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Mi fantasía loca V - Penélope

Silvia siempre quiso ver a su marido en brazos de otra, pero nunca imaginó que la elegida sería la mujer que la humilla cada día en la oficina. Mientras ella observa desde la distancia, la realidad supera cualquier fantasía y despierta en ella un placer prohibido e incontrolable.

Sylke and Friends5.9K vistas8.4· 14 votos

Mi fantasía loca

Ray & Sylke

Capítulo 5 – Penélope.

Acudí al trabajo, intentando quitarme de la cabeza de una vez por todas, lo que había sucedido en esa semana y de todos esos proyectos retorcidos que yo había planeado de forma compulsiva, dándome cuenta de que mi mente había dibujado cosas que no sólo no eran posibles, sino que iban más allá de lo medianamente normal. Debería estar orgullosa de ser una mujer con un hombre como Juan, la envidia de tantas mujeres y ahora sabiendo, que era tan fiel, tan leal conmigo, incluso aunque le ofreciera la oportunidad de dejarse llevar y tirarse a otra... a otras... mujeres impresionantes todas ellas. Aquello sólo era mi locura, pero no la de mi marido y debía dejar de darle vueltas a eso.

- ¡Silvia, ven a mi despacho! - la cara seria de Ainhoa, mi jefa se asomó por la puerta de dirección.

- Tengo que rellenar un formulario... - le comenté esquivando una nueva bronca y lo cierto es que en ese momento, lo que menos me apetecía era otro de sus “numeritos”.

- ¡Ahora! - dijo de forma seca y casi gritando, haciendo caso omiso a lo que le decía.

Cerré la carpeta en la que estaba intentando completar un dossier y me levanté para seguir a mi jefa, pensando en no alterarla más de lo que siempre acostumbra a estar, pero sonaba a que me iba a montar una buena. Debería estar acostumbrada a aguantar sus desplantes, sus broncas injustificadas y su desprecio hacia las que estamos bajo su mandato, sin embargo, es difícil trabajar junto a ella y no sentirse nerviosa.

No me equivoqué, porque nada más cerrar la puerta y ordenarme de mala manera que me sentara frente a su mesa, empezó a decirme que si no quería seguir trabajando en la empresa.

- Ainhoa, ¿por qué dices eso? Llevo casi diez años aquí - dije sintiendo cómo si hubiera cometido un desfalco, aunque ella es habitualmente así de desagradable.

- ¿En serio? ¿Tú te das cuenta de la mierda de informe que me has enviado ayer? - dijo levantándose y tirándome la carpeta contra mi pecho, de una forma brusca y desagradable, tanto es así, que hizo volar varios de los papeles que había dentro.

Miré los folios esparcidos por el suelo y me puse a recogerlos, arrodillada y en cierto modo humillada, mientras veía los zapatos de tacón de mi jefa y su aburrida falda de tubo, mirándome con su cara de desprecio. La verdad es que no sabía muy bien a qué fallo del informe se refería, pero Ainhoa venía mosqueada al trabajo, día sí y día también. A esas alturas, tras varios a sus órdenes, debería pasar olímpicamente a sus arrebatos, pero no, Ainhoa era difícilmente tratable. De hecho, en la oficina, la llamábamos la “mala follá”, una palabra de Rocío, mi compañera, una granadina muy simpática que le puso ese mote y no le faltaba razón seguramente, porque Ainhoa venía de una separación con su marido y con su arrogancia, su forma altanera de tratar a la gente y su manera tan poco delicada de afrontar los problemas resultaba una tortura acudir al trabajo cada día. No me extraña que su marido no quisiera meterse en la cama con ella.

Mi jefa, enfurecida, me empezó a señalar los números del informe que yo misma había redactado y entonces me di cuenta de que realmente no eran correctos y aun cuando ella tenía razón ya que había sido uno de mis peores trabajos, la culpa había sido por intentar hacerlo el día anterior deprisa y corriendo con la jugada con Janire, entonces no pude soportar más y empecé a llorar desconsoladamente, dejando a Ainhoa con sus gritos e improperios, que casi no escuchaba, pero que sonaban como un eco en aquel despacho. Ella no paraba de dar voces y descalificaciones hacia mi persona, hasta que me vio tan compungida que optó callarse de una maldita vez.

- Bueno, un mal día lo tiene cualquiera. - dijo queriendo ser algo condescendiente, al verme tan abatida, pero ni siquiera eso me consolaba.

Me dijo que lo hablaríamos en otro momento y salí de su despacho, sorbiendo mi nariz y limpiándome con un pañuelo de papel, para que nadie notara mis ojos rojos. No estaba muy segura de sí había explotado por culpa de mi jefa o que realmente en ese instante solté lo que llevaba dentro en ese plan de querer ver a mi marido en brazos de otras.

- ¿Qué ha pasado? - dijo mi compañera Rocío en cuanto me vio llegar a mi mesa, pues la suya está justo al lado de la mía.

- Nada...

- Vamos Silvia. A mí no me engañas ¿Otra vez la bruja esa te ha montado un numerito? - dijo molesta y entregándome otro Kleenex limpio.

- No, esta vez tenía razón. - repetía entre hipidos.

- Pero, si lo hace todos los días, ¿para tanto ha sido? No le hagas caso, ya sabes que esta tía es así, disfruta humillando a la gente.

Lo cierto es que Ainhoa debía ser una buena estratega a nivel comercial, pero en cuanto al trato con sus empleados, dejaba mucho que desear, no tenía tacto, ni mano izquierda, ni nada que se le pareciera. No era lo que se dice una jefa a la que hacerle la ola, más bien al contrario, resultaba insoportable cada vez que algo que le presentábamos no era de su gusto. En esa ocasión, mi “cagada” fue mayúscula y quise explicárselo a Rocío.

- Pero eso es muy raro en ti, Silvia. Siempre tan pulcra y cuidadosa en tus informes... Esta zorra te echa la culpa siendo una máquina como eres haciendo informes, pero esta vez, sin tan mal estaba... ¿Qué te ha pasado?

Empecé a pensar en lo sucedido en esa tarde anterior, el hecho de haber querido ver a Juan en brazos de Janire, en todo lo ocurrido en esa semana, entré en un llanto incontrolable, así que le acabé confesando todo a Rocío, con pelos y señales.

Mi compañera no daba crédito a lo que le contaba, le costaba creer que yo hubiera preparado a todas esas mujeres para que se acostaran con mi marido y que yo disfrutaba con ello, de hecho, normalmente era al revés, cualquier mujer casada renegaría de ver a su esposo en brazos de otra. Siempre he odiado la infidelidad, pero en este caso, no era tal, sino más bien, algo que me atraía.

- Pero ¿en serio te pone ver a tu marido follándose a otra mujer?

Me quedé mirando a Rocío y pensé que ella, desde luego, era la última en poderme ayudar, pues es lesbiana.

- Bueno, de la bruja me encargo yo y te rehago este informe... guapa, tú ahora, intenta olvidarte de todo y no le des más vueltas. - me dijo Rocío de forma amigable.

- Dirás que estoy loca. - le dije a mi amiga y compañera, que me animaba cogiéndome de la mano.

- Sí, siempre lo estás, pero te digo una cosa. Te admiro, Silvia... lo tuyo es una demostración de amor, porque disfrutar de ver a tu marido follándose a otra, vamos, pocas lo pueden decir. Eso habla muy bien de ti.

- ¿Tú crees?

- Desde luego, yo no sería capaz de hacer eso con mi novia. - dijo ella.

- No sé, creo que es más bien egoísmo por mi parte, no digo que no lo haga por él y verlo disfrutar, sino también por mí misma, me excita la idea de contemplarlo, es algo que tengo clavado ahí... no lo puedo remediar, nada me gustaría más a esta loca que verlo hecho realidad. Creo que he perdido la cabeza.

- No, no has perdido la cabeza y el caso es que me gustaría poder ayudarte con eso... - dijo con una dulce sonrisa mientras secaba mis lágrimas.

- Ojalá fueras tú. Nada me gustaría más. - añadí con total sinceridad, pues Rocío es un encanto de mujer en todos los sentidos, por su gracia, su simpatía, su carácter jovial, su precioso rostro y su endiablada figura. Y sé que Juan se la queda mirando siempre que salimos juntas del trabajo. Ojalá a ella le gustaran un poco los tíos.

Me quedé mirándola y Rocío negaba con su blanca sonrisa en el rostro. Me abrazó con cariño y luego dijo:

- Bueno, cada loco con su tema y ¿sabes? Igual sí que puedo ayudarte.

Levanté la vista intentando ver en Rocío si se veía capaz de hacer algo que le desagrada, pues siempre comentaba que los hombres no le molaban nada, más bien le daban repelús.

- No, no tranquila... que no me voy a tirar a Juan. - afirmó.

- ¿Entonces?

- Conozco a la persona perfecta.

- Lo he intentado todo Rocío, de verdad, con tías espectaculares... algunas a las que sé que Juan admira y mucho. Olvídate.

- ¿Qué tal una profesional? - me interrumpió.

- ¿Cómo?

- Sí, una prostituta.

- Vamos, Rocío... ¿Te has vuelto loca?

- No, a ver, te hablo de una profesional de nivel. Mira, la que yo te digo la conozco bien.

- ¿Conoces a una puta? - pregunté.

- Sí, es medio amiga, pero no me gusta llamarla así, con la palabra puta… prefiero decir que es una animadora de alto standing y creo que tu necesidad está en esa línea.

A mí la idea no me gustaba demasiado, sin embargo, mi compañera me empezó a explicar que la conocía porque estudiaron juntas en la facultad y sabía de ella, además de discreta era una mujer especializada en encuentros de alto nivel y además que era bellísima.

- Rocío, estoy desesperada, pero no sé si tanto... comprendo que me quieres ayudar, pero yo no quiero algo que no pueda ver... y además de gastarme una pasta, no voy a saber lo que hacen o dejan de hacer.

- Bueno, para eso están las cámaras. Y en cuanto a la pasta, seguro que me hace una tarifa especial. Ya te digo que somos amigas de la facultad.

La cosa sonaba bien, demasiado bien, cuando ella me decía que podía llenar la casa de cámaras y verlo todo como espectadora de lujo.

- Te voy a presentar a Penélope y tú me dices si te gusta o no, pero te advierto que es un bomboncito de mujer. A Juan le va a encantar.

Rocío me enseñó una foto de su amiga y la verdad es que me sorprendió, porque su rostro parecía angelical, de no haber roto un plato y esa debía ser una de las razones para ser tan atrayente. Desde luego, no estaba en mi prototipo de prostituta, sino que parecía una jovencita inocente. Enseguida pensé en Juan y en cómo la vería, pues como bien sé, le ponen las mujeres más jóvenes y Penélope parecía tener menos de 20, aunque si bien en la foto iba vestida de colegiala y eso siempre engaña, estaba claro que esa chica era un bombón.

- Con esa cara de niña buena... ¿tú crees que Juan no saltará sobre ella? vamos que si la ves por la calle no piensas que se dedica a eso. - me animaba mi compañera.

Me quedé mirando la foto de esa chica y me gustó mucho su idea... sonaba a idea desesperada, pero ¿qué otra cosa más cabría esperar en mi empeño?

- ¿Se llama Penélope? - le pregunté.

- Bueno, no es su verdadero nombre, es su Nick de trabajo. De momento quédate con el “proyecto Penélope” y de fijo que tu marido acaba follando con otra, ¿no es lo que quieres?

- Claro que sí, pero…

- Pues te aseguro que será antes del próximo fin de semana y tú lo vas a ver.

Aquello sonaba de lujo, pero bueno, en cierto modo yo había perdido toda esperanza, pero el caso es que me dejé llevar, sí, así fue, no sé si perdiendo la cabeza de nuevo, pero mi compañera me había comprendido perfectamente, a pesar de no compartir mi extraño gusto por ver a mi marido en brazos de otra, al menos, quería ayudarme a conseguir mi fantasía y hacerla realidad.

- No le des más vueltas. Te la presento y tú decides, siempre que estés segura de hacerlo, claro. - quiso ver en mi cara la aprobación.

- Nada me gustaría más, Rocío, pero me he estrellado tantas veces...

Al día siguiente, al salir del trabajo, quedamos con la famosa Penélope en una cafetería cercana al trabajo y a mi compañera Rocío no le faltaba razón, la chica en vivo era impresionante, preciosa, con un aspecto de chica inocente o inexperta, unos ojos enormes, un pelo negro, largo hasta el final de su espalda y un tipazo de impresión, destacando un par de tetas, seguramente operadas, pero un culo y unas piernas bien trabajadas en el gimnasio, que iban a encantar a mi marido, de eso estaba segura. Pero ¿cómo iba a caer Juan en sus redes? Yo había intentado todo con gente cercana a él, mujeres de confianza, pero ¿cómo “liar” a Juan con una desconocida? Me acordé del famoso chat en vivo y pensé que de algún modo Sofi era otra desconocida y es cuando más liberado vi a Juan.

La preciosa y candorosa Penélope, además de guapa, resultaba muy abierta y simpática, por lo que me animó también a cumplir el objetivo y me fue despejando todas mis dudas y miedos. Ella me fue contando que había hecho todo tipo de trabajos y algunos no tan rebuscados como el mío, pero sí había trabajado con cámaras... para pillar al marido con otra y poder usar eso en su contra. En mi caso, era todo lo contrario y resultaría todavía más fácil, pues yo era la que quería ver aquello hecho realidad. Penélope y Rocío no dejaban de animarme a hacerlo.

- Te aseguro que el proyecto “Penélope” nunca ha fallado. - dijo la chica muy segura y animada a colaborar en el plan.

Para empezar, ella me dijo que lo de la instalación de las cámaras resultaba de lo más sencillo y la verdad, no me costó camuflar unos pequeños objetivos del tamaño de un botón, tanto en el salón como en nuestra habitación, ocultos tras unos libros, en la lámpara, en el marco de un cuadro o detrás de un sillón.

Desde mi mesa de la oficina, podía acceder sin problema a todas las cámaras de una forma sencilla. El siguiente plan era cómo plantear la visita de Penélope en casa, pero ella, muy experimentada en este tipo de encuentros me sugirió varias ideas... desde que presentársela a Juan como una becaria que iba a trabajar en la empresa, pasando por una prima mía lejana o una amiga que había quedado en verme, el caso es que yo estaba algo rayada con tanta prueba anterior y no veía el momento, hasta que la propia Penélope me dio la idea, que era proponer el plan de reparar su portátil, pues Juan es informático y además es muy manitas con todos los aparatos. Aquello sonaba tan bien, que notaba mi coño latir con la idea, viendo la cara dulce de Penélope. Me calenté a tope con ese proyecto nuevo.

Planeamos quedar por casualidad en un parque por el que solemos pasear mi marido y yo asiduamente. Y así fue, aquella tarde, como tantas veces, Juan y yo dábamos un paseo junto a un gran estanque, que siempre nos relaja mucho hablando de nuestras cosas.

- Oye, Juan, ¿qué te parece Rocío? - le pregunté.

- ¿Qué Rocío?

- Hijo, mi compañera. - le aclaré.

- Ah, muy maja.

- Ya, pero aparte, como mujer.

Juan se me quedó mirando porque sospechaba por donde iba.

- Sí, ya lo sé, no le van los tíos, pero ¿qué te parece?

- Pues sí, está muy bien. - dijo al fin.

Mi marido y yo llegamos a una zona donde dejamos suelto a nuestro perrito y entonces, como tenía previsto, apareció Penélope caminando hacia nosotros. Su gabardina abierta ofrecía el caminar segura de esa chica que parecía una modelo de interminables piernas bajo su falda de cuero negro y taconazos de vértigo, con unas tetas que parecían querer explotar bajo un top blanco ceñido. Al llegar a nuestra altura, Penélope sonrió efusivamente y se acercó a pasos cortos hacía mí.

- ¡Silvia! - gritó abrazándome.

Las dos nos giramos como si fuéramos amigas íntimas y nos sujetamos de las manos mirándonos fijamente hasta que ella giró la cara hacia Juan, quien por cierto parecía casi boquiabierto viendo a aquella preciosidad. Eso me hizo sentir un estremecimiento.

Les presenté y noté que los labios de ella estaban muy cerca de los de Juan. Aquel momento no lo voy a olvidar, como tampoco el bulto que noté bajo los pantalones de mi esposo. La chica era un bombón y jamás hubiera dicho que se trataba de una puta. El proyecto “Penélope” estaba funcionando a tope.

Esa chica empezó a hablar con su atrapante simpatía y entre ambas le contamos que ella había trabajado en mi oficina como becaria y que ahora estaba en un bufete de abogados muy prestigioso, aunque seguía estudiando, pero ambas lo hacíamos como si realmente nos conociéramos mucho. Bajo un plan trazado entre ambas, le pregunté cómo llevaba las oposiciones y ella comentó que bastante bien, pero que le había surgido un problema con su portátil que se le reiniciaba constantemente y me preguntó si sabía de alguien que los reparase.

- Aquí lo tienes. Juan es un experto en eso. – dije señalando a Juan como quien no quiere la cosa y la solución a todos sus problemas.

- ¿En serio? ¿Podrías mirarlo? - preguntó ella con cara inocente y esos ojazos deslumbrantes.

- Por supuesto. – dijo él amablemente.

Lo siguiente fue decirle que se acercara a casa el viernes a traerlo y tomábamos un vino y así nos poníamos al día, mientras Juan aprovecharía para revisar ordenador personal. A mi marido le pareció perfecto y yo ni me creía estar viviendo tal cosa. Ya buscaría la manera de escabullirme de casa y dejarlos solos. No pude evitar poner mi mente a trabajar viendo a mi marido follando con la preciosa Penélope.

Lo mejor de todo es que Juan no sospechó nada. Si bien es verdad que hubiera dado algo por estar presente viendo como Juan se follaba a nuestra profesional, sabía que estando yo delante, él no haría nada y debía intentarlo como último recurso, viéndolo todo a través de las cámaras, aunque seguía dudosa de que todo saliera medianamente bien. ¿Quién sabe? Si Juan se decidía con Penélope, quizás la siguiente vez, me dejaba verlo junto a ellos... ese era mi auténtico sueño, masturbarme viendo a Juan follando con otra y quien mejor que esa preciosa profesional... su tarifa era algo elevada, pero qué coño, la cosa merecía la pena.

Ese jueves, justo un día antes de lo pactado con ella, el azar o la suerte se pusieron de mi lado, pues estando en la oficina recibí la llamada de mi jefa que volvía de un viaje, diciendo que tenía que terminar otro informe y que no me podía ir a casa hasta tenerlo terminado y eso que eran las ocho de la tarde. Aunque esa vez el trabajo era intenso, fue la vez que más celebré tener que salir tarde de la ofi y lo primero que hice fue llamar a Penélope y adelantar un día nuestro plan. Ella me dijo que estaba terminando con otro “trabajo” y que podría llegar a eso de las nueve a mi casa. Ni que decir tiene que noté cómo mis braguitas se humedecían pues todo iba saliendo a pedir de boca. Luego llamé a Juan y le dije que me iba a ser imposible llegar a casa antes de las doce de la noche, pues me habían asignado un informe de varias horas. No le mencioné que iba a tener una visita inesperada por parte de Penélope, pero en cambio yo lo iba a ver todo a través de mi monitor que tenía enlazado a la “IP” de mi casa.

Conté los minutos, que se me hicieron eternos, mientras apenas podía concentrarme en los malditos informes, si no, revisar las cámaras que tenía repartidas por todo el piso, con la ventaja de estar sola en la oficina y poderlo controlar a mi antojo. Pasé varias veces de una cámara a otra, comprobando que Juan estaba en casa, tranquilamente leyendo un libro o preparándose una copa de vino y lo mejor en ese cúmulo de suerte, mi marido no se había cambiado y llevaba una ropa que le sienta de miedo, con sus pantalones de lino y ese jersey fino que se pega a su cuerpo. Pensaba, convencida de que Penélope también iba a disfrutar con él.

A las ocho y media en punto sonó el timbre de mi casa y mi corazón empezó a latir a marchas agigantadas, pues entendí que la buena de Penélope se había adelantado a lo previsto y Juan la iba a ver aparecer en nuestra casa, ¿quién sabe cómo? ¿Un vestido ceñido con tacones? ¿unos shorts y sandalias de cuña? Mi mente trabajaba a toda pastilla.

Cuando Juan abrió la puerta, se veía nítidamente el rellano, pero la que apareció en la imagen no era Penélope y al verla avanzar, me di cuenta de que era...

- ¡Ainhoa! - solté casi en un grito al verla entrar en mi casa.

Yo estaba sola en la oficina, pero mi grito debió escucharse desde la calle. No me lo podía creer, incluso parpadeé varias veces, por si la mente me hubiese jugado una mala pasada, pero no, estaba más que claro, era la cabrona de mi jefa la que estaba ahí, frente a Juan, pero no, él la conocía claro, de alguna vez que habíamos asistido a algún evento, alguna cena de empresa y tal, pero lo siguiente que vi, me dejó muerta, casi sin respiración. Mi jefa empujó a mi esposo hasta la propia puerta que él había cerrado tras su entrada y ella se aferró a su cuello y empezó a besarle de una forma más que apasionada. Las lenguas de ambos se enlazaban de la forma más lasciva y cerda que jamás hubiera imaginado.

- ¡Joder, cabronazo, qué ganas de verte! - dijo mi jefa cuando se descolgó de su cuello al tiempo que se quitaba la chaqueta que llevaba.

Estaba en shock, Ainhoa, mi jefa, no sólo no se había presentado en mi casa repentinamente, sino que mi esposo y ella parecían conocerse bien, mucho más de lo que nunca hubiera imaginado. Por un momento me froté los ojos, por si acaso estaba confundida, por si no fuera ella, esa mujer completamente distinta a Penélope, en todos los sentidos, pero sí, su cuerpo desgarbado, algo fofo, enfundado en un ceñido traje de chaqueta y falda de tubo, que parecían a punto de reventar, era la indumentaria habitual de mi jefa. Pero, Juan.... ¿Juan? ¿Cómo me haces esto? De pronto, él se acercó su mano al enorme pandero de Ainhoa para sobarlo con ganas.

- Ainhoa, quiero follar este culo. - dijo dándole un azote.

No podía coordinar mis pensamientos, ni por asomo podía imaginar que conociendo tan bien a Juan, se hubiera fijado en una mujer como Ainhoa. No es sólo por su aspecto físico, que deja muchísimo que desear, tanto en belleza como en forma, bastante descuidada en todo, pero lo peor es su personalidad, tan desbordante que te arrolla, es autoritaria sin filtro, déspota, humilladora profesional, asquerosa en sus comentarios, descuidada en su don de gentes. Yo tenía claro que a mi esposo le ponían las jovencitas hermosas y delgaditas, esas chicas inocentes... pero ¿Ainhoa? Ella había superado los cincuenta, no era para nada agraciada físicamente, ni de cara, ni por supuesto de cuerpo, al que le sobraban unos cuantos kilos y su forma era lo menos parecido a lo sensual. Intenté recordar a Penélope, queriendo gritar a Juan que no, que fuera ella… que esperase un poco y que iba a encontrar a una diosa.

- ¡Joder, Juan!, ¡con Ainhoa no! - dije apretando los dientes.

Vi que mi jefa le apartaba la mano y luego le mordía el labio inferior haciéndole daño.

- Si te portas bien, te regalo mi culito. - dijo ella refiriéndose a su gran pandero.

Me llevé las manos a la cabeza, recostándome en mi sillón viendo como los dos avanzaban hasta el salón y Juan le servía una copa de vino blanco que ya tenía preparado... el mismo vino que sólo abrimos en ocasiones especiales, ese vino al que tanto le cuesta descorchar... Tiré de mi pelo para cerciorarme de que no estaba soñando.

La muy puta de Ainhoa le pegó un trago a su copa mientras Juan intentaba acariciar sus tetazas por encima de la blusa, pero ella le daba manotazos.

- ¡Quieto, pórtate bien, que eres un hombre casado! - soltó ella con risa chulesca.

- ¡Joder Ainhoa, me tienes loco! - fue la respuesta de mi esposo que intentaba besar su cuello mientras ella le apartaba con su cadera.

Lo siguiente fue verlos darse otro morreo y mi jefa era la que apretaba el culo de Juan acercándole a su cuerpo y sintiendo la dureza que para entonces era evidente bajo sus pantalones.

- ¿Cuánto tiempo tenemos? - preguntó él.

- Tranquilo, tu chica tiene para cuatro o cinco horas. La he puesto una buena tarea.

- ¡Qué cabrona eres! - añadió mi marido con una sonrisa.

No sé desde cuando ocurría eso, pero me sentía extraña, engañada, utilizada... quizás lo que siempre había querido, en el fondo me gustaba ser una mujer cornuda, pero, ver a Juan en los brazos de otra, ver como follaba otro coño que no fuera el mío, Tatiana, Eva, Sofi, Janire, la mismísima Penélope, pero... ¿Con Ainhoa? La rabia que sentía por dentro estaba mezclada con la incredulidad, casi sin poder asimilar de forma lógica lo que estaba viendo. Mi esposo, al que yo tenía por un hombre cabal, fiel, que tanto me respetaba y que había rechazado todas mis propuestas de verle con otra chica, jovencita, hermosa, simpática... no, mi Juan estaba en brazos de mi odiada jefa y parecía disfrutar de su trasero, de sus tetas y de sus besos como un colegial, mientras ella parecía tomar las riendas dominadoras y era su profesora particular, pero sin duda, aquella no era la primera vez. En ese momento sentía un odio atroz, alejado de ese placer de ver a Juan con otra, no le podía perdonar que fuera con Ainhoa, a la que sabe que odio desde siempre, que me maltrata psicológicamente cada día, a la que pongo siempre en las puertas del infierno.

- Vamos a la cama. - dijo él, mientras no paraba de manosear ese cuerpo robusto... casi rollizo de mi jefa.

- Qué prisa hay... tengo hambre. - dijo ella tirando de su mano.

Lo siguiente fue verlos a través de la cámara que yo había escondido en la cocina, sobre el reloj de pared.

- ¿Qué te apetece? - preguntó mi esposo abriendo nuestra nevera.

- ¿Tienes nata?

- Claro.

Juan le alcanzó el bote y ella empujó el cuerpo de él, hasta que su culo se topó con la mesa.

- ¡Desnúdate! - ordenó mi jefa.

Mi marido obedeció al instante, despojándose de su ropa en tiempo récord mientras Ainhoa le observaba, jugando con su lengua sobre sus labios, como si se relamiera.

A continuación, en cuclillas, se colocó frente a la polla de mi marido que se tensaba frente a su cara.

- Mmmm.... me encanta esto. - dijo ella abarcando el cilindro tieso de Juan que empezó a jadear cuando la mano de ella le pajeaba.

- Uf... joder, qué mano tienes. - exclamó él.

Era increíble ver como la boca de mi jefa se apoderaba del miembro de mi esposo, quien por cierto odia la nata, pero claro, no tenía que comerla, porque ya se encargaba la zorra de mi jefa de devorar su falo duro, ese que sólo creía estar comiéndome yo desde que nos casamos.

Mi cuerpo sentía extrañas sensaciones, no sé muy bien cómo definirlas, porque tenía la rabia a flor de piel y por otro lado se estaba cumpliendo ese sueño que tantas veces había tenido en mente. Quizás esa boca era la última sobre la Tierra a la que hubiera imaginado ver comiéndose la polla de Juan, sin embargo, resultaba tan excitante, que me maldecía a mí misma.

La mano de Ainhoa, esa misma con la que me ordenaba o me hacía salir de su despacho, sujetaba la polla de mi marido... hasta que le dejó a punto de estallar, pero en ese momento ella se detuvo, levantándose y limpiándose la boca llena de babas y restos de nata.

- No me dejes así. - imploraba él.

- Cada cosa a su tiempo. Ahora quiero que me comas el coño. - sentenció mi jefa en su tono autoritario de siempre, aunque en esta ocasión el que obedecía era mi marido.

Mi corazón iba a mil, no sabía cómo interpretar todo lo que estaba viendo en las distintas cámaras a las que accedía desde mi monitor. La sorpresa fue cuando llevé mi mano a mis braguitas, bajo mi falda y comprobé que estaban empapadas...

- ¡No! - dije al sentir que me excitaba viendo a Juan con mi odiada jefa.

La muy puta le fue ordenando que la desnudara lentamente. Empezó por su chaqueta, que dobló cuidadosamente en una silla, luego los botones de su blusa y el sostén, dejando a la vista sus enormes tetas caídas.

Siempre he sabido que le atraen las tetas erguidas de las chicas jóvenes, no hay más que ver cómo las mira cuando estamos en la playa, incluso yo juego con él a puntuarlas, ganando casi siempre las de las jovencitas con las tetas bien puestas y eso me pone cachonda perdida, ¿pero ahora? Esas tetas gordas y caídas no son para nada las predilectas de Juan, ¿o sí? ¡Dios!

Él de pronto fue a atraparlas entre sus dedos, pero ella le empujó con su zapato de tacón haciendo que mi marido quedara arrodillado a sus pies. La muy zorra no sólo se lo tiraba, sino que parecía disfrutar humillándole a él también. Juan sacó sus zapatos de tacón con delicadeza y una vez que lo hizo ella le dio una patada en el pecho.

- Ese es mi cabrón. - dijo riendo mi jefa.

Juan soltó el corchete de la falda, dejando a la vista su ropa interior negra, con las medias a juego, que Juan fue desenrollando lentamente. La última prenda, la braga, no la bajó normalmente, pues la cerda de mi jefa le ordenó que lo hiciera con los dientes, algo que él hizo como un corderito obediente.

En mi vida de casada nunca hemos empleado ese rol de dominación que a Juan parecía gustarle tanto. Mi mente no dejaba de dar vueltas... ¿cómo era posible? ¿Cómo se dejaba Juan manipular por esa tía? Él siempre ha sido un hombre decidido, muy echado para adelante, es jefe en su empresa con varios empleados a su cargo y siempre ha sido muy organizador, gran estratega y un buen líder... incluso en la cama, es él quien emplea el rol más dominante y yo resulto ser la sumisa. Ahora me parecía un muñeco a los pies de esa cerda, que disfrutaba viendo como sus bragas eran arrastradas por sus muslos con los dientes de mi esposo.

El culazo de Ainhoa acabó sentado en la mesa de nuestra cocina, con sus piernas abiertas de par en par, apoyando sus pies en dos sillas, mientras le ofrecía su coño a mi esposo que no tardó en devorar arrodillado frente a esa mesa. La tía gozaba con eso... y se le notaba una risa nerviosa, algo que creo que no conocía de ella, pues me parecía ver por primera vez una sonrisa en su rostro.

Juan se esmeraba y la verdad es que mi marido es todo un artista comiendo coños... bueno, mi coño, pues creía estar en exclusiva y no podía ni parpadear al ver y escuchar como le comía el potorro a mi jefa que gemía como una condenada. La lengua de él se esmeraba en cada rincón, separando los labios mayores con sus pulgares y los labios de Juan devoraban ese encharcado coño.

Volví a pensar en Penélope, la que presuntamente era una puta y no lo parecía… en cambio la mayor puta con todas las letras era mi jefa que lo hacía con mi marido a mis espaldas ¿Desde cuando?

Los alaridos de Ainhoa fueron en aumento, dentro de nuestra cocina, aferrada al pelo de Juan, que acabaron en un grito contenido, corriéndose y embadurnando la cara de mi esposo con sus fluidos que él iba recogiendo con su lengua, para no dejar nada sin lamer...

El cuerpo rollizo de Ainhoa saltó al suelo y tirando de la polla de Juan, se lo llevó a mi dormitorio. Verla desnuda por las distintas cámaras era como ver si un lobo hubiera entrado en mi casa, concretamente una loba, a la que odiaba, pero que al mismo tiempo había conseguido encenderme, pues estaba pellizcando mis pezones con una mano y con la otra metida en mis braguitas disfrutando de aquel increíble e inesperado show.

Mi amado Juan, mi osito, al que yo quería regalarle un cuerpo juvenil, con todo en su sitio, eligiendo las mujeres más sexys, con los mejores atributos y que se cuidaban con esmero, había acabado en las redes de una tía que cuando menos era odiada por su actitud y su prepotencia, pero además que físicamente habría sido la última a la que yo hubiera imaginado en sus brazos.

La muy zorra apareció en nuestra habitación, tirando de la polla de Juan, que iba tras sus pasos, contento como nunca... hasta que ella se tumbó en mi cama y apoyando su cabeza en mi almohada, abrió sus brazos para que mi esposo se echara sobre ella. No lo dudó ni un instante, se le veía nervioso, excitado, contento de tener a esa mujer en nuestra cama. Ella le agarró del cuello para que le lamiera las tetas y el otro como un niño bueno, empezó a lamer esas protuberancias exageradamente grandes, para acabar lamiendo sus pezones, incluso mordiéndolos ligeramente.

- ¡Ese es mi niño! - dijo dándole un azote sonoro en el trasero a Juan.

Él no parecía quejarse, todo lo contrario, estaba contento de verla tan excitada y cuando menos me lo esperaba, ella tiró de su polla, lo acercó a su sexo y Juan se dejó caer sobre ese cuerpo orondo.

Mi mano izquierda estaba dentro de mi braguita, mientras mi otra mano movía el ratón, para enfocar, aplicar zoom y ver detalles de cómo esa polla que tanto conocía estaba dentro del coño de la mujer que más odiaba en el mundo.

El mete-saca por parte de él era cada vez más enérgico y cuando ella clavó sus uñas en el trasero de Juan, este se debió correr dentro de ella, mientras ella estaba en pleno orgasmo también.

Apenas podía sostener el ratón, pues todo mi cuerpo temblaba y cuando empecé a notar como mis pezones se ponían como piedras, metí mi mano bajo la blusa para pellizcarlos. ¿Seré una puta cornuda? - me dije a mí misma.

Cuando quise darme cuenta, yo misma me estaba corriendo, con una mano dentro de mi tanga y la otra pellizcando un pezón y así me mantuve durante unos largos segundos, con los ojos cerrados, intentando asimilar lo que pasaba, lo que realmente ocurría y que tanto me costaba entender, cuando de pronto otros gemidos me hicieron abrir los ojos.

La cámara del salón fue la que detectó el movimiento y entonces comprobé que era Juan el que estaba tirado en nuestro sofá y ella arrodillada le estaba comiendo los huevos sin dejar de pajearle, consiguiendo en poco tiempo que Juan estuviera totalmente empalmado de nuevo.

La muy zorra, sonriente y orgullosa de su hazaña, se subió a horcajadas sobre Juan y se clavó de nuevo su polla, para empezar a cabalgar, mientras él acariciaba sus enormes senos o su rotundo trasero... Seguía odiando a Ainhoa, eso era inherente, pero la muy zorra había conseguido excitarme, sí, ella, era la que había logrado follarse a mi esposo y además, había conseguido que mis dedos siguieran hurgando mi sexo y metiéndolos en él... sintiendo que me follaba a mí misma con ellos, como si fuera la polla de Juan, aunque estaba en el coño de otra mujer... de la odiada Ainhoa.

Se corrieron de nuevo, consiguiendo que yo lo hiciera al poco rato después, escuchando los gemidos de una y los bufidos y respiraciones del otro.

Respiré agitadamente con los ojos cerrados, tras ese segundo orgasmo y miré a mi alrededor absurdamente, pues no había nadie en la oficina, pero me sentía culpable, ¿cómo estaba permitiendo que eso pasara?

Volví a abrir los ojos y la siguiente cámara era en el baño, ambos cuerpos desnudos se frotaban bajo la ducha... bajo nuestra ducha. Juan no había perdido las ganas de sobar a base de bien, cada rincón de ese cuerpo de mi jefa, logrando que ella estuviera jadeante con sus caricias y el muy cabrón logró llevarla a un tercer orgasmo, haciéndome pensar que en nuestras relaciones no lo había conseguido nunca. Como mucho dos veces seguidas y se corría él antes que yo, pero esta vez, se dedicaba en cuerpo y alma con Ainhoa.

Allí me quedé observándoles, sin soltar mi coño, que seguía acariciando mientras los miraba, cambiando de cámara, siguiendo su movimiento, viendo como Juan la secaba cuidadosamente, la fue vistiendo con mimo, sus braguitas, sus medias, sus tacones... el resto de su ropa, hasta vestirla completamente, mientras ella se aplicaba carmín rojo en sus labios mirándose a través de un pequeño espejito.

Cuando Juan se incorporó, hizo el ademán de besarla, pero ella le empujó.

- No que se me corren los labios – dijo mirando el cuerpo desnudo de mi esposo

- Pero, Ainhoa. - suplicó él queriendo abrazarse a ella, pero le volvió a empujar con brusquedad.

- No te emociones, Juan, ya repetiremos la semana que viene, que tengo previsto enviar a tu mujercita a un viaje de fin de semana.

- Pero...

- Tranquilo que para entonces me harás el culito. ¿no es lo que quieres?

La cara de Juan volvió a iluminarse, comprobando que iba a tener todo un fin de semana con esa bruja, a follársela en nuestra cocina, en nuestra cama, en nuestro sofá, mientras la muy zorra me mandaba de viaje de trabajo. ¿Lo iba a permitir?

En menos tiempo del que Juan hubiera querido, Ainhoa desapareció por la puerta de entrada, mientras mi marido se volvía a vestir, con una sonrisa en su rostro... y casi un par de minutos después sonó el timbre de la puerta de nuevo.

- ¿Qué se te olvidó? - dijo Juan abriendo la puerta.

La sorpresa de mi marido y la mía, fue mayúscula, pues no se trataba de mi jefa, sino del cuerpo escultural de Penélope que se plantó frente a nuestra puerta con un conjunto de short deshilachado tan corto, que dejaba a la vista sus bolsillos, el ombligo al aire y un top que reafirma su espectacular erguido pecho. Sus largas piernas estaban rematadas con unos zapatos de plataforma y su cara dulce, se veía resplandeciente con dos trenzas que flotaban en su busto. ¡Estaba impresionante!

- ¡Hola Juan! - dijo ella moviendo sus caderas.

- Perdona, pero no está Silvia – dijo él algo apurado.

- Bueno, no importa... te he traído el portátil. - comentó ella viendo que él seguía tapando la entrada.

- Vale, déjamelo y te aviso a través de Silvia cuando esté.

De pronto él agarró el ordenador portátil y cerró la puerta ante la atónita mirada de Penélope, casí en sus narices, quien no se lo creía lo que pasaba y por supuesto yo tampoco. La chica volvió a llamar, pero Juan se quedó tras la puerta. ¿Cómo era posible? ¡Aquella joven era un bombón!

A los pocos segundos, ella me mandó un mensaje, para que le hiciera algún aviso a mi marido y convencerle de que abriera la puerta. Le respondí que debíamos dejarlo, porque había surgido un problema... no fui capaz de decirle el verdadero problema, porque me daba vergüenza, mi marido no prefería ese armonioso y juvenil cuerpo, sino el de mi jefa… y además, estaba comprobando que a Juan no le iban esas chicas que yo creía, esas que tanto miraba por la calle, no, a Juan le ponía mi jefa y estaba dispuesto a follársela de nuevo.

Ese día llegué tarde a casa y Juan dormía. No dije nada, claro... era algo que no podía confesarle, ni reprocharle, casi era lo que siempre había deseado, quizás no con la persona idónea, pero estaba deseando que el siguiente fin de semana tuviera más tiempo para volver a tirarse a mi odiada jefa. Y yo estaba loca por volver a verlo ¿Pero qué demonios?

Ese lunes, Ainhoa, cuando entré en su despacho a entregarle el informe, se comportó conmigo como siempre, me miró con desprecio, hizo miradas de asco hacia el informe y en el fondo celebré que fuera así, no podía ser de otra manera, su altanería, sus palabras foscas, su forma de tratarme eran tan humillantes como siempre y lo peor... que yo lo permitía pero esa vez, con más ganas que nunca.

Salí de su despacho y esta vez no sentí rabia, ni celos, ni casi odio... Me sentí alegre y excitada, pensando en el próximo finde.

- ¿Qué tal Penélope? - me preguntó de pronto Rocío al salir del despacho de la jefa.

- ¿Cómo? - pregunté aturdida.

- Sí, mujer, nuestro “proyecto Penélope”

- Bueno, nada... mi marido no ha querido nada.

- Pero, ¿cómo es posible? Si esa chiquilla es una preciosidad y tiene una boca y un coño.... - dijo ella mordiéndose el labio.

Entendí que Penélope y ella habían tenido sexo y sonreí, pero no fui capaz de confesarle lo que había visto, lo que había ocurrido... sólo añadí.

- Los hombres, ya sabes, son imprevisibles, pero Juan, parece que sigue siendo un hombre fiel, pues ha rechazado a la preciosa Penélope.

Yo sabía que ese fin de semana iba a trabajar duro, pero no me importaba, porque iba también a volver a ver a Juan, en brazos de otra, aunque fuera la puta de mi jefa.

FIN

Ray & Sylke