Mi abuelo adora a mi mujer 5
Bajo la manta del sofá, tres cuerpos se mueven al unísono sin que nadie diga una palabra. Él observa, ella disfruta y el abuelo actúa, mientras el secreto se vuelve tan espeso como el aire que respiran. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar su complicidad?
A la mañana siguiente, volví a quedarme despierto para ver la escena que sucedía abajo. Volví a bajar sigilosamente hasta la parte en la que la escalera hacia esquina, donde podía observar entre las sombras. Estaban hablando todavía. Esta vez, sin embargo, no hablaban de banalidades. Hablaban "del tema". En concreto, estaba hablando ella:
-...pero no es tonto. Algo sospecha. Lo se porque me ha preguntado.
- Joder. ¿Qué te ha preguntado, mi niña?
- Si creo que te gusto... sexualmente, más alla de lo afectivo familiar. Sospecha que disfrutas con los masajes en los pies. Él también es fetichista, ¿lo sabías?
- Qué vergüenza, Margo. Mi nieto... ¿te parece decepcionado conmigo?
- No, qué va. Me lo comenta como algo travieso. También se pone en tu lugar. Al fin y al cabo, te quiere mucho.
- Dejaría de quererme si supiera lo que hacemos.
- Quizás le costaría asimilarlo, pero en el fondo, no se enfadaría. No se queda muy por detrás de mí en lo que a cerdadas se refiere. Somos los dos muy fogosos e imaginativos. Pero venga, que me tengo que ir. Enséñame esa polla dura, abuelito. -Y se mordió el labio mirándole. Acto seguido subió sus pies a la mesa y también uno de los zapatos de tacón que se pondría ese día. Mi abuelo, que todavía estaba sentado, los tenía como parte de su desayuno.
- Dios santo, mi niña, qué bonita eres -dijo mi abuelo. Y acercó su cara para besar tímidamente ambas suelas. Mi mujer lo recibió con agrado, lo que le animó a darle algunos lametones mientras se acariciaba la polla por encima del pantalón.
Dejó de lamer por un momento para levantarse y bajarse los pantalones, lo que me dio una visión de su culo flácido de señor mayor, un contraste radical con la silueta elegante, alta y delgada de mi mujer, cuyos pies mantenían plena sintonía con el resto de sus características físicas.
- Me pones demasiado, Margo -le dijo mientras se masturbaba delante de ella.
- ¿Sí? -respondió ella, traviesa. Y entonces descruzó las piernas y las dejó abiertas por un instante, permitiendo a mi abuelo ver su ropa interior. Escuché a mi abuelo gemir. Ella volvió a cruzar las piernas y él entonces se agachó para lamer los dedos de sus pies. A tientas, cogió el zapato de mi mujer. Debía de estar cerca de correrse.
- Abuelito, si tu leche va acabar en mis pies, ¿por qué no me la echas ahí directamente?
¿Era eso un paso adelante? Ya lo venían haciendo un par de noches. Era más bien dar otro paso del que no me informaba previamente.
Mi abuelo estaba al límite, más aún con esa novedad. Dio un paso adelante y empezó a frotar su polla contra los pies de mi mujer mientras se pajeaba agresivamente. Y finalmente, con un bufido de toro, empezó a correrse sobre sus pies. Podía verle apretar el culo flácido. Quería echarle hasta la última gota.
Y mi mujer se empezó a poner los zapatos con los pies llenos de semen de mi abuelo "gracias por la leche, eres un encanto", le dijo mientras lo hacía. Mi abuelo iba a agacharse para recoger sus pantalones, arrugados en sus tobillos, cuando mi mujer le interrumpió:
- Espera -y rápidamente acercó su cara a la polla de mi abuelo y le dio un beso en la punta, con una ligera succión- esa última gota también es mía.
Se levantó y le dio un pico a mi abuelo. Cogió su americana y yo subí sigilosamente antes de que pudiera verme.
- Nos vemos de noche, abuelito -oí a Margo despedirse. Y salió de casa. Volví a bajar sigilosamente y vi que mi abuelo seguía con los pantalones bajados. Mi mujer acababa de tener su polla en los labios. Eso era definitivamente un paso más. Cuando vi que reaccionaba y se agachaba para ponerse los pantalones, subí a nuestro cuarto.
Estaba demasiado cachondo, no me podía volver a dormir. Estaba tocándome pensando en la escena que acababa de presenciar, y esperando por el audio de mi mujer, que llegó media hora más tarde, justo antes de que entrara en la oficina. En el audio, no me contaba lo del beso en la polla a mi abuelo. Estaba caliente como una perra, como siempre que hacía algo así. Decía que iría directa al baño. Veinte minutos después, recibía una foto de ella sentada en el vater, con un pie en el regazo. El pie estaba todavía pringoso. Al poco, recibí un video: su hermosa cara, de cerca, y de repente el pie, que empezaba a lamer con los ojos cerrados, con auténtica hambre. "Dejo de grabar cariño, necesito una mano libre." Y se acababa el video. Debió correrse como una cerca mientras lamía el semen de sus pies. Me puse sobre mis rodillas, en la cama, y empecé a pajearme a toda velocidad mientras veía el video en bucle, con mi polla apuntando a la almohada de mi mujer. Me sentía perverso, y ella amaba el semen, así que iba a dormir sobre él. Me corrí sobre su almohada gimiendo.
Llegó la noche y volvíamos a estar en el sofá, como siempre. Con el paso de los días, las noches cada vez eran más frescas, así que mi mujer nos pidió que la cubriésemos con una manta. La manta cubría su cuerpo desde el pecho hasta sus pies, donde se extendía también para cubrir las piernas de mi abuelo. Me di cuenta de que eso abría un mundo de posibilidades nuevas, y estaba seguro de que mi mujer lo aprovecharía tarde o temprano.
Lo que no me esperaba es que fuera a ser más temprano que tarde y que la iniciativa fuera de mi abuelo, hasta ahora siempre expectante de las iniciativas de ella. Noté que en un momento dado se movió en el asiento. La manta lo cubría casi por completo, pero en la curva que daba para amoldarse a su barriga, dejaba un pequeño espacio por el que pude ver que mi abuelo estaba sentado con el culo al aire sobre el sofá. ¿Cómo podía arriesgarse así? ¿Empezaba a importarle menos que yo lo descubriera? Mi mujer también reaccionó con una ligera sorpresa, ya que noté cómo bajó la mirada para encontrarse con la suya. Mi abuelo le sonrió afablemente y le guiñó un ojo. No se dio cuenta de que yo observaba disimuladamente.
Si no supiera nada, no podría haber percibido el ligero movimiento con el que mi abuelo se masturbaba bajo la manta, en contacto con los pies de mi Margo, pero sabiéndolo, resultaba evidente. Seguía pareciéndome que corría un gran riesgo. Noté que mi mujer adelantó su mano para palparme la polla sobre el pantalón. Giró levemente su cara y me indicó a mi abuelo con los ojos. Yo asentí ligeramente: lo había visto. Ella volvió a acomodarse y cerró los ojos, estaba disfrutando de esto.
Seguimos así un rato hasta que escuché a mi abuelo hacer un sonido raro. Algo que empezó como un gemido y que disimuló con una tos. Con todo eso y la paja que me hacía Margo sobre la ropa, yo acabé corriéndome dentro de mis calzoncillos. Nos acabábamos de correr los dos, nieto y abuelo, con la misma mujer encima de nuestros regazos. Era tan travieso que mi mujer no pudo contenerse y, notando que yo me había corrido, bajó su mano, se cubrió hasta el cuello con la manta y noté, por el movimiento de su hombro, que se había empezado a masturbar.
Mi abuelo se volvió a subir los pantalones con disimulo y, por los movimientos de sus manos, continuó su masaje a los pies, ahora regados, de mi mujer. Noté que ahora miraba en dirección a su culo con disimulo: se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Margo se fijó en la mirada de Rafael, ahora ella también sabía que mi abuelo lo sabía. Noté que aceleró sus movimientos, hasta que, de golpe, paró, se sacó la mano del pantalón y se irguió ligeramente para tocar sus pies. Tras ello, volvió a llevar su mano a su coño. ¿Se había entafarrado la mano con el semen de mi abuelo para llevarlo a su coño? Estaba convencido de que sí. Y al poco, noté cómo se agitaba ligeramente y cómo contenía sus gemidos con la boca cerrada. Ya nos habíamos corrido los tres, y el semen que estaba en el coño de mi mujer, era el de mi abuelo Rafael.
Al día siguiente, me levanté sigilosamente por ver qué pasaba un día que, teóricamente, no había acuerdo de nada. Comprobé que charlaban con normalidad. Quizás mi abuelo un poco cortado. Pero no pasó nada.
Llegó la noche la sesión de sofá y quién sabe qué sorpresas.
Empezó como todas las noches, el masaje de mi abuelo a los pies de Margo, probablemente pegados a su paquete. Mi abuelo, como la noche anterior, se bajó los pantalones con disimulo, y empezó a pajearse con el contacto de mi esposa. Esta vez, Margo no me acarició la polla sobre el pantalón. Me dio un apretón en el muslo para llamar mi atención y, cuando se dio cuenta de que sabía que teníamos una sesión como la de la otra noche, bajó su mano directamente a su coño para masturbarse.
Creí que viviríamos algo idéntico a la noche anterior, pero sin mi paja. Pero enseguida empezó a haber cambios. Noté que la mano que mi abuelo del lado de Margo, provocaba un ligero movimiento en la manta: le acariciaba la pierna. Mi abuelo alternaba su atención, disimuladamente, entre la tele, su paja, oculta por la manta, y los movimiento de Margo en su coño. Lentamente, mi abuelo había subido su mano el muslo, y subió un poco más. Ahora mismo, su mano debía descansar sobre la mano de Margo que trabajaba para conseguir su orgasmo. Ella siguió acariciándose, pero noté que mi abuelo ya no movía la mano de la paja, sino que se movían los pies de Margo, suavemente. Mi abuelo entrecerró los ojos por un rato. Margo debía tener su polla entre las dos plantas de sus pies, por lo que podía adivinar de los movimientos. Tras un rato disfrutando, mi abuelo volvió a bajar la vista hasta el bulto bajo la manta que era el culo de Margo. Noté que movía la mano desde su muslo al culo. Ella no se inmutó, siguió pajeándose y pajeando a mi abuelo con sus pies.
Mi abuelo estaba descontrolado. Estaba decidido a acelerar la aventura. Noté que el movimiento de su mano dejó de parecer de caricia sobre la nalga de Margo. Donde la manta quedaba pegada al sofá, cubriendo el culo de Margo, vi aparecer ligeramente un hueco, debido a los movimientos de mi abuelo. Ahora, por el rabillo del ojo, podía ver lo que hacía su mano: había agarrado la cintura del pantalón de Margo y lo estaba bajando, junto con las bragas. Podía ver aparecer la piel desnuda del culo de mi mujer. Mi mujer respiraba más fuerte sin darse cuenta. Paró un momento de masturbarse e hizo un movimiento que solo podía significar una cosa: estaba ayudando a mi abuelo a bajarle el pantalón.
Mi abuelo volvió a acariciar la nalga y a hacer como que veía le tele. No se dieron cuenta de que, con tanto movimiento, podía ver parte del culo de mi mujer siendo manoseado por la mano huesuda de mi abuelo. Estaba poniéndome muy cachondo pero no podía tocarme sin que se enterara Margo, y no quería confirmarle que consentía lo que estaban haciendo a escondidas. No quería reconocerlo. Pero estaba rojo como un tomate de pura exticación.
Mi mujer había seguido acariciándose hasta que su mano se quedó quieta, oculta bajo la manta. Solo movía sus pies. Quien seguía moviendo su mano era mi abuelo, pero ya no sobre las nalgas de mi esposa: podía notar su brazo moviéndose y su mano casi quieta, y estaba más abajo. Mi abuelo estaba masturbando a mi mujer. Ella respiraba más fuerte aún. Su mano apareció de bajo la manta y agarró con fuerza mi polla, que ya estaba durísima. Al darse cuenta, giró levemente su cara para mirarme. No hizo falta que yo reconociera nada, ella ahora sabía que yo me había dado cuenta de todo, y que estaba cachondo. Entonces enterró su cara en mi muslo y me mordió mientras se agitaba. Mi abuelo la estaba haciendo correrse. Yo no pude más y estallé, con la mano de Margo casi quieta sobre mi polla. En cuanto se repuso un poco, Margo volvió a mover sus pies, esta vez con algo menos de disimulo. No era consciente de que sí, yo lo sabía, pero mi abuelo todavía no sabía nada de mi implicación. Él pareció no preocuparse tampoco, estaba colorado y tenía los ojos cerrados. Finalmente, con un gemido ahogado, también él se corrió, con su polla entre los pies de mi mujer y su mano posada sobre sus nalgas desnudas.
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