chapoteo y otro gemido gutural de Álex al sentir el tacto de la mujer.

—Vaya, Álex, es muy grande esta espalda tuya, casi que no llego bien a todos lados... —bromeó ella, riendo mientras frotaba.

En la mente de Carlos, la imagen era nítida y humillante: la anatomía ancha, joven y perfecta del estudiante contrastaba cruelmente con su propia pierna vendada y su postura patética en el sofá.

—Por aquí ya está. Date la vuelta —dictaminó Marta. Hubo un movimiento de agua más fuerte—. Vaya, Álex... esta cosa me está mirando de forma fulminante con su pequeño ojito.

La carcajada de Marta fue un latigazo. Carlos dejó de respirar. Sabía exactamente a qué se refería. Sabía exactamente a qué altura estaba la cara de Marta si Álex estaba de pie en la bañera.

—Creo que por aquí está un poco sucio... —murmuró Marta, bajando el volumen de su voz hasta convertirla en un susurro ronco, cargado de intención—. Creo que tengo que acercarme más para ver dónde está la suciedad.

El corazón de Carlos amenazaba con reventarle el esternón. Cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba en alerta.

—Madre mía, Álex... qué pinta tiene —ronroneó la rubia—. No sé si la punta me cabría en la boca...

Álex dejó escapar un gemido ahogado, una mezcla de súplica y puro instinto animal.

—¿Me dejas que la pruebe un poco? Parece deliciosa.

Lo que siguió a continuación fueron los cinco minutos más largos, agónicos y excitantes en la vida de Carlos. El sonido de la esponja desapareció por completo, siendo reemplazado por sonidos guturales, húmedos y rítmicos. Carlos escuchaba la succión obscena, el choque sutil de los labios contra la carne húmeda y la respiración descontrolada del universitario, que intentaba ahogar sus propios gemidos sin éxito.

Carlos se agarró a los cojines del sofá, sudando frío. La fricción en su propia entrepierna era dolorosa, pero no se atrevía a tocarse; estaba completamente paralizado por el poder de la escena.

De repente, el ritmo frenético se detuvo en seco. Se escuchó un sonido húmedo, cóncavo y rotundo, exactamente igual al descorche de una botella al vacío, cuando los labios de Marta liberaron la tensión de golpe.

—Marta... no seas mala... no me dejes así —suplicó Álex, jadeando, con la voz rota por la frustración de quedarse al borde del clímax.

—¡Dios mío, Álex, casi no podía respirar! —exclamó Marta, tosiendo ligeramente y soltando una carcajada sin aliento—. Aparta esa arma de destrucción masiva de mí, anda.

La puerta del baño se abrió del todo. Marta salió al pasillo caminando despacio. Tenía el pelo ligeramente revuelto, el vestido pegado al cuerpo por la humedad del baño y las mejillas encendidas. Pero lo que capturó la atención de Carlos de forma obsesiva fue su boca. Sus labios estaban hinchados, enrojecidos y brillaban con una humedad que no era agua.

Marta caminó directo hacia el sofá y se inclinó sobre Carlos.

—Carlos... —susurró, con los ojos brillando de una lujuria salvaje—. Dios, qué rico estaba. No tienes ni idea de lo jugosa que es.

Antes de que Carlos pudiera procesar las palabras, Marta aplastó su boca contra la de él. No fue un beso casto; fue una invasión. Marta le metió la lengua hasta el fondo, obligándole a saborear la esencia almizclada, cruda y salada del líquido preseminal de Álex que aún impregnaba su boca. Al mismo tiempo, deslizó su mano hasta la entrepierna del hombre, agarrando su erección de piedra a través del chándal con una posesividad brutal.

Carlos gimió contra los labios de la rubia, sintiendo cómo el cerebro le hacía cortocircuito. Estaba besando el rastro de la excitación de otro hombre en la boca de la amiga de su mujer, y le estaba volviendo completamente loco.

Marta rompió el beso lentamente, relamiéndose los labios mientras apretaba por última vez la virilidad de Carlos.

—No podía permitir que no lo disfrutases tú también —susurró ella, guiñándole un ojo con pura maldad.

Carlos se quedó hundido en el sofá, con la respiración entrecortada, el sabor a sexo ajeno en la lengua y los esquemas mentales reducidos a cenizas. No supo qué decir. No sabía qué pensar. Solo pudo mirar, completamente subyugado, cómo Marta se daba la vuelta y caminaba de regreso al baño con su presa.

Capítulo 34: El Lapsus

El silencio en el cuarto de baño era tan espeso que se podía cortar con un bisturí. Elena seguía arrodillada, con una gasa a medio empapar en la mano y la vista clavada en el vacío, intentando no mirar aquello que palpitaba a centímetros de su rostro.

—Mírala, Elena —dijo Hugo, con una voz ronca que vibró en el pecho de la mujer—. Mírala con atención.

Como si estuviera bajo el efecto de un hechizo, Elena desvió la mirada y claudicó. La miró sin ningún tipo de reparo, observando cada detalle de aquella cosa monstruosa. Parecía respirar por sí misma, dando pequeños respingos con cada inyección de sangre provocada por la excitación del momento. La piel oscura y tensa, las venas marcadas como rutas en un mapa... Elena comenzó a fantasear. Sin darse cuenta, empezó a abrir la boca lentamente, separando los labios mientras mantenía una mano apoyada en el muslo de él y la otra aferrando inútilmente la gasa.

Estaba completamente hipnotizada, a un segundo de inclinarse hacia adelante.

—La herida, Elena. Mira la herida.

Las palabras de Hugo fueron como un jarro de agua helada. Con un giro brusco, Elena volvió a concentrarse en el pequeño corte del muslo, muerta de vergüenza, sintiendo que el corazón le iba a salir por la boca.

Hugo no pudo evitar sonreír desde arriba. Sabía perfectamente que estaba a punto de desmoronar su castillo de naipes, su fachada de esposa intachable. No sabía cuánto más podría aguantar ella sin romperse, pero quería llevarla hasta el límite absoluto.

«Céntrate, Elena, tú puedes. Carlos está abajo... Dios mío, ¿qué estoy pensando? ¿Qué estoy haciendo?», se gritaba a sí misma en su cabeza, con las manos temblando.

Intentó enfocar la vista en el corte.

—Sí... sí... a ver... —balbuceó como pudo, tragando saliva—. Sí, parece que ha dejado de sangrar tanto.

Levantó la mirada hacia los ojos oscuros y depredadores de Hugo, buscando un ancla de cordura.

—Bien, Elena. Ahora es importante que te fijes en ella de nuevo para ver si necesita puntos —dijo Hugo, utilizando deliberadamente un pronombre ambiguo.

Elena bajó la vista obedientemente, pero sus ojos traicioneros no fueron al corte; fueron directos a la virilidad del chico.

—Sí, Hugo... es enorme —se le escapó, en un susurro cargado de admiración y terror.

Al darse cuenta de sus propias palabras y de lo que estaba mirando, dio un respingo y clavó los ojos en la pequeña herida.

—¡No, no es enorme, quería decir! La herida... no es enorme. No sé qué me pasa... —se atropelló, con la cara tan roja que parecía a punto de arder.

A Hugo le estaba encantando aquel juego. Ver a una mujer tan elegante y contenida perdiendo los papeles por él era la droga más excitante que había probado. Decidió apretar un poco más las tuercas y le dio instrucciones médicas con voz profesional, contrastando con la obscenidad de la situación.

—Tranquila. Ahora necesito que vuelvas al botiquín. Tienes que sujetar y presionar con una gasa limpia y un poco más de antiséptico, ¿vale?

Elena asintió enérgicamente. Su cerebro, saturado de estrés, culpa y deseo, convirtió las instrucciones en un esquema mental de emergencia que se repetía en bucle.

«Sujetar y presionar. Sujetar y presionar. Tú puedes, Elena. Gasa... ¿qué gasa? Ah, en el botiquín».

—Presionar y sujetar... —murmuró Elena en voz alta, completamente en trance.

Alargó la mano izquierda para buscar el bote de antiséptico en la caja y, con la derecha, ejecutó la orden. Sujetó y presionó.

Pero no agarró el muslo.

Los dedos de Elena se cerraron con firmeza alrededor del grueso tronco de la erección de Hugo. La sensación de la carne caliente y dura llenando su palma hizo que su cerebro hiciera cortocircuito. Sin ser plenamente consciente de ello, presa de un instinto animal que llevaba horas reprimiendo, Elena comenzó a mover la mano muy suavemente, deslizando la piel hacia arriba y hacia abajo, acariciando todo el tronco mientras la otra mano rebuscaba a ciegas en el plástico del botiquín.

Hugo cerró los ojos y apretó los puños con una fuerza descomunal. Las uñas se le clavaron en las palmas. El sacrificio que estaba haciendo para no agarrarla por el pelo y empujársela hasta la garganta era titánico. Aguantó la respiración, disfrutando de esos tres segundos de paraíso prohibido, antes de obligarse a detenerla.

—La herida, Elena... —dijo Hugo, con la voz ronca y temblorosa por el esfuerzo—. Sujeta y presiona la gasa en la herida, Elena.

Elena parpadeó, volviendo a la realidad de golpe. Miró su mano derecha y vio lo que estaba haciendo. Soltó a Hugo bruscamente, como si quemara, soltando un jadeo de puro pánico. Empezó a rebuscar en el botiquín con las manos temblando de forma descontrolada, derribando un par de botes hasta encontrar el apósito.

Sin atreverse a levantar la vista ni a articular palabra, terminó de ponerle la cura en el muslo, sellando el adhesivo sobre la piel. Cuando terminó, se quedó inmóvil, arrodillada, manteniendo ambas manos apoyadas sobre el apósito del chico, ensimismada. Su mente no estaba allí. Su mente seguía concentrada en la palma de su mano derecha, sintiendo el peso, el calor y el latido de lo que acababa de empuñar.

Hugo la miró desde arriba, con el pecho subiendo y bajando agitadamente.

—Me vuelves loco, Elena —confesó él en un susurro rasgado, rompiendo el silencio—. El deseo que te tengo me está reventando por dentro. Por respeto a Carlos, que está ahí abajo, no me voy a propasar. No voy a cruzar la línea... pero que te quede claro: me dejaría hacer absolutamente todo lo que tú quisieras hacerme.

Elena cerró los ojos, sintiendo que una lágrima de pura tensión se acumulaba en sus pestañas. La oferta era demasiado tentadora.

—Pero llevamos demasiado tiempo aquí encerrados —continuó Hugo, recuperando un poco el control y dando un paso atrás—. Búscame algo de ropa, por favor.

Elena asintió lentamente. Se levantó con las piernas temblorosas y, como un autómata, caminó hacia el dormitorio principal. Abrió el armario de Carlos y sacó un pantalón de chándal gris y una camiseta holgada. Su mente seguía atrapada en esos tres segundos de fricción. Había cruzado el límite. Lo había tocado de verdad.

Regresó al pasillo y, sin atreverse a entrar de nuevo al baño, le tendió la ropa a Hugo desde el umbral. El universitario la cogió, rozando los dedos de ella intencionadamente, y le dedicó una última mirada que prometía que aquel juego estaba muy lejos de terminar.

Capítulo 35: La Ropa del Anfitrión

Elena cerró la puerta de su dormitorio principal a sus espaldas y se apoyó contra la madera, respirando a trompicones. El sonido de la lluvia golpeando el cristal de la habitación quedaba ahogado por el latido ensordecedor de su propio corazón.

Levantó su mano derecha. Le temblaba ligeramente. Aunque ya no estaba en el baño con Hugo, su piel conservaba la memoria táctil, el peso y el calor de la virilidad del universitario. Cerró el puño con fuerza, sintiendo una mezcla de terror y una excitación que la estaba devorando por dentro. Estaba perdiendo el control.

Sabía que no podía bajar al salón en camisón. La seda estaba húmeda por la lluvia que le había salpicado al abrir la puerta y se le pegaba a los pechos de una forma demasiado evidente. Caminó hacia el vestidor, se quitó el camisón con movimientos mecánicos y se puso un vestido de punto fino, de cuello alto pero ceñido, de un color burdeos oscuro. Se miró al espejo, intentando recomponer la máscara de esposa perfecta, aunque sus ojos brillaban con una intensidad desconocida.

Abajo, en la planta principal, la situación era un cóctel a punto de estallar.

La puerta del baño de invitados se abrió y Álex salió al pasillo. Se estaba secando el pelo con una toalla. Llevaba puestos los pantalones de chándal grises y la camiseta de algodón que Carlos le había ofrecido.

Carlos, inmovilizado en el sofá y aún con el sabor a sexo ajeno ardiéndole en la boca tras el beso de Marta, se quedó mirando al universitario. El impacto visual fue demoledor. Los pantalones, que a Carlos le quedaban holgados, se ceñían como una segunda piel a los muslos gruesos y musculosos de Álex. Pero lo más humillante (y morboso) era el centro de la prenda. La tela gris de algodón fino no perdonaba, y la anatomía pesada del chico quedaba marcada con una crudeza que no dejaba nada a la imaginación.

Marta salió del baño justo detrás de Álex. Llevaba una sonrisa depredadora pintada en la cara y se detuvo junto al marco de la puerta del salón para disfrutar de la obra que acababa de crear.

—Vaya, Carlos... —comentó Álex, tirando un poco de la cinturilla del pantalón con una sonrisa a medias—. Creo que tu ropa me queda un poco pequeña. Espero no darla de sí.

Carlos tragó saliva, sintiéndose físicamente minúsculo en su propio salón. —No te preocupes —logró decir, esforzándose por mantener el tono cordial de un buen anfitrión—. Lo importante es que entréis en calor.

Marta soltó una carcajada cristalina, caminando hacia el sofá y sentándose en el reposabrazos, muy cerca de la cabeza de Carlos. —La culpa es tuya, Carlos —susurró ella, lo bastante bajo para que Álex no lo escuchara, pero lo bastante claro para martillear el cerebro del marido—. Ya te avisé antes. No podías pretender que a este chico le cupiera semejante polla en tus pantalones sin que se notara.

Carlos cerró los ojos, apretando los puños. Las palabras de Marta, vulgares y directas, rompieron su fachada. Una sacudida de pura excitación le recorrió la espina dorsal, obligándole a cruzar la pierna sana sobre la vendada para disimular su propia erección.

En ese momento, se escucharon pasos bajando por la escalera de madera.

Era Hugo. Al igual que su amigo, llevaba la ropa de Carlos, y el resultado era igual de imponente. La camiseta le tiraba de los hombros anchos y el pantalón gris le marcaba el paquete con descaro. Detrás de él, bajando los escalones con una lentitud casi dolorosa, apareció Elena.

Cuando los cuatro se reunieron en el salón, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Hugo cruzó una mirada cómplice con Álex. Los dos "lobos" estaban ahora en el centro del territorio de Carlos, vestidos con su ropa, limpios, calientes y radiando una energía puramente animal.

Elena evitó mirar a los chicos y se acercó directamente al sofá, buscando el refugio de su marido. —La tormenta no tiene pinta de parar pronto —murmuró Elena, mirando por el ventanal hacia el cielo negro como el carbón.

—Ni se os ocurra salir ahí fuera con este clima —sentenció Carlos, asumiendo su papel protector, aunque su voz sonó un poco estrangulada al ver a Hugo plantado frente a su mujer con la entrepierna marcada por su propia ropa—. Es la hora de cenar. Nos habéis salvado el día antes, así que lo mínimo que podemos hacer es invitaros a quedaros.

—Sería un honor, Carlos. Pero no queremos molestar a Elena —dijo Hugo con educación fingida, clavando sus ojos oscuros en la dueña de la casa.

Elena sintió que el aire le faltaba. Recordó la frase que él le había dicho en el baño: «Me dejaría hacer absolutamente todo lo que tú quisieras hacerme». —No es molestia —logró articular Elena, con la voz un poco temblorosa—. Prepararé algo rápido. Poned la mesa.

Marta sonrió, frotándose las manos. —Perfecto. Yo me encargo del vino. Esta noche promete ser inolvidable.

Capítulo 36: Dos Mundos en la Misma Mesa

La tormenta golpeaba los ventanales del chalet con una furia implacable, pero dentro, el comedor estaba envuelto en una luz cálida y engañosamente hogareña.

Carlos se había empeñado en organizar una cena en condiciones para sus "salvadores". Estaba sentado en la cabecera de la mesa, con la pierna vendada descansando sobre una silla supletoria. A su derecha, Elena intentaba concentrarse en su copa de vino tinto. A su izquierda, Marta sonreía como un gato que acaba de acorralar a un canario.

Frente a las mujeres, Hugo y Álex ocupaban sus asientos. Carlos les había prestado ropa seca tras la tormenta: unos pantalones de chándal grises y unas camisetas de algodón. El problema (o el morbo) era que los universitarios tenían los hombros mucho más anchos y los muslos más gruesos que su anfitrión. La tela gris se tensaba peligrosamente sobre sus entrepiernas cada vez que cambiaban de postura bajo la mesa, creando un espectáculo visual del que Carlos era dolorosamente consciente y del que Elena no podía apartar la vista.

—De verdad, chicos, no sé qué habría hecho esta tarde sin vosotros en la cala —dijo Carlos, levantando su copa—. Brindo por los futuros médicos de este país.

—No fue nada, Carlos. Un placer ayudar —respondió Álex, chocando su copa con una educación impecable.

—Aunque hay que reconocer que el día ha sido de lo más intenso —intervino Marta, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo su copa con ambas manos, mirando fijamente a Hugo—. Primero la playa... luego la lluvia. Y a vosotros, ¿qué os ha parecido el paisaje de nuestra pequeña cala nudista?

Elena se atragantó ligeramente con el vino. Carlos, por el contrario, dejó el tenedor en el plato y se inclinó hacia delante. El brillo oscuro y voyeurista que Elena había visto antes en sus ojos volvió a aparecer.

—Es una cala... espectacular —respondió Hugo. Su tono era educado, pero sus ojos oscuros se clavaron directamente en Elena al pronunciar la palabra—. Tiene unas vistas increíbles. De hecho, no podíamos dejar de mirar. ¿Verdad, Álex?

—Imposible apartar la vista —coincidió el otro, sonriendo a Marta.

Carlos tragó saliva, sintiendo que un calor impropio le subía por el cuello. La idea de esos dos sementales mirando cuerpos desnudos en la playa le excitaba de una forma enfermiza. —Me imagino que a vuestra edad, rodeados de chicas universitarias todo el día, una playa así no será para tanto, ¿no? —preguntó Carlos, intentando sonar casual, aunque su voz sonó un poco más ronca de lo normal.

Fue entonces cuando Elena sintió el primer ataque.

Por debajo de la mesa, oculto por el largo mantel de hilo blanco, el pie descalzo de Hugo rozó el tobillo de Elena. Ella dio un respingo imperceptible, apretando las rodillas bajo la tela de su vestido.

—Te equivocas, Carlos —dijo Hugo, sin apartar los ojos de Elena, mientras su pie desnudo comenzaba a acariciar lentamente la pantorrilla de la mujer—. Las chicas de la universidad son aburridas. Demasiado predecibles. A mí me gustan las mujeres más maduras. Mujeres elegantes, de las que parecen que nunca romperían un plato...

El pie de Hugo subió un poco más, rozando la curva de la rodilla de Elena. Ella apretó los labios, intentando respirar con normalidad mientras cortaba un trozo de carne en su plato.

—Exacto —apoyó Álex, captando el juego y mirando a Carlos directamente—. No hay nada que me ponga más que una mujer refinada, casada, que se cree que lo tiene todo bajo control. Imagínate, Carlos: una mujer de piel blanca, impecable, que de repente se quita la parte de arriba del bañador y te das cuenta de que se muere de ganas de que la toquen.

La descripción era un retrato exacto de Elena. Era tan evidente que a ella le pitaron los oídos de pura vergüenza. Miró a su marido, aterrada, esperando que Carlos atara cabos, que montara en cólera y echara a los universitarios de su casa.

Pero Carlos no estaba enfadado. Sus pupilas estaban dilatadas. Se removió en su silla, ajustando la postura porque el pantalón empezaba a apretarle. Estaba escuchando a dos hombres describir exactamente a su mujer, fantaseando con cómo se la follarían, y eso lo estaba volviendo completamente loco.

—Y tú, Hugo... —susurró Marta, saboreando la tensión en el ambiente como si fuera un postre—. ¿Qué harías con una mujer así si te dejara tocarla?

Bajo la mesa, el pie de Hugo se coló entre las rodillas apretadas de Elena, forzándola a separarlas unos centímetros. El contacto de los dedos calientes del chico rozando la cara interna de su muslo fue un latigazo eléctrico que le cortó la respiración.

—Si ella me dejara... —Hugo le sostuvo la mirada a Elena, con una sonrisa depredadora, mientras su pie ascendía peligrosamente hacia la intimidad de la mujer bajo la seguridad del mantel—. No pararía hasta hacerla suplicar. Y me encantaría que su marido estuviera mirando para que aprendiera cómo se hace.

Carlos soltó una carcajada nerviosa y ahogada, completamente ciego a la realidad que se estaba ejecutando a menos de un metro de él, hundido en su propia excitación. Elena, con el corazón desbocado y el pie de Hugo acariciando el borde de su ropa interior, cerró los ojos un segundo, dándose cuenta de que aquella cena iba a ser la prueba más larga y tortuosa de su vida.

Capítulo 37: Al Borde del Abismo

El comedor estaba sumido en una dualidad asfixiante. Por encima del largo mantel de hilo, la cena transcurría bajo una capa de falsa civilidad, iluminada por la lámpara de techo y regada con vino tinto. Pero por debajo, en la penumbra que ocultaba las piernas de los comensales, se estaba librando una batalla silenciosa y devastadora.

Elena mantenía la vista clavada en su plato, sujetando el tenedor con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. El pie descalzo de Hugo, con una precisión casi sádica, había superado la barrera de su rodilla y ahora acariciaba la piel sensible de la cara interna de su muslo izquierdo. Cada roce de los dedos del universitario contra su piel era una descarga de fuego que le obligaba a contener la respiración.

—¿Y tú, Álex? —preguntó Marta, girando su copa, negándose a dejar morir la conversación que tanto estaba alterando al marido de su amiga—. Hugo lo tiene muy claro con su mujer ideal, pero... ¿tú qué le harías a esa mujer perfecta y casada de la que habláis?

Álex se limpió los labios con la servilleta, dándose su tiempo. Miró a Carlos y luego desvió sus ojos claros hacia Elena. —Yo soy más de saborear los detalles —respondió Álex, con una calma que ponía los pelos de punta—. Me encantaría desnudarla muy despacio. Las mujeres tan recatadas suelen guardar mucha tensión acumulada. Una vez que consigues que abran las piernas y se olviden de su marido... estoy seguro de que son insaciables.

Carlos tragó vino por el camino equivocado y tosió levemente, llevándose una mano al pecho. El calor en el salón le resultaba abrumador. La descripción era tan gráfica, tan dirigida hacia el prototipo de su propia esposa, que la fricción del pantalón contra su excitación se volvió dolorosa. Necesitaba desesperadamente anclarse a la realidad antes de perder la cabeza.

—¿La carne está a tu gusto, Elena? —preguntó Carlos de repente, buscando la voz suave y reconfortante de su mujer para huir de sus propios demonios.

Fue el peor momento posible.

Justo cuando Carlos pronunció su nombre, bajo la mesa, el dedo gordo del pie de Hugo se deslizó con descaro por debajo del borde de la ropa interior de Elena. El tacto frío y directo contra su intimidad húmeda la pilló completamente desprevenida.

Elena dio un respingo violento. Su rodilla chocó contra la madera de la mesa, haciendo vibrar las copas, y el tenedor se le escapó de los dedos, cayendo sobre la porcelana del plato con un golpe agudo que resonó en todo el salón. Un gemido ahogado, una mezcla de sorpresa y placer reprimido, escapó de su garganta.

Todos en la mesa se quedaron en silencio.

—Elena... ¿estás bien, cariño? —preguntó Carlos, frunciendo el ceño, alarmado por la reacción exagerada de su mujer.

Elena sentía que se iba a desmayar. El pie de Hugo no se retiró; al contrario, ejerció una ligera presión hacia arriba, exigiéndole que mantuviera la compostura mientras la profanaba en las narices de su marido.

—Sí... sí, perdonad —balbuceó Elena, con el rostro teñido de un rojo furioso, sin atreverse a levantar la vista del mantel—. Es que... ha sonado un trueno muy fuerte y me he asustado. Se me ha escurrido el tenedor. La carne está perfecta, Carlos.

Marta soltó una carcajada baja y musical. Sabía perfectamente que no había sonado ningún trueno en los últimos diez minutos. Se inclinó hacia Carlos, acercando su boca al oído del anfitrión, y le susurró con voz arrastrada para que solo él la escuchara.

—Mírala, Carlos. Está temblando como una hoja. Te apuesto lo que quieras a que esos dos tienen la polla dura como el mármol debajo de la mesa, imaginando cómo se la follarían aquí mismo, sobre los platos. Y a ti te encanta, ¿a que sí?

El susurro explícito de Marta fue el golpe de gracia. Carlos cerró los ojos, incapaz de articular palabra, sintiendo cómo la humedad en sus pantalones grises aumentaba. No podía negar la evidencia: estaba sentado a la cabecera de su mesa, invitando a cenar a dos hombres más jóvenes y fuertes, y la sola idea de que quisieran destrozar la pureza de su mujer lo excitaba más que nada en el mundo.

Frente a él, Hugo recogió su copa de vino y le dedicó una leve sonrisa a Elena. —Tranquila, Elena —dijo el estudiante, con una doble intención que solo ella comprendió—. Las tormentas a veces nos pillan por sorpresa. Pero si te dejas llevar, acaban siendo muy placenteras.

Elena cogió su propia copa con las manos temblorosas y bebió un sorbo largo, cerrando los ojos. El pie de Hugo seguía allí, instalado en su intimidad, y con un terror paralizante, Elena se dio cuenta de la verdad más oscura de todas: no quería que lo apartara.