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Mi abuelo adora a mi mujer 2

Margo siempre fue la reina de la casa, pero su abuelo político descubrió su secreto más sucio: sus pies. Lo que empezó como un masaje tímido se convirtió en un ritual húmedo y prohibido. Ahora, el narrador no solo observa, sino que participa en un juego donde el semen del anciano mancha la piel de su esposa, desafiando toda norma moral con una complicidad perversa.

CMoriarty32K vistas9.2· 46 votos

Al día siguiente, Margo fue a trabajar con las bailarinas sobre las que había eyaculado mi abuelo.

Ella se levanta muy temprano y mi abuelo ya suele estar en pie. Yo me quedo un rato más en la cama. Cuando me desperté, tenía un audio de ella. En él, me contaba que mi abuelo le había preparado un rico desayuno mientras ella se preparaba. Desayunaron charlando de tonterías y como si nada hubiese pasado nunca. Justo antes de irse a trabajar, Margo se calzó las bailarinas y fue a despedirse de él. Le pidió que le desease un día ligero y divertido de trabajo. Él, siempre zalamero, le dijo que ojalá fuese así, y que picaría en la peor mina del mundo si con eso pudiese consentir todos sus deseos y librarla de trabajar. Ella se rió y le pidió que se fijase en su calzado. Según me contó en el audio, los ojos de mi abuelo se abrieron como platos, se sonrojó y no supo ni qué decir hasta que Margo ya estaba a la altura de la puerta, momento en que, como si le costase trabajo sacar la voz del cuerpo, le dijo "Gracias, mi niña."

El resto del día fue normal, pero con mi abuelo muy feliz, cantarín, cocinando un plato especial... y así hasta que llegó Margo, cenamos, y llegó el momento del sofá. Margo, con más naturalidad y desparpajo que nunca, se tumbó poniendo sus pies en su regazo y le dijo: "Ya sabes lo que toca." Y Rafael le dio el masaje de pies más atento que le había dado nunca.

Durante unas semanas no pasó nada nuevo. Mi esposa y yo comentamos todo esto como una travesura que de alguna manera nos excitaba, pero no pensamos en escalarlo ni en que mi abuelo volviese a sobrepasar los límites. Hasta que una noche, cuando Margo llegó de trabajar y subió a cambiarse, mi abuelo subió también. No me fijo en cada movimiento de mi abuelo por su propia casa, así que seguí a lo mío, terminando las gestiones del día y preparando la cena.

Al rato bajó Margo. Rafael nos hizo esperar para cenar. Sofá, masaje y fuimos a la cama. Fue entonces que Margo me dijo que tenía que contarme novedades, muy nerviosa.

Me contó que mi abuelo fue detrás de ella cuando llegó de trabajar, y que, tímidamente, le dijo que quería preguntarle una cosa:

- Mi vida, te prometo que no he vuelto a tocar tus cosas. Soy muy feliz con el cariño que tenemos, y con el hecho de que no se haya estropeado nada por mi culpa. ¿Pero recuerdas que te dije que me avergonzaba no haber sido un caballero y preguntarte directamente? Sé que no hay forma correcta y que debería olvidarme de todo, pero no puedo evitar al menos preguntarte y recibir el no. El caso es: ¿me dejarías alguna otra vez coger alguna de tus bailarinas y hacer... eso? Es una marranada y parezco un adolescente con ello, pero me alivia tanto, princesa...

Joder, mi puto abuelo, pensé. Y siguió contándome. Ella tardó en digerirlo. Ya no era novedoso, pero era trascendental. ¿No podían las cosas ser normales? ¿Estaba mal todo eso? ¿Podía seguir queriéndole como el abuelo de su chico, y conviviendo felizmente, si estas cosas se normalizaban? Pero a mí no parecía molestarme. Rafael era un hombre educado, atento, viudo... No iba a convertirse en un monstruo porque le permitiera jugar un poco. Y aceptaba las reglas, por lo que le estaba diciendo. Al final, a mi mujer le pudo el pinchazo de travesura y excitación, y le dijo:

- Es importante que sepas que esto no es normal, Rafael. Soy la mujer de tu nieto. Esto es un terreno resbaladizo y todo puede acabar fatal si no controlamos algunos impulsos. A mí todo esto me parece que tiene un punto de divertido y hasta de inocente. Aunque es raro llamar inocente a algo que implica semen en mis zapatos. Acepto jugar un poco más, pero por favor, quiero seguir confiando en ti.

Rafael asintió, dócil y agradecido, y juró y perjuró que no dejaría que nada se estropease. Que todo de frente y que ella ponía las reglas, ya que, al fin y al cabo, era la reina de la casa. Riendo, mi mujer se descalzó los mules que llevaba y se los entregó. Y, antes de meterse al baño a ducharse, añadió: "Me vas a hacer repetir calzado dos días seguidos." Se rió y se cerró tras de sí.

Al salir del baño, vio que la habitación de mi abuelo estaba cerrada. Se cambió y bajó conmigo. Por último, me contó que acababa de comprobar que Rafael había echado una buena carga en los mules, y que esta vez la había repartido entre los dos, y que había una carga abundante.

Me levanté a comprobarlo y le dije lo que se me ocurrió: "Cielo, a pesar de su edad, tus pies le deben poner tanto que te ha echado dos cargas distintas. Por eso tardó tanto en bajar a cenar."

Ella se acercó a mirar. Era tan rara la situación, como un juego entre todos, mi mujer esperando a oír cómo me sentaba todo eso... que decidí mostrarle mi opinión con una broma. Estaba tan cerca que mojé mi dedo con semen de mi abuelo y fui a mancharle la nariz, pero al querer ella esquivarlo echando la cabeza hacia atrás, le acabé dando en un labio.

Me quedé petrificado: "Cielo, lo siento, quería hacerte ver que no me estaba enfadado con todo esto y que me parecía travieso...". Ella estaba mirándome fijamente con la boca abierta de estupor.

- Me acabas de... dios, estoy sintiendo el sabor. ¿Pero tú estas enfermo? - Pero finjía estar enfadada, quizás los dos estábamos un poco enfermos. Lo siguiente que hizo fue relamerse de forma exagerada.- ¿Contento? Ahora tú. - Y fue a mancharse los dedos, pero alejé el mule, volví a mojarme los dedos, esta vez varios, y se los restregué por toda la cara riéndome.

- Ala, Toni, eres un burro y un cerdo.

- No, mi amor, lo siento, estaba de broma. - Fui a darle un beso en la mejilla, manchada, para mostrarle que, si yo tenía que pagar también la penitencia, lo haría, por estar en paces. Pero ella me paró, me tumbó en la cama y me preguntó, con cara de loba, si me ponía verla así, si era tan puto cerdo. Yo no respondí y ella bajó su mano a mi polla y empezó a hacerme una paja.

- ¿Te pone que vaya con semen de tu abuelo en mis pies y en mi cara, puto cerdo?

- Dios Margo, no, supongo que no - gemí.

Siguió con su paja y me quitó el mule, que seguía sosteniendo en mi mano. La acercó a su cara mientras me masturbaba. Me miró con los ojos cargados de lujuria y, exageradamente, acercó el mule a su nariz para oler el semen de mi abuelo. Volvió a mirarme, deseando que me corriera rápido. Yo estaba apunto y ella lo sabía. Para acabar de exprimirme, volvió a girar su cara hacia el mule y acercó ligeramente su lengua a la mancha de semen. Estoy seguro de que llegó a tocarlo. Y ahí me corrí.

Cuando me repuse, le quité el mule, la desnudé y le comí el coño hasta que se corrió gritando. Mi abuelo tuvo que oírnos. Menos mal que no podía saber cómo había pasado todo dentro de la habitación.

Margo se limpió todo en el baño y nos fuimos a dormir, abrazados, comentando lo salvaje que había sido todo eso y lo mal de la cabeza que estábamos.

A la mañana siguiente, cuando desperté, tenía un audio de Margo contándome un episodio parecido al de la otra vez que se puso calzado regado por mi abuelo. Mi abuelo, esta vez, le dijo que era un amor, que era un privilegio para él que sus pies tuviesen ese tipo de contacto con él. Y le preguntó si podría pasar más veces.

Mi chica, seguía encendida por las travesuras de anoche, así que le hizo una propuesta que ni él, ni yo mientras escuchaba el audio, esperábamos. Le dijo que una vez a la semana, con la condición de masajes diarios, repetiría calzado. Que un día que ella escogería, le llevaría el par que había usado ese día a su habitación, y que al día siguiente se los pondría mientras desayunaban juntos, ya preparados por él.

Eso, definitivamente, marcaba una nueva etapa en todo este juego. Yo le había dicho a Margo que me parecía bien. Guarro y bizarro, pero bien.

Así estuvimos durante algo más de dos meses. Hasta que un día, después de ella bajar a cenar, le pregunté si esa semana ya le había dejado los zapatos que le tenía que decorar. Ella se rió por la expresión y me dijo que no me lo había contado todavía, pero que ya no lo hacían así. Que después de cenar me contaba.

Yo me quedé ralladísimo. Hasta me puse celoso mientras esa noche, el vicioso de mi abuelo, que no había ni intentado decirme nada de todo esto, masajeaba los pies de mi mujer.

Al irnos a dormir, por fin, me contó:

- Cariño, ya sabes que le doy muchas vueltas a lo que me pongo cada día. Un día me di cuenta de que no me pegaba bien el calzado "decorado" por tu abuelo la noche anterior con lo que me iba a poner. Pero teníamos un trato. Así que se me ocurrió una maldad morbosa. Bajé unas bailarinas que quedaban bien con el conjunto y le conté el problema, y le dije que, como pensaba mantener mi palabra, dejaría que se corriese en ellas en ese mismo momento, y que igual eso le gustaba incluso más, porque se las pondría con su carga todavía reciente. Y, por supuesto, le encantó la idea. Colorado, me pidió una bailarina y me dijo que solo podría prepararme una, que últimamente se tomaba su tiempo para hacerlo con las dos, pero que con esa nueva forma de hacerlo, no podría. No se fue muy lejos, se apartó de mi vista en el pasillo y le escuché bajarse los pantalones y el ruido húmedo de la masturbación. No le oí exclamar al eyacular, simplemente vino con la bailarina en la mano y me la entregó sin atreverse a mirarme a los ojos. A lo que sí se atrevió fue a mirar con avidez cómo me ponía la bailarina. Qué cara se le puso, Toni. Fue un momento tan guarro que hasta me puse cachonda. El contacto con los pies mientras él parecía que podría volver a correrse de imaginarse el interior de la bailarina... ¿Te enfada lo que te cuento?

Callé unos segundos, pensando cómo me sentía:

- No... De verdad, creo que no. No sé. ¿Por qué no me lo contaste nada más pasó?

- Pensé contártelo ese mismo día. Y sabía que te lo iba a contar sí o sí. Pero me dio corte pensar que podría sentarte mal esa autonomía con la que di ese paso. A ratos quería recuperar la complicidad nuestra con esta guarrada, y en otros momentos me sentía un poco avergonzada pero enganchada al juego. Pasó otras veces, además de la que te he contado. Ahora solo ocurre así. Es una cerdada pero lo hace todo más morboso... En serio, ¿qué piensas?

Pensaba que se estaba enganchando a este juego, pero su voluntad era buena y me estaba siendo sincera. No podía enfadarme con ella, era nuestro juego, y que en esto mostrase esa energía sexual propia no era sino otra manifestación de las cosas de su carácter que me fascinaban. Sentía celos por enterarme más tarde. Pero, joder, era mi abuelo, no era una amenaza. Y Margo me estaba siendo sincera. Le dije que me parecía excitante pero que me gustaría seguir al tanto. Que aceptaba que a veces las cosas pudiesen ocurrir así, sin tiempo a hablarlo antes, pero que quería entonces saberlo cuanto antes. Nos entendimos. Y me propuso que me corriera en el otro par, ya que ahora mi abuelo solo usaba uno. Acepté. Aunque pensé: mi carga la llevarás seca y será la de mi abuelo la que lleves reciente, húmeda y caliente. Pero, por otro lado, a mí me la ordeñaba ella misma. Seguía ganando.

Le pregunté cómo sentía el semen reciente de mi abuelo cuando se calzaba, y cómo se sentía ella con eso. Me dijo que al principio estaba húmedo, y lo sentía en la planta y entre los dedos. La humedad la obligaba a caminar más despacio, porque el pie se escurría un poco dentro del calzado. Poco a poco se iba secando. Para cuando llegaba al trabajo, todavía estaba algo húmedo. Me confesó, con vergüenza, que un día se había tenido que masturbar en el baño por lo cachonda que le ponía esa cerdada. Y que había llegado a desear ver a mi abuelo mientras se masturbaba sobre su bailarina.

La devoré. Follamos. Convertimos su juego individual en algo común, otra vez. Y, antes de dormir, le dije: "Acepto que le digas a mi abuelo que no se oculte para correrse en tus zapatos, si es que con eso te tengo así de caliente siempre.". Ella tardó en responderme, se rió complacida, me dijo "mi niño", me besó en los labios y se puso a dormir.

Me desperté y tenía un audio largo de Margo.

Lo había hecho. Esa semana ya había tocado, pero se despertó cachonda por todo lo que habíamos hablado, imaginando la diablura, así que decidió que esa semana repetiría. Tenía que ser ya. Mi abuelo se puso loco de contento cuando le dijo que esa semana tocaría corrida dos veces. Cuando se fue a retirar con un mule, ella le detuvo: "Ya que hacemos esta marranada, que es algo prohibido de todas formas, quiero verlo. No me voy a asustar, todos tenéis una. ¿No te intimidará que te mire mientras te corres en mi zapato?" Debió ser la primera toma de contacto de mi abuelo con ese carácter más decidido, a veces autoritario, de mi chica. En el audio, me contaba, riéndose, que él balbuceó un poco.

- ¿Aquí mismo?

- Sí claro, quiero verlo, tengo curiosidad.

Mi abuelo se bajó los pantalones, dejando a la vista sus piernas de hombre mayor, huesudas y peludas. Se empezó a tocar el pene con timidez. La descarada de mi mujer me lo describía en el audio. "No se veía ridículo, estaba bastante grande en reposo, muy moreno". Mi abuelo se tocaba pero no estaba erecto. Él la seguía mirando como pidiendo permiso.

- Mi niña, qué corte. Las otras mañanas, solo con verte bajar a desayunar, ya estaba duro.

Margo decidió subir sus pies a la mesa. Mi abuelo, ya muy cerca de sus adorados pies, podía ver toda la longitud de sus estilizadas piernas. "Creo que las bragas no me las veía. Esto iba de pies." Me decía en el audio. Con la vista de sus plantas y sus dedos, mi abuelo ganó confianza y deseo. Se acercó el mule a la nariz, y empezó a pajearse con ganas. Por fin, se había puesto duro. El diablo de mi mujer, entró en detalles para hacerlo más guarro. Me describió el brazo tenso de mi abuelo, con los músculos marcados por el esfuerzo bajo su piel morena y flácida. Su mano huesuda sacudiendo un pene de tamaño normal, pero ancho y cabezudo, un pene que parecía más juvenil que su propietario, con la cabeza brillante y ya húmedo. "La habitación olía muchísimo a polla, Toni, qué cerda me estaba sintiendo."

- La de Toni es más blanca - le dijo mi mujer riendo - más larga pero menos cabezuda, pero los dos la tenéis bonita.

Con esos comentarios sobre su polla, mi abuelo ya no pudo más y, gimiendo, se corrió en el mule. Ella, bajó las piernas de la mesa, alargó inmediatamente la mano hacia el mulet y se lo puso. "Sentí un calambre de excitación al mojarse mis pies con el semen que acababa de ver salir, para mí."

El audio acababa pidiéndome que le mandase un audio con mis sensaciones sobre todo esto, y añadía: "Nada más llegar a la oficina, me voy a ir al baño y me voy a correr como una cerda."