MENSAJE POR ERROR. La cena
La cena entre Marta y Cristian esconde secretos que queman más que las hamburguesas. Cuando Héctor aparece en la pista de baile, la tentación deja de ser solo un recuerdo y se vuelve una presencia física, desafiando la lealtad de una mujer que ya jugó con fuego.
La cena
Pese a estar apartado del centro, ubicado en un polígono industrial en declive, se encontraba abarrotado de chavales en busca de un alimento barato en medio de un espacio solo para ellos. Chicos y chicas jóvenes de aspecto variopinto hablando a voces y moviendo la cabeza al son de multitud de aparatos portátiles. En aquel lugar Marta se encontraba más perdida que un pulpo en un garaje.
—Está guay, ¿eh? —le decía Cristian.
Había que reconocer que no estaba mal aquel trozo de suburbio. Tanto la decoración exterior del burger, con alfombras imitación a hierba, unas palmeras perimetrales que lo separaban del resto de los pabellones y modernas carpas preparadas para los días de sol, como el interior del local: funcional, pero con gusto.
Una miríada de chicos con el atuendo de la franquicia, recorrían las mesas limpiando y recogiendo restos de vasos de papel y bandejas que las docenas de adolescentes (muchos de ellos menores de edad) iban abandonando. De entre todos ellos, uno levantó la mano cuando reconoció a Cristian.
—Es mi colega —explicó—. Y, flipa, es el nieto de la vecina de enfrente.
—¿La vieja huraña?
—Herminia, sí, esa.
Marta lo escaneó de arriba abajo.
—Parece majo.
—Sí, un poco fantasma con el rollo de las tías, pero buena gente. Me lo paso bien escuchándole.
El parecido con su abuela no era muy notable, pero siempre se acordaba de ella cuando estaban juntos. Sonrió por dentro.
—Esa Herminia… es amiga tuya, ¿no?
—Pssse… bueno, tampoco tanto, solemos hablar en la escalera. A veces le subo la compra.
—Ya —dijo cavilante—, la he visto antes en el descansillo. Creo que estaba escuchando detrás de la puerta.
—¿De la nuestra?
—Me dijo una cosa muy rara. Creo que se refería a ti. No sé, además de vieja debe estar chocha.
—¿Qué… qué cosa?
—Nada, olvídalo, serían imaginaciones mías porque era muy fuerte.
—¿Cómo de fuerte?
—Mira, ahí viene tu amigo —cortó ella que se vio sorprendida por la presencia del muchacho nuevo.
—Cristian, chaval, al final has venido.
Se saludaron al modo que lo hacen los chicos de su edad, choque de manos y semiabrazo de medio cuerpo. Marta se ruborizó hasta las orejas a causa de la mirada que le echó el muchacho. Cristian, en cambio, se hinchó de orgullo por ser el acompañante de aquella MILF. No fueron pocas las miradas que recibió de ese tipo.
Ocuparon una mesa afuera. Sus bandejas estaban llenas de bolsitas de kétchup, mahonesa y una enorme cantidad de patatas fritas. Durante un buen rato Cristian no paró de hablar con gente que se acercaba a saludar.
—Parece que eres muy popular —dijo ella.
—Colegas del barrio y de la uni. Ya sabes.
También había multitud de chicas que no le quitaban ojo. O a lo mejor a ella.
—Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que me comí una cosa de estas —dijo Marta levantando la hamburguesa frente a su cara.
—Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?
Marta volteaba su comida a uno y otro lado, decidiendo por dónde podría atacar para pringarse lo menos posible. Le indicó, con un encogimiento de hombros, que podía preguntar lo que quisiera.
—¿Le dijiste tú a Cris que sabías lo de las bragas?
No contestó inmediatamente, tomándose su tiempo en hincar el diente al trozo que más sobresalía por el borde del pan. Lo masticó con calma antes de abrir la boca.
—¿Qué bragas? —dijo clavando los ojos— ¿Concretamente?
La mirada inexpresiva dejaba clara la acusación velada que Cristian no tardó en captar.
—Las que se puso Cris, claro. Las de su amiga.
Marta continuó masticando sin apartar los ojos de él. No lo hacía en ademán amenazante, pero provocó que se pusiera nervioso.
—Ey, que no le he contado a nadie que me dabas las tuyas —dijo bajando la voz—, lo juro.
—Tu novia me dio la impresión de que sabía muchas cosas de mí.
Cristian acercó la cara y bajó la voz aun más.
—No le he contado nada —insistió—. ¡A nadie! Y menos a ella. —Se echó hacia atrás y soltó un bufido—. Me dejaría en el acto, y no quiero perderla por nada del mundo.
Marta dudó, pero al final decidió dar la respuesta por buena. Posó la hamburguesa en la caja de papel y cruzó los dedos sobre la mesa.
—No, no dije nada. De hecho, no tenía ni idea de que utilizarais bragas de otras para vuestros juegos.
—¿Cómo que no? Si te lo conté.
—¿A mí, cuándo?
—La noche antes de que se fuera mi padre. Me acuerdo perfectamente. Te lo dije en la cocina. Y menudo cómo te pusiste conmigo, por cierto.
—¿Ah, sí? —Estaba sorprendida, intentando hacer memoria. Al final terminó encogiendo los hombros—. No lo recuerdo. En cualquier caso, me lo confesó ella —dijo calmada—. Se puso nerviosa y largó más de la cuenta. —Después cogió aire y lo soltó con un suspiro—. Y menos mal porque, si no, la que hubiera largado hubiese sido yo. Joder, por un momento pensé que…
Cerró los ojos y movió la cabeza en un ademán de resignación. Después, volvió a hacerse con su bocado y le dio otro mordisco. Esta vez masticó con más determinación.
Cristian miró a cada lado, asegurándose de que nadie podía oírlos.
—No te preocupes por eso. Todo lo que ha pasado entre nosotros queda entre tú y yo. —Se llevó una patata frita a la boca—. Pero sí, Cris es muy lista y sabe más de lo que parece. Y no veas qué carácter tiene, me montó un pollo de tres pares, y lo peor era que no sabía de qué me hablaba.
—Te lo mereces por gilipollas. —Bebió de su pajita—. Y por cerdo.
Sonrió, aceptando el insulto como merecido. Después agachó la cabeza, clavando la mirada en su comida.
—Respecto a lo de aquella mañana… con el dedo… —dudó antes de levantar la vista—. ¿Te hice mucho daño?
Nuevo mordisco y nueva pausa de meditación mientras masticaba. Esta vez se tomó más tiempo responder.
—No fue daño precisamente, sino más bien… otra cosa. —Volvió a meterse la pajita de su refresco en la boca y sorbió un lento trago—. Me sentía bien ayudándote, haciendo de sufrida y experimentada enfermera. Convencida de que era solo un gesto inocente, un favor necesario por el bien del hijo de mi pareja. —Clavó su mirada en él—. Pero en el fondo, sabía que solo era un capricho de vieja verde enmascarado de buena acción.
»Tu dedo, cada vez más adentro, solo fue el reflejo de lo que estaba pasando.
Alrededor, chicas y chicos; sobre todo ellos, no quitaban ojo a la pareja y a esa mujer imponente de curvas generosas que cuchicheaba con su acompañante. El ruido del local tapaba las voces y disimulaba las risitas nerviosas de los adolescentes. Marta, ajena a todo, cogió aire y suspiró con profundidad.
—No —sentenció—, no me hacías daño, todo lo contrario. Me gustaba, y eso me asustó. Me asustó y me enfadó que pudieras llegar y atravesar esa línea de no retorno. —Bajó la vista a su hamburguesa y la movió entre las manos—. Podría haberlo parado. Un manotazo o una torta en toda la cara y se acabó, pero preferí engañarme intentando demostrar que controlaba.
»Lo cierto era que solo alargaba aquella paja porque, en lo más hondo, deseaba tu dedo empujando, avanzando, follándome.
Posó la hamburguesa en su caja y dejó caer los hombros. Cristian alargó una mano hasta tocar la suya con la punta de los dedos.
—Joder, lo siento. No pensé que… —Agachó la cabeza—. No me extraña que estuvieras tan enfadada conmigo.
—En realidad no estaba enfadada contigo, lo estaba conmigo, por adultera, por traidora. Aunque no lo supe en ese momento. —Nuevo suspiro—. Cuando acabó todo, estuve llorando en el baño. No por mí, sino por Mario. Él no se merecía eso.
Cristian la observaba con un rictus que no supo descifrar. Ella le devolvió la mirada con la misma fiereza que una osa protegiendo su vida.
—Pero te juro que si vuelves a ponerme en una situación como esa —siseó con odio. La temperatura bajó diez grados—, te arrepentirás para toda tu vida.
—Vale, lo pillo —contestó raudo—. No tienes que preocuparte. He aprendido la lección.
—Te lo digo en serio, Cristian. Aún no te he perdonado —insistió en el mismo tono—. Y si alguna vez vuelvo a pedirte que pares de hacer algo, paras.
—Te lo juro —dijo levantando una palma y poniendo otra en el pecho—. Nunca más. No quiero volver a perder a mi mejor amiga.
Mientras se rebajaba la tensión del momento, ambos se concentraron en sus respectivas hamburguesas. La de él, con ración doble de patatas fritas.
—¿Te puedo hacer otra pregunta? —rompió al cabo de un rato.
Marta puso los ojos en blanco, pero terminó encogiendo los hombros, concediendo. Cristian acercó la cara hacia ella y bajó la voz para aumentar el ambiente confidente.
—¿Te gusta bailar?
— · —
Se acercó a ella con dificultad, sorteando a la multitud que abarrotaba el local, sin derramar el líquido de las dos copas. Cuando llegó a su altura, ella lo recibió con una enorme sonrisa, sin dejar de bailar y de dar botes al compás de la música a todo volumen.
Lo abrazó nada más llegar a él.
—Gracias, Cristian, era justo lo que necesitaba. No sabía cuánto me hacía falta salir y divertirme.
Él se hinchó como un pollo, contento por haber acertado otro nuevo disparo. Sabía que, en el tema de las tías, sin duda era el mejor.
«Sí, joder, coño», se reafirmó.
Le ofreció una de las copas que ella recibió con unos ojos como platos.
—¿Otro Gin-Kas? joder, nene, que ya voy medio pedo.
—Hay que aprovechar. Tengo un colega en la barra que me las saca gratis. Además, esta es tu noche, disfrútala a tope.
—Tú… tienes muchos colegas, ¿no?
No contestó. En su lugar, le guiñó un ojo y dio un profundo trago a su bebida, incitándola a que ella hiciera lo mismo con la suya. Al final, Marta llegó a la conclusión de que tenía razón. Era su noche y la iba a disfrutar al máximo.
Chicos y chicas se agolpaban en la pista donde Marta, como una más entre aquel mar de gente, botaba sin parar. Cristian le daba espacio, disfrutando con la visión de aquella madura que bailaba sola, pero en compañía de todos. Pese a la diferencia de edad, no había joven que no la repasara con la vista.
Dos combinados después, en un momento en el que Cristian había aprovechado para ir al baño, alguien se acercó a ella. Lo hizo de frente, danzando a su mismo compás e intentando imitar su baile para entrar en su burbuja.
—Hola, me llamo Héctor, te he visto desde el borde de la pista —dijo elevando la voz para hacerse oír.
Ella lo escaneó de la cabeza a los pies. El chico era terriblemente guapo, con un cuerpo de quitar el hipo. Por la forma de vestir y sus movimientos, adivinó que no era algo más que alguien que venía a beber y disfrutar de la música.
—Encantada, pero estoy acompañada.
El muchachote, en un ademán cortés, señaló a su alrededor, constatando que no era así. Ella sonrió, amable.
—Ha ido al baño, vendrá en cualquier momento.
—En ese caso, te puedo hacer compañía hasta que aparezca.
Esa forma de hablar, directa y relajada, exudaba una confianza sin esfuerzo. Su sonrisa ladeada, descarada pero limpia, le dio permiso para mirarlo otra vez, pero ahora, con atención. Alto, una cabeza más que ella, músculos tallados a base de gimnasio y una actitud de canalla elegante: lo bastante pulido para parecer un caballero, lo bastante peligroso para despertar curiosidad.
Bebió de su copa, un trago largo y, por primera vez en toda la noche, lo hizo con sed. Era el prototipo de chico cañón que tanto le gustó en otro tiempo.
—Creo que eres un poco joven para mí.
—No lo creas, lo que pasa es que me conservo bien. En cualquier caso, el tamaño no se mide por la edad, ¿no crees?
No supo exactamente a qué “tamaño” se refería, pero provocó en ella una sonrisa juguetona. Dio otro sorbo de su combinado, el chico parecía simpático.
—Tu sonrisa hace juego con tus ojos. ¿Te han dicho alguna vez que eres muy guapa?
Carcajada de Marta por el burdo intento de ligoteo. Con lo bien que iba.
—Mi novio, todos los días ¿Y a ti?
—También, todos los días, y eso que no tengo novia… todavía.
Marta decidió seguirle el juego. Le apetecía y se lo estaba pasando bien. Además, le hacía revivir su adolescencia.
—Y estás buscando una —afirmó.
Él sonrió antes de contestar y se tomó su tiempo. Un trago largo de su bebida, seguida de una mirada retadora a aquella chica que lo vacilaba divertida.
—No exactamente, pero sí que busco chicas guapas.
Marta levantó una ceja. «Demasiado directo», pensó. Pero él ya contaba con eso y, antes de que ella le diera un corte, terminó su frase.
—Soy productor.
Nueva sonrisa de ella que señaló con un ademán a todas las muchachas que los rodeaban.
—Perdona —corrigió él—, quise decir, las más guapas.
Carcajada de ella que volvió a dar otro trago a su bebida.
—Lo siento, Héctor el productor, pero creo que no doy el perfil de lo que vienes buscando por aquí —dijo en referencia a las muchachas—, ya he pasado el ecuador de la treintena.
—En ese caso, entras en el de las MILFS y ahí… —la miró de arriba abajo de manera demasiado descarada— eres la reina.
Marta entrecerró los ojos y arrugó la frente.
—¿Qué tipo de películas produces tú, exactamente?
A eso no contestó, dejando que madurara ella sola la respuesta y, de paso, consiguiendo la intriga que buscaba.
—Ey, Marta, ya estoy aquí.
Cristian acababa de llegar. Por su cara se veía que estaba en alerta y no precisamente por la presencia de aquel buitre, sino por la sonrisa que le regalaba ella.
—Mira, aquí está —dijo rodeando el cuello del adolescente con ambos brazos y besando su mejilla—, mi chico preferido.
Héctor levantó las cejas, pero no perdió la compostura.
—¿Te gustan jovencitos?
Ella, aun con un brazo alrededor del cuello del muchacho, movió la mano en un ademán ambiguo, siguiéndole el juego.
—Perfecto, eso es genial —dijo él.
—¿Genial para qué? —preguntó Cristian, claramente a la defensiva.
—Relaja, chaval —dijo Héctor en el mismo tono—, solo estamos hablando.
Marta se puso tensa. No era la primera vez que se veía envuelta en una pelea de gallos con ella como centro de disputa.
—Pues ya ha comenzado la berrea —cortó—. Venga, ahora los machos de la sala sacáis las pollas y, el que la tenga más grande, puede cubrir a la hembra.
Tanto la mirada como el mensaje eran para Héctor, apoyando la mano en el hombro de Cristian en un claro gesto para que se mantuviera quieto. No quería verlo bajarse al barro y ella ya sabía defenderse solita. Además, con ese musculitos, no tenía ni para empezar.
Héctor entendió la situación al momento y no tardó en recular, intentando no perder los puentes con esa mujer de bandera.
—Perdona, tienes razón, ha sido culpa mía —y le ofreció la mano a Cristian, quedando frente a la dama como un caballero.
Pero Marta se adelantó para evitar el mal trago a su pupilo y se la estrechó en su lugar. Héctor, con una sonrisa grata, se agachó para hacer el besamanos, haciendo que, con ello, sus ojos quedaran a la misma altura. Un escalofrío subió por la espalda de ella que él notó de inmediato.
—Ésta es mi tarjeta —dijo ofreciéndola con la mano libre—. Si algún día quieres ser famosa y rica…
Ella la leyó con detenimiento, permitiendo que él continuara acariciando su mano con el pulgar. De vez en cuando levantaba la vista para cruzarla con la de él, regalando con ello un mensaje velado.
—Ya soy famosa, en mi familia me conocen todos —explicó mientras la guardaba en el canalillo—. Y, respecto al dinero… he sabido invertir muy bien como para no tener problemas de solvencia hasta que me muera, pero gracias.
— · —
—Joder, menudo chuloputas. ¿Pero qué se creía ese pavo?
—Estaba bueno —respondía Marta, divertida— y me lo ha hecho pasar bien.
Caminaban en dirección a casa. Ella, asida a su brazo, se sujetaba para no caer. Había bebido demasiado e iba más alegre de lo que debería.
—¿Ah, sí? ¿Te pone ese maromo o qué?
—Claro, ¿a ti no?
—Ey, correcaminos, no vayas por ahí, que yo no soy de gustos raros. A mí, lo que me va… ya sabes tú lo que es.
Marta se carcajeó y se apretó más a su brazo. Le encantaba meterse con él.
—A ver —explicó ella—, a todas nos gusta gustar. Así que, de vez en cuando, que un tío cañón como ese te entre de esa manera… pues no te diré que no le suba a una el ánimo.
—¿De qué manera, exactamente? —vaciló—. Para aprender a hacerlo yo, más que nada.
—Pues eso, como ha hecho él. Seguro de sí mismo, pero sin ser borde; con clase, sin ser pedante. —Bajó el tono para que sonara a confesión secreta—. Y con ese puntito de chulería canalla que tanto nos pone a las tías en nuestras fantasías. Ya sabes lo que digo, que nos den un poco de caña.
—Pues mi padre no puede ser menos parecido a eso que dices. Joder, si es un híbrido entre payaso de la tele y humorista barato. ¿Siempre fue así? ¿En ese eterno estado de… payasez?
—Supongo que, a tu edad, sería como tantos adolescentes: inseguro, hormonal, lleno de complejos y problemas autoinfligidos, pero cuando le conocí… sí, siempre estaba de buen humor, consiguiendo hacerme reír con ese aire amable y alocado.
—¿Por eso le quieres tanto?
—No, le quiero porque es transparente e incapaz de engañarme.
Cristian frunció el ceño. Eso no concordaba con lo que había dicho de Héctor y las fantasías que provocaba. Marta se apresuró a explicarse.
—Muchas mujeres nos volvemos locas por sinvergüenzas descarados —explicó—. También yo en su momento, no lo niego. Pero, cuando maduré, dejé que solo ocuparan espacio en mis fantasías.
Se agarró con más fuerza a su hombro.
—Decidí elegir uno bueno con quien compartir la vida. Él es mi refugio. Y por supuesto, porque es muy buena persona. Nunca me haría daño.
Cristian se quedó pensativo. Una mujer que probó el fuego, pero que vive apagada desde que conoció a su padre.
—¿Te puedo hacer una pregunta muy íntima y personal? —soltó después de un rato caminando en silencio—. Sin malos rollos ni movidas chungas. —Marta no dijo nada ni mostró reticencias, así que decidió lanzarse— Si aquella mañana llego a follarte el culo con el dedo… ¿te hubieses corrido?
Ella se mantuvo callada, pensando. Pegó la cabeza contra su hombro buscando la mejor manera de responder.
—No, claro que no —concluyó—, pero ese —hizo una pausa, dudando si revelar lo que iba a decir— es uno de mis puntos débiles. Y, de haberme… —Suspiró, incapaz de verbalizarlo de sus propios labios — habrías conseguido bajar todas mis barreras. En ese caso, no sé cómo hubiésemos acabado, pero mucho peor, desde luego.
Él asintió despacio, asimilando.
—Pues menos mal que fuiste la parte sensata de los dos y no me dejaste llegar. No hubiera querido, por nada del mundo, perderte como amiga. Gracias por conseguir pararlo.
Marta le miró sorprendida y él le devolvió la sonrisa cómplice. Agradecida por su madurez, le besó la mejilla y volvió a reposar la cabeza en su hombro.
.
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Fin capítulo XX
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