Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 36)
María no pide permiso, impone el juego. Pablo la observa, atrapado entre el amor y la humillación, mientras ella confiesa su ansia por ser follaada por otro hombre. Esta noche, la cena será solo el preludio de una entrega total.
CAPÍTULO 36
No me dio tiempo a sorprenderme, ni a asustarme, ni a preocuparme. María. Entera. Mostrando una confianza impactante, cambiaba abruptamente de tema.
Ella hablaba, serena, de algo de su trabajo, y la mitad de mí la escuchaba y la otra mitad alucinaba con cómo podía mantener su teléfono así, desatendido, y me costaba entender por qué a veces se tensaba y sin embargo otras casi alardeaba de sobrada firmeza.
Y, cuando ya estaba suficientemente asombrado, la conversación viró, la hizo virar ella, hacia hacer algo ese fin de semana que se avecinaba… los dos. Nosotros. Una posible ciudad, un posible hotel… Y yo la escuchaba y no dejaba de pensar en que los hoteles y los viajes desembocan por defecto en actos íntimos y carnales, y yo no me podía creer que planteara aquello en semejante situación y momento. Y hasta llegué a dudar que aquella seguridad suya, y aquel súbito plan, pudiera partir de su enésimo autoengaño.
Durante aquella conversación sobre una hipotética escapada acabó por llegar un momento en el que no me pude contener y solté lo que obviamente llevaba dentro:
—¿Y Edu?
—¿Qué le pasa? —preguntó ella, como si tal cosa.
—Pues… lo que acaba de escribir…
—Acaba de escribir lo… propio o… consecuente… de un gilipollas, que es lo que es. O de… un inestable, ¿no?, habías dicho.
—Algo así. Que siempre iba a forzar las cosas…
—Pues eso —dijo sin dejar que yo terminase mi frase.
Y se hizo un silencio, y yo sabía que no debía preguntar sino descifrarla, y mis intentos de desciframiento se extendieron más allá de aquella noche y continuaron durante la mañana siguiente, mañana en la que, estando inquieto en mi oficina, recibí un mensaje de ella en el teléfono, mensaje que contenía un enlace, con un posible hotel, y a mí me costaba entenderla, y deducía que descartaba a Edu por querer forzar con Víctor, pero me extrañaban sus subidas y bajadas de entrega y de dignidad. Y tampoco sabía si el descarte era definitivo.
Por la tarde le escribí preguntando si quería ir todo el fin de semana o solo la noche del sábado, y, mientras esperaba su respuesta, ojeaba ese hotel y veía que tenía piscinas interiores y exteriores, y spa, y aquello me hizo recordar la vez que había ido con ella a uno similar, y que ella se había bañado en presencia de otros hombres con un bikini que había resultado ser inapropiado, pues no acababa de contener su exuberancia… y que aquella sutil circunstancia me había hecho morir del morbo… y pensaba en que parecía que había transcurrido una vida entera.
Ella seguía sin responderme y opté por llamarla y rechazó mi llamada, por lo que deduje que estaría en una reunión. Y después llegó la hora de salir del trabajo y la llamé desde el coche, y no me respondió, y una extraña intranquilidad comenzó a asaltarme, pues, al fin y al cabo, por férrea que ella luciera y por autoengañada que pareciera mostrarse por nuestro fin de semana juntos, la propuesta de Edu seguía sobre la mesa y sin respuesta, y yo, como siempre, solo controlaba un canal de comunicación.
Intenté distraerme y pensar en otra cosa, y mi trabajo sorprendentemente me ayudó, pues me había marchado con un asunto medio colgando que sabía me podía salpicar, y de hecho lo terminó haciendo.
Llegué a casa y no estaba pasada la llave. Ella ya había llegado. Y me la encontré, de frente, en el salón, con un pantalón gris de traje y una camiseta blanca de cuello redondo, aún en tacones, aún con la ropa del trabajo, aunque ya sin americana, hablando por teléfono. Y me hizo en seguida un gesto como para que no le hablase, y en apenas una o dos contestaciones suyas supe que hablaba con una amiga.
Pasaban de las siete de la tarde y yo estaba en vilo, en sus manos, como siempre, y en seguida ella se despedía, y yo pensaba cuál sería mi primera frase, y ella colgaba, y yo le quería preguntar si pretendía que nos fuéramos aquella misma tarde, o noche, o al día siguiente. Pero entonces su teléfono se iluminó. Y lo miró. Allí. De pie. En el salón. Y alguien la llamaba. Y no descolgó, sino que orientó su pantalla para que yo pudiera verla, en un gesto, sí, por fin, cómplice. Y lo vi: Edu la estaba llamando.
Ella se acercó el teléfono para contestar, antes de que yo exteriorizase nada, y movió su dedo para descolgar.
—¿Sí? Dime —respondía ella, seca, aunque tampoco distante o hastiada, y entonces se giró, y yo sentí que nuestra complicidad se desvanecía a medida que sus tacones enfilaban el pasillo.
Me quedé solo, sin haber pronunciado una palabra desde que había llegado, en aquel salón que no parecía el del resplandor salvaje de su montada a Rubén… ni el de la oscuridad tórrida de su despliegue, con aquel condón, pensando en Edu. Y me di cuenta entonces de que era la primera vez en mucho tiempo que ella escuchaba su voz, y que se tenía que enfrentar a él.
Pero sucedió que, en el preciso momento en el que supe que ella había alcanzado nuestro dormitorio, comencé a sentirme extrañamente mal, siempre esperándola, así que decidí abandonar mi soledad en busca, no tanto de explicaciones, como de información.
Mientras caminaba por el pasillo no sabía si intentaría escuchar tras la puerta, apocado y expectante, o si irrumpiría lleno de razón, pero no tuve ni que tomar la decisión, pues mi bolsillo comenzó a vibrar y comprobé que me llamaban del trabajo. Descolgué obligado, y en seguida supe que el problema tenía su gravedad, pero aún así yo estaba más centrado en intentar escuchar algo de la conversación de María que en descifrar a mi interlocutor, pero ella, hablando en un tono normal, y con la puerta arrimada, no me lo ponía fácil.
Llegué al final de aquel túnel y acabé por apartar aquella puerta levemente, y, mientras al otro lado del teléfono recibía explicaciones y directrices más que quejas, la vi: sentada sobre la cama, impecablemente vestida, igual que antes, con sus piernas cruzadas, con su camiseta ceñida marcando su pecho, atusándose el pelo, y hablando, algo tensa, algo acalorada, pero tampoco con aquellos ojos que revelaban sofoco y ebullición.
Volví sobre mis pasos y comencé a gestionar, aunque indudablemente algo pendiente y solo concentrado a medias, aquel problema laboral, y llegué a perder la noción del tiempo; diez, quince minutos, hasta que colgué el teléfono, y entonces volví a aquel túnel, volví a empujar sutilmente aquella puerta, y la vi, en similar posición, pero sabedor, por su semblante, por su mirada, y por sus respuestas más leves, que de nuevo sucumbía.
Y huí hacia el salón, quizás por el dolor de verla así, quizás por no querer presionarla ya más, y esperé allí su veredicto. Veredicto que no tardó en desvelarse, y lo hizo en forma de su presencia. Apareció, no para justificarse, sino para comunicarme. La observé, impactado, y pude ver cómo sus tacones se mantenían, pero no así todo lo demás: una falda gris y la camisa rosa que excitaba a Víctor. Como si estuviera lista para ir al despacho, pero era viernes por la noche. La prenda de arriba cambiaba todo, cómo lo hacía su gesto tenso, su melena agitada y su rostro inquieto.
Yo tenía la sentencia, pero sentía que necesitaba su desarrollo, pero ella se adelantó:
—No vamos a casa de Edu. Vamos a cenar con él donde… Rubén es camarero. Pero Rubén no va a estar. Y Víctor tampoco.
—¿Entonces, los tres? ¿Y esta ropa? —pregunté, sin acercarme a ella, los dos de pie.
—Bueno, porque a Edu le ha dado por ahí. ¿Tú te cambias o vas así? —quiso escapar ella de mis preguntas mientras iba hacia su bolso, que yacía sobre el sofá.
—Pero Edu dijo que tampoco haría nada contigo.
—No lo sé, Pablo… —protestó en un suspiro que irradiaba incomodidad.
—Vamos, que te tiene ganas y que se lo ha pensado dos veces —la acorralé, quizás injustamente molesto.
—No lo sé. Nunca sé por dónde va a salir —dijo ella, mirando su reloj.
—Nunca sabes por dónde va a salir, pero estás deseando que salgamos cuanto antes para allá y que…
—¿Es un reproche? —me interrumpió, dejando caer su bolso sobre el sofá y girándose hacia mí.
—No. Solo quiero que lo reconozcas.
—Vale. ¿Es lo que quieres?
—Sí.
—Vale. Pues quiero ir cuanto antes… ¿Sigo? ¿Sigo con el para qué?
—Sí.
—Vale. Pues quiero ir ya… Para que me folle…. Ojalá me folle. ¿Contento? —me espetó—. El otro día escribió que no, pero ojalá me folle. ¿Te vale así? —dijo ella, matándome, humillándome…
… y se arremangó un poco la camisa rosa, y parecía una ejecutiva recta, dignísima e inalcanzable, pero reconocía, provocadora y tensa, que se moría de ganas porque Edu la follase cuanto antes.
—Cambiate si quieres. Te espero —dijo entonces, aséptica y casi déspota.
Había pronunciado aquello mientras volvía a su bolso, en un bucle nervioso. Y, sin previo aviso, sentí que la amaba. De golpe, y súbitamente, la miraba y sentía un amor inabarcable. Pero a la vez, y sin saber por qué, me vino una recriminación extraña, pues su tono había sonado tan inmaculado, tan templado, tan arrogante, que había sonado hasta falso. Pues los dos sabíamos que no había tal seguridad, sino inquietud y ansia por lo único que le importaba… que era que aquel hombre la calmase, la sometiese, la follase, y que yo lo viera, para que así todo pudiera encajar, para que así pudiera surgir y exhibirse aquella María que llevaba tanto tiempo sin aparecer.
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