La Chispa
Juan siempre soñó con ver a Liz en brazos de otro, pero nunca imaginó que sería él quien le abriría la puerta. Cuando la ambición de ella choca con la provocación de un joven asesor, el matrimonio se convierte en el escenario de un juego peligroso donde el deseo supera a la moral.
Capítulo 1 - La chispa inicialEl silencio de la casa me envuelve ahora que estoy solo, con el eco de mis propios pensamientos resonando en las paredes vacías. Dicen que cumplir fantasías es liberador, un deleite que enciende la vida. No lo niego, pero hay fantasías que, como un fuego descontrolado, consumen todo a su paso. La mía, aquella que nació como un susurro en mi mente, me llevó de un matrimonio que rozaba la perfección a una separación que aún me quema el alma. Todo comenzó con una idea, una propuesta que, en su momento, pareció inofensiva, pero que desató una tormenta que ninguno de los dos pudo contener.
Me casé joven, a los 22 años, con Liz, que entonces tenía 20. Era una estudiante de administración, criada en una familia estricta, profundamente religiosa, donde las normas morales eran inquebrantables. Pero Liz no era solo un producto de su entorno. Era una mujer de una belleza que cortaba el aliento, no solo por su físico, sino por su intelecto afilado, su ambición y esa chispa en sus ojos color café que parecían guardar un universo de secretos. Medía apenas 1.60, con un cuerpo que no necesitaba exageraciones para atrapar miradas: pechos perfectamente proporcionados, un trasero pequeño pero firme, redondeado de una manera que invitaba a perderse en su contoneo al caminar. Su rostro, con esos rasgos delicados y esa mirada que podía ser dulce o desafiante, era un imán. No era la típica femme fatale de curvas imposibles, pero tenía algo que la hacía irresistible, una mezcla de inocencia y magnetismo que me enamoró desde el primer día.
La conocí en la universidad, en un aula llena de rostros que se desvanecían frente a ella. Insistí tanto en invitarla a salir que, al final, cedió con esa sonrisa tímida que aún recuerdo. Desde entonces, no me separé de ella. Su familia, con sus valores tradicionales, marcó el ritmo de nuestra relación. Liz no era religiosa, pero había absorbido esa corrección que la hacía intocable, casi sagrada. Tuve que esperar hasta nuestra noche de bodas para tocarla, para descubrirla. Ese momento, cuando ella se entregó a mí por primera vez, fue para mí la prueba suprema de su amor. Su virginidad, un regalo que atesoré como un trofeo, marcó el inicio de nuestra vida juntos.
Liz no era de las que se dejaba llevar por la frivolidad. Las fiestas no eran su mundo; el baile en público, algo impensable. Sin embargo, en la intimidad del hogar, con la música adecuada, su cuerpo se transformaba. Había estudiado ballet de niña, y aunque lo hacía por disciplina y equilibrio, esos movimientos suyos, ya fueran lentos y sensuales o rápidos y vibrantes, tenían una magia que me hipnotizaba. Pero su guardarropa era otra historia. Nada de minifaldas, escotes profundos o pantalones ajustados. Su estilo era sobrio, elegante, casi monacal. Y, aunque muchos podrían pensar que eso era un defecto, para mí era un placer secreto. Saber que solo yo podía disfrutar de su encanto, de esa sensualidad que ella reservaba para mí, me hacía sentir privilegiado.
En la intimidad, sin embargo, Liz era un enigma. Nuestra vida sexual era... convencional, por decirlo de alguna manera. El misionero dominaba nuestras noches; a veces, ella se atrevía a tomar el control, montándome con una timidez que me resultaba adorable. Pero todo lo demás —el sexo oral, las posiciones más audaces, cualquier cosa que se saliera de lo "normal"— estaba fuera de su radar. Lo intenté, claro. Alguna vez sugerí algo nuevo, pero su incomodidad era evidente, y yo, respetando sus límites, me conformaba. Aunque, si soy honesto, no siempre fue así. Mi libido, más voraz que la suya, me llevó a buscar alivio fuera del matrimonio. No estoy orgulloso de mis infidelidades, pero en mi corazón, Liz siempre fue mi devoción, mi hogar, mi verdadera mujer.
Habían pasado doce años desde nuestra boda. Teníamos una hija de diez años, una niña que heredó los ojos y la gracia de su madre. La rutina se había instalado en nuestras vidas, pero no era una rutina pesada. Disfrutábamos de nuestras charlas profundas, de nuestras risas, de los pequeños momentos que construían nuestro mundo. Yo había prosperado con mi negocio inmobiliario, comprando y vendiendo propiedades con un éxito que nos permitía darnos ciertos lujos. Fue en esa época cuando descubrí los relatos eróticos, un mundo nuevo que alimentaba mis fantasías más oscuras. Entre todos los géneros, uno me obsesionó: las historias de compartir parejas. Imaginaba a Liz, mi Liz, transformada en una mujer desinhibida, vestida con ropa provocativa, entregándose a otro hombre mientras yo observaba. Era una idea que me excitaba y me torturaba al mismo tiempo, porque, aunque me consideraba celoso, la fantasía era más fuerte que yo.
Esos relatos se convirtieron en mi escape nocturno. Leía sobre experiencias reales, fantasías de otros, y mi mente comenzó a tejer escenarios imposibles. Sabía que con Liz, con su moral intachable y su timidez, esas ideas eran solo eso: fantasías. Pero entonces leí artículos que prometían que experiencias como esas podían revitalizar la vida sexual de una pareja. La semilla estaba plantada, y aunque al principio parecía una locura, poco a poco empezó a tomar forma.
Liz trabajaba como directora de operaciones en la empresa de su mejor amiga, Clara, una mujer de 35 años que compartía con ella esa mezcla de belleza y recato. Clara era atractiva, con un cuerpo más voluptuoso que el de Liz, una sonrisa que iluminaba cualquier habitación y un aire de confianza que la hacía destacar. Estaba casada con un ingeniero civil, un hombre que, en mi opinión, no le llegaba ni a los talones. Era un tipo robusto, calvo, de rostro serio, que apenas hablaba. No me caía bien, aunque apenas cruzábamos palabras. Pero Clara y Liz eran inseparables, unidas por su pasado religioso y su enfoque profesional.
Ese año, Liz decidió tomar un año sabático. Quería descansar, dedicarse a sí misma y a nuestra hija. Clara lo aceptó, siempre y cuando Liz estuviera disponible para consultas ocasionales. Mientras tanto, mi negocio seguía en auge. Una tarde, me reuní con Juan, un colega del rubro inmobiliario. Entre cervezas, me habló de una oportunidad única: tres terrenos de más de seis hectáreas cada uno, financiados por el gobierno a un precio irrisorio. El problema era el proceso. Había dos asesores a cargo: una mujer de 50 años, conocida por su mal carácter, y un ejecutivo estatal que se creía intocable. Juan bromeó sobre cómo unos tragos podían abrir puertas, pero luego añadió, con una risa, que unas "buenas piernas" serían más efectivas. Reí con él, pero en mi mente, una idea comenzó a formarse. Una idea peligrosa, absurda, pero irresistible.
Esa noche, en casa, durante el almuerzo, saqué el tema con Liz. Hablé del negocio, del dinero que podríamos ganar, de los viajes que podríamos hacer. Dejé caer, casi como al pasar, que no tenía tiempo para encargarme. Sabía que Liz, con su naturaleza ambiciosa, no dejaría pasar la oportunidad. Y no me equivoqué. Durante la cena, volvió al tema, preguntando detalles, evaluando la dificultad. Finalmente, dijo lo que esperaba:
—Juan, he estado pensando... ¿Y si me encargo yo de este negocio? Podría hacerlo, ¿no? Me ayudarías con tus consejos, claro.
Sonreí, fingiendo sorpresa.
—¿Estás segura? Mira que este tipo de negociaciones requiere tiempo, paciencia... y ganarte la confianza del asesor. Ya sabes, a veces hay que ir a cócteles, invitar una cerveza, esas cosas.
Ella me miró con esos ojos que aún me desarmaban.
—Confío en mí misma. Sé que puedo hacerlo. ¿Confías en mí?
—Claro que sí, amor. Sé que lo harás increíble.
Y así, sin saberlo, Liz dio el primer paso hacia un camino que cambiaría todo.
Liz
Contar cómo empezó todo es como intentar desenredar un nudo que no quieres soltar. Todo comenzó el día en que Juan me propuso encargarme de ese negocio de los terrenos. La idea de ser útil, de demostrarle que podía manejar algo tan importante, me llenó de una emoción que no había sentido en mucho tiempo. No era solo por el dinero, aunque la posibilidad de viajar y disfrutar de las ganancias era tentadora. Era por él, por sentir que podía ser más que la esposa perfecta, la madre dedicada. Quería que me viera como una igual, como alguien capaz de conquistar cualquier reto.
Estudié los documentos, los requisitos, todo. Decidí apostar por Jorge, el asesor más joven. Me parecía más accesible, menos intimidante que la otra opción, una mujer de la que todos hablaban con temor. El día de la entrevista, me preparé con cuidado. Elegí un traje de ejecutiva que me hacía sentir poderosa: un pantalón de vestir negro, una blusa blanca que dejaba entrever, discretamente, mi sujetador negro, y un saco que completaba el look profesional. Me maquillé con sutileza, resaltando mis ojos, y até mi cabello en un moño alto. Los tacones, discretos pero elegantes, estilizaban mi figura. Al mirarme en el espejo, sonreí. A mis 32 años, aún me sentía joven, atractiva. Como diría Clara, parecía una universitaria con un toque de sofisticación.
Llegué a la oficina con los nervios a flor de piel. Después de una hora de espera bajo la mirada indiferente de las secretarias, me llamaron. El calor en el lugar era sofocante, como si el aire acondicionado hubiera decidido rendirse justo ese día.
—Disculpe, el aire se descompuso —dijo el hombre que me recibió.
Jorge era alto, moreno, con una presencia que llenaba la habitación. Debía medir cerca de 1.80, y su camisa ajustada dejaba entrever un físico cuidado, con pectorales marcados y un tatuaje que se insinuaba bajo la tela. Sus ojos, oscuros y penetrantes, me estudiaron con un brillo que no supe descifrar: ¿curiosidad, burla, interés? Su sonrisa tenía un toque arrogante, como si estuviera acostumbrado a tener el control. No era la primera vez que lidiaba con hombres como él, pero esta vez era diferente. No era yo la que tenía el poder.
—Es verdad —respondí, quitándome el saco para aliviar el calor. Sentí su mirada seguirme mientras caminaba hacia el perchero que me señaló.
—Tome asiento, por favor —dijo, indicando la silla frente a su escritorio.
Me presenté, entregué los documentos y respondí a sus preguntas con la seguridad que había ensayado. Él escuchaba, asentía, y de pronto se levantó, paseando por la oficina con una calma que parecía calculada.
—Mire, su perfil es bueno. No hay muchas mujeres en este tipo de concursos, así que tiene suerte. La experiencia no la favorece, pero, ya sabe, igualdad de género —dijo con un tono que rozaba el sarcasmo—. La haré pasar. Pero esto es un proceso de tres meses. ¿Está dispuesta a comprometerse? Yo la asesoraré, pero solo elegiré a tres candidatos de los diez que han aplicado. La otra asesora, Yuli, no es tan... accesible. Tuvo suerte al elegirme.
—Gracias, de verdad. No dejaré pasar esta oportunidad. Seguiré todos sus consejos —respondí, incapaz de contener mi entusiasmo.
—¿Tiene WhatsApp? —preguntó, sacando su celular.
—Claro —dije, dándole mi número. Él me envió un mensaje para que lo agregara a mis contactos.
—Espero verla la próxima semana. Traiga tiempo y disposición —dijo, con esa sonrisa que ahora parecía más cálida, pero aún cargada de intenciones que no podía descifrar.
Cuando me despedí, él tomó mi saco del perchero y me lo colocó sobre los hombros con un gesto caballeroso.
—Aunque, sin el saco, se veía mucho mejor —añadió, con un tono que me hizo sonrojar.
—Gracias —respondí, sonriendo para disimular el nerviosismo. Al darle un beso en la mejilla, como es costumbre, calculé mal —o quizá él se movió a propósito— y nuestros labios se rozaron, apenas un instante. Él sonrió, y yo, riendo para quitarle importancia, salí de la oficina con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
Mientras caminaba, sentí su mirada en mi espalda. No sabía si le había caído bien o si, como sospechaba, algo en mí le había interesado más de lo debido. Pero no le di demasiadas vueltas. Estaba emocionada, triunfante. Esa noche, cuando le conté todo a Juan, su entusiasmo alimentó el mío. Hicimos el amor con una intensidad que no recordaba, y dormimos abrazados, felices.
La semana siguiente, Juan no paraba de darme consejos. Me hablaba de tácticas de negociación, de la importancia de ganarme la confianza del asesor. “Hazte su amiga, su confidente si es necesario”, decía, con un brillo en los ojos que entonces no entendí. Yo, ingenua, solo pensaba en el éxito del negocio, en demostrarle a él y a mí misma de lo que era capaz.
Le conté a Clara sobre mi nueva aventura, y su reacción fue típica de ella: una mezcla de apoyo y picardía.
—¡Qué genial, Liz! Espero que el asesor sea bueno... y que esté bueno —bromeó, guiñándome un ojo.
—¡Oye, amiga, qué cosas dices! Es solo un profesional. Aunque, sí, se nota que se cuida —respondí, riendo, pero sintiendo un calor subir por mis mejillas.
—¿Ves? ¡Te fijaste en él! —dijo, dándome un codazo juguetón.
—¡Para! —hice una mueca—. No es eso. Solo... observé, nada más.
—Tranquila, mirar no es pecado —dijo, con una risa traviesa—. ¿Tú no miras a otros?
—¿Yo? Sabes que no. Nunca. Aunque... bueno, no niego que a veces veo a alguien atractivo —admití, siguiéndole la broma.
—Jaja, ¿ves? No hay oportunidades, eso es todo. Deberías presentarme a tu asesor.
—Encantada. Pero no te lo quitaré —repliqué, entrando en su juego.
—¿Y si lo compartimos? —dijo, y ambas estallamos en carcajadas.
Sabíamos que era una broma, un juego inocente entre amigas. Éramos mujeres de principios, leales a nuestros esposos. Pero a veces, un juego puede llevarte a lugares que nunca imaginaste. Y, sin saberlo, yo ya había dado el primer paso.Capítulo 2 - El juego se enciende
Liz
El mensaje de WhatsApp de Jorge llegó en un momento en que aún intentaba procesar lo que había sentido en nuestra primera reunión. Sus palabras, directas y con un dejo de descaro, me descolocaron:“Hola, preciosa. Necesito que llenes dos formularios para presentarlos la próxima semana. ¿Te puedes pasar por mi casa esta tarde?”
Mi primer impulso fue dudar. ¿Su casa? ¿Por qué no en la oficina? Respondí, tratando de mantener la compostura:“Hola, Jorge. Claro, ¿a qué hora? ¿Y la oficina?”
“A las 7 está bien. La oficina ya no la tenemos, solo era para recepcionar solicitudes. Ahora todo es directamente.”
Me dio su dirección, y aunque algo en mi interior me susurraba que esto no era del todo profesional, la emoción de avanzar en el negocio me empujó a aceptarlo. Era jueves, y mientras me miraba en el espejo, decidí arriesgarme un poco más de lo habitual. Me puse un vaquero ajustado que casi nunca usaba, uno que se ceñía a mis curvas de una manera que me hacía sentir expuesta, pero también poderosa. Lo combiné con una blusa ligera, de corte elegante pero con un toque sutilmente provocador. Me maquillé con cuidado, resaltando mis ojos y labios, y dejé mi cabello suelto, cayendo en ondas sobre mis hombros. La conversación con Clara, con sus bromas sobre sentirnos deseadas, seguía resonando en mi cabeza, avivando una chispa que no quería admitir.
Cuando llegué al edificio de Jorge, toqué el timbre y esperé. Los segundos se alargaron hasta que la puerta se abrió, y allí estaba él, con una sonrisa que parecía saber más de lo que decía. Llevaba unos shorts cortos y un polo sin mangas que dejaba poco a la imaginación. Mis ojos, sin querer, se deslizaron hacia abajo, y me quedé helada. El bulto en sus shorts era imposible de ignorar, mucho más prominente de lo que estaba acostumbrada a ver, incluso en Juan. Sentí un calor subirme por el cuello, y cuando Jorge habló, mi sonrojo fue evidente.
—Disculpa, estaba haciendo algo de aseo y no estoy muy presentable —dijo, con un tono que no sonaba para nada apenado.
—No te preocupes, entiendo —respondí, intentando sonar casual mientras recuperaba la compostura.
—Y tú, déjame decirte, estás espectacular. Ese pantalón te queda... perfecto —sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose más de lo necesario. El calor en mi rostro se intensificó, y una sensación extraña, cálida y prohibida, se instaló en mi vientre.
—Gracias —murmuré, nerviosa, mientras entrábamos a su departamento.
El lugar era moderno, con muebles elegantes y una atmósfera que gritaba soltería. Todo estaba impecable, como si acabara de mudarse. Me senté en el sofá de la sala, y sin pensarlo, pregunté:
—¿Vives solo?
No sé por qué lo dije. Fue un impulso, y de inmediato me arrepentí, temiendo que sonara a insinuación. Pero Jorge lo tomó con naturalidad, aunque su respuesta vino con un guiño.
—Claro, aunque no me importaría compartir... si es con una chica como tú.
—Jaja, gracias, pero te arrepentirías —respondí, entrando en su juego sin darme cuenta.
—No lo creo. O tal vez tú no te arrepentirías —dijo, con una seguridad que me desarmó.
—¿Tan seguro? —repliqué, sorprendida por mi propia audacia.
—Muy seguro —respondió, guiñándome un ojo antes de levantarse—. Mientras lo piensas, voy por los documentos.
Cuando regresó con una carpeta, se sentó a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Me explicó los formularios, señalando cada sección con una paciencia que contrastaba con su actitud arrogante. Pero mis ojos, traicioneros, se desviaban una y otra vez hacia sus shorts. La curiosidad me consumía, y aunque intenté disimular, temí que lo notara. Cuando terminamos, él tomó la carpeta y, con una sonrisa, dijo:
—Con esto, ya estás entre los tres elegidos. Son terrenos enormes, y el proyecto es ambicioso. Ahora viene lo divertido: reuniones, actividades, un proceso de tres meses. Todo se presenta este sábado en una cena. Tienes que venir, estás en la lista. Es... digamos, casi obligatorio. Te presentaré a los peces gordos y a los que manejan proyectos futuros.
—Gracias, estaré ahí. ¿Es de gala? —pregunté, tratando de mantener el enfoque en el negocio.
—Es una cena formal. Ven sexy y bonita —dijo, con un tono que me hizo tragar saliva.
—No soy tan sexy —respondí, medio en broma, medio en serio.
—Oh, no me defraudarás. He hablado maravillas de ti, sin conocerte mucho, así que tienes que impactar. Mi reputación también está en juego —bromeó, dándome dos palmadas en el muslo.
El contacto fue breve, pero mi cuerpo reaccionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Ese calor, esa sensación que no podía nombrar, volvió a encenderse. Sonreí, tratando de ignorarlo.
—El sábado, entonces —dije, levantándome.
—¿Paso a recogerte? —preguntó, con esa mirada que parecía desnudarme.
—Mmm, está bien —respondí, aunque en mi mente ya estaba pensando cómo explicárselo a Juan, que, aunque confiaba en mí, tenía sus momentos de celos.
Le di mi dirección, y mientras salía, sentí de nuevo su mirada fija en mí, como si estuviera grabando cada detalle de mi cuerpo en su memoria.
Al día siguiente, fui a casa de Clara para contarle todo. Su entusiasmo fue inmediato, pero pronto se convirtió en una sesión de bromas que me dejaron aún más inquieta.
—¡Liz, estás en el juego! Ese tipo te tiene en la mira, y tú, no mientas, también lo miraste —dijo, riendo mientras tomábamos café.
—¡Para, no es eso! —protesté, aunque mi risa me delató—. Solo... bueno, es atractivo, no lo niego.
—¡Ja! Sabía que te había calentado. Y ese “paquete” que mencionas, amiga, no disimules. Cuéntame más.
—Eres terrible —dije, riendo—. Vamos, ayúdame a comprar un vestido para la cena. Necesito algo formal, pero... no sé, elegante.
—Sexy, querrás decir —respondió, guiñándome un ojo—. Vamos, que te voy a convertir en una diosa.
En el centro comercial, Clara tuvo una idea loca. Sacó dos vaqueros ajustados de su armario, unos que había guardado por años, y me convenció de probarnos algo más atrevido. Nos vestimos, nos maquillamos y, al mirarnos en el espejo, no podíamos creerlo. Los pantalones moldeaban nuestros cuerpos de una manera que nos hacía sentir como adolescentes. Nuestros traseros, firmes y redondeados, parecían gritar atención, y nuestras risas nerviosas lo confirmaban.
—Parecemos... —empecé.
—¡Modelos! —completó Clara, y nos reímos a carcajadas.
Salimos al centro comercial, y las miradas de los hombres nos siguieron como imanes. Frases subidas de tono nos perseguían: “Están para comer y llevar”, “Esas carrocerías necesitan un buen fierro”. Nos reíamos, pero en el fondo, esa atención nos hacía sentir vivas, deseadas, algo que la rutina de nuestros matrimonios había apagado.
En la tienda de vestidos, nos atendió Mauricio, un hombre de unos 40 años con un aire rudo: rapado, con un piercing en la oreja, una cicatriz en el cuello y una camisa entreabierta que dejaba ver un pecho musculoso. Su mirada, intensa y descarada, nos recorrió de arriba abajo.
—Buenos días, señoritas. ¿En qué puedo ayudarlas? —dijo, con una voz grave que parecía vibrar.
—Buscamos vestidos sobrios, modernos —respondí, tratando de sonar profesional.
—Interesante combinación —dijo, mirándonos con una sonrisa torcida—. Por lo que veo, creo que tengo justo lo que necesitan. Síganme.
Clara se inclinó hacia mí y susurró:—Te comió con la mirada. Casi te desnuda.
—Y a ti, que se quedó bobo con tus pechos —repliqué, riendo.
El primer vestido que Mauricio sacó era un rojo escandalosamente corto. Insistí en algo más sobrio, y regresó con un vestido azul, elegante pero ajustado, que terminaba justo por debajo de la media pierna. Me lo probé en el vestidor, y aunque me sentía expuesta, me gustaba cómo me veía. Salí, y Clara aplaudió.
—¡Estás preciosa! Sexy, pero elegante. No tan ajustado como otros, pero perfecto.
—¿Tú crees? —dije, dudando.
—Espera, vamos por una segunda opinión —dijo, y antes de que pudiera detenerla, llamó a Mauricio—. ¡Señor, venga! ¿Qué tal mi amiga en este vestido?
Mauricio se acercó, y su mirada me recorrió como si estuviera memorizando cada curva.
—Está muy buena —dijo, sin filtro—. Dé una vueltita, así opino mejor.
Me sonrojé hasta las orejas, pero, sin saber por qué, obedecí. Di una vuelta, sintiendo sus ojos clavados en mí.
—Le queda a pedir de boca. Resalta todo lo que tiene que resaltar —dijo, con una sonrisa que me hizo sentir desnuda.
—Gracias —murmuré, tratando de mantener la compostura.
Clara, disfrutando el momento, insistió en que ella también necesitaba un vestido. Le dije a Mauricio que eligiera algo para ella, y, en un arranque de audacia, la hice girar frente a él para que “viera bien”. Él regresó con un vestido rojo de espalda descubierta y un negro con una abertura elegante. Clara se probó el negro, y yo, el rojo. Sin sostén, la tela rozaba mis pezones, que se marcaron en el vestido. Me veía provocadora, casi irreconocible. Salí, y Mauricio no disimuló su admiración.
—Mal no, está a cien. Ese vestido desarma a cualquiera —dijo, con una mirada que me hizo estremecer.
Clara salió con su vestido negro, y el efecto fue el mismo. Sus piernas largas y su trasero firme hacían que el vestido pareciera hecho para ella.
—Mi amiga se ve... cogible —dije, sin pensar, sorprendida por mi propia audacia.
—Cogible y comestible —añadió Mauricio, y todos reímos, aunque el aire estaba cargado de una tensión que no podíamos ignorar.
Cuando dos señoras entraron a la tienda, Clara y yo corrimos a los vestidores. Al tocar mi ropa interior, me di cuenta de que estaba empapada. ¿Qué me estaba pasando? Nunca había sentido algo así. Al final, compré el vestido azul, y Mauricio nos convenció de llevarnos los otros dos con un descuento. Clara, en un arranque de travesura, le dio mi número de WhatsApp, diciendo que era para enviarnos novedades de la tienda. Salimos riendo, confesándonos lo excitadas que nos había dejado la experiencia, como si hubiéramos despertado un lado de nosotras que llevábamos años reprimiendo.
Juan
Esa noche, Liz me contó que había sido aceptada para la cena del sábado. Estaba seguro de que no era solo por su currículum, sino por esa chispa que ella, sin saberlo, encendía en los demás. La notaba diferente, más encendida, y eso me volvía loco. Mi mente, alimentada por años de fantasías, comenzó a imaginarla coqueteando con Jorge, dejando que él la mirara, que la deseara. Era una idea que me excitaba y me torturaba al mismo tiempo.
Cuando volvió de comprar el vestido con Clara, subió directamente a ducharse sin mostrarme nada. Eso no era normal. Liz siempre compartía todo conmigo, y su actitud esquiva me hizo sospechar. ¿Qué ocultaba? Mi imaginación voló: la vi riendo con Jorge, dejando que él se acercara demasiado, que sus manos rozaran su piel. Me toqué mientras lo imaginaba, incapaz de controlar el deseo que me consumía.
Durante la cena, intenté sacarle información.
—¿Qué tal las compras? —pregunté, casual.
—Bien, compré unos vestidos. Muy juveniles, aunque estoy dudando si usar uno para la cena —respondió, evasiva.
—Claro que debes usarlo. Una mujer linda, sexy y empresaria como tú los va a deslumbrar. Recuerda que no solo estarán los del fondo, sino inversores. Si quieren construir, no los descartes. Es una gran oportunidad.
—¿Quieres que los seduzca? ¡Estás loco! —dijo, riendo, pero con un brillo en los ojos que no había visto antes.
—Nunca dije eso —repliqué, acercándome—. Solo digo que en este mundo hay que destacar. Los hombres usamos nuestra labia, pero las mujeres... ustedes tienen otras armas. Y tú eres la mejor. Sé que no te gusta lo provocador, pero no te va a quedar mal.
—Mmm, ok. Trataré de dar lo mejor de mí —dijo, y luego, con una voz más baja, añadió—: Ven a la cama. Quiero hacerte el amor.
—¿Y eso? —pregunté, sorprendido por su iniciativa.
—Se me antojó —respondió, con una sonrisa que escondía algo más.
En el cuarto, sus besos eran urgentes, casi desesperados. Cada vez que la tocaba, su cuerpo temblaba. Sus pezones estaban duros, y cuando le quité la ropa, noté lo mojada que estaba. Intenté bajar para darle sexo oral, algo que siempre había querido, pero ella me detuvo.
—Ven aquí —susurró, tirando de mí.
—Espera, quiero intentar algo —insistí.
—No, te quiero encima de mí. Ahora.
Me subí sobre ella, y cuando la penetré, su cuerpo me recibió con una calidez que me volvió loco. Con cada embestida, ella suspiraba, arqueándose contra mí. No pude evitarlo; las imágenes de Jorge rondaban mi cabeza.
—Parece que algo te excitó hoy —susurré, acelerando—. ¿Será ese asesor?
—No, eres tú, amor —respondió, pero su voz temblaba.
—Estás así porque tienes que seducir —dije, empujando más fuerte—. Me gustas así.
—Solo quiero seducirte a ti —gimió, pero sus ojos decían otra cosa.
—¿Cómo es ese asesor? —insistí, perdido en la fantasía.
—Normal —respondió, pero su cuerpo se tensó.
—No lo creo. ¿Está bueno? —aceleré, sintiendo cómo se acercaba al clímax.
—S-sí, creo que sí... para otra chica, no para mí —dijo, entre jadeos.
—Te daré permiso para seducirlo... pero me contarás todo, ¿verdad? —susurré, y ella asintió, perdida en el placer.
Seguimos así, entre susurros y embestidas, hasta que ella se vino con un gemido que resonó en el cuarto, llevándome con ella. Mientras nos recuperábamos, abrazados, supe que algo había cambiado. El juego había comenzado, y ninguno de los dos sabía hasta dónde nos llevaría.
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