Con mi jefe
Nunca imaginé que mi rutina de secretaria de 48 años terminaría arrodillada frente a la mesa de mi jefe, mientras la chica de la limpieza barría a mi lado. Él sabía que yo escuchaba, y ahora sé que él también me deseaba.
Nunca imaginé que algún día contaría algo así, y mucho menos que se basara en mi propia vida real. Tengo 48 años, estoy casada con mi marido desde hace mucho tiempo, tenemos dos hijos y una rutina diaria que siempre ha sido tranquila y normal. Trabajo como secretaria en una empresa que no mencionaré por obvias razones, ni su tipo de negocio ni dónde está ubicada. Llevo allí desde los 25 años, y nunca había tenido problemas hasta el año pasado, cuando mi jefe se jubiló y vendió la compañía a un nuevo dueño.
El nuevo jefe se llama Antonio, un hombre de unos 35 años, heredero de una fortuna, guapo y, sobre todo, un verdadero mujeriego sin escrúpulos. Desde los primeros días, al llegar a casa molesta, le contaba a mi marido las novedades en el trabajo. Antonio era de esos tipos que siempre consiguen lo que quieren, sin importar cómo. Me hacía sentir incómoda con sus miradas intensas, pero yo intentaba ignorarlo, pensando que era solo mi imaginación, que una mujer como yo, con mi edad y mi vida estable, no era de su interés.
No pasó ni una semana cuando me llevé el primer susto. A primera hora de la mañana, vi a Lucía, la chica de la limpieza de veintipocos años, recién casada, entrar en su despacho con sus cosas, algo totalmente normal. Media hora después, tuve que ir yo misma a entregarle unos documentos urgentes, sin recordar que ella seguía allí. Dejé los papeles sobre su mesa y me sorprendió oír su voz entrecortada mientras me preguntaba por detalles. No le di importancia hasta que me giré y vi los productos de limpieza apilados en una esquina, y la bata blanca de Lucía tirada en el suelo. De pronto recordé que la había visto entrar pero no salir, y supe inmediatamente dónde estaba: debajo de la mesa, haciéndole una felación. Entendí el porqué de esa voz rara y los sonidos extraños, como un chasquido húmedo y ahogado que me hizo sonrojar al instante. ¿Qué hago aquí? Pensé, mi corazón latiendo fuerte, sintiendo un calor inexplicable subir por mi cuello. No sabía si salir corriendo o fingir que no pasaba nada.
Salí de allí ruborizada, con las mejillas ardiendo y una mezcla de shock y algo que no quería admitir: una punzada de curiosidad prohibida. Cuando le conté a mi marido esa noche, aún me sentía impresionada, reviviendo en mi mente esos sonidos y la expresión de Antonio. Él intentó calmarme diciendo que no era asunto nuestro, pero noté que el relato le excitaba, aunque no lo admitiera. Lucía era una chica joven, con buen cuerpo, casada hacía poco —incluso habíamos ido a su boda—, y la idea de ella arrodillada bajo la mesa, chupándosela al jefe, sabiendo que yo podía entrar en cualquier momento, le ponía mucho. A mí me incomodaba, me hacía sentir sucia por solo pensarlo, pero dos o tres veces por semana, lo "recordaban": veía a Lucía entrar con sus cosas y salir arreglándose la bata, con el pelo revuelto y las mejillas sonrosadas. Algunas veces oía gemidos y ruidos de la mesa moviéndose, golpes rítmicos que resonaban en el pasillo, y sabía que no era solo sexo oral, sino que follaban allí mismo. Cada vez que los escuchaba, me quedaba paralizada en mi escritorio, sintiendo un cosquilleo en el estómago, preguntándome por qué mi cuerpo reaccionaba así, por qué no podía simplemente ignorarlo.
El morbo creció cuando, un día en el baño a solas con Lucía, le advertí que tuviera cuidado, que los había oído y que alguien menos discreto podría pillarlos, sobre todo siendo ella casada. Mi voz temblaba un poco, no sabía si estaba siendo entrometida o solo preocupada. Su respuesta me dejó helada: con palabras evasivas, me dijo que a Antonio le encantaba saber que yo los escuchaba, y que incluso estaba deseando hacérmelo a mí. Yo, una mujer de 48 años, casada, con hijos, siempre vestida de forma recatada —faldas largas, blusas cerradas, gafas—, nunca había recibido insinuaciones en el trabajo, ni siquiera de joven. Soy preciosa a mi manera, pero con caderas anchas (siempre acomplejada por mi culo grande), pechos prominentes y algo bajita. Lucía era todo lo contrario: joven, delgada, ligera de cascos, dispuesta a chupársela al jefe en semanas. ¿Por qué yo? Pensé, mi mente dando vueltas, sintiendo un rubor que me subía hasta las orejas, una mezcla de incredulidad y un miedo excitante que no entendía.
Aquello me sorprendió, y cuando se lo conté a mi marido, noté que le excitaba aún más. Empezó a bromear en la intimidad, imitando a Antonio: "Señora, tráigame la correspondencia", "Qué secretaria tan guapa", "La secretaria debe obedecer al jefe". Al principio me enfadaba, me sentía ofendida, pero poco a poco entré en el juego, aunque con timidez, sin saber cómo responder. Nuestra vida sexual, que se había vuelto monótona —hacíamos el amor de vez en cuando, casi por obligación—, revivió. Me excitaba fingir sumisión ante "mi jefe", correrme llamándolo Antonio, imaginando que nos pillaban en el despacho. Era solo fantasía, pero en el trabajo la realidad avanzaba: Lucía y Antonio gemían más fuerte, él me miraba sin disimulo, me insinuaba que vistiera más "alegre". Cada mirada suya me hacía sentir expuesta, como si pudiera ver a través de mi ropa, y yo bajaba la vista, confundida por el calor que sentía entre las piernas.
Mi marido me confesó que no le importaría si lo hacía de verdad con Antonio. Al principio me negué, puse excusas: soy casada, no soy una cualquiera, tenemos hijos, podría haber escándalo, celos... Pero las fantasías crecían, y un día me convenció para ir al trabajo con un vestido rojo ajustado, más corto de lo normal. Me sentía nerviosa, expuesta, el tejido ceñido a mis curvas, rozando mi piel de una forma que me hacía consciente de cada movimiento. ¿Qué estoy haciendo? Pensaba mientras caminaba por la oficina, sintiendo el aire fresco en mis piernas desnudas. Nada más verme, Antonio me desnudó con la mirada y soltó comentarios disimulados sobre lo bien que me veía. Todo el día me insinuaba con descaro, y temía tener que pararle los pies, pero no sabía cómo, mi voz se atoraba en la garganta.
Minutos después, me llamó a su despacho. Entré temblando, sabiendo lo que solía pasar allí, mis manos sudadas, el corazón latiéndome en los oídos. Él, sin dejar de mirarme como si ya fuera suya, me dijo que su secretaria personal necesitaba "cualidades altas", que yo las tenía en potencia, pero que otra mujer ambicionaba mi puesto y ya le había "demostrado" las suyas. Sabía que se refería a Lucía y sus felaciones repetidas. Antes de que pudiera responder, se acercó, me desabrochó el vestido sin pedir permiso, tratándome como si fuera de su propiedad. Intenté resistirme, pero estaba petrificada por la rapidez y su seguridad, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Mis pensamientos corrían: ¿Debo gritar? ¿Empujarlo? Pero mi cuerpo no respondía, solo sentía el roce de sus dedos en los botones, el vestido abriéndose, el aire fresco en mi piel expuesta.
En segundos, el vestido cayó al suelo, quedé en ropa interior —un conjunto casi transparente que mi marido me había regalado por San Valentín, encaje negro que apenas cubría mis pechos y mi entrepierna—. Me devoró con la mirada, comentando obscenamente lo que le gustaba, sobándome los pechos con deleite. Sentí mis pezones endurecerse al máximo bajo sus manos lascivas, un hormigueo eléctrico que me recorrió desde el pecho hasta el vientre, haciendo que me humedeciera involuntariamente. ¿Por qué me está pasando esto? Pensaba, avergonzada, pero excitada por esa sumisión involuntaria, el morbo de ser dominada por un hombre más joven, guapo y poderoso. Sus manos recorrían mi cuerpo entero, apretando mis caderas anchas, deslizándose por mi culo grande que siempre me acomplejaba, pero que ahora parecía deleitarlo. Cada toque era como una chispa, mi piel erizándose, mi respiración acelerada, sin saber si apartarme o dejarme llevar.
No recuerdo arrodillarme voluntariamente, fue como en trance, pero de pronto estaba de rodillas en bragas y sujetador, frente a su pantalón abultado. Bajó la cremallera, y su polla dura me golpeó en la cara —grande, venosa, imponente, con un olor musgoso y masculino que me invadió—. Siempre había sido reacia al sexo oral con mi marido, pero allí, hipnotizada, abrí la boca y se la chupé sumisamente, lamiendo el glande salado, succionando el tronco mientras él gemía abiertamente, agarrándome el pelo para guiarme. El sabor salado, el calor pulsante en mi boca, el olor a hombre mezclado con mi propia saliva... me humedecí sin poder evitarlo, sintiéndome sucia y excitada a la vez, mis pensamientos gritando: ¿Qué estoy haciendo? Soy una mujer casada, pero no puedo parar. Estuve así un buen rato, arrodillada, mamándosela como una secretaria obediente, sintiendo el roce de sus venas en mi lengua, el tirón en mi pelo que me hacía ir más profundo, hasta que él quiso más. Los sonidos eran inevitables: mis succiones húmedas, como chupetes suaves y resbaladizos, mezclados con sus gemidos bajos, "Ahh... sí, así...", que me hacían sonrojar aún más, temiendo que alguien en el pasillo los oyera.
Me levantó, me acarició de nuevo, me besó apasionadamente en la boca, metiendo su lengua profunda, saboreando su propio sabor en mí, y murmuró: "Estoy seguro de que voy a gozar mil veces más follándote a ti que con esa niñata de la limpieza". Apartó todo de la mesa de un manotazo —papeles volando al suelo con un ruido sordo—, me tumbó boca arriba con las caderas al borde, sujetándome las piernas en alto. La mesa parecía diseñada para eso: su polla erecta apuntaba directo a mi coño, aún cubierto por las braguitas blancas semitransparentes. Sabía que me penetraría pronto, y esa tela fina era mi último escudo contra ese trozo de carne enorme que me intimidaba. Mis pensamientos eran un torbellino: ¿Debo detenerlo ahora? Pero mi cuerpo traicionaba, mis muslos temblando de anticipación.
Me apartó las braguitas a un lado, exponiendo mi felpudo peludo y arreglado, y dijo: "¡Qué pedazo de coño! Así me gustan, peludo y listo para mí". Con las piernas abiertas y sujetas por él, mi coño ya libre (y sí, húmedo al máximo, mojado de excitación prohibida, mis labios hinchados y resbaladizos), sentí la punta de su polla presionando mi entrada, caliente y firme contra mi humedad. Empujó, y aunque temí que me desgarrara, entró suave con unos vaivenes, llenándome entera, un estiramiento delicioso que me hizo jadear. Comenzó a follarme con fuerza, su rostro de triunfo, de victoria tras desearme tanto tiempo, me halagaba y excitaba. Sus comentarios obscenos no paraban entre gemidos: "Pero qué buena estás... ¡Madre de dos hijos y tienes el coño más estrecho que cualquier niñata!", "¡Qué ganas tenía de metértela!", "¡Qué ganas de follarme a una señora decente como tú!", "¡Qué coño tan rico, está ardiendo!", "¡Que más quisiera Lucía estar tan rica como tú!", "¡Esto es una secretaria y lo demás tonterías!". Cada embestida era profunda, rozando puntos sensibles que enviaban oleadas de placer por mi cuerpo, mi clítoris latiendo, mis paredes internas contrayéndose alrededor de él. Los sonidos llenaban el despacho: el golpe rítmico de su pelvis contra mis muslos, un "plap-plap" húmedo y carnoso, mezclado con mis gemidos ahogados, "Mmm... ahh...", que intentaba reprimir mordiéndome el labio por pena, por vergüenza de que alguien en la oficina me oyera, pero el placer era tan intenso que se me escapaban, bajos y entrecortados, como si estuviera luchando contra mí misma.
Me corrí al menos dos veces como loca, abierta de piernas sobre la mesa, ondas de placer recorriéndome el cuerpo desde el vientre hasta las puntas de los pies, gritando ahogado mientras él me embestía profundo, rozando puntos que mi marido nunca había tocado así. Mis orgasmos venían con temblores, y ahogaba los gritos en mi garganta, "Oh... Dios... mmm...", por miedo a que el sonido traspasara las paredes, sintiendo la vergüenza quemarme el pecho mientras el éxtasis me invadía. Extenuada, queriendo que acabara pero también que no parara, oí la puerta abrirse y creí morir de vergüenza: era Lucía, con una escoba en la mano, mirándonos fijamente. "Perdón... ¿vuelvo más tarde?", dijo con voz temblorosa, sus ojos fijos en cómo Antonio me penetraba con fuerza, el "plap-plap" ahora más audible en el silencio repentino. Antonio bramó: "¡Quieres perder el trabajo! Pasa, limpia sin ruido y no digas nada". Ella entró sumisa, barriendo mientras disimulaba miradas a cómo "su puesto" era ocupado por mí, siendo follada con más fuerza. El morbo de ser observada me hizo apretar más, sintiendo una vergüenza ardiente que solo intensificaba el placer, mis gemidos ahogados convirtiéndose en susurros, "Ahh... no...", pero sin fuerza para parar.
Antonio no usó condón —doy gracias por mis anticonceptivos—, y en presencia de Lucía se corrió dentro de mí, gimiendo como loco, "¡Ahhh... sí, toma todo!", inundándome el coño de semen caliente que brotaba, cálido y espeso, goteando por mis muslos con un sonido sutil de gotas cayendo al suelo. Lucía, cómplice, me dio una toallita para secarme antes de vestirme, y yo no podía mirarla, mis pensamientos llenos de culpa: ¿Qué he hecho? Pero ella rompió el silencio, susurrando mientras barría: "No te preocupes, Sonia... A mí me pasó lo mismo al principio. Es... adictivo, ¿verdad? El jefe sabe cómo hacer que una lo disfrute, aunque seas casada como yo". Yo balbuceé, con la voz entrecortada, sintiendo el semen aún tibio dentro de mí: "Lucía, yo... no sé qué me pasó. Soy casada, tengo hijos... ¿Cómo pudiste? ¿No te sientes mal?". Ella sonrió con picardía, pero con un toque de comprensión: "Al principio sí, me moría de vergüenza. Pensaba en mi marido todo el tiempo, en lo que diría si se enterara. Pero luego... el placer, el morbo de hacerlo aquí, en el trabajo... lo disfrutas tanto que la culpa se mezcla con el deseo. Mírate, acabas de correrte dos veces, ¿no? No lo niegues, se te nota en la cara. Antonio es así, te hace sentir deseada, poderosa incluso en la sumisión. Solo... no pienses tanto, o te volverá loca". Yo negué con la cabeza, vistiéndome apresuradamente, las manos temblando: "Pero es infidelidad, Lucía. Lo disfruté, Dios, lo disfruté tanto que me avergüenza admitirlo. ¿Cómo lo manejas tú? ¿No te come la culpa?". Ella se acercó un poco, bajando la voz: "La culpa viene y va. Al final, es nuestro secreto. Mi marido no sabe, y el tuyo... ¿se lo contarás? A veces, contarlo lo hace más excitante. Solo sé discreta, como yo". Salí avergonzada, con las piernas temblorosas, sintiendo su semen aún dentro de mí, la conversación con Lucía revolviéndome el estómago de vergüenza y un placer culpable que no podía negar.
Esa fue mi primera infidelidad, la primera polla ajena en 48 años. Se lo conté todo a mi marido esa tarde, temerosa al principio, pero al ver su excitación morbosa, le di detalles que lo hicieron sentir como si estuviera allí. Nuestra vida cambió, pero esa sumisión a Antonio me abrió un mundo nuevo de deseo prohibido, aunque aún no sé cómo manejarlo, con esa vergüenza que me quema cada vez que lo recuerdo y, al mismo tiempo, me excita.
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