Mi abuelo adora a mi mujer 4
Cada noche, mientras tú duermes, tu esposa le da placer a mi abuelo con sus pies. Y esta noche, en lugar de ocultarlo, me pide que mire. ¿Estás listo para ver hasta dónde puede llegar nuestra familia?
Llegó el lunes y el día transcurrió sin novedades. No sé cómo escogía Margo el día que le dejaba a mi abuelo correrse en su calzado. Creo que tanto a Rafael como a mí nos cogía por sorpresa ese mismo día.
Llegó la noche y el masaje de siempre de mi abuelo a los pies de mi mujer. Recordando lo que vi la noche anterior, este momento del día me puso cachondo, a la vez que me devolvió las sensaciones extrañas en el estómago. ¿Por qué me lo ocultaba?
Esta noche estuve más pendiente que de costumbre al masaje, y, si bien durante la primera media hora fue como siempre, enseguida noté un cambio: mi mujer ahora dejaba los pies pegados al vientre de mi abuelo, es decir, los tenía encima de su paquete. No sabía desde cuándo era así, no me había dado cuenta. A la media hora de masaje, más o menos, es cuando empezó a pasar algo más. Con el pie que Rafael no le estaba masajeando, ella le acariciaba suavemente el pene.
Había momentos en que mi abuelo incluso detenía el masaje, y mantenía los dos pies entre sus manos pero sin hacer nada, únicamente dejándose acariciar por las plantas y los dedos de los pies de mi mujer.
Tras un rato así, llegó el momento en que mi abuelo interrumpía la sesión para irse al baño. Tonto de mí, caía ahora en la cuenta. ¿Cuántas noches venía pasando esto? ¿Cuántas noches de hacerle mi mujer una paja con los pies a mi abuelo? Por eso se levantaba el cabrón. Lo de la última noche no dejaba de ser un pequeño paso más.
Me encendí y empecé a acariciar a Margo. El cabello, el cuello, las clavículas, bajo la camiseta, los pechos... Ella me correspondió sin levantarse de mi regazo. Me empezó a acariciar la pierna más cercana y llegó hasta el pene, que apretaba por encima del pantalón. "Dios, cielo, hazme acabar con tu boquita, antes de que vuelva Rafa", le pedí. Ella, cachondísima, me consintió. Me sacó la polla del pantalón y se la metió entera en la boca, todavía a media erección. Yo bajé la mano hasta su culo, la metí por dentro de sus bragas y le empecé a masajear el coño. Escuchamos la cisterna del baño y a ambos nos recordó la presencia de mi abuelo. Ella empezó a chupármela más rápido. Quería que la llenase. También se restregaba más contra mi mano. Finalmente, me corrí en su boca. Y mientras tragaba, llegó ella también al orgasmo. Mi abuelo ya bajaba las escaleras cuando mi mujer me guardó otra vez la polla en los pantalones.
Acababa de sacarnos la leche a los dos en cuestión de minutos.
Antes de acostarnos, le pregunté cuándo le daría el regalo de esa semana a mi abuelo. Me dijo que mañana, que estaba muy caliente. "¿Qué te parecería que ampliásemos a dos días a la semana? Me excita esto mucho, me estoy enganchando, cariño." Risueña, sexual... no podía negarle ese combustible, pero le pregunté:
- ¿Y crees que las cosas se pararán en ese juego? ¿Hasta dónde puede llegar ese "enganche"?
Ella me devolvió la pelota:
- ¿Hasta dónde podríamos disfrutarlo sin que las cosas se volviesen raras? ¿Cuánto podrías soportar sin morirte de celos?
- Joder. No sé Margo.
- Es tu abuelo. Nunca va a ser más que un juego. Somos una familia, solo que con alguna guarrada morbosa.
Con ese razonamiento, parecía estar naturalizando también los pasos que había dado por su cuenta, sin contarme nada todavía. Pero me tranquilizaba. Podía llegar a verlo como ella. A fin de cuentas, nos lo estábamos pasando muy bien. Era divertido.
A la mañana siguiente, cuando Margo se levantó, me quedé despierto. Quería verlo. Mantuve el oído atento hasta que me pareció que la acción ya solo se desarrollaba en la planta baja, y salí con cuidado, descalzo para no hacer ruido. Desde la mitad de la escalera, que bajaba pegada a una esquina de la casa, podía ver el salón-comedor en cuclillas, protegido por la penumbra de la escalera. Todavía no había empezado la función, pero no podía faltar mucho, se acercaba la hora de salir al trabajo de Margo. Estaban todavía charlando en la mesa, tras haber desayunado. De repente, y sin transición alguna, mi mujer soltó:
- Bueno cariño, mis pies te echan de menos, también quieren desayunar leche- dijo riéndose, seductoramente. Y le extendió una bailarina negra a mi abuelo.
- Los pies de una princesa merecen todas las atenciones -respondió él, levantándose y bajándose el pantalón, casi sin moverse del sitio, muy cerca de ella. Ya estaba duro, y no se hizo de rogar. Empezó a pajearse mirando a mi mujer. Y ella alternaba su mirada entre su polla y sus ojos. Se recostó un poco y subió sus pies descalzos a la mesa. Estaban tan cerca, que quedaban a poca distancia de la paja de mi abuelo. Mi abuelo se inclinó un poco y empezó a olerle los pies a mi mujer mientras se masturbaba. Ella se mordió el labio. "Te dejo chupar mi dedo gordo" le dijo. Y mi abuelo lo devoró osbcenamente, con su boca y su bigote de viejo.
- Estás tan rica como imaginaba, mi niña.
Y oliendo sus pies, empezó a correrse en la bailarina. Mi mujer, aprovechando que Rafael todavía estaba inclinado a la altura de sus pies, le restregó el pie derecho por la cara riendo, los bajó de la mesa y le quitó la bailarina de las manos. Se la acercó a la cara y la olió, mirando a mi abuelo a los ojos. "Huele rico. Leche de calidad para mis delicados pies", le guiñó el ojo y se calzó. Se vistió la americana y le dijo a mi abuelo que ahora le tocaba ir a trabajar, que tratase de no echarla mucho de menos. y le dio un pico en los labios. Yo subí sigilosamente antes de que se acercara a la puerta de salida, que quedaba al lado de la escalera.
Me masturbé en la cama, me limpié y volví a dormir un rato. Para cuando desperté, tenía varios mensajes de Margo. El primero era un audio contándome lo que acababa de ver, pero en una versión más light. Lo que no fue tan light fue el vídeo que seguía al audio, que me mandó media hora más tarde: en ella, se veía que estaba sentada en el váter de la oficina, podía ver su vello púbico y también que, con una mano, sostenía la bailarina pringosa por el semen de mi abuelo. Me susurraba: "Buenos días, amor. Aquí estoy, ya te imaginas para qué. Estoy muy cachonda. Solo quería que lo supieras. Hablamos, no te aburras mucho en casa". Y seguía un último vídeo. En él, ella se grababa la cara con la cámara frontal del móvil, sosteniendo la bailarina muy cerca de su cara: "Se me olvidaba mandarte un besito" y seguidamente, daba un lametón al interior de la bailarina y me mandaba un beso.
Habíamos liberado a un monstruo. Me puse el último vídeo en bucle y volví a pajearme hasta correrme.
Cuando llegó Margo, todo siguió como de costumbre últimamente. La interrupción de mi abuelo para irse a pajear al baño y todo eso. Al acostarnos, me preguntó si me había puesto cachondo su cerdada de la mañana. Le confesé que ma había masturbado viendo el vídeo. Ella que se corrió sintiéndose muy guarra, con la cara lengua pegada a la suela pringosa de la bailarina. En pequeñas dosis, Margo me suministraba la información y elevaba poco a poco la graduación de la aventura. Follamos y nos dormimos.
El día siguiente no hubo aventura mañanera. Llegó la noche y Margo debía de estar muy caliente de todo el día sin su dosis de guarradas con mi abuelo, así que me pidió algo insólito: "Ahora en el sofá, hazte el dormido después de un rato y no te despiertes hasta que yo te diga, lo vamos a disfrutar, cariño." ¿Era así como me iba a hacer partícipe del paso más lejano que había dado hasta ahora?
Obedecí. Al cabo de un rato, me hice el dormido, pero con la cara ligeramente girada hacia donde estaría la acción. Siguieron todavía un rato como si nada, mi mujer frotando disimuladamente el pene de mi abuelo sobre el pantalón. No pasó mucho tiempo hasta que mi abuelo me miró y, viendo que estaba dormido, debió hacerle alguna señal a mi mujer. Mi mujer rió silenciosa y le susurró: "sácatelo".
Mi abuelo se levantó un poco para bajarse pantalón y calzoncillo y liberar su polla, ya erecta, y Margo comenzó a frotársela, piel desnuda contra piel desnuda. Mi abuelo echó la cabeza hacia atrás suspirando de placer. Estaba tan concentrado en el placer que le daba la mujer de su nieto, que no pudo darse cuenta de que Margo me acariciaba mi polla por encima del pantalón mientras todo eso sucedía. Tras un rato dejándose querer por los amados pies de mi mujer, él mismo se cogió la polla y empezó a pajearse mientras frotaba su glande contra las suaves suelas de Margo, hasta que se corrió sobre ellas, frotando hasta la última gota contra las plantas y los dedos de sus pies.
- Gracias por la leche abuelito. -Le dijo en voz baja la degenerada de mi mujer- Ahora me limpio yo, no te preocupes, quiero quedarme todavía un rato aquí relajada. Puedes irte a la cama. Recuerda que mañana tenemos un desayuno de los nuestros.
Y mi abuelo se besó los dedos y tocó con ellos la mejilla de mi mujer. "Buenas noches, querida. Aquí os dejo, amorosamente relajados." Y subió a su dormitorio.
- Toni, abre los ojos. Mira mis pies, cariño, míralos. -Y levantó su cara para besarme los labios.
Miré a sus pies. Era la primera vez que los veía completamente bañados por el semen de otra persona que no fuera yo. Sus suelas arrugadas, impregnadas de semen, con toques brillantes aquí y allá.
- Perdóname por lo que he hecho hasta ahora y por lo que voy a hacer. Y, si te es posible, disfruta conmigo, mi amor, pero tengo que hacerlo.
Y se giró ligeramente hasta quedar, así como estaba apoyada en mi regazo, pero en lugar de costado, sobre su espalda, con los pies en el aire, con mucho cuidado de no posarlos en ninguna superficie. Se cogió un pie con las manos y lo acercó a su cara.
- Mira Toni, qué de leche.
Y empezó a lamerse el pie, limpiando cada rastro de semen de mi abuelo. Era tan bizarro, tan guarro, tan caliente, que empecé a masturbarme, metiendo mi mano dentro del calzoncillo. Lamía con devoción. Excitándose ella misma al máximo al sentirse tan guarra.
- Qué mujer más cerda me he echado. -Le dije, y con la mano que tenía libre, le empecé a sobar las tetas, sin obstaculizar su lamida de pies.
Ella se cogió el otro pie e hizo lo mismo. Y con la mano libre, se empezó a frotar el coño por dentro de las bragas.
- Dios Toni. De aquí vienes tú, si lo piensas. -Toda esta aventura, tan tabú, llevaba a mi mujer a conexiones de lo más bizarras. Pero supongo que en parte tenía razón.
- Ya solo tiene mis babas, lámelo tú también, cariño, lame mis babas de mis pies, por favor.
Y me incliné para lemerle los dedos de los pies que me ofrecía. Ella comenzó a correrse viendo cómo la lamía. Y yo acabé corriéndome dentro de mis calzoncillos.
- ¿Acabaste tú también? Mi niño... trae la mano -y cogió la mano con la que me había pajeado, toda pringosa de mi semen, y la lamió entera.
Paso a paso, estábamos de lleno en terreno desconocido.
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