Xtories

Mi amiga de la oficina - completa (04)

La oficina está vacía, pero el riesgo no es solo ser vistos. Jose ya tiene lo que quiere, pero María se niega a cruzar la última línea sin protección. Ahora, el verdadero juego comienza: convencer a Ramón para que les preste el arma del crimen.

Abel Santos9.7K vistas8.8· 12 votos

Seguía sentado y mirando a María sin saber qué decir. Ella, por su parte, observaba los papeles de la mesa como si se interesara en ellos, aunque pasaba uno tras otro sin siquiera leerlos. Su pierna de apoyo se hallaba rígida, pero la otra la había doblado por la rodilla y la echaba hacia adelante y hacia atrás, jugando con la sandalia que colgaba de su empeine. Su falda rozaba mi rodilla con el balanceo de su pie.

Si aquello no era una provocación, es que yo no entendía de mujeres. Pero no quise entrar en su juego. Después de la que acababa de liarme, no me apetecía seguirle el rollo.

Aunque, de nuevo, solo fue por un instante. La visión de las corvas de sus piernas fue demasiada tentación para mí. Al instante siguiente mi mano se movió contra mi voluntad.

Los dedos primero tocaron la parte posterior de su rodilla. Luego siguieron reptando hacia arriba rozando su piel y llegaron sin resistencia hasta la tela. Las bragas de María estaban tan húmedas que podrían haber sido escurridas hasta formar un charco en el suelo. Ella, por su parte, ni se inmutaba, dejándose hacer. La piel de sus muslos se le había erizado.

Pero cuando intenté abarcar su vulva con mi mano, se volvió a escapar girándose con ayuda de sus pies. Se hallaba ahora apoyada con el culo sobre el filo de la mesa.

—A ver… ¿ahora qué tienes que decir…? —ironizó—. ¿Sigues diciendo que no te gustaría follarme?

—Joder, María —me desaté con los nervios a punto de estallarme—. A lo mejor… sí que quiero…

—¿Ves cómo te he pillado? —sonrió—. Si en el fondo sois todos unos guarros…

—¿Y tú qué? —me envalentoné—. Si se te ve en la mirada que estás deseando que te folle…

—Ni de coña… —dijo y se mordió un labio. Joder, mi polla no necesitaba mucho más para reventar.

—No mientas… —dije de farol con la boca seca como la lija—. Si hasta te tiemblan las piernas de ganas…

—Vale, es verdad… sí que quiero… —confesó de pronto y un calor en mi entrepierna hizo multiplicarse mi bulto bajo el pantalón—. Pero no es así porque sí… Si quiero hacerlo es… porque… tú me gustas…

Y con estas palabras se acercó muy despacio hacia mí. Yo era incapaz de decir palabra. Se sentó sobre mis piernas a horcajadas, levantándose la falda y separando sus muslos. Noté el calor de su coño sobre mi entrepierna. Mi polla ya dolía de lo dura que se me había puesto.

—Hostias, María, estás super caliente…

—Ya… ya lo sé… —parecía a punto de babear.

Se abrazó a mi cuello y abrí mi boca para recibir su lengua. Mis manos se perdieron en sus nalgas bajo la falda y se las sobé con tanto ímpetu que ella a menudo gemía y me pedía que fuera más suave. Le decía que sí, pero el pellizco siguiente se lo daba más fuerte para probar su nivel de resistencia al dolor. Y, al instante siguiente, le sobaba los muslos con lujuria, sintiendo la suave piel erizarse con mis caricias.

—Ufff… Ooohhh… Hummm… —jadeaba María con su boca en mi boca.

*

Hay algo que siempre he hecho con las chicas con las que he estado, y que a algunas les sorprende bastante. De tanto en tanto, liberaba mi boca del morreo y la besaba en las mejillas, en los ojos, en el pelo. La suavidad y el dulce olor de un rostro femenino me enloquecen. Aunque María, como otras chicas a las que he amado, se sentía extrañada y tal vez algo incómoda porque le llenara de babas el rostro.

Quizá molesta por ello, mi compañera levantaba la cabeza para mostrarme su cuello y la parte lateral de la cabeza. Su oreja, muy sensible a mi lengua, emitía un espasmo cuando ésta entraba en ella.

—Aaahhh… aaahhhh… —jadeaba apretando la garra de sus brazos alrededor de mi cuello.

Aquella postura no era la idónea para proseguir en mi avance, aunque tampoco estaba seguro de si María querría algo más que aquel magreo. No tenía nada que perder, así que decidí arriesgar.

Tiré de sus axilas y la puse en pie. Apenas me costó, la chica era realmente esbelta. Me levanté junto a ella y se dejó empujar hasta el borde de la mesa. De un nuevo tirón la senté encima. Y entonces me encontré en mejor postura para seguir atacando.

Le abrí las rodillas y me colé entre sus muslos. María enlazó sus piernas en mi cintura, dejando caer los zapatos a mis pies con un golpe sordo sobre la moqueta. Mi polla rozaba su entrepierna y me sentí feliz al notar que no era yo solo el que se pegaba contra ella, sino también al revés. Nuestros sexos se rozaban ardiendo, aunque separados por la ropa, mientras volvíamos a morrearnos.

Besar la boca de María era una experiencia maravillosa. Húmeda y caliente como se hallaba, daba la sensación de querer tragarse mis labios, mi lengua, mi paladar. Todo en ella era pasión, como si me hubiera deseado durante meses y se volviera loca por haberme conseguido.

—Quítame las bragas… —dijo de pronto y se echó un poco hacia atrás para facilitarme la operación.

Se las quité de un tirón con ambas manos ayudada por un movimiento de su cadera sobre la mesa. Las arrojé a un lado y volvimos a comernos las bocas. Mi roce contra su coño era ahora total.

—Mueve las caderas… —pidió enseguida.

—¿Las caderas…? —me extrañé—. ¿Cómo…?

—Como si me estuvieras follando.

Comencé a hacerlo y ella pareció volverse loca. Sus gemidos eran ya de un volumen excesivo. Me sentí aliviado al saber que no había nadie en la oficina… A excepción de Ramón, claro. Menudo gilipollas. Solo con pensar en él me soliviantaba.

Llevaba un par de minutos «follándola» sin follarla cuando pensé que aquello podía ser una trampa. Corría el peligro de correrme y quizá era lo que María buscaba para que aquello terminara. Detuve mis embestidas y ella me miró a los ojos.

—No pares… sigue…

—Espera… —repliqué—. Déjame verte las tetas.

Se separó de mí un poco y se apoyó con sus manos en la mesa para dejarme desabrocharle la blusa. Se la solté del todo y le subí las copas del sujetador hacia arriba. Los pechos de María no eran grandes, creo que ya os lo comenté, pero cada uno de ellos cabía en una de mis manos, así que se los amasé con ansia. María me miraba hacerle y sonreía felina.

—¿Te gustan…?

—Me vuelven loco… —repliqué y besé y mordí sus pezones por turnos.

Ella soltó unos gemidos y siguió preguntando.

—¿No te parecen pequeñas?

—Ni de coña… —aseguré—. A mí no me gustan muy gordas… ¿No me digas que a tu novio le parecen pequeñas?

—Bah… —bufó—. Algo así…

—Ese tío es tonto.

Me dio un cachete de mentirijillas y rió bajito.

—Cómemelas…

No tuvo que repetirlo. Durante los siguientes minutos le sobé y le lamí aquellos pechos hasta casi desgastarlos. No quise emocionarme, pero creo que noté un ligero orgasmo de María mientras lo hacía. Preferí no mencionarlo y seguí lamiendo.

—Ahora… el chocho… por favor… —susurró jadeante.

—¿El… «chocho»…? —me hizo gracia la palabra.

—¿De qué te ríes…? —sonrió a su vez—. ¿De mi chocho? ¿Es que no te gusta…?

—¿Lo llamas «chocho»? Jajaja… Eso es muy viejo…

—Pues tú llámalo como quieras, pero no te pares… vamos…

Eché mano a su falda por el costado donde vi la cremallera e intenté desabrocharla.

—Espera, ¿qué haces?

—Te quiero quitar la falda, así estarás más cómoda y yo llegaré mejor a tu… «chocho» —respondí y volví a reír.

Pero ella me contestó seria.

—No, deja la falda en su sitio —replicó convencida—. Si alguien viniera, no me gustaría tener que andar poniéndomela a la carrera.

—Tranquila, la puerta está cerrada por dentro.

—Ya… pero no tardo lo mismo en bajarme la falda que en tener que ponérmela. El que viniera se iba a mosquear si tardamos mucho en abrir. Espera —se izó ligeramente haciendo palanca con los pies sobre la mesa—. Me la subo sobre la cadera así… y ya está. Ahora sigue… por favor… ¿no ves que me muero de ganas…?

Se dejó caer hacia atrás. Agaché mi boca sobre sus labios inferiores y lamí aquel coño con deleite. La piel entre los labios era de una suavidad tal que parecía seda contra mi lengua. Su clítoris se hallaba hinchado como una canica y María daba un bote sobre la mesa cada vez que lo absorbía y le daba unos lametazos con la lengua.

Me incorporé unos centímetros y miré mi obra. El coño de María se veía como una pelota super hinchada, cortada por el medio por unos labios rojos como fresones y a punto de reventar.

—¿Sabes que tienes un chochete maravilloso…?

—Joder, sí, ¿pero por qué paras? —sus jadeos eran casi gritos.

—Me encanta mirarlo.

—¿Tanto te gusta?

—Sí, es tan… coqueto…

—Joder que cursi…

—Ya ves…

—¿Y qué es lo que más te gusta…?

—Pues… —dudé—. Me gusta todo, pero esos laterales afeitados y ese hormiguero de pelillos sobre la raja me vuelven loco.

Rió bajito y suspiró.

—Vale, vale… —gimió—. Pero te importaría seguir… estoy a punto de… eso…

—¿Tan pronto?

—Si, voy a correrme… no aguanto más… —respiraba agitada—. ¿Te importa sobarme las tetas mientras me lo comes?

—¿Cómo no, cielo…? Prepárate…

Le introduje dos dedos en el coño con una mano y con la otra le sobaba las tetas. Y proseguí lamiéndole el clítoris. Mis dedos acariciaban la suave piel interna de la vagina, húmeda hasta decir basta.

Se tapó la cara con las manos, como tratando de impedir que viera su expresión mientras se corría. Lo consideré normal, no era la primera vez que una chica me lo hacía. Entiendo que el acto de correrse es muy íntimo y la primera vez que lo haces con un desconocido puede resultar vergonzoso. Así que no dije nada.

—Aaaahhh… —suspiró botando sus caderas sobre la mesa—. Me corro… me corro… así… sigue… así… no pares… Hummm… Uffff….

Las piernas se le desbocaron y sus muslos me aprisionaron las costillas. Su cadera se levantaba buscando el contacto del coño con mi lengua. Su espalda se arqueaba y la cabeza giraba a izquierda y derecha, descontrolada.

Cuando el clímax terminó, me estiré sobre ella y le lamí la boca. María abría los labios y se dejaba hacer jadeante.

*

—¿Qué tal? —le pregunté al observar que abría los ojos tras unos minutos de somnolencia.

—Ufff… —dijo ella incorporándose—. Ha sido la leche…

Se bajó de la mesa y me apreté contra ella. Enseguida notó mi bulto y me miró sorprendida.

—¿Tú no te has corrido?

—Pues… no… —dije sin entender su pregunta. Al fin y al cabo no había hecho nada para conseguirlo. Comprendí que mi sospecha era correcta: ella esperaba que me corriera dentro de los bóxer y dar la sesión por terminada.

María pareció dudar. Bajó su mano a mi entrepierna y me la apretó por encima del pantalón.

—Jo, tío… —dijo abriendo mucho los ojos—. La tienes super dura…

—Vaya si la tengo… Me la has puesto tú, que estás como un tren…

—Ya, eso se lo dices a todas…

Pareció pensarlo un instante y me hizo una propuesta excitante.

—¿Quieres que te la chupe?

Me encantó su ofrecimiento, pero me pareció poco premio, así que no me conformé.

—No, de chupar nada… quiero follarte…

—Jooo… —dijo en un tono de niña pequeña—. Es que no quiero follar… Eso solo lo hago con mi novio…

—Hostia, María… —me quejé—. No puedes hacerme esto. Si no me dejas follarte me voy a pillar un calentón de los grandes…

Pero ella contratacaba belicosa.

—¿Y qué más te da? —decía poniendo morritos—. Si una mamada es igual de buena… A mi novio le encanta que se la chupe… Yo sé hacerlo muy bien, ya verás… Anda, no seas malo…

—Que no, que no… —protestaba yo—. Que necesito follarte. No me quieras dar gato por liebre, por favor…

La magreaba cuanto podía intentando calentarla de nuevo, ya fueran las tetas, el culo, el coño… Pero ella seguía en sus trece.

—¿Por qué no lo dejamos por hoy y me follas otro día…?

—No —rezongaba yo—. Otro día te follo otra vez… Pero hoy te la tengo que meter sí o sí…

—Jo, tío…

Pasamos más de cinco minutos en un tira y afloja. Al final pareció rendirse.

—Está bien, vale… vale… —aceptó a regañadientes—. Fóllame, so pesado… mira que eres… A ver, saca un condón… —dijo y empezó a desabrocharse la cremallera lateral de la falda.

*

Me quedé congelado. ¿Un condón? ¿Y de dónde iba a sacar yo un condón? Ni por un momento se me había pasado por la imaginación que ese día acabaría follando. Y hacía más de dos meses que no lo cataba, así que de condón nada de nada.

—¿Cómo que condón?

—Pues eso… —su mano se detuvo y la cremallera permaneció abrochada—. ¿Sabes lo qué es? Una de esas gomitas que os ponéis los tíos para no preñarnos… ¿Quieres que te enseñe una foto o ya lo pillas…?

—No me vaciles, María, ya sé lo que es un condón… —protesté—. Lo que quiero decir es que podemos hacerlo a pelo. Ya si eso, cuando me vaya a correr me salgo… y ya está. Además… hace tiempo te oí decir que estabas tomando la píldora.

—¿La píldora? —replicó—. De píldora nada. Llevo un mes de descanso… Sin condón no me la metes, que lo sepas… ¡Solo me faltaría que me hicieras un bombo…!

Me sentí morir.

—Hostia, pues no tengo ninguno…

—No jodas… —protestó—. Pero si todos los tíos lleváis uno encima siempre… en la cartera… ¿No me fastidies que tú no…?

—Pues no… Llevo varias semanas de parón con mi chica… En estos momentos no tengo ninguna relación… hasta ahora… ¿Para qué iba a llevar un condón en la cartera? Eso solo lo hacen esos machitos que a vosotras tanto os disgustan, aunque solo de boquilla, ¿no…?

—No-me-jodas… —repitió y se echó hacia atrás—. Pues que sepas que te quedas sin follar. Porque a mí sin condón no me la metes…

—¡Me cago en la puta…!

Se hizo un silencio que duró varios segundos.

—Bueno, ¿entonces quieres la mamada o qué?

—Espera… —dije—. A lo mejor hay una solución—. ¿Por qué no lo pensamos?

Nos quedamos en silencio de nuevo y ella volvió a romperlo.

—¿Por qué no vas a una farmacia? Seguro que encuentras una por aquí cerca. Es una buena solución, ¿no?

La consideré un segundo, pero enseguida la descarté. Si salía por la puerta María se enfriaría y a mi vuelta me la iba a tener que cascar en el baño. Era una idea nefasta.

Y de pronto se me ocurrió la solución «casi» ideal. Aunque en realidad era una idea de lo más peregrina. Este tipo de cosas se descubren con la edad, cuando las recuerdas con perspectiva. Pero en aquel momento, con el calentón que llevaba encima, ni por un segundo se me pasó por la mente que era la mayor gilipollez de la historia.

—Espera, ya sé… —dije reflexivo—. Seguro que Ramón tiene alguno. Ese tío tiene pinta de machirulo, apuesto a que lleva más de uno en la cartera por si le sale rollo. Podemos pedírselo a él.

María me miró sin creer lo que le decía.

—Joder, Jose, ¿no lo dirás en serio…? —rezongó—. Que se va a enterar de que es para follarme… Menudo corte, no me fastidies…

—¿Y qué nos importa? —presioné—. Es un puñetero subcontratado que solo viene por la oficina los fines de semana. Que más nos da…

—No te dará a ti, no te fastidia… Pero a mí me corta de la hostia… ¿Te has vuelto loco?

Volvimos a la discusión. Esta vez de si «Ramón, sí… o Ramón no».

Al final gané la partida de nuevo. Estaba claro que yo era más peleón que mi compañera de proyecto.

—Vale… vale… —se sentó derrotada—. Pero al menos cuéntale alguna trola… Que te la quieres cascar en el baño para llevarla a un banco de semen o algo…

Reí por lo bajo y luego volví a sorprenderla.

—Ni de coña… eso si quieres se lo dices tú…

—¿¡Yo…!? —casi gritó—. ¿¡Y por qué yo!?

Suspiré largamente, como si le hablara a un niño que no entiende nada.

—Pues está claro… —dije sentándome a su lado y cogiéndola de las manos—. Yo no puedo bajar a pedirle el condón. Si se lo pido yo, va a empezar con jueguecitos de machirulo y a decir que «si se sube conmigo… que si te follamos entre los dos… que seguro que te lo pasas de puta madre uno por arriba y otro por abajo… que si tal, que si cual…». Vamos, que al final me va a cabrear y voy a tener que pegarme con él… Ni de puta coña… Yo no puedo bajar… tienes que ser tú la que se lo pidas…

—Me cago en tu padre, Jose… —se quejaba—. ¿Pero con qué cara bajo yo a pedirle un condón a ese tío? ¡Que yo no bajo, no me jodas…!

—Que sí, preciosa…

—¡Que no…!

—Que sí…

—Ya… ¿y qué quieres que le diga? —gimoteaba—. ¿Tienes un condón para prestarme, que estoy super caliente y mi compi Jose me va a echar un polvo para enfriarme?

La miré sonriente, acababa de tener una idea.

—No, lo que vas a hacer es lo siguiente. Te bajas a fumar otro cigarro con él. Luego te enrollas con… que si tal, que si cual… que si tu novio te está esperando en casa, y que… «¡Andá, se me ha olvidado comprar los condones y mi novio me va a matar! ¡Que con todo el trabajo que tengo no me da tiempo a comprar en la farmacia y si llego a casa sin ellos me va a echar la bronca del año…! ¿No tendrás tu alguno por ahí en la cartera y me salvas de la regañina?». Y tal…

Me miró con terror en los ojos.

—Ni de coña… Eso no cuela…

—Que sí… bobina… que si cuela… —le decía con cariños en la mejilla—. Tú solo déjate querer como hiciste hace un rato… A ese tío lo tienes loquito, se creerá cualquier cosa que le digas.

—Joder… es una puta locura… No me creo que me pidas eso…

—Te lo estoy pidiendo… y sé que lo vas a hacer, ¿a que sí…? —aproveché para darle un piquito amoroso.

—No me lo puedo creer…

Su tono era sumiso y supe que había vuelto a rendirse.

Le sobé un poco el culo y la morreé un minuto. Luego se levantó con una cara como si fuera al matadero. Cuando iba a salir por la puerta se volvió hacia atrás y la interrogué con la mirada.

—¿Pasa algo?

—Es que no quiero ir sin bragas… —me dijo y señaló al suelo, donde sus bonitas bragas de encaje habían caído durante la refriega de un rato antes.

—Vale… y, por cierto, toma… —repliqué—. Que te dejabas el tabaco…

Mientras cruzaba la planta en dirección al hall de ascensores, me asomé a la puerta de la sala y noté cómo le temblaban las piernas.

Continuará...

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