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Zorras de despedida de soltera (2 de 4)

La noche prometía ser solo una fiesta, pero Clara tenía otros planes. Cuando el stripper entra en la habitación, la línea entre la diversión y la transgresión se borra, dejando a Paula atrapada entre el placer prohibido y la culpa, mientras Rebeca observa, ardiendo en secreto.

XimIkrad16K vistas9.2· 27 votos

El calor empieza a irse, pero el aire sigue denso. Apesta a alcohol barato, sudor y ganas de no volver a casa. Cada bar es un zumbido, un puto nido de risas, música que golpea como un martillo percutor, y cuerpos que no paran de chocar.

Las copas se mezclan. No sé cuántas llevo. No importa. Las piernas pesan, los pies duelen, y la cabeza va flotando como si no fuese mía.

Paula, la santa de siempre, la que dijo que no quería acabar tirada por los suelos, ahora se ríe con las mejillas encendidas, la banda de “Novia del Año” hecha un nudo sobre las tetas, y las orejitas de conejo dobladas, como si ya se rindieran ellas también.

Clara la mira como si fuera un logro personal.

—Así me gusta, reina —le dice, dándole una palmada en la espalda—. Ya ves que no se muere nadie por una copa más. O cinco.

—No sé cómo podéis beber tanto… —se queja Paula, riéndose, con la copa temblándole en los dedos.

—Entrenamiento, cariño. Como los marines —responde Clara, poniéndose seria por un segundo, y luego se descojona.

Nos metemos en un restaurante de comida rápida para devorar hamburguesas y patatas fritas como si no hubiera un mañana.

El hambre es brutal. La dieta no existe esta noche.

Yo apenas hablo. Mastico y trago como si con eso pudiera callar la voz de ese imbécil rubio que no para de meterse en mi cabeza.

Cuando terminamos la última ración, Clara se levanta de golpe. Las palmas chocan fuerte, como una bofetada. Todas se giran.

—¡Atención, chochos!

Algunas pegan un bote en el asiento. Otras la miran con cara de “qué coño le pasa ahora”.

—Nos vamos.

—¿Cómo que nos vamos? —pregunta una, con la boca llena de patatas.

—Escuchad. —Clara se ríe, esa risa suya de cabrona con plan—. Nos queda la parte buena. La jodida guinda.

Paula frunce el ceño, medio borracha, pero todavía con las alarmas encendidas.

—Clara… ¿qué hiciste?

—Nada. Bueno, un detallito. Un algo especial. Una sorpresita. Vais a flipar.

La mesa queda hecha un asco. Vasos, salsas, servilletas pegadas a la bandeja como piel quemada. Salimos entre risas torcidas y murmullos que huelen a vodka y sospecha.

—Esto va a acabar fatal —dice Paula, mirándola de reojo como quien ve venir una tormenta.

—Lo que acaba mal es tu fe en mí.

—Por eso mismo.

El coche de vuelta es una cueva llena de voces bajas, risas que se cortan a la mitad, suposiciones absurdas. Clara no dice nada. Solo sonríe. Como si supiera que estamos todas bailando sobre la trampa sin darnos cuenta.

Entramos en casa. Clara se planta en la entrada como una puta anfitriona de ritual.

—Bolsos fuera. Móviles también. A la mierda el mundo.

Lo dice en tono de orden, pero con una sonrisa de niña mala. De esas que esconden cerillas en los bolsillos.

—¡Venga, coño! Bebed algo, poned música. —Su voz retumba en el salón—. La noche no ha hecho más que empezar.

Yo me dejo caer en el sofá. Me duele todo. Sirvo más vodka con limón. Me quema en la garganta, pero no tanto como lo que llevo encima desde hace días.

La cabeza no me deja en paz. Ni el cuerpo. Siento esa mezcla rara de calor y vacío. Como si me hubieran mordido por dentro y la carne tardara en cerrarse.

El cuerpo me arde. No sé si es el alcohol o la mierda que arrastro desde antes de salir de casa. Lo de Leo. Lo que me dijo. Lo que no dijo. Cómo me miraba. Basta.

No pienso en él. No pienso en su boca, ni en su lengua, ni en lo que habría pasado si me hubiera quedado un poco más.

Entonces suena el timbre, y todas giramos la cabeza.

—Ahora sí empieza la fiesta —anuncia Clara mientras cruza el comedor con esa sonrisa de zorra que solo saca cuando va a reventar la noche.

El timbre todavía está vibrando en las paredes cuando abre la puerta. Y de pronto, el aire cambia. Se espesa. Se vuelve eléctrico.

Él entra.

Alto. De piel morena, como aceite sobre músculo. Botas negras, pantalón que le abraza las piernas como una segunda piel. Camisa azul de policía, abierta hasta media altura. El pecho reluce. Una placa cuelga, brillante. Y las gafas oscuras le tapan los ojos como si eso pudiera contener el fuego que lleva dentro.

Un puto stripper.

Las chicas estallan. Chillidos, carcajadas, alguna salta del sofá. Ya están cuchicheando entre ellas como si estuvieran a punto de ver el espectáculo del siglo.

Él no dice una palabra. Solo camina. Lento. Con paso de depredador. Se lame los labios sin prisa, como si ya hubiera probado el sabor del ambiente y le pareciera justo lo que esperaba.

La música arranca.

Un ritmo lento, cargado de sensualidad.

Él se planta en el centro del salón, piernas separadas, postura firme. Se lleva las manos al cinturón y lo afloja con un gesto que parece un roce, pero tiene filo. Como si cada hebilla desabrochada fuera una amenaza.

El griterío sube. Yo no me muevo. Siento la vibración de la música en los pies, en el vientre.

Empieza a bailar. Despacio. Como si el tiempo le obedeciera solo a él. Cada músculo hace exactamente lo que quiere. Cada giro de cadera corta el aire. Cada ondulación de su cuerpo parece estudiada para rozarte por dentro, aunque estés sentada a dos metros.

Y entonces, se abre la camisa.

No de golpe. La deja caer. Como si le pesara. Como si supiera lo que tiene y lo entregara por puro capricho.

Su torso es un crimen. Oscuro, tallado, brillante. Los abdominales parecen marcados a fuego. La línea que baja desde su ombligo hasta el pantalón es como una invitación escrita en la piel.

El salón entero tiembla. Las chicas se retuercen, chillan, le sueltan piropos como si estuvieran poseídas.

Pasa entre nosotras, se inclina. Susurra cosas al oído que las hacen estallar de risa. No sé qué dice, pero sus voces se vuelven más agudas, más desesperadas.

Entonces pasa a mi lado. Y lo veo.

El bulto. En su tanga fucsia. Inmenso. Elástico. Imposible. Trago saliva sin querer. Aparto la mirada como si eso fuera a servirme de algo, pero ya lo he visto. Y ya no puedo dejar de verlo.

Cuando levanto la vista, está delante de mí. Balanceando las caderas y moviendo esa cosa a pocos centímetros de mi. Tanto que puedo notar su olor, su respiración caliente.

Sus caderas se mueven lento. Un vaivén hipnótico. La forma de su cuerpo bajo la tela brilla con el movimiento. Se lo nota duro. Presente. Como si lo hiciera a propósito. Como si supiera que me está poniendo al límite.

—Madre mía, Rebe, vas a reventar la camiseta —se parte Clara, sin dejar de mirar también. Señala mis pezones, duros y marcados bajo la tela empapada de calor y vodka.

Intento cruzarme de brazos, pero no me muevo. Estoy congelada. En llamas por dentro.

Él se ajusta las gafas como si le divirtiera todo esto. Como si supiera lo que me está haciendo sin tocarme.

Y sin decir nada, se gira y se va. Se desliza hacia la cocina como si supiera que ha dejado el fuego encendido y no piensa apagarlo.

—¿Pero qué coño has montado? —suelta Paula, con los ojos como platos, medio atragantada de vodka o puro pánico.

—Una despedida de soltera. —Clara se sirve otra copa sin inmutarse, como si esto fuera lo más normal del mundo—. Una que no vas a olvidar nunca. Ni tú, ni tus bragas.

—Estás loca, tía.

—No, reina. Soy tu mejor amiga. Y si todo va bien… será tu última noche como soltera. O no. Así que, hazme el favor: cierra la boca y disfruta.

Paula se la queda mirando, con la mandíbula medio colgando. Va a protestar, lo sé. Pero entonces el moreno vuelve a entrar.

Esta vez solo lleva una toalla blanca atada a la cintura. Y en la mano, un bote de nata.

El salón estalla.

—Hostia puta… —murmura alguien, mientras las risas se mezclan con grititos nerviosos.

Yo trago saliva. Siento el pulso en el cuello. El ambiente es denso, pegajoso, como si el aire llevara perfume, sudor y algo más. Algo que no se dice, pero se siente en la piel.

Él camina hacia Paula. Ella no se mueve. Se ha quedado como estatua, con las manos apretadas en el regazo y los ojos fijos en la toalla como si eso pudiera detener lo que viene.

—No, no, no… —farfulla, sin fuerza.

—Sí, sí, sí… —responde él, sonriendo de manera perversa.

La música sube. Algo con bajos marcados y lentos, como un latido sucio.

Él destapa el bote con una sola mano, lo agita, y lo inclina sobre su abdomen.

La nata sale espesa, blanca, caliente por el cuerpo moreno. Se desliza despacio por sus abdominales, resbalando por la línea que baja directo al infierno. La gota se pierde justo donde empieza la toalla. Justo ahí.

—Límpialo —dice, sin vergüenza, sin pestañear.

—¿Qué?

—Lo que has oído, bombón. —Y se baja las gafas para soltarle un guiño de esos que huelen a sexo.

Paula se ríe, tensa. Una risa que no es risa, es puro bloqueo disfrazado. Pero ya es tarde. Nosotras ya hemos olido la sangre en el agua.

—¡Vamos, Paula!

—¡Chúpale la nata!

—¡Eso no se derrite solo!

Ella se revuelve, se tapa la cara, se ríe sin aire, se muerde los labios. Pero sus ojos están clavados en el surco de nata, brillando con algo que no es solo vergüenza.

Es deseo. Es curiosidad. Es ese momento donde el cuerpo empieza a responder aunque la cabeza grite que no.

Clara le da un empujoncito con el pie.

—Vamos, que si no lo haces tú… lo hago yo.

Me muerdo el labio. Siento cómo se me revuelve algo por dentro. No es solo morbo. Es ese calor pegajoso que empieza entre las piernas y se extiende como fuego lento por el vientre, por el pecho, por la garganta.

Estoy hirviendo. En todos los sentidos.

Paula traga saliva. Se inclina.

Saca la lengua.

Y lo lame.

El grito que suelta el grupo es casi histérico. Voces agudas, carcajadas desatadas, una copa que se vuelca sobre la alfombra. Pero yo no río. Yo no pestañeo. Solo miro. Como si no pudiera parpadear.

Pero el stripper no ha terminado.

Sus manos se deslizan hacia la cintura. Agarra la tela fucsia de su tanga. La baja. La tela fucsia cae al suelo sin prisa, sin vergüenza, y de repente todo el aire de la habitación parece desaparecer.

Silencio. Un segundo. Dos. Tres. Y después, el estruendo.

Gritos, chillidos, exclamaciones. Algunas se tapan la cara, otras se agarran entre ellas, como si necesitaran algo firme a lo que aferrarse. Como si se les hubiera salido el mundo del sitio.

Yo no hago nada. Porque no puedo mirar a otra parte.

Lo que tiene entre las piernas es… inhumano. Negro. Pesado. Lento. Se mueve como si tuviera vida. Las venas sobresalen como raíces gruesas. La piel, lisa, brillante. El glande, expuesto, color vino oscuro. Late. Lo juro. Lo veo latir.

Él sonríe. Se lo nota el gusto que le da vernos así, atrapadas.

Y entonces, el bote de nata vuelve a inclinarse.

Esta vez, directo sobre su polla.

El líquido blanco cae en espiral, se derrama por el tronco grueso, se escurre entre las venas, marcando cada curva, cada relieve. Resbala hasta la base y sigue bajando, regodeándose.

Las chicas se descontrolan. Gritos, risas, exclamaciones ahogadas, algunas se cubren la boca, otras se agarran unas a otras como si no pudieran creer lo que están viendo. La tensión es asfixiante.

Siento el calor concentrado entre los muslos, un picor húmedo, incómodo, como si mi ropa interior se hubiera vuelto un estorbo de golpe.

Paula levanta la cabeza. Tiene la cara roja, los ojos brillantes. Le tiembla el pecho. Está atrapada. Como yo. Como todas.

—No… —susurra.

—Sí —responde él, acercándose aún más, con las caderas en tensión.

No la deja pensar.

Se inclina. Le sube la toalla con una mano. Con la otra le acaricia la mejilla. Algo le dice al oído. No lo oigo. No hace falta.

Veo su cabello moverse.

Vaivén.

Adelante. Atrás.

Despacito al principio. Casi tímido.

Las chicas rugen. El jaleo sube. Gritos, aplausos, frases sin sentido. Como si animaran un gol en cámara lenta.

Él gime. No de verdad. Es de show. Pero no importa. La imagen ya está tatuada en el aire.

Y entonces la toalla cae.

El moreno no se cubre. No lo necesita. Porque ya está medio dentro de la boca de mi amiga. Ya no queda rastro de nata. Ni rastro de pudor.

Paula se aparta, solo un segundo. Respira con fuerza. Tiene la saliva en los labios, los ojos húmedos, la mirada nublada. El cuerpo le tiembla.

Y yo…

Yo aprieto las piernas.

Porque siento algo goteando.

La todavía soltera traga saliva. Titubea un segundo. La tensión en su cuerpo se nota hasta en las pestañas. Pero su mirada ya no es la de hace diez minutos.

Algo se ha roto. O mejor dicho, algo se ha soltado. Tal vez ha sido el alcohol, tal vez el calor denso del salón, los gritos, la nata derritiéndose sobre esa polla imposible. O quizá era solo cuestión de tiempo.

Se humedece los labios, inspira profundo… y lo hace.

Se la mete de nuevo en la boca.

Al principio es tímida. Solo un roce, la lengua acariciando la punta, lamiendo restos dulzones que todavía brillan en la piel tensa. Apenas un contacto. Un gesto de tanteo.

Pero él gruñe. Un gruñido bajo, ronco, nacido en el fondo del pecho. Ese sonido lo cambia todo.

Las chicas gritan. Aplauden. Chillan con histeria. Como si acabaran de ver a alguien saltar al vacío. Y Paula, al escucharlo, se suelta. Como si eso fuera lo único que necesitaba para entregarse.

Rodea la punta con los labios y empieza a succionar. Despacito. Con cuidado.

Sus manos intentan abarcar el tronco, pero se le quedan cortas. Los dedos no logran cerrarse. Es demasiado grueso. Demasiado para todo.

Su mandíbula se tensa. Se esfuerza. Sus mejillas se hunden. Lo intenta con ambas manos, buscando ayudar, pero ni siquiera eso sirve. Acaba agarrándose a los muslos del stripper, aferrada como si el suelo se moviera.

Lo chupa. Lo trabaja.

Pero no entra entero. Ni de lejos.

La imagen es surrealista. Casi ridícula.

Parece un animalito intentando tragarse algo que no está hecho para su boca. Y sin embargo… no hay nada ridículo en cómo se me enciende el vientre al verla.

Las risas se mezclan con jadeos que ya no son solo risa. No son fingidos. No son de broma.

Están cachondas.

Perdón.

Estamos cachondas.

Sigo mirando cómo Paula se recoloca, se acomoda mejor, empuja con los labios mientras jadea contra esa piel caliente. Como si no pudiera parar. Como si estuviera probando algo que va a perder para siempre.

Sigo mirando cómo él le agarra el cabello con fuerza. Cómo le guía la cabeza con un ritmo lento, pero firme. El vaivén se vuelve más intenso. Más animal.

Y entonces ella se ahoga un poco. Gime con la boca llena. Se aparta solo un segundo. La baba le cae por la barbilla. El calor le ha dejado las mejillas al rojo vivo. Está perdida.

Ella no ve a nadie. No oye a nadie. Solo a él.

Él gime. Detiene la mamada y se agarra el rabo con la manaza.

Empieza a pajearse frente a ella.

Los dedos bajan por el tronco mojado, lo cubren de su propia saliva y nata derretida. Paula sigue sentada, con la boca abierta, las manos apoyadas en el sofá, mirando como si esperara que la castigaran.

—Abre bien la boquita —le ordena él, ronco, con la voz cargada de fuego.

Ella abre la boca y saca la lengua. Y entonces, él se corre. Empieza a disparar como un maldito surtidor, con chorros gruesos que no parecen tener fin. Le estalla en la lengua, en los labios, en la barbilla. Le resbala por la cara, la mancha como si estuviera pintándola de blanco.

Él no gime. Ruge, como si hubiera estado aguantando todo eso solo para soltarlo ahora, en su cara, en su boca.

Y cuando termina, cuando el cuerpo deja de estremecerse, le alza la barbilla con la palma abierta, con firmeza. La obliga a levantar la vista. y la observa desde arriba con una sonrisa oscura, de macho satisfecho.

Paula jadea, con los labios hinchados, brillantes, todavía entreabiertos y sucios, el semen deslizándose por la comisura como nata derretida; se pasa la lengua despacio, relamiéndose sin pudor, como si saboreara un postre prohibido, tragando el último hilo con un suspiro ahogado mientras su mirada, aún nublada, se alza sin rastro de culpa, solo entrega.

No me he movido. No he tocado a nadie. No he participado.

Pero estoy ardiendo.

Entre las piernas, me escuece. Me resbalo contra la tela mojada de mi ropa interior. Siento ese calor sucio, esa punzada dulce que viene justo antes del desastre.

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El griterío sube al nivel de las carcajadas, sacudiendo la casa como una detonación. Es un estruendo de lujuria desatada, de euforia animal, de adrenalina liberada tras lo que acaban de ver. Algunas aplauden como si acabara de aterrizar un avión en el salón. Otras lloran de risa, dobladas sobre sí mismas, sin poder respirar. Varias se abanican con las manos, los rostros encendidos, sudados, como si el aire se hubiera vuelto espeso, sofocante y denso. Absurdamente denso.

Paula, con las mejillas aún encendidas y los labios brillantes, se cubre la cara entre risas. Se esconde, como si pudiera borrar lo que ha hecho. Pero su risa suena suelta. Culpable, sí. Y también satisfecha.

—Dios mío… —murmura, sin levantar la vista.

Clara, con los ojos ardiendo de pura malicia, se agacha a su lado, le da una palmadita y le susurra al oído con voz ronca, carajillera.

—Eso… eso es una despedida de soltera como Dios manda.

El stripper se estira despacio, aún completamente desnudo. No muestra ni una sombra de pudor. Agarra la toalla, se limpia los restos de nata de la piel y se la anuda con calma, como si no tuviera a una docena de mujeres devorándolo con la mirada.

Nos lanza una última sonrisa lobuna. Sabe lo que ha hecho. Y le ha encantado.

—Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo.

—¡Mucho más! —grita alguien entre carcajadas.

—¡Yo quiero también! —exclama otra.

Él suelta una risa grave, se pone la camisa sin abrocharla, se recoloca las gafas oscuras —que nunca se quitó— y sale por la puerta como si acabara de entregar una pizza, no una mamada de infarto.

Las chicas estallan en un último grito de histeria, como un aullido en manada,antes de que todas empiecen a desparramarse por el salón. Sofás, alfombra, cojines. agarrándose unas a otras para no caerse de la risa. El alcohol y la excitación aún lo impregnan todo. En el aire flota el olor agrio del sudor, del sexo, del semen recién derramado. Se siente en la garganta seca, se pega a la piel empapada en sudor.

Yo no me río. No puedo.

Mi corazón sigue golpeando fuerte contra mis costillas. Las piernas me tiemblan. Siento un calor sucio atrapado entre los muslos, húmedo e insistente. Me aprieta desde dentro.

Agarro una copa de la mesa. Bebo. Un trago largo. Quema, pero necesito apagarme un poco. Bajar la temperatura. Fingir que no estoy como estoy. Como si no fuera evidente.

Pero antes de que pueda recomponerme del todo, veo a Paula marcharse. La veo desaparecer escaleras arriba con pasos apresurados. Está huyendo. No sé si de nosotras, de sí misma o del sabor que todavía lleva en la lengua.

Nadie parece notarlo. Todas siguen reviviendo la escena, repitiendo los gemidos exagerados del stripper, brindando por la novia que, en este momento, parece querer desaparecer de la faz de la Tierra.

Dudo un segundo. Podría hacer como que no he visto nada. Bajar la cabeza, quedarme abajo, seguir bebiendo y fingir que no pasó.

Pero eso no es lo que hacen las amigas. O eso quiero pensar.

Respiro hondo, dejo la copa sobre la mesa y subo tras ella. La encuentro en una de las habitaciones, de espaldas a la puerta. Tiene los hombros encogidos, el rostro hundido entre las manos. Un tembleque recorre todo su cuerpo.

—Paula… —cierro la puerta con cuidado, sin hacer ruido.

Ella se sobresalta, gira un poco la cabeza, me ve… y se esconde de nuevo entre los dedos.

—Rebeca… ¿qué he hecho?

Su voz sale rota. Está desbordada. Angustiosa. Se frota la cara con fuerza, como si pudiera arrancarse lo que acaba de pasar.

—Yo no quería… —jadea—. No quería, pero… no me he podido controlar. Mi novio no se merece esto…

Doy un par de pasos. No la toco todavía. La dejo respirar.

—Paula, cálmate. No tienes por qué torturarte. Nadie va a decir nada.

—No lo entiendes… —niega con la cabeza, desesperada—. Me ha encantado.

Eso me deja helada. No lo dice como una excusa. Lo dice como una condena.

—El olor… el sabor… —Se tapa la boca con una mano, como si le diera asco escucharse—. ¿Qué clase de persona hace esto? Así no se comporta una futura esposa.

La última palabra se le rompe en la garganta. Y entonces, llora. Llora de verdad.

Y yo no tengo nada que decir. Porque yo también estoy cruzando líneas esta noche. Y sé lo que es sentir esa mezcla de placer y culpa retorcida. Lo sé demasiado bien.

Así que hago lo único que me sale.

La abrazo.

Paula se deja caer sobre mí, llorando a lo bestia, deshecha, con los mocos empapándome el hombro. La rodeo con los brazos y empiezo a acariciarle la espalda con movimientos lentos, casi automáticos, sintiendo su respiración descompuesta, su cuerpo tembloroso, sus dedos aferrándose a mí como si se fuera a romper en cualquier momento.

—No pasa nada —murmuro cerca de su oído—. Nadie va a contarlo. Él no va a saberlo nunca.

—Pero…

—Te lo pasaste bien. Solo eso. Todas hacemos locuras alguna vez.

Ella sigue llorando en silencio. Sacude la cabeza, pero no responde. Respira. Profundo. Lento. Con la mirada perdida en el suelo.

Poco a poco, sus temblores se calman.

—¿Mejor?

Asiente con los ojos cerrados.

—Baja cuando estés lista, ¿vale?

Le doy un último apretón en el brazo. No la miro más.

Y salgo de la habitación. Con el pecho ardiendo. Y la conciencia cosquilleando en la nuca.

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Nada más poner un pie en el pasillo, el móvil vibra en mi mano.

Mateo. Mi encantador marido.

Cierro los ojos. Suspiro largo y profundo, como si pudiera calmar mi estado con eso. Pero no funciona. Contesto igual.

—Hola, amor…

Charlamos un poco, lo típico. Palabras vacías, actualizaciones que no importan. Pero no tardo en notar el cambio. Él también lo nota. Mi lengua se enreda. Me cuesta mantener el tono neutro.

—Rebeca —su voz es seca, tensa—. ¿Dónde estás?

—En la casa —contesto con la boca pastosa.

—¿Y qué estáis haciendo? Te noto fatal. No puedes ni hablar bien.

Salgo al porche. Busco aire, pero no hay. Ni una brisa. Solo calor balear pegado al cuerpo. Miro por el ventanal: el salón sigue encendido. Risas, música, copas en alto. Ninguna tiene idea de la mierda emocional que acaba de explotar arriba.

—Las chicas… se están pasando un poco —balbuceo—. Ya sabes cómo son estas cosas.

Silencio. De ese del que duele.

—Sabía que esto era una mala idea —masculla. Está conteniéndose, pero no del todo—. Ese viaje absurdo, ese “finde de despedida” de mierda… y sobre todo, Clara.

—Mat, por favor…

—No. No empieces. Esa gorda asquerosa seguro que ha montado alguna guarrada para la pobre Paula. Siempre contigo, arrastrándote a sus mierdas, como si no tuvieras cabeza propia.

Siento cómo la mandíbula se me tensa sola. Ya conozco esa voz. Ese tono que escupe veneno bajo la excusa del cuidado. Me la sé de memoria.

—Te lo he dicho mil veces, Rebeca, no te conviene, ¿por qué nunca me escuchas?. Es una cerda sin moral que arrastra a todo el mundo con ella.

—Te lo he dicho mil veces, Rebeca. No te conviene. Esa tía no tiene límites. Es una cerda sin moral que os arrastra a todas.

Me aprieto el puente de la nariz con dos dedos. La rabia empieza a subir, espesa y ardiente, como magma empujando para salir por mi garganta. Podría colgarle ahora mismo. Podría mandarlo a la mierda y quedarme tan ancha.

—No quiero discutir. Te lo he dicho: es mi amiga. Mi A-MI-GA. —Cambio mi peso corporal de talón y levanto el dedo como si me viera, como si pudiera sentirlo clavado—. Y no quiero volver a oírte hablar así de ella.

—Y yo no quiero que hagas lo que no debes.

—¿Tan poco confías en mí? —le disparo sin filtro—. ¿De verdad? Nunca te he dado motivos. Jamás.

Y lo peor es que suena firme. Segura. Convincente.

Casi me lo creo hasta yo.

—Más te vale —murmura él, como si me estuviera haciendo un favor.

Cierro los ojos. Cuento hasta cinco. Estoy demasiado bebida para esta conversación. Y muy cerca de soltarle todo lo que pienso.

Pero no tengo ganas de lo que viene después. Ni de sus sermones. Ni de su tono de mártir. Ni de su cara de decepción cuando le llevas la contraria.

Así que hago lo fácil.

—Mañana hablamos, ¿vale? Estoy cansada.

Suspira. No insiste.

—Te echo de menos.

Fuerzo una sonrisa que no siente ni mi boca.

—Yo también.

Cuelgo. Y cuando la pantalla se apaga, lo sé. Le acabo de mentir. No lo he echado de menos. Ni un segundo. Desde que salí por la mañana, ni una puñetera vez he pensado en él.

Él, que dejó el equipo de toda la vida para "dedicarme más tiempo", como si eso fuera romántico. Como si dejar de perseguir un balón —que ni se le daba bien— fuera un sacrificio noble. Si os soy sincera, cuando iba a verle, se pasaba más tiempo en el banquillo que en el campo. Y aun así, ahí estaba yo, aplaudiendo como una idiota.

No se merece que le mienta así. No se merece que le borre de mi cabeza con tanta facilidad. Pero…

No me siento mal por ello.

Ni un poco.

Nada.

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Entro en el salón con la conversación aún golpeándome en la cabeza. Me dejo caer en el sofá, intentando respirar, pero ni siquiera toco el cojín y ya me doy cuenta de que esto no ha terminado.

Clara está en medio del pasillo, copa en alto, los brazos estirados como si fuera a bendecirnos.

—¡Atención, guarras! —grita—. La noche no puede acabar así.

Las chicas se giran. Algunas la miran con media sonrisa desde sus vasos, otras se enderezan en el sitio, alertas.

—¿Qué has hecho ahora? —pregunto sin entusiasmo, con la voz seca.

Clara responde con esa sonrisa torcida que siempre anuncia problemas.

—He llamado a los chicos del bar.

El griterío no tarda ni un segundo en volver a estallar.

—¡¿En serio?!

—¡Sí, joder! Y traen más alcohol. Así que espabilad, que esto va pa’ largo.

Gritos, aplausos, vasos levantados. Otra ola de histeria colectiva. Pero a mí solo me dan ganas de cerrar los ojos y desaparecer entre los cojines. El cansancio me pesa en los párpados.

Y sobre todo, la certeza de que entre todos esos idiotas con camisetas negras y tatuajes mal hechos…

Él también vendrá: Leo.

Ese descarado y asqueroso chulito de playa.

Resoplo y me hundo más en el sofá, como si pudiera tragarme el respaldo. No tengo fuerzas para aguantar otra de sus miradas sobradas ni su lengua afilada soltando gilipolleces. Siempre igual. Jugando a ver quién muerde primero.

Pero esta vez…

Esta vez le voy a dejar las cosas claras. Y si se pasa de listo, le voy a dar un escarmiento.

Uno que no va a olvidar ni con media botella encima.

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