Mi abuelo adora a mi mujer 3
Toni creía conocer a su esposa, pero Margo guarda secretos que solo se revelan en la oscuridad del sofá. Mientras él finge dormir, descubre que el abuelo no es tan inofensivo como parece, y que los pies de su mujer son el centro de un juego prohibido que los tres comparten en silencio.
Nada más acabar el audio, me masturbé hasta correrme sobre mi propio estómago. Casi no tuve ni que tocarme. Tras correrme, vino la realidad. Todo eso me estaba dando vértigo. Pero a la vez era muy morboso. Tuve que detenerme a pensar qué le iba a responder a Margo. Finalmente, le dije toda la verdad: que me había corrido escuchando su audio y que me ponía tanto como me daba miedo dónde acabaría esta situación. Acabé el audio preguntándole si se había corrido en el baño.
Al rato, me respondió: "Hablamos en casa. Sobre tu pregunta: sí, me costó no gemir a voces, menos mal que no había nadie en el baño."
Ese día decidí pasar algo de rato con mi abuelo. Consideré que las cosas me serían más llevaderas si sentía mi vínculo con ambos bien cercano, y en las últimas semanas, Rafael y yo no hablábamos mucho.
Sugerí a mi abuelo dar un paseo por el parque, de vez en cuando podía ausentarme un poco de mi teletrabajo. "Claro, Toni." Me respondió. Me pareció que respondía un poco nervioso.
Tras un rato caminando casi en silencio, decidí sacar una conversación que pudiese evolucionar no sabía exactamente a dónde, pero a algún lugar en el que encontrásemos alguna complicidad:
- No te lo decimos lo suficiente, abuelo, pero te estamos muy agradecidos por dejarnos vivir aquí. A veces la rutina, el trabajo y todo eso, hace que no hablemos mucho a diario, pero estoy muy feliz de este tiempo contigo. Y siento que Margo también está muy agusto.
Rafael tardó en contestar:
- Toni, te quiero muchísimo. Yo también tengo la culpa de que hablemos poco. Estáis en la casa de un viejo, que tiene sus cosas, sus manías... Y salvo por la noche, que parece que con Margo se alegra toda la casa, el resto del día lo paso a lo mío. Como el viejo huraño que creí que me tocaría ser tras morir tu abuela. ¿Tienes alguna queja que te hayas estado callando? Quiero que estéis de veras agusto, Toni, querido.
- No, abuelito, de verdad que no tenemos ninguna queja. - Me quedé un poco en silencio y continué- ¿Sabes? A veces pienso en la abuela viviendo en casa, y lo distinto que es todo ahora. Pero pienso que estaría feliz de saber que al final volvería a haber felicidad en la casa. No se qué haría en la vida sin Margo... ¿Puedo preguntarte, espero que no te siente mal la pregunta, si de alguna manera Margo te recuerda a cuando la abuela todavía vivía?
Mi abuelo calló un rato, finalmente, carraspeó y respondió:
- Los jóvenes de hoy sois muy distintos. Nos quisimos mucho, todavía la quiero y se que en algún momento nos volveremos a encontrar. Es la mujer de mi vida. Pero Margo no me recuerda a tu abuela, hijo. Os veo muy unidos, más preocupados por vivir la vida que por hacer lo que se espera de vosotros a cierta edad... Y Margo es otro tipo de mujer. Dice lo que quiere en cada momento, está segura de sí misma... Es un placer compartir vida con una mujer así. Ojalá nosotros hubiésemos nacido en otro tiempo. Lo que sí te puedo decir, Toni, es que estoy muy orgulloso de ti. Yo también me habría enamorado perdidamente de ella.
- Tengo mucha suerte. Es divertida, es inteligente y es guapísima.
- Es un bombón, Toñito -dijo Rafael riendo.
Yo reí también y le pregunté:
- ¿No hay alguna señora por el pueblo, abuelo? Alguna viuda bonita... qué se yo. Tienes derecho a rehacer tu vida. Estás todavía muy bien.
- Muy bien muy bien... no sé yo... -dijo, palmeándose su panza y riendo- pero no. No hay nadie. Ni me apetece conocer a nadie, hijo.
- ¿Pero a tu edad todavía sentirás deseo, no? -poco a poco iba llevando la conversación a lo que realmente me interesaba.
- Emm... sí... sí claro -carraspeo- pero yo no soy como sois vosotros ahora, Toñito. Yo necesito sentir algo más hacia la mujer para realmente querer hacer algo. Entiéndeme. Veo a las mujeres bonitas por la calle y me alegran la vista. Eso sí. Pero el deseo como tal... de realmente querer hacer algo con una mujer... Hay ciertas cosas que se han acabado para mí ya. Mis vínculos con mujeres ya solo son de amor de padre o de abuelo. -y rió. Calló un rato pero luego añadió:
- La única mujer por la que casi siento mariposas en el estómago ahora mismo, es por la niña que alegra nuestra casa cada noche... No me entiendas mal, Toni.
- Te entiendo bien, abuelo. Somos familia, supongo que estamos destinados a parecernos mucho.
Reímos juntos y seguimos hablando de banalidades.
De noche llegó Margo. Nada más llegar, me pegó un enorme morreo y me acarició el pene por encima del pantalón. Todo el día fuera de casa y seguía cachonda por su travesura. Después, se dirigió a mi abuelo, a quien normalmente saludaba con la mano, y le dio un beso en la mejilla. Creo que bastante cerca de la comisura. Sentí una punzada de celos. Dejándonos a los colorados, subió a ducharse.
Cenamos y fuimos al sofá, como siempre. Dejamos una película que echaban en la tele y mi abuelo comenzó el masaje habitual a mi mujer. Tras un rato así, mi abuelo se disculpó para ir al baño. Donde estuvo un buen rato. Volvió a bajar y siguió con el masaje hasta que nos retiramos a la cama.
Esa noche hablamos de lo que pasó por la mañana. De cómo se masturbó en el baño sintiendo el semen en sus pies. De cómo se había corrido mi abuelo delante de ella. De las diferencias y similitudes de nuestras pollas. De lo traviesa que era y de lo mucho que me quería. También le conté lo de mi paseo con mi abuelo, cosa que le hizo muy feliz. Y nos lamimos, nos follamos y nos corrimos los dos.
Lo que quedaba de semana, ya no tocaba premio para mi abuelo. Y cada noche, excepto el sábado, que salimos ella y yo solos por la ciudad, mi abuelo siguió dándole masajes a esos pies que ya conocían el tacto de su semen. Y cada una de esas noches, mi abuelo interrumpía el masaje para pasarse un rato en el baño. Antes disimulaba más la excitación, ahora sin embargo no se podía contener las ganas de masturbarse pensando en los pies de mi Margo. Ella tenía que saber también el motivo de sus visitas al baño, pero no hablamos de ello. Ya habíamos hecho cosas más fuertes, a fin de cuentas.
Como el sábado habíamos llegado muy tarde, para cuando llegó la noche del domingo yo estaba muriéndome de sueño, así que, cuando pusimos una serie en la tele, mientras mi abuelo masajeaba a mi mujer, me quedé un rato dormido en la postura en la que estaba, con la cabeza de Margo en mi regazo y yo sentado. Desperté al poco, ya habían quitado la serie y estaban viendo la televisión general. Margo seguía acostada sobre mi regazo, y ya era más tarde de lo habitual, pensé que quizás también ella se había quedado dormida. Me fijé un poco más y me di cuenta de que no. Estaba mirando en dirección a mi abuelo, que estaba también despierto, pero no miraba la tele, miraba hacia su regazo, donde estaban los pies de Margo. Miré hacia sus pies y el sueño que todavía tenía se me quitó de golpe. Junto a las suelas arrugadas de sus pies, estaba al aire la polla de mi abuelo, que asomaba debajo de su barriga. Mi abuelo se pajeaba lentamente, frotando suavemente su glande contra la delicada piel de los pies de Margo.
Estaban los dos absortos. No hacían casi ruido y los movimientos de mi abuelo eran discretos. A pesar de todo, entrecerré los ojos y acomodé mi cabeza de manera que pareciera que seguía durmiendo pero que pudiera ver por lo que hacían.
Mi abuelo todavía siguió pajéandose un rato hasta que se corrió sobre los hermosos pies de mi mujer. Él gimió en voz baja, y ella se rió casi en silencio al notar el semen caliente sobre sus pies. Mi abuelo siguió apretando su polla hasta que salió la última gota, que restregó contra los pies de Margo. Rafael guardó con movimientos nerviosos su polla en los calzoncillos y miró hacia mí. Cerré los ojos por completo, no fuera a ver la rendija por las que los había estado espiando. Noté que se tranquilizaba y volví a abrir levemente los ojos. Ahora, Rafael sostenía sobre una de sus manos los pies de su deseo, y con la otra acariciaba cariñosamente la parte baja de las piernas de mi esposa.
Margo se giró para mirar hacia mí y, al verme todavía dormido, se atrevió un poco más: se irguió levemente, alargó, sensual, el brazo que no usaba de almohada sobre mi regazo, y extendió un dedo hasta las suelas de sus pies, en las que jugó con la carga de mi abuelo, haciendo círculos sobre las arrugas de sus pies. Como colofón, recogió un poco y se llevó el dedo a la boca. Momento que acompañó de un silencioso "mmmm" mirando hacia Rafael. No pude ver qué cara ponía mi abuelo, pero en agradecimiento por todo, y como un buen caballero, sacó un pañuelo del bolsillo y limpió los pies de mi mujer.
Es entonces cuando Margo consideró que era la hora de ir a la cama, así que me despertó con un beso en los labios. Pensé que acababa de probar, por segunda vez, el semen de mi abuelo. Al menos, pensé, ha debido tragárselo bien, ya que no noté ninguna textura rara en los labios de mi mujer.
Al llegar a la cama, me preguntó si todavía tenía mucho sueño. Le dije que no, y ella me empujó sobre la cama. "¿Cuánto me deseas?" Le dije que más que a nada en el mundo, y ella me pidió que se lo demostrara. Acto seguido, se quitó el pantalón de pijama y las bragas, y se sentó sobre mi cara. Le empecé a comer todo lo que tenía encima. Coño y culo. Quería derretirla. En un momento que levantó un poco el culo para sacarme la polla del pantalón, miré a sus pies, que los tenía al lado de la cara, y vi algo del brillo del semen reseco. Enseguida volvió a aplastarme con su culo y frotarse sobre mi cara, y yo la lamí hasta que la hice correr. Ella entonces se tumbó sobre mí para chupármela, lo que permitió volver a tener una visión de las plantas arrugadas y brillantes de sus pies. Me corrí irremediablemente en su boca, y ella lo tragó todo.
Pero no me contó nada.
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- Relato #223937— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
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