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Esposos cornudos 1 (Capítulo 14)

La puerta entreabierta revelaba solo sombras y voces bajas, pero la imagen de su esposa en la terraza encendió algo prohibido en su interior. No podía irse; necesitaba verla, necesitaba ser el testigo silencioso de su propia humillación y placer.

Tanatos128K vistas9.5· 16 votos

CAPÍTULO 14

Sentí aquellas preguntas tremendamente extrañas en Carolina. Ella era de hacer, o más bien, al respecto del juego, de no hacer. Siempre sin dar explicaciones ni solicitar permiso o conformidad.

Sus frases me inquietaban, y es que a mi satisfacción por dejar de ser el único en luchar por salvar una vida sexual desastrosa se unía un sentimiento casi contrario: el de sospecha e incomprensión por lo que estaba sucediendo.

Escuché voces, pero con la puerta cerrada era absolutamente imposible distinguir ni entender nada. Solo reconocí con nitidez el característico sonido de hielos cayendo o rebotando contra un cristal. Deduje que Daniel estaba preparando sus dichosas copas.

Yo miraba mi teléfono. No tenía ni idea de qué responder. Y pensaba en cómo huir de allí al tiempo que recordaba aquel “tendrías que ver las botas y la falda…” que había pronunciado Daniel, y me sorprendía tanta provocación y picardía en mi mujer. Sobre todo porque no lo necesitaba; podía tener a aquel hombre agitado hasta el extremo sin necesidad de vestirse de forma especial. También cabía la posibilidad de que él hubiera exagerado.

Pronto pude ubicar las voces de los dos en la distancia. Supe que estaban en la terraza. Por debajo de la puerta de dónde yo me encontraba no afloraba luz. Pensé entonces en asomarme. No habría peligro. Quería descubrir si había posibilidades reales de escapar de allí sin ser visto. Trazaba un plan en el que me marchaba con la maleta, dejando los engorrosos trajes allí; ya los recuperaría.

Bajé la manilla. Un pequeño chasquido. Cogí aire. Abrí un poco la puerta. El volumen de las voces aumentaba, pero su tono era bajo y lejano. Me sentía culpable y también absurdo. Me imaginaba presentándome ante ellos y dudaba que fuera yo el más desarbolado. Salí. Di un par de pasos. La oscuridad envolvía el pasillo y el salón. Al fondo, la terraza, tenuemente iluminada. Tan tenue que no sabía si la sutil claridad partía de la mera luz de las farolas de la calle o si Daniel había encendido algún tipo de pequeña lámpara o farolillo exterior.

Mi plan consistía en comprobar si era posible marcharme de allí sin ser descubierto, y pronto deduje que sí podría si salvaba dos escollos: debía portar mi maleta entre mis brazos y debía tener cuidado de no tropezar con ninguna de las cajas. La oscuridad en el salón y en la entrada era casi absoluta.

Volví al dormitorio. Miré mi maleta. La iba a levantar. A huir. Valoraba ya a qué hotel ir. Pero sabía que debía responder a mi mujer. Pensé en decirle que hiciera lo que quisiera, que yo suponía sería poco o nada. Pensé entonces en qué quería yo, y de nuevo no era capaz de responderme.

Antes de comprobar el peso de mi maleta me imaginé solo en un hotel, pendiente del teléfono y de Carolina. Y de nuevo no supe qué querer. Era excitante. Era morboso. Y sobre todo seguía siendo inesperado y extraño. Y de pronto algo subió por mi cuerpo. Quise saber qué imaginar mientras estuviera en el hotel. Y tuve una cosa clara, quizás la única: quería verla con él. Solo un instante. Solo hablando. Solo bebiendo. Quería volver a sentir lo que había sentido aquellas veces: el acoso del burdo optimista frente a la estoica apatía de mi mujer.

Me dije que no había peligro. Caminaría por el pasillo, llegaría al salón, me colaría por detrás de la barra de la cocina, me agacharía un poco, y desde allí podría ver, en diagonal, prácticamente toda la extensión de la rectangular y mediana terraza.

Solo necesitaba una imagen. Una imagen que llevarme al hotel. Una imagen para que cuando ella me escribiera diciendo que se había dejado acosar por un hombre y que después lo había rechazado pudiera recrearlo con precisión en mi mente.

Ajusté el brillo de la pantalla de mi teléfono, ni muy potente ni muy débil, para que me asistiera como comedida linterna. Salí otra vez. Más sigiloso. Más preciso. Una imagen y después volver para huir. Pasé entre dos cajas. Me deslicé. Escuchaba sus voces. Las de él sobre todo. Y me colé tras la barra. Si entraban y encendían la luz, por mucho que me atrincherase tras aquella isla custodiada en el lado opuesto al mío por dos altos taburetes, sería un cazador cazado. Mis pulsaciones no habían dejado de dispararse desde que había salido de mi refugio.

Me asomé entonces por encima de la barra, el ventanal estaba completamente abierto, el aire fresco de la noche hacía ondear levemente una cortina que colgaba casi desde el techo y que caía hasta el suelo; también el sonido de sus voces entraba con nitidez. Pero nada de aquello era tan relevante como comprobar que Daniel no había exagerado.

A unos cinco o seis metros de distancia, oculto tras mi trinchera, pude corroborar la descripción de aquel cretino. Mi mujer, ni en la zona más próxima ni en la más alejada de la terraza, ligeramente apoyada contra la barandilla de cristal, con una copa en una mano y su teléfono en la otra, escuchaba con desinterés las palabras de Daniel. No había en ella un lenguaje corporal receptivo, pero era evidente que su atuendo pudiera llamar a engaño. Unas botas negras que llegaban a cubrir hasta sus rodillas, una falda negra de cuero y una camisa de seda blanca, constituían un exceso que de nuevo no encajaba en ella. Yo conocía las prendas, pero nunca había sido testigo del impacto de la suma de ellas. Volví a preguntarme si aquel abuso era necesario y comprendí el nervioso optimismo de aquel charlatán.

Aquellas botas con un vestido granate. Aquella falda con un ceñido y grueso jersey violeta. Aquella camisa con un holgado pantalón gris de vestir. Recordaba aquellas prendas, inocentes como elementos individuales. Lujuria pura al juntarse.

No tenía tiempo para pensar si aquel atuendo pretendía destrozarlo más a él, si era para calentarme más a mí cuando me lo contase, o si buscaba sentirse ella más poderosa, si es que eso era posible. Debía marcharme.

Una última mirada. Carolina bebía y lo miraba. Sus ojos azules asomaban sobre el cristal de una copa que parecía de ginebra con tónica. La brisa hacía ondular mínimamente la seda blanca de su camisa. Daniel, tosco y ordinario en su vestir y en su hablar, aburría con los entresijos de su trabajo a una Carolina que ponía sobre la mesa indolencia en su escucha, pero una impactante y opresiva elegancia fatal. Él tenía que estar recibiendo como malas noticias su apática frialdad, pero cómo no ser optimista si ella se había vestido así.

Había tenido suficiente. Mi mente no olvidaría aquel lienzo morboso con dos figurantes tan desiguales. Recibí además y de nuevo el premio del impacto de sentirla como la sentía él. Otra vez recorría por mis venas una agitación derivada de sentir a aquella mujer como si no fuera mi esposa.

Me agaché más y me volteé. Me marchaba. Quise que mis pasos fueran etéreos sobre el parqué. Cuando de golpe escuché un sonido que casi me hace echar cuerpo a tierra. Tenía que decidir si seguir hacia el dormitorio o si volver tras la barra. Opté por lo segundo, por ser más cercano, cuando entendí que el sonido partía del teléfono móvil de alguien. No era el mío, que tenía en modo de vibración. No era el de Carolina; no era su melodía. Daniel, entonces, solapando su voz con el ruido artificial de su teléfono, se excusó ante mi mujer, y le pude escuchar decir:

—Perdona… Es que es la hora de cierre de muchos gimnasios. A ver si no me dan mucho la lata.

Carolina no se dignó a decir nada al respecto de su disculpa, en un perenne ejercicio de sequedad.

Agachado tras la barra temía que Daniel entrase y me descubriese, pero descolgó el teléfono y comenzó a hablar desde la terraza. Me atreví entonces a asomarme, los quise ubicar, y vi que mi mujer aprovechaba la charla de Daniel para revisar la pantalla de su teléfono. Parecía evidente que esperaba noticias mías.

De golpe me sentí extrañamente mal. Supe que debía poner en valor el esfuerzo de mi mujer. Un esfuerzo, además, que yo llevaba años pidiendo.

Me refugié. Me agaché. Sabía que debía escribirle.

Mis dedos me temblaban. No podía parar de visualizar que cualquiera de los dos entraba. No tenía excusa, ni plan, ni coartada. Solo reconocer mi culpa con cara de pasmo.

Bajé aún más el brillo de mi pantalla. No quería que ni el más mínimo reducto de luz brotase de la casa hacia la terraza.

Daniel hablaba en tono alto y se escuchaban sus pisadas, pero siempre en la terraza, en un pulular que me tensaba.

Releí lo escrito por Carolina, y después, con dedos convulsos, tecleé:

—¿Pero estás ahora con un hombre?

No era la pregunta que había querido hacer, pero era la frase que había sentido como más lógica. Si yo siguiera en aquella otra ciudad y Carolina me hubiera asaltado con aquella hipótesis y aquellas dudas, sería lo que le habría escrito.

Antes de temer porque me mintiera o no, leí su inmediata respuesta en mi pantalla:

—Puede ser…

Cogí aire. Tenía la tentación de asomarme de nuevo. Se escuchaba constantemente a Daniel hablar y a veces caminar.

Pensé en rebatir aquel “puede ser”. No entendía por qué lo había escrito pero, no sin dificultad pues mis dedos no me obedecían correctamente, y tras borrar y escribir varias veces, tecleé:

—Ya me contarás quién es. Querría que lo calentaras y que después me lo contases. Llegar quiero que llegues hasta dónde tú quieras.

Y entonces sí me atreví a asomarme.

Carolina, con su copa sobre la mesa donde un rato atrás yo había posado una cerveza, utilizaba sus dos manos para teclear. Las botas, los muslos, la falda, la camisa, el relieve de sus pechos, su media melena rubia, sus labios… Nunca la había visto tan espectacular.

Mi teléfono vibró entonces en mi mano. Me volví a agachar y leí:

—No quiero llegar a ningún sitio con él.

Daniel volvió a disculparse, de manera sorprendentemente educada, y volvió a hablarle a Carolina. Y quise ubicarlos otra vez. Me asomé y pude ver que ella estaba permanentemente pendiente de su teléfono. También parecía estar a punto de decirle algo.

—Este curro es lo que tiene. Es veinticuatro horas. Full time que se dice —dijo Daniel esbozando una mueca que pretendía galanteo. La cercaba y bebía, y ella parecía dubitativa.

Él a veces se interponía, pero casi siempre se hacía a un lado y podía verlos a los dos. Daniel recuperaba la batuta, y volvía a aburrirla, mientras yo pensaba en que no le había respondido a todo lo que me había preguntado, pero sí le había dado una premisa mínima.

Y de golpe se hizo un silencio. Daniel bebió. Yo los observaba. Ella, gracias a los tacones de las botas, lucía también elevada y dominante. Obviando la diferencia de belleza facial sí podrían encajar como pareja. Y gracias a la ropa de ella y a los músculos de él, se desprendía en la dupla una irradiación algo vigorosa, algo animal, incluso sexual. Eso se siente y se irradia. Pensé por un instante que si me los cruzara por un pasillo de un hotel podría suponer pocas horas de sueño para sus vecinos de pared.

—¿Sabes que me recuerdas a alguien? —dijo de repente mi mujer.

—¿Ah, sí? ¿A quién? —preguntó él.

—A un chico con el que estuve —contestó Carolina, y yo supe que había cierta, o mucha, sobreactuación.

—No me digas… —sonrió Daniel.

—Sí. En la universidad tenía novio…

—En la universidad —le interrumpió de forma torpe— tenías un novio que se parecía a mí…

—No…

—¿Ah, no?

Y entonces, mi mujer, cogiendo de nuevo la copa de ginebra que estaba sobre la mesa, y volviendo después su mirada hacia él, le dijo:

—No. A mi novio no. Tú te pareces al amante al que llamaba cuando me peleaba con mi novio.