Xtories

La Farmacéutica II

La nota era clara: no debía hablar, solo dejarse llevar. En la oscuridad de una habitación desconocida, Isabel descubrió que su cuerpo tenía hambre de lo prohibido. Dos desconocidos la sometieron a un juego de placer donde la identidad no importaba, solo el deseo.

Lisbeth8.7K vistas9.6· 11 votos

Con la cabeza apoyada en el cristal de la puerta trasera del taxi, Isabel estaba perdida en su mundo. Ella que había tenido hasta hace poco una vida más o menos tranquila pero a la vez tediosa, sentía que había sucumbido. Dicen que la mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella. Y ella lo había hecho. No se arrepentía de nada, pero tampoco estaba muy tranquila. El fuego es lo que sigue a la chispa, y eso era lo que tenía con Ariel, fuego. Pero a la vez se sentía como dentro de un bosque oscuro, porque había abandonado el camino recto.

Y en esos pensamientos estaba cuando el taxista se giró y le informó que habían llegado al destino. Se dirigió al portal del edificio siguiendo las señas que el anónimo le había enviado a la farmacia.

Era una edificación antigua, de los años 60, pero bien conservada. Como esperaba, el portal estaba abierto y se encaminó al primer piso. Tal y como ponía la nota, encontró la llave de la puerta en la parte superior del marco. El piso estaba semi vacío, sólo pudo ver algunos muebles viejos. Las ventanas estaban tapadas con el papel marrón que se usa para embalar cajas, y le daba a la casa un ambiente apagado –a pesar de ser las cuatro de la tarde-, pero muy morboso. Isabel era muy obediente, así que sin encender ninguna luz caminó por el largo pasillo hasta la habitación del final. Una cómoda, una mesa y tres sillas, acompañando una gran cama con un cabezal de madera labrada, que Isabel pensó que era como la que tenía su abuela en la casa del pueblo. Encendió un buen número de velas, hasta darle a la habitación una calidez con la que Isabel se sintió cómoda, todo lo cómoda que se podía sentir en aquella situación. Se sentó al borde de la cama y cruzó las piernas, se vendó los ojos con el paño de seda negra que había sobre la mesa, y reclinó hacia atrás su cuerpo apoyándose en los brazos.

No pasó mucho tiempo, hasta que sintió como unas manos la ayudaron a ponerse de pie. La nota anónima que leyó en su oficina de la farmacia era muy clara, bajo ningún concepto debía decir nada, simplemente dejarse llevar. Y eso hizo, se dejó llevar mientras aquellas manos le aflojaban el cinturón de su gabardina. Ésta cayó al suelo a la altura de sus tobillos, dejando su cuerpo semi desnudo, simplemente con sus bragas y el sujetador, tal y como decía la nota escrita en una hoja de texto de ordenador. Trató de conservar la serenidad, pero no pudo evitar que su corazón latiera con más fuerza a cada minuto que pasaba en aquella situación. Las manos anónimas acariciaron sus pechos por encima del sujetador. La piel se le erizó…y los pezones también. Isabel comprobó que era cierto aquello de que cuando uno de los sentidos se pierde, los otros se agudizan. No podía ver, pero el oído, el tacto y el olfato los tenía a toda máquina. El nerviosismo la invadió cuando sintió otra presencia, esta vez detrás de ella. Mientras alguien le desabrochaba el sujetador, otra persona se había puesto de rodillas a la altura de su sexo, y le empezaba a bajar las bragas. Podía sentir el aliento de esa otra persona en su coño, mientras a su espalda un par de manos desconocidas apretaron sus tetas, pellizcaron sus pezones, y una boca recorría su cuello y su nuca. Probablemente en otra ocasión ni siquiera hubiera dado el paso de ir allí, pero desde hacía dos meses había descubierto que dar rienda suelta a las fantasías y al deseo, le motivaba. Ariel le dijo en una ocasión que esperaba que le gustaran las cosas sucias que le decía a veces, y que si creía que lo que él sentía por ella era sucio, de verdad lo era en muchas ocasiones. Isabel había descubierto que le gustaba sentirse sucia.

Aquellas dos personas enigmáticas se estaban cebando con Isabel. Le masajeaban los pechos, apretaban sus pezones, una lengua húmeda y suave recorría su cuello y mordisqueaba sus orejas. A la par que todo eso, su sexo tenía las atenciones de una lengua que se paseaba por él con toda impunidad, estimulando su clítoris. Ella con una mano sujetaba la cabeza de uno de sus amantes secretos, y con la otra buscó por detrás al otro cuerpo ignoto. Encontró un pene duro y caliente que por momentos rozaba sus nalgas. Una zona genital completamente depilada, aunque en aquél momento para Isabel ese detalle fue casi irrelevante. Dio media vuelta, y se volvió hacia el desconocido, rodeó su cuello con los brazos y se fundieron en un beso apasionado. A su espalda una mano furtiva entró entre sus nalgas llegando a la entrada de su vagina. Isabel separó un poco las piernas casi de forma instintiva, y dejó que aquellos dedos descarados jugaran con su sexo que ya estaba bastante húmedo. Giró levemente su cabeza, lo justo para que aquellos dedos mojados con sus líquidos entraran en su boca, y a posteriori se fundiera en un beso profundo con uno de sus amantes. No hace mucho, la inexperiencia de Isabel abocaba a que la iniciativa la tomara otro. Pero ahora quería que fueran otros los que tomaran la decisión porque deseaba ser poseída.

Como si le leyeran la mente, la llevaron hasta la cama y con complacencia la recostaron boca arriba. Abrieron sus piernas y una de las bocas le arrancó un gemido con la primera lamida. Una lengua se paseó descaradamente por su coño de abajo hacia arriba. Isabel se estremeció, pero no recibió mucha tregua. Sintió un enorme pene en su boca y no tuvo más remedio que abrirla para acogerlo. Deleitó a su oculto amante con una lenta mamada a la vez que lo masturbaba. El desconocido por su parte acompañaba el acto con un ligero vaivén de sus caderas, introduciendo el miembro en la boca de Isabel, a la que le empezaba a salir saliva por la comisura de los labios. Entre sus piernas la situación no era peor para ella; a la lengua le siguió un dedo, y luego dos. Giraron a Isabel y ella quedó en una posición extraña, máxime cuando no tienes visión y no tienes conciencia del espacio. Lo cierto es que su cabeza quedó fuera de la cama, mantenida en el aire. Ya no sabía cuál de sus ocultos amigos era, pero uno de ellos se puso a su altura y metió el miembro en su boca. Isabel por otro lado seguía recibiendo las atenciones del otro semental entre sus piernas. No era muy consciente de algunas situaciones, pero si pudo notar que sus piernas se apoyaron en los hombros de uno de ellos, y algo duro, caliente y carnoso entraba en su vagina. Al principio fue lentamente, pero cuando la talla del pene se acomodó a su coño, sintió unas leves embestidas, y el sonido del choque de la pelvis masculina con sus nalgas, se escuchó en la habitación de forma nítida. Necesitaba gritar, necesitaba respirar, y por momentos sacaba la otra polla de su boca, pero el amante no le daba mucha tregua. Era lo de menos quien de los dos estaba por un lado o por otro, por delante o por detrás, sus amantes no decían la más mínima palabra, sólo gemían y gritaban. Y así estuvieron un tiempo que Isabel ni supo ni quiso saber, y la maniobra de cambio fue rápida. Esta vez ella se encontró a cuatro patas, chupando una polla completamente embadurnada de sus líquidos, mientras por detrás era penetrada con fuerza. Notaba el movimiento de sus pechos en el aire con cada embestida que recibía, y eso le arrancaba a Isabel un gemido de placer ahogado. Un dedo empezó a explorar la entrada del ano de Isabel. Al rato fue ella quien tomó la iniciativa, y subió hasta cabalgar a uno de ellos. Sintió los pliegues de la desconocida polla rozar su interior, y cuando la sintió entera, se limitó a danzar sobre ella. La habitación se llenó con los jadeos y los gemidos de los amantes. Isabel estaba sudorosa, excitada, casi fuera de sí. Ni rechistó cuando sintió la polla del otro amante abrirse paso en su culo. Un par de azotes acompañaron el movimiento. Era la primera vez que Isabel se veía sometida a esa especie de humillación, pero estaba tan encendida, que no protestó. Isabel se dejó llevar, le gustaba verse sometida de esa manera, le gustaba sentirse usada, le gustaba follar y que la follaran, y había descubierto que hasta tenía un punto depravado. El orgasmo no le tardó en llegar a uno de los amantes, y notó el semen cálido dentro de su culo, y como después el líquido viscoso se derramaba por sus muslos. Instantes después, le llegó a ella, ruidoso y muy mojado también. Y el tercero en discordia tampoco tardó mucho más, salvo que fue Isabel la que provocó la eyaculación con una felación. El semen impactó en las tetas y en la cara de ella y también le agradó la calidez.

Uno de los galanes limpió a Isabel. Ella estaba de rodillas sobre la cama, mientras la toallita perfumada limpiaba los restos de semen. Por detrás otro de los ignotos tomaba posiciones recostado boca arriba. Fue ayudada a sentarse sobre el amante, y ella solícita cogió el miembro endurecido y lo guió hasta su culo. Isabel sólo tuvo que mover ligeramente sus caderas, para que aquella polla debidamente lubricada, entrara lentamente dentro de su culo. Cuando la tuvo completamente dentro, movió sus piernas para quedar sentada. El siguiente paso de Isabel, hecha ya casi una experta, fue recostarse sobre el pecho de su amante, dejando que éste pudiera moverse con cierta soltura. Momento que aprovechó el otro desconocido para subir las piernas de Isabel, abrirlas ligeramente y penetrarla por la vagina lentamente. Isabel volvió a estar a merced de dos tipos, follándola a dúo, y en una posición donde se sentía vulnerable. Cosa que la excitaba aún más. No tardó en correrse, gritando y gimiendo como una loca. Su culo volvió a recibir la corrida cálida y viscosa de su amante número uno. Después algunas embestidas que le arrancaron a Isabel jadeos de placer, el amante número dos derramó su semen sobre el cuerpo de Isabel.

Pasó un tiempo que Isabel no supo cuantificar, y cuando creyó estar sola, se duchó, se vistió, y se fue a casa. Los recuerdos de aquella tarde de sexo, desenfreno y lujuria la acompañaron todo el trayecto, y seguro que durante mucho tiempo.

Al día siguiente un mensajero dejó un sobre para Isabel en la farmacia. Llegó un poco más tarde porque tenía que hacer algunas gestiones. Abrió el sobre y sacó un dispositivo USB. Lo metió en su portátil y a Isabel la invadió primero el miedo, luego la sorpresa. Era una grabación hecha en la habitación donde estuvo follando con dos desconocidos la tarde anterior. Los desconocidos no eran otros que Ariel, su amante, y José María, su marido. Le invadió la curiosidad y no pudo evitar ver la grabación hasta el final, casi dos horas de auténtico video porno amateur. La nota que acompañaba el USB, era muy concisa

“Gracias por una magnífica tarde de sexo, pasión y lujuria. Te hemos demostrado lo eres capaz de hacer, la decisión de seguir es tuya”.

Isabel se reclinó en la silla de su oficina, y se quedó pensativa, de ahí en adelante las cosas en su vida iban a cambiar y mucho.